La tranca del mino

El oráculo ha hablado con verdad, no faltó certeza en sus predicciones. Como fue vaticinado, me encontraba entre la fila de jóvenes dispuestos para la ofrenda, a los que pasaba revista la hija del rey tal como su padre lo hacía con los soldados de sus tropas guerreras. Los jóvenes eran auscultados con minuciosidad casi obscena por la muchacha. Miré disimuladamente, y, a pesar del temor, con cierto deleite hacia mis compañeros sin volver la cabeza para notar la escena montada. Están desnudos como yo. La muchacha observa sus facciones, recorre sus músculos con sus manos sudorosas, acerca su rostro a esos cuerpos como sintiendo el aroma que despiden. A mi lado se encuentra un efebo de menor estatura que yo, delgado pero con extremidades fibrosas, un pecho de pectorales levemente marcados con vello apenas incipiente y con un rostro delicado de sonrosados labios. De tanto mancebo observado, mi miembro estaba ya a escasos momentos de completar una erección. La joven lo notó, tocó mi pecho con sus manos y tomó luego con ellas mi polla y sopesó mis cojones, presionó mis nalgas y tras una palmada en un glúteo dio alguna indicación que fue atendida con premura por sus ayudantes que me apartaron de la fila. Nada hasta ese momento era sorpresa, se ajustaba a lo predicho.

Tras ser ungido por las esclavas, la propia hija del rey ciñó a mi cintura una vaina con regia espada minóica. Se alejó unos pasos, miró mi cuerpo fulgurante por los aceites y pareció satisfecha. Con mi cuerpo vestido solo de óleo y espada, fui llevado a las puertas del enorme palacio ciego de ventanas. Lo enorme de aquella construcción hacía pensar en que su extensión sería próxima al infinito. Otros mancebos esperaban ya desde antes a que se abrieran las puertas (o que no lo hicieran, era en realidad la esperanza de muchos). Me vieron con cierto asombro, pensé sería por mi regio porte, o sencillamente porque ninguno de ellos portaba espada. Antes de entrar, a cada uno entregaron un pequeño saco con algo de comida y bebida.

La puerta se abrió de repente y poco a poco todos éramos obligados a entrar. Cuando llegó mi turno se acercó la princesa con un ovillo de cordel y lo puso en mis manos. Tocando la empuñadura de mi espada, dijo: Úsala con mi hermano -me miró sonriente. La vi detenidamente un instante a los ojos y sin decir palabra alguna apuré mi entrada para no ver ya su fea cara de princesa ridícula, libidinosa y abusiva escrutadora de mancebos empujados a una segura desgracia. Quizá su hermano sea menos bestia que ella.

Una vez dentro, los jóvenes corrían en todas direcciones por los múltiples corredores que se bifurcaban sucesivamente. Cuando todos hubimos entrado, una serie de bruscos sonidos dieron cuenta de que las puertas habían sido cerradas. Imaginé el tamaño de la tranca que debía bloquear a semejante portón, seguramente no bastaría un solo hombre para descorrer aquel cerrojo. Pronto me vi solo recorriendo los extensos pasillos, galerías y escaleras de extrañas contorsiones. En ocasiones, en la oscuridad de los recintos, tropezaba con algún quejumbroso que yacía doliente sobre el suelo, pero seguía adelante, ya no había predicciones en las que apoyarme, el oráculo se pronunció solo hasta mi entrada al laberinto, estaba por mi cuenta. Las paredes de piedra pulida eran altas y frías, por lo que buscaba el calor en las soleadas galerías y fue en una de ellas que encontré al joven que a mi lado provocó mis distracciones cuando la depravada hija del rey nos revisaba cual ganado. Sin ocultar su alegría se abrazó a mi pecho y lo besó casi en llanto.

– He visto a la bestia -dijo por lo bajo Argus, el efebo con lágrimas en los ojos- conviene guarecerse en las sombras de los corredores.

Así lo hicimos, fuimos al recodo de un pasillo y nos acurrucamos para evadir al frío, solo algún grito o gemido lejano nos perturbaba, por lo demás, con Argus entre mis brazos hubiera pasado la eternidad.

– ¿Crees que nos devorará? -preguntó con un hilo de voz-
– No lo sé, pero tranquilo, te protegeré, honraré tu vida cuidando tu cuerpo. Solo descansa…

Finalmente llegó la calma, el silencio. No pude ya evitar que tal como mis pies recorrían el laberinto, mis manos lo hicieran con su cuerpo menudo. Sus movimientos presionando sus carnes a las mías en una extensa caricia, me hablaban de su aprobación. Besé sus labios que me supieron deliciosos, su cuello y su pecho. Pronto estuvo sobre mí guiando el ojal hacia mi pica enhiesta. Sin más lubricación que la de los aceites puestos sobre nuestros cuerpos antes de entrar, mi polla se abría camino en las entrañas del muchacho que se deslizaba gozoso sobre mi miembro viril al que presionaban las paredes prietas de su maravilloso ojete. Con mis manos rodeando su cintura pequeñita, lo ayudaba a mantener el ritmo de sus caderas mientras cabalgaba como si la vida se le fuese en ello. Hubiera jurado que una lengua mágica contribuyó con saliva para lubricar nuestro coito sublime, que llevaba la cadencia de los dioses, pues en su vaivén no había ya resistencia alguna y se deslizaba como pez en el agua. Rodeé el cuerpo de Argus con mis manos quedando muy juntos nuestros pechos y entre ellos la verga de mi efebo friccionándose al mismo ritmo. Tomé por detrás los cabellos rizados de Argus inclinando su cabeza hacia atrás y mi boca se hundió en su pecho, con mi lengua sentí el sabor entremezclado de nuestros sudores y óleos en un beso con el que parecía querer devorarlo insaciablemente cual bestia desaforada. Las entrañas del efebo colmé de mis fluidos y él, sintiéndose lleno, expulsó profusamente su néctar sobre mi pecho. Sin salirme de él, nos fundimos en un beso, y rendidos a nuestro ardor, nos quedamos dormidos sobre los pétreos mosaicos del suelo.

Desperté oyendo muy cerca el resoplar de una bestial respiración. Sin despertar a Argus, me puse en alerta con mis sentidos. Permanecí expectante mientras abrazaba fuertemente el menudo cuerpo de mi efebo. En la total oscuridad del recinto, se oyó a hacia la derecha un sonido que no supe distinguir, entre mugido y rugido, pero bestial sin duda. Se repitió hacia la izquierda y antes de procesar nada, justo frente a nosotros, aquel mugir con acordes de rugido estalló ensordecedor y Argus me fue arrebatado de entre mis brazos sin remedio. Nada pude hacer, mi protección quedó solo en promesas.

Busqué al efebo por corredores, recintos y galerías, subí escaleras que parecían descender. Estuve en recintos en los que se dificultaba el caminar y mi espada se empeñaba en no pender directo al suelo, como si abajo no fuese exactamente abajo. El palacio había sido diseñado para exacerbar las confusiones propias de todo laberinto y el arquitecto logró con creces su cometido. Deambulé perdiendo toda noción del tiempo, temiendo que la bestia hubiese devorado a Argus, temiendo yo mismo ser devorado. A raíz de mi cansancio, de mi tristeza, y a pesar del frío de las paredes de pulida piedra, busqué refugio en un oscuro rincón, necesitaba recomponerme. El corredor era extenso y anguloso, pero desde mi lugar podía ver con exactitud las dos entradas que estaban iluminadas por la claridad que llegaba a ellas desde sendas galerías. Me cercioré de que estuviesen prontos, ante una posible huida improvisada, espada, saco y cordel. Aún esforzándome por no hacerlo, quedé dormido.

Un nuevo rugir-mugido me sobresaltó arrebatándome de la tierra de los sueños, que no podía estar más que habitada por bestiales compañías devoradoras de mancebos, corredores y galerías. Sueño y realidad en poco se distinguían. En una de las entradas vi la claridad ensombrecida por una figura que se recortaba a contraluz. Poderosos pies se afirmaban al suelo como basas de unas columnas cuyo fuste eran los abultados músculos de esas piernas separadas que hacia arriba se unían en el magnífico capitel de unas caderas masculinas. Continuaba la visión con una cintura estrecha, para lo enorme del conjunto, de la que comenzaba en trapecio invertido el musculado pecho. Pendían a los lados, brazos de titánica apariencia. Toda esta monumental estructura de hombre gigantesco, parecía haber sido moldeada en la fragua del mismísimo Hefesto. Coronando la magnificencia de ese ser, se hallaba una cabeza más ancha que alta rematada hacia los lados con la inconfundible cornamenta taurina. El minotauro estaba, sin ocultamientos, alejado a solo un tiro de piedra de mí. La visión me aterraba, pero incompresiblemente, a la vez me atraía causando en mí una confusión de sentimientos aturdidora. Lo sabía culpable de acecho, del rapto de Argus, de haber convulsionado mis ideas y trastornado mi ser. Aún así, inmóvil en mi rincón, asediado por imágenes fantaseadas de fauces que devoraban mancebos, me sorprendí con mi miembro viril en tremenda erección.

Decidí que de nada valdría el quedarme en mi rincón, podía intentar huir por la entrada opuesta al minotauro o enfrentarlo. No tenía forma de saber cuál de las opciones era la más necia, solo debía actuar.

La bestia permanecía en su lugar, resoplando de tanto en tanto. Yo, desenfundé mi espada y a paso lento me acerqué. Él simplemente parecía esperar a que lo alcanzara, solo los dioses sabían de que manera reaccionaría al tenerme enfrente. Cuando estuve frente al minotauro, este se quedó expectante unos instantes, y en ellos pude observar que su estatura era al menos un palmo mayor a la de un hombre alto, sus facciones taurinas no dejaban de tener algo de humanas y me recordaban lejanamente a las de su hermana, en lo taurino más que en lo humano.

Siempre fui hábil con la espada, pero al intentar el primer embiste simplemente me apartó de mi trayectoria de un manotazo y di de bruces contra el piso mientras mi espada caía aún más lejos. Dio una fuerte señal de disgusto con su rugir-mugido a la vez que separaba levemente los brazos acentuando su enormidad. Nuevamente inmovilizado quedé, él solo se acercó a mí resoplando, y tomándome por un brazo me obligó a ponerme en pié contra la pared. La claridad nos bañaba de lado, podía ver sus músculos uno a uno contraerse y relajarse ante cada movimiento suyo. Se aproximaba más a mí y mis sentimientos se revolvían en un mar de sensaciones entremezcladas. Mi rostro estaba ya casi contra su pecho y el masculino olor animal que emanaba toda su piel, invadía por completo mi humano sentir. A pesar del temor a ser devorado, su aroma me embriagaba, verlo me fascinaba. Me tomó por debajo de los brazos y sin separarme de la pared me elevó quedando nuestros rostros frente a frente. Instintivamente rodeé con mis piernas su cintura, dejó deslizar suavemente mi espalda sobre las pulidas piedras de la pared hasta que algo detuvo aquel descenso. Sentí la humedad de su glande en la entrada a mis profundidades y recordé los temores que sentía de ser devorado, me aterroricé aún más sabiendo que podría ser desmembrado desde dentro y comencé a dar feroces golpes contra su pecho que en nada parecían afectarle. Me alzó por la cintura alejándonos de la pared, y en un ágil movimiento me giró colocando mis piernas a cada lado de su cuello mientras mi ojete se ofrecía ante su boca. Con mi pecho pegado a su abdomen, quedó mi boca contra su polla. Apoyé mis manos sobre sus muslos para alejar mi rostro de su miembro, en esta acción, sin premeditarlo dejé aún más mi preciado ojal a disposición de su boca, y a la vez podía ver esa vara enhiesta en todo su esplendor. Más ancha y larga que cualquier otra que pude ver en hombre alguno. Apuntando hacia su ombligo se ensanchaba en su parte media y volvía a hacerlo en su glande, que aún cubierto por el prepucio, dejaba adivinar sus formas. En tales observaciones me encontraba cuando un suspiro de muy dentro me fue arrancado por esa lengua que tomando posesión irreverente de mi ojete, se enseñoreaba en él provocando oleadas en mi vientre, mis cojones y mi mente. Vi como se acumulaba líquido preseminal en la corona de aquel bestial prepucio y me acerqué a lamerlo gustoso. Su boca regalaba saliva que con la lengua depositaba en mi culo a lametazos amplios y profundos. El sabor de sus primeros jugos me llevaba al éxtasis, busqué su glande lamiendo por entre el orificio de su prepucio hasta que lo hube descubierto. Magestuosamente manaba de él el néctar divino que dejé endulzara mi alma sorbiendo cada gota. Lamí una y otra vez su glande hasta que con cierto esfuerzo logré introducirlo en mi boca, bajé cuanto pude en su extensión, pero apenas el miembro comenzaba a ensancharse, mi boca no lograba abarcar ya su grosor, con algo de pena abandoné tal intento, mas me dediqué a lamer por fuera la maravillosa pica en toda su dimensión y de cuanta saliva pude la colmé.

Sin dejar de introducir su lengua en mí, me depositó sobre el suelo. Al retirar su lengua, sentí el vacío que no tardé en ansiar llenase, mas como no lo hizo, mi alma se encolerizó extrayendo de mí la ferocidad enclaustrada en mi alma y la expresé en un grito de guerra nunca oído. Podía imaginarlo alejándose de mí victorioso, con su monstruosa sonrisa sabiéndome humillado. Vi a un lado el cordel que aquella desjuiciada me había dado, y no dudé que con él estrangularía al condenado minotauro, le daría muerte al infame, ni falta me hacía la regia espada, pues con este ímpetu creciente en mi interior, el cordel bien me bastaría para terminar con aquel desgraciado. Sin llegar a incorporarme del suelo, giré sobre mis rodillas embravecido hacia la bestia para tomar impulso, saltar a su espalda y rodear su cuello con el cordel para alcanzar mi cometido. Mas él no se había movido un ápice, a pesar de mis muestras de enfado, permaneció expectante tras de mí. Ante mi rostro se erguía excelsa su pica bestial. Noté como el escroto que guardaba esos preciosos cojones se contraía en clara señal que estar preparándose para una profusa erupción. Rodeé con el cordel dando varias vueltas al escroto separando los cojones de la base de la polla, imprimí cierta tensión y luego un par de vueltas sobre la base misma del descomunal miembro con la firme intención, no ya de estrangularlo, sino de posponer su eyaculación que sería mía. El minotauro me dejó hacer, luego volvió a levantarme y otra vez colocados frente a frente, y con esto, nuevamente su polla enorme quedó a la entrada de mis profundidades más sagradas, pero esta vez ardía en deseos de que flanqueara las defensas de mis entrañas, ansiaba ser colmado de polla gigantesca y como si hubiese traspasado las puertas del Olimpo, me sentí cuando su glande venció la escasa resistencia de mi esfínter. La enorme pica se deslizaba suavemente dentro de mí, como si la humedad que su lengua dejara en mi ano, algún componente mágico tuviese. Recordé aquel coito sublime con Argus, momento en que una idea similar me sobrevino. Pronto mis posaderas llegaron a la base encordada del mástil que en mí se abriera paso, con sus antebrazos bajo mis muslos y las manos abarcando mis nalgas, comenzó a elevarme para luego dejarme naturalmente descender sobre el ensalivado falo. Él permanecía en pié con las piernas separadas, firmes sobre el suelo, y cada músculo suyo en ardorosa tensión. Mis músculos interiores abrazaban su falo amoldándose a él como si hubiesen sido moldeados para encajar a la perfección uno en el otro. Mientras sus poderosos antebrazos manteníanme en ese constante deslizar, su boca buscaba mi cuello besándolo. Mi desenfreno era absolutamente bestial, disfrutaba en forma alocada de aquel falo enhiesto que me llevaba a potenciar el coito con violentos movimientos de cadera ayudado por la fuerza que me permitían realizar mis piernas asidas a su cintura que casi llegaban a estrangularlo, con mus manos sobre su espalda robusta marcaba mis uñas en gesto animal dejando mis huellas profundas. Me sentía extasiado, colmado de polla a más no poder y gozaba ser penetrado como nunca antes, mi desenfreno era verdadera y absolutamente bestial. Sus movimientos, gestos, besos, caricias e incluso las embestidas con aquel sobredimensionado miembro viril, muy por el contrario y a pesar de la enormidad de las dimensiones aparentemente toscas de aquel sujeto, eran el trato más dulce y tierno que jamás llegué a recibir. Nuestro brutal acto de amor pareció durar más de lo habitual, cosa que agradecí a los dioses y al cordel dado por la engreída Ariadna (¡por fin servía para algo el condenado artilugio!), hasta que finalmente mis entrañas se bañaron del blanco néctar que con espasmos arrebatadores entregaba en mí el grandioso minotauro. Al sentir las contracciones de su verga dentro de mí, y la potencia conque el semen me inundaba, eyaculé también yo sobre mi propio pecho.

Estando yo en extremo agotado, él me depositó en el suelo con ternura. Con deleite evidente, su ancha lengua bebió los jugos esparcidos en mi pecho y me prodigó las más suaves caricias hasta que rendido por completo, quedé dormido.

Desperté en soledad, las provisiones de mi saco se habían terminado. El silencio y la quietud dieron paso a una desolación que embargó mi alma. Me puse en pié, con mi espada en mano volví a deambular por corredores y recintos con las piernas levemente separadas a la fuerza y el taurino semen deslizándose por mis piernas mientras toda pícara brisa se empecinaba en entrar por el enorme vacío dejado en mí. Cuando ya no lo esperaba, una galería se abría al magnífico centro del laberinto. La vasta extensión del mismo daba lugar a un jardín pletórico en fuentes, estatuas de mármol, plantas y árboles tanto ornamentales como frutales. Entre ellos paseaban o descansaban al sol los efebos desnudos y en un pétreo trono el minotauro rodeado de complacientes mancebos que comían frescas y jugosas frutas entre libaciones.

Argus salió de entre ellos y se acercó a mí.

– Has tardado en encontrarnos -dijo- ¿Notaste la absurda falla en la teoría del devorador de mancebos?

– ¿Cuál? -inquirí-

– ¿Dónde es que se ha visto a un toro devorar la carne? -respondió Argus con esta pregunta que no aguardaba respuesta.

Miré en torno a mí, la paz y el gozo abundaban. Comprendí entonces que todos debían conocer la ubicación exacta de la puerta que permitiría la salida del laberinto, también habrían de saber que no hay en ella tranca que la bloqueara, ni cerrojo alguno. La única tranca que los recluía dentro del laberinto, era la propia y enorme tranca del mino.

Gracias por leer.

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