La noche

SINOPSIS

Mientras un asesino en serie aterroriza a la población de Madrid y la amenaza de una sangrienta guerra entre clanes mafiosos se cierne sobre todos, en la concurrida discoteca Sala Inferno, donde la fiesta se encuentra con la cara menos amable de la vida nocturna, el implacable enfrentamiento entre dos hombres está a punto de cambiarlo todo para siempre:

Alex es un joven español que acude a Sala Inferno buscando trabajo, pero acaba atrapado en un mundo de violencia y extorsiones, en el que su cuerpo y su mente ya no le pertenecen. Cuando se enamora de Joseph, un emigrante nigeriano sin papeles, Alex se encontrará en un complicado dilema entre lo que está obligado a hacer y lo que él desea realmente.

Yarik es un mafioso ruso con un pasado tormentoso, el cual lo ha vuelto totalmente insensible hacia el sufrimiento de los demás. Pero tras la repentina visita de Evan, su hermano menor, Yarik verá resurgir todas las pesadillas de su infancia, junto a la misma atracción prohibida de la que ya salió huyendo diez años atrás. Y llegado el momento, tendrá que decidir si se mantiene leal a su organización o lucha contra ella para proteger a Evan.

Secretos, mentiras, violencia, incesto, prostitución y sexo interracial, forman parte de los ingredientes que componen esta novela negra, donde el amor y la muerte son las dos caras de una misma moneda.

PRÓLOGO

Raúl cruzó el umbral de su casa con paso lento y cansado, casi arrastrando los pies. Se apoyó en la pared del recibidor y se dejó caer muy despacio hasta quedar sentado en el suelo. Abrazó sus piernas y escondió la cara entre las rodillas. Como tantas otras veces, lloró su horrible agonía en silencio, pero ya no le quedaban más lágrimas que derramar. Las había gastado todas durante los últimos meses. Aquellos malditos parásitos habían absorbido su vida hasta convertirlo en un pálido y ojeroso cadáver de diecinueve años. Y no tenía energías para enfrentar ni un solo día más en aquel horrible infierno en el que se encontraba atrapado. Necesitaba descansar, y solamente existía una forma de poder hacerlo sin poner en peligro a las personas que amaba.

Rebuscó en el bolsillo exterior de su mochila y sacó la pequeña bolsa con el cúter que había comprado de camino a casa. Le dedicó una mirada impasible, aquella afilada cuchilla era su única llave a la libertad. Ellos no podrían seguirlo allí a donde iba y, al morir, su familia estaría a salvo por fin. Últimamente, esa idea era lo único que le proporcionaba un poco de paz en medio de toda la trágica tempestad que era su vida. Llevaba toda la semana planeando hasta el más mínimo detalle. Ya había escrito las dos cartas de despedida para sus padres y su novia, Mónica, y las había enviado esa misma mañana para asegurarse de que las recibiesen tras su muerte. Después, en lugar de irse a entrenar, esperó a que sus padres se marchasen a trabajar para volver a casa. Tenía cinco horas antes de que su madre saliese de su turno partido en la cafetería. Odiaba la idea de que fuese ella quien lo encontrara, pero, por desgracia, no tenía otra opción, ya que su padre siempre estaba en casa por las tardes. No obstante, antes de poder marcharse, aún le quedaba una última cosa por hacer.

Se levantó del suelo torpemente y caminó hacia su habitación. Una vez allí, encendió el portátil y entró en aquella extraña página que había descubierto por accidente un par de semanas atrás. Al principio, Raúl había creído que se trataba de una retorcida novela de terror con un asesino en serie como protagonista. No tardó mucho en darse cuenta de que todas las entradas coincidían con las noticias que salían en los medios de comunicación sobre los asesinatos de “El Carnicero de Madrid”, como éstos lo habían apodado por su sádica predilección a ensañarse a cuchillazos con todas sus víctimas.

No tenía manera de saber si lo que se contaba en aquel blog era real o sólo la invención de alguien con mucho afán de protagonismo, quien se aprovechaba de los crímenes de otro para darse notoriedad. Pero la forma en que aquella persona relataba sus “juicios y sentencias” era tan vívida e intensa, que Raúl no pudo apartar los ojos de la pantalla hasta leer las doce entradas publicadas, una por muerte, donde se explicaban con todo lujo de detalle los pecados de los monstruos a los que había “juzgado”.

Después de dos semanas, Raúl seguía sin tener nada claro que aquello fuese real, pero estaba desesperado, así que decidió creer. Pensaba que esa sería la única forma en que la podría obtener su venganza, y a la vez, evitar que le sucediese lo mismo a otros chicos como él. Escribió un extenso comentario en la última entrada del blog, relatándole a aquel hombre que afirmaba ser un asesino, su terrible calvario y todo lo que sabía de los responsables del mismo; pidiéndole que hiciese justicia y no permitiese que aquellos hombres sin sentimientos continuasen dañando a más gente inocente. Incluso le explicó sus planes de suicidio, porque había llegado al límite de sus fuerzas y ya no podía soportar sus abusos ni un día más. Al momento, recibió una escueta, pero firme respuesta a su petición: “Los monstruos serán juzgados, puedes irte en paz”, decía el mensaje.

Satisfecho, apagó el ordenador y se encaminó al cuarto de baño. Abrió el agua caliente y se quedó mirando cómo se llenaba la bañera. Se quitó la cazadora y el jersey, dejando sus brazos al descubierto. Presionó con la afilada punta del cúter sobre la vena de su muñeca izquierda. Y reprimiendo un quejido de dolor, comenzó a cortar a lo largo de ésta, observando hipnotizado la sangre que iba brotando y deslizándose por su pálida piel hasta salpicar las baldosas del suelo. Repitió la operación con el otro brazo, y finalmente, entró en la bañera. Y mientras el agua se iba tiñendo de rojo, cerró los ojos y pudo volver a sonreír por primera vez en meses. Por fin era libre. Los monstruos ya no tenían ningún poder sobre él. Y muy pronto, pagarían por todos sus crímenes.

PRIMERA PARTE

AL CAER LA NOCHE

1

«La noche tiene muchos matices diferentes. Algunas caras amables y otras terribles. Puede ser el escenario perfecto para la diversión sin fin, las ardientes pasiones, o los crímenes más atroces. A menudo, las personas que la habitan también resultan oscuras, engañosas, contradictorias, capaces de las peores y las mejores cosas. Porque el ser humano es el monstruo más cruel y maravilloso que existe.

Cuando la noche cae sobre la ciudad, con su inmensa capa negra cubierta de estrellas, salimos los monstruos. No sé por qué he usado esa palabra. En realidad, no me gusta nada. Prefiero pensar que sólo soy otro de los muchos cazadores nocturnos que deambulamos por la implacable selva de asfalto, ocultándonos entre las sombras, haciendo de la oscuridad nuestra mejor aliada, acechando entre las penumbras y preparándonos para saltar sobre nuestra siguiente presa. Y sin embargo, eso no es del todo cierto. Sé que no soy uno más, incluso tú que apenas has comenzado a leerme ya lo intuyes. Lo que me diferencia del resto es que yo estoy en lo más alto de la cadena alimenticia. Soy un depredador que caza depredadores, un monstruo que solamente disfruta cuando se alimenta de otros monstruos.

¡Oh, ni siquiera puedes llegar a imaginar ni remotamente la magnitud y la intensidad que alcanza mi placer! Mejor para ti, créeme. No te gustaría ver el mundo a través de mis ojos. No quieres descubrir que, aun cuando estás cómodo y caliente en tu cama, sigues siendo una presa para los depredadores de ahí fuera, que cualquiera de ellos podría entrar en tu casa y borrar tu existencia sin que le supusiese ningún esfuerzo. Porque si lo supieses, jamás recuperarías la tranquilidad ni podrías volver a conciliar el sueño.

Pero no te equivoques conmigo, ten muy presente que no hago esto porque quiera. La pura verdad es que nunca tuve otra opción, no se me permitió elegir. Soy lo que soy porque la naturaleza, o la sociedad, o ambas, así lo han querido. Sé que tú no me entiendes, ¿cómo podrías? No eres un habitante de la noche. Como mucho, un visitante, un turista, que a veces se pasea por nuestro mundo para poder satisfacer su curiosidad o su absurdo apetito de diversión, ajeno al peligro que corre, feliz con su ignorancia. Tú no verás llegar a los monstruos hasta que ya sea demasiado tarde, y por eso, te envidio y compadezco a la vez.

Esta noche por fin pude salir de caza. Hacía semanas que había elegido a mi siguiente presa. Siempre soy muy meticuloso a la hora de seleccionarlos; prefiero tomarme mi tiempo para seguirlos y asegurarme de que he encontrado a la persona adecuada. La espera es una dulce tortura que convierte ese momento cumbre, en el que el filo de mi cuchillo les desgarra la garganta y su cálida sangre empapa mis manos, en una intensa explosión de placer para todos mis sentidos.

Como de costumbre, me sentía muy impaciente e inquieto mientras lo acechaba a una distancia prudencial para no ser visto antes de tiempo. Deseaba con toda mi alma que intentase escapar. ¡De verdad que me gusta perseguirlos!, hacerlos creer que pueden huir de mí, dejar que se confíen. Y finalmente, aparecer de entre las sombras, acorralarlos y contemplar sus ojos llenos de terror mientras les arrebato la vida. Eso me hace sentir bien. Pienso en sus víctimas, en toda la sangre que aquel monstruo llevaba manchada en las manos, y se me abre el apetito. Los asesinos tienen una fragancia especial, casi obscena, eso me excita y me pone duro sin remedio.

Me resultaba gracioso que pareciese tan feliz. No sabía que su alegría desaparecería muy pronto, iba a arrancársela con mis propias manos en cuanto entrase en aquel oscuro y aislado callejón. Era la noche en la que él iba a morir y ni siquiera podía imaginárselo todavía. Cuando nos quedamos los dos solos, llegó mi momento. Dejé de ser sigiloso porque quería que escuchase mis pasos al acercarme a él por detrás, que sintiese el miedo al saber que iba a morir y un sudor frío recorriese su espalda. El hombre me miró receloso. Desconocía quién era yo o a qué había ido allí, y sin embargo ya me temía. Algo en mi aspecto lo inquietaba, y no le culpo. Antes de que pudiese reaccionar, ya me había abalanzado sobre él para hundir mi acero en sus entrañas. Al principio, intentó oponer resistencia, pero fue inútil. Su cuerpo quedó tan vacio como lo estaba su conciencia.

Nadie podría culparme si supiesen todo lo que yo sé, las atrocidades que le vi cometer con mis propios ojos. Todavía llevaba el olor de sus víctimas impregnada en la ropa cuando lo encontré; esas pobres niñas inocentes a las que violó y asesinó… ¡Oh, él sí que era un monstruo!, uno más degenerado y cruel que yo.

Odio mi naturaleza, ser lo que soy, hacer lo que hago, pero no tengo otra opción. Necesito cazar y matar para acallar las voces. Jamás me siento saciado y siempre quiero más. Intento convencerme a mí mismo de que ellos merecen morir. Esos seres despreciables que asesinan sin ninguna necesidad… ¡Los odio! Ellos sí que pueden elegir, y han escogido terminar con la vida de personas inocentes. Aun así, no puedo evitar sentirme culpable y triste. Nunca podré parar, siempre estaré solo.

La Policía Nacional, la Local y la Guardia Civil buscan a un terrible criminal, un monstruo, que caza y degüella a sus víctimas cuando cae la noche. Asesino en serie me llaman. Si supiesen que estoy haciéndoles un favor al limpiar las calles de los verdaderos monstruos; aquellos que matan, torturan y cometen todo tipo de atrocidades contra los de su propia especie. Creo que si comprendiesen lo que hago realmente, me darían las gracias. Pero no importa, no es reconocimiento lo que busco, yo sólo quiero que las voces se detengan».

2

Situado en el sureste de la Comunidad de Madrid, en un valle circundado por tres cerros rocosos que formaban una angosta garganta, se encontraba el pequeño municipio de Pelayos de la Presa, con apenas siete coma sesenta y dos kilómetros cuadrados de extensión y poco más de dos mil quinientos habitantes. Al otro lado del Cerro del Cubo, en el este, una cuenca más profunda daba cabida al embalse de San Juan, el único pantano de la Comunidad en el que se permitían el baño y los deportes náuticos. Por eso, este municipio era popularmente conocido como la “playa de Madrid”. Y durante los meses de verano, la gran afluencia turística llegaba a duplicar su población.

En pleno polígono de Pelayos, se erguía la emblemática Sala Inferno, una antigua nave industrial reconvertida en discoteca desde hacía ya más de dos décadas, la cual abría sus puertas de jueves a domingo durante los meses de julio, agosto y septiembre, y sólo una noche a la semana el resto del año. Tras la última remodelación de Sala Inferno, apenas un par de años atrás, su exterior austero y de líneas rectas, con la apariencia de un tosco y rectangular bloque de hormigón, contrastaba en gran medida con la moderna y desenfadada decoración interior.

En el exterior, la enorme construcción hacía esquina con dos calles transversales. La calle horizontal transcurría paralela a la fachada, donde se encontraban un amplio aparcamiento para los clientes y la entrada principal. Sobre ésta última, había atornillado un gigantesco cartel con el nombre de la discoteca, escrito con letras gruesas de color negro sobre un fondo púrpura metalizado. Lo más llamativo de todo era que la “o” de Sala inferno se representaba con un pentagrama invertido, símbolo de magia pagana y satanismo, en una evidente alusión al propio nombre del local.

La calle vertical pasaba junto al lateral derecho de la nave, y por ella se accedía a una pequeña parcela de terreno, situada detrás del edificio. Ésta hacía a la vez de entrada de servicio para descargar mercancías, así como de aparcamiento reservado únicamente para algunos miembros del personal de la discoteca. Por eso, habían cerrado este espacio con una alambrada y un robusto portal, los cuales fueron luego recubiertos con finas láminas de seto artificial para guardarse de miradas indiscretas.

El interior de la discoteca contaba con dos plantas, en las que imperaba el púrpura metalizado y el negro; así como diversos espejos, láseres de colores y lámparas que simulaban serpenteantes lenguas de fuego. En el piso inferior, había dos zonas diferenciadas por distintos niveles de profundidad. Por un lado, la pista de baile, que estaba situada en el centro, y por otro el espacio que la rodeaba. Para acceder a la pista era necesario descender un escalón. En ella, se erguían cinco tarimas de un metro cuadrado de ancho por uno y medio de alto, con sendas jaulas encima y unas escalerillas adosas por las que accedían los gogós. Las habían colocado de tal forma que, al unir sus puntos, se podía formar otro pentagrama invertido. No era muy difícil darse cuenta, puesto que también lo habían dibujado en el suelo y ocupaba toda la pista de baile.

En el espacio que rodeaba a la pista, se encontraban el guardarropa cerca de la puerta principal, una barra grande, justo en frente de la entrada, y dos barras laterales más pequeñas. Al fondo, estaban las dos escaleras para acceder al segundo piso, los servicios y la puerta del almacén, que aún conservaba el cartel de “Prohibido el paso”, a pesar de que siempre estaba cerrada llave.

A su vez, habían dividió aquella estancia en un espacio para guardar la mercancía, un cuarto minúsculo que servía como vestuario a los gogós, y otra habitación un poco más amplia, donde se encontraba la oficina del gerente. Ninguno tenía ventanas. Junto a la puerta de servicio que daba al aparcamiento del personal, había unas escaleras estrechas que constituían el único acceso existente a un pequeño apartamento, situado en la planta superior e independiente del resto de la discoteca, el cual abarcaba las mismas dimensiones que el almacén y los servicios del primer piso.

En la planta superior, había un gran balcón que rodeaba la pista de baile, y desde el que se podía observar todo lo que ocurría debajo. En los dos laterales, se ubicaban las zonas de descanso, con poofs y pequeñas mesas redondas. Al fondo, estaba la cabina del disc-jockey, que sobresalía un poco sobre la pista. Detrás de la cabina, se encontraban unos servicios más pequeños que los de la planta inferior y un pasillo para comunicar los dos lados. Y justo enfrente, sobre la entrada principal, había un reservado con un enorme ventanal en lugar de balcón, donde el propietario de la discoteca acostumbraba a realizar sus reuniones.

Era martes y estaban a principios de septiembre. Alex había respondido a un anuncio de trabajo que solicitaba camareros para la Sala Inferno, y ahora se encontraba sentado en una austera oficina sin ventanas, frente a un hombre que le hablaba con un marcado acento ruso. En contraste con el resto de la discoteca, las paredes de aquella estancia parecían desnudas, ya que las habían pintado de blanco y no tenían cuadros ni otros elementos decorativos colgados. La oficina estaba escasamente amueblada con nada más que un escritorio, dos sillas y un sillón reclinable, todo de color negro. Pero lo más extraño de todo era, sin duda, el fuerte olor a vodka que lograba imponerse sobre un ambientador barato con aroma a limón.

El gerente, quien se había presentado como Yarik, le estaba explicando que los puestos de camarero ya habían sido ocupados, pero que iba a hacerle la entrevista de todos modos por si quedaba algún lugar vacante en los próximos días. Alex asintió, conforme, y comenzó a detallarle su escaso currículo. Después de un rato de charla intranscendental, Yarik se interesó mucho por la situación personal de Alex. Y éste terminó contándole que atravesaban un momento muy delicado en casa porque su padre acababa de morir, y para colmo, le habían denegado la beca de estudios. También le dijo que necesitaba el dinero con urgencia para pagar los gastos de la universidad para el próximo curso, pero que le estaba costando mucho encontrar trabajo.

—Ya estoy aburrido de enviar currículos y acudir a entrevistas para que luego nunca me llamen… —le explicó el joven español.

—Sí, la verdad es que las cosas se están poniendo muy negras en este país —dijo el ruso—. Cuando yo me vine, esto no era así.

—Pues, ojalá me equivoque, pero creo que solamente va a ir a peor.

—Pienso igual. —Yarik hizo un gesto de resignación, y continuó hablando—: Escucha, Alex, tenemos una plaza vacante como gogó. Sé que no es lo que buscabas, pero si no tienes reparos en bailar casi denudo dentro de una jaula, podrías trabajar menos y cobrar más que de camarero, ¿qué me dices?

—No soy una persona vergonzosa, pero, ¿tú crees que yo doy el tipo para eso?

Yarik curvó levemente las comisuras de sus labios en una cínica sonrisa. El chico poseía el atractivo casi pueril del adolescente que acaba de cruzar a la etapa adulta, con un rostro aniñado y un cuerpo delgado, pero tonificado por el ejercicio diario. Le había dicho que tenía veintidós años, pero no aparentaba más de dieciocho. No era muy alto, apenas rozaba el metro setenta. Su pelo rubio ceniza, lleno de bucles perfectos, enmarcaba una cara ovalada con ojos almendrados de color miel, nariz pequeña y unos labios finos. A todo lo anterior, se sumaba su sonrisa tímida y dulce que ayudaba a otorgarle un aspecto delicado y angelical, sólo mancillado por el piercing negro que atravesaba su ceja derecha.

—A simple vista, parece que sí —respondió el ruso—, pero necesito verte sin ropa para confirmarlo.

—¿Ahora?

A pesar de que Alex le había asegurado que no era nada recatado, al ruso le pareció que estaba totalmente cohibido en ese momento, ante la idea de tener que desnudarse frente a un desconocido. Y no pudo reprimir una pequeña carcajada, que acompañó con una mirada llena de malicia. «Este crío es delicioso. A Viktor le va a encantar…», pensó, cada vez más satisfecho con su elección.

—¡Pues claro! Si te acobardas por desnudarte delante de mí, ¿cómo esperas hacerlo frente a cientos de personas cada fin de semana? —apuntó, irónico.

—Vale…

Tras ponerse de pie, Alex se sacó la camiseta y la dejó caer descuidadamente sobre la silla. Tuvo que reprimir el fuerte impulso de doblarla antes, no soportaba el desorden, pero dudaba mucho que el ruso compartiese su preocupación por las arrugas en la ropa. Después, se agachó para desatarse los cordones de las zapatillas y quitárselas, dejándolas abandonadas en un rincón de la pequeña oficina. Volvió a incorporarse y siguió con la pretina de sus ajustados vaqueros. Levantó la cabeza para dedicarle una fugaz mirada al gerente de Sala Inferno, quien lo observaba con atención desde su asiento detrás del escritorio, pero sin expresión alguna en el rostro. Y tras unos segundos en los que pareció dudar, se los bajó hasta los tobillos y terminó de quitárselos con los pies. Mientras tanto, Yarik estudiaba su cuerpo desnudo con ojos fríos e ilegibles, como si estuviese valorando la calidad de la carne expuesta y no mirando a otro ser humano.

—¿Los calzoncillos también? —preguntó Alex con timidez.

—No, no es necesario.

El joven español asintió, aliviado. No es que aquella fuera la primera vez que estaba desnudo frente a un desconocido. Si lo pensaba con frialdad, había hecho cosas mucho peores en parques o baños públicos con hombres con los que apenas si llegó a intercambiar un breve y escueto saludo. Pero nunca había tenido que quitarse la ropa en una entrevista de trabajo hasta aquel día. Ese era un terreno nuevo e inexplorado para él.

Mientras tanto, Yarik no dejaba de felicitarse a sí mismo por el buen ojo que había tenido. Estaba seguro de que Viktor iba a sentirse muy satisfecho con él por su nueva adquisición. El chico era por completo del gusto de su jefe, y había llegado como caído del cielo tras el prematuro suicidio de su última mascota. Aunque esperaba que éste les durase más que el anterior, no apostaba demasiado por ello. En su opinión, los españoles eran demasiado blandos, como patéticos animales domésticos que habían perdido el instinto de supervivencia ante los depredadores más feroces.

—Bien. Nos vales. Puedes vestirte —anunció Yarik, satisfecho. Y Alex soltó el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta—. ¿Te supone algún inconveniente empezar este jueves? —El otro negó con la cabeza—. Entonces, preséntate aquí a las once y media. Nosotros os proporcionamos la ropa y un vestuario para cambiaros. Es la puerta que está al lado de mi oficina, no tiene pérdida. Si encuentras el almacén cerrado y todavía no han llegado los demás, pídele la llave a alguna de las camareras de la barra central.

—Muchas gracias, de verdad —murmuró el chico, irradiando felicidad, mientras se ponía la ropa.

«¡No me des las gracias, idiota! Te estoy enviando al matadero… ¿Por qué tenéis que ser todos tan estúpidos?», pensó Yarik. Por un segundo fugaz, le vino a la cabeza el trágico final que había sufrido el antecesor de Alex. Pero el ruso lo empujó fuera y el recuerdo se fue tan rápido como había llegado. Yarik llevaba años sin preocuparse por nadie, y tenía muy claro que no iba a empezar aquel día. Se despidió del que ya había apodado interiormente como “el ingenuo estudiante”, tratando de forzar una sonrisa, pero se quedó a medio camino en una mueca torcida. Y cuando éste hubo abandonado su despacho, consultó su reloj de pulsera, resoplando con fastidio porque ya se le había hecho un poco tarde y todavía tenía que entrevistar al resto de candidatos para contratar a dos camareros.

Alex salió del almacén y cruzó la desierta pista de baile de la Sala Inferno. En un par de días, aquel lugar estaría lleno a rebosar, repleto de cuerpos sudorosos tropezando y frotándose entre sí, mientras se movían al ritmo de la música enlatada que pinchaba el disc-jockey. Pero en ese momento, solamente era un amplio espacio vacío.

Localizó a Joseph, el hombre de color que lo había conducido al despacho de Yarik a su llegada, apoyado en una barra lateral, con la mirada perdida y un vaso en la mano lleno de un líquido indescifrable. Alex no podía apartar la vista de aquel dios negro. Le parecía un hombre imponente, con su metro ochenta de estatura, aquel cuerpo ancho y musculoso, una piel tan negra como el ébano y la cabeza afeitada. Por su aspecto, cualquiera supondría que era uno de los porteros de la discoteca, y Alex pensó que no le importaría nada armar un altercado si era ese monumento a la masculinidad quien venía a reducirlo y clavaba su pollón negro en él por accidente. Sonrió por su ocurrencia y se dijo a sí mismo que era un «jodido vicioso sin remedio». Entonces, una pequeña punzada de tristeza lo golpeó en la boca del estómago. Quizá, Julio, su expareja, tenía razón cuando rompió con él y le dijo: “Todos deberíamos tener algún límite, una línea que no estemos dispuestos a cruzar…, y tú, Alex, ni siquiera sabes lo que es eso”.

Los ojos del africano se clavaron en los suyos e interrumpieron su hilo de pensamientos. Alex le sonrió con picardía, dejándole muy claro lo que pensaba de él. Y Joseph le devolvió el gesto un segundo, para luego dedicarle una mirada de preocupación que, acompañada de su tenso lenguaje corporal, casi semejaba una seria advertencia de peligro. Durante unos fugaces instantes, el tiempo se congeló a su alrededor y todo el universo dejó de girar, mientras los dos hombres se observaban el uno al otro en silencio, manteniendo una íntima conversación sin necesidad de palabras. Alex y Joseph todavía no lo sabían, pero aquel excepcional y fugaz momento que acababan de compartir ya había entrelazado y sellado sus destinos para siempre.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó el nigeriano, poniendo fin a esa comunicación silenciosa que comenzaba a confundirlo e incomodarlo.

—Bien, me ha contratado.

—Felicidades —dijo, tratando de mantener un tono de voz neutro, pero sin lograrlo del todo.

—Gracias. Nos vemos el jueves —se despidió Alex, irradiando felicidad.

Joseph observó la estrecha espalda del chico español mientras cruzaba la puerta principal y abandonaba la discoteca. «Es muy joven y atractivo —pensó—, este vivirá poco». No es que eso le importase. No era asunto suyo. Hacía años que había aprendido una enseñanza tan dura como necesaria para su propia supervivencia: “Los hombres pobres no pueden permitirse el lujo de tener remordimientos”, y menos por un mocoso blanco. La suerte de Alex ya se había decidido y no sería él quien se interpusiese en los planes de sus jefes.

3

El núcleo urbano de Pelayos de la Presa ocupaba casi todo el valle circundado por los tres cerros del municipio, en el sur, norte y este, y se extendía en dirección oeste hacia el término vecino, San Martín de Valdeiglesias. La gran proliferación de urbanizaciones residenciales para turistas, junto con las minúsculas dimensiones del municipio, habían ocasionado que todas estas edificaciones estuviesen muy concentradas en un espacio reducido, colmatando así la mayor parte del terreno. La construcción masiva del valle contrastaba en gran medida con las amplias extensiones de vegetación de las colinas que lo rodeaban.

Eran las ocho de la tarde de un jueves. A pesar de que se encontraban a principios de septiembre, las temperaturas habían descendido abruptamente esa semana, y un incesante viento del norte soplaba entre los edificios de aquel sombrío barrio residencial, donde apenas daba el sol durante unas pocas horas. Evan caminaba medio encogido por el repentino frío y con las manos metidas en los bolsillos de su vieja y desgastada sudadera, mientras miraba a su alrededor, tratando de localizar la dirección que buscaba.

Dos largas filas de edificios idénticos, con cinco plantas, fachadas blancas y tejados de barro natural, se erguían a ambos lados de la calle. La acera por la que avanzaba y el carril de un solo sentido para los vehículos eran muy estrechos. Todo el espacio de los arcenes había sido aprovechado en plazas de aparcamiento, y no existía ningún tipo de vegetación en esa zona porque el suelo estaba totalmente recubierto de asfalto y pavimento. En aquel momento, no había más peatones ni coches circulando por la oscura y constreñida calle de la urbanización, por lo que reinaba allí un silencio casi sepulcral, sólo interrumpido por el zumbido del viento y el murmullo lejano del tráfico en el centro.

Con aire distraído, Evan comprobó la dirección que llevaba anotada en un trozo de papel arrugado, y se aseguró de que estaba frente al edificio correcto. Nervioso e impaciente, llamó al telefonillo varias veces, pero nadie respondió. Insistió durante unos quince minutos más antes de darse por vencido y asumir que Yarik aún no había vuelto a casa. No le quedaba más remedio que esperarlo en el portal. Suspiró con resignación, dejó caer la pesada mochila, donde cargaba sus escasas pertenencias, y se sentó en el escalón de la entrada, encogiéndose todo lo que pudo para conservar el calor corporal.

Entonces, un vecino salió del inmueble, y tras dedicarle una profunda mueca de asco, comenzó a increparle algo en un tono de voz muy brusco. Evan no necesitaba entender el español para comprender que ese hombre lo estaba “invitando” a largarse de allí porque, en su corta vida, ya lo habían echado de muchos lugares. No obstante, aquel también era el edificio de su hermano y él no estaba dispuesto a moverse hasta que lo viera, así que lo mandó a la mierda en ruso y se quedó donde estaba. Al sentirse ignorado, el hombre todavía se irritó más y su tono de voz se elevó de la queja enérgica al grito estridente. Pero como tampoco eso dio resultado y aquel “vagabundo rumano” seguía ensuciando con sus mugrientas posaderas el impoluto mármol de la entrada, decidió llamar a la policía y que ellos se encargasen del problema, que para eso les pagaba con sus impuestos.

Yarik ya había reparado en el altercado desde algunos metros atrás, pero hasta que estacionó el coche frente al portal de su bloque, no reparó en que el joven andrajoso que estaba enfureciendo al vecino del tercero se parecía mucho a su hermano pequeño, y ese descubrimiento lo dejó perplejo. Estaba más alto de lo que recordaba y el antiguo rostro adolescente se había endurecido con las facciones adultas y varoniles de un hombre. Aun así, la semejanza resultaba asombrosa, por no decir espeluznante. No obstante, Yarik se dijo que no podía ser, era absurdo creer que Evan hubiese podido localizarlo después de tanto tiempo. Trató de convencerse a sí mismo de que sólo estaba imaginando cosas, que bastaría con salir del coche y verlo de cerca para darse cuenta de que había cometido un error ridículo.

—No puede ser él —murmuró con la voz quebrada.

Sin embargo, cuando los ojos del chico se clavaron en los suyos, a través del parabrisas de su coche, y leyó el reconocimiento en ese rostro tan familiar, comprendió con horror que no se había equivocado; aquel joven de aspecto desaliñado era de verdad su hermano. Parecía algo completamente imposible y no lograba encontrarle ninguna explicación verosímil a tan repentina aparición, pero allí estaba. Y esos ojos azules, que lo escrutaban con un inconfundible brillo de furia ardiendo en sus pupilas, no dejaban lugar a dudas de que su peor pesadilla acaba de convertirse en realidad.

—¡No, joder, no!

Yarik observó, aterrorizado, como Evan se levantaba del escalón donde estaba sentado, esquivaba ágilmente al impertinente vecino, quien no cesaba de increparle, y avanzaba hacia su coche con paso decidido. En ese momento, hubiese dado cualquier cosa por ser capaz de volatilizarse en el aire, desaparecer, ir a cualquier otro lugar en el mundo… No se sentía preparado para enfrentar a Evan, nunca podría estarlo. Deseaba con todas sus fuerzas poder girar la llave en el contacto, reincorporarse al carril y clavar el pie en el acelerador hasta perder la urbanización de vista para siempre; huir de nuevo y poner tanta distancia entre ellos como le fuese posible. Sin embargo, por alguna extraña razón, no era capaz de moverse, su cabeza sabía lo que tenía que hacer, pero el resto del cuerpo se negaba a obedecer las órdenes que ésta le enviaba. Estaba completamente paralizado por el pánico. Ni siquiera fue capaz de reaccionar cuando Evan se detuvo a su lado, atravesándolo con la mirada, y dio unos toquecitos con los nudillos en la ventanilla del conductor para llamar su atención.

Desde que salió de San Petersburgo, rumbo a aquel pequeño municipio oculto entre colinas, Evan no había cesado de preguntarse cómo reaccionaría su hermano cuando por fin se reencontrasen. Llevaba días soñando despierto con el instante en que los dos volviesen a estar juntos y pudiese estrecharlo entre sus brazos, borrando con el calor de sus cuerpos todas las miserias que habían acontecido en sus vidas durante la década en la que permanecieron separados. No se engañaba, sabía que no obtendría un gran recibimiento, su relación era demasiado complicada para eso, pero tampoco esperaba ser ignorado de aquel modo. Yarik ni siquiera lo miraba, permanecía sentado dentro de su automóvil, cabizbajo y con los ojos cerrados, mientras se aferraba al volante con tanta fuerza que semejaba querer aplastarlo con sus propias manos.

En un principio, Evan se había propuesto dejar las recriminaciones atrás para no hurgar en un pasado que prefería olvidar, pero el comportamiento cobarde de Yarik estaba reabriendo sin remedio las viejas heridas que nunca habían llegado a cicatrizar del todo. Y no pudo evitar que una punzante furia, la cual llevaba mucho tiempo latente y adormecida en su interior, substituyese a esa frágil esperanza que tanto se había esforzado por cultivar y mantener a toda costa. Entonces, sin ser demasiado consciente de lo que estaba haciendo, abrió la puerta del conductor y lo agarró de un brazo, tirando de él violentamente, con el propósito de forzarlo a salir del coche. Para su sorpresa, no halló ni la más leve resistencia en Yarik, quien se dejó manipular como si fuese un bulto sin voluntad, hasta quedar de pie frente a su hermano, ante el atento escrutinio del vecino que se resistía a irse.

Perplejo e incapaz de asimilar lo que estaba ocurriendo, Yarik se quedó mirando aquella cara que casi parecía un reflejo más joven y menos dañado de la suya: los mismos ojos azules, idénticas narices griegas y mandíbulas cuadradas, similares tonos de castaño en el cabello. Además, ambos tenían una constitución fuerte y una altura más que considerable, rozando el metro noventa, que les venían de herencia paterna. Se podría decir que las únicas diferencias significativas consistían en que Yarik llevaba el pelo más corto y no estaba tan pálido como su hermano. Mirar a aquel hombre adulto, en el que Evan se había convertido, era para Yarik como verse a sí mismo en un espejo, y a la vez contemplar la versión rejuvenecida de su infame padre. Sin duda, se trataba de una de las muchas razones por las que su hermano le provocaba aquel irracional rechazo, aunque ni de lejos era la peor.

—¿Evan? —logró articular con un débil hilo de voz, cuyo tono sonó más a un ruego que a una pregunta.

—Me sorprende que aún me recuerdes después de diez años sin saber nada de ti. —Cada palabra fue pronunciada lenta y contundentemente, sin titubeos ni emoción alguna, como dardos envenenados directos al adormecido corazón de Yarik, que por primera vez en una década, volvió a experimentar el dolor.

—¿Qué…, qué haces aquí? —masculló, al tiempo que un escalofrío le recorría toda la espina dorsal, las nauseas ascendían peligrosamente por la boca del estómago y un despiadado puño invisible le oprimía el pecho.

—Tras todo este tiempo, ¿eso es todo lo que tienes que decirme? —le recriminó Evan, sin poder disimular por más tiempo la profunda tristeza y decepción que le había causado su frío recibimiento.

—Yo…

—¿Lo conoces? —intervino el vecino con desconfianza, interrumpiendo el tenso intercambio de palabras.

—Es mi hermano —respondió Yarik, sin apartar los ojos del aludido.

—Ah, ya, claro… —murmuró, malhumorado, antes de proseguir su camino.

Al ruso le pareció que el hombre refunfuñaba algo por lo bajo sobre los “malditos extranjeros que estaban invadiendo el país” mientras se alejaba de ellos, pero no le prestó demasiada atención. Tenía cosas mucho más importantes de las que preocuparse en ese momento.

—¿Vas a invitarme a subir o quieres que nos quedemos aquí todo el día? —protestó Evan de mala manera, dispuesto a no concederle ni un segundo de tregua.

Yarik se limitó a asentir, y tras abrirle el portal, se apartó a un lado para dejarle paso. Hicieron el resto del camino en medio de un tenso silencio, el cual vivió como la calma fugaz que precedía a una inevitable tormenta. El ruso entró en su apartamento con la cabeza gacha y el paso vacilante, seguido muy de cerca por su hermano. Tras cruzar el umbral, Evan cerró la puerta de una patada y arrojó su mochila al suelo sin ningún cuidado. Al momento, Yarik se encogió en su sitio como el pobre niño aterrorizado que un día fue. Inspiró profundamente, y cuando por fin logró reunir las fuerzas necesarias, se giró para enfrentarlo. Pero no pudo sostenerle la mirada más de un par de segundos antes de volver a clavar la vista en el suelo.

Por mucho que lo lamentase, no era capaz de mirar a su propio hermano a la cara sin ver también en ella al monstruo retorcido que los torturó a ambos durante toda su infancia y adolescencia. Odiaba admitirlo, pero ese bonito rostro se había convertido para él en un vivo recordatorio del horror. La prueba estaba en que no hacía ni cinco minutos que se tropezaron en el portal y su mente ya no acertaba a controlar el torrente de imágenes de pesadilla, que hasta ese día, había mantenido bien enterradas en lo más profundo de su memoria: podía ver los jóvenes ojos azules de Evan, tan similares a los suyos, llenos de lágrimas y una tensa mueca de dolor deformando su expresión, oír sus quejidos entrecortados y afónicos. E incluso le parecía escuchar su propia voz desesperada, repitiendo sin parar las palabras “perdóname, por favor”, como si de un mantra sanador se tratasen, mientras acariciaba su mejilla con dulzura en un torpe intento de ofrecerle algún consuelo.

Yarik resopló, consternado. Diez años huyendo de su horrible pasado, construyendo una vida nueva y reinventándose a sí mismo, empezaron a derrumbarse sin remedio, como un frágil castillo de naipes, en cuanto reconoció al desaliñado joven que lo esperaba en el portal. A pesar de todo, sabía que su hermano no tenía la culpa de evocar en él aquel profundo desasosiego, ninguno de los dos la tenía y ya no quedaba nadie a quién odiar, aquello era lo peor de todo. Por eso, hizo un gigantesco esfuerzo por suavizar un poco la expresión de su rostro y contener todos los reproches que le bullían en la cabeza, alimentados por el sentimiento de impotencia y el profundo miedo irracional que habían resurgido con la presencia de Evan.

—Evan…, necesito saberlo, ¿cómo has dado conmigo? —preguntó sin aliento—. No es por ti…, tengo enemigos, me preocupa que cualquiera pueda encontrarme con tanta facilidad —se apresuró a aclarar.

—Si es por eso, puedes estar tranquilo. Fue Viktor quien me trajo a España y me dio tu dirección. Ahora trabajo para él —respondió Evan con una frialdad tal que le heló la sangre.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loco? ¡Ese hombre es muy peligroso!

—Resulta bastante curioso que seas precisamente tú el que me lo diga, teniendo en cuenta que llevas casi una década en su organización.

—Tú… no tienes necesidad de… El dinero que os mando todos los meses debería bastar para…

—¿Dinero? No sé nada de ningún dinero —lo interrumpió—. Me fui de casa hace años porque mamá se volvió completamente loca después de que… él muriese, y ya no aguantaba más. Lo sabrías si te hubieses molestado en ir a buscarme alguna vez. —El enfado y la decepción que impregnaban cada una de las palabras de su hermano le tensaron todavía más el nudo en la garganta.

—Evan, ¿qué estás haciendo aquí?

—He venido por ti. —Trató de acortar la distancia entre ellos, pero el otro retrocedió de forma brusca, como si su mera cercanía le resultase insoportable.

—No.

—Yarik, por favor.

—¡No! —gritó, horrorizado.

Una espantosa idea acababa de cruzar por su cabeza y amenazaba con quedarse allí, atascada para siempre. No, no podía permitirlo. Evan tenía que irse por el bien de su salud mental. Aún estaba a tiempo de fingir que nada había pasado, que la visita de su hermano no había sido más que una cruel pesadilla, la macabra broma de una imaginación desquiciada. Pero sabía que no resultaría tan sencillo. Aquel hombre, de pie frente a él, había venido para quedarse y no estaba dispuesto a desaparecer de su vida sin pelear, podía leerlo en sus ojos, en su expresión, lo llevaba escrito por toda la cara. Siempre había temido que llegase ese momento más que cualquier otra cosa en el mundo. Podía lidiar con todas las armas, las extorsiones, los asesinatos e incluso con el insufrible Viktor Udinov, pero no con los sentimientos encontrados que Evan le despertaba.

—Tú no tuviste la culpa, ni yo tampoco, no éramos más que dos críos asustados en las manos de un maldito bastardo degenerado. Ya hice las paces con aquello, ¿por qué tú no puedes? —dijo como si fuese capaz de leer sus pensamientos.

—No quiero hablar de eso.

—De acuerdo —murmuró, resignado—. Necesito un lugar para quedarme un par de días hasta que Viktor me encuentre otra cosa. No me cruzaré en tu camino.

—Tampoco quiero que trabajes para él.

—Ese tema está fuera de cualquier discusión, Yarik. Perdiste el derecho a opinar sobre mi vida hace diez años, cuando te largaste de aquella casa sin mí.

—Bien. Hay una habitación libre al final del pasillo —se limitó a decir con una incipiente furia bailando en su voz, antes de atravesar el umbral a toda velocidad de vuelta a la calle.

—Ojalá pudieses verte a ti mismo como… —Un violento portazo lo interrumpió y dejó la frase a medias.

«…yo siempre te he visto: mi protector, mi ángel, lo único que tengo… —prosiguió en su cabeza—. Ojalá dejases de odiarte por algo que nunca fue culpa tuya. Ojalá pudieses verme realmente a mí y no a la pequeña víctima que recuerdas. Soy un adulto ahora, Yarik, igual que tú». Evan deseaba con todas sus fuerzas tener el poder de hacerle llegar ese pensamiento a su hermano porque sabía que él nunca lo escucharía si trataba de decírselo en voz alta.

Dejó escapar un largo suspiro de resignación, recogió la mochila del suelo y se encaminó hacia su nuevo dormitorio. No iba a rendirse con él, todavía no. Se lo debía. Yarik era la única razón por la que seguía vivo. Si éste no lo hubiese protegido tantos años atrás, lo más probable sería que ninguno de los dos lo estuviese. Le parecía muy injusto que continuase atormentándose de esa forma por algo que siempre escapó a su control.

Yarik solamente tenía dos años más que Evan, pero desde que eran muy pequeños, ya se había responsabilizado de la tarea de cuidar de su hermanito, mientras sus padres vivían inmersos en las brumas del alcohol y pasaban inconscientes la mayor parte del día. Los primeros recuerdos que Evan tenía de su madre eran los de un ser inanimado, que dormitaba en el viejo sofá del salón o sobre la mugrienta alfombra, rodeada de botellas vacías y vasos sucios. Y solamente les dirigía la palabra a sus hijos para gritarles que cerrasen la “maldita boca” y no hiciesen tanto ruido.

Años más tarde, descubriría que había sido su propio padre quien la enganchó a la bebida para que no fuese consciente de lo que sucedía bajo aquel techo. Pues, la verdadera pesadilla de los dos hermanos comenzaba cuando éste se despertaba de sus etílicos sueños y arrastraba los pies por toda la casa en busca de sus hijos. “Niños, mis niños, ¿dónde estáis?”, rugía con su asquerosa voz. Y no importaba lo bien que ellos se escondiesen, él siempre los encontraba.

4

Pasaban unos minutos de las doce de la noche, la Sala Inferno solamente llevaba una hora abierta y ya estaba abarrotada de gente porque los jueves acostumbraba a llenarse más temprano. Alex estaba terminando de cambiarse en el minúsculo vestuario; un cuarto sin ventanas, cuyo único mobiliario consistía en un par de bancos largos de madera y un gran espejo de cuerpo entero, atornillado a la pared. El español echó un último vistazo a su reflejo, ojeando con cierta incomodidad el que sería su nuevo uniforme de trabajo: un diminuto short de color plateado y el resto del cuerpo cubierto de purpurina. Se dijo a sí mismo que si mantenía la vista fija en su objetivo final, aquello sólo sería un poquito humillante para él. Después, tomó aire y abandonó el pequeño vestuario, cruzó por delante de la barra principal, y con una seguridad más fingida que real, trepó por las escaleras de su tarima asignada en el lateral izquierdo de la pista de baile.

Aquello debería ser fácil. Sólo tenía que bailar al ritmo de la ruidosa música durante casi toda la noche; con sus correspondientes descansos de quince minutos, cada dos horas, para ir al cuarto de baño o beber algo. No sería tan diferente a las otras veces que había acaparado la pista de baile en alguno de los clubs gay que solía frecuentar en el pasado, excepto quizá porque, en esas ocasiones, acostumbraba a llevar más ropa encima y solía captar la atención de otros hombres, no la de aquel grupo de chicas adolescentes disfrazadas de mujeres adultas que ahora estaban amontonándose a su alrededor como una jauría hambrienta.

Entonces, notó un apretón en el tobillo derecho, y cuando bajó la vista, descubrió a una joven, poco más que una niña, que estiraba el brazo entre los barrotes de la jaula para poder tocarlo. Se quedó helado, nadie le había explicado cómo debía comportarse en una situación así. De hecho, ni siquiera se le había ocurrido que tal cosa pudiese suceder. ¿En qué demonios estaba pensando aquella cría tonta? Siguió bailando sin prestarle atención, pero de pronto, ya no tenía una mano en su pierna, sino dos. Una amiga de la primera se había unido al asalto y las dos reían a carcajadas como si aquella fuese la broma más graciosa de toda la noche. Por un fugaz instante, se sintió seriamente tentado a patearlas.

En ese preciso momento y como caído del cielo, apareció Joseph. Tan alto e imponente como lo recordaba. En lugar de la ropa de calle que llevaba la primera vez que lo vio, ahora lucía un uniforme de pantalón y camiseta negros muy ajustados, los cuales marcaban su cuerpo musculoso y casi parecían una prolongación de su piel de ébano. La mera presencia del portero hizo desistir a las chicas de la absurda travesura, que huyeron a toda velocidad para mezclarse entre la multitud y así no ser expulsadas del local. Alex le dedicó una sonrisa de agradecimiento y el otro lo recorrió de arriba abajo con una sugerente mirada y sin molestarse ni un ápice en disimular su interés. El español se mordió el labio nervioso. «¡Joder, si pudiese bajarme de esta cosa ahora, te daría las gracias de rodillas, cabrón!», pensó, excitado, mientras observa la ancha espalda del africano alejarse de vuelta a la entrada.

Joseph regresaba a su puesto seriamente acalorado. Cuando conoció al mocoso blanco en su entrevista de trabajo, su evidente atractivo físico no le pasó inadvertido. Ese día pensó que tenía un rostro bonito, incluso dulce, así como un cuerpo que, aunque carecía de unos músculos tan desarrollados como los suyos, sí que resultaba armonioso y bien proporcionado. En realidad, Alex no se parecía en nada a su tipo habitual de hombre porque al negro solían gustarle más maduros y voluminosos. Pero sí que sabía apreciar esa belleza juvenil de la que el español estaba muy bien provisto.

Quizá por eso, le había resultado tan impactante comprobar el efecto devastador que la imagen de la piel desnuda del gogó, apenas cubierta con un minúsculo y ceñido trozo de tela, había obrado en sus hormonas, revolucionándolo hasta tal punto que llegó a endurecerse con tan solo echar un breve vistazo. Y esa vívida imagen mental que se había colado en su cabeza sin permiso, en la cual se aferraba a los rizos rubios del español para clavarse entre sus labios, no le ayudaba en nada a bajar la tensión. «¡Mierda! Tengo que salir de aquí, necesito aire fresco», se dijo, antes de apurar el paso para poder llegar cuanto antes a la puerta de la discoteca.

5

En el segundo piso de Sala Inferno, tras una cristalera tintada que bloqueaba las miradas curiosas hacia el interior, pero permitía ver lo que ocurría en la pista de baile a los que se encontraban dentro, se ubicaba el reservado que Viktor Udinov solía utilizar para dirigir sus negocios sucios. En ese preciso momento, los ojos del mafioso recorrían el cuerpo semidesnudo de Alex con suma atención, deleitándose con cada detalle, planeando todas las formas en las que iba a someterlo para gozar de él, y por supuesto, calculando los beneficios que aquel niñato le acarrearía. Para el ruso, no había nada más importante en el mundo que el dinero. Él no veía personas cuando miraba a los demás, sino máquinas de generar riqueza, y su obligación era explotarlas para que diesen el mayor rendimiento posible. Con Alex no sería diferente.

Viktor era uno de los poderosos vory v zakonen o “ladrones en la ley” [1] del clan Tambovskaya[2], que se habían establecido en España. A pesar de sus continuas transgresiones al código del hampa ruso, en el que se les vetaba el acceso al poder a los homosexuales, Viktor había conseguido ascender en la jerarquía criminal a base de influencias y grandes sumas de dinero.

Pues, desde sus primeros orígenes en la Rusia Imperial hasta la actualidad, la mafia rusa había cambiado mucho.

Lo que comenzó con las “comunidades de ladrones” que se oponían a Lenin, las cuales seguían un férreo código de conducta[3], usaban tatuajes y tenían una jerga común, se transformaron en violentas facciones dentro de las brutales cárceles y campos de trabajo rusos, en pleno apogeo del estalinismo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin prometió el indulto a todos los presos que luchasen en el frente. Ante la tentación de la libertad, muchos ladrones accedieron, a pesar de que su código les prohibía tomar las armas en nombre del Estado. Sin embargo, el dictador no cumplió su palabra, y al final de la contienda, volvieron a prisión. Comenzaba así una larga, violenta y mortífera lucha interna entre los que siguieron las nomas y quienes las violaron.

Cuando el enfrentamiento finalizó, ya solamente quedaban vivos los criminales más fuertes, temibles y despiadados, quienes fueron el germen de los actuales vory v zakonen al liderar las primeras formaciones de tipo mafioso. Durante la URSS, el fenómeno se consolidó. Pero fue tras la caída del Bloque Comunista cuando alcanzaron su máximo poder, al enraizarse con la propia Administración del Gobierno ruso. Y los vory v zakonen se transformaron en hombres de negocios y políticos, lo que se conoce vulgarmente como “los vory de cuello blanco”, extendiendo así su influencia a otros países.

—Debo felicitarte, Yarik. Cada día que pasa, tienes mejor gusto eligiendo empleados —afirmó Viktor con una sonrisa cínica en los labios—. Creo que voy a divertirme mucho con este.

—Supuse que te gustaría —murmuró el otro sin emoción.

—¿Qué te pasa? Desde que has llegado, tu humor no ha hecho otra cosa más que empeorar. Empieza a ser molesto.

—Tenemos que hablar de Evan, ¿por qué no me dijiste que lo habías traído a España?

—Al principio, no sabía que era tu hermano. Él se presentó ante mis socios de San Petersburgo para que lo pusieran en contacto conmigo, y así poder ofrecerme sus servicios. No me explicó quién era hasta que llegó aquí y preguntó por ti. La verdad es que me sorprendió bastante, ¿por qué no me dijiste que tenías un hermano pequeño tan atractivo?

—¡Ni se te ocurra! Él se encuentra fuera de los límites, ¿entiendes?

—¿Me estás amenazando? —repuso, irónico.

—Viktor, sabes que te he sido leal durante todos estos años, pero si tratas de ponerle una sola mano encima a mi hermano, te mataré. No es un farol.

—No tengo ninguna duda al respecto, Yarik. Pero creo que tú también deberías estar al tanto de que fue el propio Evan quien vino a mí por voluntad propia y sabiendo a lo que se exponía. No como ese ingenuo estudiante al que has retenido con engaños —dijo, señalando a Alex—. Pero los dos sabemos que yo no soy más que una mala excusa para que él pueda estar cerca de ti, ¿verdad?

—¡Mierda! —maldijo, frustrado, y su jefe lanzó una sonora carcajada al aire.

—Dime Yarik, ¿quién crees que es más peligroso para Evan? ¿Tú o yo? —El otro no respondió, no podría hacerlo aunque quisiera, él llevaba horas preguntándose lo mismo.

—Esa no es la cuestión ahora. Quiero saber qué clase de planes tienes para mi hermano —contraatacó.

—Todavía no lo he pensado.

Yarik estaba a punto de abrir la boca para protestar cuando Misha, uno de los lacayos de Viktor, irrumpió en el reservado y susurró algo en el oído de su jefe, excluyendo a Yarik de forma totalmente intencional. De ese modo, le recordaba al gerente de Sala Inferno que no reconocía la autoridad que el vor le había concedido al nombrarlo su mano derecha. Porque no lo consideraba merecedor de dicho privilegio.

Misha llevaba mucho más tiempo en la organización que Yarik, y pensaba que el puesto le correspondía a él. Pero por alguna extraña razón que no lograba entender, aquel niñato inútil se lo había usurpado, ganándose así su enemistad para siempre. Yarik, por su parte, respondía al evidente resentimiento de su compatriota con una sincera e infinita indiferencia, la cual divertía tanto a Viktor como irritaba a Misha.

—El empresario nos espera en el almacén. Vamos, Yarik, estoy deseando oír todo lo que tiene que decirnos ese trozo de mierda —le comunicó el vor a su pupilo, al tiempo que se disponía a abandonar el reservado en compañía de éste—. Y tú, Misha, cierra la puerta cuando salgas.

Viktor era un auténtico experto haciendo que una petición tan simple y aparentemente inofensiva sonase a dura reprimenda en su boca. Y tratándose de uno de sus empleados más antiguos, a Misha no le supuso ningún esfuerzo comprender todo lo que implicaba aquella sutil amenaza. Sabía que lo estaba advirtiendo de que, si insistía en desafiar a Yarik, acabaría degradado a los trabajos más bajos, o incluso algo peor. Por esa razón, agachó la cabeza y asintió, esforzándose por disimular la desbordante furia que le hervía por dentro.

6

Joseph resopló con fastidio. Hasta ese momento, la noche había sido tranquila y sin más incidencias que alguna adolescente con exceso de hormonas, o algún que otro idiota al que se le había ido la mano con las rayas de cocaína, las pastillas…, o lo que fuese que se metieran en el cuerpo aquella pandilla de jóvenes descerebrados. No le parecía mucho pedir que, por un mísero día, las cosas siguiesen igual en la Sala Inferno, pero por lo visto sí que lo era cuando se trataba de los rusos.

Esa misma semana, la organización Tambovskaya había introducido una tonelada de drogas de diseño en España, camuflada dentro de pollos de granja desplumados, a través de una empresa de transporte con sede en el Val do Salnés, una zona de Pontevedra que tenía una larga historia con el contrabando. A pesar de haber perdido su hegemonía como el principal punto de entrada de la cocaína colombiana en Europa, ésta había sabido adaptarse bastante bien a los nuevos tiempos y a la globalización que imperaba también en el mundo criminal.

Desde ahí, el producto comenzaría a distribuirse por todo el país, con la complicidad de dicha compañía. En principio, la operación parecía haber sido un éxito rotundo cuando el camión cruzó los Pirineos sin sufrir imprevistos. Pero no tardaron demasiado en darse cuenta de que alguien la había cagado, y mucho, porque el vehículo ya llevaba desaparecido dos días y su conductor no daba señales de vida.

Como era lógico, Viktor estaba muy nervioso porque sospechaba que sus socios españoles querían jugársela, por lo que envió a un grupo de hombres al pueblo gallego para que buscasen al dueño de la empresa de transporte y lo llevasen ante él a dar explicaciones. Cuando Viktor mandó llamar a Joseph al almacén de la discoteca, también conocido como la “sala de torturas”, el nigeriano no tuvo ninguna duda de que ya habían encontrado al pobre infeliz, lo habían metido en el almacén a través de la puerta de servicio. Y ahora, se disponían a torturarlo hasta que hablase, para finalmente matarlo. Nadie les robaba y vivía para contarlo, había que dar ejemplo. Joseph conocía a la perfección cuál sería su papel en aquella salvajada porque ya lo había hecho más veces de las que le gustaba recordar, así que no, no estaba nada contento.

Al cruzar la puerta del almacén, vio a Yarik y a su jefe de pie junto a un hombre atado con cinchas a una robusta silla de hierro oxidado, medio desnudo y con los ojos vendados. Alguien le había golpeado en la cabeza con alguna clase de objeto contundente y un grueso hilo de sangre ya medio cuajada teñía su frente y mejilla derecha. No se movía, por lo que supuso que seguía inconsciente.

—¡Qué bien, ya estamos todos! —exclamó Viktor, dedicándole esa sonrisa desquiciada que siempre le provocaba escalofríos—. Despierta a nuestro invitado para que se una a la fiesta.

El nigeriano no necesitó más indicaciones. Llenó un cubo de agua, añadió tres paladas de la maquina del hielo, y sin más ceremonias, se la arrojó al prisionero por la cabeza, quien despertó sobresaltado en medio de un alarido. Después, le sacó la venda de los ojos y se hizo a un lado. Viktor se sentó justo enfrente, sobre uno de los escalones de las estrechas escaleras, aún con la sonrisa dibujada en los labios. Y Yarik se quedó de pie en el mismo sitio. Los roles estaban bien definidos: Yarik hablaba y Joseph actuaba, mientras que Viktor observaba y dirigía sin necesidad de abrir la boca. A los otros dos les bastaba con leer su lenguaje corporal para saber lo quería en cada momento.

Nada era casual, todos sus movimientos estaban pensados para inspirar miedo y obtener rápidamente cualquier información que necesitasen. Desde su apariencia a sus movimientos, pasando por la posición que adoptaban cada uno con respecto a su víctima y que acentuaba la sensación de claustrofobia: el nigeriano a su espalda, apoyando las manos en sus hombros y casi respirándole en la nuca; y el ruso frente a él, dedicándole una gélida mirada que lograba inspirar tanto miedo como cualquier arma de fuego con la que pudiese apuntarle.

Ambos se empleaban a fondo en interpretar bien sus papeles en aquella macabra función para un solo espectador, porque sabían que si resultaban lo bastante convincentes, ni siquiera necesitarían causarle demasiado daño para obtener lo que buscaban, bastaría con insinuarlo y el temor haría el resto. Lo único que querían era terminar con ese desagradable asunto y salir pitando de allí lo antes posible. Aunque a veces, la intimidación no funcionaba y se veían obligados a recurrir a otros métodos más contundentes. Ninguno de los dos era especialmente sádico. Sin embargo, con el tiempo, habían aprendido a ver la tortura como un medio para un fin. El empresario no llegaría a saberlo nunca, pero en realidad, estaba siendo muy afortunado de que fuesen ellos, y no su jefe, quienes se encargasen de hacer el trabajo sucio. Pues, al contrario que sus hombres, éste no tenía ningún interés en acabar pronto.

—Por favor, no… —masculló, dedicándoles una indescriptible mirada de terror.

—Ahórrate las súplicas, Xurxo —repuso Yarik de forma mecánica, sin ninguna emoción perceptible, como si aquella macabra escena fuese su pan de cada día. Y de hecho, lo era—. No soy una persona compasiva, y por desgracia para ti, tampoco soy nada paciente. Has intentado engañarnos y no estamos contentos contigo.

—¡No, no lo he hecho, lo juro! —consiguió decir, antes de que Joseph estrellase con saña un pesado martillo contra su rodilla derecha. El sonoro crac de una rótula fracturada precedió a los aullidos de dolor de aquel infeliz.

—Esto sólo ha sido una pequeña advertencia. Si no me dices ahora mismo dónde está la mercancía, empezaré a hacerte daño de verdad. —Yarik se agachó, y apoyando todo su peso sobre la rodilla herida, acercó su cara a la del español para darle más énfasis a sus amenazas. El otro volvió a berrear de dolor:

—No…, no sé dónde está…, lo he llamado un centenar de veces y no me responde al teléfono… ¡Por Dios santo, yo no tengo nada que ver con su desaparición!

Viktor comenzó a removerse exasperado en su sitio, la sonrisa enfermiza se había esfumado de su cara para dar paso a una expresión de irritación casi homicida. Yarik comprendió al instante que su jefe estaba impacientándose, y cualquiera que lo conociese un poco sabría que eso no era nada recomendable. Por desgracia, el tiempo de la “charla” había terminado. «¡Maldito idiota, no digas que no te dimos una oportunidad!», pensó el ruso con irritación. Después, asintió hacia Joseph, quien comenzó a arremeter a martillazos de forma implacable contra la rodilla herida, una y otra vez, sin descanso, hasta que los huesos se volvieron papilla y su pierna quedó colgando por un fino hilo de tendones, sobre un viscoso charco de sangre. Xurxo chilló, suplicó y lloró antes de desmayarse, pero no hubo tregua, otro cubo de agua con hielo fue derramado sobre su cabeza, devolviéndole la conciencia como un sopapo.

—No me hagas perder el tiempo, gallego. Puede que me falte paciencia, pero me sobra imaginación para la tortura. Acabarás suplicándome que te mate para terminar con tu dolor, ¿y sabes qué? No lo haré. Voy a alargar tu sufrimiento durante horas hasta que me digas lo que quiero saber. Y para cuando termine contigo, ni tu puta madre podrá reconocerte.

—¡Por el amor de Dios! No sé dónde está… Lo juro por mi hija, que es lo que más quiero en este mundo —gimoteó, desesperado, justo antes de que el martillo impactase de nuevo en su rodilla sana.

Joseph dio un paso hacia atrás y se limpió el sudor de la frente con el brazo, al tiempo que trataba de recuperar el aliento, exhausto por el agotador esfuerzo físico y psicológico que estaba haciendo. El hecho de que, a esas alturas, aquel idiota no hubiese confesado todavía, sólo podía significar dos cosas: o era el hombre con los “cojones más gordos” que había conocido en su vida, o en realidad decía la verdad y no sabía nada.

El nigeriano se decantaba más por la segunda opción, lo que significaba que estaba torturando a una persona inocente. La buena noticia era que no duraría lo bastante como para quedarse postrado en una silla de ruedas de por vida; la mala, que sería él quién tendría que matarlo. No, definitivamente aquella no estaba siendo una buena noche, ya podía sentir como su determinación se tambaleaba y su conciencia encerrada pugnaba por liberarse. Entonces, pensó en Nigeria y recuperó la compostura al momento. «Los hombres pobres no pueden permitirse el lujo de tener remordimientos», se dijo, al tiempo que volvía a acometer contra la maltrecha rótula del empresario.

Joseph creció en una pequeña aldea en el norte de Nigeria, una zona islámica y extremadamente conservadora, controlada por la secta radical Boko Haram, donde su orientación sexual era una constante amenaza para su vida, ya que las leyes de su país consideraban ilegal la homosexualidad, castigándola con penas de prisión, la Liwat —cien latigazos—, e incluso con la muerte por lapidación. Pasó la mayor parte de su adolescencia y juventud escondiéndose, aterrorizado ante la posibilidad de que alguien descubriese su secreto y lo delatase, obsesionado con que la policía vendría para castigarlo por su “pervertida desviación”.

Poco después de cumplir los veintitrés años, su amigo Jacob, alentado por las historias fantásticas que los traficantes de personas hacían circular sobre el paraíso europeo, se presentó muy emocionado en su casa para tratar de convencerlo de que emigrase con él a España en busca de un futuro mejor. Fue en aquel preciso momento cuando Joseph comprendió que abandonar Nigeria era su única posibilidad de sobrevivir, y sin pensarlo demasiado aceptó.

Durante las dos semanas que precedieron a la partida de los dos amigos, Jacob no dejó de parlotear ni un solo momento sobre lo fantástico que sería vivir en aquel país europeo, donde la gente ganaba mucho dinero y todo era color de rosa. Solamente tenían que llegar hasta la frontera y saltar una valla. Fácil. Una vez allí, podrían conseguir los papeles y encontrar un buen trabajo. Simple. Sin embargo, Joseph no tenía nada claro que todas esas historias que se contaban fuesen ciertas, le parecía demasiado bueno para ser verdad. Pero se convenció a sí mismo de que nada podría resultar peor que vivir con aquel miedo día tras día. Estaba equivocado.

Al igual que otros miles de nigerianos, Jacob y Joseph emprendieron una brutal travesía de cientos de kilómetros a través del desierto. A veces, conseguían que algún vehículo los llevase durante unos pocos kilómetros, pero la mayor parte del tiempo tenían que andar. Se gastaron sus ahorros en pagar dos plazas en el remolque de un destartalado camión, con docenas de hombres y mujeres amontonados como animales, para recorrer parte del Sahara. Cuando se les terminó el dinero, no les quedó más remedio que seguir a pie, soportando el clima extremo del desierto, bebiendo su propia orina para no morir deshidratados y huyendo de las bandas de criminales que se dedicaban a robarles a los infelices emigrantes sus escasas pertenencias.

Nadie les advirtió nunca de que el Sahara era un gran cementerio, salpicado de centenares de tumbas improvisadas, escavadas con las manos en la arena y coronadas por una piedra para tratar de evitar que el viento se llevase la foto o el pasaporte del fallecido, los cuales eran dejados allí con la esperanza de que alguien los reconociese e informase a sus familias. Cada una de aquellas sepulturas, parecía una advertencia de que la realidad no era tan bonita como se la habían contado. Sin embargo, a esas alturas, ya no podían volverse atrás, tan sólo les quedaba avanzar.

Al llegar a Marruecos, escucharon los primeros relatos de otros emigrantes africanos que habían conseguido alcanzar Europa en el pasado, pero fueron detenidos por las autoridades españolas y repatriados a sus países de origen. También les explicaron que la valla que tenían que saltar no era el final del camino, ya que después debían atravesar el mar para llegar al continente europeo, y el precio por cruzar en patera rondaba los mil euros.

Jacob y Joseph se sintieron descorazonados porque ya no les quedaba nada más que la ropa que llevaban puesta. No podían volver atrás, ni tampoco ir hacia delante. Estaban atrapados. Para poder pagar sus billetes, los dos amigos pasaron once meses haciendo todo tipo de trabajos pesados y esclavizantes, además de ejercer de “pasadores”, o guías de inmigrantes ilegales, escoltando a sus paisanos africanos hasta los bosques cercanos a Ceuta o Tetuán para saltar la verja.

Por fin, casi un año después de haber partido de su aldea, los dos nigerianos recaudaron el dinero suficiente para comprar sus plazas en un cayuco, y atravesaron la frontera de Marruecos. Sin embargo, aquel no sería ni mucho menos el final de su calvario. Las pateras eran embarcaciones paupérrimas, que iban completamente atestadas de personas, y sin los sistemas de navegación ni comunicaciones apropiados para recorrer los catorce kilómetros que separaban el continente africano del europeo en su punto más corto.

La mafia que organizó el viaje metió a casi cien personas en el mismo cayuco. Ni siquiera podían moverse, puesto que no quedaba ningún espacio libre. Así que se pasaron cuatro días en la misma posición, con los músculos entumecidos. El agua y la comida se terminaron a los dos días porque no les habían dado suficiente para todos. Algunos estaban tan desesperados que empezaron a beber el agua del mar, y después vomitaron hasta acabar tan débiles que ni siquiera podían separar los párpados. Las noches eran muy frías, y durante el día el sol no les daba tregua, mareándolos y desorientándolos. Los más débiles murieron por el camino.

Tras resistir la insolación, el hambre y la sed en la brutal travesía por mar, el motor se averió cuando estaban a unos pocos metros de la costa española. Los que sabían nadar se tiraron al agua con el propósito de hacer el resto del trayecto a nado. A los demás no les quedó más remedio que quedarse esperando a que Salvamento Marítimo los rescatase, para luego ser repatriados a sus países de origen. El viaje había terminado para ellos.

Joseph tragó mucha agua y se quemó los pulmones con el salitre, pero siguió nadando; no había llegado hasta allí para rendirse cuando estaba tan cerca. Entre la bandada humana de africanos que también luchaban por alcanzar la playa, el nigeriano perdió de vista a su amigo. Y al pisar la arena de Algeciras, lo esperó todo lo que pudo, pero éste nunca llegó. El mar se lo había tragado, literalmente.

Cuando vio a los agentes de la Guardia Civil persiguiendo y atrapando a algunos de sus compañeros, tuvo que echar a correr. No había tiempo para llorar a Jacob. Le faltaba el aire y le dolía todo el cuerpo. La ropa mojada se le pegaba a la piel, dificultando sus movimientos, y casi no le quedaban energías después de aquel viaje extremo. Pero aun, así corrió con toda su alma hasta perder de vista a los guardias.

España no era el paraíso que le habían contado, y las cosas todavía tendrían que empeorar mucho antes de mejorar un poco. Joseph lo descubriría muy pronto. A pesar de todo, estaba obcecado en cumplir la promesa que le había hecho a su amigo Jacob, el joven nigeriano que soñaba con el nirvana europeo, con la vista fija en su vasta tumba de agua: Sobreviviría, costase lo que costase.

7

Daniel Sánchez era Capitán de la UCO, la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil. Durante sus más de veinte años dentro del cuerpo, el oficial había visto muchas escenas del crimen, algunas brutales y sangrientas, otras extrañas y surrealistas. Pero en ese momento, tenía la sensación de que aquella reunía todas las características anteriores y alguna más de propina: un hombre salvajemente asesinado a cuchillazos y un camión lleno de droga hasta arriba habían aparecido abandonados cerca de un polígono industrial, en el sur de la Comunidad de Madrid, más conocido por las prostitutas que recorrían sus calles a diario que por las empresas allí establecidas.

Desde hacía casi dos años, un psicópata degenerado e implacable, conocido como El Carnicero de Madrid, estaba sembrando cadáveres degollados por toda la ciudad y sus alrededores, aterrorizando a la población y volviendo locas a las autoridades españolas, que pese a todos sus esfuerzos conjuntos, no lograban encontrar al asesino; lo cierto era que ni se le habían acercado. «¡Puto cabrón escurridizo!», maldijo para sí mismo.

—Lo de siempre, mi Capitán: homicidio con arma blanca. Cuando lo encontramos, conservaba la cartera con bastante dinero dentro y varios objetos de valor, incluida la tonelada de mierda que debe haber dentro de ese camión. El asesino no se llevó nada —le informó Pablo Moreno, uno de los agentes de la pareja de guardias que había acudido a la llamada de advertencia de un vecino.

—Nunca lo hace, el robo no es su motivación, eso ya lo sabemos… ¿Algo más? ¿Conocemos la identidad de la víctima? ¿Alguien ha visto algo?

—Sí y no, mi capitán, llevaba el DNI encima y lo están comprobando ahora mismo. Pero por desgracia, todas las chicas con las que hemos hablado dicen que no han visto nada. Ya sabe cómo es esto, las putas están muy bien aleccionadas por sus chulos para no colaborar nunca con nosotros. Ese tipo no parece… humano, ¿verdad? Es como si nunca cometiese errores… ¡Ni un cabo suelto, nada!

—Todo el mundo comete errores tarde o temprano. Créame, no hay nada de sobrenatural en este individuo, sólo es un perturbado… En fin, buen trabajo, agente.

—Gracias, mi capitán —respondió el aludido antes de retirarse, ligeramente ruborizado por el cumplido de su superior.

—Creo que le gustas —le susurró Javier, forense del departamento de Policía Judicial de la benemérita y buen amigo de Daniel desde hacía ya muchos años, con una sonrisa socarrona en los labios—. ¡Te estaba comiendo con los ojos!

—¿Qué dices? ¿De quién hablas?

—Del “Agente Eficiencia”, ¿de quién sino? ¿No me digas que no te has dado cuenta? —Las sonoras carcajadas del forense retumbaron por todo el descampado.

—¡Javier, coño, no me seas animal! Sólo es un crío recién salido de la academia.

—Si es lo bastante mayor para llevar uniforme y pistola, también puede hacer otras cosas, “mi capitán”… ¿Y sabes qué? ¡Creo que te vendría de puta madre echar un polvo!

—¡Tú estás loco! —refunfuñó—. No me he acostado con un hombre en dieciocho años.

Cuando un agente entraba a formar parte de la UCO, sabía que debía renunciar a los horarios fijos, a su tiempo de ocio e incluso a su vida familiar, ya que las vigilancias podían alargarse durante horas, y a veces surgían cuando menos se las esperaba. En ocasiones, pasaban días enteros sin ir a sus casas ni para cambiarse de ropa. Daniel lo sabía muy bien porque el trabajo le había costado su propio matrimonio. Hacía seis meses que él y su mujer estaban separados, y dos semanas atrás Irene le había pedido el divorcio. No podía decir que le sorprendiese, ni tampoco que la culpase; ella había aguantado estoica a su lado durante casi quince años, y prácticamente había criado sola a sus dos hijos. Sin embargo, eso no lo hacía menos doloroso.

En el cuartel, todos se habían dado cuenta de que su carácter, el cual acostumbraba a ser afable y alegre, se había agriado bastante desde la separación. Javier era el único que conocía sus aventuras de la juventud con amantes de ambos sexos, antes de enamorarse de Irene. Y por lo visto, parecía haber decidido, por su propia cuenta y riesgo, que ya era hora de que las retomase.

—Pues no soy un experto en estos temas, pero no creo que el procedimiento para sodomizar hombres haya cambiado demasiado desde entonces.

—¡Ya! Pero no con un chaval de veintipocos años.

—¿Por qué no?

—¿Cómo que por qué no? —protestó, indignado—. ¡No me jodas, Javier! Porque le doblo la edad, podría ser su padre.

—A él no parecía importarle.

—¡Pues a mí sí! ¿Volvemos ya al caso?

—¡Aguafiestas!

8

Joseph se refrescó la cara, apoyó las dos manos sobre el lavabo del servicio de caballeros, y se quedó observando su propio reflejo en el espejo que había frente a él. Apenas pudo reconocer al hombre que le devolvía la mirada. Tenía el mismo rostro y llevaba un uniforme igual, pero parecía agotado y hastiado del mundo, como si estuviese harto de luchar y quisiera darse por vencido de una vez por todas. Pero Joseph no se rendía, nunca se rendía, así que no podía ser él. Excepto que tal vez sí lo era. Se dijo que todo ser humano tenía un límite, y quizá había rebasado el suyo por fin. Era posible que su tope fuese pasarse más de tres horas torturando a un hombre inocente, matarlo y arrojar su cuerpo inerte al interior del maletero de un coche para que otros se deshicieran de la basura.

¿Cuántas vidas podía quitar antes de romperse para siempre? ¿Treinta? ¿Cincuenta? ¿Cien? ¿Esas muertes tenían siquiera algún sentido? El empresario había perecido sin poder decirles algo que no sabía y rogando clemencia por la hija a la que dejaría huérfana. Pero, ¿por quién suplicaría Joseph cuando llegase su día? No tenía a nadie, estaba solo, Jacob había muerto ahogado en el estrecho siete años atrás. Jacob…, su Jacob, ¿qué pensaría de él si viese en lo que se había convertido? Seguramente lo aborrecería casi tanto como él se odiaba a sí mismo. Una vez más, invocó el lema que había regido su vida durante los últimos dos años, para tratar de ahuyentar los remordimientos que lo atormentaban, pero éste comenzaba a desgastarse y estaba perdiendo el poder sedante sobre su conciencia.

La puerta del servicio se abrió de repente, sobresaltándolo e interrumpiendo sus lúgubres reflexiones. Instintivamente, modificó la postura y se puso su habitual máscara de impasibilidad, la cual relajó un poco al reconocer al recién llegado. Tenía que admitirlo. Ese mocoso blanco era como un soplo de aire fresco en medio de toda la podredumbre de aquel lugar, paseándose tan campante dentro de unos ridículos mini shorts plateados, cubierto de purpurina de la cabeza a los pies, y con aquellos rizos rubios que enmarcaban una cara angelical.

—¡Pareces una jodida hada del bosque! —exclamó Joseph a modo de saludo, con una sonrisa socarrona en los labios.

—¿Quieres ver mi varita mágica? —repuso el gogó con picardía, mientras jugueteaba con el piercing de su ceja.

Alex había hablado de forma impulsiva, sin detenerse a pensar, y al momento, se dio cuenta de que estaba cometiendo un grave error, que lo que iba a hacer suponía una absoluta irresponsabilidad por su parte, pero no se retractó. Ya lo habían acusado, en muchas ocasiones, de ignorar los límites y actuar siempre como un completo descerebrado. Y por una vez, tenía ganas de hacer honor a su fama, que por otro lado no era del todo inmerecida. Pues, aquel dios de ébano lo atraía y excitaba tanto que, cuando lo tenía cerca, era incapaz de pensar con claridad y concentrarse en su trabajo. Necesitaba aliviar urgentemente la fuerte tensión sexual existente entre ellos para poder recuperar la compostura. Y no estaba dispuesto a desaprovechar esa oportunidad que se le presentaba. Si tenía que arrepentirse, ya lo haría más tarde.

La desvergonzada proposición de Alex cogió por sorpresa a Joseph, que por su aspecto lo había tomado erróneamente por un mocoso ingenuo y poco experimentado. No pasó mucho tiempo hasta que el desconcierto inicial fuera sustituido por una abrasadora oleada de calor que sacudió todo su cuerpo, e inevitablemente, una incipiente erección comenzó a formarse dentro de sus pantalones. La reacción del africano no pasó inadvertida para el gogó, quien clavó su hambrienta mirada en la abultada entrepierna, al tiempo que se humedecía los labios con la punta de la lengua.

A Joseph ese gesto no le pareció nada ingenuo ni inocente, sino más bien una descarada y premeditada provocación. Entonces, se dio cuenta de que lo había subestimado, quizá fuese un mocoso, pero sabía muy bien lo que quería y cómo conseguirlo. Y ese descubrimiento no hizo más que amplificar su deseo. Aun así, si esto hubiese sucedido en cualquier otro momento, seguramente lo habría rechazado sin dudar, porque sabía muy bien lo que les ocurría a los chicos jóvenes que Viktor marcaba como juguetes, y siempre había tratado de mantenerse al margen. Pero esa noche algo cambió. Por alguna razón que aún desconocía, lo ocurrido en el almacén le estaba afectando más de lo normal, provocando que volviese a pensar en la muerte de Jacob y en lo solo que éste lo había dejado. A Joseph casi le entraron ganas de reírse amargamente por lo simple que podía llegar a ser a veces, puesto que ya había decidido que iba a acostarse con aquel pobre crío porque estaba cachondo y se sentía solo, a pesar de que sabía que no debía.

Sin mediar palabra, Joseph avanzó hasta quedarse frente a Alex, sus dos manos se aferraron con fuerza a los bíceps del español, clavó su mirada en aquellos ojos lujuriosos que lo invitaban a perderse en ellos y olvidar todos sus reparos. Lo empujó con todo su cuerpo hacia el interior de uno de los cubículos, y sin perder tiempo, cerró la puerta y giró el cerrojo para evitar interrupciones no deseadas. Tras lamer lentamente los labios del gogó, arrancándole un gemido con aquella morbosa caricia, bajó la tapa del váter y lo empujó por los hombros hasta que éste quedó sentado sobre el sanitario. Después, se abrió la bragueta, sacó su miembro ya complemente hinchado y endurecido, y se lo plantó delante de la boca.

—Soy Alex, por cierto.

—Joseph.

—Encantado, Joseph —murmuró Alex, sin apartar su mirada hambrienta de aquella larga y gruesa barra de carne negra.

Alex había fantaseado con ese encuentro desde la primera vez que lo vio en la discoteca, pero ni en sus sueños más tórridos podría haber imaginado un pene tan magnífico y perfecto. Casi parecía que hubiese sido creado a medida para enterrarse en la garganta de alguien más. Y sin duda, Alex estaba muy contento de que, esa vez, fuese la suya. «¡Gracias, Dios!», se regocijó antes de dar el primer lengüetazo. Al momento, un sabor intenso y salado invadió sus pupilas gustativas, inspiró profundamente y un penetrante olor varonil se apoderó de su olfato, encendiéndolo en el acto. Alargó el brazo y empuñó con firmeza aquel portento de la naturaleza, al tiempo que su lengua volvía a la carga y con la otra mano tanteaba la musculosa cadera del negro. Rodeó el glande, jugó unos instantes con el frenillo, y después, subió a todo lo largo del tronco, siguiendo el camino marcado por una fina vena.

De repente, los dedos de Joseph se enredaron en sus rizos, aferrándose y tirando de ellos con brusquedad para obligarlo a levantar la cabeza. Sorprendido, Alex sólo acertó a dejar escapar un leve quejido antes de que la gruesa polla del negro atravesase sus labios entreabiertos, y de un empujón, le llenase la boca. Sin soltarle el pelo, volvió a arremeter con un rápido movimiento de cadera y consiguió enterrarse hasta la garganta del español. No se retiró de inmediato, sino que se mantuvo allí hasta que el otro comenzó a agitarse porque no podía respirar. Retrocedió varios centímetros, permitiéndole tomar una bocanada de aire, y volvió a clavarse sin previo aviso. Una y otra vez. Sin tregua, ni compasión.

Alex dejó caer los brazos lasos a sus costados, consintiendo que su amante ocasional siguiese arremetiendo implacable contra su boca. No recordaba haberse sentido jamás tan excitado haciendo una mamada como lo estaba en aquel preciso instante. Su polla, dolorosamente dura, presionaba fuerte contra la tela plateada de sus pequeños shorts, rogando por un poco de atención. Pero decidió que no haría nada al respecto hasta que el otro se lo pidiese, o se lo ordenase. Estaba disfrutando horrores con aquel juego de poder que el negro había iniciado y se sentía más que dispuesto a mantenerse en su papel el tiempo que hiciese falta. Los ojos de uno bajaron y los del otro subieron hasta que sus miradas se encontraron a medio camino. Tras un profundo gemido, Joseph le dedicó una morbosa sonrisa, le soltó el pelo y se retiró de su boca. Después, lo agarró por debajo de las axilas y tiró de él hasta ponerlo de pie.

—Me gusta fuerte y profundo. Puedes ahorrarte los miramientos conmigo —anunció el nigeriano mientras se daba la vuelta.

Se bajó los pantalones hasta las rodillas, arrastrando con ellos la ropa interior, separó un poco las piernas, se inclinó todo lo que aquel reducido cubículo le permitía y apoyó las manos a ambos lados de la puerta, esperando a que el joven español diese el siguiente paso.

—Me he dado cuenta.

Alex apartó las oscuras nalgas y escupió entre ellas. Tras liberar su miembro y embadurnarlo con su propia saliva, lo dirigió a la entrada de Joseph, lo rodeó por la cintura con el otro brazo y comenzó a presionar. «Así que fuerte, profundo y sin miramientos, ¿eh? Muy bien», pensó más que dispuesto a devolverle el mismo trato que el negro le había dado a su garganta. Con el primer empujón, se enterró hasta la mitad y Joseph dejó escapar un leve suspiro. Al segundo, se la clavó entera y los quejidos fueron más fuertes y agonizantes. Cuando comenzó a entrar y salir de él sin pausa ni cuidado, éstos casi se volvieron sollozos de desesperación. Pero no le pidió que parase en ningún momento, así que el otro siguió embistiéndolo, maltratando su culo y llenando el reducido espacio con el sonido que hacían sus cuerpos al chocar.

—¡Joder, sí! —jadeó el nigeriano, salpicando el suelo y la puerta con el fruto de su orgasmo.

A partir de ahí, Alex no tardó ni veinte segundos en derramarse en el interior del negro. Embistió un par de veces más, y después se salió a regañadientes. Si por él fuera, se quedaría allí dentro hasta que volviese a ponérsele dura y pudiese maltratar aquel magnifico culo por segunda vez. Pero por desgracia para él, debía regresar al trabajo de inmediato si no quería que lo despidiesen nada más empezar.

—¡Ha sido un placer conocerte, Joseph! —exclamó, guiñándole un ojo, antes de subirse los minúsculos pantalones y abandonar el servicio de caballeros.

Por un fugaz instante, el nigeriano se sintió tentado a ir detrás de Alex para advertirlo de que, si no abandonaba aquel lugar de inmediato, algo terrible iba a sucederle. Pero no lo hizo. El mocoso no era asunto suyo. Un polvo esporádico en un servicio público no lo convertía en su responsabilidad. No le quedaba más remedido que asumir que para la próxima vez que lo viese, ya habría perdido por completo su felicidad juvenil, así como esa sonrisa pícara que tanto le gustaba. Estaba destinado a marchitarse y corromperse, como todo lo que tocaban los rusos. «Triste, pero inevitable», se dijo.

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