La historia de malena: la catira y el vendedor.

Leonardo y yo nos hemos mudamos a San Fernando, una ciudad lejos de todo lo que conocemos. Una ciudad del llano Venezolano.

Planeamos quedarnos aquí el tiempo que sea necesario, prosperar juntos y comenzar un nuevo ciclo en paz desvinculados de la vida corporativa que hasta el momento en que fuimos despedidos de la empresa donde laborábamos, nos aturdió con su frenético ritmo sin sentido.

Aún nos queda parte del amor que logramos rescatar después de tantas peripecias por sobrevivir a nosotros mismos. No sabemos si será suficiente. No hay garantías.

Contar estas historias en tiempo presente y con toda sinceridad, es solo una manera de conjurar los demonios que aún –después de tanto tiempo- me habitan. De quemar en una hoguera los recuerdos vanos, los últimos remordimientos y también, de traer a la memoria lo grato, lo divertido, lo placentero y lo extraño que ha pasado en mi vida, la vida de una mujer solitaria fiel a sí misma.

Ahora, estoy en San Fernando, es domingo a la una de la tarde, Leonardo se prepara en este momento para partir, él debe regresar quincenalmente a nuestro lugar de origen a visitar a sus hijos. Yo me quedo, debo cuidar el negocio que hemos instalado aquí y esperar su regreso. Estoy hastiada de tenerlo solo a medias. Pero no me queda más que aguantarme a ver qué el destino decide.

No tengo amistades por estos lares, solo dos medio amigas y el esposo de una de ellas. Me gusta así. La soledad y el silencio.

Estoy silente, pero angustiada momentáneamente como siempre que me deja. Después se me pasará.

Busco alguna actividad que me ayude a relajarme concentrando mi consciencia en algo externo a mi desánimo. Barrer la casa me sosiega, me pongo a hacerlo metódicamente… como si contara las motas de polvo.

Me doy lo que parece ser un largo y meticuloso baño, me masturbo suavemente, con atención aplicada, buen orgasmo pero nada que ver con el polvo que echamos esta mañana. Me depilo, me pinto las uñas, miro el reloj a cada rato, siguen siendo las cuatro y quince.

Me siento en el sombreado patio a ver cómo el sol disminuye el caudal de sus rayos a medida que pasa el tiempo, cuando disminuya más su agitación diurna me atreveré a salir a pasear. El calor es mordiente en esta época y daña mi piel blanca, hay que irla acostumbrando de a poco, mientras esto sucede, debo vestirme con ropa holgada pues hasta la ropa interior me irrita.

Hoy, me engalano con una falda ancha, floreada y sedosa para que el aire circule entre mis piernas. El problema es que la textura de la tela tiende a adherirla a mis curvaturas y no me gusta llamar la atención en demasía, mi personalidad es más bien recatada y tímida, pero, no tengo nada mejor que ponerme.

Salgo a dar una vuelta en mi carro para entretenerme. Me gusta la ciudad, es limpia y ruralmente fascinante con sus habitantes cazurros y francos. Ya soy feliz otra vez. El mal momento de la separación temporal de mi amante, ya ha pasado. Estoy contenta con mi libertad recuperada y con que ya no hay tanto calor, la brisa del rio trae aromas agradables.

Tengo hambre.

Me detengo en el lugar donde habitualmente lo ceno los sábados con Leonardo, pero, no recordé que hoy es domingo y están presentando música en vivo para divertir a los parroquianos. El local está full de gente y de algarabía. En la misma puerta tomo la decisión de devolverme, tendré que preparar mi cena en casa. ¡Que fastidio! Tan bien que iba todo. Odio cocinar.

-¡Señora Malena, espere por favor!, la voz a mis espaldas detiene mi movimiento cuando estoy a punto de abordar mí auto.

Al voltear, reconozco a quien me llama y lo identifico como uno de mis proveedores viajeros más importantes. Es extraño que ande por aquí un domingo y a estas horas.

-No pensará tomarme el pedido en este momento, eso es mañana, digo a modo de respuesta bromista con una sana sonrisa pintada en mis labios.

Él se me acerca procedente del interior del local y me extiende la mano sonriente:

-No, no. La vi devolverse sin entrar y como estoy solo allí, pensé invitarla a acompañarme en la mesa que ocupo. Si no es abuso de confianza. ¿Y su esposo?

-Está viajando. Y… si, acepto la invitación, no quise entrar sola por no parecerme conveniente, pero con su compañía es otra cosa. Además, me estoy muriendo del hambre, no quiero cocinar y aún hace calor aquí afuera.

EL RESTAURANT DEL MARACUCHO.

Entramos al sitio. Está repleto de gente bulliciosa, el dueño me hace un gesto de bienvenida desde su emplazamiento detrás de la caja registradora.

La mayoría de los hombres que pueblan el lugar registran mi presencia con atención devoradora mientras me desplazo hasta la mesa siguiendo a mi lazarillo salvador. Se llama Jorge y mientras lo sigo, me sorprendo observando minuciosamente su trasero con actitud valorativa:

-Está mejor de lo que me había fijado, digo para mis adentros, mientras me sonrió por la sorpresiva irrupción de una actitud que creía superada.

Conversamos de negocios mientras comemos la suculenta cena, regada por algunas cervezas y luego por unos deliciosos whiskeys.

Empezamos a participar del regocijo general. Cuando voy al reservado femenino, muchos piropos alfombran mi camino, con cierta sonrisa mantengo las distancias de los más osados, pues a pesar de querer conservar una actitud reservada, no quiero mostrarme arisca o severa: es una ciudad pequeña y aquí hay muchos clientes potenciales para mi negocio.

De acuerdo a lo que me temía, mi falda a pesar de lo holgada que es, por efecto de sus fibras sedosas y mi leve sudoración, se adhiere a mi cuerpo en sus partes más turgentes y resalta mis redondeces causando efectos subversivos entre mis admiradores circunstanciales.

Al regreso, mi compañero -quien al parecer también había estudiado atentamente mi anatomía durante mi paseo- se ve más entusiasmado, alegre y propenso a hacer demostraciones de su interés por mí de maneras más vehementes.

Las continuas libaciones le incitan a perder su compostura, quedando en evidencia su tendencia a cortejarme: me toca las manos como por descuido; mientras me dice algo al oído, por hacerse oír por encima de la música, deja sus dedos tenuemente sobre mi brazo y acerca su boca más de lo necesario a mi oreja; leves roces de sus rodillas con mis muslos; miraditas tiernas; etc. Todo lo noto y no lo impido. ¿Por ociosidad? ¿Por curiosidad? O, porque he perdido mis amarras.

Siento una rara sensación de declaración de independencia y de libertad que empieza a esbozarse. Es como que estuviera descubriendo algo nuevo que se acerca sigilosamente y me quiere mostrar su cara que hasta hoy ha mantenido oculta porque aún no estaba lista para verla.

Por otra parte, el jueguito me está gustando. Ya no hablamos de negocios, hablamos de otras cosas más personales. El me acaricia el brazo con frescura, quizá, para medir mi reacción y calcular su próximo paso. Estoy excitada por la situación y me divierte tenerlo en esa zozobra. Su boca me atrae como una flor a una abeja y su manoseo me está produciendo ese tipo de corriente estática que eriza los pezones y hace que te acuerdes de ese lugarcito debajo de tu ombligo.

Para ver si logro escapar de la trampa hago otro viaje al reservado.

Regreso refrescada, pero igual de caliente bajo mi vestido. Me siento sobre ese rescoldo casi humeante.

La tensión sexual entre los dos es exasperante mientras él ya juega con mis dedos descaradamente. Se los lleva a su boca y me los besa antes de levantarse.

Se encamina hacia la barra, lo veo cancelando la cuenta, regresa con dos tragos y me dice: -Podemos irnos.

Obedezco sin chistar. Recojo mis cosas y salimos de manera pretendidamente furtiva, sin mirar a nadie. La pecadora y su vergüenza. Cuando llego a la puerta, un borracho se adelanta a abrírmela y me dice en voz baja: ¡Catira, hoy no te salva ni un palo de agua! Es como dicen por aquí cuando quieren significar que algo es inexorable. Le regalo mi trago sin probarlo y le indico con una seña que baje la voz. Ya no quiero más licor, mi deseo es de otro tipo.

Salimos cada uno en su vehículo, él adelante, despacio, para que pueda seguirlo desde lejos y guardar alguna apariencia, que aún quede por allí.

Mientras conduzco me doy cuenta de que voy a acostarme con un perfecto extraño, solo por un extravío momentáneo de mi templanza. Pero el picante momento adormece mis alarmas, aletarga mi malicia. La concupiscencia ablanda mis defensas, como siempre me pasa en estos momentos; me siento inerme ante un hecho que ya considero cumplido, es un antojo del que sé por experiencia que no podré escapar. No me pasa por la mente la murmuración y el descrédito al que me expongo, no solo para mí, también para mi marido. Un cornudo conocido es una pobre víctima de su propia incompetencia.

La tensión nerviosa provocada por la ejecución de un acto prohibido, secreto y reprobable siempre es un acicate para la acción carnal; libera neurotransmisores que hacen perder la cuenta de la realidad y sus consecuencias.

EN UN HOTELUCHO… PARA TERMINAR DE COMPLETAR.

Estoy en ascuas, al sentir que la puerta de la habitación del hotel donde se hospeda, se cierra a mis espaldas. Estoy encerrada dentro de la trampa y ya no puedo evitar lo que sucederá.

Al encenderse la luz veo el cuartucho en el que los últimos rastros de mi honra pública serán sacrificados. Es un lugar deprimente por lo mezquino, básico y no muy pulcro. Esperaba algo mejor, si es que había algo que esperar.

Permanezco de pie atolondrada ante el panorama. Mis manos cuelgan, asidas entre sí, sobre mi regazo como en el último acto defensivamente inconscientemente del tesorito que ese extraño recién conocido, se apresta a profanar.

-Si no estás segura, dejémoslo así, te acompaño a tu casa y no ha pasado nada, oí que dijo con voz firme.

Me sentí retada, ¿Es que acaso piensa que soy una mujer vacilante y sin carácter? ¿Piensa que no sé lo que hago?

-No, No. Está bien -mi respuesta inopinada me quitó la posibilidad de retractarme, con ella había perdido el boleto del último tren, si quería regresar- es sólo que el cuarto me sorprendió y momentáneamente, perdí el equilibrio por tanto whisky.

-No se consigue nada mejor por aquí, contesto defensivamente.

Sin más palabras se me acerco sigilosamente por detrás y al tiempo que hundía su boca golosa en la carne de mi cuello, sus manos apretaron con suavidad mis senos -la obra había comenzado- mis manos rodearon las suyas reteniéndolas en torno a ellos, para darle seguridad de que no estaba dudando.

Una oleada de calor retenido me envuelve.

-¡Me siento como una putica!-pensar así es exitosamente excitante- teniendo sexo con un desconocido en un hotelucho a cambio de una cena y unos tragos. Para mañana yo seré una más de las que se ha gozado en sus viajes de negocio. Sería ni siquiera un recuerdo dentro de poco.

Siento su dureza maciza apretándose contra mis nalgas carnosas, orondas, semiabiertas. La calidad de mi efervescencia me sorprende, todas mis células están cooperando acaparando cuanta sensación consiguen a su paso. Me entrego sin escrúpulos al goce. Yo misma sin esperar más, comienzo a despojarme de mi leve vestido, mis zapatillas, mi contención, mi cobardía y mi timidez. En pocos momentos y con decisiva facilidad solo quedo vestida con mis zarcillos de perlas y mi descaro.

Me tiendo boca arriba en el colchón, abro las piernas y comienzo a acariciar levemente mí desahogo con una mano y mis pezones con la otra, mientras, observo como él termina de desvestirse. Surge su sexo palpitante y enhiesto, listo para mi placer.

Me gusta. Siempre fantaseé con uno circuncidado. Me incorporo sobre mis codos para mirarlo mejor antes de tomarlo entre mis dedos. Imagino lo que sentiré cuando esa cabeza fornida abra los labios de mi grieta y los aparte imperiosamente para meterse entre ellos. Me recorre un leve escalofrío. Mis sentidos desbocados solo perciben la realidad de esa barra entre mis manos suaves, la beso con la lengua y comienzo a chuparla con cuidado para no molestarla con los dientes. La masturbo suavemente entre mi paladar y mi lengua. Su agrio sabor se disuelve en mi boca, por mi garganta abrazada sus líquidos pre seminales descienden.

Mi concentración es tal que no siento que está llegando a su culminación, las bocanadas de semen me sorprenden y las primeras bañaron mis amígdalas indefensas. Sus espasmódicos empujones casi me asfixian atorando su miembro en mi garganta. Es mi barra de carne rindiéndome homenaje. Estoy ebria de sexo y de licor. Exprimo todo lo que puedo y con una sonrisita de mosquita muerta le pregunto al finalizar la faena: -¿Te gustó?

Mientras se recupera, comienza a explorar mi cuerpo resentido por la angustia del placer estancado. Besa, mordisquea, lame cada línea, cada arruga, como decía Camilo, yo ya estaba a punto de caramelo y cuando su lengua, apenas, asoma en mi grieta, no aguanto más y le doy mi primer orgasmo en sus labios, yo misma estrujo mis senos agobiados por la tensión de los pezones como rocas de manantial.

Su recuperación es rápida y contundente, se ve que mi cuerpo enfurecido y mis palabras ricas en la descripción de las sensaciones que lo recorren soliviantan sus ganas. Me alegró sobremanera cuando me dice, sin apenas permitirme reponerme de mi erupción, que me acueste y me abra un poquito. No respondo nada, solo obedezco su orden.

Abro mis opulentos muslos y pongo a su orden mi esplendida vulva de labios gruesos y sonrosados, cuya entrada -babeada a causa de sus homenajes- le ofrece el espectáculo de lo que tanto había deseado poseer durante toda la noche.

Concentro todo mi ánimo en sensibilizar al máximo mi capacidad de captar el mínimo deleite en el fenómeno natural que en mi cuevita se va a realizar, cierro los ojos para concentrarme mejor y espero.

Un torrente de carne gruesa, apetitosa y dura se abalanza dentro de mis entrañas lentamente pero sin detenerse. Los labios menores no solo no oponen resistencia, sino que se tragan sin dificultad cada trozo, reportando con sus nervios sensibilizados la dilatación de sus fibras y su avance glorioso. Poco a poco siento llenándome de carne ajena que entra y entra sin parar.

Él, está arrodillado en el suelo a la orilla de la cama, yo, estoy indefensa con mi nalgas a la altura de su cintura y mis piernas colocadas sobre su cintura, abierta a su albedrio.

Ya estoy totalmente empalada y expreso con todo el frenesí que es capaz mi voz entrecortada y rota por el placer, todas las expresiones que se me ocurren incitándolo a violarme con ahínco, sin cuartel y sin piedad.

Estoy totalmente entregada al frenesí del placer máximo. Ahora mis piernas abrazan su cintura con un lazo que nos funde en movimiento y pasión, lo sigo animando a que me dé por allí… por allí me gusta…. Por allí… sigue… sigue…sigue, soy tu putica… mira como me tienes…dame duro… sigue así… ya voy a acabar… voy a acabar…

De repente recuerdo lo más importante: el terror de mis coitos. Con desesperada y desfallecida voz quejosa le grito:

-¡No me vayas… acabar… adentro…nooo!

ENTONCES SUCEDIÓ.

Él está ya por acabar y no tiene mucho autocontrol. Mis piernas están espasmódicamente abrazadas a su espalda impidiéndole liberarse para sacármelo. Yo estoy llegando a mi clímax en ese preciso instante y mi cadera se desboca con movimientos penetrativos incontrolables, el lucha por sacarlo -para no irse en mi interior- y solo lo logra a medias, pero en ese preciso instante… pierdo el control y por arte de la mala ejecución de un movimiento angustioso: ha habido un resbalón accidental y he terminado con su cabezota incrustada en mi ano, plenamente, radicalmente. La desesperación me hace realizar movimientos discordantes y lo único que consigo es enterrármelo más.

Mi grito angustioso ha debido escucharse en todo el hotel. Mis murmullos de placer se han trocado en alaridos incontrolables. Es un momento caótico. Mi orgasmo en curso, ha cambiado de rumbo, cuando mi culito -ex virginal, ahora- está siendo abierto desaforadamente por ese instrumento implacable.

Todo ha sucedido en breves segundos que a mí me parecen horas. Para completar el malhadado momento, Jorge ha comenzado a acabar y su pene resbala sobre esa babosa superficie que su semen ha dejado y se ha terminado de incrustar, más que nada, impulsado por la opresión que nerviosamente mis propias piernas no han cesado de ejercer sobre sus riñones.

Mis desesperados movimientos, al fin, terminan por expulsarlo de mi intestino.

Solo acierto a encogerme como un feto, con mis manos entre mis nalgas, estremecida de dolor, con las lágrimas brotando de mis ojos y sintiendo un intenso puyazo que me hace aullar y desfallecer por momentos. Mi abertura late adolorida durante un buen rato. Poco a poco empieza a ceder el desfallecimiento, al abrir mis ojos lo veo allí mirándome con ojos desorbitados, solo atino a pegarle un puntapié en el pecho, con todas las fuerzas que pude reunir, a gritos destemplados le pido que busque mi espejito de maquillaje en mi cartera y que encienda la luz.

Con este artilugio, auxiliar de mi embellecimiento, observo mi anito para ver si lo tengo roto, pero no, solo esta enrojecido, abierto y rezumando leche.

-¡Eres un bruto! le digo con la cara más brava que soy capaz de poner.

Él está aterrado. Su cara demuestra el pavor de haberme causado algún daño. Me quedo por un rato en la misma posición hasta que el dolor cede casi completamente. Comienzo a moverme lentamente hasta estar segura de que no tengo otro daño que mi culo desvirgado. De allí, solo sigue saliendo unas gotas de semen sin rastro de sangre. Me tranquilizo. Me lavo profusamente en el lavamanos. El dolor ha remitido, solo siento mi agujerito resbaloso y un poco de ardor.

Me visto silenciosamente sin mirarlo, con cara hosca. Él, desnudo sentado sobre la cama me mira de reojo sin atrever a moverse, como niño castigado por una mala acción.

A medida que pasan los minutos, el desconcierto, el furor y el temor se alejan, caigo en cuenta de lo chusco de la situación, mi sentido del humor reaparece prevaleciendo sobre lo inusitado de la circunstancia que ha llevado a que un desconocido haya obtenido de mi cuerpo lo que tanto he resguardado en mis treinta y tres años de vida, aun a expensas de muchos desvelos que incluyeron muchas veces, literalmente: no quedarme dormida.

Al abrir la puerta para salir ya estoy recuperada anímicamente -aunque mis nalgas resbalosas me recuerdan que algo grande pasó entre ellas y desde allí le digo:

-Espero que mañana me hagas un buen descuento en mi pedido.

El comprendió que todo estaba perdonado y olvidado. Sonrió con un suspiro de desahogo.

Son casi las cuatro de la mañana, mis agujeros supuran semen que está siendo recogido por mi vestido. Conduzco por las desiertas calles sonriendo al recordar todo lo que me ha pasado desde que salí de la casa en la tarde del día de ayer.

Mi desprendimiento súbito y radical de la necesidad afectiva que me ataba a Leonardo; la emoción; el atrevimiento; el placer descomunal; lo puta que soy en realidad (tomo nota) y mi terrible desvirginamiento anal. Se me sale una carcajada al recordar el momento patético y extrañamente sensual que aún me hace estremecer.

LA VIDA ES CRUEL Y TRAICIONERA.

Abro con el control remoto la puerta del estacionamiento. Quedo petrificada. Casi sufro un infarto (que no me da, seguramente, por haber sido atenuado por los restos de mi ebriedad)… en el estacionamiento está aparcado el carro de Leonardo.

-¿Qué es esto? Me pregunto muchas veces con los ojos desorbitados y la boca reseca por el pánico.

El peo es de pronóstico. Nos insultamos y nos agredimos verbalmente. Para qué recordar algo tan siniestro, escabroso e indigno de lo que sentimos por nosotros, pero los celos son así.

Al día siguiente al levantarme de la cama, corro a ver si Leonardo- que había dormido en el otro cuarto- aún sigue allí. No. Se ha marchado. Por la radio oigo que el derrumbe que causó el cierre temporal del paso hacia el centro del país, ha sido removido. El paso esta expedito.

Quizás ya no regrese más. La herida causada por la infidelidad es incurable… a veces, no siempre… pero tarda en sanar, si sana… Siento un inmenso sentimiento de pérdida definitiva y me echo a llorar sobre la cama por todo lo que se ha ido con mi amor…

A las nueve de la mañana, puntualmente, abro el negocio.

Jorge llega a las diez y toma mi pedido, me otorga un gran descuento y se compromete personalmente a que mis envíos no tengan fallas y sean enviados antes que a mi competencia. Quedamos en reunirnos alguna vez, sin compromisos, ni alianzas. No hay regalos, recuerditos, ni flores, la próxima vez quizás será mejor…

EPÍLOGO

En esas ciudades pequeñas no hay nada que se pueda esconder eficientemente, todo se llega a saber.

Para mediodía todo el mundo ya sabe mi historia, todo el pueblo sabe la verdad de que me le había resbalado a un forastero y mi marido, al darse cuenta, me había abandonado…

-¿Por qué la abandonó el marido?: -Por puta, pues.

-¿Quien la manda de buscona?: –Pero comadre, ¿A quién se le ocurre dejar solita a una mujer tan hermosota como esa…? Por eso es que pasan las cosas…la culpa no es de ella solamente: El hombre es fuego, la mujer es estopa y llega el diablo y sopla.

FIN DE ESTE PEDAZOTE.

leroyal es mi firma…

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