La sirena del Báltico

A escasos minutos de la aurora, la niebla lo envolvía todo a su alrededor como un manto ominoso.

Figuras caprichosas se condensaban en el momento del día más propicio para la aparición de los demonios, pero ni Judith, ni ninguno de sus cuatro compañeros, temían a los seres sobrenaturales que pudieran surgir de la densa bruma, habían huido del infierno y nada podía ser peor que lo que habían dejado atrás.

No podían ser vistos, lo que era un alivio, pero tampoco podían ver lo que tenían delante con sus sentidos. Con los ojos del alma veían las rocosas costas de Suecia, veían la libertad, veían la esperanza, veían la última oportunidad que les quedaba.

Los remos se volvieron a hundir en el agua calma y los cinco ocupantes bogaron con la cautela de quien no sabe qué tiene delante y no está seguro de a dónde se dirige. Podrían estar navegando en círculos; tal vez, haciéndose reales sus peores pesadillas, estuvieran regresando al sur, a la humillación, a la esclavitud, a la muerte.

Volvían aquellos recuerdos a sus mentes sin necesidad de evocarlos conscientemente, pues no había bruma suficientemente densa para cegar aquellos años de tortura.

Judith tenía frío, mucho frío, sus músculos estaban ateridos por la humedad y la brisa de las horas previas a la aurora; pero por encima de todo, tenía miedo, un pánico atroz y visceral a retornar a Kaiserwald.

Los niños que habían muerto entre sus manos, por culpa de la fiebre tifoidea; las amigas que habían sido violadas, supuestamente para beneficio de la ciencia; las vallas de espino; los perros sanguinarios; pero lo peor de todo, sin duda alguna, habían sido las horribles botas. Aquel taconeo rítmico que se acercaba por las noches y presagiaba la muerte, dejando tras de sí la vergüenza, la culpa por sentirse feliz de no haber sido escogida en esa ocasión, la indecente satisfacción porque sería otro quien muriera aquel día.

Solo había podido disfrutar un año de su esposo y aún no había sido madre. En el fondo agradecía ambas carencias, pues David no podía ver el despojo en que se había convertido y había tenido sufrimiento de sobra con los pequeños del campo, como para padecer por el negro futuro de una criatura propia.

Escuchar el vaivén de las olas contra el frágil casco de la barquita de pesca le atemorizaba, pues no era una buena nadadora; pero no era nada comparado con el pánico a regresar a Kaiserwald. Kaiserwald, Kaiserwald, aquella palabra se repetía una y otra vez en su mente. Ella no pensaba en la arribada a las costas de la libertad, tan solo quería huir, no regresar jamás a aquel infierno de Kaiserwald.

—Aviones –susurró Aharón, alzando, sin que nadie le viese, un dedo hacia el cielo.

Eran insignificantes en medio del mar Báltico, menos que un pequeño grano de sal, pero aun así, se encogieron entre los bancos del bote, aterrorizados porque un Messerschmitt de la Luftwaffe o un Yakovlev del Ejército Rojo pudieran divisarlos entre la densa niebla.

El sonido procedía, sin duda alguna, de la derecha. Judith deseó con todas sus fuerzas que se tratase de un caza ruso, pues significaría que remaban hacia el norte, lejos del demonio que le había atormentado aquel último año.

Durante las tres horas de angustiosa carrera, desde el campo de concentración hasta la solitaria playa donde les aguardaba la barca de pesca, los cuatro miembros de la resistencia les habían podido contar poco sobre la situación de la guerra. Kaspars, el líder del grupo de rescate, les había insistido en que fueran a Suecia. Según él, era mucho más seguro que Leningrado, pues los suecos querían congraciarse con ingleses y franceses y los acogerían bien. Ella hubiera preferido huir por tierra, pero la resistencia letona había desestimado la posibilidad pues existían frentes de batalla muy cerca de Riga.

Con la pequeña vela y ayudados por los remos y la divina providencia, no estarían en alguna isla sueca en menos de dos o tres días.

No les preocupaba demasiado el mal tiempo, pues el Báltico no solía ser tempestuoso y aún lo era menos en los meses de verano. Su mayor inquietud volaba en aquellos momentos por encima de la lechosa niebla.

El sonido de motores se hizo más audible, mala señal para los cinco supervivientes. El avión descendía y, a pesar de que creían ser invisibles, el terror les encogió el estómago.

La primera explosión sonó como si el mar se hubiera desgarrado. Segundos más tarde, una enorme ola levantó por los aires la débil embarcación, haciendo que todos gritaran de pánico, pero un chillido, más agudo que los demás, heló la sangre de Judith.

—¡Edna! –gritó desde el fondo del bote, donde se aferraba con desesperación a uno de los bancos.

Pero su compañera no respondió, ni lo haría jamás.

La siguiente detonación superó con creces a la primera. Una inmensa bola de fuego se divisó entre la bruma hacia su izquierda. Decenas de explosiones se encadenaron mientras el fulgor del fuego parecía crecer sin límites.

Judith pensó que era como si el sol hubiera surgido por el oeste. Aquellas esferas anaranjadas captaron su interés. Pese a que se repetía una y otra vez que debía agachar la cabeza, no pudo apartar la mirada de aquellos fuegos artificiales.

Las grandes olas llegaron enseguida y golpearon la pequeña barca de pesca con violencia.

Judith escuchó gritos, lamentos y rezos. Todo giró a su alrededor, se confundió el cielo y el mar en un remolino de olas y viento abrasador, pero ella no soltó su travesaño, se aferró a la vida con la fiera determinación de sus veinticinco años.

Había aguantado dos años en Salaspils, junto a miles de alemanes, donde solo dos palabras la habían empujado a continuar adelante: Eretz Israel. El sionismo había sido su tabla de salvación, un hogar donde nadie les tratase como a animales, donde pudieran vivir felices y en paz. Se sentía letona, pero aquellas ideas de libertad para su pueblo le habían calado hondo y practicó el hebreo hasta dominarlo a la perfección.

Más tarde, Un durísimo año en Kaiserwald junto a judíos letones, en el que había tenido que aguantar escupitajos, insultos, golpes, incluso que la orinara un soldado, todo ello sin parar de producir tornillos catorce horas al día. Pero luego fue peor, llegó su demonio particular y, durante otro año más, incluso le arrebató la dignidad.

Aquellos recuerdos pasaron como imágenes fugaces por su mente, mientras su terca voluntad se sobreponía al frío y al agotamiento. Sus dedos asieron con fuerza el madero negándose a abandonar aquella barca, que Judith no sabía si estaba boca arriba o abajo, pero todo daba igual, debía resistir costase lo que costase, era su único pasaje a la libertad.

La marejada se calmó tras unos pocos minutos en los que tan solo se preocupó de respirar y, sin saber cómo, lo logró, logró sobrevivir.

Fue recuperando la consciencia lentamente. Tenía todo el cuerpo sumergido en el agua salvo los brazos y la cabeza. No se veía nada y tan solo con el tacto, era capaz de percibir la rugosa madera de la embarcación.

Gritó y el sonido amortiguado le confirmó la triste noticia de que se encontraba sola, pues no le llegó respuesta alguna. La opresiva oscuridad la ponía cada vez más nerviosa y sus propios jadeos era cuanto escuchaba.

Aguantó agarrada al banco, intentando pensar en alguna solución. No había sobrevivido a todo aquello para terminar ahogada.

Aferrándose con la mano izquierda, liberó la derecha para comenzar a palpar su alrededor. En los barracones de Kaiserwald había tenido que moverse muchas veces a oscuras, pero nunca se había sentido tan ciega y desamparada como en aquel momento.

“Boca abajo”, se dijo tras inspeccionar con el tacto. Meditó sobre las posibilidades que tenía, estaba enterrada en una tumba flotante y no sabía cómo salir de allí.

Apartando el miedo a un lado, comenzó a moverse hacia lo que ella pensaba que era la parte posterior de la barca. Se agarró de cuanto halló a su alcance, tablones, afilados ganchos de pesca, soportes metálicos…

Cuando alcanzó el final de su camino, tenía multitud de pequeñas heridas en las manos y los jadeos inundaban la cripta en la que se había convertido la barca volcada.

Palpó el timón del bote y agarrándose de este, tomó una gran bocanada de aire y se sumergió siguiendo el delgado madero hasta que se convirtió en una ancha aleta. Se agarró con fuerza y se escurrió bajo el frío mar. Sus dedos aferraron el borde de la barca e intentó, dominada por el pánico, volver a trepar, esta vez por el casco, donde debía haber resquicios donde anclar los dedos.

Ascendió y volvió a caer pesadamente. Había podido sacar la cabeza fuera del agua por un segundo, pero solo le había servido para abrir la boca y tragar más agua que aire.

Con los pulmones vacíos, comenzó a hundirse más y más y solo la férrea determinación de vivir la empujó a continuar buscando juntas entre los maderos.

Un fuego abrasador le oprimió el pecho, consumiendo sus últimas fuerzas. Los dedos seguían resbalando sobre la madera y el tiempo corría velozmente en su contra.

Cuando lo creía todo perdido, se impulsó con desesperación y sintió el aire en su rostro, seguía viva.

Se pegó al casco del bote, recuperando la respiración y escupiendo con dificultad todo el agua que había tragado.

Al otro lado de aquella caverna oscura que representaba su tumba, la niebla no se había disipado por completo, pero el amanecer la reconfortó, al menos podía verse las manos que se aferraban a la madera dándole una oportunidad de vivir un poco más.

Trepó con todas sus fuerzas a la quilla y cuando lo consiguió, se derrumbó exhausta. No le importó el aire cargado de densos olores a hierros, maderas y carne quemada, no le importaron sus prendas mojadas, no le importó el frío que atravesaba su carne y le mordía los huesos, estaba viva y era lo único que importaba.

Dormitó inquieta, pues estaba encogida de frío y a cada instante la barca recibía golpes de objetos contundentes, que no podía distinguir claramente entre la bruma real que lo envolvía todo y la que abotargaba sus sentidos por el cansancio y el sueño.

Jamás lo había hecho antes por voluntad propia. Las vigilantes del campo la obligaron para buscar objetos en todos los huecos de su cuerpo; la forzaron para desinfectarla, junto a sus compañeras, en aquellas horrendas duchas de agua a presión, y sobre todo, su demonio lo había hecho todas las noches durante el último año. En aquel momento fue ella quien decidió desnudarse. Si no quería terminar con una pulmonía en medio del Báltico, sin llegar a su destino, no había otra solución.

Se incorporó pesadamente y comenzó a quitarse la parte superior del pijama gris con torpes y lentos movimientos. Cuando sintió el aire viciado sobre la piel de sus senos, un rubor ilógico cubrió sus mejillas. Desconcertada, miró a derecha y a izquierda y las lágrimas acudieron a sus ojos. Ninguno de sus compañeros estaba allí para que pudiera temer que la vieran. Todos habían muerto ahogados en el mar, solo quedaba ella.

Una insoportable angustia la invadió, haciendo que las lágrimas se convirtieran en un sollozo incontenible. Estrujó la camisola contra su pecho y dejó que su cuerpo se balancease adelante y atrás, mecido por las suaves olas que empujaban la embarcación, girada del revés.

Aquella horrible ropa era infinitamente mejor que los bonitos vestidos que había tenido que ponerse para su demonio, mejor que las medias de seda, que los ligueros y las bragas de encaje. Aquel pijama al menos le había devuelto por una noche, la dignidad de sufrir junto a sus compañeros y de rebelarse contra el opresor como una más, no como la ramera de un nazi.

Creyó delirar cuando escuchó un cercano llanto y unas palabras ininteligibles. La tercera vez que percibió los sollozos se incorporó pesadamente e hizo un esfuerzo para ver entre la niebla que se había ido aligerando, pero no vio nada. ¿Podría haber sobrevivido alguien?

—¿Edna…, Aharón…, Eleazar…, Itzjak…? –preguntó sin esperanza de que le contestaran.

Unos murmullos la sobresaltaron, pues procedían directamente de debajo de dónde se encontraba. Con cuidado de no caer, se arrastró hasta un lateral de la quilla y al mirar hacia el agua, se encontró con la mirada angustiada de un hombre.

La cabeza le dio vueltas y mil preguntas se amontonaron en su mente delirante: ¿era real?, ¿de dónde había salido?, ¿era peligroso? No era ninguno de sus compañeros y dudó de que su vista le estuviera funcionando correctamente.

—¡Ayuda! –gritó afónicamente el hombre agitando un brazo fuera del agua.

Un sudor aún más frío que su ropa, corrió por su espalda al escuchar la palabra alemana. El odio y el temor se confundieron bloqueándola por completo.

—Por favor… ayuda… por favor…

Entre los fluctuantes sentimientos, se filtró aquella voz aguda y suplicante. Judith miró con más atención al hombre y confirmó su sospecha, no era más que un niño, que acababa de dejar atrás la adolescencia.

Para Karl, aquella mujer de cabellos castaños pegados a su rostro, con los pechos desnudos bamboleándose, le pareció una mermaid salida de las profundidades del mar, una sirena que venía a rescatarlo.

Había soñado muchas veces, en su pequeño camarote del acorazado, en cómo sería tocar la piel de una mujer, en qué se sentiría al ver un cuerpo desnudo de verdad y no en las postales que ocultaba bajo el camastro. Durante las largas noches de guardia, la esperanza por tener algún día a su amada Claudia había sido su único consuelo. Otros compañeros tenían suficiente motivación con las palabras de der führer, pero aunque a él también le despertaban profundos sentimientos, más intensos eran los que evocaba al recordar la cálida rodilla que se había atrevido a rozar la tarde antes de embarcar.

Se había tocado en muchas ocasiones poniéndole el rostro de su amada a aquellas chicas que le sonreían desde las fotografías, pero hacía tres años que no la veía, desde que fue reclutado con dieciséis años recién cumplidos, y el recuerdo de su tibia piel era cada vez más tenue.

En el momento de máxima angustia, cuando las bombas comenzaron a caer en el barco, solo había podido acurrucarse en su litera, llorando como un niño y pensando que moriría sin volver a ver a sus padres o a su hermana, pero lo peor de todo, fue que ya nunca podría disfrutar de Claudia, ni de ninguna otra mujer. Moriría virgen, pensó absurdamente mientras el barco se agitaba descontroladamente.

Los ojos miel que le miraban desconcertados, le parecieron los más bonitos del mundo y aquellas curvas que se mostraban de cintura para arriba, las más sugerentes que había imaginado en el retrete del navío. Sonrió y se resignó a lo que tuviera que pasar, aquella visión había logrado que todos sus temores quedaran a un lado.

Se consideraba un buen cristiano, pero, en las largas tardes ayudando a reparar las redes de pesca a su abuelo, nunca se había podido sustraer a aquellas historias sobre fantásticos habitantes de las profundidades marinas. El viejo, mientras fumaba su pipa, le había contado decenas de historias de cómo las mermaids rescataron a tal o cual pesquero, incluso de cómo le salvaron la vida a él cuando era joven.

Judit se abrazó a sí misma, buscando consuelo ante aquella visión. No podía socorrer a un nazi, a uno de ellos, que tanto daño les habían hecho, les habían tratado como a animales: pegándoles, insultándolos, violando sus cuerpos y sus mentes y, finalmente, matándolos sin la menor dignidad, como si fuesen ganado.

Desde que la sacaran a golpes de su casa de Riga, junto a su esposo David, había incumplido las leyes de Moisés en multitud de ocasiones. Había robado, había mentido, incluso en las noches donde la desesperación la consumía, había llegado a maldecir el nombre del Señor, pero nunca había matado, nunca hasta la pasada noche.

El vigilante de Kaiserwald no era mayor que aquel muchacho que flotaba con dificultad. Era tan solo un niño. Evocó los ojos desconcertados del guardia, cuando Eliazar se lanzó contra él y ella le atravesó el cuello con el cuchillo de trinchar; un escalofrío recorrió todo su cuerpo y tiritó con más intensidad. Sí, había matado y no se arrepentía, no había tenido elección.

Sintió bajo sus brazos los pechos desnudos y un rubor intenso tiñó sus mejillas. Aquel joven la había visto sin ropa. Se recuperó del arranque de pudor en poco tiempo. Estaban en medio del Báltico, con la muerte rodeándolos y no era el momento para sentir vergüenza. “Lo que tienes que hacer es tomar una decisión”, pensó amonestándose.

La mano de Karl se aferró a la quilla, pero resbaló en su primer intento de subirse a la estructura.

Ante aquel amago, Judit tembló aún más, encogiéndose sobre sí misma. Volvió a mirar aquellos ojos inocentes y los comparó con la mirada del vigilante de Kaiserwald al que había arrebatado la vida. “Es un niño, Señor, ¿qué hago?”, se preguntó mirando al cielo que poco a poco se iba despejando.

Por segunda vez, la mano de Karl agarró la quilla, esta vez, sus dedos se pudieron anclar en un pequeño saliente de una de las tablas del armazón.

El aspecto del muchacho era horrible, sus labios azuleaban y sus brazos se movían lentos y torpes, si no le ayudaba pronto moriría de hipotermia, pensó, dando por válida la suposición de que salvando una vida compensaría haber arrebatado otra. Pero no, su corazón no albergaba ningún remordimiento por haber matado al guardián de Kaiserwald, El Altísimo sabía que lo había hecho porque no tenía más remedio.

Se cruzó de piernas observando al náufrago. Evocó todos los momentos crueles vividos en los dos campos de concentración, debía acumular toda la ira posible para dejar morir a aquel muchacho. No le fue difícil condensar todo su odio en aquellos ojos azules que le miraban suplicantes, pues eran del mismo color que los de su demonio.

Las patadas, el hambre, los insultos… pero lo peor de todo había sido el último año. Los vestidos floreados, los baños de agua caliente, los restos de faisán y arenque de la mesa de der Kommandant, las miradas de desprecio, mezclado con conmiseración, que recibía de los que habían sido sus compañeros, sus vecinos en Riga. Más doloroso aún había sido dormirse con aquel sabor acre en el paladar, agradecida en el fondo porque ella no pasaría hambre, no irían a buscarla a mitad de la noche para hacerla desaparecer, la culpabilidad por aferrarse a la vida a costa de ser la ramera de un demonio.

Sus ojos estaban secos de tanto llorar y pese a ello, cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas al recordar todo el sufrimiento acumulado. No, aquellos aterrados ojos azules no eran los fríos y altaneros de der kommandant; aquel rostro demacrado no se parecía a las rubicundas mejillas enrojecidas por el brandy, que tan vívidamente recordaba.

Miró a su alrededor fijando la vista en la orza, que sobresalía del casco, como si fuera la aleta dorsal de un tiburón. Sin tiempo para reflexionar o para arrepentirse, se aferró del saliente con una mano y extendió la otra cuanto pudo en dirección al joven. Había matado una vez, pero era muy diferente quedarse cruzada de brazos mientras dejaba que aquel niño agonizara lentamente.

No fue hasta el tercer intento, que el alemán pudo hacer fuerza con los dedos que aferraban el casco, para alzarse lo necesario tomando con su mano libre la que la letona le ofrecía.

Estuvieron a punto de caer al mar en un par de ocasiones, pero al final ambos náufragos se encontraron en lo alto de la quilla.

Judit no paraba de temblar mirando con pánico al joven, mientras él clavaba sus ojos en las redondeces de los pechos que se insinuaban bajo los brazos cruzados de la mujer. No podía ver los pezones, pero la carne apretada sobresalía por encima de los antebrazos mostrando un profundo canalillo y unas tetas abultadas.

—¡Gracias, gracias, gracias! –La presencia de un ser mitológico lo atemorizaba, pero era mayor su alegría por haber sido rescatado y, sin pensárselo, se abalanzó sobre la mujer abrazándola con fuerza—. ¡Sí, gracias, mermaid, gracias!

Cuando aquel joven en camiseta interior y calzones se le echó encima, Judit pensó que todo había terminado, pero se equivocaba. Aunque su alemán no era muy bueno, sabía el significado de la palabra que tanto repetía el muchacho y no era peligrosa. Por un instante aquel abrazo la reconfortó, deseó abrir los brazos dejándose acunar por aquel cuerpo tan frío y mojado como el suyo. Ambos eran seres desamparados, abandonados en medio del mar. Era un alemán, pero era un abrazo, uno que llevaba mucho tiempo esperando y necesitando.

Sintió las cálidas lágrimas bañar su cuello y sin ser demasiado consciente, liberó uno de sus brazos de la presión de los dos torsos y acarició la rubia cabeza que reposaba sobre su hombro. Aquel era un muchacho indefenso, no su cruel demonio.

Karl había pasado media hora pensando en sobrevivir y divagando sobre las más absurdas cuestiones. Por encima de sus ansias de mujer, más allá del deseo de ver a su familia, estaba la necesidad de continuar con vida, era demasiado joven para morir. El más visceral pánico se había apoderado de su mente y toda su hambre de victoria, todo su orgullo por el Reich había desaparecido bajo toneladas de terror a la muerte.

No se consideraba alguien valeroso, pero cuando estuvo encima de la barca, con la sirena delante de él, las pocas reservas de determinación le abandonaron y el niño que aún era exteriorizó todo el pavor que aún sentía. No, no era un héroe ni quería serlo, tan solo daba gracias por continuar con vida, gracias a aquel ser fantástico que lo había rescatado de las garras del mar.

La mano de Judit continuó acariciando mecánicamente el corto cabello, mientras los sollozos iban remitiendo. Había sentido las fuertes manos sobre su espalda y abrazada a aquel muchacho había experimentado un fugaz momento de paz, pero ahora se comenzaban a mover acariciando torpemente su piel y aquello le hizo recordar los dedos del demonio palpando lascivamente todo su cuerpo.

—Eres muy guapa –dijo en alemán, separando su cuerpo y acercando una mano para acariciar tiernamente el rostro de la judía.

—No… no –respondió, sin saber muy bien que decir en aquella situación. Veía gratitud en aquellos ojos, pero bajo esta, algo más primitivo, más básico hizo que se estremeciera. No tuvo valor para apartar la mano, pues desde el abrazo, su cuerpo se había quedado petrificado.

Su belleza la había llevado junto al demonio y no era algo de lo que se sintiera orgullosa, pese a haberle proporcionado calor, mientras todos tiritaban; comida, mientras todos pasaban hambre y todo a cambio de abrir la boca o las piernas en vez de fabricar tornillos catorce horas al día. También le había dado la posibilidad de huir de Kaiserwald.

—¿Eres una sirena?, ¿un ángel?

Ella no conocía el significado de la primera palabra, pero negó lentamente ante la segunda.

“Un ángel”, pensó y la palabra casi la hizo reír, aunque lo había hecho por necesidad, había infringido La Ley sin cesar y sus pecados la habían llevado hasta allí, junto aquel alemán que representaba todo el daño sufrido. “¿Será una prueba?, ¿un mensaje?”, se preguntó sin saber hasta qué punto debía ser sincera.

El joven la había abrazado, le había dado las gracias. Estaban los dos solos en medio del Báltico y las posibilidades eran muy escasas. No quería pasar sus últimas horas mintiendo, ensuciando más su alma.

Alejó el brazo izquierdo y lo extendió frente al muchacho, exponiendo a su vista el tatuaje de siete dígitos.

Karl alzó las cejas demostrando su ignorancia. “¿Se tatuarán las sirenas?, ¿será algún número para identificarlas?”, no conocía de aquellos seres más que las historias de su abuelo, pero aquel tatuaje lo tenía intrigado.

Se giró mostrando el hombro a la mujer. En este aparecía la figura de una hermosa mujer, desnuda de cintura hacia arriba y con una larga y plateada cola en vez de piernas.

Indicó con su pulgar en dirección al tatuaje de vivos colores y luego extendió el índice apuntando a Judith, la cual negó con la cabeza.

—Judía –apuntó señalando a su propio tatuaje, mucho menos bonito que el del hombre, pero ante todo humillante. La Ley impedía entrar en el paraíso con la piel marcada y ella repudiaba aquellos números como el insulto que eran.

—¿Judía? –preguntó él más sorprendido que enojado. Su mermaid se acababa de convertir en una mujer de carne y hueso. Tomó con su mano el brazo tatuado y lo examinó con detenimiento.

Judit había escuchado aquella palabra, durante los últimos cuatro años, en los más repugnantes e insultantes tonos. Asintió lentamente, conteniendo la respiración y apretando más el brazo contra sus pechos.

—¿Los judíos os numeráis?

Aquella palabra la desconcertó. No sabía si aquel joven se estaba riendo de ella o era un completo ignorante.

—Es el número de presa. Estaba esclavizada en un campo de concentración.

Karl rio sonoramente con voz de barítono.

—Vamos, vamos, trabajar para la grandeza del Reich no es ser esclava. Los judíos sois muy exagerados.

Estaba perpleja, aquel muchacho aparentaba no saber nada de lo que los nazis le estaban haciendo a su pueblo. Se preguntó si aquello podía ser verdad, ¿ignorarían los ciudadanos las atrocidades de que era objeto su gente?

—Nos pegan, nos matan a golpes y de hambre, nos disparan si no trabajamos rápido y a las mujeres nos violan.

—No creo que os violen, servís a los soldados en sus necesidades, pero eso es bueno. –Repetía las enseñanzas que le habían inculcado como si fuera un autómata.

Karl miró a su alrededor, sin despegar una mano de la muñeca y la otra de la suave piel de la mejilla femenina. La niebla había ascendido y se podían ver trozos del acorazado flotando aquí y allá, junto al cadáver de algún compañero de tripulación.

Que él supiera, ningún prisionero viajaba a bordo y aquella barca no era una de las reglamentarias en el buque.

—¿De dónde has salido? –preguntó moviendo su mano en un lento descenso hasta acariciar el cuello palpitante.

Judit negó con la cabeza, expresando que no tenía intención de contar nada más. Cada vez tenía más miedo y su piel se erizaba al contacto de la mano masculina.

La cercanía de la muerte, su frustración por irse de este mundo sin haber estado con una mujer y la visión de Judit sobre la barca girada, le tenían en un estado ilusorio en el que nada importaba salvo aquel cuerpo. Qué más daba que fuera judía, había escuchado a muchos compañeros contar cómo los satisfacían y por lo que le habían descrito, ellas no parecían haber sido violadas.

Ignoraba si aquella mujer le serviría como otras muchas lo habían hecho con los soldados del buque, cuando este arribaba a puerto, pero pensó que no perdía nada por intentarlo.

Bajó la mano situándola sobre el pecho femenino, a escasos milímetros de llegar a tocar la piel. Continuaban estando cubiertas por el brazo que se cruzaba delante de ellas, pero tan solo una quedaba oculta tras la mano, mientras de la otra se podía ver más de media areola; objeto de todos los deseos del muchacho.

Aquel gesto había dejado paralizada a Judit. ¿Qué quería?, ¿por qué volvía a mirarle de forma suplicante?, ¿la deseaba a ella?, ¿allí?, ¿en aquel momento? Su corazón comenzó a latir alocadamente, sintió miedo, incredulidad, incertidumbre… Aquel muchacho no podía ser como su demonio.

Tuvo que desproteger sus tetas para agarrar la mano de Karl y desviarla hasta posarla entre ellas, sobre su pecho. Había llegado el momento de suplicar.

—No…, no daño… —pidió en su precario alemán mientras sus senos, ahora libres, se balanceaban a causa de la respiración alterada.

Aquella palabra, penetró en la abotargada mente del joven como momentos antes lo habían hecho las bombas soviéticas en el casco del acorazado o como el tatuaje había despejado al ser mitológico convirtiéndolo en una mujer.

—¿Hacerte daño?, no, solo quería tocarte… Eres muy guapa…

Sabía lo que él quería, pero no lo había rescatado para dejarse violar, tampoco lo satisfaría obligada como con su demonio, ahora era una mujer libre, náufrago sobre una barca vuelta del revés, pero libre.

Al menos parecía no ser un bruto que tomaba lo que deseaba sin importarle nada más. Der Kommandant jamás le había dicho nada halagador. Desde la última vez que alguien la piropeara, habían pasado cuatro años. El recuerdo de David volvió a su mente, no sabía nada de él, si vivía o si seguía en Letonia, le parecía mentira que pudiera pensar en él con tanta calma.

—Guapa, no, fea –intentó explicar ella liberando el brazo tatuado y tomando un mechón de su propio cabello. Durante el último año se había podido peinar y lavar el pelo a diario, había tenido aguas de colonia y ropas bonitas, pero jamás recibió una mirada como la de aquel muchacho. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió persona; no era un mueble más, no era una mascota como el mastín que siempre acompañaba a su demonio, no era un gusano aplastado bajo la suela de la bota.

El joven con su mano entre los pechos femeninos, podía rozar la suave piel de las tetas cuando Judit respiraba. Quiso apoderarse de aquella carne pero su férrea educación se lo impidió, no forzaría a una mujer por muy judía que fuera, aunque pensaba que tenía derecho a tomarla, prefería que ella se lo ofreciera.

Lo que no pudo evitar es que sus pupilas se clavasen en aquellos pechos desnudos de oscuras areolas y pezones enhiestos. Judit tuvo la intención de cubrirse con el brazo libre, pero él lo detuvo sin esfuerzo y continuó observando detalladamente el rítmico movimiento de los senos mientras entreabría la boca.

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