Jefe Cumplidor

Mi mujer y yo somos una pareja perfecta en todos los aspectos excepto uno. Mucho antes de conocernos, ella tuvo una relación con otro hombre con el que no llegó a casarse. Sin embargo, no había podido olvidar su buen equipamiento sexual. Yo, en cambio, tengo que conformarme con un miembro pequeño y delgado. Y aunque Liliana nunca ha dado señales de echar de menos una verga más grande, siempre he sabido que era así. Empecé a pensar en su antiguo novio y me di cuenta que me excitaba la idea de que otro hombre, con un buen nabo, por supuesto, le pegara un polvo. Le expliqué esta fantasía y se puso tan cachonda como yo.

Un día, durante nuestras vacaciones, nos fijamos en un chico que estaba en la playa. Se alojaba en nuestro hotel y animé a mi mujer a que intentara ligárselo. Lo consiguió, y aunque estaba mejor equipado que yo, no era nada del otro mundo. Sin embargo, mientras desayunábamos a la mañana siguiente, disfruté escuchando su relato con pelos y señales. Fue de lo más estimulante. Pero lo verdaderamente caliente estaba por venir.

Hace poco estuvimos en la boda de un compañero de trabajo. Fue una de esas celebraciones multitudinarias en un hotel. Mi esposa era, con ventaja, la mujer más atractiva de la fiesta y aunque conocíamos a pocos de los invitados, los hombres hacían cola para bailar con ella. Yo me lo pasaba en grande viendo cómo se ponían calientes y me imaginaba lo que sería ver a mi mujer follárselos.

Uno de los pocos conocidos era Andrés, mi jefe. Resultaba prácticamente imposible no darse cuenta como devoraba a mi esposa con la mirada. Bailaron un par de veces y sus manos no paraban un instante. Era evidente que la deseaba. De pronto, perdí de vista a Liliana. Di unas vueltas por el salón de baile buscándola y ni rastro. Sin embargo, al cabo de diez minutos, la vi entrar acompañada de Andrés. Se dirigieron al novio y le entregaron algo que este guardó en el bolsillo con un guiño. Mi mujer me dijo que tenía que hablarme. Me contó que a Andrés se le había puesto dura mientras bailaban y que había insistido en decirle que la encontraba muy seductora. Incapaz de resistir la tentación, ella le metió mano en la bragueta y le dio un par de meneos en la polla por encima de la ropa. Comprobó con sorpresa que la verga de Andrés era aún mayor que la de su inolvidable y antiguo amante.

Corrieron como locos al ascensor y subieron a una habitación que los recién casados tenían reservada para pasar la noche. Nada más entrar, comenzaron a morrearse y a meterse mano y ella no tardó en pedirle que le mostrara su precioso miembro. De rodillas, le bajó la cremallera y comprobó el tamaño de aquel cipote. Absolutamente extasiada, mi mujer pugnaba por sacar el enorme falo a la luz y, una vez conseguido, empezó a comérselo con ardor.

-“Te gustan las pollas, ¿verdad?” – preguntó mi jefe.

-“Por supuesto” – fue su respuesta – “Sobre todo cuando son grandes como la tuya.”

-“Así que te gustan los nabos especialmente grandes” – continuó él – “Debe ser porque tu marido lo tiene más bien pequeño.”

-“Sí, es cierto. Pero no impide que disfrute de un buen pepino siempre que se me presenta la ocasión. La única condición es que luego se lo cuente.”

Le impresionó la habilidad de mi mujer chupando pollas, pero cuando ella le propuso pegar un polvo, el respondió:

-“No es el momento ni el lugar. Después de la fiesta.”

Luego le explicó que su mujer había viajado a visitar a sus padres y que estaba solo. Mi mujer estaba visiblemente excitada. – “¿Te importa que me vaya con Andrés al terminar la fiesta?” – me preguntó. Al principio vacilé un poco, pero luego me hice a la idea. Debo reconocer que con solo imaginar la escena me excité. Mi mujer se marchó de nuevo en busca de Andrés y volvieron a la pista de baile. Seguramente le contaría que le había dado mi aprobación. El me miraba directamente mientras hablaban y se me puso dura. Al terminar la pieza, Andrés me abordó para comentar que se llevaba a mi mujer a su casa para enseñarle el jacuzzi. –”Luego la acompañaré” – me dijo. Se marcharon cogidos del brazo, como dos viejos amantes.

A la mañana siguiente, mi media naranja me lo contó todo. Al llegar a casa de Andrés, se desnudaron y se sumergieron en el agua caliente y burbujeante del jacuzzi. Por lo visto mi jefe, además de ser el dueño de un miembro de generosas dimensiones, está más bueno que el pan y tiene un cuerpo musculoso que las vuelve locas. Pero su más preciado valor es, sin duda, la magnífica verga que prácticamente le cuelga hasta las rodillas.

Liliana le hizo una mamada en el jacuzzi y al terminar la llevó a su habitación, donde follaron. Mi mujer me explicó que nunca había imaginado que una mujer pudiera sentirse tan llena y saciada con una polla entre las piernas. Le parecía estar en el paraíso. Antes de vestirse para regresar a casa, pegaron un segundo polvo.

El la acompañó y entró en casa. Yo traté de hacerme el duro y le pregunté si le había gustado el jacuzzi.

-“Déjate de tonterías – me soltó Andrés – “Acabo de tirarme a tu mujer y lo sabes perfectamente. A partir de ahora me la voy a follar cada vez que quiera, porque de vez en cuando necesita una polla que la llene de verdad. Te ayudaré a mantenerla feliz y contenta. ¿Alguna objeción?”

-“Creo que no” – contesté.

Cuando se marchó, mi mujer estaba extasiada. Me dijo que agradecía mi enorme comprensión y me llevó a la cama para ponerme caliente contándome como se la había follado mi jefe. Me describió hasta el mínimo detalle mientras le comía el coño, todavía húmedo y caliente del semen de Andrés.

Ahora, mi jefe viene a casa cuando sabe que no estaré, pero siempre me entero que ha pasado por allí, porque mi mujer está caliente y ansiosa de que le coma el coñito. Últimamente, si tiene alguna buena excusa para su mujer, también viene algunas noches. Solemos tomar una copa y luego se lleva a Liliana a la cama. Puedo oír perfectamente los sonidos de su ardiente follateo. Espero pacientemente a que terminen, porque sé que me espera un buen polvo.

Algunas veces los espío. Ver a mi mujer con la boca llena de aquel cipote es alucinante. Y cuando se la está follando, casi nunca puedo resistirme y termino haciéndome una paja, llenándome de leche por todas partes. No es habitual convertir una fantasía en realidad.

Liliana

Me parecía una hipocresía negar mi afición por las pollas grandes, aun cuando mi marido la tenga más bien pequeña (pero no diminuta, tampoco voy a exagerar). No estoy de acuerdo con la opinión de algunos sexólogos en el sentido que lo más importante de un miembro viril no es su tamaño sino su habilidad en la actuación. Creo que una buena polla de 20 o 25 centímetros resulta mucho más placentera que una de 12 o 14 (aunque aseguran que la media occidental es 15).

El tópico de que una verga grande hace que te duela el coño en el momento de la penetración, nada tiene que ver conmigo. Mi almeja absorbe todas las pollas, por inmensas que sean –como lo es la de Andrés, el jefe de mi marido y mi amante actual- No me importa cuán hábil pueda ser una picha, ya que soy yo quien juega con ella. Y cuando digo jugar, no me refiero solo a los movimientos del gran manubrio dentro de mi vagina. Hablo de mis contracciones, contorsiones, meneos rotatorios y demás ejercicios y, naturalmente, de mis prolongadas mamadas. Pasar la lengua en todas direcciones (largo, ancho y círculo) constituye un placer sexual único, indescriptiblemente mejor que el que te depara una polla pequeña, que pronto se termina y da poco de sí.

Sé que muchos lectores pensarán que Julián y yo somos una pareja amoral y despreciable. Acepto lo de amoral, pero no el término “despreciable”. Julián tolera que me folle a su jefe porque sabe perfectamente que disfruto haciéndolo y más que nada, el desea que yo me encuentre sexualmente feliz y satisfecha. Pero, por otra parte, se ha dado cuenta de que también lo beneficia a él ya que, después de tirarme a Andrés, yo tengo unas ganas inmensas de que me la meta mi marido.

Dimensiones de polla aparte, yo quiero a Julián, mucho más que a Andrés y si supiera que el sufre o se deprime por mis actividades sexuales, las abandonaría de inmediato.

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