La sorpresa de mi jefe

Espero que les guste mi relato. Cualquier opinión, sugerencia, duda, comentario, etc pueden escribirme.

Me llamo Flor, tengo 20 años, soy de tez blanca, ojos grandes, cabello castaño y largo. Me gusta mi cuerpo, no es perfecto pero no es extraño descubrir a algún hombre observándome al caminar.

Desde hace poco tiempo trabajo en un restaurante donde asiste solo gente de alta sociedad, algunos amables y otros muy arrogantes pero a pesar de eso me gusta mi trabajo.

Mis gustos son especiales, es muy raro encontrar a un hombre que realmente llame mi atención en todos los aspectos, pero desde que estoy en este trabajo me he sentido atrapada en los ojos de mi jefe. ¡Él es un dios! Su nombre es Miguel. Alto, caucásico, con un cuerpo que muchos envidiarían y una cara de seductor que me vuelve loca. Siempre me trata con educación y ha reconocido mi buen trabajo, pero es muy serio y a veces frío por eso desde hace un tiempo había perdido las esperanzas de que se fijara en mí hasta que un día pasó lo increíble.

Ya era tarde y todos los clientes se habían ido, mis compañeros y yo estábamos limpiando para irnos. De a poco se fueron yendo y solo quedamos Miguel y yo. Entré por mis cosas personales a una oficina donde todos los empleados nos reuníamos en nuestros tiempos libres, el lugar era amplio con un espejo grande en una pared, una mesa de billar para entretenernos y en un rincón se encontraba un escritorio donde Miguel ponía sus pertenencias y se sentía como el presidente de una corporación. Me puse frente al espejo y empecé a mirar mi cuerpo y a acomodarme la ropa inocentemente. Entró Miguel y me descubrió admirándome, se quedó viéndome mientras yo me daba la vuelta para observar diferentes ángulos de mí mi misma.

-¡Qué bien te ves hoy!- se acercó y por detrás de mí me tomó de los hombros.

Me quedé muda, mi corazón empezó a latir muy rápido y sentía que un cosquilleo recorría todo mi cuerpo.

– Eres muy bella y ahora que estamos solos quiero confesarte que…- se quedó en silencio un momento como si no estuviera seguro de decirme su gran secreto –me gustas mucho y he fantaseado contigo más de una vez, he imaginado que acaricio ese cuerpo tan bonito que tienes, he imaginado que te hago mía.

De repente me empecé a excitar y no era para menos pues el comenzó a pasar sus dedos por mi cuello, mis hombros, mi espalda y mis brazos. Yo permanecí quieta totalmente y cerré los ojos para poder disfrutar mejor el contacto.

Lentamente me dio la vuelta y quedé de frente a él, empezó a jugar con mi cabello y acariciaba mis orejas mientras miraba fijamente mis labios.

– Estamos solos y no desaprovecharé esta oportunidad – me dijo con una voz tan seductora que supe que no iba a poder resistirme a él.

Me empujo de sorpresa hacia atrás y choqué de espaldas contra el gran espejo, inmediatamente pegó su cuerpo al mío inmovilizándome y comenzó a besarme de una manera salvaje, parecía que quería comerme la lengua, lo hacía de una forma desesperada, como si estuviera bebiendo agua después de días de no hacerlo. La verdad yo pensaba que al principio me besaría de forma tierna y sutil pero aun así me encantaba. Desabrochó mi blusa y se apartó un poco para observarme, luego se quitó el cinturón y desabrochó su pantalón sacando su pene para mostrármelo, era enorme, jamás había visto uno de ese tamaño. Me tomo del brazo y violentamente me jaló hacia él.

– Ahora me la vas a comer, y es una orden.

¿Qué? ¿Cómo fue que pasó de ser tan lindo y educado a ser un animal? Aunque por alguna extraña razón eso me excitaba cada vez más, así que me hinqué para meter su miembro en mi boca, él tomó mi cabello para que no estorbara en mi cara y de forma agresiva empujó mi cabeza y metió su pene hasta el fondo de mi boca y así empezó a controlar cada embestida con su mano en mi cabeza, al principio sentía que me ahogaba pero poco pude controlar mi respiración y empecé a disfrutarlo, realmente me gustaba saborearlo de esta forma. Después de unos minutos me agarró de los brazos y me puso de pie, me quitó la blusa y el sostén liberando mis tetas, él las acarició y pellizcó mis pezones de forma salvaje, después se agachó un poco para morderlos y de mí escapaban pequeños gemidos. Metió sus manos por debajo de mi falda y me quitó la tanga que estaba bastante húmeda, la aventó y volvió a morderme las tetas mientras buscaba con su mano mi clítoris para jugar con él, mis gemidos eran cada vez más intensos al sentir que metía dos dedos en mi vagina.

De repente me tomó de la cintura y me cargó para sentarme sobre la mesa de billar, subió mi falda hasta mi cintura y me eché para atrás para quedar acotada, solo colgaban al piso mis piernas. Sentí que Miguel poco a poco me penetraba hasta que estuvo totalmente dentro, sacó de nuevo su pene y volvió a meterlo de un solo golpe a lo que yo respondí con un grito de sorpresa y de placer, y así empezó a sacar y meter tan bestialmente que lograba sacarme gemidos que eran prácticamente gritos.

– ¿Te gusta?- me preguntaba con la voz entrecortada.

– Me encanta, papi. ¡Sigue, sigue! – Yo estaba en el paraíso con ese pedazote de carne dentro de mí.

De repente escuchamos que se abría la puerta y nos quedamos inmóviles y sorprendidos al ver a Sandra en la puerta, pues pensábamos que todos se habían ido ya. Ella se quedó pasmada al encontrarnos en esa situación y nos quedamos observándonos el uno al otro por varios segundos.

– Perdón, no quería interrumpir, solo venía por mis cosas – ella entró apartando la vista de nosotros y asegurándose de no vernos en ningún momento, tomó su bolsa que se encontraba en el escritorio de Miguel y cuando se dirigía a la puerta yo me incorporé y quedé sentada sobre la mesa.

– Sandra, espera – le dije y se detuvo sin voltear a verme – quédate con nosotros a pasar el rato – Miguel volteó a verme incrédulo.

– ¿Qué? – nos miró algo espantada y sorprendida.

– Nos estamos divirtiendo, ¿por qué no te unes?

Ella me observó de la cabeza a los pies detenidamente, y también miró a Miguel que seguía dentro de mí, supongo que ver esa escena la animó pues dejó caer su bolsa al piso y cerró la puerta muy lentamente, todavía algo dudosa. Se acercó a nosotros muy despacio con cierta inseguridad, yo estiré mi mano invitándola a que se integrara a nuestra fiesta, se sentó al lado de mí y acarició la cara de Miguel que se mordía los labios al observarla. Sorprendentemente Sandra acarició mis tetas y acercó sus labios hasta los míos hasta que terminó besándome de forma tierna, claramente algo nerviosa por la situación, pero poco a poco fue perdiendo la pena. Al ver eso, Miguel comenzó nuevamente a moverse en dentro de mí y Sandra, sin dejar se besarme, se quitó a blusa y el sostén. Miguel sacó su pene de mí y masajeó las tetas de Sandra mientras le quitaba las pantaletas por debajo de su falda, él tomo mi mano y la guío a la entrada de la vagina de Sandra.

– ¿Por qué no le ayudas a perder la pena? – me dijo Miguel con una amplia sonrisa.

Yo, dejándome llevar por la situación de las circunstancias, busqué el clítoris de Sandra, lo acaricié en círculos y ella lo disfrutaba soltando gemiditos discretos, y agachándose a besar mis tetas mientras Miguel se quitaba la ropa. Sandra se paró de la mesa, se puso frente a mí y me besó de nuevo, ahora con más seguridad. Acercó su mano a mi vagina e introdujo en mí dos dedos y los movía rítmicamente, yo hice lo mismo con ella y la seguí besando, Miguel nos observaba encantado.

Volvimos a escuchar la puerta y volteamos a ver quién entraba. ¿No se supone que ya se habían ido todos? Era Sergio, un hombre alto y muy atractivo que nos observó y sin pena, se acercó a nosotros.

– Pero qué bien te diviertes, Miguel. ¿Por qué no me invitas? – dijo sin quitar la vista de nosotras.

– Pues elije a una – le contesto Miguel riendo.

– No me has decidir, es muy difícil, las dos están buenísimas. Nunca pensé que te cogieras a las dos – Sergio siempre se caracterizó por su lenguaje vulgar. Se acercó a nosotras y sin pensarlo nos acarició una teta a cada una mirándonos de arriba abajo. – Y si me quedo con las dos.

– Déjame algo, no acapares todo.

Sergio besó a Sandra mientras tocaba mi vagina, Miguel solo observaba y después de unos minutos se acercó a Sandra, la cargó de la cintura y la acostó sobre la mesa de billar, se arrodilló frente a ella y comenzó a comerle la vagina. Sergio se quitó la ropa frente a mis ojos y ya desnudo acercó su pene a mis manos, era un poco más pequeño que el de Miguel pero aún así tenía muy buen tamaño y a mí me encantaba tanto que empecé a masturbarlo con los gemidos de Sandra de fondo.

De repente Miguel me tomó de la cintura y me cargó para llevarme a la mesa, una vez sobre la mesa, Sandra que estaba acostada, me invitó a acercarme a ella, yo me aproximé a ella de rodillas y con sus manos en mi cintura me fue guiando para me sentara en su boca. Miguel regresó a comerle la vagina a Sandra quien ahogó sus gemidos en mi vagina y yo lo disfrutaba. Sergio se subió a la mesa, se sentó junto a mí, agarró mi cabeza y la empujó hacia su pene que yo metí en mi boca encantada, ahí estábamos lo cuatro disfrutando de la situación.

Sandra comenzó a elevar la intensidad de sus gemidos que sus labios vibraban en mí, estaba claro que estaba en pleno orgasmo y eso me excitó tanto que yo también tuve el mío. Gritábamos las dos y nos acomodábamos en la mesa para reponernos un poco, pero Miguel y Sergio no nos dejaron descansar. Miguel me jaló hacia él de las piernas y comenzó a penetrarme justo como lo había hecho antes. Del otro lado de la mesa Sergio acostó a Sandra boca abajo para penetrarla, de forma que tenía total acceso a mi boca y mientras ella éramos poseídas nos comíamos a besos. Después de unos minutos mi jefe no aguantó más y se vino dentro de mí llenándome hasta lo más profundo. Pero como yo no había logrado tener otro orgasmo Miguel se arrodilló a comerme la vagina y después de unos minutos logré terminar de nuevo. Mientras me vestía, Sandra tuvo su segundo orgasmo, e inmediatamente Sergio la hizo incorporarse y arrodillarse en el piso para que él pudiera terminar en su barbilla, parecían actores de una película pornográfica.

Sandra se fue al baño a limpiarse mientras yo terminaba de arreglarme y Sergio y Miguel comenzaban a vestirse. Minutos después Sandra volvió con la cara limpia y se vistió en tiempo record.

– Es tardísimo y mi novio ha de estar preocupadísimo por mí – tomó sus cosas y corrió a la puerta – adiós chicos, y gracias – dijo con una sonrisa y se fue.

– Yo también me voy – les dije. Me acerqué a Miguel para despedirme.

– Fue mejor de lo que imaginaba nena, cuídate – dijo mi jefe y me besó.

– La próxima vez te voy a coger bien duro, no creas que me voy a quedar con las ganas – me dijo Sergio cuando me despedí de él.

Tomé mis cosas y me fui.

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