León, el viejo amigo de mi mamá

Los dos paquetes habían llegado esa misma mañana. Al abrir la puerta, el repartidor nos miró y pude ver en sus ojos que creía estar en el umbral del paraíso. Causar aquella reacción en los hombres me excitaba cada vez más. Sabía que la mera visión de mí y de mi madre -rubias, altas, de piernas estilizadas y cuerpos esbeltos- era un estímulo brutal para cualquiera de ellos. Especulé con invitarle a entrar solo para que hubiera visto incrédulo cómo su más secreta fantasía se hacía realidad. Para su desgracia, estábamos demasiado interesadas en el misterio que guardaban aquellas cajas.

No tardamos mucho en desvelarlo. En cada una de ellas, un vestido y una invitación. Sabía exactamente quién nos lo enviaba y a juzgar por el nerviosismo de mi madre, ella también. Llegada la hora nos pusimos la ropa que nuestro benefactor nos había enviado y nos contemplamos ante el espejo. Sin duda era un hombre con gusto, buen ojo y gran pasión por el morbo. A mi madre, Aurora, la había agraciado con un vestido corto de noche, de color negro, ceñidísimo a su escultural cuerpo y rematado por un escote vertiginoso que potenciaba sus enormes pechos.

A mí también me había tomado la medida, ya que mi vestimenta era un conjunto de top y minifalda de un gris plateado que incrementaba la longitud de mis largas piernas. Como mis tetas no estaban ni de lejos a la altura de las de mi progenitora, mi top se ceñía a mi cuello por el torso, pero a cambio desvelaba por completo mi espalda. Nunca me había sentido tan sexy y, a la vez, tan elegante. Hasta ese momento el arte de conseguir semejante efecto con la ropa era exclusiva de mi madre.

A la hora señalada en la invitación apareció un lujoso coche en la puerta. Monté obnubilada ante semejante ostentación, aunque para mi sorpresa Aurora no compartió mi entusiasmo. Parecía acostumbrada a ese tipo de rituales y sabía perfectamente adónde conducían.

Durante el trayecto mi mente rememoró mi encuentro previo con nuestro benefactor y concluyó que sentía más que una simple atracción física por él. Era un hombre extraño, de piel negra y unos ojos azulados, músculos que se marcaban bajo su impoluta vestimenta, manos enormes… Pero me maravillaba ante todo cómo me había hecho sentir durante nuestro breve encuentro. Como ahora, había temblado como una niña indefensa.

Al llegar a nuestro destino el chófer señaló amablemente la puerta y entramos en el local. Aunque el ritmo de las obras se había hecho notar desde la última vez que estuve allí, el largo pasillo seguía a oscuras y nos obligaba a caminar a tientas, juntas y un tanto intranquilas. Supuse que tal vez amedrentarnos era el objetivo de nuestro anfitrión. Las miradas obscenas de los obreros que a aquellas horas seguían trabajando allí no ayudaban a mejorar nuestra seguridad. Al subir las escaleras y cruzar una puerta que decía “Dirección” nos mostramos casi trémulas ante nuestro benefactor.

León, como el día que le conocí, vestía una ropa hecha a la medida de su cuerpo perfecto. Cruzó la estancia con una grácil seguridad, sujetó a mi madre por la cintura y para sorpresa de ambas la dio un breve beso en los labios.

-Aurora… -dijo con su voz grave marcada por un ligero acento.- te he echado mucho de menos.

Mi madre, incómoda por el saludo pero más por mi presencia ante él, hizo amago de presentarme, pero él la interrumpió.

-Ya conozco a tu bebé, Aurora. Es una criatura de aspecto delicioso, como tú misma.

Aquel cumplido propio de un depredador apabulló tanto mi ánimo que creí que caería al suelo abatida. No tenía ni idea del motivo por el que aquel hombre hacía tanta mella en mi humor y mi lujuria. Parecía un ejemplar de una especie completamente distinta a la de los chicos con los que había estado.

Aunque la estancia era amplia y lujosa y mostraba unas impresionantes vistas del local, León nos sentó en una pequeña mesa con el espacio justo para cenar los tres. Un chico muy joven, probablemente de mi edad y tan escultural como una estatua de ébano, nos sirvió con exquisita cortesía y se retiró. Me llamó la atención que un simple camarero fuera tan atractivo, pero el magnetismo de León apartó pronto mi mente de aquel chaval.

Durante la cena León moderó su actitud hacia mi madre. Se mostró más cercano, simpático y amable. Intercambiaron recuerdos, se pusieron al día y se escucharon como dos viejos amigos que tras años de separación por fin se reencontraban. Sentí que sobraba hasta que, en un instante, todo cambió. León centró en mí su mirada azulada, aquella que contrastaba de forma imposible con su piel negra.

-Te fuiste de nuestro lado sin despedirte Aurora. Ahora puedo ver el motivo. Qué dulce ejemplar de hembra has creado.

Acercó su silla a la suya, hasta casi pegarse a su cuerpo. Mi madre intentó apartarse al sentirse acosada, pero él se lo impidió atrapándola con su enorme mano. Ella estaba terriblemente incómoda, casi asustada.

-Nunca pensé que tu belleza tuviera rival, pero aquí está ahora ante mí la prueba de que me equivocaba. Tu cría es una versión más perfecta y joven de ti misma. Al verla recuerdo los tiempos en los que teníamos pocos años más que los suyos y me doy cuenta de que te eché mucho de menos. Mucho.

Y poco a poco vimos ambas cómo su mano descendía por el cuerpo de mi madre hasta perderse bajo la mesa. Alucinada como estaba por su osadía, agudicé mi oído para captar el sonido de su mano acariciando los muslos de mi mamá. Imaginé cómo poco a poco aquella manaza negra ascendía por sus piernas níveas hasta perderse entre ellas. Percibí cómo apartaban la tela de sus braguitas. Casi pude escuchar cómo sus dedazos producían un lujurioso chapoteo al entrar en contacto con el húmedo coño de mi madre.

-León… -gimió.

Mi madre quedó desactivada por completo, como si aquel hombre negro la hubiera apagado pulsando un simple botón. Con cada uno de sus lascivos movimientos ella convulsionaba. No podía creer lo que estaba pasando. Aquel hombre al que apenas conocía estaba metiendo mano a mi progenitora ante mis ojos sin cortarse lo más mínimo. Me miraba, de hecho, con una prepotencia que me acobardaba. Moviendo con sutilidad su mano, estaba llevando a mi madre a la gloria mientras que ella, con una disciplina envidiable, intentaba mantener la compostura.

-León… para. –Dijo por fin ella escapando de aquel conjuro y levantándose de la mesa.

Se acomodó el vestido, que había quedado subido por la osada acción de León y trató de salir de la sala. En ese momento, León la detuvo y se dirigió a ella en francés en un tono seductor. Ella, para mi sorpresa, le respondió airada en el mismo idioma. Jamás la había escuchado hablar esa lengua. Se libró de él, abrió la puerta y salió dejándome atrás. Estaba tan alterada que se había olvidado de mí por completo. Antes de salir tras ella, León me señaló a su escritorio, cerró a su espalda y me quedé sola.

Estaba en shock. Apenas podía creer lo que acababa de pasar e incluso dudé de mis propios sentidos. ¿Acababa de ver cómo aquel hombre en el que no había dejado de pensar durante las últimas semanas, masturbaba a mi madre en mi presencia? Estaba sobrepasada ante tanto erotismo. Aquello no era simple sexo, sino algo más que no terminaba de comprender. Solo sabía que me sentía atrapada por aquel deseo impío. El ruido de una puerta al abrirse me sacó de mis pensamientos.

Venía del escritorio de León, donde había señalado antes de salir. Me senté ante él y miré la pantalla que presidía la lujosa mesa de trabajo. En la imagen aparecían distintas habitaciones vacías amuebladas como si fueran dormitorios. En una de ellas había metido León a mi madre. Supuse que la habría atrapado antes de que hubiera logrado escapar del local. Discutían airados. Ella estaba al borde del llanto y él intentaba calmarla. Cuando por fin lo consiguió, volvieron a hablarse en un idioma que comprendía.

-¿Para qué me has hecho venir aquí, León?

-Para ofrecerte un trabajo.

-Me va bien sola.

-Te iría mejor conmigo.

Mi madre meditó unos instantes, como intentando obtener una razón para negarse a su oferta. O tal vez buscando un motivo para aceptarla. Se la veía muy atribulada.

-¿Por qué has invitado a mi hija?

-También tengo un trabajo para ella.

-No, León.

-No es el tipo de trabajo que tengo reservado para ti.

-Da igual. No la quiero cerca de ti. Ella está fuera de esto. Y punto. No hay más que hablar.

-Aurora, veo que por desgracia durante este tiempo has perdido tus modales.

Se acercó a ella de una zancada, la cogió por el cuello con firmeza y la retuvo así unos instantes. Cualquier persona normal, pensé, estaría ahora aterrada con lo que presenciaba. Yo, en cambio, estaba controlada por mi ardor. No podía quitar ojo de aquella pantalla. Estaba excitadísima, sentía que me sobraba la ropa y que mi cuerpo me pedía con urgencia una dosis de placer. No podía creer aquella reacción surgida de lo más profundo de mi deseo ni tampoco lo que veía en aquel monitor.

-León, déjame…

-Calla, Aurora. No quiero que abras más la boca sino es para gemir.

León subió con brutalidad el vestido de mi mamá desvelando su preciosa lencería. De un manotazo se libró de sus caras braguitas de encaje negro dejando su húmedo coño desvalido. Teniéndolo a su alcance, continuó sin demora lo que había dejado a medias durante la cena. Aplicó sus enormes dedazos a su clítoris y lo estimuló para desesperación de mi madre. Ella se revolvía de placer, pero la otra mano de aquel gigante seguía sujetándola por el cuello. Parecía muy pequeña e indefensa.

Ver cómo aquel enorme macho negro masturbaba brutalmente a mi mamá me nubló por completo el juicio. Sin poder evitarlo me subí la minifalda, aparté mi tanguita y me empecé a tocar. Estaba ya mojadísima y mis pezones erectos se marcaban bajo la tela del top como si la fueran a rasgar. Acaricié mi clítoris y mis labios y gemí, coordinando el ritmo de mis suspiros con los de mi madre al otro lado de la pantalla. Cerré los ojos por un instante, llevada por un instinto más que por la lógica que me decía que no perdiera detalle de lo que pasaba en pantalla.

Sumida en la oscuridad, rodeada del sonido de los gemidos de mi madre, me perdí en mi propio placer. Era un momento tan brutal que comprendí que el sexo convencional no era para mí. Iba a necesitar siempre momentos así de impuros para disfrutar de verdad. Un leve sonido cercano me sacó de mi éxtasis.

Al abrir los ojos me sobresalté. ¿Había alguien más allí conmigo? ¿Habría un espectador oculto en alguna otra sala viéndome desde alguna pantalla como yo hacía con León y mi madre? Me sentí cohibida pero supe que no podía parar. Mi cuerpo me lo impedía. Lamí la palma de mi mano, palmeé mi coño y me masturbé con mayor dedicación.

León, en la pantalla, estaba llevando a mi madre a un orgasmo de leyenda. Ella estaba perdida y chorreaba. Por sus muslos se deslizaban torrentes de flujo que llegaban hasta sus zapatos de tacón. Yo, por mi parte, estaba poseída por un demonio que me obligaba a continuar masturbándome.

Emocionada por los chillidos de placer que lanzaba mi madre, me corrí. Gemí sin pudor y palpité sobre aquel lujoso sillón de piel hasta quedar invadida de placer. Al recuperarme, presencié cómo mi mamá, avergonzada ante tanto gozo, veía cómo León restregaba su cara con la mano chorreante que había tenido en su coño. Ambas nos recuperamos de tanta pasión a ambos lados de la pantalla y poco a poco, también recobramos la cordura.

-Ya no hago estas cosas, León. –Dijo ella mientras intentaba limpiarse.

-No, ya sé que gratis no.

Y para mi sorpresa León sacó un fajo de billetes y lo posó en la cama.

-La próxima vez, Aurora, tendrás que darme algo a cambio de eso.

Mi madre los miró un instante y para mi completa sorpresa, los cogió y los guardó.

-No habrá próxima vez, León.

-Claro que sí, Aurora. Las zorritas como tú nunca cambian. Solo adquieren nuevas formas y malas costumbres.

No podía creer nada de aquello. No podía estar pasando. Mi madre… el dinero… ¡No podía ser verdad! ¡Imposible!

Fue entonces cuando le vi. El hermoso camarero que nos había atendido me miraba fijamente. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Qué había visto? Pasó mi susto inicial y me di cuenta de que estaba semidesnuda y húmeda por mi orgasmo ante los ojos de aquel chico negro y perfecto, que me contemplaba con estoicidad y disciplina. En estado de shock compuse mi vestimenta como pude. El camarero no me quitaba ojo, pero seguía inmóvil como una estatua de ébano. A pesar de su aparente insensibilidad, pude ver cómo bajo su ancho pantalón una erección descomunal tomaba forma.

-Perdón… No sé qué me ha pasado… -acerté a susurrar.

-La señorita no tiene nada de lo que disculparse. –Dijo con un acento más marcado que el de su señor.- ¿Desea algo más la señorita?

-No…

-Retiro los platos entonces.

Y siguió con sus tareas, a pesar de la brutal erección bajo su pantalón, como si nada hubiera pasado. Para acentuar el surrealismo que parecía rodearme aquella noche, mi madre y León aparecieron sonrientes por la puerta como si hubieran venido de fumarse un cigarrillo.

-Bueno cielo, -dijo mi madre.- nos vamos a ir ya que mañana toca madrugar.

-Qué lástima que no podáis quedaros un rato más. Sería agradable repetir pronto. ¿Has pasado una dulce velada? –Le dijo León.

-Muy dulce. Sí, gracias… -Repuso mi madre.

-Bien. Espero que las siguientes sean todavía mejores.

Besó a mi madre a modo de despedida y ella salió como alma que lleva el diablo. Cuando me dispuse a seguirla León me detuvo. A mí me tenía reservado algo distinto.

-Y tú, bebé, ¿has disfrutado del espectáculo?

Me miró con sus ojos azules y supe que no tenía secretos para él. Parecía conocerme mejor que mí misma, como si supiera qué botones pulsar para activar mi perversión. Cogió mi mano con aparente dulzura y la llevó a sus labios en un beso que parecía estar cargado de cortesía. No fue así. Cuando se acercaban mis dedos a su boca, me miró a los ojos.

-Qué bien hueles… -Susurró.

¡Había captado el olor de mi coño en mis dedos! Estaba claro que la esencia de mi reciente masturbación no pasaba desaperciba para él. Para mi sorpresa, llevó dos de mis dedos a su boca y los chupó con deleite. Estaba paralizada.

-…y sabes aún mejor.

Estaba roja de vergüenza y calentura. Salí disparada hacia el coche sintiendo todavía la presencia de su saliva cálida en mi mano. No podía creer el estado de mi propio cuerpo en aquel momento. Temblaba tanto que hasta mi madre se percató. Aun así, el silencio entre ambas fue absoluto durante el viaje de vuelta y aquella quietud se prolongó durante el día siguiente, tan solo rota por respuestas evasivas ante mis muchas preguntas.

-¿Pero de qué le conoces?

-Es un viejo amigo. Hace muchos años ya de todo eso.

-¿Y qué quería?

-Pues ya lo viste, cenar y charlar un rato sobre los viejos tiempos.

-Fue algo más que eso, mamá.

Y se quedaba ella con la mirada perdida, como si en su cabeza rememorara cada instante de lo que había ocurrido la noche anterior. Tuve miedo de que en el fondo ella supiera que yo había descubierto la verdad, que sabía por fin lo que era. Mi madre había vendido su propio cuerpo, no había duda. ¿Lo seguiría haciendo? ¿Se dedicaba todavía a eso? ¿Ese era el motivo de sus continuas salidas y del misterio que envolvía su trabajo? La imaginé preparándose con sus mejores galas para acudir a citas donde repugnantes desconocidos la follaban por dinero. Me sentí apenada pero extrañamente cachonda.

-Vamos a dejarlo. –Respondía cuando yo intentaba retomar el tema.

Pero yo no podía dejarlo. Estaba constantemente envuelta en deseo. No dejaba de pensar en lo que había ocurrido, sintiéndome incapaz de comprenderlo del todo. No lograba asumir que había sido real, que aquel desconocido magnético había llevado al orgasmo a mi madre a cambio de dinero y que luego se había permitido el lujo de calentarme hasta el infinito con un simple gesto de perversión. Me sorprendía a veces mirando los dedos que había chupado como si ansiara que su esencia, mezclada con la mía, siguiera impregnándolos.

No pude aguantar más. Necesitaba verle de nuevo. Explorar su pasado, comprender su relación con mi madre, saber qué quería de mí y, sobre todo, conocer qué quería yo de él. Me doblaba la edad, quien sabe si la triplicaría, y había logrado volverme loca por completo. Me vestí para la guerra. Una minifalda diminuta que había encontrado en un cajón olvidada desde los tiempos en los que la llevé siendo niña, un top minúsculo con sugerentes transparencias, los tirantes de mi tanga revelándose traviesos por mis caderas, mis larguísimas piernas culminando en unos vertiginosos tacones…

-¿Vas a salir así vestida? –Preguntó Aurora. No distinguí si era una reprimenda por mi inconsciencia o una loa por mi osadía.

-Tranquila. Voy con amigas. –Mentí.

-Cariño… hay cosas que por mucho que nos atraigan, son peligrosas. Tenemos que saber renunciar a ellas.

-Lo que tú digas, mamá.

Durante el trayecto, primero en bus y luego caminando por la ciudad, llamé la atención de todo macho viviente. Sus miradas lascivas, sus brutales piropos, sus comentarios groseros y sus torpes acercamientos inflaron mi ego y aumentaron la seguridad en mí misma. Todo se desvaneció cuando llegué a las puertas del local de León y me adentré en aquel pasillo oscuro y maldito.

-Este es mi problema. –Su voz llegó de la nada y me sobresaltó, provocándome un sonoro suspiro de terror. –Aquí, en la oscuridad, necesito algo que brille más que un simple neón. Algo que seduzca, que sugiera… Pero ven, bebé, ven a la luz. Deja que te vea.

Me cogió con dulzura de la mano y me llevó hasta el centro del local. Una decena de hombres estaba trabajando en la colocación de un enorme escenario que culminaba en una gigantesca barra, pero cuando entré todo se detuvo. Me sorprendió que estuvieran allí a esas horas, pero comprendí que siendo todos africanos como su jefe, tendrían su futuro vinculado al local. León me expuso bajo los intensos focos y las agresivas miradas de sus trabajadores. Todos ellos admiraban al detalle mi atuendo y el delicioso cuerpo que apenas ocultaba. Pude captar su lujuria quemándome más que las propias luces.

-¿Os gusta esta rubita? –Les preguntó. Todos ellos respondieron con una aclamación. Mi ego se infló aún más. –Claro que os gusta… Tenéis un gusto terrible.

Todos rieron y yo me sentí devastada por aquel comentario. ¿Cómo podía haber dicho eso? Me sentía así vestida y expuesta al límite de mi sensualidad, pero parecía que a León le repugnaba. Aparté mi mirada de las de los trabajadores para no sentirme más humillada y me encontré con una familiar. El jovencísimo camarero de la noche anterior había dejado sus labores de limpieza para dedicarme toda su atención.

-Allan, ven. –Le dijo León al chaval- Tengo trabajo para ti.

Allan, el camarero, abandonó al instante su escoba y nos siguió. León me sacó de allí tirando de mi mano y subimos por las escaleras a su despacho. Me giré por un momento a mitad de los escalones para comprobar que Allan, a mi espalda, no estaba perdiendo detalle de mi tanguita, revelado ante su cara por mi diminuta minifalda y el provechoso ascenso. Al entrar en el despacho y mirar por sus enormes ventanales, comprobé que muchos de los obreros alzaban todavía su mirada para intentar captar mi imagen. Al menos era capaz de volverles locos a ellos y al chico. León era otro asunto.

-Allan.

-¿Señor?

-Limpia todo esto. Lo quiero todo perfecto. En especial la silla de mi escritorio. De ella emana un olor apetecible pero extraño.

Me ruboricé al ver cómo Allan, aquel chico que por su edad bien podría ser uno de mis compañeros de clase, empezaba a afanarse en librar a la butaca de su jefe de los restos de mi orgasmo. León se centró entonces en mí, ignorando la presencia de su vasallo como si este no existiera.

-¿Para qué has venido, bebé?

-Ayer dijiste que tenías un trabajo para mí. ¿De qué va?

Meditó apenas un instante su pregunta. Supuse que pensaba qué cauce debía seguir la conversación. Si era prudente hacer la evidente observación de que, sabiendo yo aquello, era obvio que había contemplado también todo el show que había montado con mi madre.

-¿Sabes lo que intento construir aquí?

-No estoy muy segura. ¿Una disco?

-Un mercado. Aquí venderé bebida y música, sí. Alegría, diversión, entretenimiento, desde luego. Pero también venderé algo más… exclusivo. ¿Allan?

-¿Señor?

-La señorita y yo no deseamos ser interrumpidos. Te llamaré si te necesitamos.

-Por supuesto, señor.

Con un gesto autoritario León me indicó que me acercara. Lo hice sin dudarlo. Me tomó por mi cintura y me guio hasta una sala contigua. Allí había todo un set de fotografía. Cámaras de todo tipo, objetivos alineados como armas místicas, focos y luces, telas que cubrían las paredes para ofrecer distintos fondos… Y también sugerentes imágenes colgadas arbitrariamente de la pared. Eran instantáneas de mujeres de una belleza extraordinaria en unas poses que emanaban sexualidad, lujo y poder.

-¿Eres fotógrafo? –Pregunté, como si aquello no fuera obvio.

-Soy un cazador de belleza.

Me sentí presa y me sentí cazada.

-¿Es este el trabajo que querías ofrecerme? –Pregunté halagada. Siempre había querido ser modelo, como mi madre.

-¿Es que crees que estás a la altura de estas hembras?

Un flash me cegó. Había tomado una fotografía de mí y, como por arte de magia, la vi de inmediato proyectada en la pared opuesta. Se acercó a mí para contemplarla. Se pegó a mi espalda y me rodeó con sus enormes manos. A pesar de mi altura, era minúscula frente a su cuerpo.

-Mírate. –Me susurró- ¿Qué ves?

-A mí.

-No, esa no eres tú. Es un personaje que interpretas. Vas disfrazada.

-¿De qué?

-De puta barata. Y esa no eres tú.

Sus palabras y su agresividad, a pesar de su tono calmado, me asustaron.

-Y según tú, ¿qué soy?

-Una puta cara, bebé. Como tu mamá.

Se separó de mí y caminó hacia el proyector. Me sentí desolada por sus palabras pero también excitada. Ser tratada así, con esa mezcla entre piropo e insulto cargado de morbo, me estaba empezando a humedecer, tal vez porque en el fondo sabía que lo que había dicho era cierto. ¿Realmente era así como me sentía, como me veía a mí misma? ¿Era acaso una repetición de mi madre, de sus gustos y errores? Se apoderó de mí un sentimiento terrible al ver confirmada la naturaleza de mi progenitora.

-¿Sabías eso de tu mami? ¿Sabías que es una puta de lujo, literalmente? ¿O lo descubriste ayer mirando cómo se dejaba sobar por unos pocos billetes?

-Delante de mí no insultes a mi madre. –Respondí en un ataque de dignidad.

-No entiendes nada, bebé. Ese es el mayor halago que ella puede recibir.

Se acercó a un proyector y lo activó. Una imagen apareció en una pared. Mostraba a una mujer de un físico envidiable. Su potente silueta se contorneaba en un ajustado vestido de noche. Toda la fotografía emanaba sofisticación.

-¿Ves? Belleza, elegancia, sensualidad, morbo… poder.

Siguió pasando imágenes de la misma modelo. Cada instantánea era más provocativa que la anterior, pero siempre erótica y sugerente. La modelo iba perdiendo ropa con un glamour envidiable. Mostraba poco a poco su vientre plano, sus piernas largas, sus pechos rotundos envueltos en fina lencería. Llegó a la última imagen, en la que la estaba ya del todo desnuda mostrando sus celestiales encantos a la cámara. Aurora, mi madre, miraba al objetivo con una mirada de un azul ardiente. Debía tener más o menos mi edad cuando se las tomaron.

-¿Comprendes?

-Comprendo que me has enseñado todo esto para dejarme claro que te follabas a mi madre.

-¿Follar? Cualquier puede follar. Los animales follan. Si deseo a una mujer tengo que captarla, seducirla, capturarla, sentirla, poseerla, domarla, someterla, humillarla y a veces, también destruirla.

Tragué saliva. Estaba febril, enferma. Él se acercó a la cámara y siguió hablando…

-Yo no me follaba a tu madre. Eso apenas lo llega a describir. Tu mamá, niñita, no era mi amante, ni mi amada… Tu mamá era mi puta. Solo mía… al menos durante un tiempo.

León manipuló de nuevo el proyector y este empezó a lanzar una nueva serie de imágenes. El set dedicado a mi mamá no terminaba con su mera desnudez, sino que continuaba de forma más ardiente. Las nuevas fotos la mostraban deleitada ante la llegada de un chico blanco, sin duda más mayor que ella, de ojos azules y mirada tan penetrante como la suya. Luego, el hombre la sobaba, la masturbaba, la excitaba. Mi madre aparecía tocando entonces su polla, lamiéndola, chupándola… El set seguía con todo el acto sexual entre aquellos dos seres de piel pálida, hasta culminar en una imagen grotesca de mi mami sonriendo de manera vulgar a cámara con su cara manchada completamente de semen. Mi cuerpo pareció sacudirse, pero seguí plantada allí frente a aquel objetivo, aquellos ojos azules, aquella imagen de mi madre humillada.

-¿Vas a llorar? –Preguntó hiriente estudiando mi reacción.- No. No lloras, bebé. Tú no. Tú tampoco eres una princesita… Eres como ella. ¿Para qué has venido?

-Por el trabajo. –Susurré.

-¡Mentira! –Gritó.- ¿Para qué has venido?

-Para hablar de mi madre y que… y que me dijeras la verdad.

-Ya sabías la verdad. ¿Por qué sigues aquí? ¿Qué quieres? Dilo o te saco a rastras ahora mismo.

Empezaba a estar de nuevo fuera de mí. Estaba segura de que perdería el control. No sabía qué demonio se había apoderado de mi ánimo, ni el motivo por el que seguía allí plantada frente a aquel desconocido enorme. Simplemente dije la verdad.

-He venido porque me pones cachonda.

-¿Y qué? Si sales a tu mamá creo que a ti cualquiera te pone cachonda. ¡Vete!

-¡No! No, por favor… -Agaché la cabeza- He venido para que me folles… -Musité avergonzada.

-Repítelo.

-Quiero que me folles.

-Todavía no te lo has ganado, bebé, pero me apiadaré de ti en honor a tu mamá. ¿Harás todo lo que te ordene?

-Sí.

-¿Todo? ¿Serás tan obediente?

-Sí.

-Quítate esa ropa asquerosa.

Empecé a desvestirme pero estaba tan nerviosa y excitada que mis manos temblaban. Era incapaz de coordinar mis movimientos. Estaba fuera de mí. Él, harto, agarró mi top y de un brutal movimiento lo destrozó por completo, dejando mis pezones erectos al aire. El mismo destino corrió mi faldita, hecha jirones en sus manos. Quedé en tanga pero cuando él lo iba a romper por los tirantes, logré bajarlo de un tirón. Desafortunadamente estaba tan mojada que su tela había quedado casi adherida a mi coño.

Me contempló desnuda y supe por primera vez de mi poder sobre él. Estaba extasiado con lo que veía, lo noté. Por unos segundos sus ojos azules se recrearon en mi largo cabello rubio cayendo sobre mis hombros, mis labios gruesos, mis pequeños pechos enhiestos, en mi piel blanca y tersa, mi vientre plano, mi coñito apenas cubierto de vello dorado, mis piernas infinitas… Supe también que no me veía a mí, sino a una versión actualizada de Aurora.

-Ya estás chorreando, bebé. Déjate los tacones. Presta atención.

Sacó una nueva fotografía usando un pulsador remoto y me vi de nuevo expuesta en la pared por el proyector. La imagen de mi madre dejó paso a la mía. El cambio, para mi sorpresa, fue imperceptible. Era un clon de aquella hembra perfecta que había visto segundos atrás. Ya no era aquella pija disfrazada que León había señalado, sino una belleza implacable, desatada, despiadada. Mi propia imagen logró encenderme aún más.

-Sé que te han follado ya. ¿Quién?

-Un chico del barrio.

-Moja tus labios y mira a la cámara. Mírala como si la desearas tanto como entonces la polla de aquel bastardo.

Otra nueva foto capturó mi expresión, mis labios gruesos y apetecibles, mi mirada lujuriosa.

-¿Quién más te ha follado, bebé? ¿Quién más ha mancillado con su asquerosa lefa tu cuerpo?

-Sus dos mejores amigos.

-¿Te follaste a sus amigos y luego se lo contaste?

-No. Me los follé delante de él.

-Qué zorrita. Lo llevas en la sangre como tu mamá. Pon la mano en la cadera, atenta a tu silueta, acentúala. Sabes cómo hacerlo. Se lo has visto hacer a ella.

Posé moviendo sutilmente mi cadera para potenciar las curvas de mi cuerpo imitando el gesto que minutos atrás había visto hacer a mi mamá. La imagen que se proyectó me mostró como una diosa rubia imponente. Apenas me reconocía.

-¿Cuántas pollas has chupado, nenita?

-Ninguna.

-Eso es una desgracia. Esos labios se han hecho para chupar pollas, bebé. Mira tus pechos cómo están.

Lanzó un plano corto sobre ellos y pude ver lo erectos que estaban mis pezones por la excitación.

-Y ahora tu coñito. ¿Ves cómo se deslizan tus jugos ya por él, cómo impregnan tus muslos? Se nota que eres una de esas putitas que se chorrean encima, como ella misma.

Tenía razón. La siguiente fotografía mostraba exactamente el estado de mi salvaje excitación. El líquido que escapaba de mi entrepierna resaltaba un surco brillante sobre mi piel pálida.

-Sé que lo tenías ayer así, cuando te hiciste un dedo en el sofá de mi despacho. ¿Tan caliente te puso ver lo puta que es tu mamá?

-No.

-Confiesa.

-No es verdad.

-Putita mentirosa. ¡Allan! –Gritó.

Al instante la puerta se abrió y entró Allan. Aunque intentó mantener el tipo ante mi cuerpo desnudo y excitado, capté cómo tragaba saliva para contener sus impulsos.

-Allan, responde, ¿qué estaba haciendo esta putita mientras yo hacía que su mamá chorreara?

-Se masturbaba viéndolo en el monitor, señor.

No podía creer lo cachonda que me estaba poniendo todo aquello. Aquel chico empezaba a estar tan excitado como yo, no solo de verme expuesta ante él, sino ante el simple acto de ofrecer a su jefe una respuesta tan morbosa y sincera.

-Bebé, mi chico no miente. Tú sí. Confiesa.

-Está bien. –Lamenté.

-¿Te puso cachonda ver lo puta que es tu mamá?

-Sí.

-Dilo.

-Me puso cachonda ver lo puta que es mi mamá.

-¿Y te puso también caliente que te viera mi camarero?

-Si. –Admití. El chico suspiró de excitación el escucharme.

-Ya lo sé, cielo. Ya sé que no puedes evitar ser tan zorrita. De rodillas.

Obedecí de inmediato. Él abandonó su puesto un instante, buscó algo y caminó hacia mí. Era una venda de seda que colocó en mis ojos cegándome por completo. Supuse que lo hacía por motivos artísticos, ya que cegarme a esas alturas no tenía sentido. Pero no pregunté, no rechisté, no me moví ni lo más mínimo. Lo acepté y esperé.

-Abre un poco la boca. Solo separar tus labios. Allan, la cámara.

Lo hice y pude escuchar el click de la cámara captando el momento.

-Un poco más… -Otro click- Saca tu lengua… -Y otro click más.- Y ahora dime. ¿Qué quieres? Sé sincera.

-Quiero tu polla. –Lo dije sin importarme nada más que obtenerla.

-Pídelo.

-Dame tu polla, por favor.

-Saca tu lengua.

No ocurrió lo que esperaba, sino que le escuché escupir y noté cómo al instante su saliva caía en mi lengua. Me sorprendió aguantar aquello sin moverme un ápice. A él le ocurrió lo mismo, ya que no pudo reprimir un gemido de admiración en su lengua madre. Escuché el sonido de una bragueta al bajarse y cómo su mano masturbaba unos segundos su polla. Por fin recibí mi premio. Una gigantesca barra de carne chocó con brutalidad contra mi lengua, impregnándose de la saliva de su dueño que allí yacía. Escuché cómo en ese momento, otra fotografía era hecha. Todo aquel proceso iba a ser bien documentado por Allan. Golpeó mi lengua unas cuantas veces con su capullo y luego poco a poco introdujo su polla en mi boca. Era tan grande que tuve que separar al máximo mis mandíbulas.

-Te voy a dar la oportunidad de demostrar qué sabes hacer, bebé. Tengo la teoría de que chupar pollas es algo natural en ti. No me decepciones o te castigaré.

Con semejante incentivo añadido a la surreal calentura que me gobernaba, me afané en hacer la primera mamada de mi vida espoleada también por la presencia de un atractivo espectador. Intuí que el uso de mis manos quedaba prohibido y que solo el de mi boca era permitido. Rodeé aquella inmensa verga con mis labios y empecé a mover mi cabeza. Tenía un sabor infame pero adictivo. La saboreé con cada chupada y mi afán alteró el ritmo respiratorio de León. Notaba cómo aquella gigantesca erección cobraba fuerza y cómo su dueño empezaba a suspirar. El chapoteo de mi saliva era el otro sonido audible para mí, junto al continuo ruido que producía la cámara con cada toma y los lejanos suspiros de admiración de Allan.

-Buf, mejor qué tu mamá, bebé. Mucho mejor que tu mamá…

Aquello me volvió loca. No sé qué había en aquella comparación pero oírla salir de su boca aumentó mi espíritu competitivo. Aceleré el ritmo y vi cómo la saliva producida chorreaba por mi barbilla y mi cuello y mis pechos… Estuve a punto de atragantarme por mi propio ímpetu y su enorme tamaño. Él se retiró y me despojó de mi venda. Le vi por fin desnudo ante mí. Era un gigante, tan alto desde mi posición de rodillas ante él, que su rostro parecía lejano. Su cuerpo era un sueño, moldeado por el ejercicio para crear una musculatura escultural. Pero lo que me fascinó fue su polla.

Era un trozo de carne negra más grande que mi antebrazo. Estaba coronada por un enorme glande y de ella pendían dos oscuros huevos gordos. León, satisfecho por mi reacción ante aquella mastodóntica obra de arte, la cogió por la base y me abofeteó con ella. A pesar del pequeño dolor, ver cómo aquella verga era más grande que mi cara me encantó. Volví a meterla en mi boca hambrienta y la chupé lo mejor que pude. Por un momento mientras succionaba, no pude evitar mirar a Allan para captar su estado. El chico operaba la cámara con una expresión de estupefacción y calentura suprema. Como la noche anterior, bajo su pantalón su enorme erección había creado una gigantesca tienda de campaña.

León castigó entonces mi distracción. Me cogió la cabeza y la apretó contra su erección. Noté cómo aquella impía barra dura se sumía en el fondo de mi garganta y cómo él, a continuación, empezaba a follarse brutalmente mi boca mientras cada momento quedaba inmortalizado por la cámara. Solo cuando estuve a punto de vomitar por las arcadas él se detuvo. Allan no dejó de sacar fotos mientras yo escupía.

-Respira, bebé. Respira. Escupe todo eso, aunque no sé si babeas más por la boca o por el coño.

No me había percatado, concentrada como estaba en aquella primera mamada, pero estaba tan mojada que había impregnado el suelo con mis flujos formando un diminuto pero fascinante charquito. Ahí fue cuando mi coño se reveló y pidió lo suyo. No deseaba nada más en el mundo que ser penetrada por aquel pollón de ébano. León notó mi ansia y se apiadó de mí. Como si fuera ligera como una hoja de papel movió mi cuerpo para colocarme a cuatro patas. Una vez me tuvo así presionó mi espalda para que mi culito quedara lo más en pompa posible. Sabía que aquella postura era una delicia erótica. Allan se concentró en lanzar fotos sin parar mientras León masajeaba mis glúteos usando la enorme cantidad de flujo que había bañado mis muslos.

Así comenzó la tortura. Lejos de penetrarme como ansiaba con locura, León empezó a rozar mi clítoris hinchado con su duro glande. Su capullo se deslizaba por mis labios abiertos y me golpeaba causando oleadas de placer. Me sorprendí ronroneando de deseo, casi suplicando porque me la metiera. León se mostró cruel y mantuvo su castigo durante minutos. La punta de su enorme polla y su tronco casi infinito acariciaban sin descanso la entrada de mi coño ávido por ser follado. Sin embargo, mi anatomía empezó a responder a aquel lúbrico roce y noté cómo admitía su derrota en forma de orgasmo. Gemí y lo recibí con alivio. Pensé que entonces, una vez satisfecha, recobraría mi sentido común. No fue así.

Mi cuerpo, simplemente, no paró. No lo entendía, pero toda mi sexualidad no dejaba de proporcionarme placer. Estaba fuera de control y solo sabía que quería más. León rio ante la visión de mi cuerpo convulsionado y derrotado por mi intenso orgasmo y compartió unas palabras en francés con su chico, que por primera vez soltó una serie de carcajadas.

-¿Te corriste ya, bebé? –Preguntó al cesar mis movimientos involuntarios.

-Siii. –Dije al borde del llanto.

-¿Lo dejamos ya entonces?

-Nooo. –Balbuceé.

-¿Qué quieres?

-Fóllame. ¡Fóllame por favooor! –De repente era una pobre estúpida sobrepasada por sus pulsiones.

-Dilo. Di qué quieres.

-Quiero follar.

-Entonces llamo a cualquiera de los obreros de abajo y que te folle.

-¡No! Quiero tu pollón negro en mi coño… -Clamé histérica.

-Eso es rubita. Eso es lo que has querido siempre. Bien dicho.

Apoyó entonces su brutal empalmada entre mi culo y lo deslizó por mis glúteos hasta que su glande estuvo a la entrada de mi hambriento chochito. León, para mi sorpresa, no me la metió de una brutal estacada, sino que se tomó su tiempo para dilatar mi vagina y que fuera esta la que se amoldara a su gigantesca polla. En aquella noche de nuevas sensaciones, me sorprendí de cómo mi pequeña anatomía recibía sin problemas aquel enorme trozo de carne negra y dura. Cuando me tuvo abierta inició una penetración infinita hasta sumir poco a poco toda su empalmada en mi coño. Noté entonces cómo sus grandes huevos me golpeaban. León, hendido en mí, inició un vaivén delicioso. Comprendí que estaba siendo gentil conmigo, que de algún modo sabía que aquello me estaba provocando un placer incomparable, nunca antes sentido. Gemía sin control por tanto gozo.

-No seas una putita tonta, bebé. Gime solo cuando te guste de verdad.

-Yaaa… es que me gustaaa. –Gimoteé como una niña estúpida.

Aceleró el ritmo de sus embestidas haciéndolas primero más intensas y luego directamente brutales. El ruido de aquellos golpes de su inmenso cuerpo chocando contra mi pequeña anatomía era una auténtica sinfonía. Me cogió de mi larga melena rubia y tiró de ella, acelerando aún más su follada. Me empecé a correr con intensidad. Aquel sí era un hombre de verdad follándose mi coñito como siempre había soñado, no un estúpido niñato incapaz de controlarse. Chillé de gusto como si me rompieran y rota me sentí al bañar de flujos su polla y ver cómo por fin se retiraba de mí. Estaba abierta y vacía y hasta mi cuerpo quedó así a la espera de ser rellenado de nuevo. Quería más. Era insaciable.

-¿Has visto cómo lo ha pringado todo la putita, Allan? –Dijo León señalando el charco de flujos sobre el que ahora reposaba mi cuerpo mientras masturbaba su propia erección aún insatisfecha.

-Sí.

-¿Te gustan las pijillas blancas?

-Sí. Sí, señor.

-¿Te has follado alguna vez a una rubita así?

-No, señor.

-¿Quieres follarte a este bebé?

-Sí. Claro que quiero.

-Te la querías follar desde que la viste tocarse, ¿verdad?

-Desde que la vi entrar.

-Pues fóllatela, Allan. Te doy mi permiso.

El chico empezó a desnudarse de inmediato, mirándome como a un simple útil de placer que usar a su antojo, toda vez que había recibido el beneplácito de su señor.

-No. –Dije.- No, por favor.

-¿No quieres que te folle Allan? ¿Ya no te van los chicos de tu edad después de probar una polla madura como la mía?

-No…

-Pero qué mentirosa eres. Haz lo que quieras con ella, Allan. Se merece un castigo.

Allan, ya desnudo, se acercó a mí y empezó a sobarme con descaro. Masajeó mis pechos y acarició mi coño como si le pertenecieran, León cogió su cámara y a pesar de estar todavía completamente empalmado, comenzó a girar a nuestro alrededor tomando fotos.

-No, no por favor. –Dije a Allan apartando su mano.

No estaba segura de si reaccioné así porque no lo deseaba o porque me había implicado tanto en mi papel de juguete que ya no lo distinguía de mi salvaje personalidad.

Para mi horror, Allan me puso en mi sitio con una bofetada. Fue algo ligero, casi erótico, pero me sorprendió que viniera de aquel amable chaval. León rio y Allan se sintió refrendado por el apoyo de su maestro. Cogió mi cuello, dio dos fuertes palmadas en mi coño y de un empujón me metió su polla. Allan, inmaduro, no tenía las dimensiones de León, pero aun así era incomparable a las de mis anteriores amantes. Su verga era deliciosa. Sin demora, sin preliminares, Allan me empezó a follar mientras León inmortalizaba cada momento.

-Muy bien, Allan. Dala más, más duro. ¿Sientes cómo la encanta cómo te la estás follando?

-Sí. –Gimió el joven africano que me penetraba.

-¿Te follarías también a su mamá?

-Sí.

-Demuéstrala cómo te follarías a su mami.

Allan apretó mi cuello privándome de respiración y adquirió un ritmo casi animal. Me perforaba con fiereza mientras mi oxígeno parecía agotarse. Por fin llegó mi enésimo orgasmo y el chico, incapaz de contenerse ante las convulsiones de placer que me había provocado, salió rápidamente de mí dispuesto a correrse. Su señor le detuvo.

-Control, Allan. Control unos segundos.

El chico apretó su erección intentando posponer su inminente corrida mientras León me ponía de rodillas, tiraba de mi pelo exponiendo mi cara a la polla de su aprendiz y me ordenaba abrir la boca.

-Ahora, Allan, llena de leche la cara de esta putita.

No tardó un segundo en obedecer. Sin tan siquiera masturbase el joven liberó su polla y esta lanzó un enorme y violento chorro contra mi carita, seguido por otros tantos que impregnaron mi rostro de lefa espesa y blanca. Allan gemía y yo me relamía ante tan suculento manjar deslizándose por mis labios. León no dejaba de sacar fotos de cada detalle, componiendo un reportaje único. Me sentía en aquel momento como una diosa de la sexualidad usada por aquellos dos machos.

Pero León no había acabado conmigo. Dejó su cámara a Allan y con violencia me puso de nuevo a cuatro patas como a una perrita y separó mis glúteos. Algo me dijo lo que iba a ocurrir y me horroricé. El tacto de sus dedos enormes en mi culito corroboró mis sospechas. Intenté protestar, pero supe que no serviría de nada. León comenzó a introducir uno de sus gordos y largos dedos en mi ano, dilatándolo poco a poco. Tanto jugo vaginal hacía de perfecto lubricante y mi esfínter cedía a la estimulación. Sentí que estaba preparada para recibirle, pero León optó por penetrar mi coño.

Al tiempo que me follaba seguía trabajando mi culo. Ambas sensaciones se fusionaban para aumentar mi placer sin medida. Cuando notó que estaba en la gloria, de nuevo lista para ser usada sin contemplaciones, sacó su polla de mi coño y apuntó a mi culito. Presionó para que fuera mi esfínter el que rodeara su glande y este se fue introduciendo en mí poco a poco. Aullé de dolor pero con cada centímetro que entraba en mí, más cómoda y excitada me sentía. Supuse que habría entrado la mitad cuando él, de un empellón lento pero incesante, la clavó hasta mis entrañas. Empezó entonces a darme por culo con todas sus fuerzas, como antes había follado mi coñito. Ahora sí que sus huevazos golpeaban con dureza mi coñito.

Mis suspiros habían dado paso a gemidos, estos a chillidos que se habían convertido en aullidos. Lo que ahora salía de mi garganta eran auténticos gritos desesperados. León seguía impasible a mi reacción y solo se apiadó de mí para sacarla de mi culo y follarse mi coñito. Alternó su pollón entre mis agujeros hasta transportarme a un estado en el que no distinguía la tortura del placer. Me corrí sin vergüenza alguna con aquella verga titánica perforando mi culito adolescente.

León, espartano hasta ese momento, no aguantó más y empezó a llenar de semen mis entrañas. Tras un par de inmensos chorros en mi ano, sacó su polla y penetró mi coñito hasta rellenarlo con su lefa. Por unos segundos, tras sacármela, mis dos agujeritos se convirtieron en fuentes de su leche. León cogió la cámara de manos de un Allan extasiado y se aseguró de captar al detalle aquel momento. Supe que por fin aquella locura había terminado. Al menos por aquella noche.

León me señaló el lugar donde se encontraba su baño privado. Me contemplé a solas frente al espejo. Mi pelo estaba revuelto, sucio y sudado. Mi piel cubierta de semen de aquellos dos gigantes negros. Mi cara marcada por aquella leve bofetada. Mi coño irritado. Mi culito abierto y dolorido. Entré en la ducha desprendiéndome de sus fluidos y mi cabeza por fin se serenó lo suficiente como para analizar toda aquella situación. León se había follado a mi madre en el pasado y ahora que la había vuelto a encontrar no iba a parar hasta conseguir someterla de nuevo. Yo había sido un simple revival para él, una interpretación de aquellos placeres pasados junto a mi madre.

Pensé en ella, en lo que pensaría al verme sometida por el mismo hombre que la había domado. Medité en lo que la llevaba a prostituirse, a vender su cuerpo a asquerosos extraños a cambio de unos billetes. Supe que el motivo era yo. Ella velaba por mi seguridad y mi futuro. Ella me alejaba de peligros como el propio León y yo, llevada por mi promiscuidad, había caído en sus brazos. Me sentí asqueada conmigo misma y mucho más al comprender que no veía el momento de repetir una sesión así.

Salí de la ducha para comprobar que no tenía nada que ponerme. Mis ropas habían sido destrozadas por León. Me envolví en una toalla y me eché en un sofá.

Allan me despertó horas después. El chico volvía a ser un joven de aspecto inocente y cuidadas maneras, que me señaló servicial la ubicación de un paquete, exactamente igual al que habíamos recibido mi madre y yo… ¿tan sólo dos días atrás? Había parecido una eternidad. Lo abrí y me puse el elegante vestido que había dentro. Era un dos piezas de corte ejecutivo, con una blusa ceñida al cuerpo complementada por una falda corta pero sofisticada. Bajé por las escaleras y crucé la sala ante las miradas lujuriosas de los obreros buscando la salida, pero en el pasillo me detuvo León.

-Posa bebé, sólo un segundo.

Obedecí sin demasiadas ganas y el capturó mi imagen.

-Esto completa mi obra. Contémplala…

Señaló al pasillo oscuro de la entrada, ahora iluminado por una serie de pantallas que mostraban un fotomontaje. En un lado se proyectaban las imágenes de un set antiguo, uno que mostraba a la Aurora joven posando, desnudándose, siendo follada por aquel atractivo hombre rubio de ojos azules. En el otro lado estaba yo, expuesta a todo detalle en cada imagen mientras era follada sin contemplaciones por León y Allan. Me sentí aliviada al comprobar cómo ninguna de ellas exponía nuestros rostros. El montaje concluía con una foto detalle de los labios de mi madre empapados en semen contrapuesta a otra de mi boca relamiendo lefa.

-He aquí pasado y presente vinculados por la misma transformación. Madre e hija recibiendo lo que más anhelan. Como ella en aquel momento ya no eres un bebé, eres una puta. Mi puta. No sólo lo sabes, lo ves. Lo ves en mi obra.

Palidecí antes aquellas palabras guiadas por la locura. Asentí y él se regodeó. León me miró fuera de sí y añadió un inciso que hizo que mis rodillas temblaran.

-Bien. Ahora solo falta que lo sepa tu mamá.

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