Las tetas de mi suegra me ponen

Probablemente debería titular este relato como “las tetas de mi suegra me la ponen dura”, pero como resulta soez y grosero mejor dejarlo como está. Lo cierto es que mi excitación aumentaba con respecto a mi suegra, era algo imparable y me atrevería decir que hasta enfermizo. Mi pene estaba en erección solamente con verle, era algo que me podía y, a la vez, me hacía sentir mal e incomodo.

Recordaran que en mi anterior relato, además de hablar de mi cuñada, mi suegra era mi gran debilidad. Les contaba hace unos meses que mi mujer y yo vivíamos en Sevilla y mis suegros en un pueblo cercano, a unos 50 km de nosotros. Íbamos bastantes a visitarles, fines de semana y vacaciones. Concretamente cuando llegaba el buen tiempo y el calorcito aumentaba también mi excitación. Era proporcional. Algunas veces nos quedamos algunos días allí y en ese periodo de tiempo era cuando yo sufría más, observando y espiando a mi suegra. Sí, espiándola, como un adolescente. Por ejemplo, ella solía ducharse siempre con agua caliente. En verano también, así que dejaba la puerta del baño entreabierta para que el calor no se acumulara en su interior, a la manera de una sauna. Yo aprovechaba para mirar por el trozo de puerta que quedaba abierta, enfrente había un espejo donde reflejaba la mampara de cristal transparente. Ahí podía contemplar a mi suegra, esa cincuentona con pechos grandes aunque algo caídos ,por la edad y porque había tenido dos hijas, y su enorme culo. La observaba frotándose con la esponja, enjuagándose, poniéndose crema… en ese momento ya me marchaba porque podía descubrirme. Ahí mi polla estaba muy dura y necesitaba aliviarme. Me escondía en el otro baño y me masturbaba. Esto lo hacía siempre que mi mujer marchaba por asuntos de trabajo a la capital y mi suegro se iba a jugar la partida de carta con los amigos. Posteriormente ella depositaba su ropa interior en el cesto de ropa sucia, al cabo de unas horas yo solía oler su sujetador, aspiraba esa prenda que olía a ella, a su perfume… Me excito solamente con pensarlo. Cuando íbamos a la piscina también le miraba, si no estaba mi mujer, claro está. Ver ese cuerpazo a lo Debora Caprioglio me ponía muy cachondo. Mi pareja era la que lo pagaba por las noches, en la cama practicábamos sexo muy salvaje, ella gemía mucho como ya conté, y yo también, me excitaba saber que nos pudieran oir mis suegros. Era algo que hacia intencionadamente. Siempre que acabábamos se oía a mi suegra ir al servicio, automáticamente yo pensaba “¿irá a masturbarse?”.Mi fantasía era abrazarla por detrás, por la espalda, y masajearle los pechos y después bajar mi manos hasta su pantalón, masajear su culo y lo que después surgiera.

En una comida familiar celebrada recientemente, ella vestía unos pantalones bancos ajustados y una blusa rosa en la que sus pechos quedaban muy ajustados, en la que si observabas fijamente sus pezones se notaban. Yo no paraba de observarla, a la vez que mi polla iba para arriba sin parar. Estaba incomodo y tenso ya que no podía dejar de mirarle y mi esposa estaba al lado, lo cual era bastante vergonzoso. En los postres, mi suegra se levantó a por unos flanes que había preparado. Yo le acompañé para ayudarle a traerlos porque eran varios y sola no podría. Cuando estábamos en la cocina me dijo que debía coger la cafetera para preparar el café, estaba en un armario en la parte superior, se subió a un taburete y me dijo que le sujetara porque era bastante endeble. Este comenzó a tambalearse y mi suegra se puso nerviosa, tanto que por casi se cae, yo le sujeté con fuerza para que se sintiera segura, ella se agarró a mis brazo, cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de dónde le había agarrado: una mano la tenía en su culazo y en otra en una pecho. No sabía si permanecer así todo el día o ayudarle a bajar. Ella no decía nada, al contrario, esbozó una leve sonrisa, tímidamente, y yo aproveché para sobarle bien el pecho a la vez que la ponía en el suelo. Una vez allí, empecé a reírme y le dije “que bien te he sujetado”, a lo que ella respondió, “me tenias muy bien agarrada”. Ella miró hacia abajo y vio mi brutal erección, sorprendida se marchó rauda y yo fui al baño a desahogarme. Era algo irrefrenable.

Mi obsesión era ya algo enfermiza, me preocupaba. Un día que estábamos los dos solos viendo la tele después de comer, apague el televisor y le dije que quería hablar. Ella asintió, pensando que sería sobre un problema de pareja o de trabajo lo que quería comentarle. Su rostro cambió cuando le contaba que me excitaba mucho, que constantemente me estaba masturbando pensando en ella, que no podía evitarlo, que le espiaba cuando se duchaba, que olía sus sujetadores, mis fantasías… Concluí diciéndole que era sabedor que esta confesión podía romper mi matrimonio con su hija, pero quería ser sincero con ella y decirle la verdad, aunque me costara el matrimonio. Cuando concluí, ella estaba roja, como sofocada, no podía hablar, acongojada, simplemente se marchó y me dejó solo. Se encerró en su dormitorio y no dijo nada. Quise dejarla que pensara, pero temía que al llegar mi mujer y mi suegro todo saliera a la luz. Era el riesgo que debía correr por ser sincero.

Pasaron los días, mi suegra no me dirigía la palabra, no me miraba… era muy incomodo. Yo no quería forzar la situación, lo que si estaba claro es que no le había dicho nada a mi mujer ni suegro, ya que ninguno me había comentado nada. Lo cual no era malo.

Al cabo de una semana, una mañana que estábamos solos, ella estaba en el baño, como de costumbre, arreglándose para salir, después de ducharse, yo estaba leyendo un libro de reciente adquisición. Oí que me llamó, acudí al baño. Me miraba fijamente. Me dijo que me pusiera detrás, ella estaba enfrente del espejo, cogió mis manos y las puso sobre sus enormes pechos, llevaba una simple camiseta, sin nada debajo, sus pezones se veía que estaban duros, excitados, yo los acaricie sobre la camiseta, ella metió las manos en el interior de la misma, cerró los ojos y me dijo con un gemido que no parara. Yo a través del espejo veía su rostro de placer, ojos cerrados y boca levemente abierta, gimiendo silenciosamente. Mi pene estaba duro y pegado a su culo, a su pantalón vaquero, ella lo comenzó a mover sobre mi polla, yo la clavaba en su culo, en varias envestidas eyaculé. Está claro que era lo que ella quería, masturbarme sigilosamente. Cuando gemí, tras expulsar la última gota de semen, ella se incorporó, me miró a mi entrepierna manchada y sonrió maliciosamente. Tras eso, me invitó a salir, ella cerró la puerta. Debió masturbase, porque se oía respirar aceleradamente. Estaba claro que aquí comenzaba una nueva etapa en nuestra relación.

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