La amiga de mi abuela

Aquella tarde de un lunes prácticamente veraniego tardé más tiempo del habitual en regresar a casa porque tenía que pasar por casa de Carmen al salir de la universidad. Como era de costumbre, terminé antes de lo previsto la clase y me dirigí hacia ella rápidamente a fin de entretenerme lo menos posible. Le llevaba una bandeja de sequillos y otra de rollitos de anís, que le había comprado mi abuela por la mañana y me mandó que se los llevara en un ratito que tuviera libre, coincidiendo que yo estudiaba en la universidad de la ciudad que vivía Carmen, San Vicente del Raspeig.

La historia comienza tres meses antes, cuando en una de las llamadas que recibía mi abuela Josefa de vez en cuando, preguntada por la familia, le expresó que su nieto iba a empezar a estudiar en la universidad el próximo mes de septiembre. Carmen había sido una antigua vecina del pueblo, que vivía por entonces, en el número doce de nuestra calle, pero finalmente se mudó a la ciudad dónde tenía más a mano el hospital para cuidar a su hijo, que tras un accidente de moto quedó afectado problemas cerebrales crónicos de bastante importancia. Todo esto me lo contó mi abuela porque yo no recordaba nada, ya que tendría unos siete u ocho años cuando aquello ocurrió. Con la noticia de que yo iba a desplazarme a su ciudad a estudiar, surgió la idea ir a visitarla después de muchos años después. Un domingo de mediados de Julio fue el día en que mi abuela, mi abuelo, mi madre y mi padre, se montaron en el coche que me habían regalado meses antes, después de sacarme el carnet de conducir, para desplazarnos hasta la ciudad. Entre las incorrectas indicaciones de mi padre, que hacía un siglo que no circulaba por allí y preguntando a todo transeúnte por la calle que llevaba por nombre el de un doctor del que no consigo recordar, conseguimos llegar a nuestro destino, aunque con el depósito de combustible medio vacío.

Lo primero que me llamó la atención fue la antigüedad de las casas de la calle, siendo la mayoría de planta baja y fachadas descoloridas por la fuerza de los rayos del Sol. A la llamada de mi madre a través de un botoncito que se encontraba a la derecha de la puerta, salió Carmen con cara sorprendida y sonrisa de agradecimiento. Nunca entendí su expresión de sorpresa, pues ya era sabedora de que íbamos a ir. Tras los saludos iniciales, entremos a su casa de planta baja, como todas las demás, y nos sentemos en un pequeño salón que había al entrar. Los primeros momentos de reencuentro fueron muy emotivos, sobre todo entre ella y mis abuelos, pues según dijeron después, las dos se conocían desde crías por ir juntas a la escuela y luego salir con el mismo grupo de amigas. A mi madre también la recibió con mucha ilusión por recordarla dando paseos por el barrio con un guapo muchacho, ahora mi padre, y cuando se casaron, que estuvo en la misma mesa que Pepe “el afilador” y Julia “la pesada”, otros dos vecinos de la calle. De repente mi abuelo rompió el júbilo para informarle que a Pepe ya se lo había llevado Dios al cielo y Julia se había ido a vivir con su hija y su yerno a Ciudad Real. Finalmente, me vio a mí detrás de todos, mientras esperaba a saludar a aquella mujer que parecía que se acordaba perfectamente de cada uno de nosotros. Gran alegría se llevó al verme tan crecidito después de perderse mi desarrollo adolescente. Me dio dos besos en la mejilla y a continuación siguió la conversación con el resto de mi familia.

Era una mujer simpática y educada a primera vista. De una edad similar o incluso algo menor a la de mi abuela. Alrededor calculé yo de unos 68 o 70 años aproximadamente. Era de cabello rubio (aunque de bote, no natural), llevando un peinado corto algo rizado, de complexión algo rellena y su altura era bastante notable comparado a las mujeres de su edad.

Poco después de llevar un tiempo sentado allí, escuchando batallitas de la época de dios sabe cuánto tiempo, el aburrimiento me hizo sacar el móvil para matar el tiempo moviendo las golosinas del Candy Crush, pero sin dejar de escuchar lo que hablaban. En una de las veces, escuché decir que vivía sola desde hacía algún tiempo porque hacía unos seis años que había enviudado y que tenía un hijo y dos hijas que ya estaban casados y hacían su vida independiente. Respecto a su otro hijo enfermo, lo estuvo cuidando todos los días hasta que los médicos perdieron la esperanza de poder recuperarlo del estado vegetativo. Tras siete u ocho años de lucha, la pérdida dura, pero el descanso todavía lo fue más.

Luego, terminada la visita y despidiéndonos, mi abuela le prometió volver a visitarla para traerle las pastas y exquisiteces que hacían en mi pueblo y que Carmen había comentado anteriormente, hacía tiempo que no las probaba. Pero semanas más mis abuelos ya no tenían ganas de viajar por lo que se excusaron de que como yo tenía que ir a clases, aprovechara para entregárselos yo, quitándose ellos el marrón de encima. Pero bueno, a mí tampoco me costaba nada acércame a su casa alguna vez que otra.

Ésta si no recuerdo mal era la segunda visita que le hacía y en la anterior vez, ella se alegró mucho de que la visitara, pues se notaba que sus hijos y sus nietos iban poco a verla. Llegué a la puerta y toqué. Tras varios minutos de insistencia mía, por fin apareció por la puerta con un excesivo nerviosismo.

-¡Sergio, eres tú!-exclamó al girar su vista hacía mí.

-Sí, yo soy.

-¿Y qué me traes?-preguntó al verme la bandeja en la mano.

-Pastas del pueblo, que me ha dicho mi abuela que te las trajera.

-Ay muchas gracias, como es tu abuela.

Me invitó a pasar a casa, no sin antes darnos un beso en cada mejilla cuando crucé la puerta. Después le seguí hasta la cocina, donde le dejé la bandeja junto a la nevera.

-¿Quieres tomar algo?-me ofreció cuando ya me salía al salón.

-No, no si me iba ya-le aclaré.

-Ah… ya, ¿qué has terminado ahora las clases?

-Sí, y tengo que leerme un par de temas para mañana.

-Me lo imagino, ahí te pondrán muchos deberes.

-Más o menos. Hay días y días.

Pero en su tono de voz y sus gestos de alegría del principio, noté como desaparecían levemente de su rostro al dejarle ver que mi estancia allí iba a ser más corta de lo que ella se pensaba. Por suerte me di cuenta a tiempo de mi error por despedirme tan pronto y rectifiqué.

-La verdad es que no tengo mucho trabajo todavía porque hace poco que han empezado las clases.

Los dos nos encontrábamos ya en el pasillo que lleva a la puerta cuando le solté esto y a continuación le dije:

-Lo que si me apetece es un vaso de agua, que comiendo casi no he bebido.

-¡Eso está hecho!, ahora mismo te traigo uno.

En verdad tenía sed, así que mientras ella se perdía por dentro de la casa, yo me senté en el salón a esperarla llegar. Enseguida apareció con el vaso de agua y me la ofreció con todo el gusto del mundo.

Nada más cogerlo de sus manos, lo acerqué a mis labios y desapareció a los pocos segundos. Mientas, ella se apresuraba a arreglar el desorden que había por los sofás.

-Perdona, es que yo por las tardes suelo echarme la siesta ahí dónde estás sentado y como hoy no esperaba ninguna visita…

-No pasa nada, estoy acostumbrado a convivir con montones de ropa en mi casa-a lo que ella respondió con unas carcajadas.

-¿No te habré interrumpido la siesta?-pregunté por si acaso.

-No, para nada. Yo con menos de una hora tengo bastante. Ahora estaba en mi cuarto limpiando el altillo del armario, ¿no ves que voy llena de polvo?

Mi mirada se giró hacia el vestido y enseguida vi el estampado floreado rojizo machado a la altura de la barriga de un polvo grisáceo y algunas motas pegadas.

-¿Entonces te estoy entreteniendo?

-Noo, para nada. Me suelo entretener por las tardes limpiando una cosa, ordenando otra, arreglando esto, aquello y en fin, lo normal de una ama de casa. Y ahora estaba limpiando el altillo de un mueble en el que subo cosas desde hace años y me he subido a una silla para poder quitar el castillo que se había formado durante este tiempo.

-Pues lleve cuidado con subirse a sillas, que más de alguna señora allí en el pueblo se ha caído y ha acabado en el hospital-le advertí.

-Muchacho, yo intento llevar cuidado. Sí que es verdad que con el paso del tiempo parece que se me va más el equilibrio, pero todavía me apaño.

-Si necesita ayuda, dígamelo que a mí no me cuesta nada echarle una mano.

-Nooo, tranquilo si yo todavía me apaño sola-aunque quedó pensativa durante unos segundos-Si hay al fondo unas cajas un poco grandes, pero creo yo puedo bajarlas todavía.

-Ahora se las bajo yo en un momento si quiere-le propuse.

-Si tú quieres, es sólo un momento nada más.

-Tranquila, ahora voy y te ayudo.

Pues después de aquel breve descanso y después de que ella estuviera arreglando el desorden de los sofás mientras conversábamos, me guio hasta su habitación, por un pasillo central. Al llegar, enseguida me percaté de cuál de los dos armarios era el que tenía entre manos. Era el de la derecha porque tenía las dos hojas abiertas y una silla de frente. Yo pasé delante y ella me siguió hasta colocarse en un lado mientras yo me sentaba en la silla y me quitaba las deportivas.

-Lleva cuidado no te caigas de la silla que tu familia me mata-me advertía con cierto tono preocupado.

-Yo me agarro bien, por eso no hay problema-le tranquilicé, para acto y seguido, levantarme y elevar los pies hasta la silla.

Con fuerza me agarré al borde del armario y comprobé de primera mano el polvo que se había recogido durante años. Y debajo de él, se podían identificar un gran número de cajas apiladas de diversos tamaños y entre ellas, al menos tres más grandes del resto tal y como dijo ella. Me indicó que apartara hacia ambos lados las pequeñas y así con más facilidad, sacar las grandes. Pero como tenía intención de bajar todas, yo le fui acercando todas mientras ella las colocaba en un lado del suelo. La mayoría eran de zapatos, aunque la excesiva suciedad apenas permitía deletrear las cajas. Después de tardar unos minutos, proseguí a bajar las más grandes directamente hasta el suelo porque en verdad eran bastante pesadas.

-Ya está, límpiate un poco el polvo de la ropa y vete que vas a llegar tarde a tu casa-me dijo cuando estaba bajando la última pero yo me quedé observando la suciedad que había quedado.

-Ahora te va a tocar limpiar todo esto que no es poco.

-No te preocupes, ahora cuando te vayas, subo con una escoba y barro.

-Pues va a hacer una polvareda que te va a dejar la habitación buena-le recomendé.

-No creo-me respondió para acto seguido abandonar la habitación en busca de una escoba.

Cuando regresó con una escoba y un recogedor, se descalzó y se subió a la misma silla que anteriormente había estado yo. Quitó el palo, y con el cepillo, cuidadosamente barrió hacia el centro de la base.

-Pues no me imaginaba que había tanto polvo aquí arriba, claro desde que murió mi marido por lo menos que no he subido a hacer limpieza.

-También le tocará limpiar las cajas más sucias-le advertí.

-Sí, sí, luego ya en el patio-mientras me acercaba la mano con algo dentro de ella-¡toma una bolsita que ha quedado aquí!

Cuando acerqué mi mano, no sé cómo la cogí que la apertura giró hacia abajo y de ella empezaron a caer botones por el suelo. No tuve tiempo de reacción más que para retener los últimos. Luego giré la vista hacia el suelo y los vi esparcidos por los pies de la silla y alrededores. A ella le entró la risa y me encomendó recogerlos, mientras seguía con su limpieza en lo alto. No tardé ni dos segundos en agacharme y empezar a recogerlos uno por uno. Lejos de hacerlo con rapidez, mi cuerpo se detuvo de golpe. Carmen, para mantener mejor el equilibro y llegar mejor a los rincones, había puesto su pie desnudo en una de las baldas del armario abierto. Ese movimiento de ella me hizo mirar hacia arriba y me llamó la atención una cosa blanca. A quello blanco no podían ser otra cosa que sus bragas. Aquel movimiento hizo que sus piernas se separasen, lo que dejaba al descubierto su ropa interior y yo desde abajo tenía una vista privilegiada. Aparté la vista para continuar recogiendo botones, pero de nuevo no me pude resistir a mirar otra vez las bragas blancas de Carmen. Luego busqué su cabeza por si se había percatado de mi reacción y ella continuaba a lo suyo. De nuevo dirigí mi vista hacia su entrepierna y esta vez, una gran excitación recorrió todo mi cuerpo que se materializó en una notable erección entre mi bóxer. Esta vez recorrí con mi mirada sus piernas de arriba a abajo y luego de abajo a arriba. Contemplé la hermosura de sus pies, aunque llevaba las uñas sin pintar, me parecieron muy atractivos a simple vista. Pese a llevar descalza un tiempo ya, no me había percatado hasta hora de la hermosura que dejaba ver su bata de rodilla para abajo. Su postura todavía aguantó un par de minutos, por lo que no dudé con cautela acercarme a sus piernas y así poder observar más de cerca sus bragas. Una de mis manos llegó hasta el gran bulto que se manifestaba a través de los vaqueros y me acaricié ante la tremenda excitación que me estaba poseyendo. Observé e imaginé lo que aquellas bragas escondían que se perdían allá por la cintura y la tela incrustada en su culo, intuía que era bastante bonito. De repente, volvió a poner los pies sobre la silla y las piernas se cerraron, a lo que yo disimulé echando la vista hacia abajo y continuando recogiendo botones, pues con la excitación apenas había recogido unos cuantos.

-Toma el recogedor, anda-me levanté para cogerlo y lo dejé a un lado del suelo.

-¿Ha quedado limpio?

-Claro, luego le paso un trapo atrapa polvos y queda reluciente-mientras bajaba.

Yo volví a agacharme a continuar cogiendo botones y enseguida que me vio apartó la silla y me ayudó en la tarea. De repente alcé mi vista al frente y la vi de cuclillas frente mío. Ahora tenía una vista de sus bragas más clara de la parte delantera. Mi corazón volvió a latir con fuerza y mi polla volvió a reaccionar. Intenté acercarme disimulando mientras cogía más botones y esta vez puede apreciar pelitos negros que sobresalían de ambos lados de las bragas a la altura de su vagina. Todo parecía indicar que debajo de la tela también se encontraba una gran cantidad de pelos negros que ocultaban su coño. Creo que me puse muy colorado y la excitación a la que estaba llegando hacía que intentara disimular cerrando fuertemente las piernas y no se me notara el bulto en el pantalón. Pero no perdía la oportunidad de regresar mi vista hacia esa zona con mucha cautela de no ser descubierto.

Ya después de recoger todos los botones, se levantó y yo con bastante disimulo también e intenté doblarme la polla para arriba y ocultar así un poquito el bulto. Y aunque quisiera quitar de mi mente aquellas imágenes tan eróticas en aquel momento para mí, era imposible. Para finalizar, me recomendó que fuera al baño para limpiarme un poquito el polvo de la ropa, los brazos y las manos. Me indicó el camino y así lo hice.

-¡Ufff qué descanso!-me dije al cerrar la puerta

Ya no podía disimular más. Estaba demasiado caliente. Pero intenté como puede evadirme de todo lo ocurrido y limpiarme. Cuando terminé y ya estaba a punto de salir, comprobé que mi polla estaba dando una tregua, así que decidí aprovecharla y salir de aquella casa. Pero un montoncito de ropa me frustró la salida. Estaba en un rinconcito al lado de la bañera y yo no puede resistirme a cotillearla. Entre una blusa y una falda descubrí un sujetador y unas bragas blancas muy parecidas a las que llevaba puestas. No dudé en cogerlas y un hormigueo producido por la excitación recorrió mi cuerpo. Las revisé rápidamente y vi que están usadas. Sin pensarlo dos veces, las acerqué a mi nariz y las olí. De nuevo mi polla reaccionó ante tan potente estímulo y empezó a crecer. El olor fuerte de un buen coño maduro entró por mis entrañas y era delicioso, pero no podía exponerme mucho más tiempo, pues podía ser pillado por Carmen. Incomprensiblemente reaccioné metiéndome las bragas en uno de los bolsillos del pantalón y esperé un poquito a que se me pasara el calentón. Después salí disimulando para despedirme de Carmen. Ella me esperaba en el salón, de pie y con un par de bayetas en la mano. Me dio las gracias por ayudarla y le di dos besos, intentando no acercarme mucho y que pudiera rozarle con mi polla.

-¿Qué colorado estás, no?-me preguntó.

-El calor, hace un calor en esta casa que no es normal-y así salí del paso.

-Bueno pues yo me quedó por aquí limpiando, lleva cuidado al coger la carretera.

-No te preocupes, hasta otra Carmen-y nos despedimos mientras yo salía por la puesta y a continuación ella la cerraba.

Pronto llegué al coche y me vine de vuelta a mi pueblo con un gran tesoro en mi bolsillo.

Ya por la noche, solo en mi habitación, después de haber estado estudiando un par de horas y haber cenado, saqué las bragas que había escondido en la mesita de noche y me puse a pensar en Carmen. Primero me puse a analizarlas. Eran de las normales, con un lacito rosa pequeño en la parte delantera. Entre la tela encontré diversos pelitos negros incrustados en forma de rizados, así que me imaginé su pubis peludo y empecé a acariciarme la polla por encima de la ropa. Luego me despojé de ella y me tendí en la cama con la polla bastante dura. La zona de la vagina es la que más intenso olor desprendía y se veía que era la zona más manchadita. Mi imaginación despertó toda la excitación que tenía contenida. Me la imaginé tal cual la recordaba hace un par de horas antes, con esa bata floreada en la que se escondían dos voluptuosas tetas, aunque algo caídas pero preciosas, con el pelo rubio adornando su espléndido rostro y sus piernas que guiaban hacia un monte de venus que escondía la entrada de lugar lleno de morbo y excitación. Tan pronto como las pasé por mi boca y mi nariz, una fugaz corrida salió de mi polla para empaparme el pecho. De pronto me la volví a imaginar allí subida a la silla descalza, mientras admiraba su destapada entrepierna. Ahora en el sueño, me atrevo a tocar sus pies delicadamente, para a continuación subir lentamente acompañado de suaves besitos y delicadas caricias. Mi polla no tarda nada en recuperarse y volver a latir con fuerza, cuando ya alcanzo sus rodillas y me dirijo hacia sus bragas con entusiasmo. Como otros sueños eróticos, ella se deja hacer y me mira con deseo, a lo que yo respondo con más pasión y entrega. Ya con las bragas usadas en mi nariz, imagino finalmente que he conquisto su pubis a besitos y me impregno de ese olor tan característico de un buen coño maduro. No hace falta decir que experimenté un intenso éxtasis con eyaculación incluida. Luego, pese al cansancio y el sueño que me entraba seguí imaginándome situaciones morbosas que me produjeron un par de orgasmos más hasta que me dormí.

Por la mañana, amanecí con las bragas usadas que le había robado a Carmen y recordé el magnífico placer que había experimentado el día anterior. Algunas noches había fantaseado con Jennifer Aniston, Jennifer López, Beyoncé… esta vez con Carmen y la excitación no tenía nada que envidiar a las anteriores. Luego comí y por la tarde cogí el coche para ir a clases.

En los días posteriores, mi cabeza ya más fría surgió la preocupación de que hubiera podido darse cuenta Carmen de que sus bragas habían desaparecido del cuarto de baño y tuviera cualquier tipo de problema o pudiera ser una ofensa para ella si se enteraba de todo. Aun así aquellas bragas blancas fueron el fruto de la mayoría de mis masturbaciones aquellos días y disfrute como un enano con un juguete nuevo.

Al cabo de una semana y algún día, todavía rondaba mi cabeza que las echara en falta, así que decidí volver a su casa y con alguna excusa dejárselas por algún rincón del baño sin que se diera cuenta y así enmendar cualquier posible error.

Aquella tarde de mediante semana, tal y como tenía previsto, el profesor terminó antes de tiempo y yo salí en coche de las instalaciones de la universidad a la casa de Carmen. Como no podía ser de otra manera, compré por mi cuenta una bandeja de rollos de mi pueblo para que tuviera una excusa, y efectivamente, cuando vio con la bolsita, se alegró mucho y me invitó a entrar. Como siempre, se los dejé en la cocina.

-¿Otra vez me manda tu abuela rollitos?-exclamó-¡Hay que ver como es tu abuela!

-Nada, otro detallito sin más.

-Pues espera y te traigo un vasito de agua para el calor, ¿o quieres otra cosa?

-Noo, un vaso de agua como la otra vez.

Después me dirigí hacia el salón y esperé sentado en el sofá la llegada de Carmen. Luego me aseguré que llevaba sus bragas en mi bolsillo. Esta vez la miré con otros ojos, con excitación, con lujuria y quizás algo de pasión. No se hizo de rogar y en cuanto me lo dio, apacigüé mi sed con la mitad del vaso, para luego dejarlo en la mesilla. Ella se había sentado en el otro de al lado y apenas había tragado el agua, surgió la conversación.

-¿Qué has salido pronto hoy también, todavía no son las siete?

-Pues sí, más de media hora antes, que quieras que no se agradece. Este profesor siempre acaba muy pronto y por eso me he pasado hoy, ¿hoy no te he pillado haciendo tareas de la casa?

-Noo, estaba en el patio regando unas macetas y escuché el timbre, me pareció raro que fueras tu porque ya viniste la semana pasada pero a la hora que es supuse que eras tú.

-Pues sí, ¿terminaste de arreglar el altillo de tu cuarto?

-Sí. Quedó todo reluciente. Gracias por ayudarme a bajar las cajas porque pesaban lo suyo eh.

Después volví a coger el vaso de la mesilla y mientas los terminaba me preguntó tras un intervalo de silencio:

-Por ciento, ¿el otro día cogiste unas bragas que habían el baño?

Aquella inesperada pregunta me pilló tragándome el último sorbo, lo que provocó en mí, un atragantamiento de agua.

-Tranquilo, ¿estás bien?, no es nada pero es que por las mañanas suelo ducharme y siempre dejo la ropa a un lado, para recogerla y ese día no encontré las bragas por ninguna parte.

-Yo… eh-titubeé durante unos segundos entre las toses que el atragantamiento del agua me habían provocado.

-Igual estoy equivocada, pero al buscar y buscar y no encontrarlas con el resto de la ropa, supuse que al ser el único que entró al cuarto de baño…

En ese momento todos mis planes se desvanecieron y entendí que si se había dado cuenta de todo lo que había hecho, pero me corté y no supe muy bien como contestarle.

-Si has sido tú, tranquilo que no pasa nada-me dijo al verme algo colorado y un poco nervioso al dejar el vaso sobre la mesilla.

Tras unos segundos de silencio, me di por vencido y confesé.

-Pues sí Carmen, fui yo el que las cogió-intentado evitarle la mirada.

-Ves, ya está, no pasa nada-me tranquilizó. Me imaginé que habrías sido tú porque en esta casa no ha entró nadie más, lo que no me coincidía es que un joven como tu cogiera unas bragas sucias de una señora como yo.

-Pues sí que hay una explicación de por qué lo hice, pero imagino que no le gustará oírla-le dije con algo más confianza.

-Creo que sé por dónde puede ir el tema y no te preocupes que no me voy a enfadar.

Después de aquella advertencia, me percaté que era más lista de lo que creía y todo lo que había supuesto era cierto. Y entendí por sus palabras que no le había molestado, por lo que creí que la mejor opción era la de contarle toda la verdad.

-Mire, lo mejor que puedo hacer es ser sincero y contarle la verdad, espero que me comprenda.

-Muy bien pero tutéame, que ya no somos desconocidos.

-Ahh si vale-luego proseguí. Todo empezó cuando te ayudé a bajar las cajas, fue un momento en el que cayeron los botones al suelo y me agaché para recogerlos. Cuando miré hacia arriba te vi con un pie en la silla y otro en el armario, por lo que se te veía las bragas. Para serte sincero, al ver tus bragas blancas me excité bastante y tuve una erección.

-Muy bien, ¿y qué más?-me dijo en tono cordial.

-Pues luego, cuando te agachaste a ayudarme a recoger los botones del suelo porque yo me paré al ver tus bragas y recogí pocos, tú me imagino sin darte cuenta, te pusiste de cuclillas y te volví a ver las bragas y unos pelitos negros que salían por los lados y la verdad que terminó de excitarme mucho más.

-¿Y luego fuiste al baño a limpiarte y las viste?

-Claro, cuando terminé de limpiarme y de rebajar un poco el bulto para que no se notase, al salir me encontré con un montoncito de ropa y no puede resistir la tentación de hurgar para encontrarme lo que tú ya sabes que había y como estaba tan excitado, me las metí inconscientemente en el bolsillo y salí-tomé aire y concluí. Esto es lo que me pasó la semana pasada aquí.

-¿Te excitaron mis bragas?

-Pues sí. Bastante. Fue un cúmulo de situaciones que me resultaron verdaderamente excitantes, con descuidos por tu parte, que me llevó a calentar bastante-intenté utilizar un lenguaje bastante correcto para suavizar las explicaciones.

Noté al mirarla de frente que su gesto no era de enfado y nada parecido, por lo que me decidí a contarle un pequeño detalle:

-También los pelitos de ahí me calentaron bastante, deberá ser que las de mi edad no llevan y lo encuentro atractivo.

-Si tuve algún descuido, perdona, pero no me imaginaba que a un jovencito como tú le gustase ver estas cosas… ¿y las bragas que te llevaste?

-También te diré la verdad. En cuanto las cogí, las olí. No me contuve en saber el olor que generabas ahí. Me las metí al bolsillo y cuando llegué a mi casa, las guardé en la mesita de noche. Por la noche, cuando toda la casa era un oasis de paz, las saqué y en mi cama empecé a disfrutarlas, mientras tenía sueños eróticos.

-¿Sueños eróticos?

-Sí. Después de examinarlas, vi varios pelitos negros incrustados en la tela y un fuerte olor desprendía de la zona de la vagina. Me eché en mi cama desnudo, después de haberme tocado por encima, y la verdad sea dicha, la tenía bastante dura, así que me imaginé la situación en la que estabas subida a la silla. Empecé a besar tus pies descalzos, luego subí por tus piernas y acabé en tu entrepierna. Cuando en mi sueño besaba tu vagina a través de tus bragas yo lo hacía con las que te había quitado y así hasta que llegué un par de veces. Luego durante la semana ya tuve otros momentos en soledad para disfrutar del olor que desprendían.

-¿Y ya está?-preguntó.

-Sí, eso es todo. Perdona, y hoy tenía la intención de dejártelas en el baño escondidas y no levantar sospechas, pero al final me has pillado-y a continuación, las saqué de mi bolsillo, las desplegué y se las enseñé, para luego dejarlas a un lado.

-Pues ya está, ya te has desahogado bien.

-Pero en ningún momento te he querido hacer daño ni perjudicante ni nada parecido y por ello te pido disculpas.

-No pasa nada hijo, si yo no estoy ofendida ni nada parecido. Es más, me ha parecido un gran piropo que un chico joven como tú, se halla excitado con una mujer como yo. Eso me hace pensar que soy todavía atractiva para los hombres.

-Entonces ¿no estás disgustada?

-Noo para nada. Sentirse deseada es agradable y más viniendo de un chico tan guapo como tú. Además, las mujeres tenemos una sexualidad a esta edad también y nos excitamos ante algunas situaciones, tenemos sueños eróticos y sentimos y padecemos.

A raíz de aquella respuesta, pude entrever que los acontecimientos podían haberla agradado e incluso excitarla, por lo que si los dos estábamos contentos, podríamos entendernos bien. Intenté comprobarlo.

-¿Pero le ha excitado lo que ha pasado?-con algo de timidez.

-Pues claro que me excita que te haya puesto caliente mi ropa interior, mi cuerpo y que hayas tenido sueños eróticos conmigo. Ni los hombres ni las mujeres somos de piedra.

-Ahh, pues que bien-me alegré por dentro y por fuera-además, como ya intuías algo.

-Sí me imaginé hace unos días que estabas con mis bragas tocándote y al final mira, ¿por qué no lo haces ahora?

-¿Aquí delante de tí?

-Si te apetece, claro-se sonrojó. Una cosa es imaginarlo y otra verlo en realidad.

Aunque la había notado contenta, no me imaginaba para nada que de su boca saliera aquella proposición. Pero en todo caso, era una excelente noticia, porque era la confirmación definitiva de que no le había desagradado nada y que su excitación de ambos era elevada. No hace falta decir, que sus palabras surgieron un efecto inmediato dentro de mi boxer y yo estaba dispuesto a mostrarle el espectáculo que demandaba.

-¿Pero para hacerlo me quito los pantalones?

-Y los calzoncillos, tú ponte cómodo.

Tal y como ella me dijo, me levanté y me desabroché los vaqueros. Después de descalzarme y bajármelos, me despojé del bóxer dejando mi polla al aire. Me volví a acomodar en el sofá con las piernas entreabiertas y respiré hondo. Mi excitación crecía por momentos y la situación no podía ser más caliente. Busqué las bragas usadas que le robé y también su mirada que estaba clavada en mi entrepierna.

Sin perder más tiempo comencé a masturbarme con la mano izquierda y con la derecha, tomé las bragas por la parte que coincidía con su coño y las olí intensamente. Aunque no desprendían la esencia del primer día, su intenso olor de coño maduro me volvió a estremecerme de placer. Mi glande ya estaba en todo su esplendor y como tenía depilado el vello púbico, Carmen tenía unas vistas privilegiadas de mi miembro. Giré mi vista hacia ella para comprobar si estaba contemplando la escena y en efecto, me sonrió con una sonrisa pícara. De nuevo me concentré en que me viera disfrutando con sus bragas, a lo que empecé a besarlas y a lamerlas con la lengua. Pocos segundos después, mi cuerpo empezó a enloquecerse y sin quitar sus bragas de mi cara, una tremenda corrida alcanzó mi camiseta y el sofá varias veces. Luego quedé inmóvil con los ojos cerrados y respiré tranquilo.

-Ha sido mucho mejor en directo. Ya veo que es verdad lo que me has contado. No creía que mi olor del coño te pusiera la polla tan dura.

-Ufff demasiado.

-Pues ahora si te apetece probar el original, ya sabes.

Sus palabras me obligaron a mirarla y entonces ella se levantó del sofá y se subió la bata hasta la altura del ombligo, dejando al descubierto su ropa interior: otras bragas blancas.

-¿Siempre usas bragas blancas?-curioseé.

-Para estar por casa sí, pero tengo de más colores-y a continuación se acomodó en el sofá con las piernas ligeramente abiertas y la bata arremangada.

Yo le contesté levantándome y arrodillándome frente a sus piernas. Tal y como había fantaseado aquella noche que me llevé sus bragas, la descalcé con dulzura y empecé a acariciarle los pies. Luego acerqué mi boca para darle unos besitos y proseguir metiéndome cada uno de sus deditos. Luego fui ascendiendo lentamente por los talones y las pantorrillas, saboreando de cada trocito de su linda piel. Eran suaves, blanquitas y cada beso que le daba me ponía muy caliente. Seguí por encima de la rodilla sensualmente, venerándola con suaves caricias muy placenteras creo que tanto para mí como para ella. De reojo miré hacia arriba y su cara me confirmaba que lo estaba disfrutando. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta y creo que empezaba a sudar su piel. Luego centré mi mirada en su zona vaginal. Lo veía cada vez más cerca, tal y como lo había visto en las ocasiones anteriores, con numerosos pelos rebeldes sobresaliendo del límite de su ropa interior, lo cual indicaba la gruesa capa peluda que me iba a encontrar. Cuando me cansé de recorrer sus muslos, seguí subiendo con una excitación en mi cuerpo muy grande, pues estaba a escasos centímetros de su pubis. Por lo pronto, no quise tirarme a él directamente, sino que empecé a satisfacerla con caricias alrededor de su coño para que estuviera bien caliente. Sin pedirle permiso, le levanté un poco más la bata y me acerqué aún más, haciendo un sándwich mi cuerpo con sus piernas. Ahora tenía un control total de la zona y estaba deseoso por disfrutarla y hacerla disfrutar. Mis besitos se convirtieron en lamidas, cuando la agarré por las caderas y recorrí de izquierda a derecha la zona, saltando cuando llegaba a sus bragas y luego en movimientos circulares que se acercaban más y más a su monte de venus. Sin poder resistirme más, puse mi nariz sobre sus bragas y absorbí el intenso olor a coño maduro que desprendía, siendo éste mucho más fresco y excitante que con el que experimenté con las otras bragas. El cuerpo me pedía unos últimos lametones antes de despójala de su ropa interior. Con delicadeza, pasé mis dedos por su zona vaginal y con la lengua, me acerqué a probar todos aquellos pelitos que salían de ambas partes. Los mojé todos y los absorbía dándoles forma en mi boca con la lengua. Algunos de ellos quedaron pegados a ella pero no me importó porque estaba muy caliente. Ya encima de sus bragas blancas, le lamí y relamí cada una de las partes de la tela, mientras aprovechaba para impregnarme de aquel curioso olor a coño maduro que me volvía totalmente loco. Creo que mis intensas caricias surgieron efecto y noté como Carmen emitía pequeños gemidos.

Finalmente, levanté sus piernas para quitarles las bragas y entonces descubrí ante mí, la pelambrera que escondía y su tremendo coño que se veía debajo perfectamente. Una manta de pelos negros y algunos grisáceos confirmaban mis sospechas. Dejé sus piernas en los reposabrazos el sofá como si estuviera en la sala de un ginecólogo y ante mí quedó como si fuera una perla entre la ostra, su tesoro más íntimo, despojado al fin, de la fina tela que lo guardaba. Tan pronto como pude, acaricié su peludo coño como si fuera un osito de peluche con las yemas de los dedos de la mano y los aparté para poder tener una mejor vista de su raja. Tras varias pasadas, ahondé más mis dedos para acariciar sus labios vaginales y al contacto, ella se sobresaltó, como si no se lo esperara. Enseguida todo su cuerpo se tranquilizó sobre el sillón y yo volví a posar mis yemas sobre sus arrugados labios ligeramente mojados. A escasos centímetros tenía también el ano, que me despistó durante algunos segundos para discernir si también disfrutaría siendo estimulado, pero no quise desviarme de lo que realmente quería saborear. Sin entretenerme más tiempo volví a su peluda raja y como aprecié anteriormente, ésta estaba un poquito mojada, consecuencia de su tremenda excitación. Ahora sí que percibía el apasionante calor y el excitante olor de aquella parte de su cuerpo con una intensidad deliciosa. Aparté los pelitos cuando ya más de uno me había comido y ante mí, el coño de Carmen ya estaba en disposición de ser saboreado. Lo besé por los alrededores y luego lo hice a lo largo de su raja con mucho mimo, notando cada uno de sus pliegues en mi boca. Después saqué la lengua y muy despacito fui pasándola por los alrededores de su pubis, mientras mi punta jugueteaba en su piel y dejaba una suave marca mojada, como la de un caracol. De derecha a izquierda y de arriba abajo, mi lengua se acercaba con deseo, penetrando en numerosas ocasiones la puntita entre sus labios vaginales, lo que me percaté que le encantaba porque noté que sus movimientos de pelvis y sus gemidos que crecían de tono. Mientras mi lengua le llenaba de caricias su vagina, mi polla no podía estar más dura y mi excitación me obligó a masturbarme con la mano que me quedaba libre. Posiblemente jamás hubiera imaginado días atrás, que aquella fantasía se hubiera convertido en realidad y menos aún que ella hubiera tomado la iniciativa y me tuviera a sus pies, pero así fue. Mis movimientos se aceleraron y mi lengua ya se había desplegado en toda su fisonomía para lamerle el coño, como lo hacía con la tapa de los yogures. Tras saborear intensamente sus sabores y absorber sus deliciosos jugos, noté la dureza de su clítoris y me dirigí hacía él para comérselo bien. Evidentemente, después de aquello, dejé de tocarme porque veía que me corría por momentos. Ya en su botoncito, dejé caer mi saliva y se la unté para acto seguido, estimulárselo con la puntita de mi lengua cambiando de velocidad constantemente. Sin duda alguna, estas lamidas parecían llevarla a una excitación cada vez mayor. Ahora, los gemidos que brotaban de su boca podían oírse en prácticamente toda la casa y yo disminuía mis caricias cuando veía que acrecentaban las convulsiones de su cuerpo. Luego, pasados unos minutos, abandoné mis caricias en su clítoris para poder penetrarla con mi lengua. De nuevo, volvió a retorcerse de placer, mientras que yo lo hacía también por dentro. Espatarrada ante mi cabeza, alcé mis brazos por donde pude y con delicadeza, acerqué mis dedos hacia su agujero para sustituir la labor de mi boca, que quería volver arriba. Después de que mi lengua la masturbara durante unos minutos, salió y se lanzó hacia el clítoris, introduciendo yo en ese momento, mi dedo índice previamente lubricado con saliva. Sin poder aguantar mucho más mi excitación, chupé y lamí con más ganas que nunca, mientras la masturbaba con la mano delicadamente. De nuevo, sus convulsiones no se hicieron de rogar y yo en vez de parar como había hecho anteriormente, seguí mi ritmo de penetración y caricias, hasta que ella me dejara. Esta vez, su excitación estaba llegando sin ninguna duda al punto máximo de no retorno. Sus incesantes jadeos y convulsiones, se revelaban cada vez que yo acrecentaba las caricias. De repente, sentí las enormes contracciones de su vagina, lo que dejaba entrever que la corrida era inminente. En segundos estalló de placer, mientras yo notaba sus piernas sobre mí y un gran peso que se abalanzó sobre mi cuerpo que me expulsó del sillón, sin que apenas yo pudiera reaccionar. De tanta excitación tenía los ojos cerrados y apenas podía recuperar la conciencia. En cuanto me recuperé, vi como estaba junto a Carmen tirado en el suelo, a un par de centímetros del sillón. Ella me miraba como si le faltara la respiración, como hipnotizada. Luego sonrió. Enseguida me percaté que se había resbalado del sillón que estaba mojado del sudor y se abalanzó sobre mí, ante la gran excitación del momento.

-¿Estás bien?-me preguntó.

-Sí claro, ¿y tú?-a lo que ella respondió con una sonrisa.

Le ayudé a levantarse y luego busquemos nuestras bocas para fundirnos en un beso. Las dos lenguas se juntaron por primera vez, entre una nube de felicidad que recorrió toda nuestro ser. En aquel momento no pensé en la extraña paradoja de que le había comido antes el coño que la boca, pero así fue. Seguramente también disfrutaría del sabroso sabor de su coño incrustado en mi boca todavía. Cuando nos separemos, ella me indicó que me sentara en el sofá, en el cual yo antes me había masturbado con sus bragas. Poco a poco, se fue quitando prácticamente toda la ropa, dejándose únicamente el sujetador. Un sujetador sencillo de color carne que dejaba entrever un buen par de pechos nada pequeños, sino más bien lo contrario. Después se acercó a mí y comenzó a darme besitos en la cara, en el cuello y siguió bajando despacito por el pecho. Con mucha ternura me comió los dos pezones, primero besándolos y luego lamiéndolos. Yo me dejé llevar y pensaba que pronto toparía con mi polla si seguía bajando. Pues efectivamente, tropezó con ella y tras un breve rodeo, se decidió a saludarla. La tenía totalmente dura, muy hinchada y se notaban las venas como si quisieran explotar. Se deleitó a besarla de arriba abajo y luego en viceversa hasta llegar al capullo. No tardó en sacar la lengua y de dedicarme un buen par de lametones antes de metérsela a la boca. Yo apenas veía nada, porque su pelo rubio me lo impedía, pero su roce hacía volverme loco de excitación. Ya dentro, sus movimientos me hicieron estremecer de placer, sintiendo como su lengua se movía para todos los lados. Agarrándola con una mano, se arrodilló ante mí como yo lo había estado anteriormente ante ella, y prosiguió con la felación. Yo cerré los ojos y me dejé hacer. En poco tiempo sus lametones surgieron efecto y yo veía que me corría otra vez. Le pedí que parara, que ya no aguantaba más y ella disminuyó considerablemente sus caricias. Parecía que después de tanto tiempo, no se le había olvidado como hacer feliz a un hombre, porque a mí me encantaba como me lo estaba haciendo. Tras un breve receso, volvió con más fuerza y se la metió con rapidez en la boca para saborearla otra vez. Esta vez, coloqué mis manos sobre su cabeza y acaricié su cabello rubio con ternura al ritmo que subía y bajaba haciendo que yo disfrutara de la paja. Cada vez que bajaba, más se adentraba entre sus labios hasta que por momentos se la metía entera y absorbía toda su esencia. Luego se dedicó a relamerme los huevos, metiéndoselos en la boca, jugando con ellos e impregnándolos con su saliva, para después, subir por toda la polla y quedarse chupando mi glande. Con su mano derecha empezó a masturbarme y yo la dejé hacer porque me estaba calentando al máximo sin importarme si me corría o no. Allí espatarrado en el sofá, con todo mi miembro en su boca, explotó mi polla con una gran corrida caliente sin apenas darme tiempo a advertirle de su inminente llegada. Noté como sin parar de masturbarme, su boca se llenaba de semen y tenía poco a poco que tragárselo, hasta prácticamente dejar mi polla reluciente cuando se la sacó. Cuando dejó de chupármela y se levantó, yo todavía no me había recuperado. Antes de abrir los ojos, noté sus manos recorriendo mi cara y su cuerpo rozando el mío. Se estaba arrodillando entre mis piernas y yo me preparé para agarrarla por la espalda, para quedar los dos muy pegaditos. De nuevo nos fundimos en un lujurioso beso como muestra de deseo por parte de ambos.

-Anda, quítame el sujetador, guapo-me susurró al oído.

Sin contestarle, seguí besándola entre la comisura de los labios y luego me deslicé por su mejilla. De los besos pasé a los lametones, recorriendo su barbilla, bajé a su cuello y luego subí hasta una de sus orejas. La besé, la mojé con mi saliva y jugueteé con un pequeño pendiente que llevaba, mientras ella cerraba los ojos y se dejaba querer por mí. De nuevo acaricié todo su cuello y llegué sin darme cuenta hasta su hombro, notando enseguida el tirante del sostén, el cuál no se resistió a que mi boca lo sacara del sitio y cayera lentamente por su brazo. Seguí bajando por su pecho, llenando de caricias cada trocito de su piel y observando la multitud de pecas que descubría por esa zona. Con la ayuda me mi mano derecha, desnudé el hombro restante y a continuación, los dedos recorrieron dulcemente su espalda en busca del tercer candado que me impedía disfrutar de sus pechos. En cuanto sentí que se desabrochaba, por delante cayó el sostén y de reojo ya miraba abajo, mientras ella tenía sus manos ocupadas en mis caderas. Después de mojar sus pecas con mi saliva, seguí bajando con más excitación para abordar ya sus pechos. Mi mano siguió bajando lentamente para buscar su culo, sus caderas y que no se me pudiera escapar. Así estuve un rato, sobando todo su precioso cuerpo.

Más tarde me alejé para visionar mejor sus pechos y me di cuenta que sus ojos estaban fijamente dirigidos hacia lo que yo le estaba haciendo. Creo que gozaba verme como me ponía su cuerpo, como me lo comía y en mi expresión seguro que veía todo eso reflejado. La verdad es que teníamos los dos las caras muy coloradas y sudábamos como si estuviésemos en una sauna a toda potencia. Una gran aureola de color marrón oscuro en cada pecho culminaba dos tetas bastante grandes, aunque un poco caídas, no tenía nada que envidiar a cualquier otra. Esta vez inicié una nueva batería de besos que se desplegaron desde el ombligo hasta ya los alrededores del pecho. A través del canalillo invadí por fin esas delicias y sentí como chocaban con mi cara. Me apresuré a besar sus pezones que se notaban muy duros, pasando de uno al otro y luego volviendo, para finalmente sacar la lengua con toda la lujuria que en ese momento tenía, chuparlos, llevándomelos a la boca y jugando con ellos. Los rodeaba con mi lengua y absorbía todo su sabor, un sabor muy intenso mezclado con el olor del suavizante que desprendía el sujetador. Ya notaba otra vez toda mi polla otra vez dura gracias a sus caricias y sin decime nada, se acercó un poco más hacia mí y cogiéndome la polla se la dirigió hasta el agujero de su coño y se la introdujo. Yo que estaba demasiado concentrado en saborear todo su pecho, apenas me di cuenta de lo que tramaba hasta que sentí la punta de mi capullo dentro de ella. Así que sin sacar la cabeza de allí, bajé la mano izquierda hacia sus caderas y Carmen empezó a empujar y yo a embestir. De pronto me la vi cabalgando sobre mi polla, al ritmo que sus tetas botaban y al tiempo que chocaban con mi cara. Tanto ella como yo empecemos jadear al ritmo de las embestidas, mientas levantaba la cabeza y la ponía a su altura. Entre sollozos, se buscaron nuestras miradas y entonces sentí su caliente aliento en mi cara. Sin parar, nos quedemos mirando fijamente como dos enamorados en su luna de miel. Con la aceleración del ritmo, mi boca busco su boca abierta y los flujos salivales se mezclaron en un beso con lengua de lo más perverso que solo se rompió cuando gritos de placer eran descomunales. Sus uñas no paraban de arañarme la espalda, pero yo seguía estando en un mundo en el que solo sentía placer, mucho placer y ella creo que si no se iba a correr, le faltaba poco. De repente, paró los movimientos y se levantó.

-Uff, Sergio estoy toda mojada-mientras se llevaba la mano al coño y me enseñaba su mano mojada.

-Madre mía Carmen, follas de maravilla.

-Ya le voy tomando otra vez el gustito a esto-me dijo mientras sonreía.

-Entonces, ¿te apetece que sigamos un poco más?

Ella sonrió y me ayudó a levantarme, para seguidamente ocupar mi sitio a cuatro patas. Parecía tener la situación controlada y saber lo que quería que yo le hiciera en cada momento. Antes de seguir follando, no pude resistirme a agacharme y volver a saborear su coño húmedo, del cual me había quedado prendado desde el primer momento. Con verdadera pasión chupé y sorbí sus más preciados fluidos impregnados en sus labios vaginales y pelitos púbicos. Su sabor saladito tan era espectacular, me ponía a mil. Ya de pie, mientras mi garganta se deleitaba con el sabor de Carmen, mi polla se metía por sus entrañas sin dificultad. Mis embestidas no tardaron en surgir efecto y agarrada a uñas y dientes al respaldo del sofá, comenzó de nuevo a jadear cada vez más fuerte. Bien cogido a sus caderas, notaba las contracciones de su vagina comprimía mi polla en repuesta a los embistes. Llegados a este punto, mi boca se abría entre gemidos buscando un poco de aire para seguirle el ritmo. Los gemidos de ambos parecían sincronizarse, igual que nuestros cuerpos y parecía que estábamos llegando al cielo. Ante una inminente eyaculación, mi pelvis aminoró los movimientos y le di un respiro sin que por ello dejáramos de seguir follando, pero más despacio. Al rato, dejó su postura a cuatro patas y se tumbó sobre el sofá con las piernas medio abiertas.

-Venga nene, dame un poco más de candela-con voz entrecortada.

-Mi vida, yo te doy toda la que quieras.

Me tumbé sobre su cuerpo y en un golpe seco se la metí hasta los huevos. Ella reaccionó contrayéndose como si le hubiese dolido pero pronto siguió gimiendo como una perra conforme aumentaba de ritmo. Le tapé la boca con mi lengua y empecemos a besarnos desenfrenadamente, al tiempo que me agarraba de las nalgas y las empujaba hacia su pelvis. Los dos llevábamos un tiempo ya sudando como cerdos, dos cerdos en celos que se restregaban con todo el deseo del mundo. Cada vez que nuestras miradas se juntaban, parecía que nos poníamos los dos cada vez más cachondos y pensábamos que nos moríamos de placer. Al rato de estar follándola sin parar, me susurró al oído palabras que apenas atendía a escuchar.

-¡Me voy a correr, me voy a correr!-gritó con voz no muy clara.

Yo aceleré y aceleré mis embestidas y ya iba a por todas. A gritos cada vez más fuertes, nos arremetíamos el uno al otro como si fuera el fin del mundo. En segundos, sentí como mi leche se preparaba otra vez para salir (no sería mucha ya), y le grité medio mareado “ahhhhhhh, me vengo, me vengo”. Su orgasmo también parecía ser inminente y en las últimas busqué de nuevo su mirada agónica. Casi al mismo tiempo, entreguemos las últimas energías en un indescriptible orgasmo, que retumbó por toda la casa. Parecía que ya no estábamos en este mundo, sino en otro a solas, rotos por el placer y exhaustos de la pasión. Al tiempo, nuestros cuerpos fueron cesando y el mío quedó parado sobre el suyo, mientras nuestros sexos todavía permanecían unidos y pegábamos nuestras bocas para volver a besarnos. Extenuados por el placer, quedemos inmóviles sobre el sofá durante varios minutos. Ninguno de los dos quería despertar de aquel sueño hecho realidad.

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