La mamá de mi novia

Tenía yo una novia hace bastante tiempo… yo tenía 15 años y
ella 17. Aún estaba en la secundaria, y cuando volvía de la escuela por la tarde
nos veíamos y ella usaba el jumper escolar de su uniforme. Me calentaba como
loco, no sólo por su juventud sino por su cuerpo bastante bueno, sobre todo su
culo y sus tetitas, y además porque el sexo le encantaba… prácticamente me
había pedido a gritos que la desvirgue, ya que yo la conocí a los 16 años,
estando ella muy ocupada con cuestiones religiosas que por supuesto dejó
prontamente, para dedicarse al sexo con sumo interés.Ya les contaré algunas
experiencias con ella, pero lo que voy a relatar tiene más que ver con su madre.

Era ella muy joven, en ese momento tenía 38 años, y estaba casada con el padre
de mi novia, un mecánico que quizás la engañaba, o por lo menos llegaba bastante
tarde cada día y se iba bien temprano. Esta señora estaba un poquito gordita y
por ello bastante amargada, pero tenía unos ojos con la misma forma que los de
su hija, pero no tan hermosos como los de ésta, ya que eran oscuros y no
celestes, pero sus tetas eran interesantes y su culo, si bien amplio, no dejaba
de estar bien formado.

Yo la miraba cada vez que podía, y apreciaba sus formas maternales y rotundas, y
su dulzura que no dejaba lugar a dudas de que un amante sería muy bien tratado.
Teníamos buen diálogo y bromeábamos mucho, incluso yo la hacía reír bastante con
mis salidas. No había recibido muchas señales sexuales de ella, salvo alguna
insinuación de su escote al servirme algo, o un roce casual en la terraza al
colgar la ropa, nada demasiado sustancial. Pero un día estábamos de vacaciones
en Uruguay, de donde eran originarios todos, el padre y la madre, mi novia y su
hermana menor.

Habíamos quedados solos en la casa, no recuerdo bien por qué circunstancias. Yo
me había levantado de la cama, y la encontré en la cocina, donde enseguida que
me vio me ofreció un té y hablamos de nimiedades. En eso estábamos cuando reparé
que tenía puesto un camisón que dejaba ver sus magníficas tetas, y adivinar una
bombacha bastante atrevida sobre su trasero grande pero firme. Me llamó la
atención enseguida pero, sin dejar de mirarla, me hice el tonto, y seguí
hablando como si nada. ¿Me enviaba varias indirectas o me parecía a mí? Me decía
que la familia iba a tardar un rato, que estábamos solos y demás. De pronto, me
arrojó una granada de mano: Me preguntó que tal me llevaba sexualmente con su
hija. De más está decir que me quedé mudo, pero atiné a decir que bien, que era
muy apasionada la relación.

Ella entonces me hizo saber que estaba insatisfecha, que su marido ya no la
tocaba y ella pensaba que era porque estaba excedida de peso. Le respondí que si
bien tenía algún kilito de más, era muy deseable y cualquier hombre estaría
dispuesto a acostarse con ella. Entonces ella, apartando el té, simplemente me
capturó la pija con una mano, a través del pantalón, y con la otra empezó a
desabotonarme la camisa. Mi sexo estaba erecto, debido a la vista anterior y a
la situación, pero estaba asustado de que nos pudieran descubrir y quería
zafarme. Intenté en vano, ya que enseguida me sacó el miembro de su encierro y
se lo llevó a la boca con desesperación. Respiraba fuertemente, y algunos
movimientos me recordaron a su hija. Se enterró mi poronga hasta los pelos, y al
sacarla me mordía un poco.

Lamía la cabeza en espiral, rozaba el borde del glande y suspiraba de tal manera
que sucumbí. Ya no recordaba a nadie ni nada. Sólo gozaba, sintiendo su boca
cálida y persistente y ella, arrodillada a mi lado, succionaba como si en ello
le fuera la vida. Por supuesto, a los pocos minutos de semejante tratamiento no
resistí más y acabé, sin que ella soltara la presa. Es más, decía mmm…
mmmmm… y recibía la leche a borbotones mientras yo gozaba en un magnífico
orgasmo. Luego se levantó, y se escupió en la mano la leche que había recibido,
y, sacándose el camisón con gesto enloquecido, bajándose la bombacha con mucha
prisa, se mojó la vulva y las caderas con el líquido, suspirando y moviéndose
sin parar.

Me besó, y sentí en su aliento el olor de mi pija y en su lengua el sabor salado
de mi semen. No me importó, para entonces ya estaba tan loco como ella, y quería
darle un orgasmo tan bueno como el que ella me había brindado. No recordaba
quién era, sólo era una hembra caliente y yo un macho dispuesto a hacerle el
amor. Ella intentaba chupar nuevamente mi pene, pero éste había quedado en un
estado intermedio y no podía introducirlo aún, así que opté por masturbarla un
poco, acostándola en la silla con las piernas abiertas, intercalando lamidas en
los pezones. Noté que iba gozando varias veces, y con la lengua sentía sus
sabores más recónditos.

Endureciéndola, penetraba levemente su ano, lo que arrancaba gemidos y
movimientos pelvianos muy elocuentes. Al rato, sentí que mi pija ya estaba en
forma y me preparé para penetrarla. No fue difícil, entre el flujo natural y mi
saliva había lubricación de sobra. Creo que la hija era un pálido reflejo de la
madre en cuanto a moverse con un falo dentro… Lo hizo rebotar contra el ano,
lo frotó incesantemente en el clítoris, se revolvió en círculo, me montó luego y
se movía hacia atrás que casi me lo arrancaba, me arañaba el pecho y no parecía
dejar de tener un orgasmo tras otro. Creo que allí se puso al día, el hambre
sexual que padecía era de años, seguramente. Yo me sorprendía: qué raro era que
el hombre que era su marido no apreciara esa fogosidad… pero, así son las
parejas, sobre todo de años y aburridas.

Al fin, me permitió acabar a mí, cosa que hice en lo más profundo de sus
entrañas. No se lavó; tal como lo hacía la hija, conservó el semen en su vagina
y se vistió. No hablamos mucho, pero quedó un secreto entre los dos, que las
miradas constantemente recordaban. Luego, en días sucesivos, me despertaba a
veces en mi cuarto con su lengua en la cabeza hinchada de mi pija, y era mi
leche como agua para su boca sedienta. Otra vez, se acostó a mi lado, y con
saliva lubricó su ano, donde insertó mi sexo sin demora. Ese día, le llené el
culo dos veces seguidas, ya que me apretaba mucho más con su esfínter, y no dejó
a mi erección perderse.

Cuando la saqué salió un chorro de leche que me llamó la atención, con mucha
fuerza. Luego, riendo, hizo mención mucho más tarde, en la cena, a que la comida
del lugar le había provocado constipación, pero que había encontrado un remedio
infalible. Casi me atraganto con la comida, y mi novia me golpeaba la espalda…
Ese era otro problema, ya que no cumplía tan bien como antes con mi chica. Lo
atribuí al clima caluroso y a la playa y ella me creyó. Continúe cogiendo a
madre e hija un buen tiempo durante las vacaciones. Entraron a la vez en los
días menstruales y aproveché a descansar, a pesar que mi novia quería más que
nunca tener sexo, lo que solucioné heciéndole reverendas pajas que me dejaban la
mano roja de sangre.

La madre me informó del caso y no reclamó nada, pero un día apareció en el baño
mientras me duchaba y se arrodilló a mamármela, haciéndome acabar sobre sus
tetas sudorosas por el calor del lugar. Gozó pasándosela por los pezones
mientras salía el líquido tan apreciado por ella.

Tuve que cortar con esta doble relación cuando vi que se empezaba a poner celosa
de su propia hija. Antes de ello, ceremoniosamente le hice el amor en una
habitación vacía, un día que yo había vuelto solo de la playa con la excusa del
sol excesivo. Paseé por todos sus orificios, le solté mi leche en la boca, y
luego un poco en la concha y en el culo donde la inserté mientras estaba
gozando.

Luego usé mi lengua y mis dedos por horas, hasta que me pidió que no siguiera,
lo que hice luego de obligarla a chupármela una vez más. Acabé en su garganta y
la mantuve la cabeza apretada para que tragara toda esa última carga, que no era
mucha. Tosió un poco y se enojó porque le había quedado el esperma pegado y no
podía terminar de pasarlo, pero luego, exhausta, se fue a dormir luego de
besarme tiernamente. Luego de esto, traté de esquivarla todo lo posible, a lo
que ella se dio cuenta de mi rechazo y no volvió a intentarlo.

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