LA VIRGEN DE AGOSTO. Un banquete de carne.

Nueva entrega de la Virgen de Agosto. Hemos estado alojados antes en la categoría lésbica y la orgiástica. Las aventuras de las dos catalanas y los dos madrileños comenzaron en Julio, con motivo de los Sanfermines y llegan ya a su fin en tierras valencianas. Penúltimo capítulo de la serie. Que disfruéis y a ver qué ideas me dáis para nuevos relatos.

La comida de aquel día se desarrollaba en medio de un espeso silencio. Gonzalo miraba intrigado a las tres mujeres y hacía gestos de perplejidad a Ramiro. Éste se limitaba a succionar las almejas con fruición y a devorar los espagueti a la marinera, ya que el entrenamiento con sus amigos de Altea le había abierto un apetito voraz. Marie sonreía enigmáticamente y Montse interrogaba con la mirada a Laia, que no parecía muy segura de la oportunidad del anuncio que se iba a producir en unos minutos, según lo pactado en la playa por las tres impúdicas gracias.

Montse echó un buen trago de aquel vinillo blanco y dulzón, tan empalagoso para el paladar de los catalanes, y se aclaró la garganta antes de tomar la palabra:

A ver, chicos; Un poco de atención que os he de decir una cosa. Los cubiertos descansaron mientras todos miraban expectantes a la enérgica líder, a excepción de Marie, que seguía engullendo como si nunca hubiera visto una gamba en su vida.

Marie sabe lo nuestro, anunció Montse. Vamos, sabe que nos acostamos juntos, los cuatro. Marie sonrió comprensiva con la boca llena y miró a sus anfitriones con picardía. Esta mañana me ha pedido, nos ha pedido a Laia y a mí, quiero decir, que la incorporemos al grupo. Nosotras estamos de acuerdo en probar, pero queremos saber vuestra opinión.

Ramiro miró sonriente a la negrita y se encogió de hombros como resignándose a pasar por tan desagradable experiencia. Gonzalo no pudo evitar mostrar su entusiasmo por la idea con gestos afirmativos un poco desmesurados, que pronto atemperó mirando de reojo a Laia, que estaba muy seria.

Así, ¿estáis de acuerdo en probar? Bueno, pues sólo falta decidir cuándo quedamos para hacerlo… los cinco. A Montse le parecía demasiado formal la forma como anunciaba el tema, pero ella era una tía muy legal; No le gustaba ir con circunloquios y prefería llamar las cosas por su nombre. Hay algo más, anunció Laia, no se lo has dicho, Montse. ¡Ah, si!, perdonad. A Marie no le gusta que la penetren. Silencio y consternación. Por ningún sitio, recalcó Laia, ni por delante, ni por detrás. ¿Y…? preguntó Ramiro señalándose los labios y la boca abierta. Miradas de expectación hacia Marie. Con la boca llena, ella arrugó la nariz y negó con la cabeza. Pues eso, tampoco por la boca. Estupor y frustración de los mocetones. Bueno, no es para tanto. Seguro que podéis hacer el amor con una mujer sin taladrarla como mandriles, ¿no? Arguyó Montse algo mosqueada.

De nuevo el silencio. ¿Tomamos café? Preguntó Laia levantándose para prepararlo. Marie terminó con su undécima gamba y asintió Si; Antes tomemos café. Aquel adverbio puso en guardia a los dos afortunados madrileños. Se anunciaba la fiesta para ya mismo y sus herramientas de trabajo empezaron a desperezarse y lubricar.

Y lo cierto es que tuvieron el tiempo justo. Apenas apurada la taza, Ramiro pudo ver encantado cómo Marie se incorporaba, avanzaba hacia él con paso felino, se libraba de su top y abría las piernas para cabalgar los muslos desnudos del atleta, que se encontró de pronto con la boca abierta de la mulata, la lengua invasora con sabor a marisco y café buscando entre sus dientes y los firmes senos estrechando aquel tronco de acero, mientras los oscuros y fibrosos brazos envolvían sus hombros y las uñas se hundían apremiantes en la piel de su espalda. Separados por la tela de la sucinta braguita del bikini y del pantaloncito de licra de Ramiro, la poderosa verga creciente y la hinchada vulva empezaron a frotarse una con otra hasta que las humedades producidas empaparon las prendas y se fundieron, elevando la excitación a niveles cósmicos.

La negrita puso el freno en ese momento. Quería disfrutar del orgasmo que iba a venir muy pronto sin temor de que la “pequeña serpiente” se escapara de su urna de tela y buscara su agujerito – madriguera. Tenía garantías de que los chicos respetarían sus orificios, pero prefería no arriesgarse. Se incorporó para sentarse en el borde de la mesa, levantó con gracia las dos piernas y se quitó el tanga para mostrar sus encantos al natural. Para acabar de convencer a Ramiro, apartó platos y vasos y se tendió a lo largo, dejando su vagina a un palmo de la boca del muchacho. Éste comprendió enseguida lo que de él se esperaba y no necesitó más argumentos para empezar a besar con pasión desatada los alrededores y el centro mismo de aquel tesoro de carne y jugo desbordado, que le llevó al éxtasis de la excitación obligándole a quitarse el short para aliviar un poco la tensión de su ansiosa polla. Al hacerlo, su glande tocó como por casualidad los dedos del pie de la francesa y un escalofrío de gusto recorrió su musculosa espalda. ¿Lo advirtió ella con un sexto sentido? El caso es que, sin mirar ni apuntar, aquellos pies grandes y nerviosos, aún con restos de arena de la playa, empezaron a frotar la polla, los huevos y el bajo vientre con una habilidad circense. Éste era el premio a la fenomenal comida de coño que ella estaba disfrutando, un premio ridículo en proporción, pero que no se le antojó tan desdeñable al beneficiario.

Los otros tres participantes en la fiesta eran de momento meros espectadores, asombrados de la rapidez con que se habían desarrollado los acontecimientos. Montse reaccionó cuando le rozó la mano de Marie que, extendida sobre la mesa como inesperado y suculento postre, miraba excitada a su amiga pidiendo más cariño sobre su piel. Y Montse no lo dudó. Se puso de pie y se inclinó para degustar los ya conocidos pechos, dos compactos flanes con sus espectaculares y descarados fresones en la cúspide.

Tímido, Gonzalo se acercó a la boca entreabierta y rozó suavemente los gruesos labios. Una lengua voraz salió a su encuentro y una mano acerada atrajo la cara del concejal para hacer que las bocas se fundieran y las lenguas empezaran un baile sinuoso y húmedo que les hizo gemir de gusto a los dos.

Laia no encontraba su trozo de tarta entre tanto goloso, pero pronto Montse le hizo un hueco y pudo degustar aquel seno de café con leche y el vecino vientre, hundiendo su delgada lengua en el profundo hueco del ombligo.

Marie se retorcía de gusto ante aquella estimulación múltiple, totalmente nueva para ella. Se corrió dos veces antes de pedir una rotación, que llevó a los dos muchachos a intercambiar papeles, ocupándose de los labios mayores y menores Gonzalo y pasando Ramiro a devorar los medianos, que eran los de la boca golosa de la mulata. Pronto las vergas inflamadas de los chicos empezaron a reclamar guarida donde penetrar y Montse decidió dar solución a esta demanda y captó la atención de Ramiro que se lanzó a taladrar su vagina ansiosa sin dejar de besar a Marie con pasión. Laia se dedicó a chupar el miembro de su querido concejal que estaba embelesado con la suculenta vulva morena, pero agradeció con la caricia de sus manos entre los cabellos de la rubia, la atención que recibía su pito. Las dos catalanas se arrastraban en actitud perruna debajo de la mesa para dar satisfacción a sus mancebos, que no dejaban de acariciar, besar, sorber la piel y los orificios todos de Marie que, entre gemidos y suspiros, parecía haber olvidado sus ansias de viajar a África, a su padre, a su madre y a toda su parentela, con aquel trato tan hospitalario que sus amigos le otorgaban.

Y así de entretenidos estaban los cinco, tan embelesados que no oyeron el motor de un vehículo, el chirriar de los neumáticos sobre la grava, las voces y los pasos de alguien que, sin llamar, abrió la puerta y se quedó plantado en el umbral, contemplando la bizarra estampa que se ofrecía en el salón cocina comedor de la torre.

Marie, encima de la mesa fue la primera en reaccionar. De un salto se incorporó, apartando las cabezas de sus adoradores. Éstos dirigieron la vista en la misma dirección que ella y, finalmente, Montse y Laia asomaron de debajo de la mesa para averiguar qué pasaba allí. Y Montse lo confirmó en voz alta… Ximo; ¿Qué haces tú aquí?. ¡Pero si estás en América!

A la entrada, un hombre de unos cuarenta años, delgado y de mediana estatura, piel muy blanca y ojos dilatados por la sorpresa, boqueaba como un pez varado sin poder articular palabra.

La francesa demostró una mayor capacidad de reacción y saltó rauda de la mesa echándose por encima el mantel a modo de saya. Mucho gusto, Ximo, yo soy Marie. Mis amigas me han hablado mucho de ti, y tomándolo del brazo lo llevó de vuelta al exterior, mientras con un gesto indicaba que se espabilaran a arreglar un poco la zona del salón convertida en pista de bacanales.

Pronto se reunieron todos en el porche, donde Marie charlaba con aparente normalidad con el dueño de la torre. Las catalanas se abalanzaron a besar y abrazar a su amigo, que torció un poquito el gesto al notar sospechosas humedades en las caras de las chicas. Los mocetones, ya vestidos, le estrecharon las manos después de secárselas concienzudamente en los pantalones y faldones de la camisa. Repuesto de la impresión, Joaquim Riera el famoso novelista bilingüe, informó de que estaba muerto de hambre y entraron todos de nuevo al reordenado comedor-salón.

Ximo devoró los restos del espagueti y algunas solitarias almejas. Había expectación por conocer su aventura al otro lado del charco. No había mucho que contar. Los peores pronósticos se habían cumplido. La intención de los productores era despedazar su novela para ponerla al servicio de cuatro rubias neumáticas y tres morenazos hormonados y sustituir sus trepidantes peripecias por unas cuantas anécdotas insulsas, que unían con pinzas una colección de efectos especiales, que serían los auténticos protagonistas del engendro.

Así que me harté, los mandé a cagar, con perdón de la mesa, y me largué. Salí tan caliente de allí que me dejé el móvil cargándose en la habitación del hotel. ¡Que se lo coman, tú! Mañana me compro uno nuevo.

Y ahora, ¿Qué vas a hacer? Preguntó Montse. Si te quedas aquí, nosotros nos vamos al camping y Marie sigue su viaje. Marie arrugó el gesto al oír aquellos planes, pero enseguida recuperó la sonrisa cuando Ximo respondió: Nada de eso. Os invité y la invitación sigue en pie. Podéis quedaros todos; También Marie, por supuesto, si no ha de marcharse, claro. Y lanzó una mirada de reojo a la negrita que, con la alegría, había dejado caer el mantel-capa, mostrándose de nuevo en toda su espléndida desnudez. Sin poderse contener, Marie abrazó y besó en la mejilla al generoso escritor, sin advertir quizás que, al hacerlo, sus insolentes tetas se estrujaban con fuerza contra el torso del hombre, que pareció crisparse durante los breves segundos que duró aquel “abrazo de la osa”.

Después de la agotadora orgía, los cinco estaban deseando echar una reparadora siesta, igual que Ximo, que aseguró que dormiría 15 horas para recuperarse del jet lag. Marie declaró que prefería dormir en el sofá, quizás para facilitar que los chicos reposaran tranquilamente.

Todos se retiraron a descansar con suerte diversa. Ramiro y Gonzalo cayeron rendidos en brazos de Morfeo, aunque fueron los de Laia y Montse los que sostuvieron sus fatigados cuerpos. Laia se durmió enseguida, abrazada al concejal popular. Soñó que Catalunya era independiente por fin, pero que el despechado Mariano cerraba las fronteras y Gonzalo enviaba agónicos whatsapps reclamando un reencuentro que ya nunca se iba a producir. Se agitaba angustiada debatiéndose entre su irrenunciable amor por el larguirucho conservador y la llama patriótica que ardía en su pecho. O quizás fueron las gambas, que no le sentaban muy bien.

Montse estaba preocupada, pero era por la irrupción de la mulata en sus vidas y, sobre todo, por la inesperada presencia de Ximo. Sus dotes de pitonisa le avisaban de que algo se empezaba a cocer y que pronto el caldo se iba a desbordar de la olla.

Por su parte, Ximo se había dormido nada más tumbarse en su cómodo canapé, pero el descontrol horario le jugó una mala pasada y a las dos horas se despertó más espabilado que un búho. Eran las siete de la mañana en California y él saltó de la cama como si aún estuviera en los USA. Miró la luz del sol poniente en su ventana y comprendió que iba a costarle recuperar el sueño. El recuerdo de la jovencita francesa vino a entretener su vigilia. ¡Menuda hembra! Él había renunciado al contacto carnal con las mujeres hacía años. Demasiadas complicaciones y quebraderos de cabeza. Su temperamento enamoradizo le llevaba a sufrir con las rupturas y si no había amor se veía imposibilitado de excitarse. La ecuación era irresoluble. La verdad es que era muy feliz con su extensa colección de cómics. Sus heroínas de papel le daban grandes satisfacciones sin crearle problemas y con ellas se sentía feliz y seguro. Pero había algo en la mulata que le descolocaba de su cómoda postura. Quizás era que aquella joven era sexo en estado puro, como un personaje de Milo Manara, una doncella del universo de Pichard o una voluptuosa mutante modelada por Richard Corben. Parecía imposible que le inspirara amor. Era puro deseo sin duda.

El caso es que el mástil se estaba poniendo muy tieso mientras él evocaba las morenas carnes y el descaro lujurioso de Marie. Repasó sus anaqueles de contenido erótico, que eran mayoría en la atestada hemeroteca. Escogió cuatro revistas y volvió al catre sin ninguna intención ya de dormir. Calentó motores con las lúbricas y pilosas heroínas de Ferocius; Se puso como una moto hojeando las peripecias de las desinhibidas macizas de Frank Thorne ; derrapó por las curvas de las opulentas matronas de Chiyoji Tomo y empezó a descontrolarse del todo con las sádicas aventureras de Magnus.

Así estaba, manos a la obra, cuando la puerta del estudio se abrió y alguien entró con sigilo. En su turbación, Ximo había cerrado los ojos para recrear las imágenes recientes de sus diosas de papel, pero la evocación de otra diosa de carnes morenas y huesos longilíneos se apoderaba de su mente llevándole al éxtasis pre – orgásmico. Se iba dejar ir en su solitaria corrida cuando sintió el peso de un cuerpo hundiéndose a su lado en el catre individual. Abrió los ojos y soltó su pito, ya casi flauta con tanto toqueteo. Ante él estaba la imagen de su pesadilla onanista, aquella mulata del demonio con ojos como brasas de carbón que había dejado bien marcadas sus celestiales tetas contra el pecho del reprimido escritor un rato antes.

¿Qué haces? ¿Lees? preguntó cándidamente Marie sentándose junto a Ximo. Sí, contestó él apartando las revistas con disimulo. Es que no podía dormir… A ver, a ver. Ya se había apoderado ella, fisgona, del último cómic, abierto aún por la página central, en la que un atlético sumiso devoraba ansioso la hinchada vulva de la Dra. Frieda Boher, mientras Necrón, el superdotado muerto viviente, se preparaba para sodomizar al infeliz. ¡Vaya, qué divertido! Marie pareció interesada por la propuesta grafica ¿Es un cómic pero para adultos, no?

¿Nunca habías visto uno?, se asombró él.

Ella le miró con picardía pasando páginas: No como éste, mon cheri. Marie hablaba con un encantador acento francés aunque su voz tenía esa armonía de graves propia de su herencia africana. La mezcla era explosiva para cualquier amante de lo femenino y lo salvaje y exótico, y si una cosa le iba al escritor era el exotismo.

Sólo con la voz, Marie conseguía, no ponérsela, que ya lo estaba, pero sí mantenérsela dura a Ximo. No acertaba él a decirle que saliera de su cama, de su cuarto, de su torre, de su vida. No quería tener cerca mujeres de verdad. Claro que aquella criatura no parecía real. Se podía imaginar que una protagonista de sus historietas gráficas planas, había cobrado volumen por un embrujo imposible. Podía ver en tres dimensiones aquellos muslos perfectos, largos y fibrosos, sin un gramo de grasa, los pechos que asomaban por la abierta camisa pidiendo atención y mimo y la cabellera rizada y abundante, que hacía comprender, que no justificar, las prevenciones de los musulmanes a permitir que las mujeres, bueno, algunas mujeres, mostraran libremente sus cabezas sin hiyab o chador que las protegiera.

Curiosamente, Ximo sentía una fuerte excitación, pero ningún amor por la morena. Por una vez parecía que su pito había tomado el mando de la situación y se levantaba decidido apuntando a su oscuro objetivo. Marie giró su cuerpo y apoyó la cabeza sobre la mano derecha, con lo que su teta izquierda asomó traviesa por el escote, como llamando al desayuno al famélico onanista.

En un impulso inesperado, los labios del hombre cobraron vida propia y tiraron con fuerza del resto de su cuerpo hasta rozar la boca de Marie, que apenas correspondió a la caricia. Sin llegar a hacer la cobra, la mulata se apartó lo justo para hablar echando su cálido aliento a la cara de su admirador. Antes de que me beses he de decirte algo: No me gusta la penetración. No me vas a meter tu … cosa por ningún sitio. ¿Queda claro? Un instante de duda. ¿En la boca tampoco? Inquirió él con voz neutra. En la boca menos que en cualquier otro sitio, joli. Pero puedes pasarlo bien conmigo sin hacer eso.

Resignado, Ximo reanudó su avance y alcanzo su húmedo objetivo, siendo recibido por una lengua caliente y juguetona, que pronto tomó la iniciativa y exploró la boca masculina con interés de espeleóloga. El abarcó con arrobo el seno perfecto y estrujó la oscura aceituna que lo coronaba hasta hacer gemir a Marie. La muchacha se apartó para despojarse de la camiseta y el tanga. Con naturalidad levantó las caderas, ofreciendo su vulva en sustitución de su boca a la lengua ansiosa de él. No hubo duda ni vacilación y los labios de Ximo cambiaron su objeto de adoración, degustando sabores mucho más exóticos y olores más intensos e inquietantes. Había dónde perderse en aquel cráter del que manaba una lava transparente y abrasadora que ya estaba encendiendo los labios y la lengua del invasor. Espera, ordenó la morena, Túmbate. Y apartó el embozo dejando a la vista un pene congestionado que emergía del velludo cuerpo del antiguo profesor.

Con él boca arriba, la chica cabalgó con soltura sobre el peludo tronco frotando su vagina arriba y abajo hasta dejar sus abiertas nalgas apoyadas en la cara del afortunado. Nada parecido le había ocurrido en su vida; Descubría ahora, con 42 años, el inefable placer del juego de la sumisión. Aquella hembra insolente, castradora y voluptuosa a partes iguales, le estaba conduciendo por un camino de lujuria desconocida. Devoró con pasión las nalgas y el ano oscuro y rugoso, escupiendo algunos granitos de arena que se habían atrincherado en los pliegues del mismo. Luego se esforzó por lamer los grandes labios extendiendo su lengua y fijó la mirada en el oscuro agujero que palpitaba hipnóticamente mostrando a cada contracción sus rosadas profundidades que contrastaban con el café con leche de la piel del redondo culo de Marie.

Ella se esforzaba poco por corresponder a tan íntimas caricias. Concentrada en su propio placer, se limitaba a estirar de los vellos del pecho de Ximo, observando con ojos vidriosos el baile oscilante del pene que, como un áspid sonrosado, se balanceaba al ritmo de las caderas de la mulata, que giraban en todos los sentidos ofreciendo alternativamente clítoris, rajita, ano, ingles y vuelve a empezar, a la boca ansiosa del hombre.

Por fin tomó la francesa el tembloroso palitroque con mano de acero y manoseo los peludos huevos, que se encogieron a punto de escupir su contenido. Lanzando un gemido de pantera, Marie empezó a pajear a dos manos al excitado Joaquín Riera, que gruñó roncamente enviando vibraciones a la vagina hiper – excitada. Al mismo tiempo, la vulva se estremeció con contracciones tremendas que expulsaron una abundante cantidad de flujo dentro de la sedienta boca del escritor, mientras su pene, ferozmente exprimido, lanzó chorros de esperma en todas direcciones, llegando incluso a salpicar los senos y el cuello femeninos.

Marie se derrumbó sobre el peludo y pringoso vientre, sin hacer ascos al semen, pero manteniendo alejado de su boca el grifo que lo había derramado.

Rodó hacia su izquierda, dejando los pies sobre la almohada. En ese momento, él hizo un gesto que iba a marcar el curso de los acontecimientos. Siguiendo un impulso totalmente visceral, Ximo acercó sus labios al pie izquierdo de Marie y besó apasionadamente su dedo gordo, introduciéndolo en su boca y succionando suavemente aquel precioso apéndice de chocolate. Con toda naturalidad, la mulata levantó el pie ofreciendo su planta a las caricias orales y él, apasionadamente, lamió toda aquella extensión.

En su corta vida sexual, Ximo no había llegado jamás a practicar ninguna de las perversiones que tanto le excitaban en sus cómics. Consideraba a las mujeres seres humanos, raros, pero humanos en fin. Había sido incapaz de disfrutar de ellas como si fueran dibujos eróticos de una historieta. Pero Marie era lo más parecido a un cómic que le había pasado cerca, y se había dejado ir. No se sentía culpable ni violento mientras metía la lengua entre los largos deditos del pie de la mulata. Lo que sentía era que su verga comenzaba a recuperarse a una velocidad inusual.

La chica se cansó pronto del juego y se incorporó sin hacer caso de la incipiente erección. Vístete y vamos al pueblo, ordenó con voz firme balanceando sus magnéticas nalgas hacia la salida. No quiero que nos encuentren aquí cuando se despierten. De pronto se detuvo. ¿Tienes coche, no? No, repuso el escritor. La verdad es que no tengo ni carnet. Pero hay dos bicis en el cobertizo.. Está bien, accedió la diosa. Servirán.

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