La profesora de baile

En cuanto Margaret entra en las duchas completamente desnuda aparto la mirada de su cuerpo, sonrojada hasta las orejas.

Mi profesora de baile es de una belleza intimidante, con el pelo rubio y lacio y su cuerpo perfectamente estilizado, sus nalgas redondas y abultadas, al igual que sus pechos. Todo en ella es perfecto y hay algo en la forma en que hace las cosas que parece ser todavía más tentador, como si todos sus actos y mirada tuviesen segunda intención.

Miro a mi cuerpo y frunzo el ceño, no suelo tener complejos, pero es difícil mantener la autoestima ante tal belleza, si al menos continuaran el resto de compañeras podría compararme con alguna que tuviese las tetas caídas, o el culo plano, o algo que yo tenga mejor.

– Denisse.- Su voz dulce y a la vez autoritaria hace que alce la mirada hacia ella, justo en la ducha de enfrente, pasando lentamente por cada rincón de su cuerpo, admirándola y envidiándola a la vez que me pongo colorada.- ¿Te importaría enjabonarme la espalda?

Balbuceo un sí tembloroso y salgo del caliente chorro de agua en su dirección, notando como mis pezones se yerguen ante el frío y la mirada de mi profesora en ellos, que por alguna razón hace que un nudo se instale en mi vientre de forma dolorosa.

Hace semanas que vengo a clase de baile, hace semanas que me ducho compartiendo lugar con mis compañeras sin sentir nada, pero desde hace tres días que Margaret se queda a durcharse con nosotras he empezado a tener sueños demasiado eróticos con ella.

Agarro la esponja con manos temblorosas y froto con delicadeza la bronceada piel de su espalda, empezando lentamente por el cuello, bajando y llegando al límite con su culo, del cual parece que no puedo retirar la vista.

– Ya… ya está.- Murmuro avergonzada retirado la mirada y extendiéndole de vuelta la esponja.

– Oh, Denisse.- Susurra alzando la mano y agarrando mi mentón con ella, arañándome superficialmente la piel con sus largas uñas.- ¿Te asusto?

Niego con la cabeza porque los nervios no me dejan articular palabra, no sé qué me pasa, pero comienzo a frotar las piernas disimuladamente como si me estuviera haciendo pis, aunque sé que no es eso, sé que es algo más intenso.

– ¿No?- Susurra acercando su cuerpo al mío y haciendo que toda mi piel sea recorrida por un impulso eléctrico.

Vuelvo a negar y suspiro cuando con la otra mano libre acaricia mi brazo izquierdo lentamente, de arriba hacia abajo, poniéndome la piel de gallina y acelerando mi pulso a un nivel casi mortal.

Detiene su mano y la deposita sobre mi cintura, apretando ligeramente y haciendo que un vergonzoso gemido se escape de mis labios mientras lo único que hacen mis ojos es mirar como su cara va acercándose a la mía.

– ¿Estás segura?- Susurra apenas a centímetros de mis labios y llevando su mano a mi vientre, ascendiendo en dirección a mis pechos, niego y veo como ella sonríe.- ¿Quieres que pare?

Vuelvo a negar y suspiro nuevamente cuando acaricia mi seno derecho, y la punta de mi pezón. Un sonoro gemido se escapa de mi garganta y reparo en algo que no había hecho antes, estoy completamente mojada, siento como una gota de fluido resbala por el interior de mi muslo y desvío la mirada avergonzada.

Margaret retira la mano de mi cara para pasarla por esa zona y se lleva el dedo a la boca, chupándolo con una sensualidad digna de una diosa. Me guiña un ojo y creo fallecer. ¿Desde cuándo me gusta a mí esto? Desconozco la respuesta e, increíblemente, comienza a interesarme poco o nada cuando siento la calidez de su boca sobre mi pezón libre.

El placer es… embriagador, a tal punto que tengo que aferrarme con fuerza a su hombro cuando deposita un breve mordisquito para no caer en el caso de que me fallen las rodillas.

Lame el camino desde el pezón a mi cuello y miro al techo gimiendo ante el roce de su mano en el otro seno. El nudo en mi vientre se hace mayor y llevo una mano a mi sexo en busca de una fricción necesitada, pero Margaret atrapa mi mano en la suya y la lleva a su propio sexo, húmedo de sus propios fluidos, y me guía en un movimiento circular.

– Mírame.- Ordena, y yo obedezco.

Sus labios atrapan los míos ahogando un gemido a la vez que su mano comienza a frotar con delicadeza mi clítoris, haciendo que mis piernas se separen en un acto reflejo para darle más acceso.

Su lengua se entrelaza con la mía y, a medida que el beso se intensifica más y más la velocidad de nuestras manos comienza a incrementarse.

Imito el movimiento de su otra mano en su seno con mi mano libre, acariciando la punta de su pezón y tirando de él de una forma delicada y cuidada.

– Quiero que te corras gritando mi nombre.- Suelta de golpe separándose de mis labios.- Túmbate en el suelo.

Obedezco sin rechistar porque mis rodillas no iban a aguantar mucho más. Me acuesto en el suelo húmedo y duro de las duchas y observo como ella se coloca entre mis piernas.

– Ábrete para mí, cariño.- Susurra de un modo coqueto mientras con sus manos separa mis rodillas y posteriormente mis labios vaginales.- Oh, que belleza.

Un primer lengüetazo de deja aturdida, siento como juega con mi clítoris, succionando, lamiendo, mordisqueando. La textura húmeda de su lengua se encarga de esparcir mis fluídos por mi sexo e introduce un dedo en mi coño.

– ohh…

Cierro las manos en puños sobre le suelo mojado ante el salir y entrar de su dedo, y luego de dos de su dedos, y posteriormente de tres. Alza la mirada y fija sus intensos ojos azules en los míos mientras sube la intesidad de su mano y de su lengua. Tengo que cerrar los ojos y apretar los labio con fuerza para no ponerme a gritar de placer.

– Vamos.- Susurra.- No te corras aún cariño.

Trato de aguantar cerrando mi coño al rededor de sus dedos, y agarrando con fuerza una buena mata de su pelo para controlar sus movimientos, pero no lo logro.

– Dioosss.

Me corro con una instensidad hasta ahora desconocida, y me reincorporo sobre un codo rápidamente, viendo como Margaret continúa lamiendo mi sexo, tragándose toda mi corrida. Retira los dedos y los chupa uno a uno, lamiendolos y jugando con ellos en su boca.

Me agarra del codo y me coloca a horcajadas encima de ella mientras que deja caer su espalda al suelo. Posa las manos en mi cintura y comienza a mover mi cuerpo arriba y abajo, restregándome contra su piel, y observo avergonzada como humedezco con mis fluidos brillantes su vientre.

– Lámelo.- Ordena mirando hacia la misma zona.

Obedezco llevada por una energía más allá de mí. Me aventuro a abrir sus piernas y me arrodillo en el medio, me agacho lo suficiente para lamer esa zona y me deleito con el sabor de mis propios jugos en su piel.

– Quiero que pongas tu culo en mi cara.

– ¿Qué? ¿Cómo?

Margaret sonríe compasiva, debe de darse cuenta a estas alturas que esta es la primera vez en mi vida que hago algo semejante. Rodea mi muñeca con sus largos y estilizados dedos y me da un pequeño tirón.

Capto la orden, por lo que camino a gatas sobre su cuerpo y me quedo de rodillas cobre su cara, mirando hacica la pared. Con sus manos empuja desde el interior de mis muslos, haciendo que mis rodillas se separen más y que mi coño acabe en su boca, literalmente.

Vuelve a chupar, morder y lamer, estrujando mis nalgas con fuerza y introduciendo un par de dedos en mi sexo. Cambia de un momento a otro, penetrándome con su lengua y frotando con maestría mi clítoris.

– Ahora sí que no puedes correrte hasta que te lo ordene, cariño.

Aprieto los labios en un gemido silencioso cuando el dedo corazón de su otra mano frotando la entrada de mi ano. El placer me ambriaga y en lugar de levantarme y huir despavorida, comienzo a mover mi cuerpo sobre su boca, sintiendo el frotar de su nariz en mi clítoris, su dedo abriendose paso en mi ano y su lengua penetrandome con fuerza de una forma tosca pero placentera.

– Oh, Dios. Me corro, me corro.

Aumenta en movimiento de su dedo en mi ano y añade otro más.

– Jodeer.

Me inclino un poco hacia atrás para comenzar a frotar su clítorís mientras que con la otra mano me apoyo en el suelo. Introduzco un dedo en su vagina y disfruto de la calidez que lo rodea.

– Córrete, Denisse.

Sus deseos son órdenes. Me corro en un grito mal contenido cuando un tercer dedo entra en mi ano, provocandome un dolor tan placentero que prolonga mi orgasmo mientras continúo mastubándola. Observo el liquido saliendo a chorros de mi y cayendo sobre el rostro perfecto de Márgartet y su gesto de satisfacción cuando alcanza tambien su propio orgasmo.

-La proxima vez, querida, me traeré a mi amiguito de pilas.

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