La notaria se muda a Estepona

Debido a mis gritos y por supuesto las cosas que podría decir Alberto en sus noches de farra, era ya famosa en el pueblo, mis costumbres al follar me delataban. Había decidido cambiarme de casa, del piso en el centro del pueblo a una casa de piedra preciosa a la salida en dirección a Bilbao. Desde luego menos cómoda, pero mucho más discreta.

La casa tenía alta vigas y un amplio salón donde mis dos amantes podía disponer de mi cuerpo a su antojo, de hecho cuando me la enseñaban yo más que fijarme en las distintas estancias iba pensando en las cosas que en cada una de las habitaciones podían pasarme.

Era viernes y ese día Alberto vino por primera vez como cliente. Venía a registrar la venta de un terreno. Era hasta gracioso vernos allí con toda esa gente, y nosotros, vestidos con traje y pensar que solo unas horas antes uno de los que participaba en la firma me había estado follando durante toda la noche.

Sin perder la compostura, cada vez que Alberto me rozaba, se me ponían los pezones como piedras y recordaba el placer recibido la noche anterior. No pude dejar de mirar disimuladamente el paquete de aquel pueblerino que tanto placer me había dado y me iba a dar en los próximos tiempos.

Juan llegó pronto para ayudarme con los últimos detalles de la mudanza, había cosas que quería llevar yo y que de hecho nadie más podía ver, por ejemplo, mis juguetes.

Los de la mudanza ya habían colocado los muebles y todo la casa estaba llena de cajas.

Dejamos el salón y la habitación un poco libre, arrinconando sus respectivas cajas y salimos a cenar.

La cena fue súper divertida, Juan me contaba su semana y nosequé anécdota sobre un cliente al que se le había borrado todo el trabajo hecho durante meses por ver porno online.

Regamos con dos botellas de vino la noche y después de eso salimos a tomar unas copas.

Eran las tres de la mañana y Alberto entró por la puerta. Por primera vez desde que éramos amantes se paró a hablar conmigo, bueno con nosotros. Yo hice presentaciones y nos tomamos una juntos.

Llevábamos cinco rondas cuando ya con un pedo importante decidí que ya era hora. Pagamos las copas que nos dejaron, ya que el dueño del bar era cliente mío, y salimos hacía casa.

– ¿no será mejor que andemos hasta casa?, a estas horas suele haber controles de alcoholemia– dijo Juan con mucho tino.

– Da igual, el sargento de los picoletos es cliente mío y ya me dijo que no me preocupase por estas cosas.

– ¿Y como llegasteis a eso?

– Pues nada, tomando un vino y hablando sobre la casa nueva le dije que me daba miedo tomarme un vino de más y dar positivo en un control, el me dijo que iba a dar orden que a mi no me parasen – y efectivamente, aquella noche hubo uno en el que nos pararon, pero al ver quien era, el guardia civil no hizo seguir siguiendo la orden de su superior.

Llegamos a casa y puse una última copa a Juan.

– siéntate ahí, tomate esto y disfruta viéndome – juan cogió la copa, se sentó y se metió una viagra que acababa de darle – hoy la noche va a ser larga y placentera – le susurré.

Abrí una caja y saqué el Penetrator, la maquina que tanto placer me daba. y lo coloqué delante de Juan. Me fui desnudando lentamente delante de él. Abrí mi camisa, me la quité. Me quité el sujetador, me chupé los dedos y mojé mis dos pezones. Me quité la falda y cogiendo con fuerzas mis bragas las rasgué. Deje al aire un peludo coño que me había dejado crecer el último mes. Juan iba dando tragos a la copa.

Me puse de rodillas y acercando la polla de mecánica a mi coño fui poco a poco metiéndola en mi vagina. Mi cara iba cambiado según esta entraba. Cogí el mando con la mano derecha y puse un programa que haría que la polla fuese acelerando con el paso del tiempo. Lo dejé a mi lado.

El dildo entraba poco a poco en mi ser, me encantaba como iba inundándome y más aún cuando empezó a acelerar y con ello a inundar mi cuerpo de placer. Ninguno de los dos decíamos nada.

La maquina me estuvo dando a marchas forzadas más de 20 minutos cuando mi cuerpo se estremeció y un orgasmo cubrió todo él. Fue glorioso, me gustaba decir recordando a la primera y hasta ese momento única mujer que compartió mi cama. Juan hizo ademán de levantarse, pero le paré.

– aun no, aun no he acabado – dije como única comunicación, Juan se volvió a acomodar en el sofá después de ponerse otra copa.

Cogí el pollón y sacándomelo del coño, me lo introduje en el ano. No hizo falta ningún tipo de estimulación. A estas alturas mi culo se ponía como la bandera de Japón en cuanto algo tocaba mi coño. Me lo metí hasta el fondo y puse el programa dos en la maquina. El programa dos no se andaba con coñas, a toda maquina desde el principio.

No tardé en empezar a gemir. Me volvía loca aquella maquina y más pensar en lo que venía a continuación.

– ¿te gusta lo que ves? – le dije a Juan.

– Me encanta.

– ¿Te gusta que me someta a ti?

– Me vuelve loco.

– Sácate la chorra y menéatela para mi – le dije gimiendo. Juan sacó su arma y empezó a mover su mano sobre ella.

– ¿Así?

– Más rápido cabrón, quiero ver como gozas – y Juan aceleró, pero no en velocidad de crucero.

Seguí siendo torturada por mi maquina y mis orgasmos iban y venían como una letanía.

– Ósea que quieres compartir a tu novia con otro hombre – le dije entre lamentos de placer.

– Me gustaría mucho.

– ¿Y aceptarías ver como me follan?

– Si es solo sexo.

– ¿Y no me montarías un numerito al ver como mi inmaculado coño es profanado?

– ¿Tu inmaculado que?

– Imbécil, ¿no te jodería ver como me folla otro?.

– Veríamos, pero me aguantaría, al final la idea fue mía – fue oír estas palabras y correrme como una salvaje mientras le pedía a Juan que se desnudase pues ya iba hacía él.

Me levanté con mi coño chorreando, simplemente cogí mi móvil como si estuviese mirando que no hubiese mensajes y me senté sobre su polla clavándole las uñas en sus hombros mientras él empezaba a chuparme mis pequeñas tetas y con las mano sme cogía de las nalgas.

Llevábamos no más de cinco minutos follando cuando le susurré.

– ahora va a venir alguien. Veremos si quieres un trio o no – y seguí cabalgando el tótem de Juan durante los siguientes minutos.

La puerta del salón se abrió y aunque no me quise girar por la cara de Juan sabía que no nos entraban a robar. Mi chico había reconocido a quien me iba a tomar en pocos minutos.

Me imagino que Alberto estaba desnudo porqué simplemente noté como su polla entraba en mi abierto culo. Juan paró un segundo, pero rápidamente continuo a una orden mía. Por primera vez tenia dos pollas dentro, no una polla y un vibrador, dos pollas de verdad.

Al principio nos costó un poco acompasarnos, pero en dos o tres minutos nuestros movimiento eran como pases de baile. Cuando uno me traspasaba hasta el fondo, el otro salía y al revés. Yo gritaba con toda la fuerza de mis pulmones mientras iba notando dos sensaciones unidas en una.

– darme fuerte cabrones, darme de verdad – decía yo a gritos mientras me corría una y otra vez – darme a saco maricones de mierda.

Alberto me agarraba las tetas y Juan metía sus dedos en mi boca mientras yo me dejaba ir doblemente penetrada. Que gusto por dios.

Ambos se corrieron fuera, fue lo único que les pedí. No quería que se cortase el rollo porqué uno no querría meter la polla donde se había corrido el otro. Ambos obedecieron y me bañaron en caliente lefa.

Reposamos durante unos segundos, pero cuando pensé que les iba a tener que poner una copa a cada uno Juan la sacó, hizo un gesto a su recién estrenado mejor amigo y me hicieron tumbarme en el sofá abierta de piernas. Juan elevó mi cadera y me la metió en el culo sin miramientos. Alberto no sabía si mirar o hacer algo. Ante la duda, hice un gestó y este acercó su falo a mi boca. Me la metí hasta la laringe de un solo golpe de cuello. Seguimos en esta posición durante unos diez minutos, cuando Alberto sacó su polla de mi boca y me duchó con ella mi cara, Juan aún aguantó un par de minutos más que me hicieron llegar a un riquísimo orgasmo.

Estaba llena de leche seca con dos machos a mi lado jadeantes por el esfuerzo, decidí ponerles una copa a cada uno e ir a limpiarme un poco. Pensé que la situación podía ser un poco tensa, pero ni mucho menos. Cuando volví del baño me los encontré fumándose un cigarro y buscando entre las cajas algo. En pocos minutos habían dejando el salón hecho una pena con mil y una cosas salidas de las cajas que habían dejado tiradas por el suelo. Al final encontraron lo que ambos buscaban, era obvio que ambos sabían de su existencia.

Sacaron una cuerda enrollada y soltándola, la pasaron por encima de una viga de madera que cruzaba el salón por nuestras cabezas. Hicieron un nudo corredizo y cogiéndome cerraron mis manos con él y tiraron de la cuerda. No quedé colgando, pero si con el cuerpo muy tenso tirado por mis apretadas muñecas. Juan sacó otros dos juegos de cuerdas y un antifaz que me colocó y por el que pedí la visión de lo que pasaba.

Cada uno de ellos colocó una cuerda en cada uno de mis tobillos y tirando de ellos y soltando convenientemente la cuerda que ataba mis brazos, me dejaron abierta de piernas y totalmente inmóvil.

Aluciné cuando colocaron debajo mía el penetrator. Metieron en mi coño su robusta polla y le dieron a velocidad máxima.

Juan y Alberto se alejaron de mi y por lo que pude oír antes de empezar a gritas de placer, fue que se pusieron una copas y se sentaron a observarme mientras orgasmo a orgasmo iba perdiendo las fuerzas, le sentido del oido y entrando casi en un estado de coma sexual.

Al principio me dolían las ataduras, pero después de recibir mucha caña de la buena, mi cuerpo solo era un mar de sensaciones.

Volví en mi cuando noté como el penetrator salía de mi cuerpo y una polla entraba en mi culo. Era evidente que era Alberto quien lo hacía, incluso en esas circunstancia la polla de Juan era perfectamente reconocible. El madrileño dejó que el burgalés actuase y durante un buen rato solo notaba la polla y las manos de Alberto machacar mi cuerpo. Cuando esté se corrió en mi espalda, Juan desde el otro lado metió su polla en mi coño y siguió con el martirio durante media hora más.

Me soltaron y me hicieron chuparles las pollas cuando los pájaros empezaban a trinar en el campo, corriéndose ambos de nuevo en mi cara y dando por finalizada la sesión de sexo.

Eran las ocho de la mañana y había sido la noche más fuerte de mi vida.

Alberto se fue dándome un beso de tornillo y nos dejo a Juan y a mi que estrenabamos la nueva habitación por primera vez.

No sabía como iba a reaccionar por lo ocurrido a la mañana siguiente. Aún con el cuerpo molido en cuanto me desperté pasadas las dos de la tarde me metí en bajo las sabanas y cogiendo la polla de Juan con la mano le hice una señora mamada. En condiciones normales Juan hubiese acabado follándome duro, pero simplemente se corrió en mi boca y siguió durmiendo rechazando el desayuno que mi cuerpo le podía proporcionar.

Nos levantamos pasadas las seis.

– ¿desde cuando te follas a este paleto? – me dijo muy serio.

– ¿por qué piensa que me lo había follado antes?

– No me dijo nada, pero sabía lo que buscaba entre las cajas y además sabía como follarte y lo que te gustabá– me quedé callada un rato…

– Desde hace un año – Juan puso una cara de perro tremenda – solo ha sido sexo cariño. Tu me enseñaste todo lo que se, y no me puedo pasar toda la semana a dos velas un día me llevó a la cama y así hemos seguido.

– Por eso te compraste el penetrator, ¿no?

– El penetrator sabes que no me llega.

Juan no me dirigió la palabra el resto de fin de semana. Cuando volvió a Madrid me quedé vacía.

Aparte de follar tres veces con Alberto me dedique a inundar a Juan con llamadas y sms’s durante toda la semana. El viernes por la tarde cuando pensé que no vendría, esté entro por la puerta y sin mediar palabra me estampo contra la pared y me folló como un loco. Mi coño y culo quedaron para los restos después de que Juan me diese su tarjeta de bienvenida.

Aquel fin de semana fue tremendamente sexual. Juan se dedicó a satisfacer todos sus bajos instintos conmigo. Hizo conmigo todas las aberraciones que nunca se había atrevido a hacer ni conmigo ni con nadie. Me dijo que era una puta y como tal me trataría. Al contrario de lo que se pueda pensar, en vez de disgustarme ser tratada así, me gustó, y me gustó mucho. Nunca pensé que tener metido un calabacín en el culo y otro en el coño pusieran dar tanto placer. Nunca pensé que estar atada y que me cayese cera hirviendo por mis tetas me pudiera gustar tanto, o que me measen en la cara después de haberse corrido en mi boca me pusiese poner tanto.

Los viajes de fin de semana a Villarcayo por parte de Juan se convirtieron en viajes 100% sexuales, ya no me tomaba como la chica buena que había conocido el sexo gracias a él, sino me tomaba como a la puta sedienta de sexo que a cuanta más caña le daban más le gustaba.

Alberto se unía de vez en cuando a nuestros encuentros, evidentemente viendo el cariz que aquello tomaba, él también incremento la caña y marranadas que me daba entre semana. Se acabaron los polvos a lo misionero para dar paso a autenticas sesiones de sexo duro donde las cuerdas, el dolor, y otras bestiadas tomaban protagonismo

Había perdido a mi novio, pero había ganado a dos sementales que me mataba a orgasmos y placer. No paraba de recibir placer.

Coincidiendo con la noticia de mi traslado a Estepona, empecé a plantearme lo adecuado de aquel modo de vida. Llevaba más de cuatro años en el pueblo, cuatro follandome a Juan, tres a Alberto, dos haciendo orgias con los dos juntos. Me encantaba ser un objeto sexual de estos dos, me encantaba que me llevasen a Bilbao donde íbamos a club de intercambio y dejaban que me hiciesen mil y una, me encantaba ser su puta, pero ya tenía 35 años y tenía que sentar la cabeza.

Me planteé pedirle a alguno de los dos que asentásemos la relación, pero aparte de que ya habíamos ido demasiado lejos, cada uno tenía su vida y la mía iba a continuar en Estepona.

A través de mis padres conocí a un chico de mi clase social. Roberto, era educado, culto, muy conservador y perteneciente a los Legionarios de Cristo Rey, unos pájaros más conservadores que los del Opus. Roberto era abogado en Marbella, por lo que me ayudo tremendamente con el traslado, búsqueda de oficina, personal e incluso clientes.

Al principio nuestra relación era de hola y adiós, yo realmente trabajaba en Málaga entre semana y el fin de semana me iba en AVE a Madrid donde o Juan o Juan y Alberto me daban lo mío. No quería volver a coger la fama de Villarcayo por lo que entre semana o quemaba el Penetrator o alguna vez dejé con la boca abierta a algún guiri de paso por Marbella o Estepona follandomelo de manera extrema siempre llevando yo la voz cantande. Solía dejar mis aberraciones para el fin de semana, muy a pesar mía.

A Roberto le fui viendo cada vez más. Planes sencillos, cena, cine, paseos. Un día Roberto se me declaró y me pidió matrimonio. Me contó el rollo ese de lo bien que estábamos juntos, de la edad que teníamos y la ilusión de formar una familia. Le di mil vueltas, valoré los pros y los contras y finalmente dije que si con la sana intención de dar un giro definitivo a mi vida. Juan y Alberto no se lo tomaron nada mal, incluso se ofrecieron a ser testigos de mi enlace. No les invité, aunque me los follé juntos o por separado hasta casi llegados a la fecha de la boda.

El sexo una vez casada con Roberto era anodino. Misionero los sábado y a lo mejor uno los miércoles. En una ocasión casi se va de la cama cuando intenté chupársela y sé que se planteo abandonarme el día que le pedí mientras me penetraba y yo pensaba en la polla de Juan, que me comiese coño. Casi vomita allí mismo.

Llevó ya quince años en Estepona y casada con Roberto. Desde luego que no pude aguantar y como suele pasar con las buenas intenciones, estas duraron muy poco. Desde ni un año después de mi enlace, viajo a Madrid un par de días a la semana con la excusa del trabajo donde Juan hace con mi cuerpo lo que quiere y Alberto se acerca cuando puede y se une al festín.

Solo hay una regla, soy madre de seis niños y no puedo volver a casa con marcas en mi cuerpo. Roberto nunca ha sospechado nada ni siquiera cuando a veces llego con el coño afeitado, algo que ni entiende ni le gusta.

El penetrator esta instalado en un despacho de mi oficina del cual solo yo tengo llave y lo uso casi a diario cuando todo el mundo se ha ido. Nna no puede perder las sanas costumbres.

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