La vecina me la empina

Pasábamos el verano en el pueblo de mis suegros, en Andalucía. La casa era enorme y los niños se lo pasaban en grande con sus primos y amigos de verano. Era una época que yo la solía pasar en la piscina de la casa por la mañana y en el bar con mi suegro y cuñados por la tarde. Relax total.

Tengo 40 años, como mi mujer y dos gemelos de 10. Mis suegros sesenta y pocos, pero se conservan bien, puesto que han trabajado poco en la vida (han tenido esa suerte) y se han cuidado mucho. Familia de señoritos.

En el mes de vacaciones, los días pasaban con una placentera rutina. Por la mañana, piscina con la familia. Por las tardes, tras la siesta, íbamos al pueblo (la casa estaba en las afueras). Los peques jugaban en la calle o en casa de algún amigo o primito; mi mujer, su madre y hermanas hacían las visitas de rigor y yo me quedaba en el bar de Tomás, con mi suegro y cuñados a echar la tarde entre cañas y tapas.

Pero un día la rutina cambió. Por la mañana, la familia decidió trasladarse a Málaga capital, que estaba a una hora y media en coche. Y mi mujer, que ya me conoce, me invitó a que me quedara:

– Cariño, ya sé que no apetece. No hace falta que vengas. Quédate a lo tuyo.

Y acepté la invitación encantado. Me fui en bici al pueblo a comprar la prensa y un cruasán y cuando llegué ya se habían ido. Decidí desayunar en la terraza de la piscina… desnudo. Sin ser consciente de que la casa tenía vecinos. Concretamente, una vecina y de las fisgonas.

Tras leer los periódicos y tomar un poco el sol, me tiré al agua. Al salir, mientras me secaba, vi como en el balcón de la casa de al lado, no se perdía ojos de mis evoluciones Remedios, una amiga de la quinta de mi suegra, aunque menos cuidada. Medio tapándome, a causa de la sorpresa, la saludé:

– Hola, Reme. ¿Cómo va la mañana?

– Muy bien, Carlos. ¿Está Rafa (mi suegro, Rafael)?

– No, se han ido todos a Málaga. ¿Qué necesitas?

– Es que esta noche no ha saltado el riego automático del jardín y mi hijo no viene hasta el fin de semana y no sé cómo se para.

– Ya me lo miro yo, Reme, no te preocupes.

– Ay, muchas gracias, Carlos. Pasa cuando quieras.

– Si quieres, vengo ahora, total para lo que estoy haciendo…

Me volvió a dar las gracias y bajó a abrirme.

Confieso cierto descaro por mi parte, ya que fui sin ponerme el bañador, solo me até la toalla a mi cintura. Al abrirme, ella llevaba una bata de estar por casa, muy veraniega, tan veraniega que prácticamente se le transparentaba la camiseta que llevaba debajo y, sin sujetadores, se le marcaban unos enormes pezones. Aquello me empezó a excitar, la verdad.

Me mostró donde estaba el riego y el temporizador. Que estaba a ras de suelo, por lo que me puse en cuclillas, para darle una oportunidad a Remedios de ver que no llevaba el bañador. Y vaya si se dio cuenta.

El problema era que el temporizador se había desconfigurado. Lo recompuse, pero repasé todo el sistema de riego para comprobar que funcionara correctamente. Y yo me iba poniendo en cuclillas. Y ella no iba perdiéndose detalle. Lo que me estaba excitando cada vez más y mi polla reaccionaba poniéndose morcillona. Se veía muy gorda.

Cuando terminé, Remedios me ofreció un refrigerio. Algo fresquito, con el calor que hace, a lo que acepté. En aquel momento, en la toalla ya no se disimulaba mi bulto. Ella trajo una bandeja con zumo de limón y dos vasos con hielo. Y me invitó a sentarme en el porche. Charlamos un rato y me dijo:

– Te puedes bañar en mi piscina, si quieres. Así nos hacemos compañía.

– Uy, Remedios, no te quiero escandalizar, pero no llevo bañador- respondí como si no supiera que ya se había dado cuenta.

– Bueno, yo lo respeto todo. Si tú quieres bañarte así, por mí no hay problema. Pero yo me pondré el bañador, si no te importa.

– Por supuesto.

Entró a cambiarse y la esperé para meternos en el agua. La piscina era lo suficientemente grande, como para que no nos tocásemos, pero yo me puse a hacer el muerto boca arriba para que ella me pudiera ver la polla hasta hartarse. Al cabo de un rato, le sugerí salir. Como las escaleras de mosaico resbalan un poco, caballerosamente, le tendí una mano para ayudarla a salir. Con una mano “muerta” aprovecho para rozarme la polla y yo le toqué el culo con muy poco recato. Y nos fuimos a tomar el sol. Y me decidí a retarla. Yo ya estaba muy cachondo y quería verle las tetas. Ella, que no tenía un cuerpo bonito precisamente, si se gastaba unas enormes tetazas. Las deseaba.

– Reme, con ese bañador tan enorme no te va a dar el sol. Si parece que lleves un burka. Jajaja.

– ¿Y qué quieres que haga?

– No le digo yo que se ponga a hacer topless, que no la quiero incomodar, pero sí que se baje los tirantes y que le dé el sol bien en el escote. Que usted lo puede lucir perfectamente.

– Ay, qué zalamero eres.

Y dicho eso, se bajó los tirantes y el bañador, hasta la altura de los pezones, que seguían escondidos bajo la tela, pero que permitían ver su enorme y rosada aureola. Me levanté a beber un vaso de zumo de limón y le ofrecí uno a ella. Al levantarse, ups, los pezones le saltaron y dejó sus tetas quedaron al aire para mi absoluto deleite.

Mi reacción fue inmediata, con el calentón que llevaba, y mi polla empezó a crecer imparable. Ella me sonrió y me dijo:

– Anda, hijo, que vas caliente.

Pero lejos de taparse, se continuó bajando el bañador hasta la cintura. Total, dijo, ya me las has visto. Ante la situación, yo seguía empalmado, más que empalmado, empalmadísimo. Se bebió el zumo de un trago y dijo que se metía en el agua.

Yo me quedé de pie, observándola, cuando, para mi sorpresa, lanzó su bañador fuera de la piscina:

– Pues tienes razón, Carlos, sí que se está a gusto sin bañador. Anda que no he hecho el tonto todos estos años.

Pícaramente, me ofrecí a ponerle a secar el bañador en una de las sillas, para que saliera desnuda de la piscina, ella lo aceptó y me agradeció. Me senté a tomar en la tumbona, esperando a que saliera. No tardó. Ofreciéndome el espectáculo de su maduro cuerpo en todo su esplendor. Se secó con su toalla ante mí y me dijo:

– ¿Te importa si me pongo a tomar el sol así a tu lado?

– Claro que no.

– Oye, que me voy a quemar. Por favor, ponme crema por la espalda. Pero solo por la espalda, eh, pillín.

Me puse tras ella, entre risas, y le embadurné la espalda a gusto, mientras la punta de mi polla le rozaba el culo, que, lejos de apartarlo, parecía que me lo acercaba más. Traté de pasar mis manos hacia sus tetas, pero bajó los brazos, prohibiéndomelo tácitamente. Sí que me dejó tocarle el culo a gusto. Cuando yo ya no pude más fue cuando se dio la vuelta y empezó a embadurnarse las tetas ante mí.

– Pues te voy a imitar- le dije.

Cogí la crema y me empecé a embadurnar el cuerpo, las piernas y, por supuesto, la polla, que la tenía a punto de estallar. Ella parecía hipnotizada, mirándomela.

– Ahora, ponme tú en la espalda, por favor.

A lo que ella, accedió obediente. Noté sus suaves manos por mi espalda y por mi culo. Separé las piernas ligeramente y, entonces, no lo resistió más y me acarició los huevos. Me la hubiera follado ya en aquel mismo instante, pero me contuve. Nos estiramos cada uno en su tumbona, pero en ese momento mi erección era descomunal. Remedios no dejaba de mirarme la polla. Al final no pudo más y me preguntó:

– Carlos, ¿no te duele tu “amiguito” tanto rato tieso?

– No, lo que me van a doler luego serán los testículos. Vaya, si no lo arreglo antes.

– ¿Y cómo lo arreglas? Si lo puedo preguntar.

– Pues tendré que eyacular. Luego cuando llegue a casa lo soluciono.

– Ya veo…- y después de un rato en silencio continuó-. Hacía años que no veía una como la tuya. A ver si yo también me tendré que arreglar- y los dos reímos- ¡Qué dura se te ve! Carlos, ¿te puedo pedir un favor? Si es que no, no pasa nada, claro.

– Dime, Remedios, por favor.

– ¿Me dejas que la toque un poco?

La verdad es que no me lo esperaba, pero la respuesta os la podéis imaginar:

– Claro, Remedios, no te cortes. Que no muerde.

Acercó su tumbona a la mía y, casi reverencialmente, sus dedos tocaron mi polla.

– Carlos, ¿puedo acariciarla un poco?

– Claro que sí, Reme.

Y empezó con sus caricias que, de hecho eran una verdadera paja. Ver sus manos regorditas y sus largas uñas rojas alrededor de mi polla me estaba excitando muchísimo. Creía que me iba a correr en cualquier momento. Y al cabo de un rato, me preguntó:

– Carlos, ¿me dejas que te la chupe un poco? Solo un poquito…-suplicó

– Por supuesto, Reme. Cómetela toda.

Y se incorporó para regalarme una chupada espectacular. La visión de sus enormes tetas colgando, a las que empecé a magrear, notando aquellos durísimos y enormes pezones, iba a hacer que me corriera en cualquier momento. De hecho, cuando notaba que me corría, al cabo de unos segundos, la avisé.

– Me corro, para que me corro…- suspiré.

Entonces, con una mirada de puta que no le conocía, Remedios me preguntó:

– Carlitos, ¿dejas que me la clave hasta el fondo de mi coño?

– Lo estoy deseando, Reme.

Y se sentó sobre mi polla. Despacio. Saboreando el momento. Hasta que consiguió acomodarse mis 18 cm. en su interior. Mientras yo le acariciaba sus descomunales tetas y pellizcaba sus traviesos pezones. Decidí cambiar de posición, así que le pedí que se levantara, extendí una toalla sobre el suelo y la puso a cuatro patas. Le penetré su enorme coño por detrás. Así era yo el que podía manejar el ritmo de la follada, sabía que si aceleraba me correría en un segundo, así que fui más lento. Para que los dos saboreásemos el momento. Remedios, por su lado, se empezó a tocar el clítoris, hasta que se corrió. Mientras gritaba de placer como una zorra, empecé a follarla más rápido y más duro. Hasta que le llené el coño de un tsunami de semen. Golosamente, me lamió la polla hasta dejármela totalmente limpia y se fue a la ducha de la piscina, mientras me decía lo cabrón que era y que qué buena polla tenía.

– Ay, Carlos, con lo que yo he sido…

Me confesó que siempre le había gustado mucho follar, más que a su difunto marido, así que se había pasado los 30 años de su matrimonio poniéndole los cuernos. Fontaneros, electricistas, butaneros… Raro era que un hombre entrara en su casa y no saliera con los huevos secos. En ocasiones, éstos iban a su casa sólo para follarla. Y hasta habían llegado a coincidir algunos de ellos, montando unos brutales tríos. Incluso, me confesó que se había follado a mi suegro media docena de veces, ¡pero que ya no se le levantaba! Sus aventuras me pusieron cachondo otra vez. Me halagó confesándome que mi polla era de las mejores con las que se había cruzado. Me invitó a comer y, de postre, me obsequió con una mamada inolvidable. Remedios se tragó toda mi leche. Con lo modosita que parecía. A media tarde, volví a mi casa.

Aquel verano, mi familia no volvió a dejarnos solos. Pero unos días antes de irnos, Remedios le pidió a mi suegra que me pasara por su casa, que tenía un problema con el aire acondicionado. Nos despedimos a lo grande, en otra tarde épica.

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