La vida del estudiante

Me desperté a las 9 de la mañana y fui a la cocina. Todo estaba por en medio. Carolina y Jesús, mis compañeros de piso lo habían dejado todo manga por hombro antes de volver a su pueblo para el fin de semana. Yo me había quedado para estudiar.

Me preparé un café y fui al salón. Puse la tele mientras desayunaba, pensando en acabar pronto y comenzar con el estudio.

Tan sólo iba vestido con los pantalones del pijama. Mi torso, moldeado en el gimnasio y depilado lucía desnudo.

De repente, escuché un grito femenino en el piso de al lado. Me quedé parado un momento, aún adormilado pensando en si habría sido cosa de mi imaginación hasta que oí un segundo chillido.

Dejé la taza sobre la mesa y corrí al piso adyacente al mío. Llamé insistentemente al timbre hasta que una mujer de unos 45 años me abrió la puerta, vestida únicamente con un camisón rosa de imponente escote y que apenas le cubría más debajo de la cintura.

– Gracias a Dios, pasa por favor.

Entré alarmado sin saber qué ocurría. La mujer, como en shock, sólo balbuceaba y señalaba hacia la cocina. Me dirigí allí y descubrí el motivo de su desazón. Una rata peluda y enorme como no había visto jamás corría por toda la cocina sin saber a dónde ir.

La mujer gritó otra vez al verla y me empujaba por detrás, desesperada.

– Tranquila – le dije apoyando mis manos en sus hombros para tranquilizarla -. Sólo es una rata.

Cogí una escoba que había a mi lado y ataqué a la rata. Esquivó el primer golpe, pero no fue capaz de hacerlo con el segundo. Quedó en el suelo muerta. La cogí y la tiré a la basura. La mujer me miraba con una mezcla de vergüenza y alegría.

– Gracias, muchas gracias – me dio un fuerte abrazo y pude sentir sus generosos pechos sobre mí. Me dio un beso en la mejilla -. Lo siento mucho, pero es que me dan tanto asco…

– Bueno, no pasa nada, para algo estamos los vecinos, ¿no? – le dije con una sonrisa.

– Sí, jeje – miró al suelo y se dio cuenta de su casi desnudez -. ¡Uy!, perdona – y salió corriendo de la cocina. A los dos minutos volvió con una bata que la cubría casi entera.

– Bueno, creo que me voy a volver a casa, tengo cosas que hacer.

– Espera, por favor, lo justo es que te invite a desayunar aunque sea.

– No, gracias, estaba terminando mi desayuno antes de venir a socorrerla.

– No me llames de usted, por favor, no soy tan mayor… Bueno, si no quieres quedarte a desayunar, al menos, vamos a conocernos, ¿no? Según me dijo Floren, el piso lleva casi dos meses alquilado y ni nos hemos cruzado por el pasillo.

Floren era mi casero.

– Sí, bueno, ya sabes, la vida del estudiante. Vives de noche y duermes de día – le respondí con una sonrisa.

– Bueno, yo soy Mati – se acercó y me dio dos besos. En ese momento, se me vino otra vez la primera imagen que tuve de ella a la cabeza: 1’65 metros, rubia, con el pelo liso, largo hasta los hombros y con flequillo, ligeramente despeinada. Unos pechos muy generosos y una tímida tripita típica de la edad. Piernas delgadas sin ser escuálidas y unos pies pequeñitos, con las uñas pintadas de rojo. Ahora se había peinado y llevaba zapatillas de andar por casa, además de la ya mencionada bata.

– Yo soy Tomás.

– Mucho gusto Tomás, y ¿a qué te dedicas?

– Estudio Biología. Estoy en tercero.

– ¡Caray! Pareces todo un hombre, ¿qué edad tienes?

– 20 años.

– Pues no los aparentas – pasó sus manos por mi pecho y me fijé en sus uñas, un poco largas y también pintadas de rojo.

La situación me excitaba muchísimo y no pude evitar tener una erección. Como sólo llevaba los pantalones del pijama y, no es por presumir, estoy bastante bien dotado (20 cms), fue imposible ocultarla.

Cuando Mati terminó de bajar sus manos a la altura de mis abdominales se fijó. Yo me puse colorado.

– Bueno, he de irme – me giré y huí de allí muerto de vergüenza. Ella no se movió y me pareció ver una sonrisa en su rostro antes de desaparecer.

Al llegar a casa me quité los pantalones quedando completamente desnudo y me masturbé en el salón recordando la escena. Cuando estaba a punto de correrme, sonó el timbre. Fui a abrir. Era Mati.

– Oye, Tomás, disculpa lo de antes, si te he hecho sentir incómodo…

– No tranquila…No pasa nada.

– Bueno, quiero decirte que me has caído muy bien. Si algún día quieres pasarte por mi casa y tomar un café… o algo, aquí estoy – me dedicó una preciosa sonrisa mostrándome una perfecta dentadura, se giró y se metió en su casa.

Estaba alucinado. La madura de mi vida tirándome los trastos descaradamente en mi casa. Volví y terminé mi paja en el salón imaginando que la penetraba salvajemente allí mismo.

Pasaron las semanas, la vida seguía su curso, sólo que ahora me llevaba muy bien con Mati. Si oía su puerta abrirse, rápidamente salía de casa con cualquier pretexto con la intención de cruzarme con ella y charlar aunque fueran sólo unos minutos. Me contó que se había separado hacía unos meses, que había sido difícil pues llevaba desde los 20 años con su marido, que a veces se sentía muy sola… Yo la escuchaba y trataba de consolarla. Algunos días me invitaba a un café en una cafetería cerca de nuestro edificio.

Descubrí también que, desde la ventana de la habitación de Jesús, se veía la suya. Cada vez iba menos fines de semana al pueblo, y cuando iba, siempre coincidía con que se quedaba Jesús. Los fines de semana que Jesús no estaba los empleaba en ir a su habitación y esperar que Mati apareciera.

Un sábado que estaba sólo en casa, después de cenar decidí probar suerte. Fui a la habitación de Jesús y, con la luz apagada, esperé. Al cabo de un rato, la luz de la habitación de Mati se encendieron y ella pasó. Iba con el camisón tan ligero con que la había visto la primera vez. Encendió la tele y se puso a verla. Era impresionante. Ese par de tetas eran enormes. Tenía que averiguar si eran operadas.

Al poco de empezar a ver la tele, empezó a pasar su mano en círculos por su pubis, sobre las bragas, y con la mano derecha se empezó a sobar los pechos por encima del camisón. Miré el reloj, eran las 12 y media, estaba viendo porno, seguro.

Metió una mano debajo de las bragas y empezó a mover la boca. No la escuchaba, pero seguro que estaba gimiendo. Me saqué la polla y empecé a masturbarme.

Sacó uno de esos enormes pechos y empezó a pellizcar el pezón. Su cuerpo se contorsionaba al ritmo de sus dedos. De repente, se levantó de un salto y salió de la habitación. Volvió al poco con el teléfono en la mano y apagó la tele. Esperé, paciente para ver si acababa de hablar, pero no fue así. Me aburrí de esperar y me fui a la cama, donde terminé la paja que había comenzado.

Un día estábamos en el café, charlando, eran principios de junio y yo estaba a punto de empezar los exámenes finales. Ella llevaba un vestido veraniego naranja, por encima de las rodillas y con un poco de escote y unos zapatos de tacón rojos. Por su escote se deslizaba una cadena de oro. Yo estaba embobado mientras ella me hablaba.

– ¿Te gusta la cadena? – me sonrió con sus labios pintados de carmín mientras levantaba mi barbilla y me ponía a la altura de su mirada -. Porque la cruz no se ve.

– ¿Qué cruz?

– La que hay al final de la cadena – ella había pedido un helado y tenía las dos manos un poco manchadas -. Sácala y mírala – me dijo con voz pícara.

Me ti un dedo en su escote hasta que dí con la cruz. Aproveché el momento para pasar dos dedos por sus tetas. ¡No llevaba sujetador! Saqué la cruz y la miré sin fijarme en ella. Estaba pensando en la erección que tenía. No pude más y le dije:

– Oye, espero que no te molestes ni te sientas violenta si te hago esta pregunta…

– ¿Si son operadas? – dijo mirándose los pechos -. Sí – y me sonrió con esa sonrisa tan dulce.

Ambos nos quedamos callados, yo cortado y ella con esa sonrisa.

– ¿Te gustan?

Asentí rápidamente.

– Ven – me cogió de la mano y me llevó hasta la barra. Pagamos y volvimos a casa. Yo iba levitando, siguiendo a aquel ángel que me tenía cautivado. Subimos por las escaleras. Ella iba delante y veía su culo bambolearse ante mí. Llegamos y entramos en su casa. Fuimos al salón y se puso frente a mí.

– Te gustaría verlas, ¿verdad?

No me lo podía creer. Hacía meses que llevaba soñando con eso. Me había masturbado miles de veces pensando en esas tetas y ahora tenía la oportunidad de verlas.

– Sí.

– Bueno, pero debe ser una cosa por otra. Me tienes en vela desde el día que te conocí y, bueno, me pude hacer una idea de tus atributos. Yo te enseñaré mis pechos a cambio de que tú me enseñes tu polla.

Lo pensé un momento. Nunca había tenido complejos de ningún tipo con mi cuerpo, de hecho, era hasta un poco exhibicionista. Pero esa mujer me causaba demasiado respeto.

– Venga, yo te ayudaré a que tu soldadito se ponga firme.

Me quitó la camiseta y empezó a masajearme de forma sensual el pecho. Esa vez llevaba calzoncillos, así que la erección apenas se notaba a simple vista. Cuando llevaba un poco de tiempo, bajó su mano izquierda y sobó por encima del pantalón mi pene.

– Creo que ya está – me sonrió con esa sonrisa que me volvía loco y se apartó de mí. Se cruzó de brazos y esperó.

Cogí el elástico de los pantalones y tiré fuerte de él. Mi pene salió apuntando a mi anfitriona con sus 20 centímetros de esplendor. Abrió los ojos de par en par.

La situación era muy excitante para mí, así que la punta estaba cubierta de líquido preseminal. Ella no se movió durante unos segundos, yo me quité el pantalón del todo, quedando sólo con las zapatillas. Tras esto, me miró a los ojos y dijo:

– Bueno, me toca.

Cogió el vestido por abajo y tiró de él hasta sacarlo por la cabeza. Esos pechos eran impresionantes. Perfectamente redondos y nada caídos. Su pequeña tripita me excitaba aún más. Sólo quedó con los zapatos de tacón y unas braguitas blancas que traslucían una mata de vello negro. Nos quedamos parados, mirándonos atentamente unos segundos.

– Bueno, ¿y ahora qué? – dije yo.

Ella se acercó a mí y agarró mi falo masturbándolo lentamente. Lo miraba y me miraba a mí sin cesar el movimiento.

– Nunca había tenido una tan grande.

Yo, empecé tímidamente a acariciarle los pechos, objeto principal de mi deseo. Me fui soltando poco a poco y le pellizcaba los pezones. Soltaba gemiditos suaves. Ella no paraba en su empeño.

La agarré de la cintura y bajé mi cabeza a sus pechos. Empecé a chuparlos y a mordisquearlos. Pasaba mi lengua en círculos por sus areolas. Su masturbación se volvió más rápida. Acercamos nuestras cabezas y nos fundimos en un sensual beso.

– ¡Para! Para o termino ya – le dije alarmado.

Me miró con una sonrisa pícara y se puso de rodillas. Aceleró el ritmo y, de repente paró y la engulló hasta el fondo. No lo pude evitar y descargué todo mi esperma en su boca.

Oía cómo le costaba tragar y algo de mi esperma se desperdiciaba por entre sus labios. Estaba en la gloria. Se mantuvo al menos 30 segundos con mi pene en su boca. Cuando lo sacó estaba flácido. Lo chupó de nuevo para limpiarlo y se levantó.

– Ven – me cogió de la polla, ya flácida y me condujo tras de sí al sofá. Ella se recostó y se quitó las bragas. Una densa maraña de vello apareció.

– Enséñame qué sabes hacer.

Me agaché y busqué con mi lengua su clítoris. Di un lametón y la miré. Había cerrado los ojos y se pellizcaba los pechos. Repetí y sentí cómo se contorsionaba su espalda.

Pasé mi lengua a la vez que metía en su vagina la punta de mi dedo índice.

– ¡Mmmmmmm! – sus piernas oprimían mi cuello mientras me cebaba en darle placer.

Los lamidos iban cada vez más rápido y al dedo índice sumé el corazón. Mis dos dedos entraban y salían mientras mi lengua recorría de arriba abajo su clítoris.

– ¡Ah, ah, mmmm! – sus gemidos entrecortados se iban haciendo cada vez más fuertes mientras acariciaba mi pelo con mano izquierda y pellizcaba sus pezones con la mano derecha.

Se percató de que mi pene volvía a estar erecto.

– Ven aquí, machote – se inclinó hacia delante y me agarró del cuello tirando hacia ella. Con los labios empapados en sus fluidos, la besé. Mientras la besaba, ella alargó su mano y cogió mi polla dirigiéndola a la entrada de su coño. La penetré poco a poco. Sentía cómo el calor de su vagina rodeaba mi pene y como el prepucio se estiraba dentro de ella dejando salir completamente al glande.

Empecé con empujones suaves. Ella me miraba lascivamente. A cada empujón sus tetas daban un bote. Fui acelerando poco a poco mis embestidas. Mati me miraba fijamente y pasaba su lengua por los labios, cubiertos aún de carmín. Sus pechos bailaban a mis son, cada vez más rápido. Empujé con todas mis fuerzas hasta el fondo y ella no pudo evitar abrir su boca completamente, llena de placer. Me mantuve así unos segundos. Unidos completamente los dos cuerpos sudorosos.

Saqué mi pene, completamente húmedo y me senté a su lado en el sofá. Ella no tardó en levantarse y colocarse encima mío. Agarrando de nuevo mi pene lo condujo y ella sola se ensartó. Empezó a mover su cadera adelante y atrás. Cambió y empezó a ir de arriba abajo. Sus tetas se bamboleaban delante de mí, grandes y redondas.

Cogió un poco de ritmo. Cada vez más deprisa y paró de golpe.

Subió los pies, aún calzados con los tacones, en el sofá y se colocó a horcajadas sobre mí. Bajaba y subía su culo rápidamente.

– ¡Oh! Sí, joder, sí – sus manos rodeaban mi cuello y ya no se molestaba en disimular los gemidos. Sus tetas seguían botando ante mi atenta mirada. De vez en cuando, sacaba mi lengua y las chupaba cuando subían o bajaban.

Mis manos la sujetaban por el culo mientras ella se empotraba una y otra vez sobre mí. Mi gesto cambió y ella adivinó lo que venía. Dio un par de saltos más y se clavó completamente en mi estoque.

Sentí como el semen salía furioso y ella también cambió su gesto a uno de placer absoluto. Solté varias ráfagas que disfrutamos mirándonos mutuamente. Cuando acabé, nos quedamos así un poco, sintiendo como mi pene se encogía. Ella se apartó de mí y un chorro de semen cayó sobre el sofá. Le dio lo mismo. Me cogió la barbilla y dirigió mi boca a la suya. Nos besamos.

– ¡Joder! Hacía mucho que no me follaban así.

Yo la miré y sonreí, no tenía palabras. Estaba agotado

– Puedes ducharte si quieres – me dijo.

– Mejor – le sonreí y me dirigí a ducharme.

Cuando ya me hube duchado salí y la ví con la bata del día que la conocí puesta, pero esta vez la llevaba abierta y me mostraba ese par de tetas que me volvían loco y ese chochito sin depilar. Al verme se acercó a mí y me volvió a besar.

– Ya sabes, que, para lo que quieras, tienes aquí a tu vecinita – y me dio un azote en el culo.

Volví a casa y durante todo ese día fui incapaz de estudiar ni hacer nada, solamente pensando en las enormes tetas de Mati.

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