La fuerza del destino

Es salir del restaurante y soy consciente de que el vino me ha hecho bastante más efecto del que suponía. La verdad es que tres cuartos de litro de albariño para mí solo era una barbaridad, pero ya que lo teníamos pagado no íbamos a dejarlo allí y como Marianito es incompatible al cien por cien con la palabra alcohol, el resultado ha sido que me he puesto más contento que unas pascuas. Aunque si he de ser sincero, para lo que se me viene encima prefiero estar un poquito “anestesiado”, porque al “erre que erre” de mi amigo se le ha metido entre ceja y ceja que le explique porque me he comportado esta tarde del modo que lo he hecho… ¿Cómo si yo lo supiera? Si no fuera porque me salvó de la putada que me iban a hacer los dos holandeses y, gracias a él, no me encuentro con el culo igual que el corazón de la canción de Alejandro Sanz, ¡le iba a dar explicaciones quien yo me sé! En fin, ahora me tendré que poner a buscar en la enciclopedia de mi vida, el significado de todas y cada una de mis motivaciones… ¡Qué coñazo de tío!

—¡Parece que el vino te ha hecho más efecto del esperado!

—Sí, pero todavía controlo. ¡No es necesario que me lleves de la mano!

—No pensaba hacerlo, simpático… Pero el estar medio papao no te va eximir de darme una respuesta — A pesar de que mi amigo intenta ser intransigente conmigo, la firmeza de sus palabras no pueden ocultar su preocupación por mí.

Lo miro de arriba abajo, es el ser más complejo que conozco pero también es uno de los más noble. Amigo de sus amigos, comprensivo con los que le hacen daño…

—¡Tío estás haciendo un mundo con todo eso! ¡Cuántas veces te tengo que decir que no pasa nada! ¡No tienes por qué preocuparte!

Mi voz suena histriónica, el albariño que corre por mis venas parece que tiene mucho que ver en ello. Mariano mueve perplejo la cabeza un par de veces y tras carraspear un poco, se dirige a mí con el ceño fruncido y, bastante cabreado, me dice:

—¿Cómo que no pasa nada? Al señorito están a punto de violarlo dos putos pervertidos, ¿y no pasa nada? ¡Esa eterna pose tuya de “ji ji”, “ja ja”, cada vez la entiendo menos!

Un absoluto silencio nace entre nosotros, como sé que la única solución es hablar de lo ocurrido, y aunque no me hace ni chispa de gracia, optó por empezar a mostrarle los demonios que me atormentan:

—Son los cuarenta, los llevo fatal.

Mi amigo levanta las cejas, hace un mohín extraño como intentando adivinar el significado de mis palabras. Yo, por mi parte, no doy lugar a que haga pregunta alguna y prosigo hablando.

—Cada vez me cuesta más ligar… Es como si, al hacerme mayor, hubiera pasado a ser un producto de baja calidad en un mercado para el que hay más oferta que demanda, y lo peor, es que tanto más ligo, más solo me siento, pues todo los que se me acercan vienen buscando un polvo rápido y de la marca “si te vi, no me acuerdo”.

Por su expresión de perplejidad, puedo suponer que no preveía, ni por asomo, lo que acabo de decir. Silenciosamente me echa la mano sobre los hombros y me mira con cara de circunstancia.

No sé si porque estamos en una ciudad desconocida (y le importa un pimiento el qué dirán), o porque realmente lo cree necesario, su afectuoso gesto dura hasta que llegamos al hotel.

Es cruzar el umbral de la habitación y me dice:

—A todos se nos pasa el arroz, nadie está libre de envejecer y no por eso empezamos a jugar a la ruleta rusa sexual.

Las metáforas de este amigo mío, a veces pueden tener su gracia pero otras, como en este caso, simplemente me tocan los huevos. ¿Ruleta rusa sexual? ¡A veces es cursi hasta decir basta! Haciendo uso de la popular máxima de que la mejor defensa es un ataque, respondo a su aseveración:

—…le dijo la sartén al caso. ¡Hijo mío, que ha sido salir de Sevilla y soltar la mala puta que llevas dentro! ¿Con cuánto te lo has hecho desde que ha llegado a Vigo?

Sin perder su gesto de amabilidad característico, no dando ninguna importancia a mi más que evidente enfado, comienza a contar con los dedo y, envolviendo sus palabras en toda la tranquilidad que es capaz, me responde:

—Incluyéndote a ti, diez.

—Unos cardan la lana y otros crían la fama.

Mariano y yo nos miramos con una sonrisa de complicidad meciéndose en nuestros labios.

—Tío a ti te pasa algo y no me lo quieres decir, ¡que estás muy raro! —De nuevo su semblante y su forma de comportarse, me recuerdan que es mi bienestar lo que lo mueve a ser tan preguntón, ¡pero es que ya me está empezando a agotar la paciencia con tanta puta insistencia!

—Pues te puedo decir que lo único que se me ocurre es que me estoy haciendo viejo y cada vez que voy a un sitio de ambiente, las reacciones de la peña no hacen más que confirmarlo. Es como si mi tiempo para intentar abandonar la soledad hubiera caducado.

Lo cierto y verdad es que sí se me ocurre otra cosa, pero haciendo gala de mi “esquivar las cosas” habitual, me niego a hablar de ello ¿Cómo coño le explicas a tu mejor amigo que te lo has traído de vacaciones a Galicia con un plan oculto? Plan que pensándolo fríamente, me comienza a parecer una locura hasta mí.

—Hay algo más, que no me cuentas —Insiste, con su habitual sagacidad, mientras comienza a desnudarse.

—Pues que me desinhibo fuera de mi hábitat natural y me da por comerme a toda presa que se pone a mi alcance…

—Eso mismo hago yo también —la contundencia de su voz es evidente —pero sé a quién no me tengo que acercar… ¡Qué hay mucho pirado en este ambiente nuestro!

Como si reflexionara el significado de sus palabras, callo durante un breve instante y bajando la cabeza digo:

—La verdad es que sí —aunque parece que tengo en mente a los dos holandeses, en realidad mis pensamientos están en otra parte: concretamente en quienes han propiciado que yo haga este viaje. Una realidad desconocida por él, y que más pronto que tarde, tendré que descubrir, pero crucemos los puente uno a uno…

Completamente conmocionado comienzo a desvestirme. Incapaz de levantar la cabeza y enfrentarme a la mirada de mi mejor amigo, dejo que la desazón se refleje en cada uno de mis actos, mis movimientos son tan automáticos como forzados. Quisiera tener una frase ingeniosa de las mías para escapar de aquí, pero todo lo que se me ocurre es inapropiado y, como si pudiera ser mi panacea, opto por hacer una cita celebre:

—“Cada uno es artífice de su propia aventura”.

Mariano, quien únicamente lleva puesto un bóxer, tras parpadear levemente, me observa en silencio durante unos segundos y como si hubiéramos iniciado una especie de duelo de frases del Quijote me responde:

—“Cada uno es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces”.

Intento averiguar que ha querido decir mi acompañante, pero él sin esperar que diga algo vuelve a la carga con otro pensamiento de Cervantes.

—“La estridencia de sus ladridos solo demuestra que cabalgamos”, “Confía en el tiempo, que suele dar salida a muchas amargas dificultades”, “No estas cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes”… —interrumpe su pequeño soliloquio, mueve la cabeza, pone cara de circunstancia y en plan condescendiente concluye diciendo —¿Sigo recitándote el Quijote por “Tweets”, o hablamos como personas? Porque con la cantidad de citas que me sé de la novela, podemos estar aquí hasta mañana por la mañana.

Sin dar mayor relevancia a sus palabras, coge un cojín, lo coloca sobre la almohada y se sienta en la cama, apoyando su zona lumbar sobre él. Con su postura me da a entender que, hasta que no me sincere con él del todo, no piensa rendirse.

El desconcierto me invade y aunque pueda parecer que me bordea no lo hace, lo conozco muy bien y él no es así. Su actitud me revela que nuestra conversación no ha hecho más que comenzar. Una vez me quedo en ropa interior, cojo un cojín y emulo su posición. La situación sin ser tensa no es cómoda, yo parezco empeñado en no querer hablar del tema y él no en darme tregua alguna. Recurro a una patochada de las mías, en un vano intento de posponer lo inevitable.

—Entonces esto va a ser como lo de la serie de televisión “En terapia”, yo te cuento lo que pienso y juntos sacamos conclusiones.

—¡Hazlo como te salga de los huevos, pero hazlo!

Como parece que la paciencia de mi amigo y la gota que colma el vaso se han saludado, respiro profundamente y le digo:

—Si te he dicho eso de “cada uno es artífice de su propia aventura”, es porque creo todo lo contrario, las circunstancias a veces te empujan más de lo que tú puedes soportar, los acontecimientos te superan y, u optas por ser un amargado que se empeña en luchar con todos y contra todos, o te dejas llevar por la corriente…

—…que es lo que haces tú…

—Y tú también a tu manera…

—Pero no soy yo, quien está caminando a la pata coja al borde del precipicio…

—…dijo el rey de las metáforas…

—Bueno, ¡sigue!…Que me veo que nos quedamos dormidos y no me cuentas nada.

Como sé que no me voy a poder evadirme de su persistencia, pues si lo hago, Mariano va a tener el morro hasta los suelos lo que resta de vacaciones. Cojo el toro por los cuernos y empiezo a hablar de una manera que, si sorprende a mi acompañante, más me sorprende a mí.

—Estoy muy solo, mi único y verdadero amigo eres tú. Desde siempre he buscado la aceptación de los demás en el sexo, y ahora que con la edad son menos lo que se fijan en mí, he bajado a mínimos aceptables el nivel de los tíos que me llevo a la cama y si antes no hacia ascos a nada, ahora cada vez menos. Es como una especie de competición conmigo mismo…

La contundencia de lo que acabo de decir, sobrecoge a mi amigo que instintivamente agarra una de mis manos y la acaricia suavemente entre sus dedos.

—Muy solo también estoy yo, Jota…

—Mal de muchos…

Intercambiamos una mirada cómplice adornada por una sonrisa. Pero yo, que ya he cogido carrerilla y he abierto la puerta a mis demonios internos, no estoy dispuesto a quedarme callado y prosigo:

—Lo peor es que cuanto más novedoso es el sexo y más tíos me ligo, más vacío me siento. Al final siempre me queda lo mismo, nuestras triviales conversaciones y mi eterna soledad. Los días pasan uno tras otro, y por mucho que intente evitar los acontecimientos estos me sobrepasan.

«Sé que debería pararme más y reflexionar las consecuencias de mis actos, pero si analizo donde estoy y a donde voy, cogería una depresión. Ya bastante dinero me he gastado en psicólogos y a veces opino que para nada.

—Para algo serviría, ¿no?

—Sí, pero una terapia no es la panacea para todos los males, en una hora o dos a la semana, alguien que ha estudiado el comportamiento de la mente y sus soluciones, por mucha empatía que emane hacia el paciente, en una sociedad tan competitiva y elitista como la nuestra, poco puede hacer.

—¿Nunca me has contado por qué comenzaste a ir al psicólogo?

—Para solucionar, por así decirlo, las secuelas que me dejo el “acontecimiento terrible”…

—¿Sirvió para algo?

—Sí, tío. Lo que pasa es que los maricones cuando tenemos que enfrentar a traumas psicológicos, la gente nos miran doblemente como a bichos raros: por zumbaos y por lo otro…

A pesar de la dureza de mis palabras, mi amigo no puede evitar sonreír muy levemente por debajo del labio, dándome a entender que no me juzga, que me acepta tal como soy, con mis claros y oscuros. Este gesto por su parte, me da la suficiente confianza para seguir desnudando mis sentimientos ante él.

—Lo que peor llevo es el tema de mi familia. Mi padre, después de lo ocurrido, prácticamente me trató como un apestado…

—¿Cómo es tu relación con él ahora?

—Regular, tirando para mal. El pobre hombre siempre había visto lo de la homosexualidad como la peor de las depravaciones. Él que nunca se había metido en nada de nadie, con los temas del mariconeo tenía una especie de fijación malsana y, ¡mira tú por donde!, el cerebrito de la casa le sale parguela.

«Lo de que en el pueblo todo el mundo sepa del píe que cojeo, lo lleva fatal. Aunque no me ha retirado la palabra, cuando voy a casa en navidades o para cualquier cosa que se tercie, se le ve incomodo en mi presencia. Es como si hubiera un muro entre nosotros, en lugar de padre e hijo, parecemos dos conocidos que después de mucho tiempo se ven y se preguntan por temas triviales.

—Menos mal que tu madre y tus hermanos siempre han sido un poco más comprensivo.

—¡No te creas! Mi madre también se las fuma en pipa, el qué dirán siempre ha tenido mucha importancia para ella. Hasta que no salí de la Universidad y vio que había conseguido cierto estatus social y laboral, no comenzó a comentar mis logros con los más allegados. Tengo la puta sensación de que de la única manera que la sociedad admita a los gays es que seamos unos triunfadores y tengamos un cierto nivel adquisitivo…

—El “pink-power” le llaman—Interviene sarcásticamente mi amigo.

—Sí, como no tenemos cargas familiares, somos una fuerza de consumo tremenda.

—A mí me parece que toda esta tolerancia que hay en el ambiente y toda esa aceptación por parte de la sociedad, se debe en parte a eso.

—¿Tú no querías que te contara lo que me ha pasado? —Mariano asiente con la cabeza y pone cara de circunstancia— Pues deja los discursitos para otro momento. ¿Por dónde iba?

—Me estabas contando como lo llevabas con tu familia.

—Pues eso, mis hermanos, en la medida de lo posible, siempre se portaron bien conmigo. Pero todo cambió cuando Gertrudis se casó, el ceporro de su marido hizo todo lo posible para que mi hermana se despegara de mí… Es más, al muy cabrón se le nota mucho que no quiere que me quede solo con sus hijos… ¡No vaya ser que les meta mano!

—Es mucha incultura y mucha leyenda negra la que hay alrededor de la gente con nuestra tendencia —Las palabras de Mariano, aunque tienen ese tufillo conciliador tan característico de él, están impregnadas de ira e impotencia.

—¡Mira tú!, mi hermano Juan que parecía más brutote y tal, parece haberlo aceptado como la cosa más natural del mundo. Su mujer es la mar de apaña, les ha inculcado a sus hijos un sentimiento de respeto hacia mí y, rara la vez que no voy por el pueblo, que, con la excusa de que ellos no tienen tiempo, no me los larga para que los saque a cualquier sitio. ¡Son de salao los dos críos!…

— A mí me pasa lo mismo con los de mi hermana…Una cosa JJ, siempre dices “el acontecimiento terrible”, pero nunca me has contado que pasó exactamente.

—Porque no es muy agradable… —Lo miro e intuyo que si no se lo cuento hoy, será como aquello de las bodas que tendré que callar para siempre, si hay alguien que se merezca saber con pelos y señales ese episodio de mi vida es él, así que hago de tripas corazón y poniéndome mi traje de clown de los lunes le digo —Pero dado que el señor aquí presente me cae bien, ¡pero que muy bien!, se lo voy a contar.

*************

Escuchar cómo JJ me ha narrado los pormenores de su adolescencia en aquel puto internado, me ha dejado completamente consternado. Máxime cuando él, tras concluir con el relato de aquellos años de su vida, y como si algo se rompiera en su interior, se ha puesto a llorar desconsoladamente.

Lo miro y no queda nada en él del hombre seguro de sí mismo que presume ser. Ante mí tengo un ser desvalido que ha sufrido más que muchos y que ha sabido mantenerse firme ante todas las adversidades que la vida le ha proporcionado.

Si antes de conocer los sinsabores de su juventud, yo lo tenía por la mejor de las personas, conocer de su boca todo lo que ha tocado sufrir, no ha hecho más que incrementar mi admiración hacia él. Instintivamente le hecho un brazo por los hombros para reconfortarlo.

Su llanto nace más del desahogo que del dolor, creo que narrarme el “acontecimiento terrible” y todo lo que vino después, le ha hecho mucho bien, aunque ahora mismo lo único que percibo es su corazón contrayéndose entre gimoteos, igual que si fuera el de un niño pequeño.

En un intento de aliviar su pena, poso mis labios su frente. Él me responde besando en mi mejilla primeramente, para después terminar uniendo su boca con la mía. Confundido ante su reacción y aunque sé a ciencia cierta que no es apropiado seguirle el juego, tomo como excusa lo sucedido el día anterior con Paco para no hacer uso de la sensatez y dejo que su lengua traspase mis labios para jugar con la mía.

Pese a que las lágrimas siguen resbalando por su rostro y su boca tiene un pesado sabor salado, noto como su pecho ha parado de palpitar compulsivamente y su estado de ánimo se ha vuelto más sosegado.

Si el primer muerdo fue una súplica de cariño y afecto, el segundo está empapado de pasión. Sus manos se agarran a mi cuello y las mías se deslizan por su espalda. Al rozar mi entrepierna con la suya, noto como esta ha empezado a cobrar vida y, como si se tratara de una enfermedad contagiosa, el bulto debajo de mi ropa interior comienza también a crecer.

JJ, aunque está muy lejos del prototipo de hombre que me atrae, fue uno de los primeros tíos con los que me metí en la cama, al primer hombre que penetré…Esa circunstancia, ha hecho que siempre tengamos cierta química en la cama y si el día anterior, había compartido un tío con él, en la noche de hoy creo que vamos a terminar haciendo algo muy parecido al amor.

Consciente de todas las normas y reglas autoimpuestas que estoy quebrantando por dejarme llevar. Arrastro mis manos hasta su pompis y meto las manos bajo sus calzoncillos. Aprieto fuertemente sus nalgas entre mis manos y les pego un buen sobeo. Acto seguido arrastro la yema de mis dedos hasta su ojal, el calor que noto al rozar mis dedos contra este, me constata que mi amigo tiene tantas ganas de tener sexo conmigo, como yo con él.

Dominado por mis instintos más recónditos, le pego un pequeño muerdo en el cuello. Su cuerpo reacciona con pequeños escalofríos y dejando que un prolongado quejido escape de su garganta. Vuelvo a buscar su boca, en esta ocasión la lujuria es la que mueve los hilos de mi cuerpo y dejo que el afecto pase a un segundo plano.

Ignoro si él ha dejado aparcados los sentimientos que nacieron en su interior al contarme su desastrosa estancia en el internado, lo que sí sé es que si en un principio lo que me movió a besarlo y a abrazarlo fueron las ganas de consolarlo, en el momento actual, un único pensamiento reina en mi mente, tan grande y esplendoroso como un faro para un barco a la deriva, y ese pensamiento es tener sexo con él.

Una de sus manos resbala por mi vientre hasta llegar al elástico de mi prenda exterior, como buenamente puede lo baja y acaricia mi glande con la yema de los dedos. Su magistral forma de tocarme el prepucio propicia que lancé un prolongado bufido, por lo que tengo que apartar mis labios de él.

—Veo que a pesar del tiempo que ha pasado, te siguen volviendo loco las mismas cosas que cuando nos conocimos.

Me quedo absorto, no por lo que JJ ha dicho, sino por las imágenes que se dibujan en mi mente en uno escasos segundos. No puedo evitar recordar lo cabrón que fui con él, como lo utilice para mis desahogos sexuales y como lo abandoné como un puto “Kleenex” cuando lo creí conveniente. A diferencia de anoche en la que todo era diversión y hartarse de follar, el momento actual es más íntimo y hace que los problemas de consciencia me comiencen a atormentar.

“¿Es correcto volver a transitar por un camino que no nos ha llevado a un lugar confortable?”, me pregunto mientras la culpa puja por salir y acabar con la magia del instante.

—Lo único que recuerdo de aquella etapa son las cosas que te gustaban en la cama, lo demás está olvidado —Las palabras de JJ no sé si responden a mi expresión o a que ha notado como mi verga iba perdiendo dureza paulatinamente.

Saber por enésima vez que él no me guarda rencor por lo sucedido en aquella etapa de nuestras vidas, me hace sentir bien conmigo mismo. He de reconocer que tengo el mejor de los amigos, comprensivo, simpático, divertido, inteligente y afectuoso como pocos. Si pudiera sentir amor por él, sería mi media naranja ideal. Sumido en esas reflexiones tan gratificantes, vuelvo a unir sus labios con los míos. Simplemente es percibir el contacto de su lengua con la mía y mi pene se vuelve a hinchar.

Le bajo el “slip” hasta la rodilla y llevo una mano a la parte delantera de su entrepierna, mientras con los dedos de la otra sigo jugueteando con su agujerillo trasero. Hablando en plata, no sé qué carajo no me llenaba de JJ cuando estuvimos liados. No es feo (yo más bien diría que es guapote), tiene un cuerpo bonito, está bastante bien físicamente (es muy delgado para mi gusto, pero tampoco en excesivo), tiene un culo que quita el sentio y, según estoy corroborando ahora, su polla es cualquier cosa menos pequeña.

Agarro fuertemente su miembro entre mis dedos y lo comienzo a masturbar. Él, sin dejar de besarme, sigue pasando los dedos por los pliegues de la cabeza de mi pene, mientras con la otra mano juguetea con una de mis tetillas.

Como si un impulso irrefrenable naciera en mi interior, aparto de repente sus labios de los míos, hundo la cabeza en su pecho y comienzo a besarle los pezones. JJ, sobrepasado por el placer, atrapa mi mollera entre sus manos y aplasta suavemente mi cara contra su tórax.

Zafándome del suave agarre, deslizo mi rostro por su abdomen hasta llegar hasta su pelvis. Una vez mis labios chocan contra el erecto tallo que brota de su entrepierna, lo agarro con una mano y tras pasar la lengua suavemente por los pliegues del capullo, me la meto en la boca. Si la noche anterior, había alabado mis progresos en el sexo oral. Es sentir como mi cavidad bucal engulle su masculinidad de golpe y deja fluir todo su desparpajo:

—¡Jo, tío como la mamas! Muy pocas veces me la han chupado así…. ¡Y viniendo de mí, que estoy más paseao que el baúl de la Pantoja, te puedo decir que es un piropo en toda regla.

Aunque sus palabras tienen en mí el mismo efecto que los vítores a los jugadores de un equipo, tengo que hacer un pequeño esfuerzo para reprimir una carcajada por la patochada de mi amigo, sin embargo una vez superado el pequeño golpe de risa prosigo devorando aquel hermoso trozo de carne como si no hubiera un mañana.

—Eres un egoísta —El tono de JJ es bastante tajante y serio.

—¿Por? —Respondo sacándome la polla de la boca y bastante preocupado.

—Porque no te acuerdas de los demás para nada. ¡A mí también me gusta comerme una buena polla!—Hace una pausa al hablar para dejarme reaccionar y me pregunta —. ¿Qué quieres ser el seis o el nueve?

Cabeceo y sonrío, no tanto por el contenido humorístico de lo que ha dicho, sino por saber que “mi JJ” ha vuelto. No sé si será así con todo el mundo, pero si hay algo que no se ha borrado de mi memoria es como eran los polvos con él: cualquier cosa menos aburridos.

Tras colocarnos debidamente para practicar la famosa postura numérica, volví a tragarme su cipote desde la punta hasta el tallo. Él, por su parte, había agarrado mi churra con una mano, los testículos con la otra y se dedicaba a lamer mi capullo golosamente.

He de admitir que muy pocas veces me han comido la polla como él lo hace. No sé si es porque fue como una especie de maestro en mi despertar homosexual, o porque realmente el tío se conoce al dedillo mis zonas erógenas, el caso es que nada es comparable a como JJ me la mama. Como si el enorme placer que me está regalando me estuviera hostigando, pongo el máximo mimo en mis labios y le regalo el mejor sexo oral que soy capaz de realizar.

Tras unos gratificantes minutos en los que nuestras bocas devoran el aparato genital del otro, con la única intención de proporcionarnos placer mutuamente. Mi amigo se saca mi pene de la boca y me hace una petición.

—Mariano, no quiero que te corras chupándotela, quiero sentirte dentro.

Su voz, aunque apacible y jovial, encierra una sombra de súplica que casi deja entrever la tristeza. Lo miro y no puedo evitar ver, tras su fachada de divertida frivolidad, al adolescente que he descubierto esta noche. Un adolescente que las pasó putas y al que la vida no se lo puso nada fácil. Sabe Dios que si no hubieran vapuleado tanto a mi amor propio y pudiera volver a tener la capacidad de enamorarme, JJ podría ser el candidato ideal para ello. Soy incapaz de imaginar alguien mejor para compartir mi vida.

Tras ponerme un preservativo y lubricar debidamente su ano, me pide que me siente al borde de la cama y él lo hace sobre mi pelvis. Agarra mi verga y la dirige a la puerta de su agujero con decisión. Una vez considera que ha adoptado la posición adecuada, relaja sus músculos anales y deja resbalar, poco a poco, mi virilidad al interior de su recto.

Una sensación de máxima plenitud me invade, me gustaría pensar que únicamente es el sexo lo que llena mi cuerpo de tanta dicha, pero sé bien que no es así, solo una vez he llegado a sentir algo parecido y fue cuando creí estar enamorado de Enrique. Aunque mi cerebro se niega a que vuelva a ocurrir algo parecido, me comporto de un modo más visceral y dejo que las cosas fluyan de manera natural, dejándome llevar por mis instintos más primarios.

JJ se monta sobre mí como si lo hiciera sobre la grupa de un caballo, entrelaza sus brazos alrededor de mi cuello y, usando la punta de sus pies como resorte, se empieza a mover sobre mi polla como si lo hiciera sobre un toro salvaje. Es penetrar con mi virilidad sus entrañas y los fragmentos de mi desastrosa vida parecen recomponerse. ¿Por qué tendrá el sexo ese efecto balsámico sobre el dolor psicológico?

Me gustaría pensar que solo es pasión lo que nos envuelve, pero estoy disfrutando tanto que me es muy difícil no implicar los sentimientos. Acerco mi nariz a la suya, dejando que nuestras respiraciones se entremezclen de un modo salvaje, instintivamente su boca busca la mía y mis labios terminan mordiendo los suyos.

Nuestras lenguas se enredan como si quisiera fundirse, al tiempo que sus esfínteres aplastan mi erecto falo entre sus paredes. Pese a que la lujuria y la lascivia está presente en cada uno de nuestros actos, no puedo evitar sacar a pasear todo el cariño que guardo dentro y comienzo a acariciar su espalda de un modo tan afectuoso que me da miedo.

Cojo su cara entre mis manos, separo sus labios de los míos y busco su mirada. Las castañas iris de sus ojos se me antojan profundas e indescifrables, destilan tanta efusividad que no soy capaz de desentrañar los sentimientos que hay tras ellos. Sin embargo, cuando estoy dispuesto a tirar la toalla y pensar que el amor ha perdido por completo cualquier lugar en mi vida, de su garganta brotan unas palabras que me dan un atisbo de esperanza:

—¿Cielo,… estás… disfrutando esto… tanto como yo?

—No sé… te puedo decir…que hacía tiempo… que no lo pasaba tan estupen….damente…practicando el sexo.

Vuelvo a escrutar sus grandes ojos marrones y estos me dicen que estoy en lo cierto, que ambos hemos puesto toda la carne en el asador y nos estamos precipitando por el acantilado del sexo con amor. “¿Quién mejor que JJ para compartir mi vida?”, me digo para mí mismo mientras muevo mi pelvis con la intención de taladrar aún mejor su ano.

Enzarzados en aquel combate de concupiscencia, en el que ambos nos esforzamos por satisfacer al máximo al otro, siento como mi cuerpo comienza a trepar hasta lo más alto del placer. Mi amante parece percatarse de mi escalada hacia el orgasmo y suelta una mano de mi cuello para comenzar a masturbarse.

Ni un minuto después, y casi al unísono, ambos llegamos al paroxismo. Percibo como sobre mi pecho se derrama una pequeña tormenta de blanca esencia, al tiempo que entre sus esfínteres estalla un geiser de vida muerta. Tras esto, el tiempo parece detenerse unos segundos.

Mientras nos duchamos JJ busca un par de veces mis labios y roza su pelvis con la mía, intento reanudar los juegos sexuales pero él me detiene amablemente diciendo:

—¿Tú sabes que mañana tenemos que salir antes de las doce de la habitación?

—¿Dónde me dijiste que era la siguiente parada de esta “tourné” tipo “Thelma y Louise” que te has montado?

—En Combarro. Pero no te preocupes, solo está a unos treinta kilómetros de aquí.

Leave a Reply

*