La estrella del porno

A las cuatro de la mañana mi marido había salido a hacer un viaje con su camión. Era el primero que hacía desde que le reparó la avería que lo mantuvo inoperativo durante los últimos seis meses. Habíamos salido adelante gracias a la colaboración de algunos de nuestros amigos más preocupados por nosotros. Nos habían prestado el dinero necesario para la reparación y para sobrevivir durante ese lapso. Gracias a dios, pronto podríamos empezar a cancelar nuestras deudas.

El compadre López, uno de los amigos que incondicionalmente habían mostrado mayor interés en ayudarnos, financiando mecánicos y repuestos, me llamó esa misma mañana bien temprano para decirme que había hablado por teléfono a su compadre (mi querido esposo) quien le había informado que ya iba lejos y que el camión se portaba muy bien. Le di las gracias por su adhesión tan irrestricta a nuestra causa y él me respondió que “yo me merecía eso y más” y que ya le había informado a mi marido que “no se fuera a preocupar tanto por el pago de la deuda” que lo hiciera de acuerdo a sus posibilidades sin reducir “mi asignación”, que él…Tuve que interrumpirlo para decirle que me llamara cuando quisiera pero en este momento tenía que cortarlo pues se me hacía tarde para el colegio de su ahijado y además, estaban tocando el portón y debía acudir a ver quién era.

Con el muchacho ya listo para emprender su diaria aventura en el mundo de los conocimientos y la sabiduría, acudí a abrir la puerta. Allí estaba parado mi otro compadre: el compadre José Rubén.

Este gran amigo de la familia, durante nuestra época de “vacas flacas” (que gracias a dios, estaba llegando a su fin con el relanzamiento de nuestro poderoso camión por esos caminos de dios con mi marido como piloto y con toda la esperanza puesta en los jugosos fletes que llegarían trayendo a la familia paz, esperanza, alegría y mucho billete, ¡sí señor, mucho billete!) digo pues, he aquí que este gran amigo se apersonaba voluntariamente en nuestra casa para verificar (como siempre lo había hecho en la precitada época de “bovinos delgados”) que no me faltara nada, que nuestra despensa estuviera atiborrada de bastimentos y que en nuestro hogar nunca faltaran dinero…

Mi querido compadre me detalló de arriba abajo y con expresión admirativa me dijo: ¿ Comadre y pa’ donde va usted tan requetebuenamoza?

-A llevar al niño al colegio. ¿Y usted cómo amaneció?

-Mejor, ahora que la veo, ¿Y mi querido ahijado, como amanece?

El muchacho no contestó, solo sonrió cuando tomó el billete que su padrino le entregó. Trepamos en su camioncito y salimos a entregar al niño en manos de sus sabios preceptores.

Mi vida en números: tengo veintiséis años, dos semi amantes, dos pretendientes con derecho (compadres), un niño de seis años y un marido de cincuenta.

Los dos semi amantes son el carnicero y el bodeguero. Son semi, porque nunca he dejado que me lo hagan completo, para que no me olviden. Siempre algo se me ocurre para “mantener viva la llama de sus deseos”: -“la próxima vez será mejor, mi amorcito”-.

Lo importante es que mis deudas, en lo concerniente a los rubros que ésos semi amantes me proveen a crédito, y que yo cancelo “en especie” las mantengo al día con mi actividad, que yo defino como: “actividad laboral amistosamente recompensada”. Algo bueno debo tener: ¡digo yo!

Bueno, por donde iba: El compadre José Rubén, “JR”, a secas, como todos le dicen, al acompañarme de regreso a mi pobre pero honrada morada, insinuó descaradamente, lo que siempre había insinuado discretamente, pues sus dedos sin pedir permiso comenzaron a resbalar sobre mis delicados y apetecibles muslos, que quedaban casi totalmente al descubierto por obra y gracia de una deliciosa mini faldita; que nunca me ponía cuando mi maridito andaba por los alrededores, pues me lo había prohibido porque “y que” le parecía exageradamente insinuante y “podía causar reacciones en los hombres” (yo más bien creo que eran “erecciones”, lo que él quería decir).

En mi barrio, y en cualquier otro, la “publicidad”, de un cuerpo como el mío, a través de una pequeña prenda de vestir que predisponía a mis admiradores a mostrar su entusiasmo por mí presencia; es magnífica para propiciar el crecimiento de los cuernos maritales, y pienso, que él querría mantener los suyos bajo control poniéndome impedimentos que restringieran las demostraciones “no autorizadas” de mis carnes, que él consideraba de su exclusiva propiedad. Yo… mientras el compadre JR seguía con su sobadera, me hacía la loca como si no me diera cuenta de sus manejos entre mis muslos, y meditaba profundamente sobre los misterios de la vida y me concentraba en la observación del paisaje.

Cuando el gato no está, los ratones pueden hacer sus fiestecitas, el compadre JR parecía estar de acuerdo conmigo.

Lo invité a tomar un cafecito en la casa para agradecerle el favor de haberme dado el empujón, de ida y vuelta, hasta la escuela donde el niño ocupaba sus mañanas en aprender lo que en ellas se aprende y aproveché para pedirle el favor de que se detuviera en la bodega para adquirir el café y el azúcar, pues yo recordé que no disponía de estos recursos tan necesarios para su agasajo cafecístico.

Aproveché para adquirir algunas mercancías para mi propio disfrute, como chocolate, yogurt y una torta de las que más me han apetecido siempre (soy muy dulcera), pero que debido a mis escasos recursos, no podía darme el lujo de saborear con la asiduidad que me gustaría. Amablemente, el compadre JR no permitió que yo agregara a mi cuenta la mercancía adquirida, pues pagó en efectivo: para consternación del bodeguero, el cual se relamía de gusto ante mi presencia enfundada en la sugestiva faldita.

Estaba concentrada en la preparación del sabroso cafecito para mi compadre, cuando sentí su presencia junto a mí: -Comadrita, esa faldita le queda bella-

-Casi nunca me la pongo porque “su compadre” no me deja ponérmela, le indiqué con una vocecita que denotaba mi tristeza por no poder complacerlo más a menudo con una vestimenta que parecía agradarle tanto…sentí algo duro apoyado en mi pompis: -Compadre; le reclamé, impulsándole hacia atrás con un empellón que tuve que propinarle con mi trasero, pues tenía las manos ocupadas con el ajetreo del café y no conseguí otra manera de indicarle, físicamente que se me apartara; -¡no se me pegue tanto, que va a hacer que se me derrame el café!

En vez de retirarse se me pegó más y me dijo al oído (a él siempre le ha gustado hablar bajito): – Le compro la faldita comadre, pa’ quitarle ese problema con mi compadre.

Yo me reí porque sabía que esos eran inventos de mi compadre: -¿Y pa’ qué quiere la faldita compadre?

-Pa’ olerla comadre, debe tener su olorcito.

-Se la vendo pues, dije carcajeándome ante su creatividad e inventiva. Yo sabía que lo que estaba buscando era la forma de colaborar con mi necesidad económica sin ofenderme con un ofrecimiento directo de dinero.

La labor se dificultó por lo apretada que me quedaba, tanto que bajándola, también se fueron mis pantaletas.

-¡Compadre se endeudó! Ahora me va a tener que comprar también el bikini, dije carcajeándome.

-¡Comprada comadre, comprada!

En su esfuerzo por sacar lo que ahora era su propiedad, se puso de rodillas y al terminar de extraerlas, se consiguió con su cara muy cerca de mi pompis desnudo y desprotegido.

Éste siempre le había llamado la atención profundamente, tanto es así que de inmediato zampó su hocico entre mis abultadas nalgas y me lamió muy amistosamente.

Eso me hizo cosquillas:- Deje la besuqueadera compadre que “eso” no es suyo, “eso” es de su compadre, le dije riendo, pues yo sabía que el compadre JR es muy juguetón y guachafitero.

Él no me hizo caso y siguió jurungando con su lengua revoltosa por allí adentro:- Compadre, lo regañé, déjese de eso y tómese su cafecito que se le va a enfriar.

Se levantó y lo embuchó en dos hirvientes tragos: -¡Compadre se va a quemar! Le avisé, mientras me ocupaba en darme la vuelta para tenerlo de frente y determinar con mayor exactitud cuáles eran sus intenciones conmigo.

-¡Comadrita!, me dijo por respuesta, mirándome intensamente mientras volvía a restregar su cuerpo vestido con el mío semi desnudo.

-¡Deje compadre! Le reclamé, mire que me está arañando con la hebilla de su correa.

-No faltaba más, que yo sea la causa de algún daño a usted.

Acto seguido no solo se soltó la correa, sino que también se bajó los pantalones, para hacerme menos daño: ¡digo yo!

Enseguida sentí su púa picando mi bajo vientre, porque su altura era menor que la mía.

-Compadre, tenga cuidado con su puyón. Como que quiere entrar y “eso” es de su compadre: ¡ya se lo advertí!

-Pero, comadre, si yo soy incapaz de quitarle algo a mi compadre, es solo un préstamo por un ratico.

El muy sinvergüenza, mientras hablaba, empujaba su cosa, la cual buscaba la entrada como si conociera el camino. Solita lo consiguió y por allá se metió como si estuviera acostumbrada.

Yo abrí los ojos desmesuradamente ante la invasión, pero la cosa pa’ dentro es que iba. Él se empinó sobre sus pies (creo que viene siendo una redundancia redundante) y en menos de lo que canta un gallo, ya el mandado estaba hecho, la cosota de mi compadre tocaba las entretelas de mí útero.

El compadre me tenía entre su espada y la pared de la cocina. Mis nalgas se restregaban contra el corroñoso friso, rodeé su cuello con mis brazos para no caer, ante sus formidables empujes que amenazaban con enterrar su cosa en mi estómago, de lo profundamente clavada que me tenía.

-Compadre, mucho cuidadito con irle a contar esto a su compadre, mire que esto no se debe hacer, el sacramento…le dije con voz entrecortada por el esfuerzo y el placer que, a pesar de ser mi compadre, me estaba causando allá adentro. Su boca mordió mis labios haciéndome callar, mientras arreciaba sus movimientos.

-¡Ay, carajo! Pensaba yo, conteniendo las manifestaciones del orgasmo que buscaba salir fuera de mis tripas: este coño e’ madre lo hace sabroso… me gusta… pero si lo descubre, no me lo voy a poder quitar de encima más nunca… hasta que no me convierta en su esclava sexual…

-Compadre, apúrese que puede venir alguien, le dije haciendo de tripas corazón para disimular el desfallecimiento ardoroso que me embargaba en el momento en el que el orgasmo me salía. Me controlé lo mejor que pude y disimulé, evitando que se diera cuenta de que me había llegado al colmo. Pronto su leche rellenó mi tostada.

-Fue divino comadre, comentó, usted es una buena hembra, que dios se la cuide a mi compadre.

Ya en la puerta cuando se despedía, le dije: -Vuelva cuando quiera, compadre, usted sabe que ésta es su casa y estamos a su orden pa’ lo que guste. Gracias por los reales que me dejó, usted sabe lo necesitados que estamos, ¡gracias! Acuérdese de rebajarle un piquito la deuda a su compadre, que yo, siempre que pueda, se lo agradeceré.

-Le voy a conseguir bastantes fletes, pa’ que viaje bastante y poder tener el placer de ayudarla personalmente, me dijo después de besarme.

-Ayúdenos compadrito, le dije con el último beso de despedida.

Mientras, sentía su leche bajando por mis muslos desnudos. No se llevó la faldita ni las pantaletas que me había comprado.

-¡Ese compadre JR es un pan! Me dije mientras le echaba una enjuagadita a mi popota, con una taza que para los efectos tenía cerca del bidón de agua que utilizaba para mi aseo personal.

Mientras guardaba la faldita en mi escaparate, le dije: ¡misión cumplida, amiga!

RELACIONES NO MUY AMISTOSAS.

El compadre López no me gustaba naititica. Era un viejo más libidinoso de lo normal, no respetaba a mi marido para estarme mirando impúdicamente en su presencia. Era zamarro y por ende más difícil de engatusar para que se fuera cobrando su deuda conmigo y además, me dejara algo para mis necesidades.

A la tarde siguiente me llamó para verificar mi soledad. Poco después tocaba a mi puerta.

-Hola compadre (es de hacer la acotación de que “compadre”, le digo a todo aquel que me ayude a mantener a mi hijo, menos a mi marido, al cual, lo llamo: marido) ¡Bienvenido sea!

-Comadre, cada día se pone más buena moza, fue su réplica a mi saludo.

-Favor que usted me hace. Pero, pase y siéntese que le voy a preparar un cafecito. No sé por qué, me acordé de “Doña Florinda”.

Había vuelto a ponerme la mini falda que le había vendido a mi compadre JR, pero que no se llevó. Presentí sus pupilas clavadas en mi trasero mientras me desplazaba hacia la cocina. Él se vino detrás de mí.

Aproveché su presencia para pedirle que me ayudara a bajar el pote del café que estaba en el anaquel más alto, ya que por más que me empiné no lo alcancé: lo que sí logré, fue mostrar más de la mitad de mis posaderas durante mi esfuerzo por alcanzarlo. Se adosó a mi cuerpo durante la maniobra de arriada del pote de café, y se quedó así un rato. Yo lo empujé con un golpe de mis nalgas y lo miré regañona.

-Envidio a su marido por tener una mujer como usted, comadre: bella y trabajadora.

No le contesté. Terminé de colar el café y lo invité a pasar a la sala.

Nos sentamos en el sofá casi al mismo tiempo que mi retoño, con su habitual manera descomedida, irrumpió en la sala pidiéndome permiso para ir a jugar con los amigos en las cercanías. Apenas el niño salió, la mano del compadre López entró: en acción, quiero decir.

-Compadre, dije mirando la mano, pero sin apartarla, no se porte así, nosotros somos amigos, pero esto no está bien. Yo tengo marido y él es su amigo.

Intenté levantarme bruscamente, pues él no había hecho caso a mis razonamientos y su mano ya había llegado a mi entrepierna. Su respuesta fue brutal, me haló apretándome los labios de la vagina, que fue lo que pudo aferrar más rápidamente y me obligó a sentarme.

-No me haga esto, compadre, le rogué: ¡Por favor López!

Al perder el equilibrio, quedé en una posición muy comprometida y el aprovechó la oportunidad y metió su dedo grueso en mi vagina y el dedo largo en mi ano, con una especie de tenaza… mientras, me aferraba con su brazo libre. Lo empujé con una mano mientras trataba de desalojar sus dedos de mi interior. La lucha era silenciosa para evitar que los niños, que jugaban allí cerca, se enteraran. Me tenía sometida, con su fuerza y sus habilidades de violador.

Su aliento acre, me sacaba ascos y, para completar, comenzó a lamer mi cuello con su lengua pegajosa.

-Está bien, compadre, ganó. ¿Qué quiere?

No me contestó. Al saber que no lucharía más, sacó sus dedos de mis ojetes pero no soltó el aferramiento alrededor de mí cuello. Continuaba lamiendo mi cuello y sobando los labios de la vagina. Tenía que oponer algo de resistencia si quería seguirle el juego que parecía excitarlo.

Yo soy ignorante pero no idiota y me doy cuenta de las cosas que los hombres quieren y que hay que dárselas si uno quiere sacar algo de ganancia.

-Me va a tener que violar compadre, porque por las buenas no se la voy a dar…

Su respuesta fue una risa ronca que escapó de su garganta. Subió su mano desde mis muslos y apretó mi cuello. Traté de librarme de la otra mano que me ahogaba y con el movimiento lo único que logré fue que mis nalgas quedaran al aire apretadas contra su entrepierna. No podía respirar, traté de gritar, pero nada más que un estertor salió de mi boca, creí que iba a matarme, sentí que una de sus manos me soltaba para liberar a su pene de la prisión de su bragueta. Lo logró con poco esfuerzo, quizá la práctica en muchas faenas similares le daba esa pericia.

Sentí su cabeza progresando en la invasión… ¡me ahogaba!… Mis nalgas eran separadas por su tronco. Necesitaba respirar… un estertor salió de mi garganta pidiendo clemencia. Me liberó un poco y una pequeña, pero vital cantidad de aire entró a mis pulmones al mismo tiempo que su caliente y dura cosa hacía su entrada en mis entrañas. La enterró bruscamente en mi canal vaginal.

-¿Te gusta, perra?

Tuve la entereza de hacer un movimiento negativo con mi cabeza… Quería aire.

Lo logré, me soltó el cuello y respiré unas bocanadas de aire antes de que me volviera a ahorcar.

Si le gustaba así: Yo…lo complacería.

Su movimiento dentro de mi canal vaginal se hizo más fuerte y veloz, pronto acabaría y mi angustia terminaría. Cuando sentí sus espasmos eyaculativos inyectando su semen dentro de mi útero, un cierto cosquilleo concupiscente se apoderó de mi vientre pero no más de allí, pues apenas terminó su faena lo sacó y se levantó rápidamente como para evitar mi agresión, pero yo no estaba para agresiones, estaba para respiraciones.

Me quedé allí, tirada sobre el sofá, supurando semen, sobándome mi garganta adolorida y respirando atropelladamente.

-Me has podido matar, le dije mirándolo de reojo con rabia y temor mientras trataba de acomodar mi vestimenta y reponerme de la situación.

El, tranquilamente se sacudió su pene, se lo guardó en el pantalón, se puso su gorra, me dio la espalda y salió.

RELACIONES MARITALES.

MI marido regresó tres días después. Ese día reaparecieron nuestros queridos compadres. Se sentaron los tres en el patio a contarse cuentos y a trasegar cerveza. Mandaban a comprar pasa-palos, yo se los preparaba y se los servía; también, les llevaba las cervezas cada vez que me las pedían a gritos.

Ninguno de mis dos compadres me miró de forma especial ni me trató de manera diferente a la acostumbrada. Cuando mi marido; en sus momentos de manifestaciones eufóricas de la alegría que lo embargaba por el triunfo de su camión me sentaba en sus piernas y me besaba poniendo de manifiesto ser el único poseedor de esa delicada pieza que era yo; los muy farsantes aplaudían y celebraban.

Esa noche cuando nos acostamos a dormir (porque él no daba para más, por efecto de la embriaguez) con sus palabras enredadas por el aguardiente me refirió:

-Esos compadres míos, si es verdad que son buenas personas, imagínate que me ofrecieron, para incentivarme, pienso yo, aceptar el pago de la deuda que tengo con ellos sin forzarme, con tal de que viaje mucho y no flojee. El compadre López me ofreció una nevera que tiene en su casa, que casi no usa, y que, para aliviarte el trabajo a ti, porque se fijó que la nuestra no funciona bien. ¡Qué buena gente! ¿No te parece?

-¡Ajá! Le respondí con desdén, y tú, ¡deja la agarradera conmigo! que estas muy cansado y borracho: ¡tienes que dormir! acuérdate que mañana sales otra vez de viaje. Duérmete. Cuando regreses lo hacemos sabroso.

Mientras oía su respiración que se iba acompasando, me puse a pensar con los ojos abiertos, que tenía que seguir ocupándome del bienestar de mi familia. Ellos me necesitaban, yo era la que verdaderamente me ocupaba de que tuvieran lo que necesitaban, por lo menos hasta que mi marido pudiera contar con ingresos seguros. Mañana me tocaba hablar con el carnicero para que me rebajara un poquito de la deuda, me fiara lo que necesitaba y ver si podía sacarle algo extra para comprar algunos cosméticos. Por ahora, a los compadres no quería exprimirlos entretanto no se empalagasen conmigo y yo entendiera bien hasta dónde podía sonsacarles ayuda sin provocar su repudio.

“Una nevera nueva” me sonreí al pensar en eso, el viejo coño e ‘madre ese de López, en el fondo también tenía su corazoncito y estaba dispuesto a pagar por adelantado las perversiones y sufrimientos a los que me sometería. La próxima vez tenía que tomar algunas previsiones para evitar que en una de sus rarezas se le fuera la mano y yo terminara muerta en el cumplimiento del deber.

El compadre JR, era más fácil de controlar. Era menos exigente y más dado a mostrarse dadivoso. ¡Aparentemente!

RELACIONES COMERCIALES.

-Bueno, ya conseguiré la manera más adecuada y eficiente de administrar mis recursos energéticos, porque: ¡Gratis, a nadie!, era mi lema favorito. Tenía que aprovechar que todavía estaba buena: Después, pa ’que me cojan pagándome va a costar dios y su ayuda, con tanta puta que hay por allí…

Después de llevar al muchachito al lugar de sus actividades académicas habituales, me dirigí a mis actividades sonsacadoras habituales con el portugués de la carnicería del barrio.

Éste digno comerciante, se emocionó mucho cuando me vio llegar a su local comercial con mi amplia falda floreada, lo que era nuestra señal convenida de que venía dispuesta “a todo”.

Era un tipo rechoncho y calvo que me adoraba, olía profundamente a portugués carnicero y tenía un pipí que parecía de japonés.

Su sistema de penetración, debido a las deficientes medidas de su aparatejo, era acostarme boca arriba sobre la mesa donde destazaban las reses, abrirme intensamente y sin quitarnos la ropa (he allí la razón de la amplitud de mi falda) procedía a hacerme lo que le gustaba hacerme, a saber: primero, me daba una intensa mamada y cuando ya veía que yo estaba llegando al borde del abismo, en vez de dejarme entrar en él, cambiaba su boca por su penecillo y me lo enterraba lo más profundamente posible en mi conejillo, y así, lográbamos acabar juntillos sin mucha gloria, pero con mucho ruido y aspavientos de mi parte, lo que lo llenaba de felicidad.

Posteriormente, mientras yo arreglaba mi tocado, arreglábamos lo de la rebaja en la cuenta, le sacaba algo de efectivo, me llevaba la carne de la semana y… adiós, hasta la próxima vez.

El “portu” estaba loco por mí, me tenía prometido un largo fin de semana sexual en algún paraíso turístico: “Para cogerla como vocé se lo merece”, yo, alimentaba su interés exaltando sus dotes de semental: “Eres único, me masturbo pensando en ti”

RELACIONES COMERCIALES

El día que esperaba a mi marido, reapareció López con su bendita nevera, vieja, pero que funcionaba mejor que la mía. La instaló sin hablarme, e inmediatamente que finalizó esa actividad trató de propasarse, para cobrar la instalación, digo yo, porque ese bicho no hacía nada gratis: Como yo.

-Óigame, escúcheme, compadre… le dije mientras lo apartaba, yo estoy dispuesta a aceptar sus amores, pero hoy no. Ya debe estar por llegar mí marido.

De todas maneras, se lo sacó con cara de sátiro y se lo empezó a masturbar lentamente mientras me miraba con ojos de loco. Tuve que dejarme toquetear mientras se acariciaba. – ¡Por una nevera vieja! Pensé, mientras me arreglaba apresuradamente el vestido, pues había oído el sonido de la bocina del camión del dueño de la casa, anunciando, cual trompetas sonoras, su arribada al castillo.

Al entrar en la casa, mi marido solo le prestó atención a su compadre y a la nevera.

-Debe ser que esta noche se va a acostar con la nevera, pensé amargamente.

-Vamos a inaugurarla enfriando unas cervecitas, dijo mi marido a López. Toma, me dijo mirándome por primera vez y extendiéndome algunos billetes, anda a comprarlas.

Salí a comprar las cervezas obedientemente. ¿Qué más remedio?

El bodeguero, era un tipo que vivía con una amiga mía, próspero, cicatero y me tenía enamorada. El bodeguero, era mi pretendiente y amante más peligroso: porque estaba enamorada de cómo me lo hacía y había sabido hacerme la corte para sonsacarme y ganarse mi confianza. A veces yo dejaba que me lo hiciera sin recibir mucho a cambio, aunque, últimamente se estaba portando más generosamente. Quizá, se estaba enamorando de mí, pensaba ingenuamente.

Cuando, desde lejos, me vio venir hacia su local, salió a interceptarme apresuradamente antes de que me acercara más:-Quería hablar contigo a solas, me dijo con confidencialidad, agarrándome por el brazo y empujándome hacia un portal poco iluminado.

-¿De qué?

-De negocios.

-¿Qué tipo de “negocios”?

-Ahora no te puedo explicar. ¿Podemos vernos más tarde?

-No. “Mi Macho” acaba de llegar. ¿Mañana te sirve?

-Ok. Mañana a las dos de la tarde nos encontramos en la plaza, te recojo y nos vamos a un lugar tranquilo para explicarte.

-Tu como que lo que quieres es otra cosa, dije zalamera, ¿tanto misterio para eso?

-Bueno. También. Respondió dándome un leve beso: pero lo principal es lo del negocio, es de mucho dinero.

-Bueno, nos vemos mañana. Ahora, tengo que ir a tu bodega para adquirir una caja de cervezas, le dije mostrando el dinero para que no creyera que se las iba a pedir fiadas.

Miró el dinero pero no lo tomó:-Quédatelo, yo la mando para tu casa con mi ayudante.

Me quedé con la boca abierta por la impresión. A este coño e’ madre pa’ sacarle una moneda, tenía que exprimirlo, y ahora, así no más, por las buenas, me regalaba una caja de cerveza y la enviaba sin costo adicional con su esclavo. -Esto es muy raro, algo le pasa, me dije, aquí hay gato encerrado.

Me devolví para la casa seguida por el empleado que cargaba la caja. Me senté en las piernas de mi marido, para explicarles que el bodeguero en vista de que la caja era muy pesada, la había enviado con su ayudante por un pequeño desembolso adicional, que les rogaba me reintegraran. Ni siquiera se dieron por enterados de mi discurso. Me levanté para empezar a repartir cerveza.

Al poco rato, se integró al interesante grupo, el compadre JR. Me mandaron a comprar más bebida. El dinero lo aportó JR, quien se interesó por el método de traslado de la caja que era muy pesada:-No te preocupes, “a ella se las traen” dijo López, con un dejo de celos en la voz.

Esa vez tuve que pagar, pero me regaló una botella de Ron para mí. La envió por delante con su ayudante, mientras me detenía para recordarme la cita que habíamos convenido.

Ciertos cigarrillitos de olores extraños y propiedades especiales, hicieron su aparición en la reunión de la confraternidad de los compadres. Eso, no me gustó naitica.

En vista de cómo estaban las cosas con JR y López era mejor evitar, de alguna manera drástica, que se fueran a desatar peleas por mi propiedad cuando los demonios de los cigarrillitos sumandos a la cerveza, emergieran exigentes, por el deseo y la borrachera: Volví a salir y regresé con dos amigas, no muy casadas ellas, pero sí muy liberadas, que se avinieron a unirse a la fiestecita por el interés del licor y los cigarrillitos.

Las invitadas distendieron el ambiente desviando la atención de mí hacia las nuevas cortesanas. Pronto estuvimos bailando apretadamente, pero yo no me apartaba de mi marido y de vez en cuando salía a reponer la existencia de licores. Algunos manoseos imprudentes de parte de los compadres al parecer no fueron notados por mi marido, que con la pea no se daba cuenta de lo que me hacían sus compadres cada vez que me ponía a su alcance. Bueno, nadie se daba cuenta, todos estaban demasiado idos como para enterarse. Mi borrachera también era mayúscula, me había bebido yo sola la botella de ron, casi no podía caminar y hablar: era un enredo de lengua.

Vi que una de mis amigas se iba con López. -Pobrecita, pensé. La otra, creo que se fue temprano.

Amanecí durmiendo semi-desnuda entre mi marido y el compadre JR, los cuales, lo estaban completamente.

-¡Los cigarrillos, estas son vainas de los cigarrillos! Pensé con desesperación, porque ya no tenía marido. Según la regla con la que me criaron: “Marido que comparte a su mujer, no es marido: es un simple chulo, que no se respeta a sí mismo, ni a su territorio”. Estaba sola otra vez.

No me moví, pues podía despertarlos. Estaba boca arriba rozando sus cuerpos desnudos.

Cuando dije que estaba “semi-desnuda” es porque aún conservaba puesto uno de mis zapatos, aunque no en el pie que le correspondía.

Sentía una sensación extraña en mi bajo vientre, lentamente resbalé mi mano hacia el sitio, ¡Confirmado!, había habido actividad sexual, hacía rato ya, pues el semen estaba seco. -¡Coño de la madre, me cogieron y no me di cuenta!, ¿Serían los dos?, me pregunté.

Comencé a arrastrarme como un gusano hasta llegar al pie de la cama sin que se despertaran. Lo logré. Se mantenían inconmovibles y profundamente noqueados. Yo no recordaba absolutamente nada. Debieron pasar un rato “encantador” conmigo: mis dos ojetes habían sido profanados. Me lavé y me vestí con lo más bonito que tenía en mi ropero, me adorné con mis mejores prendas, -únicas, quise decir- y salí. Eran casi las dos de la tarde cuando llegué a la plaza. Ya el bodeguero me esperaba.

LA REUNIÓN.

-¿Y ésa cara? Me preguntó apenas me monté en su camioneta.

-No es tu problema, respondí con retrechería.

Guardó silencio hasta que llegamos a un lujoso centro comercial que había en las lejanías de nuestro barrio. Dos tipos nos esperaban sentados alrededor de una mesa. Me saludaron estrechando mi mano. Me observaban con notorio interés mientras yo los observaba con despreciativo interés. Estaba concentrada en pensar en mi futuro a corto plazo.

Pidieron café sin preocuparse de si esa era mi preferencia. Poco me importaba. Pensaba, pensaba, sacaba cuentas… ellos me miraban silenciosamente: me observaban como unos niños observan el comportamiento de una mosca, que ha caído en un charco de agua: la pueden salvar empujándola con un palito hasta la orilla o dejarla que se las arregle por sí misma. Aunque ellos no podían conocer mis problemas, presumo que los olían. Yo miraba a mí alrededor, ellos me miraban a mí y el bodeguero los miraba a ellos.

Llegó el café. Apenas lo endulzamos y tomamos el primer sorbo, el más joven de los dos tipos, me sondeó: ¿Has pensado en ser actriz?

Despertando de mi letargo, respondí: -Tengo hambre.

El mayor de los tipos, como reacción espontánea a mi demanda, dio una fuerte palmada. En respuesta a su ruidoso reclamo acudió un mesonero al cual le fue ordenada una hamburguesa. El silencio retornó como habitante habitual en esa extraña reunión. Trajeron la hamburguesa con un refresco de cola y devoré hasta la servilleta.

El mismo tipo, el mayor de los dos, volvió a hacer ruido, esta vez chasqueó sus dedos y el mesonero esta vez apareció con una bandeja con dos bananas, encima de las cuales, estaban depositadas tres glóbulos de helado de diferentes colores y suficiente crema pastelera como para hacer que al fin una sonrisa aflorara a mi boca.

Cuando me zampé el primer bocado con mi provocativamente lenta manera de comer, cuando disfruto de un platillo que me atrae lúbricamente por su sabrosura, como era este el caso: el viejo sacó una filmadora portátil y comenzó a grabar el acto impúdico de mi deglución lenta y concentrada, con los ojos cerrados, de la golosina más divina que yo hubiera probado en mi vida.

Cuando terminé, aparté el plato deslizándolo lentamente sobre la mesa con un dedo, sonreí, miré al que me había hecho la pregunta hacía ya como un siglo, y le respondí: -¡No!

Nos quedamos solos él y yo, en la mesa pues el mayor había tomado por un brazo al bodeguero en señal de que lo acompañara, se alejaron un poco de nosotros, conversaron en voz baja, y noté como a mi amigo le era entregado un sobre y era despedido con una palmada en la espalda. El bodeguero se despidió de lejos con una sonrisa y un leve movimiento de sus dedos.

No le di mucha importancia al hecho de quedarme sola con los dos desconocidos; aún estaba un poco drogada, un poco borracha y un poco incómoda, por no entender lo que haría de aquí en adelante con mi vida.

El más joven estaba elegantemente vestido, me llamaba poderosamente la atención la belleza de su chaqueta de cuero negro con la que revestía una bella camisa.

-¿Por qué me filmaron mientras comía? Pregunté cuando el mayor retornó a la mesa después de despedir a nuestro amigo.

-Ven, dijo el joven, quizá como respuesta a mi pregunta, extendió su bella y cuidada mano con un movimiento, con el que era obvio, me invitaba a levantarme para mostrarme algo. Cogida de su mano, salimos al estacionamiento. Una elegante camioneta roja nos esperaba.

El viejo, se puso al volante, el joven se sentó junto a mí en el asiento trasero y ordenó al viejo:-Pásala.

La camioneta estaba refrigerada, olía a perfumes caros, la música que se escuchaba nunca la había escuchado pero era alegre, elegante y a un nivel de volumen perfecto. Una pequeña pantalla de televisión encendió en el respaldo del asiento delantero y en ella, apareció mi imagen comiendo.

Me sorprendió. Parecía que hubiera sido adrede mi sensual forma de comer. Yo me veía y me costaba reconocerme. Parecía estar comiendo para excitar a alguien, no recordaba, ni siquiera haberlo pensado, -¿siempre lo hago así?- parecía absorta en el disfrute de alguna sensación lujuriosa que ocurría en mí paladar.

-Eso fue completamente natural, comentó el que me había filmado, quien ahora era el chofer de la inmóvil camioneta.

-¿Cómo te llamas?

-No sé, respondí sonriente mientras me repantigaba en el lujoso y lujurioso asiento del que emanaba un opulento olor a chocolate.

-¡Janine! Gritó el que hacía de chofer.

-Jumm…. ¡Me gusta! fue mi respuesta. ¿Y, ahora qué?

-Te vamos a raptar, dijo el joven sin sonreír, mientras ordenaba al mayor que pusiera el vehículo en marcha.

-¡Cuidadito pues! respondí incorporándome en actitud defensiva.

-¡Tranquila, pantera! dijo el conductor, riendo abiertamente.

-Queremos conocerte mejor, completó el menor que seguía sin sonreír.

-Vamos a divertirnos un rato, agregó el mayor.

-Conmigo no será, riposté.

-Relájate. Somos homosexuales. Me informó el joven.

Me relajé ante la actitud pasiva y tranquilizadora del par. La camioneta arrancó y llegamos a un galpón sin ventanas, obscuro y triste. Pero, en cuanto penetramos en él, en su interior brillaba la luz, el ajetreo de docenas de personas, los movimientos de decorados, los gritos, la actividad y la actitud desenvuelta y libre de todos los habitantes del lugar.

-¿Cómo que “Homosexuales”? al fin me atrevía indagar.

-Maricas, chica, maricas, respondió el de mayor edad.

-Ahhh, respondí… Yo no.

Se miraron y se carcajearon por mi estúpida respuesta. Yo al comprender mi idiotez, también me reí con ganas, apoyando su opinión acerca de mi estupidez con una seña de mi dedo pulgar levantado.

Al observar bien el paisaje, noté la gran cantidad de gente desnuda que deambulaba; decidí no ser diferente a ellos, y sin preguntarle a nadie su opinión, me despojé de mis ropas.

Algunos aplaudieron mi actitud, otros se detuvieron a observar momentáneamente, mis formas más que atractivas: lascivas. Me dejé observar y olisquear como hacen los perros cuando uno nuevo llega a la manada.

Me sorprendí ingratamente, cuando alguien con un mohín de asco, lanzó mis ropas a un rincón.

-¡Yo no huelo mal! grité con furia.

Todos soltaron la carcajada. Solo era un rito iniciático, me explicó alguno: para todo el que es aceptado en el grupo sus ropas deberían ser quemadas, porque representaban el mundo de la gente vestida.

La animación por mi llegada pronto desapareció y todos volvieron a sus actividades sin prestarme más atención.

¡AQUÍ ESTOY!

Fuimos directamente a una oficina en cuya puerta había un letrero: BOSS.

Un señor mayor salió de detrás de un escritorio repleto de material fotográfico. Tomo entre sus manos el rostro de mi acompañante más joven y lo besó con pasión. El mayor, sin darle importancia al asunto se desentendió de ellos dedicándose a observar lo que había sobre la mesa. Yo por mi parte, me dediqué a observar mi cuerpo en un espejo cercano. Me devolvió la imagen de una mujer bonita, alta de cabello negro largo, con buen trasero grueso que hacia juego con las piernas gruesas pero sin celulitis ni estrías (herencia de mi madre), unas tetas medianas y una cara de puta recién cogida, natural y radiante.

Mientras me recreaba en la contemplación de mi dotación corporal, ellos habían estado observando mi pequeño video en un gran monitor. El “Boss” se me acercó y me tomó por un brazo haciéndome girar sobre mi propio eje suavemente, me observaba con atención.

-¿Te gustan los hombres o las mujeres? Preguntó al terminar la evaluación que hizo de mis atributos.

-Nunca he estado con mujeres, así que no sé, respondí rápida, certera y sin pensar, con mi cara de mosquita muerta natural.

Mi respuesta causó hilaridad general. El Boss, aún mantenía mi mano tomada con un gesto amistoso de confianza y franqueza: -Bueno, tienes que probar. Allí hay mucho dinero -¿Conoces a Sinn Sage?-

-No, respondí con cara estúpida.

-¿Has visto pornografía en películas?

-No, respondí con cara de estúpida reincidente.

-¿No?

-¡No!

Le dieron unas ordenes en un idioma extraño al más viejo de mis acompañantes, y éste, en respuesta me tomó por los dedos con sus dedos y me sacó de la oficina, en ella quedaron el “Boss” y el muchacho, quienes reanudaron sus arrumacos.

Eran ya como las nueve o diez de la noche cuando terminé mi periplo por “El estudio” que era como se denominaba al sitio donde nos encontrábamos. Se filmaban películas de gente haciendo el amor de mil formas diferentes, muchas de las cuales no había imaginado que existieran. La actividad era febril y la producción no paraba, era una fábrica cuyos productos se filmaban, se ensamblaban, se montaban, se inspeccionaban, se multiplicaban y pasaban por diversos controles de calidad antes de embalarse. Los decorados cambiaban, la gente se concentraba en lo que hacía y casi pasé desapercibida.

-Tu categoría, para empezar, será “BBW” o sea, las películas de mujeres con gran trasero.

Me tomó por el brazo mientras me conducía por todos los sets de filmación para que observara lo que hacían. Me explicaba con amabilidad y condescendencia ante mi asombro y mi inexperiencia: -Hay otras especialidades, me dijo, hay expertas en masturbar, en masturbarse, en sexo oral (aquí me tuvo que definir la palabra), en sexo anal, lezbis, inter-racial (vuelta a explicarme), etc. ¿Qué te parece?

-No sé. Parece divertido y hacer lo que a uno le gusta no puede ser malo, pero, debe haber una trampa.

-Es un trabajo fuerte, agotador y no siempre satisfactorio para el cuerpo, pero, se gana muchísimo dinero, mucho más que otras actividades. Tiene sus propias características y reglas: el momento del retiro a veces llega antes de lo esperado, están los problemas de reincorporarse a la vida normal y a la familia a veces le perturba el descubrimiento de la actividad, las enfermedades, aunque cuidamos mucho ese aspecto, siempre hay posibilidades de una equivocación.

-Todos los trabajos tienen sus propios problemas, no tengo familia, me gustan los retos. Quiero probar. ¿Cuánto pagan?

-Depende de las pruebas de fotografía, de las pruebas de tu actitud ante las situaciones, de tu sensualidad natural, etc. Si eres especialmente atractiva para un segmento del mercado, eso te puede hacer rica “en dólares”. Sino… bueno, ganaras mucho más que cualquiera de tus amigas.

-No tengo amigas, ¿qué es un segmento? Porque dólares sí sé lo que son.

-El tipo de personas a las que les guste tu trabajo, entre más numeroso el grupo, mayores ganancias. El trabajo es competitivo, continuó la explicación, hay deslealtades y zancadillas entre nosotros mismos, por cuestiones de vanidad, celos o maldad, inclusive la competencia ahora está en cualquier parte, una madre de familia con algo de suerte y una pequeña cámara, puede hacerse rica en unos meses filmándose a sí misma sin pagar impuestos ni tener representante, de hecho, muchas estudiantes actualmente pagan sus estudios con la pornografía…simplemente masturbándose delante de una cámara y subiendo el video en alguna página que les paga por el número de visitas…¿qué tal?

-Eso es deslealtad…dije riéndome de la seriedad con la que había expuesto el problema que parecía afectarlo profundamente…bueno, a la industria.

Mi guía era el supervisor de fotografía de la empresa y se llamaba Bobby. Era el supervisor de todo lo que se filmaba y fotografiaba.

Me llevó a un baño comunal y allí se quedó observándome atentamente mientras me duchaba. Analizaba, según me explicó después, mis movimientos, mi estilo, mis mejores poses para luego ponerlo en el informe que sería entregado a los directores de escena para que no perdieran tiempo y pudieran sacarme el mejor provecho con la menor inversión de tiempo y energía. Productividad ante todo.

Unas tipas, respondiendo al llamado de mi escolta, aparecieron, me tomaron a su cargo, me secaron el cabello, arreglaron mis uñas y me revistieron con una túnica sedosa que se adhería a mis ampulosas caderas. Iba a ser presentada en sociedad: en la sociedad de la pornografía, uno de los negocios más prósperos sobre la tierra, comparable con el del petróleo, las drogas, las iglesias y la política.

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