La mosquita muerta

Llevo 15 años trabajando para la administración en un gran ayuntamiento. He ido de contrato en contrato, infringiendo la normativa año tras año. Pero hay que comer.

Los responsables políticos, supuestos garantes de la ley, en vez de hacer lo que tienen que hacer se han dedicado a contratar personal laboral, a dedo, para asegurarse unos míseros votos, en vez de sacar, como marca la norma, ofertas de empleo.

Por fin hace unos años los sindicatos consiguieron forzar al alcalde de turno a que sacara un plan de empleo. A que creara las plazas para más de 500 compañeros y compañeras que, como yo, llevamos años trabajando sin que se nos diera la oportunidad de obtener una plaza fija. Años con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas, con el temor a que cualquier nuevo partido nos echara a la calle para meter a su gente, como así les ha pasado a muchos.

Fue motivo de alegría que por fin se nos crearan las plazas. Pero toda nuestra alegría se tornó en miedo cuando comenzó la crisis. Después de tantos años esperando, mi plaza se convoca en el peor momento posible. Millones de parados. Gente que no se presentaría en condiciones normales a una plaza de auxiliar ahora se agarrarían a ella con uñas y dientes.

Empecé a estudiar como una loca. A la plaza que ocupo se presentaron más de 3.000 personas. El mundo se me cayó encima. Tengo 43 años. Soy auxiliar administrativo y llevo toda mi vida trabajando. Volver a estudiar se me hizo difícil. Sabía que hay mucha gente que sólo se dedica a prepararse oposiciones. En mi mente sólo había una cosa. Que suspendería el examen. O que lo aprobaría, pero alguien de fuera sacaría más nota que yo. Me iría a la calle, sin derecho a indemnización alguna. Sin perspectivas de conseguir otro empleo tal y como está el país.

Pero estudié, estudié, estudié. Hace cuatro meses salió publicada la composición del tribunal y la fecha del examen. Seguí estudiando, pero a medida que se acercaba la fecha mi desazón aumentaba. Me sabía el temario, pero estaba llena de dudas. Alguien sabría más que yo. Yo sé todo sobre mi trabajo. Llevo haciéndolo 15 años. Pero vendría cualquiera de fuera, que no sabe nada sobre él pero se sabe de memoria, coma a coma, los temas y sacaría más nota que yo.

Un día, después de tomarme un café, me crucé con él. Es un técnico del departamento de urbanismo. Había sido nombrado presidente de mi tribunal. Lo conozco desde siempre. Ya trabajaba en el ayuntamiento cuando yo entré. Debe de ser de mi misma edad, más o menos.

-Hola Juan.
-Hola Ana.

Mi relación con él era poca. Nuestros departamentos están separados y nos encontramos pocas veces. No suele ir mucho a las cenas de Navidad. Es calladito. Bastante tímido. Recuerdo como se puso colorado en una de las cenas a las que fue cuando una compañera trató de sacarlo a bailar. No lo consiguió y el pobre se puso como un tomate. Quizás por eso va poco a esas cenas.

De lo que sí me he dado cuenta es de como me mira cuando nos cruzamos o nos vemos. Lo hace con disimulo. Sobre todo me mira las tetas. Soy delgada, pero tengo un buen par y me gusta lucirlas. Suelo llevar camisas ajustadas. A pesar de no ser ya una jovencita, estoy orgullosa de mis tetas. Y me gusta que me miren.

Ese día, cuando nos cruzamos, me echó una rápida mirada antes de seguir su camino. Entonces, se me encendió una lucecita.

-Oye, Juan. ¿Ya tienes el examen hecho?
-¿Cómo?
-Eres el presidente del tribunal de mi plaza, ¿No?
-Esto… sí.

Le miré a los ojos. No aguantó mi mirada.

-¿Y no lo tienes ya preparado?
-No…No…Estamos…los miembros, preparándolo aún.
-Ah. Bien.

Seguí mi camino, y él el suyo. Llegué a mi mesa y empecé a pensar. A mi mente vinieron todas esas películas en las que una mujer despampanante hace lo quiere con el protagonista. Como se lo caramela, como juega con él, como se insinúa para conseguir de él lo que quiere a cambio de nada. Pensé que con Juan podría conseguirlo. Si me hacía la encontradiza, si me insinuaba y le daba esperanzas quizás me diese las preguntas. Eso me salvaría. Iría sobre seguro.

Lo veía como a esos tipos de las películas. Un tonto que no sabe decirle que no a una mujer bonita, dispuesto a todo por agradarla. Estuve un par de días rumiando la idea. Me fijé y me di cuenta de una cosa. No era la única que había tenido esa o perecida idea. Enseguida comprobé que muchas de mis compañeras que también se presentaban a las oposiciones estaban más amables de lo habitual con los miembros masculinos del tribunal. Vi a más de una hablando con Juan, sonriéndole.

Cabronas, pensé. Intentaban jugar sucio. Me dio rabia que intentasen aprovecharse de él. Yo lo vi primero. Era mío. El resto de los miembros del tribunal me parecieron menos accesibles. Él era perfecto. Unas ligeras insinuaciones, un buen escote y me daría lo que le pidiese.

Fui a su despacho a verle.

-Hola Juan. ¿Qué tal?
-Bien. ¿Y tú?
-Bien. Un poco nerviosa.
-¿Por?
-¿Cómo por? Por el examen. Me juego mucho.
-Tranquila, si estudias seguro que lo apruebas.
-Ya. Pero es mucha gente. Ahí fuera hay muchos que llevan años preparándose. Tengo miedo.

Le miré a los ojos. Solo aguantó la mirada un segundo.

-Últimamente tienes muchas pretendientes.
-¿Qué?
-Me he fijado en como te acosan. Seguro que más de una te lo ha pedido.
-¿Pedirme el qué?
-¿Estás jugando conmigo, Juan?
-No. Es que no te entiendo, Ana.
-Sí que me entiendes. Seguro que te han pedido que les des el examen.

Se puso rojo.

-¿Te lo han pedido, verdad?
-Sí. Alguna ha insinuado algo así. Pero eso no va a pasar.
-Eres un chico serio.
-Sí.
-Y yo soy una chica seria.

Cogí aire. Hinché mis pulmones y eché los hombros hacia atrás. Sus ojos se clavaron un milisegundo en mis tetas.

-¿Te gustan?
-¿Qu…qué?
-Mis tetas. Siempre me las miras.

El pobre estaba como el granate. Vi como tragaba saliva. Lo rematé. Me llevé las manos a las tetas y me las cogí.

-¿Sabes? A pesar de mis añitos se mantienen duras y nada caídas. ¿No te parece?

Miró mis manos. Me miró a mí. Seguro que su corazón latía como loco.

-No sé qué te han prometido las demás. Pero yo podría estarte muy agradecida si me echas una mano. Muy, muy agradecida. Sería muy buena.

Tragó saliva. Solo tenía que empujarle un poquito más y lo tendría comiendo en mi mano.

-Te dejaría tocar esto que tanto miras, Juan – le dije cogiéndome las tetas otra vez -. Todo lo que quieras.

Me las miró. Esa vez no apartó la mirada. Sus ojos se quedaron clavados en mis tetas. Ya era mío.

-¿Qué? ¿Serás bueno conmigo, Juan? ¿Me echarás una mano con el examen?

Me miró a los ojos. Seguía rojo como un tomate.

-A ver si lo he entendido, Ana. ¿Me estás diciendo que si te doy las preguntas del examen me dejarás tocarte las tetas?
-Chico listo. Sí. Eso mismo te estoy diciendo.
-¿Cuándo?
-Cuando apruebe.
-Jajajajajaja.

Su risa me hizo erizar el vello de todo el cuerpo.

-¿Me has tomado por tonto, Ana?
-No…no… claro que no, Juan.
-¿Quieres que arriesgue mi puesto de trabajo, mi carrera, por tocarte las tetas? ¿Crees que soy tan tonto como para hacer eso?
-Juan… yo…
-Claro, claro. Soy Juan. El callado, el tímido. Todas os creéis que con unas miraditas pícaras y unas cuantas insinuaciones me tendréis babeando como un perrito faldero.

Estaba sorprendida. Jamás pensé que Juan me pudiese hablar así. Seguía rojo, pero no se callaba.

-Venís aquí, con veladas promesas, con sonrisitas, ronzando vuestros cuerpos conmigo. ¿Crees que soy tan idiota como para pensar que una vez que apruebes me dejarías hacerlo?
-No te engañaría Juan. Cumpliría el trato.
-Sí claro. Ana. No me vendo por unas tetas bonitas.

Me miró fijamente. Su mirada era dura. Me sentí estúpida. Me levanté lentamente. Ahora era yo la que no me atrevía a mirarle a los ojos. Me di la vuelta y empecé a salir de su despacho.

-Lo quiero todo, Ana.
-¿Qué? – pregunté, sin girarme.
-Ya me has oído. No quiero solo tocarte las tetas. Lo quiero todo de ti. Y lo quiero ya. Antes del examen.

Había ido a por lana y había salido trasquilada. Ese…cabrón me tenía en sus manos. Pero me rebelé.

-Esto… es un error. Por favor. Olvida que he venido.
-Tú misma.

Salí con paso rápido. ¿Qué se creía ese cretino? ¿Qué clase de mujer pensó que era yo? Llegué a mi mesa. Estaba alterada.

“La clase de mujer que se ofrece a cambio de un favor” – pensé. “Tienes lo que te mereces”.

Traté de olvidarme del asunto. Pero cada vez que me cruzaba con él me miraba. Fijamente. Antes no lo hacía. Seguí viendo como otras compañeras seguían acaramelándolo. Seguro que alguna accedería y tendría lo que yo no obtuve.

Pasaron los días. Cada vez quedaban menos días para el primer examen. Y cada vez estaba más nerviosa. Mi miedo no hacía más que aumentar y aumentar. Lo vi todo negro. Me vi en la calle, sin posibilidad de encontrar otro trabajo tal y como estaban las cosas por la maldita crisis.

Hasta que no pude más. Me estaba jugando demasiado. Era mi futuro. Me sabía el temario, de ‘pe a pa’. Sé que hago bien mi trabajo. Pero el miedo, el temor a ser superada por alguien que llevaba años estudiando cuando yo llevo toda mi vida trabajando no me dejaba dormir.

Así que cuando faltaban dos semanas para el día señalado, respiré hondo y fui al despacho de Juan. Justo yo llegando salía un de mis compañeras. La maldije mentalmente. La puse de zorra para arriba, para mis adentros. Eso a pesar de que yo iba, seguramente, a hacer lo mismo que ella. Entré.

-Hola Juan.
-Hola Ana. ¿Qué tal?

Por sus ojos supe que él sabía exactamente para lo que yo estaba allí. Me miró fijamente a los ojos. Su mirada me hizo estremecer. Desde luego no parecía el Juan que yo conocía, tímido y callado.

-Bien. Lo que hablamos el otro día…
-¿Sí?
-Eres un cabrón. Te estás aprovechando de mí. Pero no tengo otra salida.
-¿Un cabrón yo? ¿Qué me estoy aprovechando? No fui yo el que vine aquí, exhibiendo mis tetas, con miraditas pícaras, pretendiendo conseguir el examen. Pensaste que Juanito caería rendido a tus pies y que te daría lo que me pidieses. ¿Quien quería aprovecharse de quien?

No pude contestarle. Tenía razón. Sólo pude agachar la mirada.

-¿Lo harás? – pregunté tímidamente.
-¿Si haré el qué?
-Darme las preguntas del examen.
-¿Es que no has estudiado?
-Sí, llevo meses estudiando. Me lo sé todo.
-¿Entonces?

Me empecé a frotar las manos. Noté que empecé a temblar. Luché por no llorar. No quería rebajarme tanto. Quería mantener mi dignidad. Pero no pude evitar que mis ojos se humedecieran

-Estoy asustada, Juan. Si no apruebo, si no paso, me quedaré en la calle. Y no conseguiré trabajo en ningún sitio. No con mi edad y tal y como están las cosas.
-Sí, la cosa está jodida. Muy jodida.

Cerré los ojos. Noté el calor de mis lágrimas caer por mis mejillas. Él me vio.

-Tranquila, Ana. Si has estudiado seguro que pasarás la prueba.
-Quiero estar segura Juan. Tengo que aprobar y sacar buena nota. Tengo que aprobar.
-¿Sabes lo que me juego yo? ¿Sabes lo que me pasaría si se llegase a saber?
-Lo sé.
-Y aún así me lo pides.
-Sí.
-¿Sabes lo que quiero a cambio?
-Lo sé – dije, bajando otra vez la mirada.
-¿Estás dispuesta?
-Lo estoy. Necesito aprobar.
-Ya te dije el otro día que lo quería todo. Y antes del examen.
-Lo recuerdo. No confiaste en mí. ¿Por qué debo yo confiar en ti? ¿Quién me dice que después de…eso no me mandarás a paseo?

Me miró. Fijamente. Se puso una mano en la cara, como pensando.

-Ummm, ya veo por donde vas. Me dijiste que tú cumplirías el trato. Yo también lo cumpliría, Ana. Pero se me ocurre una cosa.
-¿Qué cosa?
-¿Son 40 preguntas, no?
-Sí.
-Te daré 10 preguntas después de cada vez. Cuatro veces y tendrás las 40 preguntas.
-¿Cuatro veces? Eres un cabrón, Juan.
-Lo tomas o lo dejas. Me juego mucho, Ana.
-Está bien, Juan. 4 veces, pero…
-No – me cortó – Sin peros. Harás todo lo que yo desee.

¿Qué podía hacer yo? Estaba a su merced, y el muy hijo de puta lo sabía. Sabía lo que me yo jugaba y se aprovechaba. Bajé la mirada.

-Tú ganas, Juan.

Me miró y sonrió. Se acercó a su ordenador y estuvo tecleando unos segundos. Su impresora empezó a hacer ruido y una hoja salió. La cogió. y me la enseñó, guardándola enseguida en su bolsillo.

-Son las primeras 10 preguntas. Si las quieres, te espero dentro de cinco minutos en el sótano. Que nadie te vea bajar.
-¿Aquí? ¿Estás loco? Mejor en mi casa.

Se levantó y salió del despacho. Cuando salía por la puerta, me miró.

-Cinco minutos. Si te retrasas nos olvidamos del asunto.

Y se marchó, dejándome allí, pasmada. No sólo quería follarme o hacer lo que desease cuatro veces, sino que además quería hacerlo allí, en la oficina. Me quedé sentada, maldiciéndolo mentalmente.

Respiré hondo. Me resigné. Era tanto lo que me jugaba que me dije que abrirme de piernas para aquel cabrón cuatro veces no era tan malo. Que seguro que se correría enseguida. Las mujeres llevamos miles de años mirando al techo mientras el macho de turno bufa sobre nosotras, nos llena e coño y se da la vuelta, satisfecho. Podría soportar eso cuatro veces. Ya lo hice muchas veces antes de divorciarme.

Me levanté y empecé a caminar, dirigiéndome hacia el ascensor. Intenté parecer despreocupada, tranquila, aunque por dentro estaba hecha un flan. Me aseguré de que nadie se fijaba en mí cuando se cerraron las puertas. El ascensor comenzó a bajar hacia el sótano. Allí no trabajaba nadie. Era la zona de archivo. Generalmente está vacía, apareciendo alguien de vez en cuando para dejar o coger algún expediente.

Se abrieron las puertas y salí. Él estaba allí, mirando unos papeles. Me miró. Fijamente. Y sonrió. Me hizo una seña, indicándome que había otra persona. Para disimular, también yo me puse a buscar en unas cajas. La persona era Juanita, una compañera de otro departamento.

-Hola Ana. Uf, hoy voy de culo. Menos mal que encontré estos malditos expedientes. Chao.

Se fue corriendo y subió por las escaleras. Nos quedamos Juan y yo solos. Me miró y pasó por mi lado.

-Sígueme – dijo.

Fui detrás de él hacia el fondo. Allí había una puerta. No sabía que había detrás. Él abrió y entró. Yo entré seguidamente y Juan cerró la puerta.

Estaba oscuro y olía a humedad. Se encendió la luz y comprobé que era una especie de almacén. Por su aspecto no se usaba mucho.

-¿Es aquí en dónde me quieres follar? – le dije, mirándole a los ojos

Se puso rojo. Volvió a parecerme aquel chico tímido al que creí poder engatusar con mis encantos.

-No. Aquí no te voy a follar, Ana.

Siguió rojo, como un tomate, pero me aguantó la mirada.

-¿No? ¿Qué quieres entonces? ¿Que te cuente un chiste?
-No. Quiero que te arrodilles delante de mí.
-Ah, es eso. Quieres una mamada.
-No, Ana. No quiero una simple mamada. Quiero usar tu cara. Usar tu boca.

Me miró a los ojos. Le brillaban.

-Está bien. Terminemos de una vez.

Me arrodillé en el suelo. Juan se acercó a mí, hasta quedar a escasos centímetros de mi cara. Yo miraba hacia un lado.

-Agáchate más. Descansa tu culo sobre los talones.

Obedecí. Mis ojos seguían clavados en una repisa llena de papeles viejos.

-Mírame, Ana.

Levanté la cara y le miré a los ojos. Seguía colorado, mirándome. Inconscientemente mis ojos se fijaron un instante en su bragueta. El bulto de su polla era muy evidente. El muy cabrón ya la tenía dura.

-¿Sabes Ana? Muchas veces te he imaginado así. De rodillas delante de mí. Y ahora por fin te tengo.
-Por favor, terminemos cuando antes.
-De eso nada. Voy a disfrutar cada instante. Mira como tengo la polla.

Miré otra vez. Ahora mis ojos se quedaron una par de segundos mirando. Tenía bragueta a menos de 10 centímetros de mi boca.

-¿Qué? ¿Te la chupo o no te la chupo? – le dije, con desdén.
-Acerca tu cara.

Volví a obedecer. No tuvo más que moverse un poco para que su pantalón tocara mi cara. Noté la dureza de su polla. Entonces empezó a moverse, a restregarse contra mi cara. Me pasó su bulto por todas partes. Desvié la mirada.

-Quiero que me mires, Ana. Mírame a los ojos.

En esos momentos tuvo que ver el odio en mi mirada, pero eso no le impidió seguir restregando su polla por mi cara. Estuvo más de dos minutos así. Después, se separó un poco.

-Sácame la polla. Sin dejar de mirarme.

Levanté las manos y las llevé a su cinturón, dispuesta a abrírselo. Pero me detuvo.

-No. Solo bájame la bragueta y sácame la polla y los huevos.

Se puso otra vez rojo, pero aún así me seguía mirando con aquellos ojos, intensamente. Pensé que estaba luchando contra la timidez que siempre había mostrado. Imaginé que se veía poderoso en ese momento. Que me sabía a su completa merced. Y que todo eso le daba fuerzas para seguir.

Sin apartar mi mirada de sus ojos, empecé a bajarle la bragueta. Metí la mano y con los dedos bajé el calzoncillo. Mis dedos tocaron el tronco de su polla. Estaba caliente y muy dura.

Me costó mucho sacarla. La tenía toda hacia un lado. Cuando por fin la saqué y la miré sentí como un estremecimiento recorría mi cuerpo. La polla de Juan era una señora polla. Gruesa, marcada por hinchadas venas. Y larga. Era la polla más grande que había visto en vivo en mi vida.

-Joder, Juan. Vaya pedazo de polla que tienes. Qué calladito te lo tenías.
-Jajaja. No es algo que se ponga en las tarjetas de visita. “Juan Álvarez. Buena polla.”

En otras circunstancias me hubiese reído. Pero no estaba para risas. Mis ojos iban de los suyos a su polla. Ésta daba saltitos sola delante de mi cara.

-Haz lo que te dije. Sácame también los huevos.

Metí la mano y saqué sus dos huevos. Ahora la polla lucía aún más impresionante.

-Pon las manos en tus muslos. Levanta la cara hacia mí.

Lo hice. Quedé ofrecida. Cómo una plebeya delante de su rey. Se acercó y sentí la suavidad y el calor de la piel de su polla en mi mejilla derecha. Empezó a moverse, a pasarme su dura polla por la cara. Por mi frente. Por ambas mejillas. Cuando la pasó sobre mis labios me llegó su olor. Olor a jabón, pero también ese característico olor a hombre. Olor a polla.

Juan me miraba, disfrutando al pasear su polla sobre mí. La dejó sobre mi cara. Noté su peso. Sus huevos quedaron sobre mi boca.

-Ummm, Ana. Soñé este momento incontables veces.

Siguió un rato así, simplemente mirándome y pasando su dura polla sobre mí. Después se la agarró con la mano derecha y me dio golpecitos con ella, sobre todo en la nariz. Sonreía.

Se la soltó. La mano la llevó a mi cabeza. Y tiró de mí hacia su polla. La punta chocó con mis labios.

-Abre la boca.

Mirándole a los ojos, la abrí. Y empezó a meter su polla en mi boca. Tuve que abrirla al máximo para que su gruesa barra entrara. Pero solo pudo meter menos de la mitad de aquel pollón. No cabía más.

Y como me había dicho, usó mi boca. Con la mano hizo mover mi cabeza adelante y atrás, haciendo que su polla entrara y saliera.

En ese momento me di cuenta de una cosa. A pesar de que sabía que me estaba usando, que se estaba aprovechando de mí, me gustó cómo me miraba. Tenía un brillo especial en sus ojos. En como los entornaba por el placer que sentía.

-Ummm, que boquita tienes, Ana. Me encanta follarte la boca.

Me soltó la cabeza y se empezó a mover, adelante y atrás. De vez en cuando me la sacaba y la volvía a pasear por mi cara, pero solo para volver a meterla y continuar follándome la boca.

Yo no tenía que hacer nada. Simplemente estar arrodillada, quieta, mirarle a los ojos y dejarle hacer a él. Me acarició la cara, con mimo. Pasó su mano por mi cabello. Lo hizo con suavidad.

-Ahora tú – me dijo – Cómeme la polla, Ana.

Se quedó quieto y fui entonces yo la que se empezó a mover. Moví mi cabeza adelante y atrás. Dejé mis manos apoyadas en mis muslos.

-Aggg, que rico, Ana. Sigue así. Lo haces muy bien.

Le chupé la polla un buen rato más. Juan empezó a cerrar los ojos de vez en cuando. Mi boca le estaba dando mucho placer.

-¿Sabes lo que va a pasar dentro de poco, Ana?

Con su polla en mi boca moví mi cabeza, negando.

-¿No?

Volví a negar.

-Lo que pasará es que dentro de muy poco… me correré. El primer chorro de mi corrida se estrellará contra tu lengua. Entonces sacaré mi polla de tu boca y el resto de mi leche caerá en tu cara. Me voy a correr en tu carita, Ana. Y va a ser una buena corrida, te lo aseguro.
-Ummmmm.

Gemí. Gemí con su polla llenando mi boca. ¿Cómo era posible? Me di cuenta de que mis pezones estaban duros. Noté un cosquilleo entre mis piernas. Fui consciente de que estaba cachonda. Aquel cabrito que tenía su polla en mi boca me estaba calentando. Pero me dije que no dejaría que se diera cuenta. No le daría ese placer.

-Ahora quédate quieta. Con la cabeza levantada. Yo te follaré la boca.

Llevó sus manos a mi cabeza, una a cada lado, manteniéndomela sujeta. Y empezó a moverse, a meter su polla en mi boca. Cada vez más adentro. Con cada embestida la metía un poco más. Yo sentía mi boca llena de polla. Sólo cuando me entró una arcada dejó de intentar metérmela más adentro. Una vez supo cual era mi límite, empezó a follarme la boca.

-Aggg, que gusto me das, Ana. Si supieras las veces que he soñado con tenerte así. Arrodilladla y tangando mi polla.

Me estaba usando para su placer. Y yo, en vez de mandarlo al carajo, me dejé follar la boca. No solo eso. Lo disfruté. Mi coño ardía, totalmente mojado. Notaba las bragas pegadas. Los pezones me dolían de lo duros que estaban. He chupado unas cuantas pollas a lo largo de mi vida. Pero ninguna como aquella. Me la imaginé clavada en mi coño y me estremecí de pies a cabeza.

Él no se dio cuenta. Estaba concentrado en meter y sacar su polla de mi boca. Se mordió el labio con fuerza. Supe que se iba a correr. Me lo confirmó enseguida.

-Ana…me voy…a… correr. Quédate…quieta…aggggggg

Me soltó la cabeza. Llevó sus manos a su espalda. Nuestro único contacto ahora era su polla y mi boca. Lo primero que sentí fue como su cuerpo se tensó. Y lo sentí a través de la dura barra que llenaba mi boca. Mis labios notaron el paso de un poderoso chorro de semen que me golpeó el paladar. Espeso, caliente.

Enseguida sacó su polla de mi boca y la dejó sobre mi cara. Vi como tenía un espasmo, como daba un saltito y un segundo chorro de leche cayó sobre mi mejilla. Era caliente, espeso. Volví a estremecerme. Otro espasmo y otro chorro me dio en la otra mejilla. Él no decía nada, no emitía sonidos. Solo me miraba con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta. Se movió un poco hacia mí y el siguiente chorro cayó en mi frente. Volvió a moverse y mi nariz quedó bañada en semen.

El muy cabrón se estaba moviendo para que su corrida cubriera toda mi cara. Los últimos espasmos de su polla no soltaron leche. Cogió aire.

-Joder, Ana. No recuerdo haberme corrido así en la vida. Ha sido, sin duda, la mejor mamada que he recibido.

Se quedó usos segundos mirándome. Me quedé quieta, expuesta. Mi corazón latía con fuerza. Lo sentí palpitar en mi coño. Y también sentía mi cara. Notaba todos y cada uno de sus chorros. Su polla perdió un poco de fuerza, y se posó sobre mi cara, sobre mis labios.

-Abre la boca.

Obedecí, sin protestar. Él metió su polla. Aún tenía dentro de mi boca su primer chorro. Rodeé su polla con mi lengua.

-Traga.

Lo hice. Dios, lo hice. Tragué el semen que tenía en la boca. Lo sentí bajar por mi garganta. Si me hubiesen dicho esa mañana que iba a estar arrodillada, con una gruesa polla en la boca y una abundante corrida en la cara jamás me lo hubiese creído. Y allí estaba, saboreando el amargor de su leche.

Estuvimos así un par de minutos. Quietos. Él mirándome. Yo… derritiéndome por dentro.

Me sacó la polla de la boca y me hizo levantar. Agaché la mirada.

-Mírame, Ana.

Jamás olvidaré como me miró en ese momento. Me miró con admiración, casi con reverencia.

-Estás… preciosa, Ana.
-¿Qué haces? – dije cuando noté sus manos en mis tetas.
-Tocarte las tetas, Ana. No sabes como me gustan. Siempre te las miro cuando nos vemos

Eso ya lo sabía. Eso es lo que me había metido en este lio. Sus manos, lejos de desagradarme, me gustaron. Me acariciaba con mimo, apenas apretando. Luché por no gemir.

Noté sus pulgares sobre mis pezones.

-¡Ana!
-¿Qué?
-Estás cachonda.
-No estoy cachonda, Juan.
-Tienes los pezones como piedras. Y aquí no hace frío. Estás cachonda.
-No es verdad. Déjame ya. Dame las malditas preguntas y déjame en paz.

Traté de sonar convincente, enfadada. El no pareció creerme.

-Apuesto lo que sea a que tienes el coño empapado.
-Te he dicho que no. Dame es papel de una vez.
-Hagamos una cosa. Te voy a tocar el coño. Si lo tienes seco, te doy las preguntas. Si lo tienes mojado… te quedas sin ellas.
-Eres un hijo de puta.
-Jajaja. Solo un poco.

Dejó su mano izquierda sobre mi pecho izquierdo y bajó lentamente, mirándome a los ojos, la derecha. Cuando la noté sobre mi entrepierna me recorrió un escalofrío. Me estremecí cuando bajó la bragueta de mi pantalón. Respiré hondo cuando su mano se metió. Y por más que lo intenté, no pude evitar gemir cuando sus dedos recorrieron la raja de mi coño sobre las bragas.

-Vaya, vaya. Estás chorreando.
-Cabrón.
-Estás cachonda, Ana. Dilo.
-Eres un…
-Dilo

Metió sus dedos por debajo de la braga y recorrió la raja. Fue directo a por mí clítoris. No pude evitar gemir.

-Dilo Ana. Di que estás cachonda

Acercó su boca a la mía. Noté su aliento en mi piel.

-Dilo.

Movió sus dedos. Me estaba masturbando. Su boca cada vez más cerca de la mía. Ya no pude más.

-Sí, maldito. Estoy cachonda.
-¿Ves? No era tan difícil.
-Eres un…

No pude acabar. Su boca se cerró sobre la mía y me besó. Me cogió con la boca abierta y metió su lengua dentro. Sus dedos se movían expertamente en mi coño. Gemí en su boca y… busqué su lengua con la mía. Me la chupó con fuerza.

Se separó un poco de mí. Sonreía, sabiéndose ganador. Entonces hizo algo que me dejó sorprendida. Con su lengua recogió el semen que tenía en mi mejilla derecha. Me enseñó su lengua, cubierta de su leche. Y me besó. Metió su lengua en mi boca y yo hice lo único que podía hacer. Lo que deseaba hacer. Busqué su leche. La saboreé. Y la tragué.

Aquello fue demasiado. No pude soportarlo más y me corrí. No recodaba la última vez que me corrí así, con tanta intensidad. Juan no dejó de acariciar mi coño, de besarme apasionadamente mientras yo le llenaba los dedos con los jugos de mi placer.

Cuando dejé de correrme, jadeando, le miré. Sus ojos brillaban. Su sonrisa era aún más amplia. Volvió a hacerlos. Recogió ahora el semen de mi mejilla izquierda. Y me la dio. Dejó su lengua fuera y yo la chupé. Clavó dos dedos dentro de mi coño.

-Eres una zorra preciosa.
-Yo…no soy una zorra.
-¿No? Dijiste que no estabas cachonda y estás chorreando. Eres una zorra.
-Agggg…no…no soy ninguna zorra, cabrón.
-¿Cómo que no? Mira donde estamos. En el sótano. Te follé la boca, me corrí en tu cara. Te estoy dando mi leche y encima te acabas de correr entre mis dedos. Ana…eres una zorra. Y me gusta que seas así.
-Te digo que no. Juan. No soy…agggggg una zorra.
-Bueno, como tú digas. Si no eres una zorra, ahora mismo me voy y nos olvidamos de nuestro trato.

Sacó su mano de mis pantalones, dispuesto a marcharse. Me entró pánico.

-No…No te vayas. Está bien. Lo…soy.
-¿Eres qué?
-Una zorra. Soy una zorra. ¿Es eso lo que querías oír?
-Ummm, sí. Eso justamente.

Se pegó otra vez a mí y metió nuevamente su mano dentro de mi pantalón. Me volvió a hacer gemir. Y me volvió a besar. Me pajeó sin dejar de besarme hasta que volví a correrme entre sus dedos. Me tuve que agarrar a sus hombros para no caerme.

Por fin me soltó. Se quedó mirándome, sonriendo. Metió una mano en su bolsillo y sacó el papel. Me lo dio.

-Aquí tienes. Te lo has ganado.

Lo guardé como si fuera un tesoro. Me iba a dar la vuelta para irme, pero me detuvo.

-Espera, Ana.

Seguía con aquella mirada, intensa, con su sonrisa. Llevó su mano a mi frente y con un dedo recogió el semen que aún me quedaba allí. Lo dejó delante de mi boca. Sin decir nada. Solo mirándome.

En mi cabeza lo insulté. Le dije de todo. Pero abrí la boca y chupé su dedo. Me llené otra vez de su amargo sabor.

-Así me gusta, zorrita.

A pesar de que tuve ganas de morderle el dedo con fuerza, me estremecí. Bajé la mirada, derrotada. Y mis ojos se toparon con su polla. Seguía fuera asomando por su bragueta. Y otra vez parecía dura como una roca. A aquel cabrito le excitaba tenerme así, completamente en sus manos. Completamente dominada. Se dio cuenta de donde estaba mirando.

-¿Qué? ¿Te gusta mi polla?

No le respondí. Pero seguro que vio la respuesta en mis ojos.

-Arrodíllate otra vez y cómeme la polla.

Estuve a punto de hacerlo. Pero si me trataba como a una zorra, me comportaría como una zorra.

-Eso son diez preguntas más – le dije.
-Jajajaja. Estás bien metida en tu papel de zorra. Así me gusta. Bueno. Creo que cuando llegué no estaba así.
-¿Así como?
-Así, con la polla fuera. Me la sacaste. Ahora, vuélvela a guardar en su sitio.

Se quedó de pie, con las manos a la espalda, con su sonrisita. La polla desafiante. Llevé mis manos hacia ella. La agarré y fue como si una corriente me atravesara el cuerpo. Era caliente. Dura, pero suave. Y tan gruesa. Mi coño destilaba jugos. Sentí deseos de hacer lo que me había pedido. Arrodillarme y chuparle la polla. Pero si hacía eso él habría ganado.

Intenté meterle la polla dentro del pantalón. Pero no podía. Estaba demasiado dura. Juan no hizo nada por facilitarme la labor. Se quedó quieto, divertido. Me arrodillé.

-Ummm, así que al final mi zorrita se decidió a comerme la polla.

Le miré, con odio. Pero el coño me palpitaba. Su polla estaba a escasos centímetros de mi boca. Pero no se la chupé. No le iba a dar ese gusto. Al menos no por nada. Le abrí el cinturón. Le desabroché el botón y le bajé los pantalones hasta medio muslo. Bajé su calzoncillo y le coloqué su enorme polla de lado. La tapé con el calzoncillo, le subí el pantalón, abotoné el botón, le subí la cremallera y le puse el cinturón. Me levanté.

-Ya está. Así estabas cuando entraste aquí – le dije.
-No, así no estaba. No tenía la polla tan dura cuando entré.
-Pues hazte una paja.
-Jajajaja. Házmela tú.
-Dame 10 preguntas más.
-Una paja no vale 10 preguntas.
-¡Qué te den, Juan!

Me di la vuelta y salí del almacén, con cuidado de que nadie me viera. Me limpié la cara con la mano. La tenía pegajosa. Subí las escaleras y me dirigí directamente a uno de los baños. Cerré la puerta con pestillo.

Me miré en el espejo. Tenía la cara algo sucia, así que me la lavé. Volví a mirarme. Ya no quedaba rastro de lo que había pasado. Al menos no en mi cara. En mi cuerpo sí. Aún estaba cachonda. Aún sentía los pezones duros. El coño mojado.

Me había usado como a un simple objeto. Para su propio placer. Me llamó zorra. No solo me lo llamó, me hizo sentir como una zorra.

En ese momento sentía odio. Pero no era odio hacia Juan. Era odio hacia mí misma. Porque me gustó. Me gustó su polla. Me gustó que me follara la boca. Me gustó que se corriera en mi cara. Y me gustó que me llamara zorra, que me hiciera correr con sus dedos.

Respiré hondo y fui a mi mesa. Pero no podía concentrarme en mi trabajo.

Sonó el teléfono. Supe que era él antes de descolgar.

-¿Sí?
-Hola zorrita.
-¿Qué quieres?
-Jamás olvidaré lo hermosa que estabas con mi corrida en tu cara.

No dije nada. Solo sentí un estremecimiento recorrer mi cuerpo.

-Ana… tengo la polla dura.
-Ya te lo dije antes. Hazte una paja.
-No deseo una paja. Deseo una mamada. Aquí, en mi despacho, sentado en mi silla. Tu arrodillada debajo de mi mesa. Ven a chuparme la polla, zorra.
-¿Estás loco? No te voy a chupar la polla en tu despacho.
-Ana, si vienes ahora y me comes la polla, te doy 10 preguntas más.
-Eres un hijo de puta, Juan. Si nos pillan me pondrán de patitas a la calle y a ti no te pasará nada.
-¿Sigues con el coño mojado, zorra?

No le contesté. El coño me ardía.

-Bien, sí así lo quieres, así lo vas a tener. Ahora tengo la polla dura. Si vienes y me haces una buena mamada y terminas con la barriguita llena de leche, te llevas 10 preguntas. Si no vienes, pues te arriesgas con las 10 que ya tienes. No habrá más.

Colgó.

Colgué yo. Llena de rabia. Ese cabrón me tenía en sus manos. Ahora no podía echarme atrás. Me levanté y me dirigí a su despacho otra vez. En mi cabeza le decía de todo, menos bonito.

¿Entonces por qué diablos me palpitaba el coño? ¿Por qué me dolían los pezones de lo duros que estaban?

Su puerta estaba cerrada. Toqué.

-Adelante.

Entré y cerré la puerta. Él mi miraba, sonriendo, seguro de sí mismo.

-Hola zorrita. Sabía que vendrías.
-Dame las preguntas.
-Primero vacíame los huevos, zorra.

Se quedó mirándome fijamente. Se sabía vencedor. Yo tenía miedo. A ser descubiertos. El despacho no tenía llave. Cualquiera podría entrar sin llamar. Pero ese miedo también me excitaba. El peligro. Me acerqué a su mesa, la rodeé. Juan se giró en su silla, poniendo una mano sobre la mesa y la otra sobre el apoyabrazos de la silla. Abrió sus piernas.

-Debajo de la mesa – me ordenó.

Yo me arrodillé y me metí debajo de la mesa. Él volvió a girarse. Su polla formaba un gran bulto en sus pantalones.

-Siempre quise que una preciosa zorrita me comiera la polla en mi despacho. Hazlo despacito, no hay prisa.

Tal y como estaba, si alguien entraba al despacho no me vería. La mesa por la parte de detrás llegaba al suelo. Le bajé la bragueta y le saqué la polla

Tenía que reconocerlo. Aquel cabrón tenía una preciosa polla. La tenía dura como una roca, con la gruesa cabezota amoratada. Le miré a los ojos. Él me miraba con una sonrisa de satisfacción, sentado en su silla. Me dije que cuanto antes empezara, antes terminaría, así que agache la cabeza y me metí media polla en la boca.

-Ummm, Ana… sabes como se chupa una polla, de eso no hay duda.

La rodeé con la lengua y empecé a moverme arriba y abajo, haciendo que la gruesa verga entrara y saliera de mi boca. Allí estaba yo, arrodillada debajo de la mesa de un compañero de trabajo, chupándole la polla. Y cachonda perdida, caliente como una… perra. Tenía ganas de tocarme el coño mientras se la mamaba, pero no lo hice. Ese cabrón no me iba a ganar tan fácilmente.

Me esmeré en hacerle la mejor de mis mamadas, pero por su reciente corrida el muy cabrito aguantaba. De repente tocaron a la puerta. Tuve un respingo y me saqué a toda prisa la polla de la boca. Me di en la cabeza con la parte de debajo de la mesa.

-¿Sí? – preguntó Juan.
-Soy Elena. ¿Puedo pasar?

Elena trabaja en contabilidad, y también se presentaba a las oposiciones. Era una morenita bajita. Monilla, pero sin tetas.

-Tú sigue mamando, zorra – me dijo, susurrando – Sí, pasa, Elena

No me lo podía creer. Pretendía que siguiera con la mamada con Elena en el despacho. Me quedé quieta, sin mover un músculo, casi sin respirar. Oí como la puerta se abría, unos tacones y después la puerta cerrándose.

-Hola, Juan. Verás…quisiera hablar contigo un momentito.
-Tú dirás. Siéntate

Estaba claro a lo que ella venía. Se sentó en la silla de enfrente de la mesa. Yo quedé entre ellos.

-Verás, Juan – empezó ella – Como sabes, me presento a las oposiciones.
-Sí. Como la mayoría de la empresa

Juan Alargó una mano, me cogió la cabeza y me atrajo hacia su polla. Yo abrí la boca y me la volví a meter. Me soltó y me quedé quieta.

-Uf, estoy es muy embarazo. Somos compañeros desde hace muchos años y… me preguntaba si me podrías echar una mano.

“Zorra”, pensé. Es extraño que pensara eso de ella cuando era yo la que tenía su polla en mi boca.

-¿Una mano? ¿Necesitas que te explique algo? – preguntó él.
-No.
-¿Entonces?

“¿Cómo que entonces, capullo? Quiere que le des el examen, joder”, me dije.

-Bueno, iré al grano. ¿Me darías las preguntas del examen?
-Ah, ya veo.

Aquel capullo sería capaz de dárselas también a ella. Y si ella le gustaba más que yo me dejaría a mí sin más preguntas. Empecé a chupar, despacito. Esa cabrona no me lo iba a quitar.

-Ya sé que es algo… irregular. Pero tengo miedo a suspender y quedarme en la calle.
-¿Irregular? Podría meterme en un lío. Hasta perder mi trabajo.

Empecé a mamar en serio. Subía y bajaba la cabeza, con cuidado de golpear la mesa con la cabeza. Chupaba con fuerza, acariciando la polla con la lengua, apretándola con los labios.

-Lo sé. Podría… pagarte.
-¿Me ofreces dinero?
-Sí. Tengo algo ahorrado. No es mucho, pero es tuyo si…me das las preguntas.
-No necesito dinero – dijo él.

Al muy cabrito ahora le pediría sexo a cambio de las preguntas. Y ella, como yo, seguro que aceptaría. Redoblé mis esfuerzos, chupando aún con más esmero.

Se hizo un silencio entre ambos. Seguro que Elena pensaba como loca como conseguir su objetivo. Y Juan le daba sedal.

-¿Qué quieres? – preguntó ella por fin.
-Pues… no sé. ¿Qué estarías dispuesta a darme?

Bajé la cabeza y me metí más la polla. Casi tres cuartos de aquel pollón se alojaron en mi boca. Sentí como la verga tenía un espasmo. Juan tensó los muslos.

-Pues… no sé.
-¿No sabes? ¿Entonces a qué has venido, Elena?

Oro silencio. Yo seguí con mi mamada, bien a fondo. Juan tenía que estar gozando de lo lindo con todo aquello.

-Juan…yo. Estaría dispuesta a…todo
-¿Todo?
-Sí.
-Ummmm. ¿Te acostarías conmigo?

Silencio. Yo sorbí la polla con fuerza, moviéndome muy rápido, con la lengua enroscada alrededor. Noté más espasmos.

-Sí, lo haría. Si me das las preguntas, me acostaré contigo.
-Vaya… ¿Y… – la polla tuvo un repentino temblor y un chorro de leche bañó mi paladar – me chuparías – otro espasmo y otro chorro caliente y espeso llenó mi boca – La… polla?

En el silencio que siguió a esa pregunta dos chorros más casi me desbordan la boca, así que tragué. Me bebí su espesa corrida y la sentí bajar por si esófago hasta mi barriga. Tuvo un par de espasmos más, y volví a tragar hasta que no salió más leche.

Elena se levantó.

-Lo siento, Juan. Esto ha sido una equivocación.
-Tranquila Elena. Eres una buena chica, inteligente, y aprobarás sin problemas. No te iba a dar las preguntas, es demasiado expuesto, además de injusto con respecto al resto de tus compañeras. Y también de la gente de la calle.
-¿Y entonces por qué me dejaste seguir?
-Para que te dieras cuenta de que no todo vale. De que eres una chica decente y no que no está dispuesta a todo.

¡Qué hijo puta! Se hacía el recto con ella cuando se acababa de correr a borbotones en mi boca a cambio de 10 preguntas. Me dieron ganas de morderle la polla, que aún seguía dentro de mi boca.

-Adiós -dijo Elena
-Suerte. Y tranquila.

Se abrió la puerta y se volvió a cerrar. Aproveché para salir de debajo de la mesa.

-Dame las preguntas – le dije, enfadada.
-Te las has ganado.

Se guardó la polla e imprimió las 10 preguntas. Me dio el papel y me lo guardé en el pantalón.

-Dame el número de tu móvil – me dijo.
-¿Para qué?
-Para lo que me dé la gana, zorrita.

Se lo di y lo memorizó en su teléfono. Me di la vuelta y me dispuse a salir.

-Quedan 20 preguntitas, Ana.
-Lo sé.
-¿Te vas a arriesgar con las 20 que ya tienes o las quieres todas?
-Las necesito todas.
-Bien

Iba a abrir la puerta, cuando me detuve. Sin mirarle, le pregunté:

-¿Por qué dejaste ir a Elena? Si hubieses insistido un poco, ella habría accedido.
-Sí, lo sé. Pero ella no es como tú.
-¿Cómo yo? – exclamé, dándome la vuelta y encarándolo.
-No es como tú. Ella quizás habría accedido, pero después se sentiría como una puta. Se sentiría fatal consigo misma. Me odiaría a mí, se odiaría a ella. Tú no eres así.
-¿Y qué coño sabes tú como soy yo?
-Llevo mucho tiempo observándote, Ana. De todas las mujeres que trabajan en el ayuntamiento tú eres la que más me atrae.
-Ya. Siempre mirándome las tetas.
-Jeje, sí. Y el culo. Tienes un culo precioso, ¿Sabes? Los vaqueros te siente estupendos, sobre todo esos grises que traes a veces.

En ese momento me di cuenta de que no estaba rojo. Ahora estaba calmado, seguro de sí mismo.

-Cuando viniste a tratar de engatusarme con tus encantos – prosiguió – me dije que bien valía arriesgarme por tenerte. Te he deseado tanto que me dije que serías mía aunque fuese una vez. Al final conseguí 4.
-Cabrón.
-Jajaja. Sí, un poco, lo confieso. Pero no puede resistirme. Pero me sorprendiste.
-¿Cómo que te sorprendí?
-Sí. Cuando me di cuenta de que estabas cachonda a pasar de todo, supe que eras una zorra. Me aproveché de ti, de tu miedo a suspender, te follé la boca y me corrí en tu cara, y a pesar de eso, te mojaste como una perra y te corriste entre mis dedos.

No supe que decir. Había sido así. Exactamente así.

-Hace años mantuve una relación con una chica. Era como tú. Le gustaban ciertas cosas. Se excitaba al ser tratada, digamos, de maneras que al resto de las mujeres no les gusta. Tú eres como ella. Eres una zorra, como lo era ella.
-Yo no soy una puta, Juan – me revelé.
-Claro que no eres una puta, Ana. A las putas se les paga por su trabajo. Algunas lo hacen muy bien. Pero te aseguro que ninguna se pone cachonda si un cliente les folla la boca y le llena la cara de leche.

Me di la vuelta otra vez y puse la mano en el pomo de la puerta.

-Tú me pagas con las preguntas. Esto es solo una… transacción. Soy…una puta.
-No lo eres. Pero si te sientes mejor pensando que lo eres, tú misma.

Abrí la puerta y me marché. Lo maldije mentalmente una y mil veces. Regresé a mi mesa y traté de calmarme.

Pero no lo conseguí. No dejé de pensar en las cosas que Juan me dijo. Yo no era así. Mi vida sexual siempre fue normal. Sí, me gustaba el sexo, y había experimentado casi todo. Pero nunca me había sentido como Juan me hizo sentir. Haberme doblegado a sus deseos, hacer todo lo que me ordenó, lejos de repugnarme, me había excitado.

¿Sería yo lo que él dijo? ¿Sería una zorra? No, me negué a mí misma. Solo me estaba comportando como le dije, como una vulgar puta que hacía lo que él quería a cambio de preguntas. No por dinero, pero a cambio de algo, al fin y al cabo.

+++++

Me pasé toda la tarde estudiándome las 20 preguntas que había conseguido. De vez en cuando me acordaba de Juan. De lo cabrón que había sido conmigo. Y de lo cachonda que me puso.

Tenía una buena polla. Seguro que si me follaba me iba a llenar el coño bien llenado. Sin embargo ese día no me había follado. Solo me hizo chupársela. Quizás era de esos hombres a los que solo les gusta que le chupen la polla. Bueno, si era así, dos mamadas más y tendría mis 40 preguntas.

Después de cenar seguí estudiando. Se acercaba el día del examen y aún teniendo 20 preguntas y la posibilidad de conseguirlas todas, seguía nerviosa. Me lo jugaba todo a una carta.

Sonó mi móvil. No conocía el número. Igualmente contesté.

-¿Dígame?
-Hola zorrita

Reconocí su voz.

-¿Qué quieres? – pregunté.
-¿Estás estudiando?
-Sí.
-Bien. Eso tienes que hacer.
-¿Qué coño quieres?
-Ay, mujer, ¡Qué arisca eres! Solo quería decirte una cosa.
-Pues venga. Dilo y déjame en paz.
-Tengo la polla dura.

Un estremecimiento recorrió mi cuerpo

-¿Y eso a mí qué? – dije.
-¿Cómo que a ti qué? La tengo dura por ti. Mira, te mando una foto.

Sonó el silbidito de mi wasap. Lo abrí y allí, en todo su esplendor, un primer plano de su dura polla. Se la había sacado por la bragueta. Joder. De verdad que era un linda polla.

-Es que me puse a recordar lo bien que me la chupaste. Lo preciosa que estabas con la cara llena de mi leche. Y como te tragaste toda mi segunda corrida. Eres una mamona de primera. Se ve que disfrutas chupando una polla.

Siempre me gustó dar placer con la boca, es verdad. Pero no se lo iba a decir a él.

-Pues si la tienes dura, cáscate una paja.
-Eso estoy haciendo, zorrita. Hazte una conmigo.
-De eso nada, monada.
-Sé que estás mirando la foto de mi polla. Y sé que ya tienes el coño mojado.
-No estoy caliente, cabrón – le mentí, mirando la foto.
-Jajaja. Te conozco, Ana. Estás cachonda, no lo niegues.
-No creas que una simple foto de tu polla basta para ponerme cachonda, capullo – le dime metiendo mi mano por dentro de mi pijama y recorriendo la rajita de mi coño. Babeaba.
-No es solo la foto. Es el recuerdo de su sabor. El recuerdo del calor de mi leche en tu cara. La sensación de que tu boca se llena semen calentito hasta que tragas o se te escapa entre los labios.

Cerré los ojos, recordando todo aquello, acariciándome el clítoris. Se me escapó un gemido. Él lo oyó.

-Lo sabía, zorrita. Ya te estás tocando. Te estás haciendo una paja. Agggg y yo….la polla me babea… como seguro que babea tu coño.
-Esto te va a costar 10 preguntas, cabrón.
-¿10 preguntas por una paja telefónica?
-Sí.
-Jajaja. De eso nada, guapa. Ya tengo planes para las 20 que quedan.
-Pues entonces nada.
-De todas maneras no pensaba correrme. Solo estoy… calentando la leche. Así mañana te daré más.

Estaba claro. Mañana querría otra mamada. Se volvería a correr en mi cara, o en mi boca. Aquella linda polla entraría de nuevo en mi boca. Seguí tocándome, pero con cuidado de no gemir

-Voy a seguir estudiando.
-Cuando te corras dentro de unos minutos, piensa en mí, zorrita.
-No me voy a correr. Y menos pensando en ti.
-Jaja. Deja de negar lo que sé que pasará. Ah, mañana vete con falda a la oficina. Si no llevas falda, se acabó el trato. Buenas noches, zorrita.

Colgó. Ahora, sin que él pudiese oírme, gemí sin esconderme. Me froté el coño hasta que estallé en un intenso orgasmo que me dejó jadeando sobre el sofá.

Ese hijo de puta parecía conocerme mejor que yo misma. Me tenía totalmente dominada. Estaba haciendo de mí lo que le daba la gana.

Esa noche no estudié más. Me fui a la cama. Me costó mucho dormirme. Estaba rabiosa con Juan, pero sobre todo, rabiosa conmigo misma.

+++++

Me levanté, me duché y me vestí. Sin darme cuenta, me había puesto pantalones, pero recordé lo que Juan me había ‘ordenado’ y me puse una falda. Casi nunca usaba falda para ir a trabajar.

¿Para qué coño quería que fuese con falda si solo quería una mamada?

Llegué a la hora de siempre y me puse a trabajar. Sobre las ocho y media, en pleno café con las compañeras, sonó el teléfono de la mesa. Supe que era él y me estremecí.

-Dígame
-Buenos días, zorrita linda.
-¿Qué?
-Ven a mi despacho. Ya. Ahora no hay nadie por los alrededores.

Colgó.

-Chicas, tengo que ir a recoger unos papeles a Tesorería.

Me dirigí al despacho de Juan. Me dirigí a por mis siguientes 10 preguntas.

Lo intenté. Me lo prometí a mí misma. Pero cuando toqué a su puerta, mi coño ya estaba empapado.

-Pasa, Ana.

Entré y cerré la puerta. Allí estaba él sentada en su silla, sonriendo.

-Así me gusta, que obedezcas como una buena zorrita. Estás preciosa.
-Venga, acabemos de una vez y dame mis preguntas.
-No son tus preguntas aún. No hasta que no me corra.
-Pues venga. Sácate la polla. ¿Cómo lo quieres? ¿En mi cara o en mi boca?
-Ummmm, difícil decisión. Estás preciosa llena de leche. Pero oírte tragar mi corrida también es algo sublime.

Se levantó. Tenía la polla dura, marcando paquete. Se acercó a mí y yo me arrodillé.

-Shhhhhh, no te he dicho que te arrodilles. Levántate.

Me cogió del brazo y me acercó a su mesa. Me hizo agachar sobre ella, pegando totalmente el pecho. Me levantó la falda y sentí una de sus manos acariciarme el culo.

-Wow, Ana. Sabía que tu culito era precioso, pero es… perfecto.

Estuvo unos segundos magreándomelo, ahora con las dos manos. Entonces, lentamente, me bajó las bragas, recreándose la vista con mi piel

-uf…Anita de mi vida. Esto es un CULO, con mayúsculas.

Oí como se bajaba la bragueta. Sentí un escalofrío. Aquel jo’puta me iba a clavar su pollón en el culo. Apreté los puños, en espera de la invasión. No era la primera vez que me follaban por ahí, pero sí la primera con una polla como la de Juan.

Pero no. No me la metió en el culo. Me la clavó, de una sola estocada, hasta el fondo de mi coño. Resbaló entera dentro de mí. Casi me corro.

-Dios… Ana… que apretadito tienes el coño.

No es que lo tuviera apretado. Era que su polla era bien gorda y me llenaba toda. Se agarró a mis caderas y empezó a follarme, bien fuerte, a fondo, metiendo y sacando su dura verga de mi, una y otra vez.

No quería darle ese gusto, pero gemí de placer. Gemí como una perra siendo follada por aquella maravillosa polla. Me agarré a la mesa y disfruté de sus duros pollazos.

Me folló sin descanso durante varios minutos hasta que no puede más y me corrí. Sí, me corrí, apretando los dientes para no gritar, gozando de una polla como hacía mucho que no gozaba. Me corrí, mojándome con mis jugos sin que el dejara de martillearme una y otra vez.

-Eso es, zorrita mía. Córrete como una perra. Córrete mientras tu macho de folla como la zorra que eres.

Sus palabras, lejos de molestarme, no hicieron más que aumentar la intensidad de mi orgasmo. Largos segundos de puro placer. Cuando mi cuerpo se relajo, Juan se quedó quieto, con toda su polla clavada dentro de mí.

PLAS!

Me encogí. Juan me había dado una nalgada. Me quedé quieta y otra nalgada resonó en la habitación. ¿Qué hice? ¿Darme la vuelta y abofetearle por pegarme?

No. No hice eso. Me quedé quieta, estremecida. Y gemí cuando me dio una tercera torta. No me hacían daño. Eran palmaditas que hacían más ruido que otra cosa.

Con las manos me separó las nalgas. Y entonces sentí algo caliente que caía en la raja de mi culo. Cuando empezó a acariciarme el ojete con su pulgar, supe que el muy cabrito había escupido. Pero gemí como una zorra cuando me metió el dedo en el culo y empezó a follarme otra vez.

-Agggggggggggg joder…Juan….
-¿Qué zorrita? ¿Me vas a decir que no te gusta?

¿Gustarme? Me encantaba. Me folló con su polla el coño y con su dedo el culo. Lo metía a fondo cuando sacaba la polla y lo sacaba cuando metía la polla, acompasadamente.

Solo pude hacer una cosa. Volver a correrme a los pocos minutos de aquel intenso tratamiento. A punto estuve de gritar, pero me contuve apretando los dientes con fuerza. Sentí los músculos de mi vagina abrazar la polla y el esfínter anal temblar alrededor de dedo que lo sodomizaba.

-Eso es zorrita. Córrete otra vez para mí.

Me sacó el dedo de culo y volvió a escupir. Acarició nuevamente mi ano, lubricándolo. Su polla abandonó mi coño. Ahora es cuando me iba a encular. Ahora es cuando me iba a meter la polla en lo más profundo de mi culo.

Y…Joder. Lo deseé. Deseé sentir su polla clavada en mi culo. Deseé que me enculara a placer, que me usara como la zorra en que me estaba convirtiendo.

Algo rozó mi ano. Y entró dentro. Pero no era su polla.

-¿Qué es eso?
-Es un dilatador anal.
-¿Estás loco? Sácalo.
-De eso nada.

Lo siguió metiendo hasta que hizo tope. No lo vi, pero supuse que era de esos con un tope. Lo dejó allí y antes de que pudiese reaccionar, me quitó las bragas.

-Levántate, zorrita mía.

Me Incorporé como activada por un resorte. Sentía en mi culo aquel dilatador. Y vi, con asombro, como se guardaba la polla.

-Ahora vuelve a tu mesa. A las 12 en punto bajas al almacén de ayer. Y no te saques lo que te acabo de poner. Yo me quedo con las bragas – me dijo llevándoselas a la nariz y oliéndolas.
-Hijo de puta. Dame las 10 preguntas.
-De eso nada. Aún no me he corrido.
-Ese es tu problema.
-Jajaja. No, es el tuyo. Te las llevaré a las doce. Te aseguro que esta vez me correré.
-Cabrón.

Me di la vuelta y me largué, enfadada. ¿Pero qué se habría creído ese imbécil?

Al caminar sentía dentro de mí el dilatador. Llegué a mi mesa y me senté. Lo sentí aún más clavado en mí.

Estaba enfadada. Muy enfadada. Y cachonda. Mi coño seguía mojado. Cualquier leve movimiento hacía que aquel plástico clavado en mi se moviera y oleadas de placer recorrieran mi cuerpo.

“Eres un hijo de la gran puta, Juan. Pero…qué bien follas”.

Eran cerca de las nueve de la mañana. Aún me quedaban tres largas horas hasta las 12. Tres horas de espera. En tres horas más… él me follaría otra vez. Volvería a meterme su dura polla. Y yo volvería a correrme como una… zorra.

++++++

Faltaban tres minutos para las doce cuando me levanté y me dirigí al sótano. No había nadie y me acerqué a la puerta del almacén. La puerta se abrió. Juan estaba dentro, esperándome.

Me hizo entrar, cerró la puerta me dio la vuelta, me hizo agachare, apoyándome contra la pared, me subió la falda y me clavó la polla. Ya se la había sacado.

Y me folló. Con rudeza, con fuerza, agarrado con fuerza a mis caderas. Me folló como no me habían follado jamás. Me folló como un macho se folla a su zorra. Porque eso era yo, su zorra.

Lo acepté y gocé de su polla, de sus caricias. Hasta de sus nalgadas. Estás eran más fuertes que las de por la mañana. Allí abajo no había nadie que las oyera y me cacheteaba con más ganas. Y placer me daban.

Mi corrida fue intensa, arrolladora. Grité sin poderlo evitar pero Juan me tapó la boca con la mano.

-Shhhh, calla, zorrita. Que nos van a oír.

Me temblaron las piernas debido a la intensidad del orgasmo. Él me sujetó hasta que recobré las fuerzas. Entonces me sacó la polla del coño, me sacó el dilatador y lentamente, despacito, centímetro a centímetro, me clavó su gruesa polla en el culo.

Me dolió, si… pero… Dios… lo gocé. Gocé de cada centímetro de polla que me clavó.

Y gocé cuando me empezó a encular, primero despacito pero cada vez con más fuerza.

Y gocé, sobre todo, cuando a los pocos segundos gruñó, me la metió hasta el fondo y se corrió dentro de mí. Sentí todos y cada uno de sus espasmos, de sus chorros calientes llenándome por dentro.

Nos quedamos los dos jadeando, sudando. Me sacó la polla lentamente y me hizo levantar. Se quedó a mi espalda. Se pegó a mí y me acarició las tetas, me besó el cuello.

Y lo hizo con dulzura. Cerré los ojos y le ofrecí mi cuello.

-Eres… – me susurró.
-¿Una zorra?
-Sí. Pero iba a decir que eres maravillosa.

Me dio la vuelta y me miró a los ojos. Acercó su boca a la mía y me besó, ahora con pasión. Yo no solo me dejé besar, sino que le devolví los besos.

El muy cabrito sabía besar. Sabía follar… besaba bien. Empecé a pensar que quizás….

Levantó la mano. Tenía un papelito doblado.

-Aquí tienes las 10 preguntas, zorrita. Te las has ganado.

Cogí las preguntas.

-Solo quedan 10 más – dijo.
-Sí. Solo 10 y ya está.
-Estudia bien estas 10.
-Lo haré.

Acercó su boca y me besó otra vez.

Fue un rico beso.

-Será mejor que nos vayamos – me dijo
-Será mejor, sí.
-Sale tu primero. Yo salgo en un rato.

Volví a mi mesa. Durante el resto de la mañana no me pude sacar a Juan de la cabeza. Su polla en mi coño. Su polla en mi culo. Su boca… en mi boca.

Pero solo quedaban 10 preguntas. Después de todo acabaría. Me libraría de él

++++++

Otra larga tarde de estudio. Pero salpicada de recuerdos.

¿Me llamaría otra vez ese día? Justo pensaba en eso cuando sonó mi móvil. Era él. Contesté.

-Hola Juan.
-Hola zorrita linda. ¿Estudiabas?
-Sí.
-Bien. Tengo las 10 últimas preguntas aquí, en mi casa

Me estremecí. No sé si por el hecho de que al fin tendría todas las preguntas o por lo que tendría que hacer para conseguirlas.

-¿Las quieres?
-Claro que las quiero.
-Pues ven a buscarlas.
-¿A tu casa?
-Pues claro.

Me dio la dirección.

-¿Cuánto tardaras?
-Como media hora.
-Vale. Te espero. Hasta ahora.

Colgó el teléfono. Respiré hondo y me fui a arreglar. Me puse una camisa ajustada y una falda amplia, me perfumé y me maquillé para él.

A los 35 minutos tocaba a su puerta. Entreabrió la puerta, sacado la cabeza por un lado.

-Hola zorrita. Pasa.

Cuando entré, el cerró detrás de mí. Enseguida supe porqué no había abierto del todo. Se había sacado la polla. La tenía dura, asomando por la bragueta.

-Llevo toda la tarde con la polla así. Cómemela, zorra.

Obedecí. Me arrodillé a sus pies y llevé mi boca directamente a su polla. Empecé una lenta mamada, mirándole a los ojos. Él me miraba a mí, gozando de la felación.

Se la chupé, se la lamí. Me la pasé por la cara, sin dejar ni un segundo de mirarle a los ojos. Me la metí en la boca todo lo que pude, hasta casi tener arcadas. Mamé con ganas. Con pasión

Juan me acarició el cabello. Me agarró la cabeza y me folló la boca, haciéndome toser. Mi coño ardía entre mis piernas.

Me sacó la polla de la boca y se la agarró.

-¿Estás cachonda, zorrita?
-Sí.
-Lo sé. Hazte una paja para mí. Quiero ver como te corres como una perrita.

Volví a obedecer. Allí, a sus pies, metí una mano por dentro de mi falda y empecé a masturbarme. Él también empezó a mover si mano, apuntando su polla hacia mi cara.

Gemí de placer.

-Eso es, zorrita mía. Sigue…no pares hasta que te corras.

Me froté, me follé con los dedos. ¿Se correría el también? ¿Bañaría mi cara con su caliente semen? ¿Me marcaría como a su zorra? ¿O metería su polla en mi boca y me haría beber su esencia?

Nos seguimos masturbando, mirándonos el uno al otro, gimiendo ambos de placer. Yo no pude más, y estallé. Cerré los ojos y apreté los dientes mientras era atravesada por oleadas de electricidad.

Lo deseé. Deseé que él se corriera sobre mi cara. Deseé sentir su placer golpeándome en el rostro. Pero no se corrió. Mi orgasmo terminó y él no se había corrido.

-¿No has cenado, no? – me preguntó.
-No – le contesté aún entre jadeos.
-Pues vamos.

Me ayudó a levantar y me llevó a la cocina. Allí, pulcramente, estaba puesta la mesa, para dos. Me hizo sentar en una de las sillas y él se sentó en la otra.

-Cenemos, Ana.
-Vale.

Estaba un poco descolocada. No me esperaba eso. Probé la crema de verduras y estaba buena, sabrosa.

-¿Estás nerviosa por el examen? – me preguntó.
-Sí. Mucho.
-No tienes por qué, mujer. Vas a aprobar seguro.
-Pero solo es la parte teórica, el tipo test. Después queda el examen práctico.
-Bueno, con eso no creo que tengas problemas.
-Eso espero. Espero no ponerme nerviosa y cagarla en el último momento.

Nos terminamos la crema. Juan se levantó y se acercó a mí, para coger mi plato. Seguía con la polla fuera, dura. Con una mirada me indicó lo que deseaba.

Me agaché y se la empecé a chupar otra vez. Dios, como me gustaba esa polla. Juan se quedó quieto, de pie, con los dos platos en la mano mientras yo le chupaba su hermosa polla.

-Agggg, zorrita. Que boca tienes. La voy a echar de menos.

Me dejó mamar un rato más antes de quitarme la polla de la boca. Dejó los platos en el fregadero y sacó del horno lo que parecía un revuelto de verduras con gambas. Lo sirvió en dos platos y los trajo a la mesa. Puso uno en su sitio y el otro en el mío.

Yo miré su polla.

-¿Te gusta, verdad? – preguntó.
-Sí. Tienes una buena polla, Juan
-¿Quieres que te folle ahora?
-Sí – contesté, mirándole – Fóllame.
-Arrodíllate sobre la silla.

Lo hice. El no tuvo vas que ponerse detrás, subirme la falda, quitarme las bragas y meterme la polla de un solo golpe en mi pantanoso coño. Quedaba a la altura justa para recibir sus estocadas de pleno.

Y me folló. Vaya si me folló. Como a una potra salvaje. Cogiéndome con fuerza por las caderas.

-Toma polla, zorrita mía. Toma polla….

PLAS!

Gemí por su nalgada.

PLAS!

Gemí más fuerte y….. PLAS! Me dio más fuerte.

Pollazos, nalgadas. No pude resistir mucho aquella bendita tortura y corrí como la zorra que era. Me tuve que agarrar a la mesa para no caerme mientras él seguía follándome sin parar.

Y no paró hasta que minutos después volví a correrme justo cuando me clavó un dedo en el culo.

Quedé rota, agotada de tanto placer. Me sacó el dedo y la polla y volvió a su silla.

-Come, que se enfría.

Me senté y me comí el revuelto. Estaba riquísimo.

-Está rico. ¿Lo hiciste tú? – le pregunté.
-Sí.

Me follaba como nunca nadie me había follado. Besaba como nunca nadie me había besado. Y encima cocinaba bien.

No dejaba de mirarme. Yo no sabía que decir.

Cuando me terminé todo el plato, dejé los cubiertos sobre éste.

-Parece que te gustó.
-Sí. Cocinas bien
-Gracias. Al vivir solo o te espabilas o comes de congelados. De postre hay…. flan o… leche caliente. ¿Qué prefieres?

Le miré a los ojos.

-Leche.
-Buena elección. Ven como una perrita a tomártela.

Me arrodillé en el suelo y fui gateando hasta él. Se giró un poco en la silla para que yo pudiese ponerme entre sus piernas. La preciosa polla seguía como cuando llegué a su casa. Asomando, tiesa y desafiante, por su bragueta.

Durante los siguientes minutos ninguno dijo nada. Yo le comí la polla con esmero, poniendo toda mi voluntad en complacerlo. Él me acariciaba el cabello. A veces me agarraba por él y me restregaba la polla por la cara. Otras veces me presionaba la cabeza, metiendo su polla hasta rozar mi garganta.

Y me miraba. No dejaba ni un segundo de mirarme. El placer reflejado en sus ojos me daba placer a mí. Placer por darle placer. Placer por estar arrodillada entre sus piernas como una buena zorra.

Empezó a gemir más fuerte. A moverse en su silla. Supe que el momento llegaba. Supe que las últimas 10 preguntas me iban a llenar la boca y bajarían por mi garganta hasta mi barriga. Sorbí más fuerte y un repentino espasmo de su polla llenó de semen mi boca.

Junté las piernas con fuerza, cerré los ojos y me corrí. Me corrí con él, sin tocarme. Saber que había conseguido hacerlo estallar fue suficiente para que un arrollador orgasmo partiera mi cuerpo. Su polla siguió escupiendo dentro de mi boca mi premio, mi postre. Casi me atraganto al no poder tragar en medio de mi orgasmo, pero no podía desperdiciar una sola gota de su preciado néctar.

Al final lo conseguí. Toda su leche acabó en mi estómago, mezclándose con la cena. Seguí chupando, ahora suavemente. Juan sonreía, mirándome. Acarició mi cara.

-Te has portado bien, zorrita. Muy bien.

Me pasé su polla por la cara. Era quizás la última vez que lo haría.

-Ya está. Levántate, Ana.

Me incorporé. Me había llamado Ana, no zorra.

-¿Quieres flan? La verdad es que me quedó estupendo.
-Claro.

Se levantó y se guardó la polla. Fue a la nevera y volvió con dos flanes. Nos sentamos y los comimos.

-Está estupendo, Juan.
-Gracias.

Se hizo el silencio. Lo rompió él levantándose y acercándose a mí. De su bolsillo sacó un papel con las últimas preguntas y me las dio.

-Aquí tienes.
-Gracias – respondí, cogiéndolas.
-¿Estás más tranquila?
-Uf, la verdad es que no. Estoy muy asustada. ¿Y si me sale mal? ¿Y si apruebo la parte teórica y suspendo el examen práctico?
-Tener nervios es inevitable. Como dices, te estás jugando mucho. Pero sé que lo vas a superar. Tú sigue estudiando.
-Eso haré. Mejor me voy.

Me acompañó hasta la puerta. Nos miramos.

-Suerte, Ana. Y tranquila.
-Gracias Juan. Adiós.

+++++

Los días hasta la fecha del examen pasaron lentamente. Me encerraba en mi casa a estudiarme aquellas 40 preguntas. Me las sabía ya de memoria, pero aun así me las miraba una y otra vez. De vez en cuando recordaba como las conseguí. Recordaba que durante unos días fui la zorra de Juan.

Lo recordaba. Y lo añoraba. A veces me quedaba mirando el teléfono, esperando que él me llamara durante las horas de trabajo. O por las noches. Pero nunca lo hizo. Apenas lo vi. Solo nos cruzamos un par de veces a lo lejos y ni me miró.

Por fin, el día fatídico llegó. No pude evitar temblar. Y temblaba solo yo. El resto de mis compañeros y compañeras estaban igual de nerviosos que yo. No dejaba de decirme a mí misma que cuando viese el examen las preguntas no serían las que yo sabía. Que a última hora lo habían cambiado.

Respiré aliviada cuando le di la vuelta al folio y allí, aunque desordenadas, estaban las preguntas que Juan me dio de 10 en 10. Casi lloro de alegría. Respiré hondo y las fui contestando.

Al día siguiente hubo muchas lágrimas. De los que aprobaron, que fueron la inmensa mayoría. Y de los dos compañeros que no aprobaron. Mis lágrimas eran de pura felicidad. Tenía la máxima puntuación. Había contestado a posta una pregunta mal, pero nadie más había respondido correctamente más que yo.

El haber hecho trampas para conseguirlo no me restó un ápice de felicidad. Tenía el camino medio hecho. Si aprobaba el práctico, aunque no fuera con una nota muy alta, la plaza sería mía.

Sonó mi móvil y contesté sin mirar el número.

-Felicidades, Ana.

Era él. Sentí un estremecimiento recorrer mi cuerpo. Más lágrimas cayeron por mis mejillas.

-Gracias Juan. De verdad. Si no hubiese sido por ti.
-Ana, estoy seguro de que habrías aprobado igualmente sin mi… ayuda. Aprobó todo el mundo, menos los que todos sabíamos que no lo harían.
-Lo sé. Pero necesitaba buena nota.
-Ahora solo te falta el último paso.
-Sí. Espero no fastidiarlo todo ahora.
-Tranquila. Eso no va a pasar. Enhorabuena. Chao, Ana.
-Adiós.

Salieron las notas, pasó el periodo de reclamaciones y se puso fecha para el examen práctico. Yo seguí repasando, haciendo ejercicios sobre los que se decía que podría caer. Juan ahí no podía hacer nada. Él no era el encargado de poner los ejercicios, sino otra funcionaria. Una estúpida y pedante a la que nadie aguantaba.

No dejé de pensar en Juan. Por las noches, cansada de estudiar me acostaba y recordaba el placer que me dio. Me masturbé muchas veces rememorándolo todo. Deseando que me llamara. Deseando volver a ser su…. zorra.

Y el día anterior al examen, por la tarde, me llamó. El corazón me dio un vuelco cuando vi su número en la pantalla de mi teléfono.

-Hola Ana. ¿Cómo estás?
-Uf, hecha un flan. Maña es el examen.
-Lo sé.

Me llamó Ana. No me llamó zorra. Hubiese deseado que me llamara zorra.

-Ven a mi casa. Tengo algo para ti – me dijo.
-Voy – contesté rápidamente.

Salí corriendo hacia su casa. Durante el trayecto mi coño se mojó… mis pezones se pusieron duros como piedras. Al fin me había llamado. Estaba contenta, feliz.

Cuando toqué a su puerta, la abrió completamente. Eché una mirada esperando encontrarlo con la polla fuera, pero no. Estaba normal.

-Hola. Pasa.

Me llevó al salón y me senté. Me dio un papel.

-¿Qué es esto? – le pregunté.
-Son los tres ejercicios que saldrán mañana en el examen.

Los ojos se me aguaron. Le miré.

-¿Co… cómo los conseguiste?
-El tribunal se reunió esta tarde para preparar lo de mañana. Hice una copia sin que nadie se diera cuenta.

Abrí el papel y lo leí. Le miré a los ojos. No entendía bien que pasaba. Las otras veces me dio las preguntas solo después de… usarme. Ahora me las daba sin más.

-Gracias. ¿Por qué haces esto por mí?
-Sé que aprobarías sin que te diera nada. Pero ya que hemos llegado hasta aquí, más vale ir sobre seguro.
-Ya. ¿Pero por qué?

De repente volvió a ser aquel chico inseguro que traté de engatusar. Sus mejillas se enrojecieron ligeramente. Lo noté nervioso.

-Ana…Es que no quiero que suspendas.
-¿Por qué no? ¿A ti que más te da?

Se frotó las manos. Se puso más rojo aún. Aquel hombre, que hacía unos días me llamaba zorra y me follaba como a una perra, no era capaz de decirme lo que sentía.

Me levanté y me arrodillé a sus pies. Él me miró.

-¿Es que no quieres perder a tu… zorrita?
-No quiero perderte, no.

Alargué una mano y la puse sobre su bragueta. Su polla estaba fláccida. Empecé a acariciarle.

-Juan…no sé por qué…pero….me gusta ser tu zorra.

Noté como su miembro empezaba a endurecerse. Le bajé la bragueta y se la saqué. Era la primera vez que no le vía la polla dura.

-Claro que te gusta – dijo, volviendo a ser otra vez el macho que había conseguido dominarme – Es porque eres una zorrita.
-Solo para ti. Soy tu zorrita.

Agaché la cabeza y me metí la polla en la boca. A los pocos segundos estaba dura como una roca. Empecé una lenta mamada, como a él le gustaba. Mirándole a los ojos. Metí mi mano derecha por debajo de mi falta y me masturbé mientras se la chupaba.

-¿Soy una buena zorra? ¿Te gusta cómo te chupo la polla?
-Aggg, zorrita. Me encanta. Eres la mejor.
-Te vas a correr, ¿Verdad? Me vas a dar mi premio. El premio para tu zorrita.

Se levantó. Supe lo que deseaba. Sin sacar la mano que frotaba mi clítoris de entre mis piernas, me agaché un poco más y levanté mi cara, ofreciéndosela.

Nos corrimos a la vez. En cuando el primer chorro de espeso y caliente semen se estrelló contra mi cara, estallé. Los siguientes disparos cubrieron mi rostro, desde la frente hasta la barbilla. Mi cabello recibió también parte de su esencia.

Cuando la polla dejó de manar, yo aún me estaba corriendo. Y seguí varios segundos más en pleno éxtasis. Me quedé luego jadeando, respirando por la boca, hasta que su polla entró en ella.

Sobre mi párpado derecho había caído un poco de su semen. Él lo limpió con sus dedos y yo abrí los ojos.

-Estás preciosa, zorrita.

Me sentí tan bien al oírle decir eso. Estaba preciosa para él. Arrodillada, con una abundante corrida marcando mi cara. Con su polla en la boca. Bajo su complacida mirada.

Me sentí suya. Me sentí… su zorra.

+++++

Hoy es el día de mi toma de posesión. Hoy voy a jurar mi puesto como nueva funcionaria del ayuntamiento. Y casi llego tarde a la ceremonia en el Salón de Plenos.

Cuando me dirigía hacia allí Juan me llamó. Me ordenó que bajara al sótano. Allí me apoyó contra la pared y me subió la falda. No llevaba bragas, como me había pedido la noche anterior.

Se escupió en los dedos, me lubricó el ano y me clavó su maravillosa polla. Me enculó con fuerza, con ímpetu, como siempre lo hacía. Y no pará de decirme zorra, su zorra. No paró de darme por el culo hasta que me lo llenó con su hirviente semen.

Sin sacar su polla de mi culo me hizo incorporar y me acarició las tetas, besando mi cuello.

-Bueno, zorrita mía. Ahora vas a jurar tu cargo con el culito lleno de leche.
-Ujumm.,.. gemí, restregando mi culito contra él.

Ahora estoy delante del Alcalde y del Secretario de la corporación. Leo mecánicamente el juramento sobre un ejemplar de la Constitución.

Este es uno de los momentos más importantes de mi vida. Pero no le estoy prestando atención. Los aplausos del resto de nuevos funcionarios apenas los oigo

Porque en mi mente retumban las últimas palabras que Juan me dijo en el sótano antes de irme. Palabras que nunca había pronunciado.

-Te quiero, zorrita mía. Te quiero.

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