Infiltrada

La detective Cabrera siente un escalofrío cuando el primer billete roza la tira de su tanga y entra en contacto con su piel. Su cuerpo, animado por la copa de coñac que se ha tomado de un golpe para asimilar la noticia de su actuación, va entrando en calor conforme esta hace efecto y los billetes se amontonan en la línea de su tanga.

– Es solo un papel – musita cuando las caderas dejan de obedecer a su mente y se mueven cadenciosas al ritmo de la música.

– Es solo un papel – repite cuando los pezones se liberan del sujetador y se exponen erectos a la mirada libidinosa de la manada de lobos que la jalean.

– Es solo un papel – insiste cuando su mano derecha recorre el interior de su tanga simulando una masturbación y la izquierda se aferra a la barra vertical del escenario para sostenerse.

El final de la música le sorprende al filo del orgasmo, con el pelo revuelto sobre su rostro y los labios resecos. Por el pasillo que conduce al camerino se cruza con el Africano

– Vaya, no está nada mal para ser una novata – le dice acompañando sus palabras de una palmada en el culo.

El Africano: el motivo de que la detective Cabrera se encuentre en ese garito. En la soledad de la madrugada, tendida en la cama sin poder conciliar el sueño, la detective Cabrera rememora los principales indicios en la Comisaría del Distrito Cinco que apuntan al Africano como el cabecilla de una banda de blanqueo de capitales y cómo, ante la ausencia de pruebas, se decidió que se infiltrase como camarera en su club de striptease. La enfermedad de una gogó, el dedo del Africano señalándola “sustituyes a Deborah ahora”, la copa de coñac de un trago y la excitación que se agolpa cada vez que gira la vista a la mesita de noche y observa los billetes apilados producto de su actuación junto al tanga empapado que guarda de recuerdo.

La noche siguiente, el Africano la manda llamar a su despacho apenas llega al club. Es la primera vez que entra allí. Intenta hacer una rápida fotografía mental de todo aquello que pueda resultar relevante, a la vez que su gesto permanece inalterablemente risueño.

– Esta noche es muy importante para mí – comienza despacio el Africano. – Unos clientes especiales están en la ciudad y necesito agasajarlos como merecen. Y tú vas a hacerles un privado. Si ambos actuamos bien, ganaremos mucho dinero.

A la detective Cabrera se le iluminan los ojos, ya que después de un mes sirviendo copas sin descanso subida a unos tacones, cree encontrar el resquicio de una prueba que lo incrimine. Está segura que esos clientes forman parte de su red de blanqueo. El Africano ha interpretado erróneamente en su gesto la estela del dinero fácil.

– Lo haré encantada, jefe, pero soy una novata – dice eligiendo cuidadosamente la palabra rememorando el azote con el que la acompañó la noche anterior. – Otras compañeras tienen más experiencia.

– De eso se trata – replica el Africano. – A mis clientes les gusta la novedad. Y tu actuación de anoche fue más que convincente. – Los pezones de la detective Cabrera responden por sí mismos a la frase y se marcan en la licra de su escotada camiseta, hecho que no pasa inadvertido al Africano, que fija sus ojos en ellos sin ningún recato. – A las dos dejas de servir copas y a las dos y media te quiero preparada en la sala privada. No me falles – le dice entre amenazante y bromista señalándola con el dedo en forma de pistola.

La detective Cabrera se da la vuelta con el corazón latiendo en la sien y cerrando la puerta percibe la vista del Africano clavada en su culo, bien ceñido a un pantalón corto del que se escapa su parte inferior al moverse.

Las horas se congelan aquella noche: la mente de la detective Cabrera se debate entre la exhaustiva vigilancia del local desde la atalaya de la barra, anotando mentalmente cada nuevo rostro que entra en el local y la humedad de su entrepierna, deseosa de una nueva actuación en el escenario. Apenas el reloj marca la una, el Africano atraviesa el local para recibir a dos hombres, que desentonan claramente del paisaje de la sala: trajes caros hechos a medida, andares discretos y un acompañamiento de dos hombres fornidos, que llevan escrita la palabra guardaespaldas en la frente. La detective Cabrera, primero, manda un discreto whatsapp a la Comisaría advirtiendo de su llegada, después se relame en silencio con el coño ya encharcado de excitación.

A las dos, la detective Cabrera se dirige al habitáculo que el club tiene por camerino y escoge cuidadosamente las prendas. Hoy no le ha hecho falta el coñac, la adrenalina se autogenera con mirarse al espejo vestida y maquillada. El privado se realiza en una espaciosa habitación, con cómodas butacas alrededor de una barra central.

A la detective Cabrera le sorprende encontrar al Africano sentado para ver su actuación.

– Parece que ayer causé buena impresión – se dice satisfecha subiendo al escenario.

Apenas unos acordes son suficientes. Las sombras mezcladas con la luz indirecta, la barra del escenario y su disfraz de policía, ironía que se ha permitido en cuanto lo vio en el perchero, se constituyen en la atmósfera perfecta para su tarea. La detective Cabrera comienza con unos cuantos giros suaves de cadera, golpeando la porra con su mano; los va señalando uno por uno con ella. Después, les lanza la gorra de plato dejando su melena libre al aire. El disfraz de policía es un cuerpo de látex con cremallera, culminado por una minifalda de vuelo. Gira alrededor de la barra vertical dejando sus glúteos descubiertos. Los mueve cadenciosos, despacio, imbuida de la música que lentamente se apodera de ella. Los cinco tipos están absortos, callados, hasta que el primero saca un billete del bolsillo. La llama con el dedo y ella se acerca solícita. Se baja la cremallera del vestido y une sus tetas para que deposite el billete entre ellas. La cremallera sigue descendiendo despacio, muy despacio, hasta que el vestido queda abierto. El mínimo tanga que la cubre empieza a estar mojado. El segundo que la llama le enseña un billete de 200 euros. La mano que lo sujeta lo deposita en la tela del tanga, por encima del coño, y le acaricia con él. La detective Cabrera mira al Africano, puesto que está prohibido tocar a las strippers, pero este asiente con un gesto. Entonces ella abre las piernas y nota el billete deslizarse en su entrepierna. Los pezones están a punto de salirse del sujetador, cuya copa recta apenas las sostiene. Cuando termina de acariciarla, el tipo mete el billete en el tanga por debajo del ombligo, de tal forma que este casi le acaricia el clítoris. La detective Cabrera se deshace del vestido y chupa la porra de plástico del disfraz. Mientras la lame mira las pollas de los tipos, que comienzan a endurecerse bajo el pantalón. Se la coloca entre las tetas y simula una masturbación. Uno de los socios se levanta y se acerca, le enseña un billete de 500 euros, a la detective Cabrera se le salen los ojos de las órbitas. El socio coge la porra con las manos mientras la Detective Cabrera se junta los pechos con las suyas. El socio le masturba despacio y fija la punta de la porra en su boca. La detective Cabrera entiende el mensaje y la lame cuando llega a su boca. Cada vez hasta que el socio deja el billete de 500 euros sobre el tanga. El segundo socio llega: se ha agachado previamente a coger algo del vestido. Cuando está a su lado comprueba que son las esposas de plástico prendidas de la cintura del vestido. Previa muestra de otro billete de 500 euros, alza sus manos y le pone las esposas en torno a la barra de baile. La detective Cabrera vuelve a mirar al Africano, tan alarmada como cachonda, pero la mirada de este la tranquiliza. Se fija entonces bien en los dos socios: deben ser del Este; de rasgos eslavos, mentón duro, pelo rubio, manos grandes y fuertes. Sus ojos no admiten réplica cuando fijan su mirada, y ahora la tienen volcada sobre el cuerpo de la Detective Cabrera, aprisionado y expuesto a sus deseos. El sujetador, o la escasa parte que queda de él, desaparece de un siendo sustituido por los dedos de los socios, que, expertos, tiran de los pezones enhiestos de la Detective Cabrera arrancando sus primeros gemidos. Los guardaespaldas, a la espera, reciben una señal de los socios para que se incorporen a la fiesta. A estos le da menos tiempo a estudiarlos pero el suficiente para comprobar su musculatura apretada y su aspecto áspero escondido bajo unas gafas de sol. Su tez morena es algo indefinida, entre arábica y mediterránea. Sin contemplaciones, el primero pierde su mano bajo el tanga invadiendo con su dedo su coño mojado. Comprobada la disposición, mete un segundo dedo hasta el fondo y la folla fuerte. La Detective Cabrera se vence sobre la barra atravesada por el placer. El otro guardaespaldas sustituye la porra por sus dedos en la boca, que ella chupa con la misma fruición que antes hizo con la porra.

Uno de los socios abandona el escenario e intercambia unas palabras con el africano, que asiente sonriendo. El lugar que ha abandonado se lo que queda en exclusiva el otro socio que manosea y pellizca a conciencia las tetas de la detective Cabrera, que gime descontroladamente. Después la coge del pelo y se acerca a sus labios. Su lengua los paladea y estos ceden y se abren ofreciendo su boca para que la lengua del socio la explore. Ella le responde enroscando su lengua en la suya, intercambiando con fruición sus salivas, dejándose arrastrar por la corriente del deseo.

El socio que se ha sentado en su sillón saca otro billete de 500 euros, se abre el pantalón, lo coloca dentro de su bóxer blanco empalmado y le dice

– Si lo quieres, ven gateando y cógelo con la boca.

La Detective Cabrera, liberada de las esposas, responde a la oferta poniéndose a cuatro patas y gateando hasta él, solo con el tanga y las botas. Cuando llega a su altura, acerca su boca al bóxer provocando un movimiento oscilante de la polla bajo la tela. Sonríe malévola y pasa su lengua por la tela. Después su boca atrapa el billete y su mano se posa sobre la tela abarcando el grosor de la polla.

– Esto es gratis – le dice moviendo la mano arriba y abajo. El socio se retrepa y abre las piernas.

– Cómete mi polla – dice y esta vez la detective Cabrera no mira al Africano. Libera la carne, y tras agarrar fuerte su polla, se la mete en la boca. Va salivando sobre ella, le da pequeños mordiscos en la punta, y expande su lengua por el tronco. El otro socio, por detrás, aparta el tanga y, sin preguntar, ensarta su polla en el fondo del coño de la detective Cabrera que responde con un gemido hondo de satisfacción. Ya está todo claro. Los dos socios acompasan sus movimientos para follar el coño y la boca de la detective. Esta les sigue el ritmo con gemidos que pronto se convierten en jadeos. Los guardaespaldas y el africano los rodean esperando su turno. El socio de la cabeza, con un gesto, le cede el puesto al Africano. La detective Cabrera suspira solo con ver aquella polla negra frente a su boca. La agarra con fuerza metiéndola a duras penas en su boca.

– Después del primer baile, me di cuenta de la clase de guarra que eres – dice el Africano.

La detective Cabrera gime aún más, definitivamente entregada a los deseos de aquellas pollas. El socio de detrás, después de unas cuantas embestidas fuertes, cede su puesto a su otro socio y se incorpora al cabecero. La detective Cabrera siente la nueva polla en su coño y ahora se turna para chupar las dos pollas que tiene frente a sí.

Los guardaespaldas miran la escena expectantes, masturbándose, a la espera de la invitación para participar. La detective Cabrera se gira mirándolos, excitada por ser contemplada. Entonces un socio le dice al otro

– Dejemos a los chicos probar a la puta.

Se apartan los tres y los guardaespaldas se reparten el espacio. La detective Cabrera acepta las nuevas pollas sin rechistar. Los guardaespaldas, que están también bien armados, la follan con dureza, volcando sus abdominales y su fortaleza física sobre ella, con un punto de aspereza que la detective Cabrera asume complacida. No es balde sus gemidos son más altos que con los anteriores y su forma de chupar la polla aún más intensa si cabe. Se intercambian las posiciones pero las sensaciones son las mismas; los brazos que agarran su cintura lo hacen con rudeza y el rostro que contempla escondido bajo las gafas de sol no refleja un ápice de emoción. Esa distancia le excita, sentirse manejada, convertido en un mero objeto de placer ajeno, dejar por esta noche correr sus instintos sin más.

Los guardaespaldas no parecen tener muchas ocasiones como esta, así que tras las rudas embestidas, el de atrás palmea su culo, obteniendo un gemido como respuesta.

– Parece que te gusta, puta – comenta desabrido.

Sigue palmeando su culo varias veces, obteniendo nuevos gemidos como repuesta. El guardaespaldas que está a su cabeza la agarra del pelo y le hace subir al escenario.

– Túmbate, puta – dice con el mismo tono.

La detective Cabrera obedece: el frío metal del suelo, tan frío como el gesto del guardaespaldas, en contraposición con el calor corporal que desprende. El guardaespaldas se sube a horcajadas sobre ella. Escupe primero sobre el canal de sus tetas y luego sobre su polla.

– Hazme una cubana.

La detective Cabrera junta sus tetas para recibir la polla ensalivada del guardaespaldas, que desliza con facilidad por su piel. El otro guardaespaldas se tumba en el suelo y acerca su boca al coño de la detective. Esta abre las piernas para facilitar la tarea. La lengua del guardaespaldas se mueve con habilidad, recorriendo sus labios vaginales arriba y abajo, hasta alcanzar el clítoris. El movimiento de la polla entre las tetas se hace más veloz, llegando cerca de la boca de la detective. La lengua del guardaespaldas sube el volumen de sus gemidos, contrayendo su gesto. El guardaespaldas de la cubana le agarra del pelo y se quita las gafas. Dirige su polla de tal manera que acabe dentro de la boca de la detective, que la abre gustosa cuando advierte la intención del guardaespaldas. Este amolda la velocidad de la cabeza de la detective a su gusto, más despacio o más deprisa, mientras esta se deja llevar. La mira desde arriba fijamente, clavando sus ojos en los suyos, utilizando sus tetas y su boca a su antojo, percibiendo el acercamiento al orgasmo de la detective, dejándole claro quién manda.

Los muslos de la detective anuncian el orgasmo, se contraen entre espasmos. El guardaespaldas, justo en ese momento, fija su cabeza, mete la polla en su boca y le dije

– ¡¡Córrete con mi polla en tu boca de zorra!! ¡¡Córrete, que veamos la clase de puta guarra que eres!!

La detective Cabrera estalla, abre la boca para gritar

– ¡¡¡¡Síííí, no pares de chuparme!!! ¡¡¡No pareeeessssss!!!

Ya se ha corrido, pero no ha disminuido un ápice su excitación. Se incorpora con los ojos febriles, en busca del siguiente reto. Los cinco suben al escenario, la rodean, ella de pie, con un tanga y unas botas. Ellos, vestidos: los trajes caros de su jefe y los socios, la ropa ceñida y oscura de los guardaespaldas. La detective Cabrera siente las manos recorriendo su cuerpo, manoseándola: una le agarra la cabeza para disfrutar sus labios y su boca. Ella se abandona al beso húmedo, a la lengua que busca entre la suya, cede su lengua caliente como cede sus muslos separados por otra mano para follarla desde abajo, como permite que le pellizquen los pezones enhiestos con fuerza. Sus manos no están quietas, busca afanosamente pollas que agarran: va de uno a otro pantalón sin vergüenza alguna.

-¿Qué buscas, puta? – le espeta uno de los socios.

– ¡¡¡Pollas!!! – responde febril la detective.

Los cinco se desnudan, la arrodillan y rodean con sus pollas duras. Allí va de una a otra, lamiendo, chupando ruidosamente, masturbándolas perdido ya el último vestigio de cautela. Ha descubierto su lado más salvaje y solo quiere sexo sucio y contundente.

Después de un rato de chupada, la llevan en volandas a un sofá situado en una esquina del escenario. Parece que el privado suele acabar aquí. Establecen un turno para repartirse los agujeros. Un socio se sienta y otro, por detrás, escupe en su culo y su polla. La detective se abre con las manos los glúteos. Sabe que quiere darle por culo y ella quiere facilitarle la operación. Con el placer de la polla en el coño y la que le ofrece el Africano en la boca, la entrada en su culo es más fácil para el otro socio.

– Vaya, también te gusta que te den por culo – le dice el socio que tiene acceso a su puerta trasera.

– Me encanta, sobre todo si lo acompañan de un buen azote – responde la detective entre jadeos.

Los movimientos se van sucediendo y ella, obediente, va aceptando las distintas posturas, de tal manera que todos pasan por su boca, su coño y su culo. La detective ha encadenado tres orgasmos más; cada polla le descubre una zona nueva de placer, cada mano que la aferra para dominarla le despierta un oscuro instinto de satisfacción, cada palabra que le arrojan le agita la calentura por la sumisión. Cuando llega al límite, solo piensa en aquellas pollas corriéndose sobre ella. Se lo dice

– ¡¡¡Quiero que os corráis encima de mí, quiero que me bañéis de semen!!!

La llevan entonces al escenario de nuevo y la tumban sobre él. Alrededor, se masturban apuntando a su cuerpo con las pollas moviéndose frenéticamente. La detective se masturba mirándolas con la boca abierta, relamiéndose. Y entonces lo hacen. Casi al unísono, las pollas disparan sus descargas como proyectiles. La detective siente los impactos de la leche caliente una tras otro. Las tetas, la barriga, la cara van impregnándose de semen: la detective la esparce por su cuerpo con sus dedos, que luego relame lujuriosa. Por último, limpia cada polla con su boca y su lengua, dejando un último rastro de semen sobre su cara.

Apenas desaparece del escenario, irrumpe la Policía deteniéndolos a todos. El Inspector al mando acude al camerino y le dice a la detective Cabrera que la operación ha sido un éxito.

– Ha sido una dura operación para usted – le consuela – pero todo ha acabado bien.

– Muy dura – se repite la detective aferrando en el bolsillo los billetes que ha conseguido y escabulléndose de allí.

Meses después, en la soledad de su apartamento, la detective Cabrera se masturba frenética mirando la escena sustraída de las cámaras de seguridad del local.

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