La historia de Chema I: regalos de cumpleaños

Ese día apuntaba a ser como cualquier otro: trabajo, casa, gimnasio, casa otra vez… No esperaba recibir ningún regalo, ni tampoco él mismo se daría algún capricho. Pocas veces había pensado en cómo llegaría a cumplir los treinta, pero desde luego no de esa forma. Chema se había quedado solo, y solo pasaría el día de su cumpleaños. No recuerda ninguno feliz, aunque sí especiales, pero no necesariamente en el buen sentido de la palabra. Sí que podría destacar alguna celebración en los cuatro últimos años, justo desde que se mudó a la capital con su hermano Alonso -Sito para los amigos- y éste le preparaba una fiesta sorpresa, un regalo o alguna comida especial. Pero tampoco nada destacable porque apenas acudían un par de compañeros del trabajo, su mejor colega Chuso con su jefe (que luego descubriría que era también su amante) y Sito con alguno de sus novios. En cualquier caso totalmente diferentes a las del pueblo, donde ni recibía felicitaciones de su propio padre.

El primer recuerdo que tiene de su progenitor era dándole una bofetada a su madre porque la cena estaba fría cuando llegó del bar. Allí se pasaba toda la tarde jugando a las cartas o al dominó. Alguna vez fue a verle, y en ese sitio y delante de todo el mundo era donde Chema recibía alguna muestra de cariño de su parte, sentándole encima de su rodilla o permitiéndole que colocara alguna ficha. Sin embargo, al llegar a casa se transformaba en un tipo violento y desapegado que sólo hacía caso a la tele. Chema creía que esa forma de comportarse era por él porque por su culpa había perdido al dominó, pero desconocía los motivos por los que maltrataba a su madre, incluso cuando ésta tenía un hermanito dentro de su barriga. Varios no llegaron a nacer causando una enorme tristeza en ella y en el propio Chema. “¿Por qué, mamá?” -le preguntaba. “Porque no querían comer, así que tú tienes que comer mucho para ponerte fuerte y grande, ¿vale?” -mentía ella mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.

Y con seis años por fin tuvo un compañero de juegos. “¿No será una niña? Porque las niñas son todas tontas” -decía. “Tiene chorra, mira mami, tiene chorra” -se alegraba al ver a Alonso mientras le cambiaba el pañal. “¿Por qué no te separas nunca de él? Yo quiero jugar con él y con papi”. “Este saldrá marica, ya verás; todo el día ahí a tu falda” -le recriminaba el marido. Y entonces se lo arrebataba de los brazos y le hacía un par de carantoñas un tanto bruscas provocando los celos en el hermano mayor y que éste comenzara a odiarles a ambos. El odio hacia su madre vino años después cuando les abandonó. Por mucho que preguntaran por ella a su padre no obtenían respuesta, y si lo hacían cada vez era una diferente. A esa situación se fueron acostumbrando por pura inercia pese a que los compañeros del colegio no paraban de decirles que su madre se había ido porque su padre era un borracho. A Chema le resbalaba todo aquello, pero al joven Sito aún le afectaba, así que desde ese instante el mayor se convirtió en su protector. Chema maduró de repente viéndose a sí mismo lavando la ropa, limpiando o preparando la comida que él mismo había comprado en el mercado.

El padre no trabajaba debido a un accidente que tuvo en la obra, así que cobraba una pensión por incapacidad que se gastaba en los bares al igual que había hecho con la indemnización que recibió por parte de la constructora, cuyo dueño era el padre de su amigo Chuso, aunque su amistad la escondían antes sus familias a lo Romeo y Julieta por discrepancias tras el accidente. Con Chuso descubrió eso de hacerse pajillas -cada uno la suya- cuando robaron una revista porno que escondían en una encina en el campo. Se escapaban cuando podían y se la cascaban hasta que sentían un “gustito” que luego coincidiría con un líquido que les salía de las chorras. “Acho, ¿has visto lo que he soltado?” -anunció Chema sorprendido la primera vez. “Dicen en el cole que eso es la lefa, que sale cuando tienes pelicos”. Así que a partir de entonces estaban más pendientes de la chorra de Chuso para ver cuándo él se convertiría también en un hombre.

Pero de una inocente gayola en mitad del campo, Chema pasó a la casi madurez sexual en su casa con apenas quince años. Una calurosa noche de verano su padre llegaba más tarde de lo habitual, y al hacerlo causó más ruido que de costumbre. El zagal salió de su dormitorio para ver qué ocurría y se le encontró sentado en un sillón hablando solo, refunfuñando como hacía siempre. Se percató de su presencia y le pidió que se acercara.

-Vamos, ven, que no te voy a comer -su silueta se dibujaba por la luz que llegaba del pasillo.

Chema se colocó frente a él.

-Vaya, no me había dado cuenta de cuánto has crecido. ¿Qué tienes ya, trece?

-Hoy he cumplido quince -contestó seco.

-Oh, entonces te habrán salido ya pelicos en los huevos -el hijo no habló-. ¿No me respondes? ¿Quieres que lo compruebe yo?

-Sí, los tengo desde hace tiempo.

-Pues en el pecho no tienes ni miaja. No has salido a tu padre, mira -se desabrochó la camisa dejando al aire su velludo torso.

Chema ni se inmutó.

-¿Y la picha? ¿Se te ha puesto gorda ya? ¿Te haces pajotes?

-Padre, será mejor que se acueste -se giró para volverse a la habitación.

-¿No ves que te estoy hablando? No hagas que tenga que ir a buscarte a ti o al marica de tu hermano.

Chema paró en seco ante tal insinuación. Quería a Sito por encima de todas las cosas y no permitiría a nadie que le hiciese daño.

-Ya veo que le proteges como lo hacía tu madre.

-¡Pijo, tiene nueve años!

-¿Entonces me vas a enseñar la chorra o te muestro yo la mía?

Totalmente paralizado y confundido, Chema no sabía a qué venía todo aquello. ¿Por qué no le daba un guantazo como otras veces y ya está?

-Tú lo has querido -amenazó al ver que el zagal no se movía.

Y entonces se bajó el pantalón hasta los tobillos dejando ver su polla morcillona rodeada de un oscuro y denso vello. Chema temblaba aturdido y desconcertado ante la situación. Era incapaz de articular palabra o incluso moverse. Sentía que en cualquier momento despertaría y que todo aquello era una pesadilla para olvidar.

-¿No quieres verla de cerca? -su padre le devolvió a la realidad-. Venga, acércate y siéntate sobre mis piernas como cuando eras pequeño.

El chico pudo dar un paso pero se frenó de nuevo. Las gotas de sudor le recorrían la frente al tiempo que su respiración retumbaba en el silencio de la noche.

-Te lo estoy pidiendo por las buenas -su tono se volvió desafiante-. Ayúdame a descalzarme.

Obedeció trémulo quitándole los zapatos con temor a que súbitamente se volviera violento y le diera una patada o le cogiera del cuello. Después le pidió que le quitara los pantalones mientras él se deshacía de la camisa. Se puso de pie otra vez y contempló a su padre completamente desnudo con una despreciable sonrisa que exhalaba un pestazo a alcohol. Se dio dos palmadas en el muslo invitándole de nuevo a sentarse. Chema acudió como si su cuerpo hubiera sido víctima de un hechizo, sin capacidad para decidir, dejándose llevar hipnotizado y fuera de sí convirtiéndose de repente en otra persona.

-¿Quieres tocarla?

Creyó que aquello era más una orden que una simple pregunta. Acercó su mano temblorosa hasta que en ella nació un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo cuando uno de sus dedos rozó el pene de su padre. El calambre llegó hasta su propia verga, que notó palpitante creciéndole por debajo del calzoncillo.

-Acaríciala.

Se sirvió del sudor para deslizar el dedo por el tronco aún blando, llevándolo desde la base hasta el capullo en varias ocasiones hasta que comenzó a dibujar círculos sobre el glande. En él habían brotado un par de gotas que le ayudaron para que resbalase mejor provocando que su padre gimiera por el cosquilleo llegándole una bocanada de intenso olor a güisqui.

-Me la has puesto dura, hijo.

A Chema le costaba verla por la poca luz que llegaba a ese rincón del salón, pero sí que apreció cómo cobraba forma ante el estímulo de sus dedos.

-Cógela entera.

La rodeó con la mano notándola vibrante al ritmo de sus propias pulsaciones, tan aceleradas que permitían escuchar sus latidos por encima de cualquier otro ruido.

-Ahora sacúdela.

Con un movimiento un tanto vacilante comenzó a sobarla como si él mismo se estuviera masturbando, aunque la suya no fuera tan gruesa y a duras penas podía rodearla entera con los dedos.

-Lo haces muy bien, ¿así te pajeas tú?

Chema no contestó debido a que su respiración estaba cortada; tuvo que coger aire escuchándose su inhalación por encima de los jadeos de su padre. Sentía su trasero empapado por el roce con el muslo y cómo la punta de su verga humedecía los calzoncillos dando de sí la tela. Lo ignoró a pesar de la presión que ejercía para ser liberada, centrándose en darle placer a su progenitor aunque fuera impuesto y aparentemente indeseado. Chema volvió a tragar saliva para recobrar el aliento.

-¿Es que quieres probarla? -apreció al escuchar el sonido de su garganta.

Tampoco contestó esta vez.

-Todo a su tiempo, hijo.

Ni se lo había planteado, pero el solo hecho de pensar en que le obligaría a probar su polla le causaba una enorme repulsión. Le entró una arcada al imaginárselo que le provocó una ruidosa tos.

-Chsss, que vas a despertar a tu hermano.

Se estremeció al sentir la mano sudorosa de su padre rozándole la espalda, dando un respingo que le erizó el vello. Para él, el contacto de su mano con su polla era más que suficiente. Retomó la consciencia deseando con todas las fuerzas que aquello acabara, que se corriera de una maldita vez sin que le pidiese nada más. El bulto de su entrepierna había decaído, el tembleque volvió al brazo y su respiración se aceleró de nuevo, justo como la de su padre anunciando que llegaba a su fin. Y sin apartarle, soltó su leche que fue deslizándose por los dedos de su hijo al tiempo que su cuerpo se contraía al brotar de él las últimas gotas. Chema notó su mano pringosa repudiando la sensación de tener un líquido que tan asqueroso le parecía. Por ello, se levantó repentinamente para marcharse al baño dejando a su padre desnudo en el salón aparentemente relajado y satisfecho.

No pudo quitarse esa imagen de la cabeza en toda la noche, dando vueltas en la litera sin poder pegar ojo, mirando de vez en cuando a la cama de abajo para confirmar que su hermano seguía allí, pendiente de cualquier ruido por si los pasos de su padre avisaban de que se acercaba. Ese temor se fue repitiendo noche tras noche, decidido a quedarse en su habitación por mucho ruido que el viejo hiciese fuera. Cuantos más golpes se escuchaban más borracho venía, pero torturó a Chema durante meses por el simple hecho de dejarle creer que iría en su busca, pero no lo hizo.

Alonso se enteró del cumpleaños de su hermano porque fueron a comer a casa de sus tíos y éstos le llevaron una tarta con dieciséis velas que él quería soplar. Chema le dejó, pero se lo impidieron por la absurda idea de que tenía que pensar en un deseo, así que sopló con desgana. Sin embargo, su padre apareció al momento con un evidente estado de embriaguez. Su cuñada se encaró con él, pero el marido se interpuso: “yo me encargo”, llevándoselo del salón mientras sonreía a los dos muchachos como si no pasara nada. Allí estuvieron toda la tarde porque Sito quería jugar con sus primos, hasta que agotado se quedó dormido con un sándwich de nocilla en la mano.

-Déjale aquí, no le despiertes -propuso la tía-. Y te puedes quedar tú también si quieres.

-No, me voy para casa. Mañana vengo a por él.

Chema se marchó sin atreverse a preguntar por su padre, aunque por la hora creyó que estaría en el bar. Llegó a casa con la intención de meterse directamente a su cuarto, pero una voz le interrumpió:

-¿Dónde crees que vas?

Paró en seco maldiciendo su suerte, dudando si seguir o entrar en el salón, cuya única luz era la que se colaba por las rendijas de las persianas.

-Así que hoy es tu cumpleaños, ¿eh? ¿No quieres celebrarlo con tu padre?

-Preferiría no hacerlo -se atrevió a decir.

-Anda, ven, que aquí tengo tu regalo -Chema se le imaginó tocándose el paquete, dudando incluso de que ya estuviera desnudo.

-No quiero regalos. No me los ha dado nunca y no tiene por qué hacerlo ahora -trató de hacerse el ingenuo.

-¿Has olvidado el del año pasado?

-Por mí puede tardar otros quince en volver a dármelo.

-No me dirás que no te gustó. Siempre quisiste recibir cariño de tu padre.

-No de ese tipo.

-Reconoce que jamás te habías sentido tan unido a mí.

-Era bastante fácil porque nunca tuve ningún apego.

-Eso puede cambiar si tú quieres.

La confianza y seguridad de Chema se desmoronaron ante la idea de un acercamiento con su padre, de recibir un cariño que jamás obtuvo, de sentirse querido aunque fuera de aquella manera. ¿Y si era su forma de dárselo? ¿Era eso mejor que nada? Ocultó sus lágrimas y se sentó en el brazo del sillón junto a él, quizá esperando que éste le pasara un brazo por la espalda o incluso que le pidiera que se acurrucara en su regazo, lo cual aceptaría tras quedarse en calzoncillos como ya estaba él y de esa manera sentir a su padre por primera vez.

-¿Por qué no te desnudas?

Se puso en pie para hacerlo quedándose en ropa interior.

-Los calzones también.

-Padre… yo… -trató de negarse.

-No tengas vergüenza. Mira, yo haré lo mismo.

Levantó el trasero del sillón para deshacerse de ellos mirando a su hijo con la certeza de que le imitaría. Efectivamente, Chema se los bajó con timidez hasta quedarse desnudo delante de su padre sin saber qué hacer.

-Tienes una buena mata de pelo. A ver la chorra, acércate un poco más.

Tembloroso dio un paso hasta que sus rodillas rozaron las del otro.

-Bueno, ya te crecerá más, no te preocupes. Y se pondrá gorda como la mía.

Sin decir una palabra más, el padre se metió la verga de su hijo en la boca, todavía flácida, estrujándola con los labios y succionándola para que se endureciera dentro de él. Por nada del mundo Chema se hubiera imaginado aquello, recibiendo con estupor una mamada del hombre al que odiaba y que le paralizaba desconcertándole hasta límites insospechados e impidiéndole disfrutar de la primera vez que le chupaban la polla. Sin darse cuenta la tenía ya dura entrando y saliendo de la boca, pero él no decidía, no podía dirigir sus movimientos, simplemente se dejaba hacer hasta que súbitamente su padre se apartó y su verga se quedó tiesa apuntando al aire.

-Tendrás que ir al urólogo a que te descapullen el pito -Chema no entendía nada.

-¿Por eso has parado? -preguntó ingenuo.

-¿Acaso pensabas que iba a hacerte una mamada? Sólo quería ver cómo la tenías. Mucho tendrá que crecer para que se te ponga igual de gorda que la mía. Si es que eres un esmirriao como tu madre.

-¿Y ahora qué?

-Pues ahora me voy a hacer una paja, así que o te quedas a mirar o te largas a tu cuarto.

La rudeza del padre confundió al zagal todavía más, y analizó sus palabras para tomar una decisión porque no entendía nada. ¿Quería que se quedara sólo para mirar? ¿No le iba a dejar tocarle? Al ver que el otro no se movía, se agachó a recoger la ropa con la intención de marcharse. Le miró por última vez esperando quizá que le hablara, pero no lo hizo. Tampoco había empezado a tocarse, así que estaba claro que debía irse. Siguieron varias noches de insomnio hasta que Chema se convenció de que aquello no se repetiría hasta su siguiente cumpleaños, lo cual resultaba de lo más extraño. El día que hacía diecisiete lo pasó elucubrando sobre esa noche y lo que ocurriría, así como en poder evitarlo quedándose a dormir en casa de sus tíos o metiéndose en su cuarto y ver hasta dónde su padre era capaz de llegar. Finalmente no apareció por su casa hasta el día siguiente con miedo a cómo iba a ser recibido, si le pegaría un guantazo como otra tantas veces o se lo daría a Alonso, lo cual le preocupaba aún más. Pero no, su padre se comportó como de costumbre, y las tortas llegaron más tarde por los motivos de siempre, si acaso los había.

Acabó el bachillerato planteándose qué hacer con su vida, animado por sus profesores y sus tíos a ir a la universidad, pero desechando la idea porque jamás dejaría a su hermano solo en esa casa. Así, pasó las primeras semanas del verano deseando cumplir los dieciocho para poder ponerse a trabajar sin el consentimiento de su progenitor. Pero que su cumpleaños llegara suponía otras cosas que sólo ellos sabían. Al menos esta vez tuvo claro que se enfrentaría a la situación encarándose con él e incluso soltarle alguna hostia si era necesario. Pero no contó con que sus amigos le organizaron un botellón esa noche para celebrarlo consciente de que no tendría excusas para rechazarlo. Se emborrachó por primera vez en su vida y tonteó con la Yoli, su novia desde hacía meses, y a la cual le pidió como regalo que echaran un polvo o al menos le dejara tocarle las tetas. La zagala accedió a esto último, no sin que Chema le insistiera para algo más, como si cumplir dieciocho significara que podían hacer cualquier cosa.

Aunque no lo consiguió, al menos le sirvió para olvidarse un rato de lo que podría esperarle en casa. Claro que debido a los minis de calimocho tampoco estaba en condiciones de pensar en mucho, tan sólo llegar a la conclusión que debido a la hora que se le había hecho su padre estaría ya durmiendo. Pero no, al cerrar la puerta escuchó que la tele estaba encendida.

-Por fin llega el cumpleañero -su padre habló tan rápido que no le dio tiempo a reaccionar.

-Mierda -susurró antes de echar a andar hacia el salón dando tumbos por la cogorza.

-Vaya cómo vienes. Yo que me había traído una botella para los dos -señaló el güisqui sobre la mesa mientras apagaba el televisor.

-No me gusta el güisqui -dijo desde la puerta.

-Estáis todos amariconados con la mierda esa del ron con Coca cola. Toma, pruébalo -le ofreció la botella.

-No quiero.

-No me hagas insistirte.

Parte de toda esa fuerza con la que se había armado para enfrentarse a aquella situación se había diluido con el alcohol, y la otra se debilitó al escuchar a su padre, ejerciendo aún una autoridad que no comprendía desconocedor de la razón de su sometimiento casi hipnótico.

-¡Qué asco! -casi escupe al probar la bebida.

-Eso es porque es la primera vez, como todo -insinuó-. Luego te acostumbras y te acaba gustando.

-Dudo que me llegue a gustar algún día -quiso seguirle el juego del doble sentido-. Supongo que no me dejará irme a dormir -parecía resignado.

-Ya eres mayor de edad y puedes hacer lo que te dé la gana -su respuesta le dejó estupefacto por lo inesperada.

-¿Así de fácil? -quiso confirmar.

-No puedo obligarte a nada.

Pero de alguna forma las palabras del viejo eran lo suficientemente persuasivas como para que Chema optara por irse a dormir. Tenía la capacidad de dejarle derrotado e indefenso y totalmente a su merced. Chema se sentó en el sofá.

-Ten, dale otro trago -dijo satisfecho-. ¿A que este te ha sentado mejor?

-Creo que voy a vomitar -se limpió los labios con la mano.

-Toma anda, límpiate con esto -le tiró una prenda.

-¡Joder qué puto asco! -exclamó el chaval tras pasársela por la boca y darse cuenta de que se trataba de sus calzoncillos-. Cagoentó -los arrojó al suelo.

-Recógelos -ordenó el padre como si se tratara de un niño chico que tira algo en una rabieta.

-Pero… -su sola mirada bastó para dejar de protestar y obedecerle.

-Tienen un regalo para ti -Chema no entendió a qué se refería-. Huele, a ver si lo notas.

Sin quitar su cara de asco se los fue acercando lentamente a la nariz, y dejándolos a unos centímetros de ella comenzó a olisquear.

-Pégatelos más.

-¿Pero qué quiere que huela?

-Que me he corrido en ellos tras hacerme una paja.

-¡Joder qué repugnante!

-Ni se te ocurra tirarlos otra vez.

-¿Y qué quiere que haga?

-Que te frotes con ellos.

-¡Ni hablar!

-Venga, desnúdate.

Sin levantarse del sofá se quitó toda la ropa hasta quedarse completamente desnudo.

-Vaya, veo que no estás tan esmirriao. Tu cuerpo ha ido cogiendo forma convirtiéndote en todo un hombre.

-Es porque voy al gimnasio.

-Oh, cierto. La hija del dueño… esta… ¿cómo se llama?

-Yoli.

-Eso es. La Yoli te deja entrar porque te la tiras, ¿no?

-Mentira. Me cuela porque sabe que no tengo un duro.

-¿No me digas que todavía no…? -se ríe-. ¿Tampoco te la ha chupado? Bueno, eso sería mucho pedir en este puto pueblo de estrechas. Si te ha dejado tocarle las tetas algo es.

-No se lo voy a contar a estas alturas.

-Na, si no quiero que me lo cuentes. ¿Dónde has dejado mi regalo?

Chema coge sin ganas la ropa interior de su padre.

-Bien, frótate con ellos.

El chico se los lleva directamente hacia su rabo para restregarle ese trozo de tela sucia que sería incapaz de excitarle.

-Venga, con más brío. Por los huevos también.

Pero dicen que el roce hace el cariño… bueno, lo que sea. El caso es que con el sobeteo se empieza a empalmar, notando ahora cómo los restos aún húmedos se deslizan provocándole cierto placer.

-¿Ves? Se te ha puesto dura. A ver, acércate. ¿Fuiste a que te cortaran el pellejo?

Chema asiente con la cabeza.

-Buen chico. Era por tu bien, que te acabaría doliendo.

Chema piensa en que lo que de verdad le dolió fue la maldita anestesia.

-Hombre, te ha crecido, pero me sigue pareciendo pequeña.

-Pero crecerá más, ¿no? -le pregunta preocupado olvidándose de todo.

-No pienses en eso ahora, hijo, que se te va a bajar la erección.

-¿Qué más da si me va a dejar a medias como la última vez?

-¿A medias? No era esa mi intención, porque además no te obligué a nada.

-¡Si le hice una paja!

-Porque tú quisiste. ¿O acaso te puse yo la mano en mi polla? Además, lo hice por ti, para que supieras cómo hay que cascársela. ¿O no te ha servido para hacerte tus gayolas?

-¿Y la mamada? No me pidió permiso.

-Acho, ni que te hubiese hecho algo malo. Sólo quería ponértela dura. ¿Para qué? Pues para ver si tenías fimosis. ¿Y me equivoqué?

Chema negó con la cabeza planteándose si su padre en verdad tenía razón o estaba tergiversándolo todo. ¿Fueron en realidad regalos de cumpleaños? Porque sí, las indicaciones cuando le masturbó le fueron útiles para sí mismo al igual que deshacerse del molesto pellejo que no le permitía descapullarse. Pero ¿y ahora? ¿Frotarse con un calzoncillo manchado de semen?

Chema estaba tan descolocado que le dio otro trago al güisqui. Su padre tenía razón, porque este último sorbo no le supo tan mal como los anteriores. Claro que su estomago no pensaba lo mismo por la mezcla del calimocho del botellón junto a los chupitos del tequila que uno de sus amigos le había robado a su padre despreocupado por si aquél se enteraba. Porque sería un padre normal, y no como el suyo, que le torturaba cada vez que cumplía años de una manera tan extraña que le tenía a él sentado en el sofá restregándose con su calzoncillo lleno de semen.

-A esto no le veo fuste -reconoció el zagal.

-Has conseguido empalmarte, ¿no?

-Ya, ¿pero para qué?

-¿Para qué se empalma uno?

-Para hacerse una paja.

-Chico listo.

-¿Y el rollo del calzoncillo? Podía haberme pedido que me la estrujara sin más.

-Quería que olieses el aroma a macho.

-No entiendo por qué.

-Para ver si eres marica.

-Vaya gilipollez.

-¡Eh! No me hables así.

-Lo podía haber preguntado como cualquier persona normal, ¿no?

-¿Y tú qué hubieras contestado?

-Que no.

-Y no te hubiese creído. Bueno, ¿quieres hacer algo más o seguimos discutiendo hasta que se nos baje la erección?

Chema no se había percatado de que su padre estaba también empalmado debido a la poca luz de la estancia. Pero se atrevió a mirarle para corroborarlo. Se sobresaltó al escucharle escupir.

-Es mejor si te ensalivas la mano.

Acto seguido oyó cómo comenzaba a estrujársela, percibiendo el sonido del borboteo de la saliva friccionando con la carne. Eso le sirvió para que su propia verga se activara de nuevo, habiendo decaído tras la surrealista conversación. Se escupió también recibiendo su aprobación llevándose la palma de la mano a su rabo para masajearlo, aunque pronto se la estaba machacando con ganas.

-Más despacio, no tengas prisa. Así se disfruta más, créeme.

Dedujo por el sonido que los movimientos del otro eran más pausados, pero se sentía intrigado por verle y le pidió que encendieran la luz. El padre extendió el brazo para alcanzar una lamparita y por fin pudieron verse con nitidez. Impulsivamente Chema dirigió la vista a la polla de su padre, dura y desprotegida hasta que éste volvió a agarrársela. Ahora podía ver cómo su progenitor se masturbaba, masajeándola con delicadeza haciendo círculos con la mano mientras subía y bajaba por el tronco. Después veía que se su meneo era algo más vivo, o que simplemente dejaba caer la mano por todo el cipote manteniéndola vertical. Chema le iba imitando percibiendo más placer que en cualquier otra paja que se hiciera antes, casi siempre con prisas en el cuarto de baño. Ahora la disfrutaba tomándoselo con calma y deleitándose con cada sacudida sin quitarle ojo a su padre y a su envidiable polla gorda que por desgracia no había heredado. Vio ahora cómo se masajeaba el capullo haciendo círculos sobre él como si se tratase de una pelota, recibiendo un cosquilleo de lo más placentero que creía le llevaría a correrse.

-¡Para! -su padre le asustó con el grito.

-¿Qué pasa?

-Si te detienes justo antes de correrte luego te da más placer.

-Joder, qué tortura -Chema estaba dispuesto a volver a meneársela.

-No, no sigas todavía.

-Estaba a punto.

-Hazme caso. Ven, acércate.

Desconcertado de nuevo se levantó sin hacerse idea de lo que le esperaba. Se quedó delante de su padre con la polla tiesa esperando instrucciones.

-Ponte de rodillas.

Quiso protestar, pero ya sabía que no serviría de nada, así que se encontró arrodillado frente a su verga. Su padre le puso la mano en la nuca haciendo que se inclinara. Volvió a poner resistencia, pero de nuevo desistió.

-Sólo quiero que la huelas. Aspira fuerte. Huele los huevos también.

Chema percibió un fuerte aroma similar al de los calzoncillos que, al igual que el güisqui, ahora no le desagradó.

-¿Estás seguro de que te repugna? -le preguntó.

Se limitó a asentir al tiempo que su padre esbozaba una sonrisa maliciosa.

-Entonces no querrás catarla -insinuó.

El chaval se encogió de hombros, poco convencido tanto por la idea de negarse como por la de atreverse a probarla. Se quedó inmóvil tratando de tomar una decisión, pero estaba completamente bloqueado, incapaz de adivinar cuáles serían las consecuencias en cada caso o la lección que extraería, si es que de nuevo había alguna. Intercalaba la contemplación del miembro erecto pegado a su barbilla con miradas a su padre que le ayudaran a decidirse, pero de su expresión no se podía extraer ninguna conclusión. Estaba pues en sus manos, ya que como bien había dicho el progenitor, él no le obligaría a nada; al menos explícitamente. Pero la curiosidad por saber qué aprendería de aquello le llevó a intentarlo, por lo que acercó la boca con timidez, sacó la lengua, y la dejó caer sobre el rosado capullo de su padre.

Advirtió más el intenso olor que distinguir cualquier sabor con ese primer contacto. Sí que le pareció una zona más ardiente que cualquier otra del cuerpo, así como una textura que aparentaba fragilidad, por mucho grosor que el cipote de su padre tuviera. Si había llegado hasta ahí no se iba a conformar con rozarlo con la puntita, por lo que se metió el glande en la boca y allí lo degustó con mayor nitidez, apreciando ahora un sabor que se correspondía ligeramente con el olor en los calzoncillos. Su padre gimió y Chema le miró en busca de aprobación, pero aquél tenía la cabeza erguida apuntando al techo, impidiendo cualquier contacto con sus ojos. Se inclinó un poco más y ya tenía media verga dentro de él, notando cómo el grueso tronco le llenaba la comisura de los labios al tiempo que su lengua se hacía hueco para paladear el capullo. En un último avance se la tragó entera provocando que su padre exhalara un sollozo más ruidoso que contrastaba con la quietud con la que Chema había engullido su rabo.

Lo fue sacando poco a poco notando sus babas deslizarse resbalándole por los labios, y cuando la sacó entera tragó saliva dispuesto a comérsela de nuevo. Comenzó a succionarla con energía, si bien el mete y saca fue algo pausado para que su padre no le regañara como con la paja. Se había acostumbrado a su sabor y el olor ya no le resultaba tan penetrante como al principio. De hecho, no vio nada especial en chupar una polla, aunque sí que recordó lo placentero que le resultó cuando su padre se la chupó un par de años antes, corroborándolo con los gemidos que éste emitía ahora. Pero de nuevo de forma repentina le ordenó que parara. Chema creyó que sería por el mismo motivo que antes, retrasar la corrida, aunque se podía esperar cualquier cosa.

-¿Por qué me has mentido? -le preguntó.

-¿A qué se refiere?

-Me has dicho que te parecía repugnante.

-Y era cierto.

-Pero aún así la has chupado.

-O sea que era una trampa.

-Una prueba más bien.

-Así que sigue empeñado en demostrarme que soy marica, ¿no?

-¿Yo? Lo has demostrado tú solito.

-Pensé que era otro tipo de lección o algo. ¿Por qué me tortura de esta manera?

-En el fondo sí que era una lección.

-Pues dígame cuál y acabemos con esto.

-Quería cerciorarme de que te habías convertido en un hombre.

-¿Chupando pollas?

-No, dejando de ser tan sugestionable, echándole huevos y saber decir que no, a que no te mangoneen y hagan contigo lo que quieran. ¿Y ves? Yo lo he conseguido.

-¡Pero usted es mi padre! Y además… nosotros nunca… Bueno, ya me entiende.

-Sí, entiendo. Pero si con eso yo he sido capaz, ¿qué no harán las personas a las que aprecies? La Yoli, tu hermano cuando crezca, tu futuro jefe…

-¿Y no me puede decir estas cosas de una forma normal? Simplemente aconsejándome o enseñándome a trabajar en la obra o qué sé yo.

-En la obra no hay trabajo. Y el padre de tu amiguito no te contratará nunca.

-Pues en el campo.

-El campo es muy duro.

-Eso no me asusta.

-No, no lo entiendes. La gente que trabaja en el campo… Has de estar preparado.

-¿A qué se refiere?

-¿Estás convencido de querer currar en los invernaderos?

-Es lo que veo más fácil.

-¿Y crees que estás preparado?

-No le veo mucho fuste a recoger sandías o melones.

-Ya te he dicho que no es eso. Son los capataces, los dueños de las fincas…

-¿Qué pasa con ellos?

-Que a veces piden otras cosas. Y si no se las das, pues a la puta calle.

-¿Qué tipo de cosas?

-¿De verdad quieres saberlo?

-Que sí, coño.

-Pues levántate y date la vuelta.

-¿Para qué?

-Para tu último regalo de cumpleaños.

-Padre, no me haga esto más… Dígame las cosas y ya está.

-Sabes que todo es por tu bien, no me hagas volver a recordártelo -le advierte mientras se levanta-. Ponte de rodillas en el sillón.

-¿Qué va a hacer?

-¿Me vas a hacer caso o qué?

Asustado, Chema se coloca sobre el sillón apoyando los brazos sobre el respaldo, pero girando la cabeza para no quitarle ojo a su padre consciente de que su culo ha quedado totalmente expuesto. Siente un escalofrío cuando las manos de su padre le sujetan por la cintura para recolocarle.

-Te va a doler, pero sólo al principio.

-Por Dios padre, no me haga daño.

-Es mejor que sea yo el primero. Tendré cuidado aunque no te lo creas, pero te va a doler, así que prepárate.

Chema estaba casi aterrado, le temblaba todo el cuerpo debido a aquella advertencia. Y no sólo porque le fuera a doler esta vez, sino por lo que le harían los dueños de los invernaderos, que ya parecía estar claro pese a no saber muy bien por qué. Un nuevo calambre le recorrió al notar la punta del capullo en la entrada de su ano, el cual apretó en un acto instintivo por puro temor.

-Si no te relajas te dolerá más. No aprietes el culo.

Le resultaba imposible no hacerlo ante el amenazante trozo de carne. ¿Aquello entraría por ahí? ¿Los culos se abren tanto como los chochos de las revistas porno? Esta era su única esperanza, porque si no el daño estaba asegurado. Efectivamente, cuando su padre se la fue introduciendo su gemido no fue precisamente de placer. Sentía como si tuviera un tapón en la garganta que no le dejara respirar, como si aquello le fuera a obstruir las entrañas hasta reventarle. Se quejaba, pero su padre seguía metiéndola poco a poco potenciando su angustia y un malestar que seguro tardaría tiempo en desaparecer.

-Ahora dolerá menos -avisó cuando se la sacó dispuesto a taladrarle el ojete otra vez.

-¡No lo voy a soportar! -el vacío en su ano le causó una sensación extraña, casi desgarradora durante unos segundos.

Ignoró sus palabras, volvió a ensalivarla y se la clavó de nuevo. Lo hizo despacio, pero de una forma más decidida hasta acoplarla dentro. La extrajo por última vez y comenzó a follarle tranquilamente con embestidas uniformes y sosegadas, pero que al chico le parecían ásperas y tortuosas.

-Relájate, hazme caso.

Parecía imposible, pero Chema comenzó a calmarse llegando a sentir un atisbo de placer que poco a poco fue cobrando importancia hasta casi enmascarar el dolor, que sin embargo no acababa de desaparecer. Quiso gemir, pero esto evidenciaría que su padre volvía a tener razón, si bien ambos eran conscientes de ello. Sentir cómo la polla entraba y salía se había convertido en algo agradable, sobre todo cuanto más dentro estaba y alcanzaba un punto que consideró clave para darle placer. Pero como solía hacer, su padre volvió a dejarle a medias sacándose la polla sin avisar, dudando si el momento de correrse había llegado por fin o acaso quedaban más lecciones. “¿Cómo puede tener tanta fuerza de voluntad?” -pensó.

-Por tu bien, esperemos que el Jacinto no la tenga tan gorda como la mía.

-¿Y ese quién es?

-El que mejor paga, si es que todavía sigues pensando en trabajar en el campo.

-¿Si digo que sí será una prueba de que soy marica, no es eso?

-¿Pero no te das cuenta de que me la suda lo que seas?

-¿Qué es esto, otro tipo de lección?

-No, ya se acabó. Ya has tenido tu último regalo de cumpleaños.

-¿Y ahora qué? -preguntó extrañado.

-¿Qué más quieres?

-Igual pretendía que me tragara su lefa para enseñarme algo también -quiso sonar irónico.

-Si tanto interés tienes en probarla te la machacas en tu cuarto y luego te la tragas.

-Esto es la hostia.

-Ojito con lo que vas a decir. Y ahora si no te importa, tengo los cojones cargados y me gustaría vaciar. No hace falta que me des las gracias.

La arrogancia y el desdén de su padre le cabrearon como nunca antes. Sintió tal impotencia y rabia que creía que iba a explotar, notando cómo su cabeza parecía acumular toda la sangre de su cuerpo, bufando y mordiéndose la lengua, apaciguando su ira que sería capaz de llevarle a abalanzarse sobre él y golpearle hasta desfogar y quedarse tranquilo. Pero ya estaba en su habitación, donde el colchón le sirvió para aliviar la tensión dándole puñetazos mientras se mordía el labio. Odió a su padre más que nunca, y de repente un ansia incontrolable porque llegara su próximo cumpleaños y poder vengarse. Para decidir cómo tenía doce meses por delante.

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