Las zapatilla de mi suegra. Parte 3

El problema del trabajo me llevó tanto como suponía y no terminé pronto. Se hizo muy tarde. Tenía un estupendo dolor de cabeza. Es lo que toca.

De vuelva a casa seguí pensando en todo lo ocurrido con mi suegra, Azucena y mi mujer. No me podía creer que me hubiera empalmado con la visión del culo colorado con un tomate maduro de Azucena. No sé qué me pasó por la cabeza, y encima Fermina se dio cuenta de ello. La verdad que la situación me daba un poco de vergüenza, pero no me iba a quitar el sueño, vamos a ser sinceros.

Lo que no paraba de dar vueltas en mi cabeza era a la frase que le había dicho a mi mujer: “… comprarme unas buenas zapatillas de estar por casa…”. No, yo no las pensaba comprar. Fue una frase irreflexiva y desacertada.

Lo cierto es que Fermina me estaría esperando para hablar conmigo, tal y como quedamos. No sé muy bien donde llevaría todo esto, pero esperaría a ver la dirección que todo ello tomaba.

Cuando llegué a casa me encontré que ya habían cenado. Azucena no estaba, en la habitación, ni mi cuñada Paloma tampoco. Rosa se levantó nada más verme, se acercó a mí, me dio un beso y se fue a la habitación. Fermina estaba jovial como siempre, me acerque a ella y me dio un beso en la mejilla.

Me preguntó por mi trabajo, pero al poco fue al grano y se metió en faena.

– Mira Carlos, ya sé que lo de esta tarde te habrá perecido una barbaridad. Y no lo es. Yo he criado así a mis hijas durante toda la vida y me ha ido muy bien. No creo en la violencia, pero unos azotes a tiempo hacen milagros. Ha si me educaron mis padres y dio buen resultado. Y yo he hecho lo mismo con mis hijas. Una buena ración de zapatilla es una buena forma de solucionar conductas indeseadas. Y ahí las tienes, unas equilibradas y excelentes personas. Las azotainas no crean traumas, como puedes ver.

Yo solo escuchaba, la dejaba tranquilamente hablar.

– Y no te preocupes Carlos por tu reacción cuando viste el culo de Azucena esta tarde. Es normal, por lo menos por la experiencia que yo tengo. Eso mismo le pasaba a mi marido cuando me daba mis buenas zurras, que se le ponía su miembro viril bien duro. Si Carlos, sí. Mi marido también me las daba a mí. Y no me arrepiento de que lo hiciera. Y te sonará raro pero hay veces…. Pero bueno eso es otra cosa. Lo que quiero decir con esto es que es algo habitual en mi vida, y cuando mis hijas vivían conmigo también. Cuando comenten alguna falta, son castigadas. Así de simple. Y el castigo consiste en la correspondiente ración de zapatillazos en el culo.

Ahora estoy en tu casa, y veo que mis hijas están un poco descocadas y faltas de la disciplina mínima que tan bien las viene. Pero es tu casa y quiero saber si tengo tu permiso para seguir siendo la misma de siempre. Quiero decir, la misma de siempre respecto de la educación de mis hijas.

En ese momento paró de hablar y se quedó mirándome.

– Gracias por ser tan sincera y directa. Es muy tarde y estoy cansado. Mañana por la mañana te diré algo. Mientras tanto te pido que no hagas nadas con Azucena.

– Muy Carlos, lo que tú digas.

Me fui a mi cuarto y encontré a mi mujer en el aseo. Me metí directamente en la cama, y por lo que recuerdo caí en los brazos de Morfeo casi instantáneamente. Recuerdo que esa noche dormí mal.

Pero madrugué. Me calcé mis mayas, mis zapatillas y cuando despuntaba el alba salí a correr un rato. Necesita aclarar mis pensamientos. Me vino muy bien. La verdad que estaba hecho un lio, os podéis imaginar. Por cierto, me levante con una erección de mil demonios. ¿Ha que sería debido? Jejejejeje yo creo que ya os hacéis una idea.

Llegué a casa, me duche y me encontré en la cocina a tres de las cuatro mujeres de mi casa. Solo faltaba Paloma.

Mi mujer y Azucena estaban sentadas a la mesa de la cocina. Azucena no levantaba la cabeza aunque me saludo. Mi mujer se levantó y me dio un beso y se volvió a sentar, pero rehuía de mi mirada. Y Fermina con esa naturalidad y desparpajo que tenía me planto un beso en la mejilla y me preguntó que me hacía para desayunar.

No quise esperar a tratar el tema del día… bueno del día del mes y del año jejejeje.

– Anoche estuve hablando con vuestra madre y me explicó cómo lleva vuestra educación desde que sois niñas. Ya sabéis, falta cometida, castigo mediante azotes. Creo que os hacéis una idea, ¿no? – ninguna de las dos me contestó, mientras que Fermina miraba ahora de manera un poco nerviosa. Supongo que quería saber cuánto antes mi opinión y mi decisión.

– Bien, como ya sabéis, aunque en esta casa los conflictos son habituales y diarios, jamás me he metido. Y de momento tampoco pienso hacerlo. Y no veo que a estas alturas de siglo y con la edad que tenéis, se os deba de castigar de esa manera. Sé que vuestra madre os quiere más que a nada de este mundo, pero no tengo claro que ese sea un buen método.

Azucena, ¿tienes algo que decir?

Y no, Azucena no dijo nada. Levantó la cabeza, miró a su madre, luego a mí, y la volvió a bajar sin decir una palabra.

Mi mujer hizo lo mismo.

En cambio a Fermina se la puso el semblante pálido. Hizo intención de decir algo, pero se abstuvo y continúo callada.

– Bueno pues ya que no tenéis nada que decir, voy a ducharme.

Cuando salí de la ducha, tardé entre afeitarme y demás cerca de media hora. Vino mi mujer a la habitación y dijo que su madre había dicho que se iba a marcha de casa. Tenía los ojos vidriosos de haber estado llorando.

Vaya, un problema donde antes no lo había. Yo no busca eso… al parecer no quería mi suegra contradecirme, pero entendía que de esa manera no podía seguir en mi casa. Es una mujer que tiene arraigados fuertemente sus principios.

Mi mujer estaba muy disgustada, porque no quería que se fuera. En fin, decidí marcharme directamente al trabajo sin pasar por la cocina a desayunar. Ya solucionaría el tema esta noche cuando llegase a casa. Ahora no era el momento y no tenía tiempo.

Cuando iba a salir por la puerta, vi en la entrada una gran maleta. No sé cómo la había dado tiempo tan rápido a prepararla, pero allí estaba la maleta de Fermina. Y ella apareció frente a mí. No le di tiempo a decir nada

– Fermina, mete la maleta en tu habitación. Esta tarde cuando vuelva de trabajar hablaremos.

La di un beso en la mejilla y por primera vez vi que se le descompuso el rostro y soltó una pequeña lágrima…

– Así lo haré Carlos.

Y me fui a trabajar.

Llegué a casa con la cabeza hecha un lío. No sé cómo iba a solucionar el problema. Todos queríamos a Fermina, y queríamos que se quedará. Bueno, con mi cuñada Paloma no había hablado y no sabía nada de todo esto, pero estaba seguro que ella pensaba igual.

Me estaban esperando todas, menos Paloma (al parecer estaba de viaje de negocio y con todo este jaleo no lo sabía) en el salón.

No me dio mucho tiempo analizar la situación cuando mi mujer se levantó del sillón y comenzó a hablar rápidamente.

– Carlos cariño, antes de hablar déjame te cuente lo que pesamos. Luego tú decide lo que crees conveniente. (tenía la cara completamente colorada)

Hemos estados pensándolo y no queremos que mama se vaya de casa. Sabemos que la decisión de esta mañana la has tomado desde el cariño y la prudencia, y lo agradecemos y entendemos. Y también entendemos a mama, ya que forma parte de su forma de ser, que la disciplina que nos aplica para corregir nuestras faltas sea a base de zapatillazos. Ella no puede despegar esa parte suya, y debido a que tú has decidido que mi madre nos discipline como lo ha hecho siempre, ella ha decidido irse, para no alterar a nuestra familia ni contradecir tu decisión.

Azucena y yo hemos estado hablando y hemos tomado una decisión. Queremos decírtela. Si la aceptas, creo que el problema se habrá solucionado y mi madre no tendrá que irse.

Ahora sí que estaba intrigado. No esperaba que los acontecimientos giraran en esa dirección.

Tomando aire, mi querida esposa me dijo.

– Azucena y yo aceptamos que nuestra madre nos discipline tal y como lo ha hecho toda la vida. Entendemos que es por nuestro bien y que tiene por fin hacernos mejores personas. – esto lo decía mi mujer no sin dificultad –

También entendemos que tú eres quien debe de decir sobre ello. Las tres estamos de acuerdo en proponerte esto y acataremos lo que tú decidas.

Vaya, eso sí que no me lo esperaba por nada del mundo. Ahora nuevamente estaba la pelota en mi tejado. Aunque esta vez tenía las cosas bastante más claras.

– Voy a darme una y ya os diré.

Tarde un rato pero ya había tomado una decisión. Nuevamente en el salón me dirigí a las tres:

– Me parece bien vuestra proposición. Fermina tiene mi permiso para disciplinaros cuando lo crea conveniente. Pero eso sí, tendrá que contar con mi aprobación y decidiré si lo que propone Fermina es adecuado o no. En ese sentido haré de juez. ¿me he explicado?

Me gustó mucho ver como las caras les cambiaron a todas. Fermina dejó entrever una ligera sonrisa, y mi mujer y mi sobrina, aunque todavía ruborizadas, destensaron sus gestos y asintieron con cierto toque de felicidad.

Fermina sin más, se acercó a mí, se plantó delante de mí con cierto aire pomposo y solemne y me dijo:

– Carlos, gracias por tomar esta decisión. Sé que hablo en nombre de todas y te aseguro que nos has hecho felices. Te aseguro que no te defraudaremos y vamos a seguir siendo esa familia feliz y unida que eras hasta ahora.

¿Puedo seguir el castigo de Azucena?

– Si, si puedes continuar. De momento dejo el desarrollo del mismo a tu elección y criterio. Aunque me tendrás puntualmente informado.

– Gracias Carlos. Tengo que informarte que he creo que tu mujer también se merece un buen castigo. Se lo merece por varias razones. La primera de ella es por ocultarnos la grave falta cometida por Azucena y encubrirla. La segunda es por las palabras que te dijo ayer, todas ellas fuera de lugar. ¿Qué te parece?

– Pues me parece bien Fermina, si es lo que crees. Igualmente dejo a tu elección la forma y demás circunstancias de llevarlo a cabo.

Vaya, como había cambiado nuestra vida en menos de dos semanas. Era vertiginoso, y casi no me había dado tiempo a asimilarlo.

– Azucena, vamos para tu habitación. Es hora de que tu culo sienta las consecuencias de tus malas acciones. – dijo Fermina sin temblarle la voz.

Cuando estaban ambas saliendo del comedor, las detuve con la siguiente frase, la cual ha día de hoy no sé porque se me ocurrió:

– Si Fermina, pero tendrás que castigarla aquí, delante de todos.

– NO¡¡¡¡ – lanzo un grito mi sobrina. – No por favor tío, aquí delante de todos no. Me da mucha vergüenza¡¡¡

– No cielo, haberlo pensado antes de robar. – joder, que pronto me había metido en mi papel de juez. Me sorprendía a mí mismo.

– Es que tío te estás pasando¡¡¡ no me parece justo por…. –

No llegó a terminar la frase porque mi suegra le dio un bofetón en la cara que la hizo callar inmediatamente. Vi como enrojecía instantáneamente y bajaba su mirada al suelo.

– No seas desvergonzada y descarada. Ya has oído a tu tío.

Rosa mi mujer no salía de su asombro. Creo que no pensó ni por un segundo, bueno creo que ninguna de ellas excepto mi suegra, que los hechos se pudieran desarrollar de esa manera. Ahora iban a ser azotadas delante de todos¡¡¡¡

Mi suegra se quedó de pie delante de la gran mesa del salón, junto frente donde yo estaba sentado en el sillón.

– Azucena, ven aquí a mi lado. Tú, Rosa, levanta ahora del sillón y ponte al lado de tu marido y no pierdas detalle, ya que pronto te tocará a ti.

Azucena se aproximó a mi suegra. En ese momento me percaté que mi sobrina llevaba un vestido estampado que le llegaba por encima de la rodilla. La hizo girar y ponerla de espaldas a donde yo estaba.

La dobló por la cintura con una agilidad impresionante, supongo que ganada por tantos años de experiencia. La hizo apoyar su torso encima de la gran mesa y la ordenó agarrarse con ambas manos al borde de la misma. En esa posición ya se atisbaba a ver las primeras marcas de la azotaina del día anterior, justo en ese punto donde se unen las piernas con el inicio de las nalgas.

Azucena ya había empezado a sollozar, y pedía a su madre que tuviera piedad de ella.

Mientras que toda esta escena se desarrollaba, Fermina no paraba de recriminar a mi sobrina. Era una regañina en toda regla, aunque contrataba con la tranquilidad con que Fermina desarrollaba todo el ritual.

Mi suegra se puso en el lado izquierdo de la mesa. Con una gracilidad que me sorprendió, el gesto de llevarse su mano derecha a su zapatilla derecha me ensimismó. Parecía que todo ocurría a cámara lenta. Se sacó su zapatilla del pie sin perder un ápice el equilibrio. Con el dedo gordo tiro de la parte trasera de la zapatilla y salió como si de un resorte hubieran tirado. En ese momento, en su mano, me fije lo grande que se veía la suela de la misma. Supongo que ya os haréis una idea, ya que era la típica zapatilla de estar por casa que se ha utilizado toda la vida. Con el convencimiento de que mi sobrina ya conocía los efectos de la misma, levantó el vestido y lo recostó encima de su espalda.

Llevaba unas bragas blancas, y por los costados de la misma, alrededor de sus glúteos, asomaban zonas totalmente rojas.

En ese momento pensé que pocos azotes entrarían en ese culo.

Y escuché el primer zapatillazo impactando con ese ya maltrecho culo. El sonido inundó todo el salón, seguido de unas décimas de silencio y continuado por un desgarrado grito de dolor de Azucena.

Me impresionó la fuerza con que lo propino. El ruido seco, nítido aunque ligeramente amortiguado de la goma impactando con la tela de las bragas. Y ese grito que nos informaba del dolor que producía.

La estampa era impresionante. Al igual que mi erección. También me sorprendió que me gustará el ligero temblor que tenía mi esposa allí de pie a mi lado. Mi suegra de pie, frente a mí y ladeada, descalza de un pie, agarrando firmemente la zapatilla por el talón, golpeando el culo de mi sobrina, la cual hacia verdaderos esfuerzos por no levantarse…

No llegó al quinto zapatillazo cuando Azucena ya lloraba desconsoladamente. No me extrañaba, ya que el culo lo tenía bastante magullado de las azotainas del día anterior. Luego me contaron que el día anterior también tuvo su tercera paliza por la noche.

Fermina seguía regañándola mientras no paraba de azotarla. Dejaba un par de segundos entre azote y azote. Y volvía a la carga.

No los conté, pero cuando llevaría cerca de treinta zurriagazos, mi suegra paró, se volvió a mi mujer y la comenzó a regañar. Levantaba la zapatilla hacia ella y la decía frases tales como “dentro un rato la vas a catar tú”. Pensaba que ya había acabo con Azucena, pero nada más lejos de su intención. Me miró Fermina directamente a los ojos, y con una sonrisa de complicidad, se dio la vuelva y bajo las bragas de un solo movimiento a mi sobrina.

Está volvió a gemir y quejarse, supongo que yo viera todas sus “vergüenzas” la humillaba más. Me fije que mi sobrina tenía todo su sexo depilado, sin un solo pelo.

El culo de Azucena era todo un cuadro. Estable completamente enrojecido, con alguna ligera marca morada en la parte baja de las nalgas.

Azucena hizo intención de levantarse y mi suegra le dijo que si lo hacía se llevaría diez azotes extras en las piernas. Eso debe de ser doloroso, ya que mis sobrina se aferró nuevamente a la mesa quedándose en silencia.

– Te voy a dar treinta azotes. Quiero que los cuentes todos y cada uno de ellos. Si no lo haces empezaré de nuevo. ¿has entendido?

Azucena lanzó un quejido lastimero, pero se apresuró a contestar afirmativamente.

El primer azote sonó como un cañonazo. El grito no fue menos intenso. Mi mujer dio un pequeño bote y se llevó instintivamente las manos a su trasero. Yo no me creía que estuviera tan sumisa y tan callada. Se ve que había vuelto a aceptar su rol de castigada de manera impecable.

A los dos segundos del primer azote llego otro. Mismo resultado. Un fuerte trallazo ocupó la habitación, el grito seguido detrás y Azu gritando a viva voz el número dos.

– No cielo, no. Te has equivocado. No es el número dos.

Y soltó un nuevo zapatillazo en la otra nalga, ya que iba alternando de una a otra. Azu pareció darse cuenta de su error, no había contado el primero y por eso se había reiniciado al número uno.

Otro azote volvió a resonar, y esta vez de la boca de mi sobrina salió el número uno. Creo que no se arriesgó a que su madre entendiera que había contado mal y volviera en el siguiente azote a comenzar por uno.

– Muy bien hija, así me gusta.

Uno tras otro fueron cayendo inmisericordes los zapatillazos en las magulladas posaderas de mi sobrina. Sobre el número veinte el color de la piel pasó aun rojo tirando a morado.

Las lágrimas de la castigada, como pude ver después, habían hecho sendos pequeños charcos en la mesa. Tenía la voz ronca de los gritos y el soponcio que tenía encima.

Y mi mujer seguía dando pequeños botes a cada azotazo.

Por fin llegó a los treinta azotes indicados. Creo que esa chica no podría sentarse en varios días. Yo otra vez fui consciente de mi enorme erección, y creo que mi mujer, cuando me miró por primera vez desde que empezó el castigo, también se dio cuenta. Vi su mirada de asombro, ya que se quedó con la boca abierta unos segundos. Me pareció ver algo en sus ojos, pero rápidamente apartó la mirada.

Mi suegra se volvió a mí con cara de satisfacción y me miró esperando. Como vio que yo no decía nada me dijo:

– Carlos ¿te ha parecido acertada mi forma de castigar a Azucena?

Yo asentí. Aunque ella ya sabía que me había gustado, ya que bajo su mirada nuevamente a mi paquete y sonrió.

– ¿Quieres añadir tú algo más? – ahora sí que vi un brillo en los ojos de mi suegra que no supe adivinar, me dejó confuso.

Negué con la cabeza. Ya analizaría todo lo ocurrido. Mi suegra se volvió a su hija pequeña y le dijo:

– Ahora niña, vete a este rincón y te quedas ahí hasta que yo te lo diga. Vas a recapacitar sobre tus actos y las consecuencias de los mismos. Y no pienses que esto ha acabado.

Mi sobrina siguiendo las indicaciones dadas se quedó en el rincón, de rodillas en el suelo, las manos detrás de la cabeza y la falda arremangada por la cintura. Se la veía congestionada y muy acalorada, creo que no solo por la azotaina, que había sido muy dura, sino por la vergüenza de haber sido azotada delante de los que allí estábamos.

La ordenó que tenía que estar en silencio y no menos de media hora. Yo me apiadé un poco de ella y la dejé un cojín debajo de sus rodillas. Así mismo la dije que apoyara los codos en la pared, así podría descansar un poco los brazos.

Mi suegra hizo intención de ir a por mi mujer, ya que me miró y la miró a ella. Pero yo la dije que ahora no era el momento. Primero terminaría con el castigo de mi sobrina y luego ya veríamos.

Cogí a mi mujer de la mano y mansamente (para mi sorpresa) me siguió sin rechistar a nuestra habitación.

Creo que sabía lo que la esperaba. Solo os diré que el animal que llevo en mi interior, que cada uno llevamos dentro, despertó y la tomé como nunca la había tomado. Fue el mejor sexo que habíamos tenido hasta esos momentos.

Aunque la tarde no había terminado…

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