La iniciación

Allí estaba yo, en la estación de autobuses de Alicante, sucia, con olor a gasoil y cientos de personas pasando sin darse cuenta de que el chico que estaba sentado en un banco era en realidad una zorrita esperando a alguien… que quizá apareciese, o quizá no.

Pero, ¿qué me llevó a esa situación?

Todo comenzó hace ya muchos años, cuando apenas contaba con 18 añitos. Ya en esa época empecé a fantasear con travestirme y entregarme a un “macho”. No obstante, la entrada en la universidad y el conocer a gente me hizo desengancharme de esas sensaciones, ocultarlas en realidad. Tanto es así, que me eche la novia que aun hoy conservo.

Pero hace aproximadamente 6 meses empezaron de nuevo las fantasías. Así que me empecé a meter en el chat de “travestis”. Normalmente toda charla acababa en una paja fácil, imaginándome ser la zorra de uno de los chicos del chat. Pero un día me sincere con uno de ellos, contándole que me gustaba imaginarme vestida de chica, con un buen hombre al lado que me sometiera a sus caprichos, y que me “obligara” a hacerle de todo. Tras un rato de charla, descubrimos que éramos de la misma zona de Alicante. Yo de Novelda, el de Alicante capital.

Nos dimos nuestros emails, y nuestras charlas continuaron vía chat un par de meses. En esas charlas le contaba mis inquietudes y mis miedos a la hora de quedar con él: ser rechazada, no ser atractiva para él, rajarme en el último momento, etc.

Sin embargo, lejos de desesperarse, me dio total y absoluta tranquilidad, nunca me forzó a quedar, y encima seguía hablando conmigo.

Era un chico soltero, de 35 años (unos cuantos más que yo, lo cual me atraía), y según decía, con una herramienta de 18cm,,, nada despreciable y a la vez, asumible para mi virgen culito.

De ese modo, a los 8 meses, nos decidimos a quedar.

Yo iría vestido de chico, pero de una determinada forma: vaqueros, sudadera roja, y estaría leyendo un libro en la estación de bus, sentado en un banco. Si no le gustaba, simplemente se iría tras verme, sin decirme nada, y ahí acabaría nuestra relación. Si le gustaba, él en su casa tendría ropa y maquillaje para mi, para que me feminizara, y lo haríamos sin prisa.

Por eso, decidimos quedar sábado por la tarde, a las 6. De esa forma, yo podría decir que me iba a la casa de unos amigos a cenar y pasar la noche, y nadie sospecharía.

Y allí estaba yo, en la estación, nervioso como un flan, con mi ropa tan fácilmente identificable, no sabiendo bien si deseaba escuchar mi nombre de chica en mi oído (Silvia), o si simplemente deseaba irme a mi casa sin que nadie apareciera.

La gente pasaba, y no había forma de saber quien podía ser mi “macho”…

“En fin, será mejor que me vaya. Han pasado más de 10 minutos y no viene nadie… mejor, así no tendré nuca el arrepentimiento de no haber venido, pero se me irá esta absurda idea morbosa de la cabeza…”

– Hola, Silvi (y el roce de los labios me derritió…)

CONTINUARÁ.

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