La playa II: el día siguiente

Desperté desnuda, sudada y con el pelo revuelto, sobre la cama apenas deshecha. Recordé la noche anterior y el fuego subió a mis mejillas. Elsa no estaba. Me levanté y me asomé a la ventana, y vi a Guille en una tumbona, en bañador, leyendo algo en la tablet. Hacía un sol resplandeciente. Me miré en el espejo de cuerpo entero que tenía Elsa en su dormitorio. Mis carrillos aún estaban encendidos. Me había acostado con una chica, vale, pero seguía siendo la misma, no me había salido ningún estigma. La única secuela del día anterior era el dolor de cabeza que me había dejado el alcohol. Pero, a pesar de él, me sentía pletórica. Despeinada, descalza, sólo vestida con la sombra blanca del tanga sobre mi piel tersa y atezada, sentía ganas de corretear salvaje por la casa hasta dar con mi amiga y abrazarle y estrujarla y comérmela a besos. Pero no sabía si ella sentiría algo parecido y no podía averiguarlo mientras su familia se alojaba con nosotras.

Me envolví en una toalla y salí al pasillo, sin calzarme y sin nada debajo, pasando de todo, para ir al baño. Pero no me crucé con nadie. La casa, de hecho, estaba en completo silencio, a pesar de los niños. Eché el pestillo, me quité la toalla y me contemplé otra vez en el espejo. Me palpé los senos y me pasé la lengua por los labios. Me giré y miré mi culo prieto. Me agaché y me separé las nalgas. Asomaron mi ojete y mi vulva. Deslicé el índice de la mano izquierda por ambos. El sexo de la noche anterior me había abierto el apetito y tenía ganas de más. Hice un pipí y me metí en la ducha. Me di con el chorrito tibio por todo el cuerpo y lo dejé fijo apuntando a mi entrepierna, mientras me abría el sexo con los dedos de la otra mano. Me senté en la bañera sin apartarlo y lo dirigí al clítoris, que sobresalía lozano, pidiendo acción. Una onda de sensaciones empezó a recorrer mi espalda. Me miré al espejo y vi mi expresión embobada, con la boca entreabierta. No quería pasar sola por eso, después de las delicias de la víspera. Quería que el placer me lo procurara Elsa. Aparté el chorro, me enjaboné entera y acabé de ducharme.

En el dormitorio de mi amiga me puse el tanga de rallas para ya no tenerme que cambiar al bajar a la playa y una camiseta blanca de cuello redondo y manga corta que me quedaba por el ombligo. Bajé a preguntarle al tío de Elsa dónde se habían metido ella y los demás. A ver si se iban pronto y nos dejaban tranquilas…

RELATO DE GUILLE

Estaba leyendo en el jardín las cuatro chorradas de economía y política con las que nos marean los diarios cuando apareció la amiga de mi sobrina. Iba descalza y en bragas, y sin sujetador, con una pequeña camiseta que le marcaba las tetas. La economía y la política pasaron a segundo plano inmediatamente. O a tercero o a cuarto.

-Hola Guille, ¿dónde está Elsa? –preguntó la niña. Era una rubia flaquilla de ojos azules, con la piel morenísima por el sol. Tenía las piernas delgadas pero largas y muy bien hechas. Y el pecho firme, firme… Era una cría pero me daba mucho morbo, no podía evitarlo.

-Ha acompañado a Roser, para decirle donde tenéis el súper, y se han llevado a las fieras -le expliqué.

-¿Ya has desayunado?

-No, ahora traerán algo ellas.

-Pues me voy haciendo un zumo de naranja. ¿Quieres uno?

-Vale, gracias.

Cuando se giró para entrar en la casa vi que llevaba un tanga que le dejaba más de medio culo al aire. “Vaya con la amiguita”, pensé. Aunque quizá le daba igual porque ya le había visto el culo entero en la playa, por la noche. Pero a mi amigo no le dio igual porque se puso duro al instante, tirando del bañador. Al cabo de un rato vino con dos copas en una bandeja, me trajo la mía hasta la tumbona y se sentó en una silla junto a la mesa, cerca de donde yo estaba.

-Gracias, hermosa. Perdona pero estoy vago total. Y resacoso porque ayer bebí demasiado.

-Sí, yo también, sólo tengo ganas de tumbarme al sol en la playa.

Y yo de ver eso, pensé. No sé qué me pasaba pero mi cerebro parecía regido por el vecino de allá abajo. Veía sus piernas largas y morenas, con los pies descalzos, cruzadas indolentemente y la imaginaba bronceándose con el tanga y las tetillas al aire y me daba un no sé qué. Como leyéndome el pensamiento, preguntó:

-¿Os vendréis a la calita a tomar un baño?

-Pues supongo que no –respondí consternado-, porque Roser querrá salir pronto y hacer kilómetros.

Yo tenía ganas de llegar a Francia y hacer turismo pero tampoco me incomodaba pasar una mañana en la playa con la locuela de mi sobrina y su amiga.

RELATO DE LAIA

Me estaba tomando un zumo de naranja en el jardín con el tío de Elsa cuando oí el griterío de los niños que anunciaba el retorno de la expedición del súper. Elsa y Roser entraron cargadas de bolsas y los críos, parece que ya repuestos, lamiendo unos cucuruchos de helado que se deshacían pringándoles las manitas. Me levanté a ayudarlas y Guille vino detrás de mí. Sentí mi culo expuesto a su mirada y deseé haberme puesto algo más de ropa. Pero siempre desayunábamos en bañador y no lo había previsto. Elsa estaba preciosa. Llevaba un short de color fresa muy pequeñito, un top blanco de punto con tirantes que parecía de su hermana menor, sin sujetador, y sandalias de plástico. Roser vestía un blusón de muchos colores y calzado deportivo.

Yo me sentía azorada pues era la primera vez que veía a mi amiga después de acostarme con ella. Pero Elsa estaba sonriente y tranquila y me saludó con un piquito rápido y despreocupado mientras le cogía las bolsas de las manos. Pidió que la disculpáramos para ir a regar las plantas y el césped, porque si no su madre la abroncaría al volver. En un momento guardamos las cosas en la nevera, que habían comprado para comer en ruta, y nos pusimos a tostar pan y a hacer café. Por la ventana de la cocina veíamos a Elsa manejando la manguera sin mucha habilidad. Mientras poníamos la mesa en la terraza oímos un gritito y vimos a Elsa con el pelo y la camiseta empapados y la manguera en el suelo ondulándose como una serpiente por la presión del agua, mientras iba disparando el chorro indiscriminadamente. Los niños fueron saltando hacia allí entre carcajadas mientras Roser les gritaba que se quedaran quietos. Yo corrí hasta la llave para cortar el agua mientras Elsa reía y se sacaba el top. Lo puso al sol, en las baldosas, junto con las sandalias, para que se secaran, recogió la manguera y siguió regando con naturalidad, vestida sólo con el short. El agua la salpicaba y perlaba de gotitas sus pechos y abdomen. Veía esa piel lustrosa que había recorrido morosamente hacía unas horas con mis manos y lengua y sentía ganas de hacerlo de nuevo. Roser la miraba de reojo, con una media sonrisa de compromiso, y Guille procuraba reprimir su admiración mientras Natalia y Marcel empezaban a engullir indiferentes sus cereales con chocolate. Nos pusimos todos a desayunar salvo Elsa, que se metió en la casa para secarse. Al poco apareció con el tanga negro y la camisetita de tirantes con los que bajaba a la playa y se sentó frente a mí. Mientras se untaba unas tostadas empezó a acariciarme el pie y la pierna con su pie descalzo, bajo la mesa. Busqué su mirada pero disimulaba. Natalia se puso a llorar señalando a Marcel, diciendo que le había pegado. Guille cortó la llantina haciéndola reír, al dibujarse una perilla con Nocilla y hablar con la voz engolada.

-En seguida nos vamos y os dejamos en paz –apuntó Roser.

-¿Por qué no os quedáis a comer y así aprovecháis la mañana de playa? –interrogó Elsa.

-¡Playa, playa, playa, playa! –prorrumpieron los niños, al unísono. Roser se había quedado pensativa. No sé si la propuesta la había complacido. Miraba a los ojos de Guille, que no decía nada y ponía cara de póquer.

-Bueno, donde vamos también hay playas -les dijo a sus hijos.

-Pero ésta es más chula -replicó Elsa, que había dejado de tocarme con el pie. Yo la interrogué con la mirada, con ganas de estrangularla, pero ella se limitó a guiñarme un ojo.

-Seguro que tú prefieres quedarte, ¿no? –le espetó Roser a Guille. Bajo sus gafas descubrí una mirada acerada que no había exhibido el día anterior.

-No sé, mi hermana es muy exquisita, ella sólo se baña en playas que parezcan fondos de escritorio… Pero ayer perdimos medio día…

-¿Perdisteis?, creí que lo habíamos pasado bien -arguyó Elsa.

Quedamos en silencio. Sólo se oía el zumbar de dos moscas que se perseguían embriagadas por el olor de los dulces. Los niños, los únicos ajenos a la tensión, proclamaron de nuevo:

-¡Playa, playa, playa, playa!

-Bueno, yo no voy a ser la mala de la película. Nos quedamos a comer pero comemos pronto y nos largamos pitando- sentenció Roser observando fijamente a Guille. Sus hijos la vitorearon, Guille bebió un sorbo de café, inexpresivo, y yo le dediqué una mirada asesina a mi amiga, que sonreía ufana.

RELATO DE GUILLE

Durante el desayuno decidimos reanudar el viaje por la tarde y bajar a la playa antes de comer. Intenté no mostrarme demasiado eufórico con el plan pero aun así Roser pareció intuirlo y caminaba silenciosa y seria a mi lado, por el pinar que llevaba a las calas. Con los niños era un recorrido de unos quince minutos. Marcel iba aporreando una pelota y Natalia andaba a la pata coja, alternando las piernas. Delante de nosotros, que con la sombrilla, la nevera, los colchones, las bolsas y todo lo demás parecíamos refugiados tutsis huyendo de los hutus, iban Elsa y su amiga sólo con las toallas y ligeritas de ropa. Llevaban camisetas cortas que dejaban ver sus culitos tostados, apenas cubiertos por los tangas. No se me había escapado el detalle de que no llevaban nada debajo de la camiseta, por lo que suponía que exhibirían sus tetitas al llegar a la playa. Al salir de los pinos y llegar al mar Roser y yo no pudimos reprimir un oooh de admiración, porque el lugar era realmente increíble. Elsa nos explicó que había dos zonas, para ir con bañador o sin él, y que ellas iban a la nudista. Nosotros hacía muchos años que no visitábamos una pero no pusimos objeciones, porque ya sabíamos que en las playas nudistas no es obligatorio ir desnudo. Y si las chicas querían despelotarse yo no iba a ponerme a llorar, precisamente. Llegamos a la calita, un pedazo de arena de unos cincuenta metros de ancho limitado por dos hileras de rocas. Como era bastante pronto no había mucha gente. Para mi decepción, casi todo eran hombres. Nos pusimos junto a la orilla, por controlar a los enanos, y empezamos a montar nuestro campamento. Pero yo no quitaba ojo a Elsa y su amiga, que habían extendido las toallas en un segundo, a nuestro lado, y estaban sentadas en ellas recogiéndose el pelo. Se quitaron las dos la camiseta, casi simultáneamente, y Elsa, sin pensarlo dos veces, se sacó también el tanga y se quedó completamente desnuda. Mi ojo clínico ya había percibido dos marcas de bañador cuando nos recibió tan fresca, el día que llegamos, por lo que no debía tomar el sol siempre así. Volví a ver el triangulito negro bien recortado de su pubis. Esperé en vano que Laia también se despojara de su prenda pero empezó a ponerse protector solar sin quitársela. Con todo, distinguía el perfil de sus pechos, que la noche anterior no había alcanzado a ver. Aunque estaba más delgada los tenía un poco más grandes que mi sobrina. Se estaba extendiendo el aceite por los brazos y los hombros, y luego llegó a las tetas y fue pasándose las manos, haciéndolas rebotar ligeramente. Le quedaron relucientes por el pringue y el amigo empezó a alterarse. Busqué la mirada de Roser, sintiéndome culpable. Pero estaba distraída, persiguiendo a los niños por la orilla, que se morían de risa. Como era habitual en ella iba también sin parte de arriba. Tenía unos pechos bonitos, de pezón grande, pero, uno es así, ya me los sabía de memoria. Laia estaba ya tumbada tomando el sol, en tanga, como había dicho en el jardín que deseaba estar y yo la había imaginado. A su lado, también rutilante por el aceite, Elsa estaba incorporada, hablando por el móvil. Era la hija de mi hermana, de acuerdo, y la había acunado cuando era un bebé, de acuerdo, pero ahora, aunque era casi una niña, estaba como un queso. ¿Qué mal había en mirarla?

Cuando acabó de hablar se tumbó de espaldas y le pidió a su amiga que le pusiera protector por la espalda. Laia se sentó a su lado y se puso en ello, lentamente, con todo el cariño. Ahora veía sus senos esplendorosos de frente y todo su cuerpo esbelto inclinarse sobre el de Elsa, mientras la acariciaba. ¿Puede haber un espectáculo más atractivo que ése? El amigo opinaba que no y, para disimular mi turbación, intenté charlar un poco.

-¿Mi hermana y Bruna también vienen a esta playa?

-No, con ellos vamos a la otra zona –aclaró Elsa.

-Ya me extrañaba –observé.

Laia se había puesto ahora más abajo y le estaba untando de aceite las piernas y el culo, sin ningún obstáculo textil. Elsa había abierto las piernas y los dedos de su amiga extendían el protector donde el sol nunca toca y el ginecólogo sí. Pero a Elsa no parecía sorprenderle.

-¿Y tú no te quitas el bañador?, si ayer ya vimos tu cosita –inquirió Elsa, maliciosa-. ¿O es que se ha puesto contenta de vernos y no quieres dar el cante?

La verdad es que si me sacaba el bañador casi me iba a golpear la cabeza con la palanca de mi pene, como en aquel chiste… Pero había que ser un cadáver para no excitarse con la escena que tenía frente a mí. Laia se estaba recreando con las piernas y el culo de su amiga y se le habían puesto los pezones ostentosamente duros. Elsa, completamente embadurnada, reflejaba los rayos de sol como si fuera una estatua de bronce. Laia por fin acabó su cometido y se tumbó boca arriba junto a mi sobrina. Cuando mi erección bajo a un grado discreto aproveché para levantarme y meterme en el agua, eliminándola del todo.

RELATO DE LAIA

Cuando llegamos a la playa Elsa explicó que había dos zonas y dijo sin vacilar que íbamos a la nudista. Me puse a tomar el sol sin quitarme la parte de abajo porque me daba corte con Guille y Roser ahí al lado, sobre todo después del mal rollo del desayuno. Mi amiga estaba en la orilla ayudando a los niños a construir un castillo con la arena mojada, o más bien una fortaleza entera, con su muralla, sus puentes y todo tipo de detalles. Se la veía realmente entusiasmada y tenía rendidos a sus primos, que se subían por encima de ella, la besaban y la estrujaban sin medida. Ella estaba concentrada en la operación, inconsciente de su desnudez y del efecto que podía causar en los que la observaran, más niña que nunca, como un animalillo en medio de la jungla que nunca ha pensado en cubrirse el cuerpo. Pero para construir unas complicadas galerías subterráneas que canalizaban el agua que traían las olas se tenía que agachar, ponerse a cuatro patas, levantarse, inclinarse y sentarse continuamente ponderando el efecto de su obra… A veces los labios de su sexo asomaban indiscretos al final de su culo, medio cubierto por la arena enganchada. O los niños la tiraban y la revolcaban provocando que quedara en las posiciones más indecorosas. Pero mientras su sexo se abría y cerraba y se embadurnaba de arena o sus pechos daban pequeñas sacudidas ella reía gorjeando, sin cubrirse ni preocuparse por nada. Sus tíos reñían a Natalia y Marcel por las confianzas que se tomaban pero también riendo y sin mucha convicción.

El calor pegaba muy fuerte. Tenía ganas de bañarme pero quería hacerlo con Elsa y no iba a interrumpir el juego con sus primos. Me di la vuelta para tomar el sol en la espalda pero necesitaba protector. Miré a Guille y Roser para pedirle a uno de ellos que me lo pusiera. Pero, justamente ahora, Guille, que antes me estaba mirando las tetas sin tapujos, estaba untando la espalda de Roser, que tampoco llevaba parte de arriba, y ella sonreía y le susurraba cosas, como si ya se le hubiera pasado el mosqueo. Me giré y vi que Elsa salía del agua, donde se habría sumergido para sacarse la arena. Se inclinó echando toda su cabellera hacia delante y se irguió haciendo un movimiento seco con la cabeza para que el pelo se fuera hacia atrás, describiendo un gran arco que soltó mil gotas y aterrizando en su espalda con un plac. Empapada, reflejando el sol, con los pezones erectos, la frente despejada y la cara radiante, nunca había estado tan hermosa. Venía hacia las toallas con los niños brincando a su alrededor, adorándola como si fuera una diosa, y me sonreía con franqueza, como diciendo “qué feliz estoy y qué sencillo es todo”.

RELATO DE GUILLE

Me incorporé al poco de tumbarme porque nunca he podido aguantar mucho rato el sol intenso sin hacer nada. Roser, en cambio, después de que le pusiera crema en la espalda, estaba tendida y estática, como en un letargo. Y las chicas estaban también tumbadas y paralizadas como dos cocodrilos al borde del río, pero boca arriba, con los cuatro pezones como cuatro ojos mirando al cielo. Los críos estaban decorando con conchas de mar y guijarros la construcción de arena que les había hecho Elsa mientras lucía palmito y ofrecía vistas insólitas de sus partes más íntimas.

En la playa siempre llega ese momento de aburrimiento en que ya no sabes qué hacer y te dedicas a repasar a la gente que hay a tu alrededor, dentro de tu campo visual. Había varias parejas gays de treintañeros musculosos y de bronceado integral; una pareja más mayor, mixta, llena de tatuajes y que no pasaría por el arco de seguridad de un aeropuerto; un matrimonio entrado en carnes, amoroso y sobón, con dos niños pequeños, todos ataviados como Dios los trajo al mundo; dos cuarentonas delgadas y atléticas con el pelo muy corto, en tanga, leyendo libros de tapa blanda e ignorándose mutuamente; algunos hombres solos en actitud contemplativa (como yo)… Al fondo de todo, junto a los pinos, vi que se levantaba una chica jovencita que iba en topless, que aún no tenía fichada. Fue a tirar unas mondas de naranja a una papelera. Conseguí un avistamiento completo, primero frontal y luego dorsal. Parecía algo mayor que mi sobrina y su amiga. Llevaba una braga pequeñita, que no tapaba mucho. Estaba más gorda que ellas pero tenía un buen culo y los pechos bonitos. Era morena, con el pelo a lo chico y bastante guapa. Se sentó entre tres chicos de su edad que, ¡cuán injusto es el mundo!, sí iban desnudos del todo.

Oí que mis chicas cuchicheaban y Elsa, que estaba viva, después de todo, se puso a horcajadas sobre el culo de Laia y empezó a extenderle aceite solar por la espalda. Se tomaba su tiempo y lo hacía a conciencia. Cuando bajaba desde los hombros hasta las caderas, le acariciaba la parte lateral de las tetas al pasar por ahí, como quien no quiere la cosa. Laia no manifestaba ningún disgusto. Luego se puso a su lado, de cara a mí, y siguió con las piernas y el culo. Pero cuando pasaba las manos por las nalgas le estorbaba el tanga de Elsa y se lo bajaba hasta dejarlo enrollado como un canuto al final del culo. Cuando el puñetero volvía a desplegarse, ella volvía a enrollarlo. Laia, sin recostarse, se llevó las manos a la cintura del bañador, alzó un poco las caderas y se lo estiró hacia abajo para quitárselo, dejando todo al aire. Elsa la ayudó y lo acabó de sacar del todo, tirándolo a un lado, sobre la toalla. ¡Bingo! El trasero de Laia era algo más plano que el de Elsa y también tenía marcas de bañador pero se veía suave como la seda. Elsa cogió más aceite y, ahora sin trabas, le pasó las manos por todos lados y la dejó reluciente. Cuando le acariciaba el culo y el principio de los muslos hundía los dedos que era un contento y su amiga se dejaba hacer. Y yo me estaba volviendo a poner enfermo. Roser seguía inerte. ¿Todas las niñas eran tan desinhibidas o éstas tenían un rollo? Cuando creí que ya habían terminado con su placer y mi tortura, Elsa volvió a echarse aceite en una mano y la introdujo sin disimulo en la entrepierna de su amiga. Apoyaba el pulgar entre las dos nalgas y movía el resto de la mano adelante y atrás, por allá adentro. Pero ahora Laia sí que dio un respingo de sorpresa y deslizó su mano bajo la de Elsa impidiendo que siguiera, mientras la miraba con el ceño fruncido pero sonriendo. Elsa se tumbó también boca abajo y volvieron a quedar inmóviles, ofreciéndome la grata visión de sus culos lustrosos.

RELATO DE LAIA

Elsa se tumbó a mi lado y cuando estaba poniéndome aceite solar decidí quitarme el bañador. Si a sus tíos les molestaba, que se fueran de una vez a Bretaña. Sus dedos se hundían entre mis nalgas sin miramientos y tuve que detenerla cuando empezó a masturbarme, allí en plena playa. Cuando me propuso ir a bañarnos yo estaba ardiendo, en sentido literal y figurado, y le dije que sí. Al levantarnos y aún sin ver a Guille casi podía percibir su mirada clavada en nuestros culos. Nos metimos lentamente y nadamos mar adentro. Qué gusto volver a sentir el agua corriendo hacia atrás por todo el cuerpo, como una suave caricia. Dejamos de nadar y nos quedamos flotando, mirándonos sin decir nada. Era la primera vez que estábamos realmente solas desde la noche anterior. Sentía ganas de abrazarla pero quería aclarar una cosa:

-¿Por qué has insistido tanto en que tus tíos se quedaran?

-Porque tenía ganas de estar con mis primos, nunca los veo. Y porque me gusta martirizar a mi tío. Él siempre me ha hecho bromas y me ha tomado el pelo y ahora puedo manejarlo yo.

-¿Enseñando las tetas?

-Sí, y lo que haga falta. Esto es nuevo para mí, los hombres son muy tontos.

Se quedó callada, mirándome con una sonrisa de triunfo, de poderío. También lo ejercía sobre mí, no sé si conscientemente.

-Pero yo creí que querrías estar sola conmigo.

-Ahora estamos solas –replicó lasciva. La miré seria-. Ven aquí -dijo, cogiéndome de la mano y atrayéndome hacia sí.

Pasó sus brazos tras mi espalda y pegó su cuerpo al mío. Notaba su vientre contra mi vientre y sus pechos contra mis pechos, con sus pezones erectos rozando los míos.

-Nos ven desde la arena- protesté.

-Desde la arena sólo ven a dos chicas hablando muy juntas- replicó.

Y mientras lo hacía sus manos descendían por mi espalda hasta mi culo. Miré hacia la arena y vi a Guille tumbado de espaldas, leyendo el diario. Roser también estaba tendida. Los dedos de Elsa se introducían entre mis nalgas y entre los labios de mi vagina. Nuestros pechos se aplastaban mutuamente con los pezones besándose endurecidos. No podía oponer más resistencia y sentía ganas de probar sus labios, pero eso era lo único que no podíamos hacer impunemente. Le palpé las caderas y el culo y llevé una mano a su entrepierna. Elsa cubrió mi mano con la suya y la apretó contra su pubis, susurrando:

-Acaríciame.

Le introduje el dedo corazón lentamente y empecé a frotarle el clítoris con el pulgar. Ella no había sacado sus dedos de dentro de mí en ningún momento y también había empezado a masturbarme. Otra vez sentía olas de placer recorriéndome y hubiera deseado llegar hasta el final, pero sin mover los brazos y con las piernas en tensión nos estábamos hundiendo. Elsa me soltó y nado hacia la orilla, hasta donde hacíamos pie. La seguí pero le dije:

-Estamos demasiado cerca, nos verán tus tíos.

Elsa se giró hacia la arena y sonrió. Por toda respuesta volvió a meter la mano en mis zonas más íntimas y condujo la mía hacia su pubis. Me dijo con mirada zumbona:

-Nadie va a ver nada. Habla conmigo tranquilamente y hazme lo que te hago yo a ti.

Lo que me estaba haciendo era cubrirme la columna de escalofríos. Volví a introducir un dedo en su sexo, que me recibió rezumando sus fluidos. Elsa aceleró sus caricias con una mano, mientras la otra jugueteaba con mi ano.

-¿Qué haces? –le pregunté contrariada.

-Tú déjame, no te haré daño.

En nuestro derredor pasaban dos niños medio encaramados a un colchón hinchable, una pareja muy anciana, la mujer tocada con una pamela de mimbre, en medio del agua, gays de brazos musculosos chapoteando espuma en sus carreras, señoras prudentes haciendo braza con el ceño fruncido, un adolescente vigoroso nadando de espaldas, con el pene reluciente por el agua balanceándose al cielo… Todos ellos parecían indiferentes a la pareja que se miraba allí parada, con las cabezas bien juntas… Elsa me había introducido muy poquito a poco todo el dedo corazón en el ano, que palpitaba abrazándolo cuando aceleraba su pulgar de la otra mano sobre mi clítoris. Era algo completamente nuevo para mí, pero resultaba tan deleitoso que le había dejado hacer. Yo intentaba devolverle aquellas dosis de placer y le palpaba sus pezones durísimos, que quedaban por debajo de la línea de flotación de su cuerpo, mientras le acariciaba el sexo con la otra mano. Cuando notó que me corría se pegó a mí sin sacar los dedos de mis orificios y me besó con pasión. En aquel momento no pensaba ni en sus tíos ni en los bañistas ni en nadie. Me rodeó con sus brazos y escondió su cara entre mi cuello y clavícula, y noté cómo su cuerpo sufría convulsiones al llegar también al orgasmo. Era tan obvio que nos habíamos abandonado al placer que no entendía cómo no nos hacían corrillo. Pero la gente era muy descuidada o muy discreta y nadie parecía observarnos. Me giré hacia la arena y vi a sus tíos, que debían estar a unos diez metros, tumbados de espaldas, indiferentes, y a su primo enterrando con arena a su hermana en la orilla. Me abracé con ternura a Elsa y la besé por fin, sin premura, sin culpa. Me cogió de la mano y salimos del agua. El orden del Universo permanecía inalterable.

RELATO DE GUILLE

Justo cuando me giré, medio frito, después de leer el diario que despedía el olor playero de tinta ardiente, vi como las dos ninfas salían del agua, desnuditas, agarradas de la mano. Lo hacían con calma, altivas, relucientes, con los pezones encogidos como perdigones, las caras rutilantes, con el cabello hacia atrás, pegado al cráneo, y las mejillas sonrosadas. Se sentaron en las toallas para iniciar esa ceremonia del arreglo del pelo, peinándose y recogiéndolo con una goma, y del dejar las manos con los dedos abiertos, goteantes, apoyados los brazos en las rodillas, como si secarse fuera un acto voluntario. Vi pasar junto a ellas, hacia el mar, a la chica jovencita que antes hacía topless, la de las mondas de naranja. Ahora se había quitado la braguita y se veía la marca clara del bañador sobre su bonito culo. La estaba radiografiando con la mirada cuando Natalia se tiró sobre mis piernas diciendo “quiero un zumo”. Marcel lo oyó y gritó “zumo, zumo, zumo”. Abrí la nevera, les di los cartones y le ofrecí una Cola Light a Roser, que se desperezó y se incorporó para tomarla. Me cogí una cerveza y llamé a Elsa y su amiga, por si querían tomar algo. Dijeron que “vale” y Roser arregló las toallas y abrió unas bolsas de patatas para que vinieran e hiciéramos un poco de aperitivo. Las nínfulas vinieron y se sentaron desnuditas, con nosotros, con toda naturalidad. Laia se sentó modosa, como comen los japoneses, con el culo apoyado sobre las plantas de los pies, para entendernos. Pero Elsa se acomodó en la posición del loto o casi, con las piernas abiertas y dobladas, pasando de todo, mostrando los labios de su sexo, como una boca rosada entreabierta, a punto de decir algo. Íbamos charlando, bebiendo y picando patatas, tan normales, pero mi mirada se iba inevitablemente a los pechitos firmes y tostados de las niñas y a la sonrisa muda de la entrepierna de mi sobrina. No me fascinan las vaginas y aledaños pero era lo insólito de la situación lo que me turbaba y me ponía burro. Para acabar de rematarme, la chica de las naranjas, para entendernos, salía del agua junto a uno de sus amigos luciendo un felpudo estrecho y bien recortado en el centro de su bañador virtual de piel blanca. Fueron hasta sus toallas y se tumbó boca abajo sin volver a ponerse la parte de abajo. ¿Pero antes no se cubría? ¿Esperaría a estar seca para ponerse el bañador? Me encantan estos tejemanejes. Bajo mi bañador real, salvador, se había edificado una pequeña pirámide, homenaje a tanta belleza suelta y destapada. Paladeé mi cerveza fría y pensé “qué bonito es el verano”.

RELATO DE LAIA

Después de tomar una Coca-Cola con los tíos de Elsa y los niños me tumbé a tomar el sol. Pero era mediodía y no se podía aguantar mucho. Me fui a la orilla y me tendí boca arriba donde rompían las olas, dejando que treparan por mi cuerpo y me cubrieran de espuma, peinando el triangulito de vello de mi pubis, de ida y de vuelta, de ida y de vuelta. Vino Elsa y se tumbó boca abajo, entre mis piernas, su cuerpo calentito, apoyando su barbilla en mi abdomen y cruzando los brazos delante, sobre mis costillas. La parte externa de sus manos rozaba el nacimiento de mis pechos y me producía una gran excitación. Elsa me miró con esa cara que empezaba a conocer, de vamos a hacer locuras, y, como adivinando mi anhelo, posó sus manos en mis senos, que lucían ya dos indiscretos pitones. Si sus tíos o alguien nos estaban mirando en ese momento, era evidente que captarían el rollo bollo que nos traíamos. Tenía que decirle que apartara las manos y reprenderle pero me daba tanto gusto notar el tacto de los dedos de Elsa en mis pechos… Además, sentirlo allí en medio de todo, a la vista de todos, me daba mucho morbo. Aunque escruté a un lado y a otro y no vi a ningún mirón babeante. Miré a Elsa, que me miraba a su vez, con los ojos entornados. Me agarró los pezones con dos dedos, como si fuera a pellizcarlos y ya tuve que apartarle las manos con un gesto enérgico. Pero ella rio y trepó por mi cuerpo hasta quedar a mi altura. Tenía su cara frente a la mía y ahora eran sus pechos los que tocaban los míos. Nuestros pubis también se besaban, quedando sus piernas cerradas entre las mías abiertas, en una especie de M.

-¿Estás loca? –protesté.

Contestó agarrando mis manos y posándolas sobre sus nalgas, y aplastándose aún más contra mí. Notar sus pechos contra los míos era delicioso y me hubiera gustado masajearle el culo y acariciarle el sexo pero ahora sí que estábamos dando el cante y no podía tolerarlo. Aparté las manos de su trasero y le dije:

-Levántate, tus tíos deben estar flipando.

-Somos dos chicas tocándose un poco, no creo que sea ningún escándalo.

-¿Quieres que se lo cuenten a tus padres?

-Me da igual –replicó, acercando aún más su cara, hasta que sentí su aliento en mis labios-. ¿Les decimos que somos novias? –susurró, casi rozando su boca con la mía.

-¿Lo somos?

Su respuesta fue besarme con descaro, como si aún estuviéramos en su cama. Supongo que debería haberla rechazado airada de buen principio. Pero me dejó tan sorprendida que me dejé hacer y acabé por corresponder a su impulso acariciando su lengua con mi lengua, irreflexivamente, insensatamente.

Elsa se levantó de súbito, sonriente, se volvió y se zambulló en el agua en un solo movimiento sinuoso y raudo. Me dejó aplanada, estupefacta, confundida… Aún tenía el sabor salado de su boca en la mía y sentía mi sexo húmedo tras el contacto grato de su cuerpo. De pronto un balón salido de la nada me impactó en la cabeza, como para despertarme de mi sueño. Antes de que me recuperara del aturdimiento noté una sombra proyectada sobre mí y la voz de una chica que decía:

-¿Te han hecho daño?, ¡perdona, son unos brutos!

Miré hacia arriba y me hice visera con la mano sobre los ojos, porque el sol me deslumbraba y sólo distinguía una silueta oscura. La chica que me hablaba era la que estaba el día anterior con el grupito de al lado, cuando cambiamos de cala. Le sonreí conciliadora y le dije:

-No pasa nada, estoy bien. –Me seguía mirando con expresión compungida. Por eso añadí-: Tengo la cabeza dura –, picándome con un puño.

-¡Trae la bola, Ona! –se oyó que gritaban.

-¡Qué pesados! ¿Por qué no juegas con nosotros?, estoy harta de tanta testosterona.

En la orilla la esperaban los tres chicos que estaban ayer con ella. Los que veía de cuerpo entero iban desnudos y el que estaba medio sumergido más adentro supongo que también. Ella, en cambio, lucía la misma pequeña braguita azul que el primer día. Me miraba sonriente y tenía una cara muy bonita, con una expresión un poco pícara, enmarcada en un cabello muy negro cortado a lo garçon. Me tendió la mano para ayudarme a levantar, como reiterando su invitación. Cogí su mano y me puse de pie, aceptándola tácitamente.

-¿Te llamas Ona? –pregunté.

-Sí, Ona de Mariona, ¿y tú?

-Laia.

Se acercó más y me dio un fresco beso en cada mejilla. Nuestros pechos se rozaron al hacerlo. Ona no tenía un cuerpo tan perfecto como el de Elsa, era algo más rellenita aunque un poco más alta que yo. Debía contar un par de años más que nosotras. Sus senos eran medianos y tiesos, de pezón pequeño, realmente bonitos, y me había excitado su contacto. Junto a mi toalla, mientras cogía la parte de abajo del bikini, que había decidido ponerme para estar como ella, le pregunté:

-¿Puede jugar también mi amiga?

-¡Claro, así empatamos!

Avisé a Elsa, que estaba bañándose ensimismada pero salió en seguida y se unió a nosotras.

RELATO DE GUILLE

Como si un dios generoso quisiera convertir en realidad mis fantasías, las ninfas se pusieron a jugar a pelota en la orilla (con los faunos en celo). Pero como nada es perfecto la chica de las naranjas y la amiga de mi sobrina, a diferencia de Elsa, llevaban la braga del bikini. Jugaban sumergidas en el agua pero a veces les quedaba casi todo el cuerpo fuera, al acercarse a la arena o cuando se les escapaba el balón y corrían a recuperarlo. Era un lujo para la vista verlas entrar y salir del mar, relucientes, y trotar tras la pelota, con sus pechitos y sus nalgas dando brincos, y verlas agacharse a recogerla, con el culo en pompa. Los chicos revoloteaban luciendo su insolente juventud, con las pollitas encogidas por el agua fría. Al cabo de un rato la chica de las naranjas se quejó, gritándole a uno de los chicos, el más alto y el más chulito:

-¡No hay derecho, os la pasáis todo el rato entre vosotros!

-Pues ven y quítanosla –le desafió.

Ella se fue decidida hasta donde estaba él y comenzó a forcejear para quitarle la pelota, que el chico sostenía en la mano, en lo alto de su brazo estirado. La chica se aplastaba contra el tórax del chico y quería trepar por sus piernas, tocando vete a saber qué por allá abajo. Pero Elsa vino por detrás del chaval, pegó un salto, fulgurante como un salmón remontando el río, y le quitó la pelota de la mano. Entre gritos y risas el chico fue a recuperarla, intentando bajar el brazo de ella, que tenía extendido. En la maniobra entraba en contacto constante con el cuerpo de mi sobrina, que no parecía muy desconcertada con ello. Cuando el mocetón ya iba a conseguir su objetivo, Elsa le pasó el balón a Laia y, en el acto, los otros dos chicos fueron a por ella. Intuí que la lucha, todo espuma y carcajadas, debía ser intensa, con mucho tocamiento, y vi salir triunfante a uno de los chicos, uno que era un poco enclenque, con la pelota en las manos. Se la pasó al chulito, que estaba fuera del agua, y la de las naranjas volvió a pegársele para quitársela. El tercero se sumó a la escaramuza, bajándole el bañador hasta medio muslo a la chica (que exhibía un culo no tan blanco que delataba sus escarceos nudistas) y provocando chillidos y risotadas más intensos. Cuando intentaba bajárselo del todo vino Elsa y agarró al chico por detrás, cayendo los dos sobre la arena, de espaldas, él encima de ella. La otra chica, que se había vuelto a subir la braga pero no muy bien y mostraba bastante vello púbico, volvió a la carga por la pelota y ahora le ayudaba Laia. Entre las dos tiraron al suelo al chico alto, que debía estar encantado con aquel acoso porque veía manos posarse sobre culos, brazos rozar pechos, piernas apoyarse en entrepiernas… El baja-bragas atacó ahora a Laia y le estiró el bañador pero ella se lo agarró, soltando la presa del chico alto, que aprovechó para pasarle el balón al tercero, el enclenque.

-Te dejo viendo el partido –oí de repente. Roser se había vestido y me observaba de pie, con mirada glacial-. Voy adelantándome para que se duchen los niños. ¿Sabes dónde están las llaves?

Oír su voz fue como despertar del sueño. Supongo que me había quedado embobado, ajeno a todo, mirando a las chicas. Vi un llavero sobre una toalla, me levanté (notando un delatador bulto bajo el bañador), lo cogí y le pregunte a Elsa si eran esas las llaves de la casa. Elsa, que estaba en plena refriega, me miró y asintió. Le di las llaves a Roser, que contemplaba sombría mi paquete.

-Carga con los trastos, que yo cargo con tus hijos –dijo-. Y no tardéis mucho.

Cuando me quedé solo seguí el impulso de quitarme el bañador y tomar el sol en cueros, como hacía muchos años que no hacía. Mi pene ya casi había recuperado su tamaño de reposo pero preferí ponerme de espaldas, de todos modos. Supongo que el hecho de estar desnudo en público y el apoyo sobre la toalla hizo que me excitara, porque me volvió la erección. Notaba el mordisco del sol en mi culo blanquísimo y, por temor a quemarme, me extendí un poco de protector que había dejado Roser a mi lado.

Al rato sentí unas gotas de agua fría en las piernas y giré mi cabeza viendo los pies tostados de mi sobrina.

-Al fin te has decidido a despelotarte –observó, mientras se tumbaba a mi lado boca abajo, con los brazos estirados junto al tronco, sobre la toalla de Roser.

Empapada y refulgente, me miraba con los ojos entrecerrados bajo sus largas pestañas, agrupadas en mechones por el efecto del agua.

-Da gusto estar así –contesté.

-¿Me pones de esto? –preguntó, alargándome el tubo de protector.

-Díselo a Laia –respondí, pensando en la erección que ocultaba bajo mi cuerpo.

-¡Qué borde eres! Y Laia está en el agua.

Me incorporé y vi que Laia estaba sentada en la orilla, charlando con la chica de las naranjas. Yo le había puesto protector solar a mi sobrina docenas de veces pero cuando aún era una niña pequeñita y encantadora. Ahora era una lolita descarada y yo ya estaba caliente, y por poco que la tocara la cosa sólo podía ir a peor. Aunque la verdad es que me apetecía frotarle la espalda, para qué negarlo, así que le dije:

-Venga, dame eso –, agarrando el tubo.

Cuando me senté a su lado miré de reojo mi pene y vi que estaba algo crecido pero no escandalosamente. Me eché un chorrito en cada mano y empecé a acariciarle los hombros y el cuello y a pasar los dedos entre sus omóplatos. Su piel era increíblemente suave y era un gustazo deslizar mis manos untadas en aceite sobre ella. Bajé las manos por su espalda. Ella entonces subió los brazos y los cruzó bajo su cabeza, apoyando la barbilla en las manos. Eso me permitía recorrer su espalda más fácilmente. Al paso de mis manos, su piel iba dejando estelas de puntitos relucientes, como chispas, que se apagaban en seguida. Tenía la espalda oscura y lisa, bruñida por el sol, sin marca alguna de bañador. No sé si llevaba demasiado rato repitiendo los gestos ni si a ella le estaba molestando pero yo no hubiera parado nunca. Como no decía nada, recargué las palmas de protector y le puse también por los costados, notando la piel sedosa de la parte exterior de sus pechos. Podía haberlo evitado pero no lo hice, yendo un paso más allá. Elsa seguía callada, no sé si complacida o avergonzada. Di otra pasada bajando las manos por su columna y subiéndolas por los lados, acariciando otra vez el perfil de sus tetas, más lentamente. Mi polla había crecido y procuraba ocultarla entre los muslos de mis piernas dobladas. Me quedé parado observando mi obra, su espalda toda untada y pensando que ya era suficiente. Pero cuando cerré el tubo de protector, que hizo clic, ella dijo:

-Lo haces muy bien, Guille, ponme en las piernas, porfa.

¿Cómo negarme? Levanté la vista y vi que Laia seguía de cháchara con la otra chica. Nadie parecía reparar en la protuberancia aparatosa de mi entrepierna. No estaba haciendo nada malo con mi sobrina, sólo resguardarla del sol. Yo no tenía la culpa de que ya estuviera tan buena. Ni de que mi pene no entendiera de parentescos ni de edades. Empecé a extender aceite por aquellas extremidades preciosas. Estaban fuertes pero tenían un tacto delicado, neumático… No tenían un solo pelo, una sola marca ni cicatriz. Mis manos iban de los tobillos a las glúteos, sin tocarlos, y viceversa. Mi falo había alcanzado toda su extensión, con el glande sobresaliendo entero del prepucio. Ya no me preocupaba en ocultarlo ni me preocupaba nada, en ese momento. ¿Cuándo iba a volver a poner las manos sobre un cuerpo así, sobre algo tan precioso? Insistí con la parte interior de sus muslos y rocé varias veces los labios mayores de su sexo. Ella seguía sin protestar. ¿Podía seguir más arriba? Mi polla estaba cabeceando y mi corazón iba a mil por hora. Tenía que parar y lanzarme al agua. Pero, como leyendo mi pensamiento, Elsa advirtió, dándose tres golpecitos en una nalga:

-Te has dejado el culo.

Y al hacerlo abrió un poco más las piernas, mostrando el final de su vulva núbil. Ese era, sin duda, el momento de decirle “vamos a dejarlo” y meterme en el agua para apagarme como una tea en un cubo. Pero mi pene tieso parecía guiarme como una vara de mando y me coloqué entre sus piernas para completar la labor, abriéndolas unos grados más. ¡Dios, qué gusto palpar aquel culito! Era terso como un globo pero suave como una flor. Al apretarlo te devolvía la fuerza como una cama elástica. Le juntaba y separaba las cachas, procurando no rozar mucho su vulva, pero en algún momento, al pasar los pulgares, rozaba aquella piel tan tierna y al separarlos veía aquella boca entreabriéndose y dejando asomar un poco de fluido blancuzco. Elsa debía estar tan excitada como yo, después de todo, que inclinado sobre ella, como adorándola, blandía una desvergonzada verga rutilante. Me venían las imágenes de ayer, cuando mi sobrina me había agarrado el pene en la playa del restaurante, o las de hacía un rato, cuando se había enrollado con su amiga en la orilla. Tenía tantas ganas de hacerme una paja…

En aquel momento, en el peor momento, un raro instinto me hizo levantar la vista y contemplar, frente a la cabeza de Elsa, la figura expectante de mi mujer, con un niño cogido de cada mano.

-Te he llamado para que vinieras pero ya veo que estás con cosas más interesantes –espetó Roser.

Aunque no estaba cometiendo ningún crimen me sentía abrumadoramente abochornado, sobre todo porque cualquier declaración de inocencia o descargo la desmentía el estúpido apéndice que me surgía de entre las piernas. Cualquier argumento que replicara iba a sonar absurdo, así que dije lo primero que se me ocurrió:

-El móvil está en el pantalón y con la tela no se oye.

-Me habéis dado unas llaves que no abren, por eso llamaba –añadió con tono fúnebre, mostrando el llavero.

Elsa, que no se había movido y que la miraba con expresión tranquila, estiró un brazo hacia Roser diciendo:

-Déjamelas ver.

Yo había aprovechado el momento de distracción para levantarme a toda prisa y ponerme el bañador. Mi erección, además, ya se había esfumado.

-Son las del F11, la casa de Laia. La mía es la F12, son idénticas –explicaba Elsa, con una sonrisa traviesa escapándosele de los labios.

RELATO DE LAIA

Cuando volví de hablar con Ona encontré a Guille recogiendo en silencio. Elsa ya se había vestido, por así decirlo, y Roser miraba al infinito cariacontecida. Hasta los niños estaban serios.

-Nos vamos ya –me dijo Elsa, en tono grave pero guiñándome un ojo.

Me puse la camiseta, sin preguntar nada, y emprendimos el retorno. A esa hora, por el camino, el sol te aplastaba, a pesar de que las sombras del bosque nos iban estampando el cuerpo y la ropa. Nadie decía una palabra y sólo se oía el crujir de nuestros pasos en la pinaza y el canto estridente de las cigarras. El agradable aroma de los pinos se mezclaba con el olor agridulce del protector solar que aún traíamos untado. Elsa me llevaba cogida de la mano y hubiera sido un placentero paseo, a pesar del calor, si el mal rollo de sus tíos no fuera tan evidente.

Cuando llegamos a la casa Elsa sacó sus llaves para abrir y me pasó las mías, que no sabía por qué tenía ella. Roser observaba el suelo fijamente y Guille acariciaba las cabezas sus hijos con la mirada perdida. Mi amiga preguntó a sus primos si se querían duchar con ella, a lo que estos accedieron alborozados. Me hizo un gesto para que fuera yo también. Después de llenar la bañera, y desnudarlos y hacerlos meter dentro con mucho cachondeo, cosquillas y risas, les dijo que en seguida veníamos y me hizo salir al pasillo. Mientras me explicaba las idas y venidas de Roser por la confusión de las llaves y cómo su tío se había sacado el bañador y le había puesto crema, íbamos oyendo retazos de la discusión, cada vez más estentórea, que llegaba de la planta baja. A Guille casi no se le distinguía pero del discurso furibundo de Roser nos llegaban retazos como depravado, menor, erección de caballo, incesto, pervertido, etc. Volvimos con sus primos y Elsa se desnudó y se metió en la bañera. Tenía toda la espalda, las piernas y el culo pringadísimos, Guille había hecho un trabajo exhaustivo. Con el ruido del agua y la puerta cerrada no se oía el zafarrancho de abajo. Me propuso que me metiera también, porque la bañera era grande, pero preferí esperar a que acabaran, no fuera que a Roser no le gustara la idea y la liáramos más. Mientras tanto me fui a la cocina a preparar algo de comida, para cuando se apaciguaran los ánimos. Me imaginaba cómo se habría puesto Guille untando el cuerpo desnudo de su sobrina y la cara de Roser al encontrarse la escena. Elsa era incorregible. Al poco oí el chirrido de la verja del jardín y el ruido de un motor de coche arrancando. Ya me estaba preguntando si sobraría comida cuando noté dos manos que se metían por debajo de mi camiseta desde la espalda y se posaban en mis pechos. Me giré y Elsa me besó en la boca.

-¿Se han ido? –pregunté.

-Se ha ido Roser con los niños.

Elsa pasó sus manos por debajo de mi tanga y me agarró las nalgas, atrayéndome hacia sí. Estaba aún mojada e iba descalza, y supongo que sin nada debajo de la pequeña toalla anudada a la altura de las axilas. Olía gratamente, a flor de almendra.

-Para ya, nos va a ver tu tío –protesté.

Su respuesta fue deslizar los índices de sus manos más abajo por mis nalgas, hasta empezar a rozarme el sexo. ¡Qué placer, por favor! Mi braguita se había bajado hasta el final del culo.

-Se ha quedado pajarito en el jardín –susurró en mi oído. Y luego acercó su boca a la mía y empezó a besarme como si se me quisiera comer. Sus manos estaban trabajando al compás, desde detrás. Con dos dedos de una me abría los labios de la vagina y con el corazón de la otra penetraba hasta el fondo mi sexo, que estaba completamente húmedo.

-Estás muy excitada, ¿es por hablar con esa de la playa? –preguntó zumbona.

-¿Y a ti te ha puesto caliente Guille al darte aceite?

-Ya sabes quién me pone caliente –replicó mientras me frotaba el clítoris con el índice.

Yo ya tenía el tanga por las rodillas y acariciaba su culo bajo la toalla. Elsa dijo “espera” y sacó un momento sus dedos para quitarse la toalla que dejó caer a nuestros pies. Ahora estaba completamente desnuda y apretaba su monte de Venus contra el mío. Seguía masturbándome desde detrás y yo estaba ya gimiendo bajito mientras también metía una mano entre sus duras nalgas para alcanzar su sexo. Pero en aquel momento oímos cerrarse la puerta de la entrada y nos separamos instintivamente, mientras me subía el bañador.

RELATO DE GUILLE

Entré en la cocina y encontré a las chicas mirándome de cara, una junto a la otra, apoyadas en la repisa, como si me esperaran. Había una toalla en el suelo. Laia llevaba la ropa de playa pero Elsa estaba de nuevo en pelota picada, toda mojada. Nunca me acostumbraría a verla así sin que me diera un calentón. Se quedaron calladas, como si hubiera interrumpido algo.

-Perdonad, chicas, Roser se ha ido con los niños. Si no os importa, como con vosotras y luego pediré un taxi para pillar el bus a Barcelona –expliqué.

-Quédate aquí, seguro que vuelve a buscarte –me aconsejó Elsa, que no parecía tener prisa por taparse.

-No, se ha ido muy puteada, se cree que nos estábamos enrollando. He intentado explicarle que todo era normal pero no quiere escucharme. Lo he jodido todo, se ha ido a casa.

-Bueno, vamos a comer y ya veremos –dijo mi sobrina.

-Estoy cociendo arroz para hacer una ensalada –dijo Laia-. ¿Lo podéis vigilar mientras me pego una ducha rápida?

-Ve a ducharte tranquila, ya la preparo yo –contesté.

-Vale, ya te ayudo yo pero voy a vestirme –añadió Elsa.

Me quedé solo en la cocina lavando unos tomates y cortando cebolla. En unos minutos Elsa apareció vestida, según lo entendía ella. Iba descalza y con una camiseta blanca que le cubría el culo a duras penas, con dos aberturas laterales por la que se le veían buena parte de las tetas. No llevaba nada más. Estuvimos preparando las cosas y cada vez que subía el brazo para coger algo veía el perfil completo del pecho bajo la tela de la camiseta, incluido el pezón. Cuando sacaba o guardaba utensilios de los armarios altos le asomaba medio culo por detrás o el vello púbico por delante. ¿Qué ya se lo había visto todo en la playa? Sí, pero nunca te cansas de eso y entreverlo así daba más morbo, los tíos somos así de gilipollas. Mientras poníamos la mesa en el jardín apareció su amiga, secándose el pelo con una toalla. Llevaba un short muy pequeñito y la parte de arriba del bikini, y los pies descalzos.

RELATO DE LAIA

Los dedos de Elsa estaban a punto de hacer que me corriera, cuando entró su tío. Se quedaron cocinando y yo fui al baño. En la ducha me saqué toda la arena, ayudando con la mano donde estaba más pegada por el protector solar. Me enjaboné recordando las caricias de mi amiga, recreándome en mis pechos. Me enjuagué lentamente y al llegar a la entrepierna dejé el chorrito regándome el sexo. Cambié la posición del cabezal para que saliera menos caudal pero con más fuerza. Me tumbé en el suelo de la bañera con las piernas abiertas, apoyadas en los bordes, y estiré el brazo con el teléfono de la ducha para que el agua cayera desde más arriba, aún más fuerte. Con la otra mano me separaba los labios de la vulva mientras paseaba el chorrito por todo mi sexo. Lo dejé fijo apuntándome al clítoris y cerré los ojos recordando el cuerpo de Elsa y sintiendo recorrer mi columna el placer que me daba aquel dedo invisible, cada vez más intenso. No podía esperar que viniera ella porque estaba su tío, así que hice lo que evité por la mañana: me dejé ir y gocé hasta el final, hasta que mi cuerpo se convulsionó por el orgasmo. Cuando recuperé el aliento salí, me sequé y me puse un bikini limpio. La parte de abajo dejaba casi todo al aire, así que opté por ponerme también un pequeño short tejano. Guille ya me había visto el culo y todo lo demás pero eso era en la playa. En la casa me daba apuro enseñar más de la cuenta. Cuando me reuní con ellos, vi que Elsa, en cambio, llevaba una camiseta muy cortita de sisas amplias y espalda mariposa por la que se le salían los pechos, las nalgas y todo. Guille no se había cambiado el bañador al volver de la playa, un slip azul marino pequeñito, un tanto ridículo. Nos sentamos a comer la ensalada de arroz y unos filetes de merluza, protegidos por una sombrilla del sol devastador que caía sobre la terraza. Guille estaba alicaído y, al parecer, desganado. Elsa se levantó, la miré y me guiñó un ojo y en un minuto volvió con una botella de vino blanco.

-Anda tío, toma un poco de vino y anímate, que no se ha muerto nadie –sugirió sentándose a la mesa.

Pero durante unos minutos estuvimos comiendo callados, resonando los toques de los cubiertos contra el plato en el silencio del jardín. Aunque ya casi habíamos terminado Elsa se levantó y trajo otra botella de vino. Estaba muy fresquito y entraba muy bien, a pesar de que no me entusiasmaba esa bebida. Guille por fin pareció reanimarse y empezó a alabar lo bonita que era la casa, el bosque y la playa, y el buen gusto que habían tenido nuestros progenitores al elegir el sitio. Elsa me había empezado a acariciar la pierna con una mano por debajo de la mesa. Había comenzado por la rodilla pero ahora ya estaba en la parte interior del muslo, acercándose a la zona cero. Su tío no podía advertir nada al principio pero ahora ya no lo tenía tan claro. Para cortar la situación me levanté a buscar unos fresones que recordé haber visto en la nevera. Cuando lo anuncié Elsa me pidió que trajera otra botella de vino. No me pareció una gran idea pero le obedecí, igualmente, y cuando me senté de vuelta me dijo “Eres un cielo” y me dio un piquito. Veía por sus ojos y su expresión que ya estaba borracha y yo también me sentía bastante mareada. Roció los fresones de nata, pringándose los dedos y chupándoselos voluptuosamente. El vino iba cayendo y desinhibiéndonos. Elsa seguía acariciando mis muslos, metiéndome los dedos, a veces, por debajo del short. Sin más preámbulo, Guille preguntó:

-¿Vosotras estáis enrolladas?

Yo me quedé atónita y Elsa rio nerviosamente, apartando su mano con disimulo.

-¿Por qué lo piensas? –acertó a responder.

-Porque esta mañana, en la orilla, os estabais besando y magreando.

-¿Y eso te puso cachondo?

-Sí y que me pidas que te ponga más aceite mientras abres las piernas también, eres una diablilla.

-No pasa nada, somos parientes. Pero ya veo que no lo llevas bien. ¡Yo que te iba a proponer el masaje que te prometí, para levantarte la moral!

-Sí, sólo faltaría que volviera mi mujer y nos pillara en pleno masaje.

-A tu mujer tienes que abrazarla y besarla, y echarle un buen polvo.

-Gracias, me gusta que me asesore una doctora de dieciséis años semidesnuda.

-Tengo quince pero lo que digo es razonable, ¿no piensas lo mismo, Laia?

Al oír mi nombre me sobresalté. Estaba presenciando el diálogo como sentada en el fondo de una gran sala, hecha un ovillo. Mi cabeza daba vueltas por el vino. Mis neuronas se desperezaron a cámara lenta y al fin pude balbucear:

-El polvo está bien. Y el masaje también. Yo también quiero uno.

Los dos soltaron una carcajada. No sé si por lo que dije o por cómo lo dije.

-Ésta está fatal –concluyó Elsa.

Luego recuerdo sus labios dulces, con sabor a vino, sobre los míos y después no recuerdo nada más.

RELATO DE GUILLE

Tras soplarnos tres botellas de vino entre tres personas no pensé en irme ni en quedarme ni en hacer planes. Comprobé que la palmera del jardín daba una buena sombra y me fui a tumbar sobre el césped. Lo último que vi fue a Elsa acomodar a su amiga en una toalla bajo el otro árbol, quitarse la camiseta y tumbarse desnuda a su lado. Después me quedé frito.

RELATO DE LAIA

Me desperté tumbada en una toalla de playa bajo el cerezo, con el brazo de Elsa apoyado en mi cintura. Yo estaba boca arriba, en bikini, y Elsa estaba durmiendo a mi lado, boca abajo, y desnuda, como siempre. Supongo que ella me había traído hasta allí y se había tumbado conmigo. La sombra se había ido desplazando y el sol, que caía en mi cara, era lo que debía haberme reactivado. Intenté correrme un poco, sigilosamente, pero Elsa se despertó. Sin darme tiempo a reaccionar, me sonrió y se tumbó sobre mí, plantándome un beso húmedo, largo y apasionado. ¡Qué gusto notar el contacto de su cuerpo desnudo! Acaricié sus prietas nalgas y las estreché contra mí, notando cómo su monte de Venus se aplastaba contra el mío. Empezó a despojarme del sujetador del bikini, estirando de la cinta por mi cuello, pero le dije que parara y que entráramos en la casa.

-No, quiero follar al aire libre –replicó.

-Nos verá tu tío –objeté.

-¿Mi tío, que no lo oyes? –dijo señalándolo con un gesto de cabeza.

Efectivamente, los ronquidos y estertores que emitía Guille rompían la paz del jardín. Estaba tumbado boca abajo, desplomado más bien, como muerto, en el rincón que quedaba bajo la palmera, a unos ocho o nueve metros de nosotras. Cuando volví a mirar a Elsa ya me había quitado la parte de arriba y estaba acariciando mis pezones erectos con los suyos. Volvió a besarme vorazmente y frotaba su sexo contra mi pierna, que estaba algo levantada. Bajó sus labios hasta mi pezón derecho y empezó a chuparlo mientras me pellizcaba suavemente el izquierdo. Yo también me estaba frotando contra su pierna y notaba mi humedad mojando la braga del bikini. Elsa se apartó de mis pechos, dejándolos anhelantes, para quitarme la parte de abajo. Con las manos en mis rodillas, que estaba separando, miró golosa mi sexo abierto, que con la vulva hinchada y el clítoris erecto brillaba al sol, empapado en sus fluidos. Bajó la cabeza y empezó a lamerme. Revolvía su lengua juguetona, que acariciaba las paredes de mi vagina proporcionándome un placer delicioso. Y luego la sacaba y me succionaba el clítoris, mientras me introducía el dedo corazón en el sexo. Yo había empezado a gemir, abandonándome totalmente. Me giré hacia Guille y vi que seguía en su letargo, sin sospechar el espectáculo que se estaba perdiendo. Mientras me seguía masturbando con una mano vi cómo Elsa se lamia el dedo corazón de la otra mirándome arrobada. Volvió a bajar la cabeza y a besar mi botoncito y, sin parar de meter y sacar su dedo corazón de mi vagina, empezó a introducir el de la otra mano en mi ano, como había hecho en la playa. Encontró una pequeña resistencia al principio pero en seguida lo metió por completo. Mi ano era estrecho y notaba el contacto de su corazón por todos lados. El placer que me estaba dando con la otra mano y con la lengua me provocaba las contracciones del esfínter, como un latido que abrazara a su dedo. Mis gemidos resonaban en todo el jardín. Empezó a meter y sacar el dedo del ano suavemente, mientras hacía lo propio con el de la vagina y colmaba de lametones mi clítoris. Nunca había sentido un triple estímulo tan fuerte y tan prolongado. Me acariciaba los pechos con mis manos, me pellizcaba los pezones… Hubiera deseado que Elsa fuera un pulpo y lo hiciera ella. El placer se iba haciendo más intenso y en algún momento comprendí que había introducido un dedo más en cada orificio. Ahora tenía dentro cuatro, en total, trabajando al unísono y acelerándose, y me sentía tan plena y descontrolada que creí que iba a enloquecer. En un momento sublime sentí caer por un abismo hacia arriba, destensarme como un arco tras lanzar la flecha… Un chorrito de líquido salió despedido con fuerza de mi vagina, algo que casi nunca me pasaba. Oleadas indescriptibles seguían recorriéndome y mis piernas dieron varias sacudidas. Mientras el éxtasis se iba apagando Elsa aún acariciaba mis genitales hipersensibilizados y aún prolongaba el dulce momento de goce. Cuando al fin cesó todo, resoplé y miré a Elsa, que me contemplaba con curiosidad, y las dos nos reímos.

-¿No ha estado mal, no? –dijo sarcástica.

-No, no del todo.

Elsa trepó por mi cuerpo hasta encararse conmigo.

-Perdona, ¿te he mojado, no? –me disculpé al ver los restos de mis fluidos por su cuello y cara.

-No pasa nada, has explotado como una fuente, ha sido fabuloso.

Elsa me besó con ternura y yo le susurré al oído:

-Pero tú no has gozado, ahora te toca a ti.

-Sí que he disfrutado pero puedes hacerme lo que quieras.

Yo seguía conmocionada por lo que acababa de sentir. Mi pálido exnovio nunca me había llevado hasta ese nivel. ¡Ni se había acercado remotamente! Mi respiración ya se había normalizado y se apagaba el rubor de mis mejillas. Quería seguir experimentando sensaciones nuevas y, después de que Elsa ya me había comido el sexo dos veces, ya era tiempo de que yo lo hiciera por primera vez. Le indiqué que se tumbara y me puse a horcajadas sobre ella. La besé mientras le acariciaba sus senos y noté cómo se endurecían dócilmente sus pezones. Abandoné su lengua y bajé hasta aquellas dos preciosas peritas, y empecé a lamerlas. Elsa emitía dulces gemidos mientras me acariciaba las mías. Me recreé en aquellos preciosos pechitos. Les daba bocaditos y le mordía las tetillas, estirándolas hacia mí. Luego volvía a lamer uno con fuerza mientras pellizcaba el otro y después cambiaba de lado. Conseguí enardecer a Elsa, que suplicó:

-¡Mastúrbame ya!

Pero los planes eran otros. Así que bajé mi boca hasta su sexo y, mientras abría sus labios con una mano, le pasé la lengua por la vagina, que estaba ya empapada. Era un sabor salado, algo amargo, extraño, pero no era desagradable. Le lamí el clítoris, que sobresalía impaciente, y le acariciaba los pechos arrancándole gemidos perentorios. Aparté la cabeza de su entrepierna para mirarla y contemplarla allí, desmadejada, despeinada, con los ojos entornados, su pecho subiendo y bajando por la honda respiración.

-¡No pares, tía, sigue, por favor!

Aparté las manos de sus senos y las bajé hasta su sexo. Con una le abría los labios y con la otra le fui introduciendo dos dedos, como había hecho ella conmigo. Estaba tan húmeda que no tuve la menor dificultad. Volví a chupar su clítoris mientras sus jadeos se convertían en lamentos. Tensó las piernas y subió las caderas. No tardó mucho en correrse. Su mano crispada oprimía mi hombro. Yo apuré las caricias y los lamidos hasta que sus convulsiones cesaron y percibí que todo había terminado.

-Ven aquí –me pidió exhausta, abriendo los brazos.

Me abracé a ella y nos besamos, contentas y satisfechas.

-Mira a tu tío –le dije-, ¿crees que aún respira?

Elsa se rio y se incorporó.

-Espera aquí, voy a traer algo –me dijo.

Y se metió en la casa correteando de aquella manera que tanto me gustaba, con su culito agitándose. Me puse la braga del bikini porque no me hacía gracia que Guille despertara y me viera allí sola y en porretas. Elsa volvió con un neceser en la mano que yo bien conocía. Dentro llevaba tabaco, un mechero, papel de fumar y una piedra de costo. A veces nos fumábamos un porro cuando no estaban sus padres. Se puso a liar uno mientras yo miraba a su tío, que seguía bien sobado.

-¿Nunca habías hecho nada con ninguna chica? –me preguntó mientras me pasaba el canuto.

-No, ya te lo dije.

-Pues se te da muy bien.

-Tú sí que me has hecho disfrutar.

-Bueno, sé algunos truquitos. Los aprendí con aquella amiga, el curso pasado.

-Creí que sólo os masturbabais.

-Umm…, hicimos alguna cosa más.

-Eres una mentirosa.

-Sólo recorté un poco la realidad. Fue en el agua, ¿te acuerdas?, no quería espantarte.

-No me hubiera espantado. Y tenía ganas de que me besaras y me tocaras –confesé dando una calada-. ¿No lo has hecho muy fuerte?

-No, está bien. Oye, si querías acostarte conmigo lo podías haber dicho, yo hacía días que lo deseaba.

-Si hubiera sabido que eras lesbiana…

-No soy lesbiana, me gustan también los chicos. Pero tú me gustas más y te enseñaré unas cuantas cositas, si estás dispuesta.

Yo empezaba a tener un globo considerable, así que no me sorprendió escucharme decir:

-Estoy dispuesta a todo, quiero follar contigo a todas horas.

Elsa soltó una risotada y yo también, y vino hacia mí y me plantó un beso con aroma de hachís. Le aferré una teta con cada mano, como si fueran copas de un sujetador, y noté los pezones duros en las palmas. Ella deslizó una mano bajo mi bañador y me acarició el sexo con dos dedos.

-Estás húmeda, guarrilla –celebró.

Como respuesta le pellizqué los pezones y ella emitió un gorjeo de dolor y placer mezclados. Entonces sonó su maldito móvil y tras comprobar quién era en la pantalla Elsa apartó sus dedos de mis zonas íntimas y se puso a contestar la llamada. ¿Cómo podía dejarme así? ¿Quién estaría hablando con ella? Para despejarme un poco me fui a remojar a la ducha que había en el jardín. Veía a Elsa caminar gesticulando, con el móvil en la oreja, desnuda, bronceada, con el pelo revuelto… Sentía ganas de matarla pero también de volverla a abrazar y cubrir de besos. Miré a Guille y vi que seguía hibernando, por lo que me bajé el bañador y me situé bajo el chorro, que caía con fuerza, para limpiarme el sexo. Me abrí los labios con las manos y oscilé para que el agua llegara a todos lados. Me froté ligeramente y sentí un escalofrío. Me mantuve así un buen rato. Paré el agua y me subí el bañador, no quería correrme allí en medio. Elsa estaba bajo la palmera, en cuclillas, observando a su tío. Me pidió que me acercara con un gesto, con cara de cachondeo.

-¿Con quién hablabas? –le pregunté mientras caminaba hacia ellos.

-Con mi novio.

Su contestación me cayó como una bomba. Supongo que no tenía derecho pero me sentí profundamente contrariada. Elsa debió leerlo en mi semblante, porque añadió:

-¡Es broma, tía, no tengo novio! Era Nuria, mi mejor amiga del insti. Nunca llama, tenía que cogerla.

-¿Es la chica con la que te hacías pajas y… otras cosas? –interrogué mientras me sentaba a su lado.

-¿Estás celosa? No, no es ella, Nuria es supertímida y no creo que le gustara –respondió-. Mira este desastre humano –añadió, señalando a su tío.

Guille tenía un reguero de saliva saliéndole por la comisura del labio y briznas de hierba pegadas por toda la cara y el pelo. Elsa se levantó y volvió en un minuto con una toalla grande, de playa, que extendió junto a su tío.

-Guille, túmbate aquí, que das pena –le dijo riendo y estirándolo por un brazo, sin muchas contemplaciones.

Él gruñó y entreabrió los ojos. Al moverse vimos que también tenía hierbas y ramitas pegadas por el tronco y las piernas. Elsa le hizo incorporar y le sacudió las briznas. Yo también le di algunos golpes por las piernas y la barriga. Era divertido porque él se dejaba hacer como un pelele. Le estábamos dando quizá un poco más fuerte de lo estrictamente necesario y nos reíamos mucho. Cuando ya cayó todo lo que estaba más suelto, Elsa le hizo tumbar boca arriba y se dedicó a sacarle los trocitos más pegados, haciendo pinza con el pulgar y el índice. Como llevaba un bañador más bien pequeño algunas briznas le habían quedado enganchadas muy cerca del paquete pero ella no se cortaba y también las retiraba, rozándoselo, sin querer, de vez en cuando. Yo hacía lo mismo en zonas más neutras. No sé si era por el porro pero nos partíamos la caja. Hay que imaginarse a Guille aturdido por la siesta, medio lelo, recién despertado y morcillón, notando como dos adolescentes, eufóricas y relucientes, una desnuda y otra en topless, lo sacudían y pellizcaban. Quizá por eso se decidió a decirle a Elsa:

-¿Por qué no me das ese masaje que siempre me estás prometiendo?

Elsa sonrió resabiada y me miró interrogante, como pidiéndome permiso. Yo asentí con la cabeza, autorizándola, porque sabía lo que podía provocar con aquellas manitas y pensé que sería divertido como forma de tortura.

-Te voy a dejar como nuevo –anunció Elsa a Guille, mientras se levantaba apoyándose en su hombro. Y se metió en la casa, imagino que para traer sus aperos de masaje.

Guille me miró sin decir nada, como cohibido. Me fijé en el bulto ostensible que le levantaba el bañador. Un testículo se asomaba delatador. Parece que el manoseo lo había dejado bien despierto. Me tumbé a su lado e hice una de esas cosas que a veces se hacen sin saber muy bien por qué: me quité el bañador. Siguiendo con mi absurdo exhibicionismo me estire del todo, desperezándome voluptuosa, con los brazos hacia arriba y las piernas totalmente extendidas, y me puse a tomar el sol, cruzando los brazos tras la cabeza y despatarrándome. El hombre me observaba y no entendía nada. Me tenía allí al lado, tumbada directamente sobre el césped, completamente desnuda, radiante y fresca como un pimpollo. Su bulto había crecido aún más, rindiéndome pleitesía.

RELATO DE GUILLE

Las chicas me despertaron y me limpiaron de hierbajos entre carcajadas. No sé qué habrían tomado pero tenían los ojos brillantes y enrojecidos, y estaban eufóricas y desnudas (bueno, Laia llevaba la parte de abajo del bikini). Cuando me golpeaban para sacar las hierbas se les meneaban los pechitos y a mí me daba algo. Mi sobrina empezó luego a quitarme las briznas una por una y su amiga la imitó. Tenía algunas pegadas en los muslos, arriba de todo, y Elsa las despegaba también, rozándome a veces el bulto del bañador y poniéndome cardíaco. Me imaginé lo que podría ser que te tocaran esas manos por todos lados y, pasando de todo, le propuse a mi sobrina que me diera el prometido masaje. Roser me había dejado allí colgado, sin coche y sin equipaje, así que…, no haberse ido. Mi sobrina accedió y se fue a buscar las cosas y yo me quedé con su amiga, la que tenía por sensata. Pero la tía me dejó de piedra cuando se tendió a mi lado en el césped, se quitó el bañador y se quedó en pelotas, y luego se estiró toda y se puso a tomar el sol tan tranquila, con las piernas bien abiertas.

En ese momento llegó Elsa, que vio cómo estaba su amiga pero no comentó nada. Extendió una estera que traía y puso unas toallas encima, y me dijo, imperturbable, que me quitara el bañador y me tumbara allí, boca abajo.

-La tengo dura –advertí.

-Ya me imagino pero no pasa nada, ya la tengo vista y no me voy a espantar.

Me saqué el bañador y lo dejé doblado. Mi polla se había avergonzado y estaba ahora a media asta. Elsa la miró y dijo:

-Aunque deberías intentar relajarte y disfrutarías más. El masaje no es nada erótico pero te repasaré cada músculo y es muy estimulante.

Yo pensé que si no era nada erótico se podría poner algo para darlo, aunque fuera un tanga, pero no repliqué y me tumbé dócilmente. Como cargo a la izquierda me la acomodé a ese lado junto a la pierna, bien estirada, para no chafarla y por si caía algún leve roce. Sin embargo, tenía razón Elsa, debía olvidarme de todo y relajarme. Tampoco era cuestión de esperar que mi sobrina me hiciera una paja. Pero lo primero que noté fue su culo suavecito aplastado contra el mío, cuando se puso a horcajadas sobre mí. Y sus muslos pegados a mis costados. Y entre sus nalgas, algo aún más suave y calentito… ¡Dios!

Luego sentí un reguero de aceite recorriendo mis hombros y mi espalda, y en seguida sus pequeñas manos amasando mis cervicales, con delicadeza pero con energía. Lo hacía con ritmo, con maña, tenía los dedos fuertes, y me empezaron a recorrer escalofríos por el espinazo. Bajaba las manos por mis costados y los subía por mi columna, volvía a machacarme las cervicales y a bajar los pulgares por mi espalda, hundiéndolos con fuerza, casi haciéndome daño. Su cuerpo pequeñito se balanceaba sobre mi espalda para transmitir la fuerza a los brazos, con un empeño profesional de agradecer. Mi hermana le había enseñado bien porque los pases que hacía eran más terapéuticos, para entendernos, que sensuales. Sin embargo, la idea de relajarme, quedarme blando y dejarme hacer no acababa de funcionar. Cada vez que Elsa se movía notaba sus nalgas y sus muslos, y también su sexo, recolocándose y acariciándome involuntariamente. Cuando se situó de rodillas entre mis piernas, vertió aceite y empezó a sobarme el culo, mi pene estaba ya erecto, no sé si por las sensaciones táctiles o por lo que pasaba por mi cabeza. Atacó mis nalgas con fuerza y sin muchos miramientos.

-¡Qué culo más blandito, tío, a ver si hacemos más ejercicio! –observó jocosa.

-Mejor vengo cada día a que me des un masaje.

-¡Um!, ya veo que te está gustando –murmuró seductora, supongo que observando mi entrepierna.

La verdad es que mi polla había crecido aún más porque con el meneo que me estaba dando se rozaba con la toalla, arriba y abajo, y porque, además, Elsa me clavaba sus dedos sin piedad entre las nalgas y por todos lados, rozándome a veces el ojete, el perineo y los testículos. No parecía buscarlo pero tampoco evitarlo y cada leve toquecito, por insignificante que fuera, me provocaba un goce celestial y me ponía en estado de ansiedad, tratando de anticipar lo que vendría a continuación y deseando que fuera a más. Entre los toques y la suave semimasturbación, el placer estaba empezando a desbordarme y temía correrme allí mismo y echarlo todo a perder, por lo que agradecí que apartara las manos del culo y cesara el vaivén.

Con un gesto seco colocó mi muslo derecho sobre su muslo, quedando la tibia en perpendicular al suelo, y empezó a masajearme el pie con toques precisos, hincando sus pulgares entre los músculos de la planta. Luego me estiró cada dedo como con un pellizco. No sé si también sabía reflexología pero el ejercicio era gustoso. Y, aunque tener mi muslo apoyado en el suyo también me daba morbo, no estaba ahora tan pendiente del sexo y el barómetro de mi pene se había encogido algo, no completamente. Cuando acabó de machacarme el pie, hizo lo mismo con los gemelos, comprimiéndolos y expandiéndolos con movimientos circulares de sus dedos. Después me dio unas ligeras pasadas por la parte posterior del muslo, largas, de arriba abajo, como cambiando de marcha. La mitad inferior de mi pierna quedaba apoyada en su tórax y, a veces, rozaba su suavísimo pecho. Al volver a la parte de arriba daba la vuelta moviendo los dedos como si abriera un abanico y, con la mano izquierda, no evitaba tocarme el testículo, de refilón. Mi cerebro volvía a bullir, lo mismo que mis genitales, y pensaba que, si mi masajista era sistemática y lo hacía todo simétrico, al operar en la parte izquierda me tocaría el pene, inevitablemente. Después de repetir varias veces ese movimiento realizó uno más largo, desde la corva hasta mi cintura, abarcando la nalga al bajar las manos y pasando el costado de su mano izquierda y el meñique por el surco entre mis glúteos, el perineo y el centro de mi escroto. Eso era dar un paso adelante, era francamente sexual, pero ella no dijo nada y yo tampoco. De hecho, lo hizo repetidas veces, lentamente, como recreándose, y me sentí completamente rendido, en ese momento, deseando que aquello no acabara nunca. Pero, implacable, como para rebajar el tono, Elsa cesó de pronto y bajó mi pierna derecha, la acomodó a su costado y subió mi muslo izquierdo al suyo, para repetir todo el ritual con la otra extremidad. De nuevo trabajó el pie y los gemelos, mientras yo esperaba impaciente recibir nuevos roces en zonas más sensibles. Y por fin atacó el muslo, su mano izquierda por fuera y la derecha por dentro. Con la derecha me rozaba el pene pero menos de lo que esperaba y más que nada por la base, porque, al tener mi pierna elevada, quedaba en otro nivel. Por suerte también me masajeó la otra nalga y volvió a deslizar la mano por en medio de mi culo y mis huevos, con toda la pachorra del mundo. Después de varias pasadas posó la pierna en la toalla, la separó algo más de la otra y se recolocó un poco más abajo. Me puso más aceite en los muslos, por lo que supuse que iba a insistir en esa zona. Empezó por el derecho de nuevo, abrazando la pierna con las dos manos y hundiendo los pulgares entre el bíceps y el abductor, subiendo lentamente, hasta llegar a la ingle. Cuando llegaba arriba sus dedos rozaban mi testículo derecho, un toque suave que me ponía a mil. Cuando reprodujo el movimiento en la pierna izquierda aún fue peor. O debería decir mejor. Al subir por el muslo, su mano derecha en seguida encontraba mi pene crecido, aplastado contra la toalla, y no evitaba el contacto, ahora más pleno. Lo hizo varias veces, cada vez más lentamente, y yo cada vez me ponía más burro. Hasta que dijo:

-Date la vuelta.

Cuando lo hice, ella se levantó y recolocó las toallas bajo mi nuca, y podía ver su cuerpecito trajinando en torno a mí y también el de su amiga, que se había sentado a nuestro lado para no perder detalle. Laia seguía desnuda, con las piernas abiertas y dobladas, liando un porro. Su flor quedaba descaradamente expuesta a mi vista pero no parecía incomodarle ya. Entre unas cosas y otras, todo mi riego sanguíneo parecía concentrado en veinte centímetros (bueno, quizá quince). Elsa se arrodilló de nuevo entre mis muslos y contempló mi pene erecto, con desdén.

-¿No puedes apartar esta palanca? –preguntó, empujándolo con un dedo por el glande. Mis neuronas se volvieron a revolucionar.

-Eso lo has provocado tú –alegué.

-Está muy gracioso –observó Laia, sonriente, pasándole el porro a Elsa.

Elsa le dio una larga calada y me lo ofreció, pero rehusé con un gesto, porque fumar me sentaba fatal.

-Tú sí que estás graciosa –le dijo Elsa a su amiga, devolviéndole el canuto. Luego se inclinó hacia ella y le dio un beso en los labios, a la vez que le sobaba un pecho levemente, acabando la caricia con un pellizco en el pezón. Laia no protestó. Las niñas ya no disimulaban frente a mí. Y eso también contribuía a mi estado localmente alterado.

-Voy a ponerme en otro sitio para no toparme con tu cambio de marchas –explicó Elsa mientras se colocaba tras de mí de rodillas, con una pierna a cada lado de mi cabeza.

Vertió aceite por mi pecho y vientre y se puso a extenderlo con suavidad. Empezaba por los hombros y acababa en el abdomen. Hacia pasadas largas y lentas, de dentro afuera. Cuanto más se estiraba sobre mi cabeza para darlas, más rato veía sus tiernos senos ir y venir, hasta que al erguirse pasaban frente a mi cara, casi rozándola. Si hubiera sido un animal no hubiera podido reprimirme de darles un lametón o un bocado, porque eran como dos sorbetes jugosos y apetitosos. Pero veintiún siglos de cultura y cuarenta y cuatro años de educación mantenían mi boca cerrada, aunque no mis ávidos ojos. Tal como estaba colocada Elsa, su sexo quedaba casi en mi cabeza, sólo un poco detrás, pero, en realidad, yo lo tenía metido bien adentro, dentro de mi coco, y no había quiromasaje, terapia o reflexología que lo pudiera sacar de allí. Sólo que era mi sobrina, la niña a la que había acunado en brazos y había visto crecer junto a sus padres y hermanos, y no podía dejarme ir así. Supongo que, sencillamente, podría haberle dicho “para”. Sin embargo, me limité a cerrar los ojos, abstraerme y sentir aquellas manitas repasando mis pectorales y abdominales, sin pensar de quién eran, sin pensar en nada más.

Abrí los ojos y vi a Laia observándonos, con la mirada nublada y enrojecida y los labios entreabiertos. Elsa se estiraba sobre mi cuerpo, respirando larga y pausadamente. Se oía el canto de las cigarras y el olor de hachís se imponía al del césped mojado. Elsa llegaba cada vez más cerca del nacimiento de mi pene, revolviéndome el vello púbico, y pasaba los dedos por mis ingles, entre los muslos y los testículos, rozándolos una y otra vez con despreocupación. Mi glande sobresalía completamente y el falo daba botecitos por la presión de sus manos sobre mi vejiga, que se sumaban a los que provocaban los fluidos que lo henchían. Era imposible que no percibiera mis reacciones pero creo que eso no sólo no la refrenaba sino que la incitaba a ser más osada. Cuando el masaje llegó a mis piernas, Elsa quedó completamente invertida sobre mí, de modo que, al alargarse y encogerse, sus senos acababan rozando mi pecho, mi vientre y, en alguna ocasión, mi pene enhiesto, lo que no la arredraba. Veía su culito ir y venir y sus muslos separados, a horcajadas sobre mi cabeza, y su sexo abierto, alejándose y acercándose a mi cara. Sólo un gran esfuerzo de voluntad mantenía mis manos quietas. Mi respiración era intensa y tenía cada músculo en tensión, con el falo cabeceando, implorando atención… Como leyendo mi mente, Elsa se levantó y se sentó a la altura de mis caderas, y señalando mi miembro, dijo, meneando la cabeza:

-¿Qué hacemos con esto?

-Acaba lo que has empezado –sugirió Laia.

Elsa me miró y yo no dije nada ni moví un solo músculo de la cara, sin asentir pero sin negar. Supongo que estaba perdiendo la última posibilidad de mostrarme digno pero mi cerebro estaba alojado mucho más abajo de lo normal, en ese preciso instante, y era incapaz de razonar.

-¡Es mi tío! Y no le voy a hacer eso a Roser… -explicó Elsa mientras tendía la mano a su amiga, que se arrodilló al otro lado, quedando yo en medio.

Sin soltarle la mano, cogió el tubo de aceite y le vertió un chorro en la palma. Laia la miraba con aire ausente, dejándose hacer. Con un gesto natural, tranquilo, Elsa posó la mano de su amiga en mi pene, en el tronco, justo debajo del glande. Sólo ese primer contacto ya me produjo un escalofrío. Sin tocarme nunca a mí, la mano de Elsa empezó a mover la de Laia, arriba y abajo. Creí que Laia iba a rebotarse pero no decía nada y no cambiaba de expresión.

-¿Sabes hacerlo? –le preguntó su amiga.

-Mi novio nunca se quejó –respondió abstraída.

Y yo tampoco iba a objetar nada, pensé, mientras Laia seguía acariciándomela, ahora ya sin el auxilio de mi sobrina. Si pudiera eternizar un momento vivido, quizá elegiría ese, en esa tarde tranquila de verano. Veía a Laia de perfil, arrodillada allí, toda bronceada, sólo con una marquita blanca de bañador, con el cabello dorado y las mejillas encendidas, y sus pechitos firmes, con los pezones contraídos, sacudiéndose ligeramente por el movimiento del brazo… Estaba seria y aplicada, como si resolviera una ecuación de segundo grado. Yo notaba todo mi cuerpo deshaciéndose en dirección a mi entrepierna. Elsa nos observaba atentamente, con cara de excitación. Lo único que me contrariaba era que me iba a correr de un momento a otro y se iba a acabar todo. Quizá mi respiración jadeante alertó a mi sobrina, que le dijo:

-Espera.

Laia apartó la mano y Elsa le cogió la otra para ponerle aceite. Ella también se puso, en su mano derecha, ¡y me empezó a masajear los testículos! Los agarraba por abajo, con su manita, y los removía como si fueran dos bolas.

-Puedes hacerle también esto, da mucho gusto –indicó, didáctica, cogiendo la mano izquierda de Laia y colocándola en mis huevos.

Por un momento pensé que los iba a estrujar pero no, era buena alumna y reproducía con fidelidad los movimientos certeros de Elsa.

-Y con la otra mano sigue así, más lento –añadió Elsa agarrándome el pene y masturbándolo con delicadeza y parsimonia, desde la base hasta la punta del glande.

¡Finalmente se había decidido! …Y pensarlo me ponía aún más enfermo. Ahora tenía a las dos adolescentes tocándome simultáneamente, cada una con una mano, y pensaba que me moría del gusto. Ellas se miraron y sonrieron. Por un momento me sentí como el juguete recién abierto de dos niñas enloquecidas en el día de Reyes. Creo que Elsa tenía ganas de acabar la faena, que ejecutaba con maestría. ¿Dónde habría aprendido tanto a su edad? Pero yo ya estaba jadeando, de nuevo, y ella me miró circunspecta y le dijo a Laia:

-Venga, sigue tú.

Como si se pasaran el testigo en el tartán, su amiga me asió el miembro con su mano libre y, obediente, imitó el ritmo pausado que había imprimido Elsa. Yo respiraba cada vez más fuerte y sentía mariposas recorrerme la espalda. Elsa me cogió una mano y me la apretó comprensiva, nuestras miradas se cruzaron y le conminó a Laia:

-Ahora acelera.

Su amiga, que no me miraba a mí sino a Elsa, la obedeció y empezó a sacudírmela con ímpetu. El deleite se hizo más intenso y noté cómo mis fluidos se agolpaban en mi verga, pidiendo paso. Mis jadeos se hicieron estentóreos, abría y cerraba los dedos de los pies, y apretaba la mano de mi sobrina, cuando por fin exploté con un gemido de rendición. El placer sublime aún duró unos segundos mientras mis piernas se convulsionaban y Laia seguía acariciándome diligente con la mano pringada de semen, que se había derramado también por mi vientre y la toalla.

RELATO DE LAIA

Mientras fumaba bajo el indulgente sol de la tarde, presenciaba el sensual masaje que le estaba dando Elsa a su tío como si fuera una película, donde las cosas no pasan de verdad. Cuando Elsa me cogió la mano para que masturbara a Guille no dudé en seguirle el juego. Al dispararse el enhiesto surtidor de sombra y sueño de su tío, Elsa se quedó mirándonos con gesto burlón. Guille se levantó a toda prisa, creo que abochornado, anunciando que se iba a duchar. Elsa vino y me tumbó en la hierba, abrazándome voluptuosa. Le dije que tenía la mano pegajosa y me la limpió con la toalla, alegando que por unas manchas más… El masaje y la paja me habían puesto muy caliente y, por lo húmeda que estaba, comprobé que también Elsa se había excitado en extremo. Mientras nos comíamos a besos Elsa me acariciaba el clítoris vehemente y yo también la masturbaba con fruición. Estábamos en medio del jardín pero con el colocón que llevaba ya me daba todo igual. Oímos una tosecita nerviosa y al levantar la vista vimos a Guille parado a unos pasos. La situación era un poco grotesca, con nosotras ahí, dos cuerpos desnudos y sudorosos, todo miembros entrelazados y pechos jadeantes, y él en frente, impecable, recién duchado, peinado y correctamente vestido.

-Chicas, siento interrumpir pero acabo de llamar a un taxi y me tengo que ir –se disculpó.

Yo me separé al instante de Elsa y ella se puso en pie y dijo:

-¡Uf, perdona, vaya desfase! ¿Por qué no te tomas algo antes de irte?

-No, he mirado el horario y no quiero perder el bus. …Bueno, lo he pasado muy bien pero esto del jardín…

-¿Qué ha pasado en el jardín? –le cortó Elsa-, que has comido fuerte y te has quedado dormido, ¿no?

-Yo no recuerdo nada más –corroboré.

-Sois un encanto –sentenció Guille-. Ya sé que va a sonar un poco falso pero voy a intentar reconciliarme con Roser.

-Es lo que tienes que hacer –convino Elsa en el momento en que sonaba el timbre de la verja.

-Ese es mi taxi –dedujo Guille que le dio dos besos en las mejillas a su sobrina, despidiéndose.

Me levanté y nos dimos dos castos besos, también. Con el seto no nos veían desde fuera pero Elsa acompañó a su tío hasta la puerta y seguro que le dio una alegría a un taxista desprevenido.

Mientras se oía el motor del coche alejándose Elsa se giró y camino hacia mí contoneando las caderas exageradamente y poniendo caras seductoras. Me reí y la abracé, y nos besamos. Al fin estábamos solas. Cuando creía que continuaríamos lo que habíamos dejado al aparecer su tío, Elsa me soltó y dijo:

-Espera aquí, tengo una idea.

Y se metió en la casa. Me quedé de pie, desnuda, allí en medio, expectante como siempre, anhelante por Elsa como siempre. Pero volvió en seguida. Se había puesto un pareo naranja con una lista de estampado rojo y las sandalias de plástico con las que bajaba a la playa. Llevaba en la mano otro pareo y mis chancletas y me lo tendió diciendo:

-Ponte esto y vamos a la playa, que la tendremos toda para nosotras.

El plan sonaba atractivo, aunque nunca íbamos a las calas tan tarde, por lo que no sabía si estarían vacías. Elsa llevaba el pareo anudado tras el cuello, con la abertura en la parte frontal e imagino que sin nada debajo, pero le cubría hasta las rodillas y era lo más recatado que había vestido en todo el día. Me puse el que me había traído, que era azul celeste con estampado blanco y me tapaba como a ella.

-¿No llevas bragas? –me aseguré, para estar en igualdad de condiciones.

-¿Qué es eso? –replicó riendo.

Y me cogió de la mano y salimos. Empezaba a atardecer y se oían las golondrinas. Por la urbanización pululaban niños en bicicleta o pateando balones, y algunas madres y padres charlando, ellas con vestidos ligeros y ellos con niqui y bermudas. Los padres, aburridos, desviaban la mirada a nuestro paso y yo me sentía como si nos estuvieran radiografiando, aunque en realidad sólo podían ver a dos adolescentes envueltas en grandes pañuelos y cogidas de la mano. Ya en el pinar me sentí más distendida y Elsa también, porque se puso a canturrear y me rodeó por la cintura. Luego me soltó y empezó a trotar como un caballo y a girar sobre sí misma sin dejar de cantar. Parecía Caperucita Roja en medio del bosque, Pareíto Rojo… Se sacó el coletero que recogía su preciosa cabellera y la dejó suelta. Se agachó a recoger unas ramas finitas del suelo y las dobló hasta cerrar un aro, que se plantó en la cabeza como una corona. Y se desató el nudo del cuello para ponerse el pareo por detrás, como una capa, revelando toda su anatomía.

-¡Elsa, que no estamos en la playa! –advertí.

Pero ella bailaba divertida, trazando círculos en torno a mí. Luego desanudó el pareo otra vez y correteó con los brazos en alto, ondeándolo como una bandera. Los tenues rayos del atardecer que se colaban entre las copas de los pinos encendían los contornos de su bronceado cuerpo.

-¡Que viene alguien! –la previne al distinguir unas siluetas acercándose por el sendero.

Con absoluta cachaza, dobló el pareo varias veces hasta que quedó como una faldita que se anudó en la cadera. Unos segundos después nos cruzamos con una familia de aspecto nórdico que volvía de la playa, pertrechada con todo tipo de adminículos. Eran un matrimonio mayor, él de pelo gris y ella muy rubia con un sombrero, y dos niños de once o doce años pero ya más altos que nosotras. Iban todos en bañador, con el torso desnudo, menos la señora, que llevaba una camiseta de tirantes. Sus ocho ojos se posaron al unísono en las tetitas airosas de mi amiga, que no se conturbó y les saludó gentilmente, con una sonrisa y una inclinación de cabeza.

-Estás como una cabra -sentencié frunciendo el ceño.

-¿Estás enfadada porque no tienes corona? –preguntó con expresión de fingida congoja.

Al punto se agachó, cogió más ramitas y me confeccionó una diadema como la suya, que me colocó en la cabeza. Para hacerlo se pegaba a mí, aplastando sus pechos desnudos contra los míos cubiertos. Me estaba acariciando el cuello con dulzura cuando de pronto, con un gesto rápido, me deshizo el nudo del pareo y me lo estiró, echándose hacia atrás.

-¡Cabrona! –exclamé, mientras agarraba el pañuelo.

Estuvimos forcejeando mientras Elsa soltaba grititos y carcajadas. Pero le cambió el semblante de súbito y se quedó seria.

-¡Para, se ha roto, mi madre me mata! –dijo agachándose y observando fijamente una esquina del pañuelo azul.

Cuando lo solté y me acerqué a mirar, compungida, se levantó de un salto y corrió sendero abajo con mi pareo hecho un lío, riendo burlona.

-¡Te espero en la playa, estás muy mona! –gritó.

-Anda, dámelo –demandé.

En ese momento oímos el ruido de unas pisadas y de respiración fuerte y rítmica. Eran dos chicas que venían camino arriba, haciendo running. Cuando ya casi las teníamos encima miré a Elsa, indicándole con un gesto que me dejara vestir. Pero ella estaba observando a las chicas, supongo que analizando su reacción, y no me dio la prenda. Tendrían veintimuchos o treinta y pocos años e iban perfectamente ataviadas para correr, con zapatillas de suela gruesa, camisetas sin mangas y mallas, y con pulsómetros en los brazos. Primero vieron a Elsa, que seguía en topless, y ya pusieron cara de pasmo, y luego me vieron a mí, plantada allí, indignada, con los brazos en jarras. Iba a taparme el sexo con una mano pero lo consideré aún más ridículo y me limité a dedicarles una sonrisa de compromiso. Pasé por delante de Elsa, que estaba riéndose, sin decirle nada, decidida a seguir ignorándola hasta la cala. No estaba realmente enfadada por lo que sólo era una gamberrada pero no se lo iba a poner tan fácil. Ella me alcanzó y me tendió el pareo. Lo cogí pero ya no me lo puse porque el camino estaba desierto y ya llegábamos a la playa. Al salir del pinar nos dirigimos a la zona nudista y vimos que había dos parejas tendidas en la arena, bastante separadas entre sí. Una era de dos chicos, que estaban desnudos, y la otra un chico y una chica, vestidos con shorts y camisetas. Yo me senté por en medio, acurrucada, frente a la orilla. Elsa extendió su pareo junto a mí y agarró mi pañuelo para colocarlo junto al suyo. Me tumbé a su lado pero sin mirarla y con expresión seria. Elsa se recostó contra mí y me pasó un dedo por los labios.

-¿No vas a hablarme más en toda la vida? –preguntó con un susurro.

Notaba su cuerpo cálido contra el mío y su dedo recorriendo suavemente mi boca.

-Tienes una nariz perfecta y también las orejas –decía acariciando esas partes de mi cara-. Y un cuello precioso –siguió bajando la mano-. Y un ombligo muy gracioso.

Sus toques leves y amorosos estaban empezando a encenderme. Luego se puso a contornear mis pechos con el dedo índice, poco a poco, y eso ya me puso a cien.

-Pero esto es lo que más me gusta –confesó posando la punta del dedo en un pezón, que se puso tieso ipso facto.

-Nos van a ver –le advertí, pero sin apartarle la mano.

En realidad quería que siguiera tocándome. Me giré a la izquierda y vi que la pareja vestida estaba abrazada, besándose. Me giré al otro lado y comprobé que los dos chicos desnudos se habían metido en el agua. De todos modos estaba ya muy oscuro y casi no se veía lo que hacías. Elsa me acariciaba ahora el otro pezón y yo estaba cada vez más húmeda. Acerqué mi cara a la suya y le di un beso en los labios. Quedamos abrazadas, con las piernas entrelazadas, y podía sentir mi sexo contra su muslo derecho y su sexo contra el mío. Empezó a acariciarse contra mi pierna y me agarró las nalgas y las movió para que yo también me frotara con la suya. Estábamos completamente acopladas, como un solo cuerpo, sentía sus duros pezones y la suavidad de sus piernas, y cada poro de su piel. Elsa se iba acelerando y había empezado a jadear. Iba a acallarla pero vi que la pareja de chicos había salido del mar y se estaba vistiendo para irse, y pensé que daba igual, porque los otros también se estaban enrollando. Entonces sentí que separaba un poco la pierna y deslizaba su mano hasta mi sexo, y que me cogía una mano y la ponía sobre el suyo. Descubrí que estaba tan húmeda como yo y, a la vez que le introducía un dedo en la vagina, empecé a frotarle el clítoris con la palma de la mano. Ella me estaba dando un masajito rotatorio en el mío con el pulgar y el índice, y también me puse a gemir hasta que me calló con un beso. Aunque no me importaba que me oyeran. Sentí que Elsa se convulsionaba al alcanzar el orgasmo, mientras me apretaba una nalga y la empujaba hacia su mano, que seguía moviendo, lo que hizo que yo también empezara a sentir oleadas de éxtasis.

Elsa puso sus manos en mis mejillas, me miró y me besó, y permanecimos abrazadas un buen rato. Luego nos levantamos y vimos que estábamos solas. Se había hecho de noche y las olas llegaban tímidas hasta lamernos los dedos de los pies. Nos metimos lentamente en el agua y nadamos muy adentro, no queríamos parar. Quedamos flotando sobre un abismo, como dos boyas negras chapoteando solitarias. Nos miramos felices, adivinando una sonrisa en nuestras inciertas facciones. Cuando estábamos saliendo y nos llegaba el agua a la cintura, sentí la brisa nocturna en la espalda. Los dientes me castañeteaban.

-¿Tienes frío? –me preguntó Elsa.

Asentí con la cabeza y me dijo:

-Ven, que te daré calor.

Nos abrazamos una vez más, un doble cuerpo con una falda negra gigante, de mar, abajo, y quedamos enlazadas en medio de lo oscuro, de la nada, en medio del verano y del espacio, en el mejor momento para acabar todo o desear que nunca acabara.

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