La (agotadora) vida del estudiante – 4 y FIN

Cuando Jesús volvió, ya de noche, le confesamos todo. Se quedó perplejo. Decía que no se lo esperaba para nada. Hablamos un rato con él. De golpe, parecía muy distante. Él y yo nos conocíamos entre nosotros más que a Carolina, así que ella se fue a dormir pronto y nos dejó hablando.

– Tío, nos conocemos mucho tiempo. Puedes sincerarte conmigo…

– Joder, Tomás… Estos últimos años han estado genial y los hemos pasado juntos, seguro que ahora todo cambia… Ya no volverá a ser igual que antes…

– No, Jesús, a ti no te pasa eso, ¿qué es?

Miró al suelo y quedo callado unos segundos.

– Bueno, yo… – parecía que hablaba con miedo -. Sabes que no suelo tener suerte con las chicas, y cuando te veo a ti… Primero Laura y ahora Carolina, no sé, no puedo evitar tener envidia, y me da rabia tener envidia de un amigo, porque me hace sentir desprecio por ti.

No sabía qué responder, y porque no sabía ni la mitad. En ese momento me sentí realmente mal, como una mierda y fue cuando realmente fui consciente de lo que había hecho esa tarde. Había traicionado a mi mejor amigo.

Un dolor de cabeza vino a mí, nauseas y ganas de morirme. Me despedí de él casi sin decir nada y lo dejé allí, con su desolación.

Me acosté en mi cama y lloré de impotencia. Era un cabrón sin sentimientos. Tenía que compensar de alguna forma a Jesús, hacerle verse de otro modo.

Al poco, entró Carolina en mi cuarto. Me sequé las lágrimas rápido y la invité a entrar en mi cama. Me abrazó.

Le besé la frente, dándole a entender que esa noche necesitaba más el cariño que el sexo. Un poco de paz inundó mi cuerpo y me quedé dormido.

La mañana siguiente la pasé entera pensando en cómo compensar a Jesús. Apenas nos había hablado en todo el día.

Cuando volvía a casa, me crucé a Mario, con una maleta y cara de malas pulgas bajando las escaleras. Ni me miró al pasar por mi lado. Me extrañé, así que cambié mi destino y, en vez de a mi piso, me dirigí al de Mati.

Llamé al timbre. Me abrió al poco. No dijo nada, me miró, se dio la vuelta y entró en casa, dándome la espalda. Se sentó en el sofá y yo la imité, quedándome a su lado.

– ¿Te has cruzado con Mario? – me preguntó.

– Sí, ¿qué ha pasado?

– No puedo olvidarte, Tomás. Has sido un antes y un después en mi vida. Le he dicho a Mario que había otro, que no podía seguir así con él.

¡Vaya! Justo ahora que encontraba una chica con la que compartir mi vida, se me enamoraba la vecina. Parece que tendría que solucionar más de un conflicto amoroso.

– Mati, quería hablar contigo, verás… – ¿por dónde empezaba?

Me besó, callándome. Le respondí al beso, no pude evitarlo. Nos separamos y nos miramos.

– Mati, yo… – me intentó besar y yo conseguí apartarme esta vez-. En serio, tenemos que hablar. Estoy enamorado de Carolina – ella ya sabía quién era Carolina, alguna vez le había hablado de ella.

Se quedó seria, sin saber qué decir. Sus preciosos labios, pintados de rojo estaban completamente cerrados y yo no podía apartar mi mirada de ellos.

Sentía cómo una etapa de mi vida terminaba y otra estaba a punto de comenzar.

Se levantó y se dirigió a la cocina. La seguí.

Callada, se puso a fregar platos. Yo la observé desde la puerta.

– Aquí empezó todo y aquí se va a acabar – y me miró nostálgica.

Me daba pena dejarla allí. No me podía mover. La observé.

Sus nalgas se marcaban en los pantalones pitillo que llevaba, iba descalza y podía ver sus uñas de los pies, pintadas de morado en esta ocasión, haciendo juego con las de sus manos.

Sin pensarlo, me acerqué por detrás y aparte su pelo del cuello. Pegué mi entrepierna a su culo y empecé a besar su cuello. Ella no dejó de fregar.

Con mis manos recorría sus antebrazos subiendo hasta sus bíceps, sin dejar de besarla. Puse mis manos en sus caderas y las fui subiendo poco a poco. Posé las manos en sus pechos, duros. Empecé a sentir sus pezones en mis manos, iba sin sujetador. Las amasé un poco más.

– ¿Ya te has desenamorado? – sentía en sus palabras que estaba de mejor humor.

– A una buena amiga como tú no le puedo decir adiós sin más – y empecé a desabrocharle la camisa.

– No quiero que hagas nada que no quieras hacer – respondió con sorna. Sabía desde el principio cómo iba a acabar aquello.

Desabroché del todo su camisa. Ella, sin girarse y con la camisa abierta, se echó hacia delante, pegando más su culo a mi ya erecto pene para secarse las manos en un trapo. Yo cogí sus pechos por detrás, aplastándolos y sintiendo su suave piel. Ella llevó su mano derecha, por detrás hasta mi pene y con la izquierda cogió mi cabeza, llevándola su hombro. Así quedamos unos segundos, rozándonos.

Se giró y nos besamos apasionadamente. Ambos sabíamos que esa iba a ser la última vez. Me quitó la camiseta y yo terminé de quitarle la camisa. Así, descamisados, seguimos besándonos. Bajé mi cabeza y chupé esas enormes tetazas. Mordí un pezón suave, ella emitió un gemido suave, acarició mi cabeza. Fui bajando mi lengua por su barriga. Seguía acariciándome el pelo.

Llegué a sus pantalones. Desabroché el botón y bajé la cremallera. La miré desde abajo. Entre esos dos pechos, con los pezones en punta, vi su sonrisa.

Deslicé sus pantalones hasta el suelo y le ayudé a quitárselos. Llevaba unas bragas pequeñas, que apenas la cubrían. Besé su templo por encima de la tela. Tirando desde la cadera, se las bajé.

Allí estaba, esa hermosa vagina madura cubierta de pelo. Ella se fue hacia atrás y se pegó a la encimera. Yo la seguí, extasiado.

Ella subió una pierna, apoyándola en el mueble, dejando abierto su coño. Me lancé como un lobo sobre su presa. Sus jugos me asfixiaban, pero me encantaba. Chupé con deseo su clítoris y me valí de mi dedo índice para penetrarla. Lo hice rápido desde el principio. Usaba una mano para apoyarse en la encimera y con la otra empujaba mi cabeza, casi con rabia.

Estaba muy mojada, mis labios estaban empapados de su líquido. Mi polla iba a reventar dentro del pantalón. Había follado más veces con ella y quería que esta, ya que iba a ser la última, fuera más larga, sin embargo, no sé por qué lo hice, me levanté, bajé mis pantalones y me dispuse a penetrarla.

Mi polla saltó como un resorte. Ella hizo el amago de bajar a chupármela, pero no le dejé. La mantuve sobre la encimera y puse mi pene a la entrada de su húmeda cueva.

– ¿No me vas a dejar probar esa polla otra vez?

– Después – estaba fuera de mí.

Poco a poco la fui penetrando. Ella estaba ante mí, subida en la encimera y abierta de piernas. Necesitaba estar de puntillas, pero me daba igual. Me apoyé y empecé a follarla, poco a poco. Sus pechos botaban y me apuntaban. Aumenté el ritmo paulatinamente. Sentía su cueva cada vez más mojada.

Seguía con el mete saca, ella gemía. La sujeté del culo y la atraje a mí. Ella se quedó abrazada a mí, sin que yo dejara de penetrarla. Así, en mitad de la cocina, seguí follándola. Esa postura era demasiado. Sentía cómo me iba a correr.

Ayudándome de pequeñas flexiones de piernas aceleré el ritmo de las penetraciones. Mi polla entraba y salía aún más mojada.

Sus gemidos ya no eran gemidos, eran auténticos gritos de placer. Pensaba que se debía estar oyendo el jaleo en mi casa, pero a esas alturas ya me daba igual.

Con la última embestida, la dejé clavada y sentí vaciarme en su interior. La seguía teniendo encima mío cuando una mezcla de sus fluidos y los míos me empezó a salpicar los pies. La bajé y la besé, con pasión.

Pasamos unos minutos besándonos y riéndonos, pensando que nunca volveríamos a estar así.

– ¿Quieres ducharte? Como la primera vez – me guiñó un ojo y acarició mi pene, ya flácido.

– Bueno, por ser la última.

Fui al baño, desnudo y empecé a probar el agua. Cuando me estaba metiendo oí el timbre. Me quedé helado, esperaba que no fuera Mario.

Me quedé parado, escuchando. Una voz femenina.

Al poco, Mati abrió la puerta del baño.

– Oye, Tomás, cuando te duches, ¿puedes salir?

Me resultó una proposición un poco rara, pero acepté. Me duché intrigado, pensando en quién sería esa chica. Cuando salí la vi.

Era más joven que Mati y algo mayor que yo, a lo mejor de unos 30 años. Delgada y muy guapa de cara. De pelo negro, largo y rizado. Me sonrió al verme, muy simpática.

– ¿Este es tu semental? – dijo mirándome de arriba abajo.

– Este es mi Tomasín – Mati me dio un azote.

– No está nada mal.

– Bueno, Tomas, esta es Virginia, mi mejor amiga. Como comprenderás, a ella no he podido ocultarle nada.

– Hola, mucho gusto – le di dos besos, aún exhausto.

Nos sentamos y estuvimos un rato hablando. Fui yo mismo el que le conté que Mati y yo no volveríamos a tener encuentros sexuales.

– Estarás jodida, ¿no, Mati? Una polla así no se encuentra todos los días.

La miré extrañado y ella empezó a enrojecer.

– ¡Virginia! – la reprendió -. Bueno, Tomás, entiende que nos los contamos TODO.

Estaba flipando en colores.

– Bueno, ya que hemos empezado a hablar del tema, por curiosidad, ¿cuánto te mide? – Virginia parecía interesada.

Como ya dije anteriormente, no soy precisamente vergonzoso ni acomplejado.

– 21 centímetros y medio la última vez que me la medí.

– Joder, ¿y eso te cabe a ti? – dijo riéndose a Mati.

– ¿Quieres verla? – Mati sabía que tenía que aprovechar esa tarde como la última conmigo -. Bueno, si Tomás quiere enseñártela.

Yo asentí.

– Pero tendréis que ponérmela dura – les dije sonriendo y abriéndome de piernas, como dándoles permiso.

Virginia se sentó a mi lado sonriendo y empezó a masajear la cara interna de mis muslos, acercando su cara a la mía. Me dio un pico y empezó a besar mi cuello.

Su mano pasó a sobar mi polla, por encima de los pantalones.

Otra mano, de Mati en esta ocasión, apartó el elástico de los pantalones y sacó mi polla. Mientras Virgina me besaba, sentí cómo mi pene entraba en un refugio muy húmedo.

– Mírala, no me digas que no es enorme.

Virginia dejó de besarme y la miró.

– No fardabas en vano, no – dijo Virginia – ¿Puedo? – dijo señalándola.

– Por supuesto – le respondí.

Pasó su mano, suave, por todo el tronco, como si fuera una valiosísima pieza de cerámica fina. Puso sus labios sobre mi glande, cerrados. Lentamente fue abriéndolos y mi pene fue desapareciendo en su boca.

Mati me besó, metiendo su lengua hasta el fondo de mi garganta. Acababa de descargar, pero me sentía lleno de fuerzas otra vez. En mi boca sentía una lengua, en mi polla otra, si existe un cielo, entrar en él debe ser una sensación parecida a esto.

Bajé mi mano a la espalda de Virgina y tiré de su camiseta. Me ayudó y se la quitó. Se desabrochó el sujetador dejando a la vista unos preciosos pechos redonditos y se puso de rodillas entre mis dos piernas. Sin dejar de mirarme a la cara, se metió el glande en la boca y siguió chupando. La ayudaba con mi mano izquierda. Mi mano derecha pasaba por la cintura de Mati, que me besaba el cuello y el pecho, subiéndome la camiseta.

– Virgina – dijo entre gemidos -, ya viene…

Virgina se la tragó casi hasta el fondo y siguió acariciándome los testículos. No pude resistir más y me descargué en su interior. Sentía como mi semen salía, a toda potencia. En breve, un pequeño hilillo empezó a chorrearle por un lado de la boca. Se la sacó y pude ver que, efectivamente, se lo había tragado todo. Fue a la cocina a enjuagarse.

– ¿Qué te parece mi amiguito? – le gritó Mati.

– No está mal, no está mal – la oímos desde la cocina. Al poco salió, aún sin camiseta, con sus tetas botando a cada paso -, pero, espero que no te ofendas. Cuando venía me encontré al que debe ser tu compañero entrando a tu piso y, la verdad, me parece más guapo que tú – me dijo en tono de guasa.

– ¿En serio? – una idea fugaz pasó por mi mente.

– Bueno, vamos a ver, cada una tiene sus gustos y…

– ¿Te gustaría conocerlo? – dije muy ilusionado.

Virginia no sabía que responder. Se quedó parada.

– ¿Me estás vacilando?

– No, verás… – les conté la historia, omitiendo, obviamente lo de su madre.

– Pobre, chaval, parece muy sensible – a Virginia le brillaban los ojos.

– Entonces, ¿te molaría conocerlo?

Pasamos toda la tarde hablando, conociéndonos y, al final, la convencí de quedar un día con Jesús. Al rato, se fue.

Me quedé allí con Mati.

– Bueno, tengo que decir que he pasado contigo un tiempo magnífico, espero que encuentres pronto a alguien que te haga feliz, te lo mereces.

Mati me sonrió y me abrazó.

– Que os vaya muy bien.

Nos despedimos como si no nos fuéramos a volver a ver. Volví a casa y vi a mi novia y a mi compañera de piso cenando.

– Jesús, te traigo buenas noticias – dije muy contento.

El tiempo pasó, Jesús acabó teniendo una relación Virgina y yo me fui a vivir con Carolina para el último año de carrera. Hecho que aprovechó la madre de Jesús para venir a visitarnos en alguna otra ocasión.

FIN

Leave a Reply

*