La última travesía del Tsimtsum

La última burbuja de aire que quedaba en sus pulmones escapó entre sus labios y ascendió hacia la superficie despacio, como si temiera reintegrarse a la atmósfera a la que pertenecía. Arthit la vio ascender y cerró los ojos abandonándose bajo el agua, el pecho le ardía y un leve mareo por la anoxia se apoderó de su cerebro. Pensó que sería agradable aspirar una bocanada de agua y llenar el vacío que se había instalado en su interior para acabar de una vez, para no tener que volver a la superficie y a la pobredumbre que habitaba en ella. Pero el instinto es poderoso y tal vez contra su voluntad, tal vez obedeciéndola, se incorporó en la bañera y llenó su ser del aire que nos da la vida. Vida que odiaba profundamente pero que una vez más abrazaba con la desesperación con la que un náufrago abraza un madero en mitad de una tormenta.

Abrió los ojos y recorrió con la mirada el camarote del capitán del Tsimtsum. Resultaba casi cómico admitir que aquella estancia era la más lujosa que había conocido desde que partió de Phayao tras la muerte de sus padres. “¿Es esto América, Arthit?”, se preguntó con amargura. Diecisiete años cuando empezó su periplo, veintiuno ahora. Cuatro años persiguiendo un sueño, dos semanas para convencerse de que no lo conseguiría.

Alargó la mano para coger una toalla y secarse la larga melena, negra como sus pensamientos. Se la anudó en la cabeza y tomó otra más grande para secar el resto del cuerpo. De esta guisa se encaminó al destartalado tocador que el capitán había instalado en el camarote. Arthit a veces se reconcomía por dentro pensando que el desvencijado mueble tal vez sí había estado en América. Contempló su cuerpo desnudo y pensó que había sido, a la vez, su fortuna y su maldición. Si no hubiese sido gracias a su belleza felina no habría tenido siquiera la oportunidad de salir del puerto de Bangkok, por su culpa se encontraba ahora en la prisión en la que se había convertido el Tsimtsum.

Phayao dejó de ser su casa cuando murió su madre. Sin ningún familiar allí, cogió los miserables ahorros que habían conseguido reunir, apenas unas monedas, y emprendió camino a Bangkok con la firme intención de colarse en el primer barco que partiese hacia América. Empresa mucho más fácil en su imaginación que en la realidad. Al llegar al puerto descubrió que un ejército de muchachos pululaban por allí con su mismo propósito y que un ejército de guardias se afanaba en impedírselo. Las monedas no duraron mucho y Arthit sobrevivió durante meses rebuscando en la basura y mendigando, hasta que un marinero ruso compró su inocencia en una sórdida pensión. Mientras le chupaba la polla urdió un nuevo plan. No tendría que colarse en un barco, tendría que conseguir encaprichar a un marinero y prometerle transformar su travesía en un crucero de placer para que le llevara a América. Mientras apareciese su benefactor sobreviviría con holganza ofreciendo sus favores por las pensiones aledañas al puerto.

Se pintó las uñas en color rojo, a juego con los labios. Perfiló su mirada con un lápiz de ojos. Recogió su pelo en un moño que sujetó con el alfiler que le regaló Hinata, una hermosa pieza de bisutería rematada por una figura de un barco en la cabeza. Ajustó en su cintura el liguero que le había comprado el capitán, sujetó las medias negras de encaje con las cintas y se enfundó el vestido negro, corto y ceñido favorito de su amante. Calzó unos zapatos de tacón de aguja y se dispuso a subir al puente de mando, donde como cada jueves aguardaba, postrado de rodillas, en la actitud sumisa que Arthit le exigía, la máxima autoridad del buque.

—Hola zorra.

Su hiriente saludo nada más traspasar la puerta fue respondido por el capitán inclinándose aún más, hasta casi tocar el suelo con la frente. Arthit ignoró su presencia y cruzó junto a él hasta sentarse en el sillón ante el timón, lo volteó y dándole la espalda a los instrumentos de navegación quedó delante de su siervo. El habitualmente orgulloso capitán Hattori Hanzo había ido girando al compás del ruido de los tacones, sin atreverse a levantar la vista hasta que no le fuera ordenado y se encontraba ahora humillado ante el objeto de su deseo. Arthit estiró una pierna y poniendo la punta del zapato en la boca del marino le hizo incorporarse.

—Quítame el zapato, puta —ordenó con suavidad.

El capitán obedeció con presteza. Acarició el pie cubierto con la media con veneración, como quien tiene la oportunidad de sujetar entre sus manos un objeto sagrado, y empezó a besarlo sutilmente, dedo por dedo. A Arthit casi se le saltaron las lágrimas al pensar en la grotesca ironía que suponía que aquel hombre pusiera tanto empeño en ser el esclavo de su esclavo. Se quitó el otro zapato y se puso en pie, se levantó el vestido hasta la cintura y le ordenó a su siervo:

—Chúpame la polla.

Hattori Hanzo, orgulloso capitán de la marina mercante, no pudo evitar que una enorme sonrisa se dibujara en su rostro ante la merced que se le otorgaba. Hacía ya al menos seis semanas que su amo y señor no le concedía la gracia de saborear su hermosa polla.

Donatien apareció por casualidad, como las desdichas y las alegrías, tropezándose con Arthit al salir tambaleándose de una taberna. El involuntario empujón dio con los huesos del muchacho en el suelo y el cocinero del Tsimtsum, mascullando una disculpa en francés con voz aguardentosa, le ayudó a levantarse. La tenue luz que se escapaba por la puerta iluminó los rasgados ojos negros del muchacho y Donatien no pudo pasar por alto su belleza.

—”Mon Dieu”, eres hermosa, muchacha. No deberías andar sola por estos callejones a estas horas. Abundan los hombres depravados por aquí y muchos de ellos matarían por estar contigo, chiquilla.

El chico no corrigió su error. Le dejó creer que era una chica. Le pasaba constantemente y había aprendido a propiciar el equívoco dejándose el pelo largo y mostrando una dulce sonrisa que multiplicaba sus ingresos.

—Podrías ayudarme a escapar de ellos —respondió Arthit—. Conozco una pensión aquí cerca. Por treinta “baths” nos darán habitación y por cincuenta más dormiré contigo.

—Niña, no pago por estar con mujeres, todavía soy lo bastante guapo para conseguirlas gratis.

—Tú nunca has estado con una mujer como yo —repuso Arthit haciéndose la ofendida—, pruébame gratis y si no te gusto no me pagues.

La oferta era tentadora y “la muchacha” aún más. Donatien solo tenía los escrúpulos necesarios para pasar el día y a esas horas de la noche y con más vino del recomendable en el cuerpo se le estaban agotando. Pasar la noche con una hermosa jovencita por treinta “baths” y después negarse a pagar el resto del servicio era una oportunidad que alguien como el cocinero del Tsimtsum no dejaba escapar. La agarró por el talle y se dejo conducir por la maraña de callejuelas hasta un antro sin nombre donde solo las ratas no pagaban pensión.

Un armazón de madera que sostenía un jergón relleno de paja, sorprendentemente limpio, era el único mobiliario del cuartucho donde Donatien besaba a Ardith casi con desesperación. De pie junto al catre, el cocinero estrujaba el culo del muchacho en una caricia salvaje, mientras este adelantaba una pierna para frotar con su muslo el paquete del francés. El marinero soltó su presa del glúteo y fue a hurgar en la entrepierna del muchacho, encontrando algo que no esperaba.

—¿Eres un “garçon”? —exclamó mientras daba un violento empujón al chico.

Arthit no se inmutó. Ya había visto aquella reacción en innumerables ocasiones y sabía cómo manejarla. Se desprendió de la parte de arriba de su vestimenta y dejó que la andrógina belleza de su cuerpo aniñado calara en Donatien. Se acercó y tomando sus manos, las puso sobre su pecho.

—Soy mucho más que eso, marino —respondió—, soy una chica, con pechos de niña, cintura de niña y piel de niña. —Retiró una de las manos del pecho, la llevó a su boca e introdujo su dedo pulgar entre sus labios, chupándolo mientras miraba a los ojos del francés—.Una doncella sedienta de hombre, —condujo la otra mano del cocinero bajo el pantalón—, y algo más que ninguna mujer podrá darte. Ya te dije que nunca habías estado con una mujer como yo.

Dejó las manos del hombre donde estaban y le desabrochó la camisa. Besó primero un pecho, pasando su lengua por la areola y succionándolo con fruición, después el otro, buceó en su bragueta y comprobó, por el tamaño de su erección, que un hombre más había sucumbido a sus encantos. Levantó la cabeza con la boca entreabierta y dejó que fuera el marinero quien lo besara. Por la mañana, Arthit embarcaba en el Tsimtsum oculto entre los sacos del suministro rumbo a América. O eso al menos creía él…

Hattori Hanzo besó su glande con delectación, con devoción casi, una vez, otra, una vez más. Pasó su lengua por el orificio uretral y después describió varios círculos alrededor, siempre con las manos en la espalda, sin atreverse a tocarlo con otra cosa que no fuese su boca. Inició un camino descendente lamiendo el tronco de la polla del chico hasta llegar a los testículos y tras besárselos retrocedió de nuevo hasta el principio. El capitán engullo el miembro de Arthit metiéndoselo entero en la boca y permaneció así hasta que sintió que le faltaba el aire. La sacó de su boca para respirar y solo entonces se decidió a agarrarla con la mano. Empezó un movimiento suave, arriba y abajo, despacio, con la mirada fija en la verga de su señor y otra vez se la metió en la boca acompañando los movimientos de su mano, con los ojos cerrados, disfrutando cada milímetro del regalo que se le había concedido.

El joven suspiró con fuerza, agarró con ambas manos la cabeza de su amante y le empezó a marcar el ritmo que deseaba. Cerró los ojos y se concentró en la felación que estaba recibiendo, intentando alejar así sus negros pensamientos. La saliva del capitán resbalaba por su polla hasta el escroto y la agradable sensación de su lengua en el capullo le hizo abstraerse por un instante de sus intenciones. Abrió los ojos y giró la cabeza. Por las ventanas del puente de mando vio el mar. El mar. Y al final del mar Canadá, hacia donde el Tsimtsum avanzaba con rumbo firme. Canadá también era América. No la América que había soñado en Phayao, pero América al fin y al cabo. Arthit sabía que cuando llegaran a Canadá no le esperaba tierra firme, sino un camarote donde sería recluido una vez más hasta que de nuevo partiesen con otro destino, alejándose de nuevo de América después de haber estado otra vez tan cerca. Sintió ganas de llorar. La rabia se apoderó de su interior. Si él no iba a desembarcar en Canadá, nadie lo haría. Agarró con furia por el pelo al capitán y empezó a moverse con violencia, follándole la boca hasta que su polla llegaba a la garganta. Arrodillado, el avezado marinero soportaba las acometidas que casi le daban arcadas como si no pudiera hacer otra cosa, como si él no fuese el capitán del buque, la máxima autoridad a bordo. El chico ordenaba y él obedecía. Así debía ser.

—Trae la fusta, perra —La rabia se había apoderado de Arthit. Unas gruesas lágrimas corrían por sus mejillas desdibujando la pintura de sus ojos.

Donatien resultó ser un amante aceptable. Arthit no podía salir de su camarote para que el resto de la tripulación no se percatara de su presencia, pero tenía comida en abundancia, todo un lujo para alguien que había padecido tantas necesidades como él, y por las noches largas sesiones de sexo con el cocinero que terminaron por resultarle agradables. Tener un único amante en vez de la sucesión de hombres que tuvo en el puerto de Bangkok resultó ser una experiencia gratificante. Incluso comenzó a fantasear con la idea de encontrar un “marido” en América y hacer vida de mujer allí. Pero la fortuna no era aliada del muchacho de belleza ambigua. Donatien resultó ser un amante aceptable, pero un mal jugador de póker. Tras una semana de travesía el cocinero se presentó una noche en su camarote acompañado por cuatro tripulantes. “Solo tengo esto para pagaros”, dijo. “Esto”. Arthit intentó protestar, pero una sonora bofetada le hizo callar. Arthit era un joven bravo, se revolvió contra el que le había pegado pero, ¿qué podía hacer un muchacho que contaba con apenas cincuenta kilos de peso contra cinco fornidos marineros? Una lluvia de golpes descargó sobre él hasta dejarlo insensible, unas manos que no pudo ver le arrancaron la ropa y cinco hombres disfrutaron de su cuerpo arrojado sobre la cama hasta que se hartaron.

Después de esa noche hubo más marineros. Donatien había encontrado un filón para desquitarse de sus deudas de juego con el resto de la tripulación y Arthit no tuvo más remedio que armarse de paciencia para satisfacer “voluntariamente” a todos aquellos hombres. Era mejor hacerlo con un cierto control de la situación que no después de recibir una paliza. Aquello sólo duraría hasta que llegaran a América y después desembarcaría en el paraíso. Pero un barco es un espacio muy pequeño, no es sencillo mantener un secreto y una noche la puerta del camarote se abrió y la luz recortó la magnífica silueta del capitán de la marina mercante Hattori Hanzo, tocado con su gorra de plato. El cocinero, detrás de él musitó un quedo:

—Lo siento, señor, el chico me volvió loco.

El capitán, obediente, se encaminó hasta un armarito que se encontraba junto al timón, lo abrió con una pequeña llave que sacó de su bolsillo y tomó una fusta forrada de cuero de su interior. Volvió a arrodillarse ante el muchacho y ceremoniosamente se la ofreció sujetándola con ambas manos. Arthit la empuñó con su mano derecha y sin mediar palabra el capitán se despojó de la camisa y se inclinó aún más, ofreciendo su espalda desnuda. El chico sujetó la cabeza del hombre entre sus piernas y descargó el primer golpe. El cuerpo del oficial se estremeció.

—Me engañaste —dijo Arthit—, me prometiste que me dejarías desembarcar en América.

No obtuvo respuesta. El segundo azote rompió el silencio.

—Me dijiste que si yo me portaba bien contigo, tú serías leal conmigo. —El chico cerró los ojos con fuerza para contener las lágrimas que se agolpaban en sus ojos, tragó saliva y se recompuso—. Un viaje más, me pediste, acompáñame un viaje más y la próxima vez que arribemos en América no solo te dejaré desembarcar sino que te aseguraré un futuro con un buen trabajo en la compañía, me prometiste.

El tercer golpe. El marino soltó un gruñido apenas audible.

—Me mentiste. Bajo la estatua de la libertad juraste servirme a cambio de una tercera travesía. Bajo la estatua de la libertad me dijiste “seré tu esclavo si quieres, pero no me dejes todavía”. Esa fue la mayor mentira de todas. Yo fui quien se convirtió en esclavo.

Otro golpe. Con furia. La espalda del capitán se marcó como si se le hubiera aplicado un hierro candente, un surco rojizo apareció al instante.

—¿Cuándo me dejarás marchar?

Hattori Hanzo intentó sacar la cabeza de entre las piernas del chico para responder, pero este no se lo permitió. Agarró con sus manos los tobillos del muchacho y sollozando respondió:

—¡No lo sé! Te necesito. Vivo por ti, respiro por ti, eres lo único que ilumina mis días. ¿Soy culpable yo de necesitarte? Si no estás no soportaré un minuto más en esta mierda de barco. ¿Cuándo te dejaré marchar, me preguntas, cuándo podré librarme yo del influjo maldito que ejerces sobre mí?

Un gemido contenido se escapó entre los labios del capitán. Su cuerpo se estremeció. Estaba llorando.

—No me dejarás ir nunca.

Casi sintió lástima. Casi. Por fin las cartas estaban boca arriba. No sería esta vez, ni la siguiente, ni la próxima cuando le permitiera desembarcar. Una inusitada serenidad se instaló en su interior. La paz que da el saber con absoluta certeza por primera vez en mucho tiempo lo que se va a hacer. Tomó el alfiler que sujetaba su pelo, y con parsimonia, como un sacerdote en un ritual, lo hundió en la nuca del capitán de la marina mercante Hattori Hanzo. Una leve convulsión precedió al silencio absoluto. Arthit sacudió la cabeza para recolocar su negra melena.

Cuando oyó el relato de lo que estaba ocurriendo a sus espaldas en su buque, el capitán se sintió sobrecogido. Ordenó recluir al muchacho en un camarote alejado de la marinería, con la firme intención de desembarcarlo en la primera ocasión que atracaran en Bangkok. Mientras tanto, sólo él y Hinata, un joven japonés que hacía las funciones de mecánico del barco tendrían acceso a los nuevos aposentos del chico. Ambos se relevaban en las tareas de llevarle comida y le acompañaban en las ocasiones en las que el capitán permitía que Arthit saliera a pasear por cubierta a estirar las piernas. Hinata pronto se convirtió en lo más parecido a un amigo que el joven de fatal belleza había tenido nunca y le relató con detalles su historia. Al japonés le hubiera gustado ayudarle a conseguir su sueño de llegar a América, pero temía demasiado al capitán. Tras dos meses de su nuevo cautiverio, Arthit tomó una determinación. Había aprendido por las calles de Bangkok a conocer a los hombres, sabía que un hombre solo, alejado de su esposa durante larguísimas temporadas y que no acostumbraba a bajar a los puertos para requerir los servicios de las prostitutas que por allí merodeaban era una presa fácil.

Comenzó a esperar la visita del capitán semidesnudo, achacando al calor que hacía en el camarote su escasa indumentaria. Le pidió que le acompañara en las cenas, con la excusa de que tantas horas de soledad le agobiaban. El chico tenía una conversación agradable. Bajo el pretexto de pulir sus modales el capitán empezó a pasar más tiempo en el camarote del muchacho, hasta que una noche Arthit decidió que era el momento de hacer caer en sus redes un hombre más.

— ¿Te gusto? —preguntó clavando sus ojos negros en los del oficial.

—Desde luego tengo que reconocer que eres hermoso.

—Si tú quisieras me tendrías —dijo sin apartar la mirada.

—Pero no quiero. Eres mi invitado aquí, no voy a hacer lo mismo que esas bestias han hecho contigo —repuso el capitán.

El joven se levantó y con pausados movimientos se sentó en las rodillas del hombre. Aproximó su cara hasta casi tocar la del marino y con sus labios casi rozándose dijo:

—Esas bestias no han hecho nada que yo no quisiera que hicieran. Soy tu invitado. Me gustaría pagar tu hospitalidad.

Con suaves movimientos desabrochó la guerrera de su acompañante. Le besó en el pecho. Se arrodilló entre sus piernas acariciando el miembro del capitán por encima del pantalón. Desabrochó los botones de su bragueta y besó el glande, que asomaba sin ningún pudor liberado del envoltorio del prepucio. Lo miró a los ojos y se la metió en la boca. El capitán cerró los suyos y soltó un leve gemido. Arthit se había convertido en todo un maestro en satisfacer a los hombres. era algo que ni le gustaba ni le causaba especial repulsión. Como un oficio. Ensalivó bien la polla del capitán. Sus movimientos rítmicos aproximaban al hombre al clímax. Entonces paró. Se puso en pie y ceremoniosamente se despojó de lo que quedaba de sus prendas. Se acomodó de pie entre las piernas del hombre, muy próximo a su cuerpo, y tomando con ambas manos su cabeza le besó en los labios. Metió su lengua en la boca del oficial. Hattori respondió a su beso con cierta timidez al principio, pero con una pasión creciente. Poco a poco fue empujando la lengua del muchacho hasta dentro de la boca de este. Entonces fue él quien tomó el mando. Sus manos ya acariciaban la suave piel del chico con avidez, buscando los rincones más escondidos, pero sin atreverse aún a romper la última barrera de lo que consideraba apropiado para un hombre. Tuvo que ser Arthit el que, tomando una de sus manos la condujese hasta su polla.

El último obstáculo había sido derribado. El capitán acarició por primera vez la polla de otro hombre. Intentó convencerse a sí mismo que aquel muchacho no era un hombre realmente. Era la más hermosa muchacha de Oriente, solo que algún Dios cruel la había castigado proporcionándole un pene. No era nada malo acostarse con una chica, por mucho que un estúpido Dios la disfrazara de hombre. Derruidas las barreras, el capitán se metió en la boca por primera vez la polla que le haría perder la cabeza.

Arthit interrumpió la mamada del marino, le cogió de la mano y lo condujo a la cama. Se tumbó bocabajo y colocó la almohada bajo su abdomen, para ofrecer con mayor facilidad su grupa. Hattori se desnudó despacio. Se tumbó sobre él y con cierta facilidad lo penetró. Comenzó un movimiento de vaivén despacio, como temiendo hacerle daño. Arthit, soltó un leve gemido y volvió la cara buscando la boca del capitán. Se besaron. Aquella noche durmieron juntos, abrazados.

Hattori Hanzo le prometió solemnemente al chico que lo desembarcaría en América.

El cuerpo inerte sobre el suelo del puente de mando parecía una masa informe. El alfiler penetrando en el cerebro había hecho contorsionar los miembros de forma grotesca. Si era difícil encontrar la dignidad de todo un capitán de la marina japonesa cuando estaba arrodillado suplicando mamar una polla, ahora era tarea imposible. Arthit abrió el armario de color naranja donde se almacenaban los elementos necesarios para casos de emergencia y tomó una pistola de señales y una caja de bengalas. Puso todo en una bolsa, recompuso el vestido que llevaba y sin calzarse se dispuso a bajar a la sala de máquinas. Antes de cerrar la puerta dedicó una última mirada al que había sido su amante, su carcelero, su amo y su esclavo al mismo tiempo. Apenas un hilillo de sangre se escurría desde el alfiler hasta el suelo.

Pasaron meses hasta que el Tsimtsum, tras hacer escala en Barcelona, se dirigió a Nueva York. El capitán había acondicionado su camarote de forma que “una dama” se sintiera cómoda en él. En lo que permitía lo angosto del recinto había colocado un tocador que compró en alguna de sus escalas, dentro de un cajón del viejo mueble depositó un estuche de maquillaje y dejó un hueco en su armario para colocar unos vestidos, bastante lencería fina y algunos pares de zapatos de exagerado tacón. Dos veces por semana ordenaba a algún marinero preparar un baño caliente condimentado con sales y aromas para su amante. Arthit subía, se bañaba, se perfumaba y se transformaba en una hermosa mujer para agradecer a “su hombre” su futura libertad. Antes del alba volvía a su camarote para mantener unas apariencias inútiles, ya que toda la tripulación conocía la relación que existía entre el chico y la máxima autoridad del buque.

Arthit encontró una forma de vengarse de Donatien y del resto de los marineros que abusaron de él. Ahora podía deambular por el barco a cualquier hora y con total libertad, y de vez en cuando regalaba sus favores a algún marinero, asegurándose de que ellos se enteraran. Aunque nadie decía una palabra sobre el tema, él notaba en sus miradas que el deseo les reconcomía y que el hecho de saber que otros disfrutaban lo que para ellos estaba vedado suponía una pequeña tortura que Arthit les suministraba con placer. Los imaginaba en sus literas, masturbándose con furia pensando en él, sabedores de que otros gozaban lo que ellos tuvieron. El capitán conocía sus escarceos, pero al mismo tiempo disfrutaba sabiendo que el muchacho era mujer solo con él y que los que tenían la suerte de saborear sus mieles en el fondo se reconcomían también por no poder verlo en plenitud, vestido… “vestida”, con las exquisitas prendas que él le había comprado. Así que en cierta forma también se sentía halagado por la envidia que despertaba entre los afortunados que tenían acceso a los favores del chico.

En diciembre de 1975 el Tsimtsum entró por la desembocadura del río Hudson dirección al puerto de Nueva York. En la bocana del puerto, bajo la atenta mirada de la “Estatua de la Libertad”, fue la primera de las muchas veces que Hattori Hanzo, orgulloso capitán de la marina mercante, se arrodilló delante de Arthit, mísero huérfano de Phayao, a quien dios, Buda o el mismísimo demonio habían dotado de una belleza singular que fue su perdición y la de muchos hombres.

—No me dejes ahora Arthit —suplicó—, no en este viaje. Quédate conmigo una travesía más y la próxima vez que recalemos en América no solo te dejaré desembarcar, sino que además te encontraré un buen empleo en la compañía naviera. Tendrás un futuro brillante, Arthit. Acompáñame solo un viaje más, te lo ruego. Te serviré si quieres. Te serviré igual que tú me serviste a mí. Te compensaré por cada humillación que pasaste en mi barco. Seré tu esclavo si es lo que deseas, pero ven conmigo un viaje más.

Y Arthit le creyó.

La luna iluminaba el Océano Pacífico, que una vez más deshonraba su nombre y se mostraba encrespado. Arthit se acercó al borde de la cubierta y respiró profundamente el aire puro, consciente de que sería la última vez que vería el mar. El mar. El mar que fue su esperanza se convertiría ahora en su tumba. Se sintió en paz por primera vez en mucho tiempo y por primera vez en mucho tiempo sonrió. Ya no sentía rencor, ya no deseaba llegar a América. Por primera vez en mucho tiempo, estaba feliz.

Durante 1976 el Tsimtsum atracó tres veces en distintos puertos de América. Arthit fue recluido en su camarote y no se le permitió desembarcar.

Canturreando una canción que su madre le cantaba de pequeño, colocó la bolsa con las bengalas bajo el brazo y se encaminó a la bodega del barco. El sonido de la puerta que daba acceso al pasillo de los camarotes sonó lúgubre al cerrarse tras él. Le pareció reconocer entre las sombras la figura de Hinata, pero según se acercaba descubrió que se trataba de un chico de unos veinte años de tez morena que lo miraba con asombro, como si de una aparición se tratara.

—El capitán no ha sido honesto contigo, Arthit .

Arthit no respondió. Le dio una calada al cigarro que Hinata le había pasado momentos antes y se lo devolvió.

—Un hombre de su posición debe hacer honor a su palabra —insistió el joven encargado de las entrañas del buque.

—Ya lo sé, Hinata, mi único amigo, pero así están las cosas. Si la próxima vez que atraquemos en América no consigo escapar, saltaré por la borda y todo habrá terminado. Muerto el perro… se acabó mi rabia. —Arthit sonrió con tristeza y tomó de nuevo el cigarro de las manos de su acompañante.

—Nos dirigimos a Madrás. Tardaremos al menos dos semanas en acondicionar el buque para la carga y luego zarparemos rumbo a Vancouver —dijo Hinata—. Canadá es América, al fin y al cabo. Yo cumpliré la palabra del capitán. Desembarcarás en Vancouver.

Arthit, en vez de responder le dio un suave golpe con el puño en el hombro. Hinata se lo devolvió un poco más fuerte y el cigarro se escapó entre sus labios para caer en el Océano Índico. Así, sin mayor formalismo, es como dos amigos sellan un pacto.

Raví no podía creer lo que sus ojos veían. Tenía que ser una broma de Visnú. Tras trece días encerrado en aquel montón de chatarra pensaba que conocía todos los secretos del Tsimtsum, pero nunca pudo imaginar que la joven más hermosa del sudeste asiático, o al menos eso le pareció a él en aquel instante, pudiera alojarse en un carguero mugroso en vez de en un yate de lujo. Pensó que era una diosa que se deslizaba por el pasillo hasta que se dio cuenta que si la muchacha no hacía ruido al caminar era porque iba descalza. Cuando llegó a su altura le saludó con una voz que al pobre chico le pareció el famoso canto de las sirenas.

—Hola, ¿Cómo te llamas?

Fue incapaz de articular respuesta alguna. Aquello no podía ser real. Tenía que ser producto de los vapores de los escapes del barco o alguna razón parecida.

—¿Se te ha comido la lengua el gato? —preguntó la joven abriendo mucho los ojos con expresión entre divertida y asombrada.

—¿Qué gato? —acertó a pronunciar Raví.

Enseguida se percató de lo absurdo de su respuesta y apresuradamente farfulló:

—Raví, me llamo Raví.

—Bien, Raví, ¿cuál es tu camarote?

El chico extendió un brazo y señaló una puerta.

—Vas a hacer una cosa, Raví. Eres un chico muy guapo, y seguro que muy listo. Vas a ir a tu camarote, yo voy a hacer unas cosas que tengo que hacer y tú me esperarás allí. Te prometo que dentro de un rato haré que estés en el cielo.

—Mi hermano duerme conmigo —repuso el chico.

Arthit rió con ganas. No se esperaba esa respuesta.

—Bueno, no te preocupes. El camarote al final del pasillo está vacío. Ve allí y sobre todo no le digas a nadie que me has visto. Esta noche haré que te sientas en los brazos de Visnú.

—¿Seguro?

—Yo siempre cumplo mi palabra, Raví.

Y acercándose al muchacho le besó en los labios muy suave, apenas un roce.

—Anda, ve al camarote y espérame allí.

El chico se esfumó dentro de su ocasional aposento y Arthit bajó las escaleras que conducían a la bodega.

La primera semana de junio de 1977, el Tsimtsum atracó en el puerto de Madrás. Una pequeña legión de trabajadores tomó el buque y se dedicó a llenar la bodega de rejas metálicas disponiéndolas en un buen número de jaulas. Cuando estuvieron acabadas, balas de paja, diferentes tipos de pienso y cajas de carne curada acabaron de acondicionar el barco para acoger la carga más extraña que jamás navío alguno hubiera transportado por el Océano Pacífico. Diez días después comenzaron a llegar los animales. Hienas, cebras, jirafas, tigres, distintos tipos de reptil e incluso un orangután. Arthit pensó que se trataba de un circo y creyó que en la que iba a ser su última travesía en el Tsimtsun iría acompañado de payasos, forzudos, malabaristas y algún mago que por arte de birli-birloque le haría desaparecer y aparecer de nuevo en Canadá. Canadá le empezaba a sonar ya como su casa. No era un circo lo que transportarían a Vancouver. Se trataba de lo que quedaba de los animales del zoológico de Ponchiderry, y solo una familia india formaría el pasaje.

La fortuna no era aliada del huérfano de Phayao. Dos días antes de partir, Hinata desembarcó para enrolarse en el “Akyra”, un barco de mayor calado que había perdido a su mecánico a causa de unas fiebres. Con Hinata desembarcó también la última esperanza de Arthit. El día 21 de junio de 1977 el Tsimtsum zarpó rumbo a Vancouver. Recluido nuevamente en su camarote para no ser visto por la familia india que viajaba a bordo, Arthit intento distinguir entre la muchedumbre del puerto la figura de Hinata. Si fue a despedirse, o intentó ponerse en contacto con él, nunca lo supo.

Entró en la bodega. Los animales estaban en un extraño silencio. Fue abriendo las jaulas. No le pareció justo que los animales muriesen ahogados en su prisión sin tener una oportunidad de sobrevivir. Al fin y al cabo, eran tan prisioneros como él. Un extraño desfile de las bestias más pintorescas que pudiera uno imaginarse fue saliendo por el pasillo que conducía a cubierta. Se dirigió a la sala de máquinas. Abrió la escotilla de registro que daba acceso al depósito de combustible. Puso una bengala en la pistola. En voz alta cantó la única canción que su madre le había enseñado.

FIN.

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