La diosa africana

Para Longino que me pidió un relato africano de Raquel

Raquel está desnuda junto a Ricardo, peludo con la pija en alto. Los dos llevan collares como si fueran dos esclavos o dos perros, viendo a Tina enroscada al cuerpo de su marido Benito, acariciándole la verga, lamiéndole el pecho mientras él la mete un dedo en el culo. Y Raquel recuerda cuando empezó todo el mundo de desenfreno en que vive.

El congreso de anestesistas en Kenya tenía un programa para acompañantes que hizo que los cuatro días que duró fueran entretenidos con visitas al entorno de Nairobi y cenas con fiestas. Benito había intimado con Noel, sudafricano que vivía en Londres, y cuya mujer Janet, una pelirroja delgada de pelo largo y ojos azules se convirtió en su compañera en las excursiones por el entorno. Habían vivido en Chile y hablaban bien español, ella y Benito también el inglés, con lo que las conversaciones saltaban del uno al otro idioma. Por eso le pareció lo más normal quedarse una semana más en Kenya para hacer un safari y pasar un par de días en Mombasa.

Todo cambió la primera noche en aquel hotel bajo el Kilimanjaro, un espacio mítico, había sido del actor Willian Holden, murió allí y para Raquel además se juntaban los recuerdos de la novela de Hemingway y la película que sobre ella hicieron con Gregory Peck. Después de cenar cuando llegaron a su cabaña empezó su aprendizaje. Se tuvo que desnudar , dejarse tocar por Janet y poseer por Noel bajo la mirado de su marido que también se cogió a la pelirroja. * ( Ver Cuñadas de esta autora) .

Y empezó su aprendizaje.

A la mañana siguiente, con camisa y shorts, como su maestra, pues la inglesa había adoptado ese rol, se montaron en un jeep conducido por Milton, un negro enorme de unos cuarenta años. El día pasó viendo animales, leones , muy pocos , apenas una familia, gacelas y cebras. Ella estaba cachonda, no podía dejar de pensar en lo ocurrido y en lo que iba a ocurrir. Sentirse hembra obediente, sometida a la lujuria de los otros la tenía encendida, en ascuas de deseo. Todo el tiempo mojada, con la concha ansiosa, empapada por su lascivia.

Al llegar la noche, en la antigua granja convertida en hotel donde los turistas cenaban y bebían , comentado luego lo que habían visto en el día a la luz de las hogueras antes de ir a las tiendas para dormir, sólo quería que acabara aquella cháchara e irse a coger como una perra en celo.

Y lo hizo, primero dejando comerse el sexo por Janet a la que poseían los dos hombres, luego cambiando los papeles y devorándola y lamiendo el semen de los machos mientras éstos la rompían el coño y el culo, entregándose, gozando viciosa de su entrega. Cuando se saciaron de ella, disfrutó de los placeres de Lesbos con la pelirroja de pezones grandes y senos pequeños que saboreó con la boca, los labios y la lengua juguetona, para luego sentir como en un espejo los mismos deleites en sus tetas grandes y turgentes. Se devoraron las conchas haciendo el bicho de cuatro patas, creyó que no podía gozar más. Pero rendida por los orgasmos salvajes que había experimentado, volvió al placer extremo en la cama con Noel sabiéndose observada por su marido y viendo como él se follaba a su nueva amiga.

Al día siguiente cuando se vestía para salir de nuevo de aventuras Benito la ordenó que no llevara corpiño, se dio cuenta que Janet tampoco lo usaba. La diferencia era el tamaño de las tetas, a ella se le movían elásticas , poderosas al andar, a su compañera apenas se le marcaban los pezones.

Milton les esperaba al pie del jeep, cuando la vio no pudo quitar los ojos de sus pechos turgentes que respondieron a la mirada de deseo erizándose los pezones. Mientras ellas se montaban , sus maridos hablaron con el guía, antes de subir Benito delante y Noel atrás entre las dos mujeres.

Salieron del campamento , comenzó la jornada del safari fotográfico. Una familia de leones en un cúmulo de rocas devoraba un antílope. Pararon para sacar fotos.

– Soltaros algunos botones- ordenó su marido.

Janet obedeció al instante dejando sólo abrochados dos a la altura del vientre. Ella sólo lo hizo con dos, le daba vergüenza, si hacía como su compañera, sus pechos quedarían a la vista con el traqueteo del vehículo. Noel la miró y sin pronunciar palabra le desabrochó prácticamente todo la camisa.

– Y ahora , Milton , cumple tu parte del trato.

El conductor las miró lujurioso, movió el espejo retrovisor para no perder las de vista y volvió a arrancar el coche. Raquel se dio cuenta que el hombre , si bien no perdía detalle de los senos de Janet, devoraba con vicio los suyos. Su cuerpo respondía con una mezcla de excitación y asco, le daba miedo tanta lujuria como notaba en el guía, que le parecía una bestia ansiosa.

Rinocerontes, elefantes, cebras, búfalos, todo tipo de antílopes fueron cayendo bajo la cámara de los expedicionarios. Janet se reía y cada poco dejaba que sus senos pequeños quedaran al aire. También estaba excitada, no había más que darse cuenta del tamaño de sus pezones, casi medio dedo de longitud. Fue tras ver los rinocerontes cuando se cambiaron de sitio, Noel delante , Benito atrás dejándola en el medio.

Entre Janet y Benito comprendió que iban a usarla de cebo, que iban a jugar con ella para lograr que el guía les llevara a ver más animales que ningún otro expedicionario.

El brazo de la inglesa pasó sobre sus hombros y dejó la mano sobre su pecho. Le pellizcó los pezones a través de la camisa, Benito le acariciaba los muslos, haciendo que los tuviera abiertos. Y todo bajo la mirada del enorme conductor que no perdía detalle. Tenía que contenerse para no pedir que siguieran y la llevaran al orgasmo.

– Preparen las cámaras y los teleobjetivos. Vamos a acercarnos a un grupo de leopardos y puede ser peligroso si paramos demasiado próximos.- La voz de Milton era grave, profunda, al tiempo deseosa de alcanzar un premio.

El coche paró apenas a 30 metros de un grupo de árboles, allí sobre las ramas había dos leopardos comiendo los restos de un animal. Las máquinas dispararon fotos una y otra vez, hasta que los animales bajaron de un salto y se perdieron en la espesura de la sabana.

– Te has ganado el premio. Vamos al campamento- dijo divertido Noel.

El jeep arrancó y emprendió la marcha, Janet se abrió la blusa por completo, en sus senos pequeños de piel sonrosada y pecosa, los pezones casi rojos destacaban tiesos, erguidos, como dos puntas de lanza. Raquel tenía miedo de imitarla, pero también un profundo anhelo de notar el deseo del conductor devorándola.

Llegaron al nuevo campamento, pequeñas cabañas alrededor de un edificio central.

Al bajar, Benito y Noel la agarraron de los brazos y la acercaron al guía.

– ¿ Te gusta ? No todos los días ves unas tetazas como estas.- dijo su marido abriéndole totalmente la camisa. Los pechos quedaron libres, oscilantes, moviéndose , con los pezones erectos. Noel la hizo ponerse derecha, sacándolos como si fuera un mascaron de proa. El hombre se quedó quieto, como si viera una alucinación, jadeó y se pasó la lengua por los labios ansioso.

Las dos mujeres se cerraron las blusas y fueron con el sudafricano a la recepción a buscar las llaves y la ubicación de su cabaña. Allí les alcanzó Benito.

Fueron a su bungalow para prepararse para la cena. Raquel necesitaba que la cogieran, estaba ardiendo de pasión, la concha rezumaba sus flujos.

– ¡Qué puta eres! Estás celo como una gata. No quitabas ojo de como habías puesto la polla del negro.- dijo Janet después de besarla haciendo que la argentina se fundiera de pasión.

– Desnúdate y ponte en cuatro como una perra.

Obedeció rápida, quería sentir una polla dentro, lo necesitaba. Esperó ansiosa. Fue Noel el que la penetró. Parecía no tener prisa en acabar, la llevaba hasta el límite y paraba, después seguía poseyéndola. Empezó a gemir cada vez más fuerte.

– Vamos a tener que taparle la boca. Es una viciosa chillona.

Benito se puso delante de ella con la verga dura, en alto y se la metió en la boca. Tuvo una arcada, Janet se reía. Los dos hombres la usaron hasta descargarse. Ella no pudo venirse. Estaba muy caliente , quería hacerse una paja, no la dejaron. La llevaron a la ducha, la lavaron , la secaron y la ataron. No podía tocarse.

Tras ducharse sus compañeros, se vistieron para la cena y las copas de después. Los hombres pantalones cortos y saharianas , Janet les imitó. Empezaron a maquillar la, sombras en los ojos, boca roja, pestañas alargadas, la soltaron y la vistieron.

Una falda vaquera un palmo por encima de la rodilla y una camisa blanca, calcetines del mismo color y las botas de andar, sin ropa interior. Cuando se vio en el espejo, se asustó, parecía una puta en celo, buscando clientes, los senos se transparentaban a través del fino algodón y los pezones se marcaban queriendo romper la tela.

– Tiene pinta de perra caliente. Lo que es.- dijo con una sonrisa perversa la inglesa.

Y fueron al bungalow principal, estaba lleno, eligieron una mesa y se sentaron.

– Gatita, trae del bufet las ensaladas para todos.- Le ordenó su marido.

Cuando se levantó y fue hacia donde estaban la comida, Raquel se dio cuenta que todos los hombres la miraban con deseo y la mayoría de las mujeres con desaprobación. Era lo que quería Benito exhibirla como a una yegua en un picadero.

A Raquel le excitó el hambre en los ojos de los machos cuando iba y venía, se dio cuenta que los pezones estaban cada vez más duros y visibles bajo la camisa y sobre todo que se estaba poniendo tan caliente que su concha se empapaba más y más. Al sentarse para cenar pensó que se le iba a manchar la falda con sus flujos.

Cuando les fueron a servir el plato principal, unos solomillos con salsa holandesa, el camarero casi la derrama deslumbrado por el amplio canal de los senos de la mujer y los picos de sus ubres marcándose bajo la fina tela. Al dar el primer bocado lo decidió: sí, iba a ser la puta calienta braguetas, la zorra que busca guerra, la hembra llamando al macho. Y se estiró, dejo que su cuerpo se volviera más y más elástico, más y más sensual. Querían que fuera un yegua y ella aceptó ese rol con gusto.

Cuando tras cenar se juntaron con el resto de los turistas, ella se movía con andares felinos, contoneándose, haciendo que sus tetas grandes fueran un imán de las miradas Al sentarse cruzó la piernas dejando gran parte de los muslos a la vista, las historias de quien había visto más fieras tenía interés pero para los hombres, más interés tenían las piernas de Raquel que se descruzaban de vez en cuando mostrando su concha depilada. Benito y Noel presumían de haber fotografiado a más especies, eran los únicos que tenían leopardos en la colección. Se bebía güisqui y gin tonic, las conversaciones se hacían más altas con el alcohol y la lujuria de las miradas más intensas. Raquel se fijaba alegre como las vergas de los tertulianos se iban agrandando a medida que la devoraban.

Volvieron a la cabaña. Ellos bebidos, Janet celosa del éxito de su desvergonzada compañera, Raquel caliente, orgullosa de si misma, de haber olvidado sus prejuicios y sus vergüenzas.

– Raquel , no se puede ser más puta. Has puesto a todos a mil.- le dijo la inglesa apenas entraron.- Creo que ….

– Merezco un castigo. ¿ Quieren que me desnude y me cogen bien cogida?

– No, guarra. Eso es lo que quieres. Tienes que aprender. Vas a desnudarte y hacerte una paja delante nuestro.- le ordenó Janet.

Raquel se paró ante los tres, les miró desde su lascivia y se bajó la falda, quedó la concha al aire, apenas cubierta por los faldones de la camisa. Se metió dos dedos en el sexo, los sacó empapados y los chupo con deleite, después se fue desabrochando la camisa lentamente, sabía que sus lolas grandes, poderosas, con los pezones erectos en areolas oscuras como moneda de dólar eran algo que les gustaba, que les excitaba. Comenzó a acariciarlas girando las palmas sobre las ubres masajeándolas y pellizcando los pezones para ponerlos aún más duros y tiesos.

– ¿ Os gustan mis senos?-

– Tienes unas tetas de puta- soltó casi en un grito Noel- Hazte una paja…guarra.

Dejó que su mano derecha bajara por su vientre y puso dos dedos entre los labios del sexo y se acarició sin dejar de tocarse los senos con la izquierda. Fue masturbándose despacio.

– ¡ Qué rico!…¡ Cómo me gusta tocarme!

Usó la mano izquierda para levantarse el monte de venus y dejar al aire el clítoris duro, pensó que debía brillar y estar sonrosado como un pequeño pene. Y lo acarició con mimo.

– Aahhh….¡ Qué lindo!…Uuhmmm

Sabía que no iba a poder aguantar mucho mas , necesitaba venirse. Comenzó a temblar con el orgasmo que la invadía y lanzó un largo y profundo Oooohhhh hasta llegar al final de su propio placer.

– Os ha puesto calientes la putita. Venid a coger a esta potra.- casi gritó Janet, poniéndose en cuatro dispuesta a ser montada como una perra en celo.

Fue Benito el que se la metió de un golpe y comenzó a moverse como un poseso penetrando a la inglesa. Pero Noel se quedó frente a Raquel, ésta sabia lo que el macho quería. Se arrodilló y abrió la boca, dejando la lengua fuera.

El hombre agarra la verga endurecida y la introdujo despacio entre los labios de la argentina, ella usó la punta de la lengua para lamer la base de la pija que tenía dentro. Noel sacó la arma dura y comenzó a golpear la boca de la mujer cada vez con mas fuerza. Volvió a meterla , la sacó , golpeó cada vez con más rapidez hasta que se quedó parado. Raquel chupeteó la polla como si fuera un helado de chocolate, sabía que la explosión estaba a punto. Cuando el semen saltó le mojó la cara y los pechos. Dejó que la leche escurriera por su piel, mientras veía como su marido se saciaba con la inglesa.

Ésta cuando el macho se vació en ella, se levantó y agarrando a Raquel la llevó a la cama, atando sus manos al cabecero de modo que no pudiera tocarse y tras cubrirla con el mosquitero se volvió hacia los dos hombres y con una sonrisa en la que se mezclaba el triunfo y la lujuria les invitó diciendo:

– Vuestra nena os va a dar todos los gustos.

Raquel sonrió para sus adentros. En su tierra una mujer como Janet , pelirroja delgada con ojos azules,siempre triunfaría, pero allí en África su belleza con pelo y con ojos negros, con pecho abundante era la que volvía locos a los hombres. Miró durante un rato como copulaban , se calentaba pero el orgullo íntimo que sentía era aún mayor que los posibles celos que querían darle. Se durmió tranquila y feliz.

La despertó un cuerpo que reptaba a su lado y que comenzó a tocarla y chuparle los tetas. Sabía que era Noel. Le abrió los muslos, ella se dejó hacer, sabía lo que el hombre buscaba y ella estaba dispuesta a darlo. La pija tanteó la estrecha abertura de su concha, estaba húmeda y no hubo impedimento a la entrada del arma en su funda. El inglés se acopló sobre ella y comenzó a cogerla con furia. Raquel se dejó hacer, cuando él se vació , estaba lejos del orgasmo, se quedó con el calentón y la alegría de saber que de las dos era la más apetecible, la más puta y golfa para los ojos de los machos.

A la mañana siguiente, duchada , eligió la ropa bajo la aprobación de su marido. Una tanga color carne, ligeramente transparente, la falda vaquera corta que había usado la noche anterior y Benito le puso en la mano lo que quería que llevara para cubrirse el torso: una camiseta de algodón beige abotonada. Cuando se la puso , se dio cuenta que iba más desnuda que vestida. Se le pegaba a los senos como una segunda piel y la sisa dejaba al aire parte de sus tetas a la vista.

Tras desayunar , Milton les esperaba con los equipajes en el jeep. Y empezó la cacería fotográfica, sólo tuvo Benito que indicarse lo con los ojos para que Raquel se desabrochara los botones que permitían semidesnudar sus lolas. Janet prácticamente las llevaba al aire bajo la camisa desabrochada.

La mañana no es la mejor hora para ver animales, sólo los vegetarianos, los carnívoros descansaban de las cacerías nocturnas. Noel iba en el asiento delantero conversando en un extraño idioma africano con el conductor. Éste cada poco miraba hacia atrás deleitándose con la vista y agitándose más y más. Poco antes del medio día llegaron a una aldea, parte del excursión: los massai. Había varios coches con otros expedicionarios, al bajar Noel se separó con Benito y hablaron en voz baja. Milton acompañó a las dos mujeres hasta una cabaña donde vendían artesanías. Devoraba a Raquel y la verga, se marcaba enorme bajo el pantalón.

Raquel compró pequeñas esculturas que le recordaban a un autor italiano muy moderno, algunos pendientes y anillos. Eran regalos no tanto para ella como para su familia. Janet hizo lo mismo. Milton aprovechaba para rozar la y que ella sintiera cómo tenía la pija.

Les vino a buscar Benito, les llevó a juntarse con una pareja que les esperaban sentados en una mesa grande. La mujer cercana a los cincuenta, pero de buen ver gracias a la cirugía, rubia, tetona, con pinta de devora hombres , el hombre fuerte grande , rubicundo. Eran alemanes, aunque hablaban inglés.

Una vez sentados les llevaron la comida, Raquel la miró con prevención, pero cuando Noel y su marido empezaron a comer, decidió imitarles pero con cuidado y sin mirar la consistencia. Eran médicos y debían saber lo que hacían. Pero no se dio un atracón, sólo probaba y poco más. La bebida era rara, dulzona, se notaba cargada de alcohol, pero entraba bien. El yanki se había sentado a su lado, y no perdía detalle de sus tetas semi cubiertas, ella le sonreía incitadora, se daba cuenta que seguía siendo la reina de la selva.

Se levantaron y se acercaron a un grupo de nativos que les esperaban con una vaca atada. Allí entre cánticos, empezaron a ordeñarla, al tiempo le clavaron un extraño punzón por el que comenzó a manar sangre que recogieron en un cuenco. Mezclaron los dos líquidos y comenzaron a beberlo, apenas unos sorbos, cuando acabaron los nativos pasaron el recipiente al grupo de turistas. Empezaron los americanos, luego Janet y Noel, a Benito le quedaron unas pocas gotas, apenas pudo probarlo. Raquel suspiró con alivio, le daba un asco terrible, cuando se dio cuenta que para ella no había.

Tocaba volver a los coches, salieron uno tras otro con el mismo destino. Una hora más tarde , cuando empezaba a atardecer, llegaron a una pequeña aldea cercana a un río del que le separaba una empalizada. Apenas tenía cuatro edificios, no eran exactamente cabañas, eran una mezcla de adobe y chapa. Les salieron a recibir un hombre mayor, junto a dos mujeres, una en la madurez, la otra muy joven. Ésta, en inglés, les pidió que las acompañaran. El grupo se dividió por sexo, machos por un lado, hembras por otro.

Raquel no tenía ni idea de lo que podía ocurrir, por eso se quedó sorprendida cuando al entrar en una de las cabañas vio a cuatro mujeres desnudas. Una anciana les ponía en el cuerpo un aceite. Las pieles negras adquirían un extraño brillo a la luz de las dos bombillas que iluminaban la estancia.

La muchacha que hacía de interprete les pidió que se quitaran la ropa. Ella lo comenzó a hacer. La alemana encantada le imitó, al igual que Janet. Raquel estaba un poco asustada, pero se dio cuenta que no tenía alternativa.

– No se preocupen por la loción , es para evitar que les piquen los mosquitos.- explicó muy seria la jovencita a la que la vieja estaba embadurnando.

Cuando le tocó el turno, la argentina notó que aquel aceite tenía otras propiedades que la de ser repelente de picaduras. Era un afrodisíaco de la piel. Sintió como se volvía más y más sensible, como a medida que las manos de la anciana lo extendían por su cuerpo, éste reaccionaba haciendo que ella se pusiera más y más caliente, sus pezones querían estallar de tan duros y erectos y los labios de su vulva ardían de deseo. El clítoris se le había endurecido, asomando orgulloso y rosáceo entre los pliegues de su sexo.

Cuando todas estuvieron embadurnadas, la anciana les dio tres trozos de piel de cocodrilo, Raquel imitó a las nativas ciñéndose uno en forma de tira como cinturón y colgando de él las otras dos piezas una delante y otra atrás, de modo que cubrieran el sexo y el culo. No les dieron tiempo a más. Salieron de la cabaña , los hombres con dos nativos más estaban al otro lado de la empalizada, a unos diez metros de río. Sujetaban a un perro viejo, lo estaban atando a un poste.

– Traigan las cámaras.- dijo el jefe del poblado.

La americana, Noel y Benito fueron a por las máquinas. Se colocaron donde les indicaron, a un lado de una raya. Raquel y Janet se quedaron con las mujeres con las que habían compartido el embadurne de crema afrodisíaca.

Ataron el perro al poste y los nativos se separaron junto a los fotógrafos y filmadores. Del río salió un cocodrilo, se acercó con rapidez al perro atado, Raquel nunca pensó que se moviera con tanta agilidad, llegó al perro que ladraba aterrorizado y le dió un bocado, prácticamente le cupo entero entre sus enormes fauces. Antes que le diera tiempo a dar el siguiente mordisco, el jefe le había clavado una lanza en el enorme morro y los otros con una red aprisionaban la cola que se movía defensiva.

Duró segundos, el bicho estaba preso y tiraron de él hasta llevarlo dentro de la empalizada. Le dieron la vuelta, quedó su panza blanca amarillenta a la vista. Y todos , hombres y mujeres se pusieron a su alrededor. Le ataron la cola, las patas, quedó totalmente indefenso.

Los hombre se reunieron entraron en una cabaña, estuvieron unos pocos minutos, por fin salieron desnudos con grandes cuchillos en la mano.

Benito, su marido, se pegó a ella, le acarició los pechos y las nalgas y le dijo en español:

– Es todo un espectáculo. Cuesta dinero, pero vale la pena. Saca fotos de todo.

Raquel apuntó con la cámara al grupo del sacrificio. Le clavaron las armas en el vientre de la bestia y rajaron, había resto de comida , pero lo que hizo que Raquel casi vomitara fue ver el trozo de perro entero. Creyó desmayarse, la muchacha que hacia de interprete le acogió en sus brazos.

– A mí me pasó la primera vez que lo presencié. Toma un trago de esta bebida, te asentará el cuerpo.

Raquel bebió el líquido del cazo que le dio. Al asco se le unió el calentón, se estaba excitando, lo notaba en cada gota de la sangre que corría por sus venas. La muchacha le susurró al oído.

– Me llamo Haly, deja que te ayude. Sigue sacando fotos.

Raquel sintió las manos de la joven en sus nalgas, le estaba acariciando con mimo. Un escalofrío le vino cuando un dedo recorrió el valle trasero deteniéndose en su esfínter. La lengua de la chica recorrió su cuello. Apenas podía concentrarse en las fotografías. Tuvo que contener un grito cuando la otra mano tanteó buscando su sexo.

– Déjate llevar y sigue con la máquina. Necesitas relajarte. Me encanta tu pelambrera sexual, parece un nido de conejos.

Había encontrado su botón rosado, lo sabía tocar. Raquel tenía ganas de reír. Nadie le hacía caso, todos estaban con el saurio despellejándolo y procurando que no se rasgara la piel. Poco a poco iba surgiendo la carne de la fiera, cubierta de sangre. Ella le daba al click y Haly le estaba llevando al orgasmo. Cuando estalló, parada, sin ocultarse , pero invisible, se sintió hembra, insaciable, superior, señora de la selva.

– Sólo se ha dado cuenta mi abuela. Mira como te sonríe.

Raquel se dio cuenta que la mujer mayor le hacía un gesto de aprobación.

– ¿ Has sacado todas las fotos?- le preguntó Benito con un grito.

– Si, mi amor, todas todas.

Raquel se dio cuenta que todos excepto Haly , su abuela y ella estaban ensimismados en la operación cocodrilo. Por eso siguió a la muchacha cuando la tomó de la mano y la llevó a una de las cabañas con la mujer mayor.

– ¿Me puedes tocar mientras me preparan?

Le había llevado los dedos al clítoris endurecido. Raquel lo comenzó a acariciar, Haly se había tumbado en un camastro y abierto las piernas mientras la argentina la masturbaba. La anciana se acercó con un tarro, metió los dedos y los introdujo impregnados en el sexo de la muchacha.

– Por favor, sigue. – rogó tranquila a la argentina.- Quiero acabar.

Raquel no había visto nunca venirse a una mujer como aquella. Ni un gemido, ni un temblor, sólo una extraña sonrisa de concentración como buscándose a si misma y un Ya , gracias cuando acabó. Se levantó y la besó, un beso de compañeras, de amigas, de compinches.

– Ya estoy preparada, soy virgen de nuevo. – sonrió y siguió explicando- Esto es un negocio. Cacería de cocodrilo y desvirgue de doncella : cincuenta mil dólares. La doncella soy yo, que me vuelve virgen mi abuela para cada espectáculo. Parezco más joven que lo que soy. Milton, mi padre ha pedido que vengáis vosotros para poder cogerte. Así que prepárate que eres la atracción de la noche. A todas las van a follar pero tú eres la diosa. Fíjate que a tu marido sólo le han pedido cinco mil para poder gozarte.

Raquel sintió una rara sensación, por un lado saber que todo era un show para turistas y que aquellos hombres, que no eran ricos, la valoraban en 45000 dólares, una puta de súper lujo. Una idea le pasó por la mente, iba a intentar darles los que habían pagado por ella. Así que cuando Haly le dio a beber una copa de aquella bebida que había descubierto era afrodisíaca le pegó un buen trago.

Cuando salieron el espectáculo era impresionante, tanto los hombres como las mujeres estaban cubiertos de sangre, bebían y habían puesto trozos de carne clavados en palos junto a una hoguera para asar . Se acercaron y Raquel probó el cocodrilo, no sabía mal, tenía un cierto gusto a pollo. La abuela de Haly y el hombre mayor fueron hacia una cabaña, sacaron una cruz enorme cubierta con un tejido blanco, con argollas en el punto donde se cruzaban las cuatro aspas, no debía pesar porque no tenían problema para trasladarla. La colocaron un poco separada del fuego. Volvieron a marcharse y Raquel se quedó asombrada cuando aparecieron con un viejo todadiscos y unos discos de bakelita.

Todos comían y bebían, las miradas se iban impregnando de lujuria. La atmósfera parecía cargarse de semen y flujo cuando empezó a sonar la música. Era un batir de tambores y unos cánticos rítmicos . Las africanas empezaron a bailar, los pies llevaban el ritmo, sus cuerpos vibraban. Las tres turistas se unieron al grupo. Un círculo de hembras que se ofrecían buscando excitar aún más a los hombres. Estos estaban desnudos, cubiertos de sangre, las pijas duras eran bastones amenazantes. Se acercaban con trozos de carne a las hembras y se los ponían en la boca mientras las tocaban ansiosos.

Raquel se daba cuenta que aquello iba acabar en una cogida salvaje, estaba excitada, cachonda perdida, el licor que había bebido le había sacado toda sus lascivia a flor de piel, esa piel, esa concha que el ungüento había sensibilizado convirtiendo todo su cuerpo en un ascua.

Milton se acercó con un vaso con licor, se lo puso en los labios para que bebiera, mientras lo hacía la mano del guía le agarró el coño. No fue una caricia, fue un apretón de toda su concha. Raquel gimió con una mezcla de dolor y placer. Miró al hombre y deseó que aquella pija negra y enorme se clavara en sus entrañas.

La anciana tomó de la mano a Haly y a la alemana y las llevó a la cruz. Hizo que ambas se tumbaran, el torso quedaba apoyado pero las piernas quedaban fuera. Luego fue a por Jane y Raquel y las colocó en las otras aspas, las manos de la argentina se encontraron con las de la muchacha y se entrelazaron en un signo de compañeras.

El alemán fue hacia Haly, le agarró por los tobillos, levantó y abrió las piernas y le clavó la verga de un golpe. La muchacha chilló como si la traspasara una espada, Raquel pensó que era una buena actriz. A la alemana se acercaron los negros de la tribu, uno se lanzo a tocarle los pechos, el otro colocándose entre sus muslos abiertos la penetró.

Era evidente que los que más pagaban tenía derecho al principio de show. Raquel miró que hacía su marido y Noel, las dos nativas se había arrodillado ante ellos y les chupaban la pija. No le dio tiempo a más, ante ella estaba Milton.

El guía comenzó a chuparle los pechos, se notaba que le habían obsesionado desde que los vio por primera vez, chupaba, los amasaba, sin cansarse. La mujer notaba la punta de su polla rozándole los muslos y el sexo, su deseo iba aumentando, cada vez más caliente, necesitaba la verga dentro de ella. Pero se hacía de rogar, sin darse cuenta, cada vez más cachonda estaba a punto del orgasmo. Y de pronto ZAS se la metió. Estaba tan mojada que fue un deslizar sin problemas hasta el fondo de su vagina. La tenía agarrada por los muslos y la movía dentro y fuera rápido, fuerte.

Raquel se vino, no una ni dos, un torrente de orgasmos infinitos, la hacía temblar. No gemía, no chillaba, como el resto de sus compañeras de cruz, era un extraño vivir un placer inmenso, pensó que la bebida y las cremas habían ayudado a llevarla al extremo de salirse de si misma en un goce sexual desconocido.

Cuando Miltón la sacó sintió un vaciarse y un escalofrío, pese al calor de la noche, le recorrió el cuerpo. No le dio tiempo a relajarse, el otro guía estaba pija en alto dispuesto a follarla, y lo hizo, y Raquel volvió a correrse y cuando el hombre acabó, de nuevo Milton la hizo suya. La anciana le dio a beber el licor, Raquel sentía que su coño y su vagina ardían y sus flujos y el semen la deban la sensación de un río en su gruta . Y llegó un nativo y la cogió y Milton la volvió a coger, y luego el alemán, y otra vez Milton. Y otro nativo, y Milton.

Raquel perdió la cuenta de las veces que la follaban, sí se daba cuanta que su guía repetía una y otra vez. Le daban líquido cada tanto y ella había entrado en un éxtasis de sexo en que todo su cuerpo era una concha receptora de machos que la mantenían en un cielo de lujuria gratificante.

Amaneció, lo notó cunado entre Haly y la anciana le ayudaron a ir a una de las cabañas, con el resto de las mujeres. Había unas duchas, todas se pusieron bajo el agua. Necesitaban lavarse, limpiarse de sangre y semen. A Raquel, Haly le llevó a una zona privada, allí se ocupó de bañarla. La argentina se dejaba hacer.

– Eres la diosa de África – le dijo la joven.- Te han follado todos los hombres y mi padre muchas veces. Eres la única que ha tenido ese honor. ¿ Puedo comerte el sexo?

-Sí….he creído morir de placer. Chúpame tranquila y por favor devora mi clítoris.

La muchacha se arrodilló entre sus piernas, alzó la cabeza y comenzó a chupar, lamer y mordisquear el coño de Raquel hasta que ésta, sintiendo que se venía, le agarró de la nuca y la pegó con fuerza al sexo que Haly devoraba. Y entonces en el orgasmo, Raquel chilló, su alarido tuvo la fuerza de todos los silencios de la noche de lujuria, de todas las veces que debió gritar y no lo hizo. La aldea, la selva oyó el grito de la hembra satisfecha hasta el paroxismo.

Han llegado Pilar y su marido Germán . Benito al verlos entrar, ha levantado a Tina y la ha obligado a sentarse empalada sobre sus muslos. Pilar al desnudarse se ha dejado el cinturón en la mano y azota a Ricardo, su marido hace que Raquel se ponga en cuatro, la embadurna con saliva el ano y la encula, mientras le da nalgadas para que lleve el ritmo.

Raquel se deja hacer, piensa que aquella noche en África marcó su destino. Ser la esclava de su marido, obedecer sus caprichos, ser su juguete, una perra obediente a los perversos deseos de aquel hombre.

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