La (dura) vida del estudiante – 3

Esa semana, me encontré a Laura por los pasillos. No llevábamos ninguna asignatura en común, así que llevaba sin verla desde la noche de la fiesta. Llevaba su pelo negro en una coleta, una camiseta de la universidad y unos pantalones de deporte.

Apareció por mi espalda y me dio un azote.

– ¿Qué pasa, chico, ya no quieres cuentas?

– Hola, Laura, ¿qué tal?

– Te voy a ser sincera – y se acercó a mi oído para susurrarme -, muy caliente al verte de nuevo.

Vaya con Laura, no perdía un momento Tenía fama de viciosa, pero allí, en la universidad, me resultaba un poco fuerte, además, quería seguir follándome a Carolina el resto del curso, y no quería tener más disputas con ella por Laura.

– Mira, Laura, me lo pasé genial en la fiesta, pero es que…

– ¿No quieres verme más? – dijo poniéndome ojillos y cruzando las manos. Juntó un poco los brazos y esos pechitos me apuntaron directamente.

– Yo…Mira…Joder – me había quedado en blanco, ensimismado con esas tetitas.

– Hay un aula vacía aquí, el aula 33. Ven.

Se dio la vuelta sin mirar si yo iba o no. Obviamente, fui. Miró que nadie nos viera entrar y pasamos.

Era un aula larga, escalonada. La parte de debajo de los pupitres no se veía, pues los tapaba la fila siguiente. Me llevó al final.

– Si no quieres verme, bueno… Pero me parece que después de hoy, me vas a querer a todas horas.

Me dio un pico y metió su mano bajo mi camiseta. Poco a poco la fue bajando hasta dar con mi bragueta. La abrió y se agachó. Tenía mi polla, bien dura a la altura de su cara. Chupó con su lengua mi glande. Un poco de líquido preseminal apareció y, de otra chupada, lo engulló. Pasó la lengua en círculos por la punta de mi pene varias veces y poco a poco fue metiéndosela en la boca. Mientras me la chupaba, empezó a tocarse los pechos. Por encima de la camiseta. La veía pellizcarse los pezones a través de la tela. Mi pene salía completamente cubierto de su saliva. Se la sacó y siguió pajeándome.

– Siéntate – me dijo.

Yo me senté en un pupitre y ella se metió bajo la mesa y me bajó los pantalones del todo. Era muy excitante estar así, al final de la clase con Laura chupándome la polla. Siguió así un poco, yo ya iba a explotar cuando, de repente la puerta se abrió y pasó Don Germán, un viejo profesor que anda perdido de clase en clase. Yo me quedé blanco y miré a Laura. Ella había oído la puerta y sabía que alguien había pasado, pero parecía que, lejos de asustarse, se había puesto más cachonda, pues empezó a lamer más rápido y con ansias.

– Disculpe, joven – me dijo el profesor desde la puerta -. ¿No es aquí la conferencia sobre los tardígrados?

– Eeeeehm, no, Don Germán. Yo estoy aquí estudiando porque estaba vacía.

– Ah, disculpe joven, me habré vuelto a equivocar – y con las mismas que había entrado salió.

Laura emergió de debajo de la mesa con una sonrisa enorme y sin pantalones ni bragas.

– Dios, que cachonda me he puesto.

Se subió encima mío y se ensartó mi pene despacito. Su cara era un poema mientras iba bajando poco a poco. Yo acababa de pasar el mal trago de que casi nos pillaran, pero tras esa penetración ya me daba igual.

Ella se quitó la camiseta y volví a ver esos preciosos pechos. Me llevé uno a la boca y empecé a lamerlo mientras Laura saltaba encima de mí una y otra vez. Bajó hasta el fondo y movió la cadera en círculos. La besé.

La agarré del culo y la subí encima de la mesa. La abrí de piernas y empecé a penetrarla con todas mis fuerzas. Ambos gemíamos, presa del placer, sin importarnos estar en la universidad, con nuestros compañeros, probablemente, paseando por el pasillo exterior.

Saqué mi pene y lo estiré, dejando el glande fuera, en todo su esplendor. Lo metí un poquito.

– Uff, como me tienes – me dijo entre gemidos Laura.

La saqué y volví a meter, ahora un poquito más. La volví a sacar y pasé el glande por su clítoris, todo depilado, un par de veces. Volví a penetrarla poco a poco y fui acelerando. Estaba cachondísimo. La agarré del culo con mis fuertes brazos y me la llevé contra la pared. Yo, con los pantalones bajados y ella, completamente desnuda salvo por sus zapatillas.

Contra la pared empujé con todas mis fuerzas una y otra vez. Ella casi lloraba de placer. Cuando noté que me corría, empujé con todas mis fuerzas y acabé en su interior. Un chorro de su esencia caía al suelo, mezclado con mi semen.

La ayudé a ponerse en el suelo y me senté en la mesa, con los pantalones aún bajados.

Laura, desnuda aún, buscó un pañuelo en su pantalón y se limpió.

– A ver esto…- dijo agachándose con una sonrisa en los labios.

Cogió mi pene, aún semirrecto y empezó a chuparlo, limpiándole los restos de semen.

– Bueno – me dijo ya vestida, mientras iba hacia la puerta -, si quieres no volvemos a quedar, como tú veas.

Y me dejó allí, apoyado en la mesa, con los pantalones bajados y la polla empapada de su saliva.

Cuando volvía a casa, iba subiendo por las escaleras y, al pasar por mi rellano, escuché gemidos en la casa de Mati. Me acerqué a la puerta y vi que, efectivamente se oían grititos. Entre corriendo en casa y grité:

– ¡Jesús! ¡Carolina! – no hubo respuesta, puede que estuvieran en clase o hubieran salido a tomar una cerveza.

Volví a gritar sus nombres. Sin respuesta.

Fui corriendo a la habitación de Jesús y me agazapé junto a la venta. ¡Premio!

El visillo estaba echado, pero podía distinguir las formas. Un hombre con mucho pelo en el pecho y algo de barriga, Mario, tenía delante de sí a esa diosa, Mati. Llevaba solamente un liguero blanco de encaje, seguramente el que iba a juego con la lencería que ví en la tienda de ropa.

La tenía delante de sí a cuatro patas. La embestía con fuerza. No se oía desde allí, pero en su cara se reflejaba profundo placer. Empezó a ir más rápido y de golpe paró. Le dijo algo y ella apoyó los pechos contra la cama, inclinándose más y dejando su culo completamente en pompa. Mario se escupió en la polla que, todo sea dicho, era bastante más pequeña que la mía, y, poco a poco empezó a empujar en el culo de Mati.

¡Increíble! Estaba dándole por el culo a ese pedazo de mujer, y lo peor de todo, en vez de ser yo, era ese cabrón.

Matí se veía disfrutando. Mario le daba fuerte y ella volvía hacia atrás, como pidiendo más. Con una mano se retorcía los pezones mientras abría la boca con los ojos cerrados, seguramente gimiendo. Al poco de estar dándole por culo, la giró y la abrió de piernas.

Mario se agachó ante el culo de Mati y le escupió. Le metió un par de dedos y, tras sacarlos, se los metió a ella en la boca. Los chupó hasta la saciedad. Mario sonreía.

Cogió su polla y volvió a meterla en el culo de su mujer, esta vez con ésta mirándolo de frente. Ella juntó los brazos y esos tremendos melones resurgían aún más en ese precioso cuerpo.

Mario sacó la polla y se puso en la cama de rodillas. Empezó a correrse sobre los pechos de Mati. Mati se restregaba el semen por ellos en cuanto caía. Cuando acabó, Mario se levantó casi sin mirarla y se fue de la habitación. Mati quedó con la cara un poco decepcionada y, tras unos segundos, comenzó a tocarse. Cogía la leche de sus tetas y la chupaba mientras se metía dos dedos. Con la otra mano iba de sus pechos a su clítoris. Vi como se retorcía y terminaba lo que su marido no había sido capaz.

Ya lo sabía, su marido la dejaba insatisfecha, una importante información para mí.

Me pasé la semana esquivando a Laura para evitar poner celosa a Carolina. Por otro lado, manteníamos a secreto de Jesús nuestras relaciones y, ya que él estaba en casa más o menos como nosotros, no solíamos encontrar el momento. Yo andaba todo el día caliente por los rincones de mi casa. Para colmo, cada vez que me cruzaba con Mati o con su marido por el rellano, recordaba lo que vi la otra noche. Mi vida se basaba en pajas. Por la mañana, al volver de la universidad, después de comer… Jesús llevaba tres semanas sin volver al pueblo, este año estaba estudiando bastante y apenas salía de casa. Carolina y yo podíamos aprovechar ciertos momentos para tocarnos o hacernos alguna paja, pero, como teníamos tanta confianza con Jesús, era fácil que abriera alguna puerta sin llamar y nos pillara, así que nos daba un poco de corte.

Un día, Jesús me pidió ayuda para explicarle un tema. Fui a su habitación y lo ví, a pleno día y con la persiana bajada.

– ¿Y esto? – le pregunté.

– Para ver si la vecina me deja estudiar un poco… Lleva toda la mañana paseándose por la habitación casi en cueros. No me puedo concentrar. En otro momento, lo habría agradecido, pero justo hoy que tengo que estudiar…

– ¿A ver? – le dije subiendo un poco la persiana.

La subí un poco y vi de nuevo a Mati. Estaba limpiando. Llevaba una camisa vieja, abotonada hasta mitad del pecho, dejando ver un buen escote. No llevaba pantalones, sino unas braguitas negras. Estaba de espaldas a nosotros, pasando el plumero a una estantería.

– ¿Y el marido no está?

– Que yo sepa no. No lo he visto en toda la mañana.

Empecé a explicarle la lección, con la cabeza en otra parte y a los 10 minutos se me ocurrió.

– Oye, ahora que caigo. Le dejé unos apuntes que tenía a Laura, venían unos esquemas muy buenos. Estoy pensando en ir a por ellos para dejártelos. Te vendrán bien.

– Hombre, no creo que haga falta…

– Sí, sí – le corté yo saliendo de su habitación -. Tú sigue con eso, yo vuelvo en un rato.

Salí al rellano y recé porque Mario no estuviera en casa. Llamé al timbre y escuché a Mati pararse delante de la puerta, seguramente para mirar por la mirilla. Me abrió.

– Hola, Tomás, ¿qué tal?

– Hola, Mati – y me metí dentro, cerrando la puerta.

– ¿Y esas prisas? – sus pechos parecían aún más grandes con esa camisa. De cerca, se transparentaban un poco sus pezones.

– Verás – la verdad es que no se me había ocurrido cómo empezar -, llevo unos días pensando en lo que pasó en la tienda de ropa y…

Mati puso cara de aburrida.

– Mira, Tomás, lo del otro día…

– ¿Y Mario? – no le dejé seguir hablando.

– Trabajando – dijo muy seria -. Oye…

Pensé que si había funcionado una vez, podía ser que funcionara otra, así que me bajé los pantalones y ella se calló. Sólo miraba mi polla, dura como una piedra, apuntándola con mi glande. Empezó a negar con la cabeza muy despacito, pero yo veía el deseo en sus ojos.

– Esto…No podemos… – ella hablaba entrecortada. Me acerqué y pasé mi mano por sus tetas. Como había imaginado, no llevaba sujetador -. Yo quiero a Mario… Ahora que estamos…

Acertaba a juntar varias palabras pero era incapaz de seguir. Sus pezones ya estaban duros y su silueta se marcaba sobre la camisa.

Desabroché un botón. Seguí tocando sus pechos. Yo miraba su cara y sus tetas. Ella no quitaba ojo a mi polla. Cogí su mano y la llevé hasta ella. La agarró y la dejó allí parada. Era como si estuviera en estado de shock, no hacía nada. Estaría pensando, pensando demasiado.

Seguí como si nada. Me acerqué más y besé su cuello. Su mano empezó a deslizarse un poco, dejando mi glande en todo su esplendor. Solté otro botón y saqué una teta. Empecé a chuparla y darle mordisquitos. Su mano empezó a moverse más rápido.

– ¿Te la chupo como el otro día y te vas? – me dijo aún algo nerviosa.

– No, hoy te voy a dar por el culo, como tu marido.

Cesó el movimiento y apartó la mano con cara de sorprendida.

– Os ví por la ventana. Se ve todo desde mi piso – aclaré -. Yo, sí te dejaré satisfecha.

Se acercó a mí y me besó. Nos fundimos en ese beso durante unos minutos. Yo terminé de abrir su camisa y ella me desnudaba poco a poco. Sentir dentro de mi boca su lengua de nuevo era todo un placer. Rápida, juguetona.

– Vamos a mi cuarto – dijo.

– No, puede vernos mi compañero.

– ¿Aquí? – señaló el sofá.

– Como la primera vez – ambos sonreímos.

Con la camisa abierta, mostrándome esos generosos pechos, se sentó en el borde del sofa, llevaba una gran mancha en las bragas y no quería ensuciarlo. Me atrajo hacía sí y, mientras se estrujaba con una mano las tetas, se ayudaba de la otra para meterse mi polla en la boca y masturbarme. Yo le agarré la cabeza y la atraía hacia mí, follándola por la boca. Ella apoyó sus manos, con sus uñas largas en mi culo y se dejó hacer. La metí hasta el fondo, oía cómo le costaba mantenerse en esa posición. La saqué entera y le dejé respirar. Volví a la carga.

– Espera, me vas a hacer daño – me dijo con esa sonrisa que me volvía loco.

Sacó su lengua y la paseó por mi glande. Bajó por mi tronco hasta mis genitales y los chupó, levantando mi polla, sin dejar de masturbarme. Volvió a subir hasta la punta y chupó de nuevo mi glande.

Me miró y se levantó. Me empujó al sofá y ahí quedé yo, enfrente de ese pedazo de mujer, desnudo y con un empalme enorme. Se quitó las bragas, me ponía muchísimo todo el vello que tenía entre las piernas. Se subió en el sofá de pie y puso su coño delante de mi boca, agarrando mi cabeza y llevándolo a él. Tuve que echar hacia atrás mi cabeza para chupar ese delicioso coño. Estaba muy mojada, su néctar corría por mis labios. Oía sus gemidos, mientras me acariciaba la cabeza y me tiraba suavemente del pelo. Con una mano, busqué su entrada y penetré con dos dedos que entraron sin dificultad, con la otra, chupé un dedo y busqué su ano. Mi boca volvió al punto de partida.

Cuando conseguí que mi dedo entrara en su ano, gimió más fuerte. Saqué los dos dedos de dentro de su vagina, completamente empapados y, despacito, los fui introduciendo en su culo, mientras mi lengua no paraba de pasear por su vagina. La masturbé analmente hasta que vi que los dedos entraban holgadamente. Entonces saqué mi cabeza de entre sus piernas y la miré. Ella estaba extasiada.

– Vamos – dijo.

Fue bajando poco a poco su culo, agarrada a mis hombros. Muy despacio fue metiéndose toda mi verga por detrás. Era una sensación bestial. Mi pene iba abriéndose camino en su interior.

– Joder, es demasiado larga – a mitad de camino, empezó un lento sube y baja.

Ella no articulaba sonido, agarrada a mis hombros, sus dos pies junto a mis muslos y con la boca completamente abierta. Tenía los ojos cerrados. Empezó a subir y bajar cada vez más deprisa. Mi pene entraba y salía sin parar y sus tetas botaban ante mis atentos ojos. Sus pezones en punta subían y bajaban a cada embestida que daba.

– Vamos a la mesa.

Sin decir nada, ella se levantó y se dirigió a la mesa. Sin quitarse la camisa, apoyó las manos y sacó su culo, con el ano completamente dilatado, hacia fuera.

Observé ese precioso culo unos momentos antes de agarrar mi polla y penetrarla de nuevo. La cogí por las caderas para ayudarme. Podía sentir el bamboleo de sus pechos delante. Ella empezó a gemir algo más fuerte. Subía mis manos por su cintura hasta llegar a sus tetas. Agarraba los pezones y tiraba de ellos un poquito. Ella no quitó las manos de la mesa. Bajé mi mano izquierda a su coño y pasé un dedo por su clítoris. Repetí varias veces.

– Ah, ah, dios… Puto niñato…. Me haces ver el cielo…

Metí un dedo y después el otro en su húmeda cavidad. Un chorro caía hasta el suelo desde el coño. Yo estaba a punto de terminar.

– ¿Alguna vez has ido de culo a boca? – le dije recordando la escena de su marido.

Sin decir nada, se giró, se agachó y empezó a masturbarme rápido, casi con rabia. Cuando vio mi gesto de placer se la metió entera en la boca. Estuvo un poco subiendo y bajando, hasta que noté cómo me vaciaba en su interior. Lo tragó todo.

Se la sacó de la boca y se levantó Me dio un pico en la boca.

– Cariño, a mi marido le quedan 15 minutos para llegar. Será mejor que te vayas.

La besé de nuevo, me vestí y salí de su casa, bastante menos caliente que cuando llegué.

Pasaron las semanas. En casa tenía a Carolina, aunque teníamos que coincidir en el momento en que no estuviera Jesús. A Mati se me hacía difícil verla, pues dependía de su marido y, puesto que no quería poner celosa a Carolina, dependía también de mi discreción. Una de las pocas veces que conseguí estar con Carolina, me pidió como un favor que posara para ella desnudo para ‘‘cuando no me tuviera cerca’’. Me hizo una sesión de fotos bastante obscenas tras la cual hicimos el amor salvajemente.

A ella le apasionaba la fotografía, y estaba en un club de fotógrafos en el cual pudo revelar en intimidad las fotos.

Eran unas 20 en las que salía desnudo completamente, en la mayoría se me veía la polla, tiesa y en todo su esplendor. Las guardó en su habitación para cuando le hicieran falta.

Un día, casi en Navidad, Jesús llegó a casa hablando por teléfono después de clase. Yo estaba sólo en mi habitación, estudiando, pero escuché parte de la conversación.

– ¿Mañana? ¿Y eso? … … … De acuerdo, pero no tenemos mucho espacio, ¿has hablado con la tía? … … … … Bueeeeeno… Hablaré con mis compañeros, a ver qué dicen. Luego te mando un mensaje. Un beso, mamá.

Lo oí salir de su habitación y tocar a mi puerta, pues nuestras habitaciones eran contiguas.

– ¿Se puede?

– Pasa.

– Buenas, Tomás. Me ha llamado mi madre. Dice que quiere venir a hacer unas compras desde el pueblo mañana, pero que como no hay autobuses a la tarde, se quiere quedar a dormir aquí.

– Bueno, Carolina, vuelve pasado mañana, llámala y pídele permiso para que duerma en su habitación, ¿no?

– Eso había pensado, ¿crees que le importará?

– No creo, llámala y díselo.

– Bueno… y ¿a ti no te importa que esté mi madre por aquí? Ya sabes cómo es con la limpieza y eso…

– No hay problema, tío – dije sonriendo -. Además, últimamente lo mantenemos más o menos limpio.

– Eso sí. Bueno, voy a decírselo. Te dejo.

Salió de mi habitación y yo volví a mi estudio, pero algo no me dejaba centrarme. Recordé a la madre de Jesús. La había conocido a principios del curso pasado, cuando lo acompañó al piso a dejar cosas. Era la típica madurita a la que le gusta estar atractiva. Mucho maquillaje, tacones altos, ropa ajustada… Debía tener sobre unos 50 años. Por supuesto que no me importaba tenerla cerca.

Al día siguiente, volví de clase y me encontré con Mario en el rellano cerrando la puerta de su casa.

– ¿Qué tal, campeón? ¿Cómo va la vida? – me dijo sonriente tocándome el hombro.

– Bien, a ver si como, que el estudio lo deja a uno vacío.

– Pues por cómo huele ahí dentro, me parece que vas a comer a gusto jejeje – siguió bajando las escaleras y desapareció.

Efectivamente, el rellano olía delicioso y, si no era en casa de Mati tenía que ser en la mía. Me planteé si probar suerte con Mati ahora que sabía que no estaba su marido, pero el morbo de la madre de Jesús (no había otra explicación para que oliera tan bien a comida) pudo conmigo.

Entré a mi piso y, efectivamente, ahí estaba ella.

Un metro setenta, pelo rubio, rizado y largo. Unos tacones altos y pantalones muy ajustados, marcando un culo de infarto. Llevaba el delantal sobre una camisa negra, abierta, dejando ver un buen escote de ese par de melones.

Llevaba los labios pintados de color azul oscuro y maquillaje en los ojos disimulando unas leves arrugas.

– Tomás, qué alegría. Cuando tiempo – vino sonriendo a darme un abrazo.

– Hola, Claudia. Sí, qué alegría.

– ¿Llegas ahora de clase? Siéntate, estoy haciendo la comida. He mandado a Jesús a por algo de fruta.

Estuvimos en la cocina hablando hasta que volvió Jesús. Comimos y su madre se fue a hacer las compras por la tarde. Yo pasé la tarde estudiando.

A la noche, cuando estábamos cenando, Claudia se colocó enfrente mío y no me quitaba ojo. Estaba muy parlachina y muy risueña. Juraría que llevaba la camisa más abierta que por la mañana. Nos dijo que al final se iría después de comer, al día siguiente. Nosotros le dijimos que teníamos clase hasta la 1 y después a las 3, así que comeríamos en la universidad. Cuando terminó de cenar, dijo que estaba muy cansada, se despidió de nosotros (de mí, con un beso demasiado cerca de los labios) y se fue a dormir.

– Vaya tela – me dijo Jesús cuando su madre se hubo marchado -. Ha traído un montón de cosas y no me ha dejado ni verlas. Lo ha escondido todo en el armario de Carolina como si estuviera en su casa.

– Pues espero que lo deje todo como estaba porque Carolina es muy tiquismiquis con sus cosas… – eso último quedó en el aire. Acababa de recordar el lugar donde Carolina guardó las fotos que me hizo, su armario. Esperaba que la madre de Jesús no hubiera hurgado mucho.

Recogimos todo y nos fuimos a dormir. Yo me hice una paja pensando en la madre de Jesús.

A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador lo apagué. Había cambiado los planes, iba a ver qué pasaba esa mañana y, si no, Carolina volvía ese día, así que aprovecharía igualmente. Jesús me llamó al rato y le dije que no iba a ir, que no me encontraba bien.

Esperé a oir cerrar la puerta y salí de mi habitación haciendo algo de ruido. Me paseé un rato por la casa en bóxer, haciendo mis cosas como si estuviera solo.

Casi al mediodía, se despertó la bella durmiente. Perdía algo sin maquillaje, pero seguía estando tremenda. Llevaba una camiseta de manga larga ceñida que realzaba sus pechos y los mismos pantalones que el día anterior. Iba descalza.

– Buenos días – me dijo con una sonrisa.

– Buenos días, ¿has dormido bien?

– Como un lirón – se acercó sonriendo y me besó en la frente, apoyando su mano en mi pecho desnudo -. ¿Has desayunado?

– Sí, si casi estaba pensando en hacerme de comer.

Miró el reloj y se quedó extrañada.

– Caray, sí que he dormido – y me volvió a sonreir.

Estuvimos hablando de cosas sin importancia un rato, hasta que hizo un comentario que me hizo saber lo que había visto en la habitación de Carolina.

– … Y Carolina y tú, ¿sois novios?

Estaba claro que había visto las fotos. Empecé a ponerme rojo.

– No, ¿por?

– Simple curiosidad, no sé… Dos chicos y una chica en el piso… Y, está mal que lo diga, pero mi Jesús, el pobre, muy ligón no es… Y, bueno, ella me parece muy guapa y tú… pues no estás mal – y me ojeó de arriba abajo parando en mi entrepierna, cubierta sólo por el bóxer, sin disimulo.

– Bueno, estos años son un poco de locura… Entre chicos y chicas quiero decir…

Se acercó a mi y me agarró por la cintura.

– La locura tiene peligro – acercó un poco más su cara a la mía y bajó una mano a mi paquete, que empezó a crecer -. Y, ¿lo que ví en las fotos es todo tuyo?

– ¿Quieres verlo? – le respondí con una sonrisa viciosa.

Nos besamos. Subió sus dos manos a mi cuello y me acarició el cogote. Me separé de ella y la llevé a mi habitación. Cuando llegamos, sin perder un segundo, agarró mis calzoncillos y tiró de ellos, dejando mi polla, semiflácida al aire. Yo me los terminé de quitar y allí quedamos. Ella empezó un lento sube y baja sin quitarme ojo.

– Así que este es el compañero de mi hijito…

Poco a poco mi polla terminó de crecer.

– Siéntate – me dijo.

Yo obedecí y me senté en el borde de la cama. Empezó a tocar mis muslos por su cara interna. Pasó su lengua desde mi rodilla a mi escroto, recreándose en este último. Yo me recosté un poco en la cama, apoyándome sobre los codos. Claudia siguió a lo suyo.

Me babeó los huevos mientras me masturbaba. Yo solté un gemidito suave.

Paró y me miró. Me sonrió y siguió. Daba besitos a mi polla desde los huevos hasta el glande, despacito. Luego sacó su lengua e hizo lo mismo, de arriba abajo y de abajo arriba. Yo estaba disfrutando mucho. Ella la cogió y empezó a engullirla poco a poco. Miré al techo, muerto de placer y, cuando bajé la cabeza, sorpresa.

Allí, parada ante la puerta, estaba Carolina, aún con la maleta en la mano. Me quedé blanco, sin saber qué hacer. Ella tenía una cara de perversión absoluta, nunca la había visto así.

Claudia, aún completamente vestida, engullía mi polla hasta el fondo una y otra vez. Carolina dejó caer la maleta. Claudia se giró, asustada.

– Ah, Carolina, ¿qué tal? – la saludó como si nada -. Me imagino por las fotos que guardas en el armario que te follas a este hombretón – me miró -. ¿Quieres unirte ahora?

Yo no sabía qué decir, si esta no había sido una pillada gorda, encima Claudia lo iba a empeorar, sin embargo, pasó lo último que esperaba. Carolina avanzó y apartó a Claudia con cariño, del hombro. Se acercó y me dio un pico. Después la miró.

– Se hace así – y sin decir nada más, continuó la mamada que la madre de Jesús había dejado a medio.

Claudia empezó a sobarse las tetas por encima de la camiseta, de rodillas, junto a Carolina. Al poco, subió a la cama y empezó a besarme. Yo metí la mano por debajo de su camiseta hasta llegar a sus pechos. Estaban más blandos que los de Mati, pero eran grandes. Le quité la camiseta y allí estaban, esos dos pechos envueltos en un sujetador oscuro. Ella misma se lo quitó mientras Carolina no dejaba de chuparme la polla.

Sus tetas eran grandes, un poco caídas y con unos pezones que miraban al cielo. Mientras mi compañera seguía con su felación, empecé a besar esos pechos. Claudia me acariciaba el pelo mientras tanto. Mordisqueaba y besaba, y Claudia gemía.

Carolina se levantó y se quitó la camiseta y el sujetador. Sus pechos eran algo más pequeños que los de Claudia, pero menos caídos. Se quitó también el pantalón y las bragas. Subió en la cama y besó a la madre de Jesús.

– Cuanto tiempo, ¿eh, Claudia? – dijo con una sonrisa.

– Cómo habéis crecido – y Claudia le devolvió el beso, pasándole un dedo por su coño.

Las dos mujeres se miraban y sonreían.

– Te toca, bonito – dijo Carolina poniendo su húmeda vagina sobre mi boca. Empecé a comerme ese riquísimo coño. Al poco, sentí otro coño, mucho más mojada que el de mi compañera y más peludo en mi barriga, seguramente, mientras le comía el coño a Carolina, ella estaba besando a la madre de Jesús, completamente desnuda.

Efectivamente, cuando Carolina se levantó, vi el cuerpo de Claudia en todo su esplendor sobre mi abdomen. Se deslizó hacia mi cara cambiándose por su joven amante. Yo seguí con la más que merecida comida de coño. Al poco, sentí como mi pene entraba poco a poco en una caliente cavidad. Escuchaba tanto los gemidos de Claudia como los de Carolina. La madre de Jesús se levantó y vi el cuerpo de Carolina, de espaldas a mí, saltando sobre mi polla.

– Cariño, ¿me dejas? Quiero probar este pollón.

Carolina se levantó y yo me acosté bien en la cama. Claudia subió a horcajadas sobre mí y empezó a cabalgarme. Sus pechos botaban salvajemente. Puse mis manos sobre ellos.

Carolina se acostó a mi lado y nos besamos. Pasaba su mano por mi pecho y me sonreía. Empezó a comerme la oreja. Daba vueltas con su lengua por mi oído mientras la madre de mi amigo saltaba una y otra vez sobre mí. Llevó las manos a su cabeza, levantando algo sus pechos. Cada vez iba más rápido. Apoyó las rodillas y yo le aumenté el ritmo. Sus gemidos ya eran gritos.

– Ah, sí, sí ¡síiiiiiiiii! – con las manos aún en la cabeza y los ojos cerrados bajó el ritmo y se quedó unos segundos tal como estaba, empotrada en mí. Abrió los ojos y sonrió. Se levantó y dejó sitio a Carolina. Yo me enderecé y empezamos a besarnos. Le di la vuelta y la coloqué a cuatro patas, mirando hacia Claudia, que se había sentado, aún desnuda, en mi silla de escritorio. Empecé a penetrar a mi compañera lentamente, aumentando el ritmo. Aparentemente, la madre de Jesús había quedado satisfecha, pero poco a poco, empezó a masajearse los pechos y fue bajando a su vagina.

– Claudia, ven aquí – le dijo entre gemidos Carolina.

Claudia vino a la cama y se tumbó bocarriba ante nosotros, abierta de piernas. Carolina escondió la cabeza entre sus muslos y empezó a comerle el coño ayudándose de su dedo índice.

Mis embestidas fueron aumentando. Carolina, apoyó la cabeza sobre el coño de Claudia, con una mano la masturbaba y con otra acariciaba su propio clítoris. La madre de Jesús apretó los muslos sobre la cabeza de Carolina, síntoma evidente de que se acababa de volver a correr. De repente, la vagina de Carolina fue inundada por una cantidad enorme de fluidos, algunos de los cuales cayeron sobre la cama. Saqué mi polla y me masturbé rápidamente. Claudia quedó allí, apoyada en el cabecero de la cama, abierta de piernas y Carolina se giró, poniendo su coño ante mí y mirándome de frente. La penetré sin dilaciones y fui a toda velocidad. Mi pene chapoteaba cada vez que entraba. Miré a la madre de Jesús una vez más y fui incapaz de contenerme. Saqué mi polla y disparé.

El primer chorro llegó hasta la barriga de la madre de Jesús. El segundo y el tercero, menos potentes, cayeron en la cara y pechos de Carolina. Terminé de descargarme sobre su estómago.

Nos quedamos quietos en esa misma posición, jadeando unos segundos. Miré a la cara de Claudia, estaba como ida, con un gesto de placer en su cara. Carolina estaba con los ojos cerrados, sus piernas abiertas alrededor de mi cadera.

Me levanté de la cama y miré la escena. Carolina se giró poniendo de nuevo ante mí esos dos preciosos pechos.

– ¿Qué tal? – me dijo con una sonrisa preciosa.

Me acerqué y la besé.

– Bueno, creo que debería irme – la madre de Jesús se levantó y se dispuso a salir de la habitación. Carolina se levantó corriendo y le cortó el paso.

– ¿A dónde vas tú? – la cogió de la cabeza y la besó. Claudia le correspondió agarrándola del culo. Viendo la escena a mi se me empezó a poner dura de nuevo. Me acosté en la cama y empecé a masturbarme mientras miraba la escena.

Dos chicas, una madura y una joven, las dos buenísimas dándose el lote ante mí. Dejaron de besarse y me miraron, ambas rieron.

– ¿Qué pasa? Estoy cachondo otra vez…

– ¿Y por qué no nos duchamos juntos? En serio, tengo que irme antes de que me vuelva mi niño – propuso Claudia.

– Vamos – dijo Carolina saliendo de la habitación completamente desnuda en dirección al cuarto de baño.

Me levanté y me puse ante la madre de Jesús, yo también quería beso. Ella me rodeó el cuello con los brazos y nos besamos. Empecé a oir el agua de la ducha a lo lejos.

Mis manos bajaron a las caderas de Claudia y, de ahí, a su culo. Ella bajó sus manos y empezó a toquetear de nuevo mi pene. Dejó de besarme y miró hacia abajo mientras subía y bajaba lentamente mi prepucio.

– Es la polla más grande que me he comido.

– Y tú eres la madura más cachonda que he conocido – Mati había puesto el listón alto, pero Claudia me ponía bastante más.

– ¿Cabemos en la ducha todos? – preguntó riéndose la madre de Jesús.

– Es grande, ya verás – le di un pico y la cogí de la mano -. Vamos.

Y ambos salimos desnudos en dirección al baño.

Cuando llegamos, Carolina estaba sentada en la ducha, con las piernas abiertas y penetrándose con dos dedos.

– ¿Qué hacíais? El agua ya está buena.

Yo fui el primero en meterme. Le di la mano a la madre de Jesús y entró. La última fue Carolina, que cerró la cortina para no salpicar.

– No la recordaba tan pequeña – dije riéndome.

Carolina abrió el agua y, sin perder un segundo, empezó a besar a Claudia. Yo me agaché y atraje las caderas de Claudia hacia mí. La hice poner el culo en pompa y busqué su coño por detrás. Empecé a lamerlo.

Vi como, mientras yo le daba placer con mi lengua, ella abría un poco las piernas de Carolina y empezaba un mete saca con sus dedos. Ella gemía. La madre de Jesús le chupaba los pezones.

Yo mientras seguía con mi lengua. Los fluidos de la caliente madura no paraban de salir, debía estar muy caliente. Quise probar suerte y ver si, ante tanto calentamiento no me ponía pegas a hacerlo por detrás.

Empapé bien mis dedos con su flujos y, sin dejar de chuparla, empecé a hacer presión con mi índice en su ano. Su respuesta fue dejar de masturbar a Carolina y apartar sus cachetes con ambas manos.

Carolina no estaba dispuesta a renunciar a su masturbación, así que, dirigió las manos de Claudia de nuevo a su vagina y apartó los cachetes de la madura con sus manos.

El índice había entrado, probé con el corazón que no tardó en entrar.

Tras sacarlos y meterlos un par de veces, me levanté. La polla me iba a explotar. Restregué bien el agua por mi polla para lubricarla y busqué su ano.

Coloqué mi hinchado glande a su entrada y empujé poco a poco. Fui penetrándola despacio. Empezó con leves gemiditos. Cuando la metí entera y empecé un poco más rápido esos gritos se transformaron en gemidos. Carolina le mordisqueaba los pezones y Claudia le sujetaba la cabeza mientras.

Carolina siguió bajando hasta llegar a su coño.

Yo penetraba por el culo a la madre de Jesús, y mientras, Carolina le comía el coño por delante. Carolina aprovechaba sus manos libres para masturbarse.

Puse mis manos sobre los pechos de Claudia. Ella sujetaba la cabeza de Claudia con ambas manos.

Cuando mis embestidas fueron más rápidas y Carolina no podía seguir el ritmo, se apartó y, allí de rodillas, siguió masturbándose a nuestra salud.

Me iba a correr con aquella imagen. Saqué la polla y seguí haciéndome una paja. Claudia se dio la vuelta y me besó. Eyaculé en su tripa. Carolina gemía más fuerte.

Salí de la ducha para dejar más espacio a las dos mujeres y dejarlas terminar a gusto.

Completamente empapado como estaba, las observé, chorreando agua y esperma, desde fuera.

La madre de Jesús se sentó en el borde y siguió masturbándose. Carolina continuó de rodillas.

Ambas se miraban con vicio. Los gemidos iban en aumento, como si intentaran superarse. Carolina metió su cabeza entre las piernas de Claudia y está gritó con todas sus fuerzas, levantándose. Un chorro cayó sobre la cara de Carolina.

– ¡Dios! Tenemos que repetir – dijo desde el suelo Carolina.

Claudia salió, sonriendo, empapada completamente.

– ¿Dónde están las toallas? – dijo tan normal.

Yo estaba en shock después de tan excitante escena. Me costó reaccionar.

– A… aquí… Aquí están … – dije señalándole el armarito del baño, sin moverme.

Se agachó, sacó una toalla grande y empezó a secarse, despacio, ignorándonos a los dos.

Se secó el pelo con las dos manos. Sus pechos bailaban ante mí con cada movimiento. Bajó, pasando la toalla por sus preciosas tetas y se limpió el coño. Terminó por secarse las piernas.

– Me tengo que ir, cariño – me dio un beso, le dio otro a Carolina y salió.

– Vaya con la madre de Jesús – dijo seria Carolina.

Nos miramos y nos reímos.

Esa tarde Claudia se fue. Carolina y yo la despedimos con mucha efusividad, rogándole que volviera pronto. Ella nos dijo que era peligroso, pero tampoco nos dijo que no volvería.

Tras aquello, me sentía más unido con Carolina. Decidimos contarle a Jesús nuestra relación.

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