Lluviosos días de aprendizaje (1 solo capítulo)

En una fría y lluviosa tarde de invierno, alguien llamó a la puerta de la casa de los Discipo. La señora que allí vivía fue a abrir corriendo, movida por la urgencia de que su visitante no se mojara demasiado durante la espera. La mujer, abierta la puerta tan rápido como pudo, pudo vislumbrar la figura del chico que esperaba al otro lado. Su nombre era Lucas Maestre. Llevaba una vieja sombrilla negra en la mano, desgastada probablemente por el uso de alguien que no poseía la juventud del chico y que se la había prestado. A su espalda, oscilaba a cada paso una mochila algo salpicada de lluvia.

El semblante del chico, algo pálido por el frío del exterior, estaba marcado por la total inexpresión. Sus ojos, fríos como el más helado glaciar, mantenían las vista al frente; sin embargo, no se dirigían a la señora. La mujer le ofreció que pasara, y mientras éste aceptaba su ofrecimiento, cerró la puerta echando un último vistazo al cuadro gris, repleto de pletóricas gotas que impregnaban de melancolía aquel barrio residencial.

No es que el muchacho estuviera muy mojado, pero le ofreció una ducha. Éste la rechazó sin hacer uso de muchas palabras para ello. El joven no parecía muy diestro en el arte de interactuar con la gente, pues se mostraba bastante áspero y tímido ante la amabilidad de la señora Discipo. Lucas alzó por fin la vista y analizó el pasillo en el que se encontraba, sin prestar demasiada atención al parloteo infernal que le taladraba la oreja. Le recordaba a su propia madre, la cual siempre reprochaba todas y cada una de sus empresas.

Madres… Él las definía como esos seres que pueden ofrecer todo el amor que se puede arrancar del palpitante pecho de un ser humano y que, a la vez, pueden convertir dicho latir en un ritmo rabioso de odio y rechazo con la facilidad de dos vocablos. Aun siendo aquélla que estaba ante él una mujer tan mayor, le pareció que tenía cierto atractivo, cierta belleza; era como si el sabor de la experiencia hubiera sido añadido a un delicioso caldo de hermosura juvenil. Tampoco se entretuvo en meditar aquello, pues del mismo modo que jamás vería a su madre de forma lasciva, a esa señora tampoco la vería así.

El pasillo destilaba un pesimismo hercúleo, ya que, al ser la luz de las ventanas la única iluminación que se le permitía saborear a la estancia, con el cubrimiento de la suprema esfera celestial por parte de las artes envidiosas del agua a la que tantas veces ha de evaporar, estaba todo bastante apagado. El único oasis de fulgor que había en ese desierto grisáceo era el salón, que proyectaba su claridad a través de la puerta que daba a él.

La mujer le dijo a Lucas que ya le estaban esperando en el comedor, de modo que, sin más demora, restregó los pies por la alfombra para deshacerse de los restos acuosos que quedaran en ellos, dejó la sombrilla en un paragüero y se dirigió hacia allí. Las escaleras que vio en su camino, dirigidas a la segunda planta, acababan en una especie de abismo de oscuridad que le pareció algo siniestro.

Durante su andar desde la entrada a la habitación en la que se le esperaba, quiso disfrutar del silencio, algo que siempre le había gustado y llenado de sosiego, pero la caída violenta de la lluvia en el exterior, con su resonar, le impidió regocijarse en dicha tarea. Bueno, tampoco le desagradaba oír eso. De alguna forma, también le llenaba de tranquilidad, de melancolía, de una sensación de calma hipócrita. Es un sentimiento que parece gritar: “El mundo se está acabando. El cielo se desmorona en mil pedazos de mar que caen con violencia a la Tierra, pero eso a mí no me importa; sólo me importa escuchar con atención los últimos latidos de este mundo, la última lluvia”.

Una vez puso Lucas el pie en el salón, el otro joven giró la cabeza y le observó. Sus miradas se cruzaron, aunque sólo por una milésima de segundo, ya que Lucas bajó la suya rápidamente, con un golpe nervioso. La mujer entró tras el muchacho y les presentó con agradable expresión. Se trataba de su hijo Javier, o, como ella lo llamaba, Javi. No parecía denotar interés alguno por Lucas. Sus ojos, entrecerrados, se posaron en la mirada vacilante del otro joven, y después le ofreció la mano.

Esas cosas ponían bastante nervioso a Lucas. Todo lo que significara contacto o muestra de cordialidad le resultaba bastante incómodo. No obstante, no tuvo más remedio. Le hubiera ido bien si no fuera porque él pretendía darle la mano al estilo tradicional y el otro tenía la intención de hacerlo de manera más informal, como lo hacen los jóvenes de hoy en día, es decir, más chocando la mano que dándola.

Una vez cesó este torpe y patético intento de saludo por el que Lucas se sintió muy avergonzado, pero al que Javi apenas dio importancia, pues lo arregló rápidamente llevando la iniciativa; la madre les explicó cuáles iban a ser sus roles durante los meses siguientes. Su hijo había repetido curso, cosa que tenía bastante preocupada a la mujer, por lo que había decidido contratar a un profesor particular para que le ayudara en la reminiscencia del año anterior.

Una de sus amigas de la peluquería, la señora Maestre, le dijo que su hijo buscaba empleo y que, al ser universitario, no tendría problema alguno en enseñar a un chico de instituto. Mientras que Lucas estaba en el primer año de carrera, Javi estaba en cuarto de la ESO, aunque tenía 16.

Durante el discurso de la madre, lleno de exigencias en forma de peticiones al profesor, y lleno de órdenes a su hijo, ambos estaban en su mundo. El chaval de instituto fantaseaba sobre cómo sería pasear con un descapotable rojo, acompañado de una despampanante rubia cuya virtud fuera sinónimo de indignidad, y el universitario observaba con detalle la sala en la que se encontraban.

Un enorme reloj de pared presidía la estancia colocado en el muro que se hallaba frente a la puerta. Los movimientos oscilantes de aquel péndulo, sumados al tic-tac del pasar del tiempo, le iban a poner nervioso, lo sabía, aunque, por otro lado, se mostraba alegre de tener conocimiento en todo momento de cuándo podría marcharse. No muy lejos del reloj, en el centro del cuarto, una mesa altísima se erguía con soberbia sobre la estatura insuficiente de las sillas. Al chico le recordaba un poco a la barra de un bar, porque, estando de pie, debía llegarle a unos 10 centímetros del cuello, y, además, porque los asientos, anteriormente descritos como sillas, no eran tal, sino taburetes. El televisor, por lo que supo después, roto y causante de molestos ruidos al encenderlo; estaba al fondo de la habitación, colocado sobre una cómoda y rodeado por dos altavoces que alimentaban su simetría. Le llamaba enormemente la atención que no hubiera sofás o sillones. ¿Qué clase de familia vivía sin el enardecimiento del dulce pecado capital de la pereza, endulzándolo con el mullido tacto de un, puede que infierno, sí pero también cómodo; asiento mullido? No había mucho más, aparte de estantes con cosas sin valor aparente, y una estantería con libros que probablemente nadie se hubiera leído.

Terminado el tremendo parlamento de la madre, les dijo que les dejaba solos para que comenzaran a estudiar y se fueran conociendo mejor. En cuanto la señora, o señorita, como prefirió llamarla Lucas para evitar disputas innecesarias, abandonó la sala; tan sólo el reloj y la lluvia entonaban, con sus golpes, la melodía de una conversación. Lucas dejó su mochila en el suelo y se sentó en uno de los taburetes desde los que se podía mirar la hora. El otro joven, por su parte, se sentó en el contiguo a éste para recibir las explicaciones de su maestro.

A ninguno de los dos le agradaba precisamente la situación, puesto que Javi estaba ahí obligado, y el joven universitario lo hacía tan sólo para reunir dinero. Es más, nunca tuvo paciencia para enseñar, si bien es cierto que en ocasiones, para no parecer desagradable y tosco, se había contenido y había fingido tenerla para ayudar a algunos compañeros de clase. Se dijo a sí mismo que aquello no sería muy diferente. Una vez Javi sacó sus libros, comenzaron a hacer los deberes juntos. Entre que el mayor era demasiado tímido para intentar un acercamiento más amistoso y que al otro no le interesaba lo más mínimo hacerse colega de su profesor, no hacían más que hablar de asuntos académicos. Para sorpresa del profesor, su alumno lo entendía todo bastante bien, sin necesidad de muchas explicaciones. Se dijo a sí mismo que seguramente sería de los que tienen buenos sesos, pero centrados demasiado en las pasiones, cuando deberían prestar atención a las clases.

Así pasaron las dos horas en las que Lucas estuvo allí. Luego, en cuanto el reloj bramó con violencia ante la llegada de la hora en punto, el chico se despidió de ambos, primero hijo y después madre, y se fue. Un regusto agridulce permaneció en la memoria de ambos tras ese encuentro, pero, aun así, tampoco les importaba mucho pasar el rato así. De esa manera, uno se enriquecía y el otro dejaba de tener a su madre encima. Era un sacrificio justo, porque luego tendrían el resto de la tarde para ellos.

Con dicha mentalidad en mente de los dos, se fueron sucediendo los días y las semanas, una tras otra. Javi iba aprobando los exámenes. Lucas pensó que era lo que tenía la educación individual y personalizada, que era mucho más eficaz. El muchacho no prestaba ninguna atención en clase, pero, como en casa se lo volvían a explicar y allí no tenía las distracciones de las chicas, atendía. Lucas se sentía algo orgulloso por el éxito de su alumno; claro que eso no lo admitiría jamás delante de él. Ninguno de los dos dio ningún paso más: seguían como siempre.

La madre, tan satisfecha y agradecida quedó por el trabajo del joven maestro, que lo invitó a cenar una noche con ellos. Él intentó rechazar la invitación, mas la poderosa dialéctica de una madre no tiene rival en este mundo, por lo que acabó por aceptar.

De esta forma, una templada y lluviosa noche de primavera, volvieron a llamar a casa de los Discipo. Hacía ya varios meses que profesor y alumno se entregaban juntos a los libros para fundirse en el ejercicio de la enseñanza, y, sin embargo, no sabían nada el uno del otro. Ni siquiera se llamaban por sus nombres, claro signo de desconfianza. En el joven Lucas, en realidad, tiene una explicación: como el nombre del otro muchacho podía ser clamado con diminutivo o sin él, no se decía por una opción. ¿Y si le decía “Javi” y éste le replicaba alegando que no había confianza entre ellos para que le llamara así? ¿O y si le decía “Javier” y le miraba raro? Era mejor no actuar. El caso del otro chico se debía, sencillamente, a su indiferencia.

La señora Discipo le abrió la puerta y le recibió con alegría, a lo que él respondió con una mueca de cordialidad algo forzada. Le acompañó hasta la cocina, donde decía que ya les estaba esperando Javi. Siempre era así. Siempre era su madre la que abría la puerta, día tras día. Nunca había sido el chico al que encontraba al otro lado, siempre la mujer que le trajo al mundo. Le decepcionó un poco pensar en eso, aunque entendía que ni le interesaba su formación, ni tampoco su persona. Había traído la misma sombrilla desvalijada de la otra vez, pero ésta vez había olvidado restregar los pies. Confió en que ella no se diera cuenta, pues su furia podría ser terrible.

Una vez entraron en la cocina, vio cómo Javi degustaba, falto de paciencia y de educación al no haber esperado al invitado, una fuente de espaguetis. Cabe destacar que dicha fuente estaba en el centro de la mesa, muy alejada de su plato, y que él, en lugar de echársela en el mismo, la estaba devorando directamente allí. Sólo quería un poco, pero el ansia fue más fuerte que él y obligó a aquel ladrón incontinente a coger más, olvidando el pudor inicial a ser capturado. La madre le echó una mirada que podía haber abierto perfectamente el mar por la mitad, haciendo que miles de criaturas marinas huyeran despavoridas a los ríos para morir allí, lejos de esa mujer. El joven, intentando disimular, se limpió la boca llena de restos de tomate con una servilleta y se levantó para darle la mano de nuevo al otro muchacho. Esta vez sí que les salió bien la puesta en escena de su saludo.

La madre zanjó el asunto de la mancillación de la comida con un “ya hablaremos tú y yo” al hijo, así que se sentaron para comer. Lo que ignoraban aquellos madre e hijo era que el pobre universitario odiaba los espaguetis. La pasta en general, más bien. Vaya por Dios, podía haberle preguntado a su madre qué le gustaba, pero no, prefería hacer algo que supuestamente gusta a todos los chavales. No le quedó otra que comer, comer aquello que le causaba arcadas.

Durante el choque de sus papilas gustativas con la sangre de aquellos viscosos gusanos en forma de alimento, intentó pensar en otra cosa. Siempre que intentaba evadirse analizaba la estancia. La mesa estaba en el centro de la habitación, con un plato para cada uno y la fuente en medio. Era una mesa larga, en la que alumno y profesor estaban sentados frente a frente y la madre en el centro, entre ellos. Al fondo había una serie de electrodomésticos, como una nevera negra─nunca había visto una. Seguro que la mugre no se notaba pegada a ella─, un lavavajillas, un microondas, un horno… En general, todas esas cosas típicas de las cocinas. Algunas estaban dispuestas encima de una especie de estructura en la que fregadero, vitrocerámica y cajones formaban un solo ser.

Pero algo ocurrió. Mientras desentrañaba los intrincados pero tediosos misterios de aquella cocina, no puedo evitar fijar la vista en aquél al que había enseñado durante tanto tiempo. Nunca lo había hecho, y, como acto reflejo, lo hizo aquel día. Su mirada se posó en su rostro, que no podía notarlo, puesto que estaba demasiado ocupado en su tarea de comer.

Sus ojos, siempre en pose relajada y soberbia, estaban cubiertos de un fino marrón que parecía tornar su iris en azabache, aunque su verdadero color era castaño; su nariz, puntiaguda y delicada, forjaba con elegancia la perfecta simetría de su semblante; su boca, labios finos y de apariencia suave, se deslizaba armoniosamente, a ratos, entre una especie de sonrisa hambrienta y la succión de una caverna que condenaba a los gusanos al fuego de los jugos gástricos. Era un chico de dientes blancos y cuidados, que formaban con distinción y mimo una dentadura digna de elogio. Además, sus cabellos negros, limpios y firmes, demostraban su rebeldía con tremendas montañas puntiagudas que se erguían sobre su cabeza.

─¿Y para qué necesitas dinero, Lucas?─interrumpió la mujer sus delirantes pensamientos.

─Oh, verá, siempre he querido una tele en 3D, pero mis padres dicen que son muy caras─admitió ya con cierta confianza con ella─, por lo que no me queda otra que pagarla yo.

Aquella respuesta le hizo reír. Sin embargo, su hijo se mostró inflexible ante esa broma debido a la evasión con la que se abstenía de la conversación.

─Tú siempre has querido una tele como ésa también, ¿no, Javi?─intentó incluirlo.

─Como todo el mundo, mamá─ladeó ligeramente la cabeza mientras lo decía, como si tal cosa fuera algo obvio.

Los jóvenes eran conscientes de que la situación era incómoda, y ambos la consideraban bastante innecesaria, pero la madre no parecía percatarse de aquello, o no quería hacerlo, pues siguió insistiendo.

─Cuando la tengas, podrías invitar a mi hijo un día, y así veis algo juntos─sonrió.

─¡Mamá!─protestó el aludido.

─Claro─respondió el otro chico algo distraído─. Por cierto, señorita Discipo, ¿podría darme un vaso de agua, por favor?

─¡Por supuesto! Hay que ver qué bien educado estás.

Javi levantó una ceja curioso. Siempre hacía eso, siempre estaba bebiendo agua. Aquello le parecía bastante peculiar, pues él no tenía ese hábito tan saludable. Se preguntaba por qué bebería tanta. Podía beberse perfectamente una botella entera en las dos horas que estaba allí. Si en dos horas hacía eso, no quería ni imaginarse en un día. Haciendo cálculos rápidos, supuso que unas 12, pero luego se dio cuenta de que no bebería también mientras dormía, por lo que lo redujo a 6. Entonces se sorprendió. Acababa de usar las matemáticas, tal y como Lucas le había enseñado, en su vida diaria. Él, que las creía totalmente inútiles.

Mientras el chico de instituto calculaba cuánto debería cobrar al mes para comprarse un deportivo, Lucas volvió a examinarlo. Todo ello ocurría a la par que la madre llenaba el vaso del muchacho de agua. Al mover Javi la cabeza, Lucas pudo vislumbrar en una de sus orejas un leve brillo. Tenía un piercing ahí. Su oreja, aun con una curva tan superflua, aun con una función insignificante, le tenía maravillado por la deslumbrante vista de aquel piercing. Se quedó embobado observando su fulgor hasta que Javi alzó la vista hacia él, cosa que hizo que mirara nuevamente a los espaguetis.

─Tu agua─se sentó la señora Discipo ofreciéndole el vaso.

─Gracias.

Era la primera vez desde que se conocieron que eran conscientes el uno del otro. Es lo normal: cuando pasas tanto tiempo con una persona, es inevitable sentir lazos en común con ella, sentir una unión. Es cierto que a veces lo único que brota de la semilla del acercamiento es el odio, pero no es la única posibilidad, y, tal y como Lucas le había enseñado a Javi, en el mundo de las matemáticas, toda probabilidad, por muy ínfima que fuese, podía desarrollarse y germinar en la verdad.

Realmente, seguían teniendo un gran desinterés el uno en el otro. Tan sólo vislumbraban la figura ajena como un mero medio para alcanzar la solución a sus problemas, mas aquel día caminaron un primer paso, aquel día se dieron cuenta de que tras ese medio había una persona.

La cena continuó con la señora Discipo tratando de fomentar una amistad entre ambos. Estaba harta de que su hijo se juntase con gente mal parecida, de manera que una amistad con ese chico tan formal y centrado le parecía lo mejor. No en vano se decía que Lucas era un genio, un chaval responsable, un joven prometedor, un caminante que ostentaba la protección de mil Lunas en el sendero hacia el mañana. Por el contrario, Javi era bastante mediocre. Entendía bien las cosas; sin embargo, no tenía una inteligencia especial, ni tampoco era lo suficientemente centrado como para conseguir un futuro prometedor. Temía que dejara a una cualquiera embarazada y se embutiera en un puesto de repartidor de pizzas durante el resto de su vida.

Ella lo veía claro: esa amistad podía ser muy beneficiosa para su hijo, podía sacarle del abismo de ociosidad en el que se hallaba atrapado. Lo que ignoraba la mujer era que el otro chico la necesitaba tanto o más que él.

Dadas las 22:00, Lucas se despidió y salió de la casa. Seguía lloviendo, pero se podía ver a la Luna asomarse ligeramente entre las nubes. En el camino de regreso, se preguntó si era posible que se formase un arco-iris bajo la sempiterna oscuridad de la noche.

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La primavera se sucedió apaciblemente, endulzando, quizás con la agradable caricia de la temperatura de la estación, quizá con la envolvente fragancia del nacimiento de las flores, la vida rebosante de sal que tienen los humanos. A todo el mundo le gusta la primavera, porque los hace sentir bien, nos los sentir vivos, los hace sentir rodeados de belleza. Aunque, por supuesto, esto no es una regla universal, de modo que se cumple en ciertas ocasiones y en ciertas no. Había personas que se sentían sobrecogidas por la hermosura de la primavera, que teñía sus grisáceas vidas con cientos de vivos colores, y había quienes esquivaban los pinceles en forma de mariposa que sobrevolaban sus almas, para quedarse grises.

Nuestros dos protagonistas actuaban exactamente de la misma forma. Dos horas de clase, dos horas en las que se limitaban a los temas académicos y no hablaban de nada más. Matemáticas, geografía, historia… nada se salía de los libros. Incluso las asignaturas que fueron creadas para enardecer el espíritu del hombre (literatura, música, arte) eran tan sólo considerados durante esas tardes medios tediosos de aprendizaje. No había charlas literarias, ni musicales, ni artísticas. No se cuestionaban el uno al otro acerca de cuáles eran sus gustos en esas áreas; simplemente veían lo que aparecía en el temario y lo estudiaban. El hastío era el amo y señor de sus horas juntos, y no parecía tener ninguna intención de abandonar su tiranía ni su castillo en ningún momento.

Con la llegada del verano, el único cambio que se introdujo furtivamente, a través de una grieta en su pared de aburrimiento, fue la cantidad de agua que consumía Lucas. Como es normal, con el calor, el cuerpo necesita más líquidos, y eso aumentaba su sed, por lo que ascendió de una botella en dos horas a una por hora. Javi era bastante friolero, así que, a pesar de estar en junio, llevaba manga larga y pantalones largos. Eso era algo que su profesor no aguantaba, pero aun así, no decía palabra alguna sobre el asunto. De lo abrumado que estaba por el calor, hubiera deseado quitarse la camiseta infinidad de veces; no obstante, por razones obvias, no lo hacía. Es cierto que ambos eran hombres; sin embargo, había algo que le hacía sentirse incómodo con que le viera el torso desnudo. Bueno, si bien es cierto que no quería que nadie se lo viera, con él sentía un recelo especial a mostrarlo. No entendía muy bien por qué, aunque, claro, no se sumergió en profundas reflexiones para intentar descubrirlo.

El curso terminó a finales del mes de junio, y, a pesar de que Javi había mejorado mucho y obtuvo unas notas excelentes, suspendió una asignatura: literatura. En aquélla, su profesor no había profundizado mucho, pues sólo le explicaba el temario. Los libros, supuestamente, tenía que leerlos por su cuenta, cosa que no hizo. La señora Discipo rogó a Lucas que se leyera las novelas y que charlara con Javi sobre ellas durante el verano, como una especie de club de lectura. El chaval, que era asiduo a leer, aceptó rápidamente, cobrando, por supuesto. Aquello le vino muy bien, pues esperaba que el grifo del dinero se cerrara con la llegada de las sequías. La mujer vigilaba a su hijo para que leyera, y él iba por las tardes a hablar con él sobre los libros.

A diferencia de las clases habituales, en las que no tenían apenas que mirarse, en éstas debían enfatizar más el uno con el otro, algo que les resultaba bastante difícil. Por más que Lucas intentase sacar ideas de la mente de Javi, éste se limitaba a asentir y a darle la razón en todo, como si, en el ejercicio de la inmersión a esos mundos maravillosos, el joven hubiera leído con la mente y no con el corazón, y el recuerdo, huésped tan sólo de su cerebro, hubiera sido desechado, como cliente de hotel que no ofrece ningún pago, que no ofrece nada.

¿Quién iba a pensar que llovería en medio de aquella estación tan reseca? Así ocurrió. En una calurosa y lluviosa tarde de verano, llamaron a la puerta de casa de los Discipo. Ese día Javi había quedado con sus amigos, de modo que llamaron al profesor para que no se pasara por allí, mas, al comenzar a llover, la madre del muchacho decidió que, como éste no iba a salir, era mejor aprovechar el día, y lo llamó. Abrió la puerta y Lucas apreció con su expresión insegura y vacilante de siempre, mirando al frente y sin dirigir la vista a la mujer. No caían muchas gotas del cielo aquel día, por lo que el paraguas, el desvalijado paraguas de siempre, no estaba muy mojado. Esta vez sí recordó restregar los pies por la alfombra, y, tras hacerlo, dejó la sombrilla en el sitio habitual. La mujer le advirtió de que Javi estaba de un humor de perros, porque llevaba mucho tiempo ansiando la llegado de ese día y no iba a poder disfrutarlo por, citó textualmente, “la mierda de la lluvia”.

Con un escueto “no importa” saliendo de sus labios, se dirigió al salón sin prestar atención al pasillo gris de siempre, del que no destacaba nada. Su alumno se encontraba sentado, con el ceño fruncido y mirando el libro del que iban a hablar: “la metamorfosis”, de Franz Kafka. Era bastante corto, de modo que le pidió que se lo leyera de una vez, que así lo disfrutaría más, y, al parecer, así lo había hecho. Después de un apenas audible saludo salido de las bocas de ambos, Lucas dejó su mochila en el suelo y se sentó en el taburete de siempre, con el reloj de frente.

─¿Qué te ha parecido?─agarró el libro para después abrirlo y echarle una ojeada.

─Asqueroso─respondió el alumno sin más.

─Sí, ése es uno de los aspectos más importantes e impactantes del libro: esa asquerosidad, esa miserabilidad, ese rechazo…

Aun creyendo que los interrumpía cuando no era así, la madre entró en el salón y les dejó una bandeja con comida y dos botellas de agua para Lucas, acompañadas, por supuesto, de un vaso. Lucas le dio las gracias y se echó un poco para beber, mientras Javi lo observaba atentamente.

─¿Por qué bebes tanta agua?─preguntó con algo de curiosidad, aún con el ceño fruncido.

─¿Eh?

─Nada. No me hagas caso─giró la cara.

Lucas no le dio mucha importancia. Alzó el vaso y le dio un ligero sorbo al agua para después continuar con lo que estaba diciendo e intentar, así, que Javi compartiera alguna reflexión sobre el libro. Era una obra sencilla y bastante asequible, por lo que era ésa o ninguna.

─¿Qué crees que significa la historia?─posó el vaso sobre la mesa.

─No sé. Es un tío que se transforma en bicho. Sólo eso.

Normalmente no era muy hablador, pero esta vez su mal humor le hacía un alumno más difícil aún, pues, antes siempre accedía a colaborar─con desgana, sí─; sin embargo, ahora sólo ponía trabas.

─“Cuando Gregor Samsa despertó una mañana tras un sueño intranquilo, se encontró a sí mismo convertido en un monstruoso insecto”. ¿No te hace pensar esa frase? Es el inicio de la novela─inquirió el profesor.

─¿Pensar en qué?

─¿Qué hay de extraño en ella?

─Pues que es imposible que un tío se despierte siendo un bicho.

─”Se despierte”, ahí le has dado. ¿Qué pasó la noche anterior? ¿Por qué despertó así? ¿Y qué papel juega el “sueño intranquilo”?─añadió señalando la frase en el libro.

─Quizás se volvió un capullo, y por eso todos lo ven como un bicho, ¿no?

─Interesante reflexión. Muy bien. Puede que “el insecto” sea metafórico. Es posible que sólo sea una persona que cause pudor a todos los que le rodean. Quizás Kafka lo vio así. Bien─continuó─. Hay que destacar que la obra está rodeada por un aura onírica, y que siempre se muestran espacios cerrados, lo que da sensación de angustia, de silencio y de soledad.

Así siguió hablando de la obra, totalmente apasionado, sin darse cuenta. Cuando el joven le respondió aquello, aquello que había pensado, que salió de lo más profundo del interior de su pensamiento, Lucas se sintió muy bien. Era la primera vez que habían conectado, aunque fuera en un simple roce. La actitud de Javi dejaba bastante que desear, mas, por lo menos, había servido para que no se mostrara tan desganado. Quizás no sea ésa la palabra. Desganado sí se mostraba, pero algo en él parecía haber decidido tomar parte en esa charla.

Quizás la literatura era más poderosa de lo que la gente creía. ¿Quién sabe? Igual aquel cuento tan excéntrico y peculiar de Kafka había abierto los ojos de Javi a un mundo de ensueño y de imaginación.

Con los brazos cruzados y la cabeza algo gacha, el alumno escuchaba a su profesor desmenuzar el mar de palabras que formaba esa historia. Si los caprichosos vaivenes del clima no hubieran hecho acto de presencia, probablemente aquella charla hubiera culminado en una amistad literaria de lo más fructífera, pero el cielo es caprichoso, y los que son caprichosos son también narcisistas, de modo que quería que la Tierra se maravillara con su deslumbrante belleza, por lo que aniquiló a las nubes con su fulgor, y, con ellas, se desvanecieron las gotas de lluvia.

Javi ya estaba más calmado, y se sorprendió a sí mismo escuchando las palabras del universitario. Normalmente sólo las oía y dejaba que su cerebro las absorbiera sin analizarlas, pero ahora lo estaba escuchando con total atención. Nunca se había fijado, pero el aspecto de Lucas era muy delicado, tan grácil y sutil como la apariencia exterior de un jarrón de porcelana. Sus cabellos, en su intento de parecer formales y respetables, dejaban al descubierto la debilidad de las prisas y pereza en su cuidado. Eran de un color rubio débil, claramente teñido, pues contrastaba con el color de sus cejas. Sus verdes ojos, felinos y grandes, siempre parecían encerrarse en su mundo interno de oscuridad, cerrando así el lado del espejo que daba a la luz e impidiendo, a la vez, el reflejo de su interior. Sus labios estaban siempre húmedos, lo cual hacía destacar su amplio grosor, y hacía que las damas sintieran deseos de saborearlos, lo que le hubiera hecho bastante popular de no ser por su gris actitud. Su cuerpo era delgado y de baja estatura, algo que llamó la atención del observador. Aun teniendo dos años más que él, aun estando en un curso superior, debía sacarle al menos una cabeza. Eso le hizo sentirse importante, alimentando a la bestia de su arrogancia, que en aquel momento debió haber permanecido mansa, presa en su jaula.

La señora Discipo apareció de nuevo ante ellos y anunció que la lluvia había cesado y que tenía que ir a hacer unos recados que había aplazado por la llegada de ésta. Tal acción por parte de la madre no tenía precedentes. Nunca se había marchado dejándolos solos. Eso puso nervioso a Lucas. Un susurro de desconfianza en el mundo perforó su oído y agasajó a su cerebro con palabras de horror, alegando que ese chico podía ser un psicópata que se comportaba de forma correcta temeroso de la ira de su madre.

Acompañó a la mujer a la puerta y dejó a su alumno atrás. Le preguntó qué hacer en caso de que se rebelara, y ella le dijo que eso no pasaría. Por supuesto, no tranquilizó a Lucas, pero éste la despidió con toda la educación que rezumó su ser en aquel momento. Volvió al interior de la casa y se encontró con que su alumno se estaba cambiando la camiseta de manga corta por una de manga larga. Durante una mota de polvo en el mundo del tiempo, pudo ver lo que ambas ocultaban. Un pecho apolíneo y de aspecto rígido, cuya apariencia debió de ser esculpida por los mismísimos dioses, culminaba en un abdomen plano y algo marcado, símbolo de juventud.

¿Por qué se fijaba en eso? ¿Acaso no tenía él también atributos parecidos? ¿Qué era lo que le sorprendía? Se recriminó a sí mismo aquel pequeño vistazo que había nublado con su dulzura los pensamientos del chico. Se acercó a él y le preguntó con voz calmada:

─¿Por qué te cambias? No hace frío.

─Bueno, aquí no mucho, pero en la calle sí─respondió sin darle mucha importancia a la pregunta mientras se terminaba de colocar la camisa y la sacudía.

─¿Vas a salir?

─Así es. ¿Piensas detenerme?─preguntó Javi desafiante, alzando ambas cejas y mirando a unos ojos que seguían anclados en el suelo.

─No me pagan lo suficiente como para jugarme mi integridad física en intentar detenerte─respondió en un tono de voz monótono.

─Pues hasta luego, tío. Aunque puedes largarte si quieres. Yo no volveré hasta la noche. Me voy con mis colegas.

─A tu madre no le va a gustar que te vayas.

─Que le follen. Hala, adiós─soltó yendo en dirección al pasillo.

Su actitud tan rebelde le pareció a Lucas descabellada; sin embargo, aunque hubiera pretendido detenerlo, él era un blandengue, y el otro muchacho parecía tener unos brazos fuertes y atléticos, con los que hubiera acabado fácilmente con él.

Fue al pasillo y cogió el teléfono que reposaba en la cómoda para llamar a la señora Discipo. Le informó de que Javi se había escapado y que se iba a quedar en la casa hasta que fuera la hora de irse, como se estipulaba en su contrato, pero que no iba a cobrarle la segunda hora, ya que no habían dado clase. La mujer, alarmada, pidió disculpas al chico y colgó enormemente molesta con su hijo. Lucas volvió al salón y degustó varios vasos de agua a la par que releía algo de “la metamorfosis”, la cual era una de sus novelas favoritas.

Una botella de agua después, madre e hijo aparecieron por la puerta, discutiendo. El profesor los oía desde el salón. Se gritaban el uno al otro: el uno, alegando que le había dado el día libre, pero que lo había cancelado por la lluvia, de modo que sin lluvia, debería habérsele restituido el día; y la otra, argumentando que no podía abandonar las clases una vez habían empezado, puesto que tenía que pagarle al profesor y, además, dejaba a medias su explicación. Acompañado del ruido de sus voces exacerbadas por el enfado propio de la incontinencia, se oía de nuevo la lluvia, las lágrimas del cielo que ahora lloraba porque el mundo le consideraba feo, y por ello, se tapaba con los afeites a los que nosotros denominamos nubes.

Entraron al salón y el universitario alzó ligeramente la vista saludando a ambos. La madre le pidió disculpas al profesor y obligó a Javi a hacer lo mismo; entonces le pidió al primero que se quedara una hora más, si era posible, para terminar la lección. Al chico realmente no le agradaba mucho la idea, sobre todo por la expresión de enervación absoluta que sostenía el chico de instituto en su semblante; sin embargo, aceptó, con la ingenuidad como consejero, pues creía que no le haría nada estando su madre cerca.

─Bien─dijo Lucas con un intento de resultar amable, aunque los temblores de su voz indicaran rabia contenida─, entonces hoy estudiaremos en mi cuarto, ¿vale, mamá? Ah, y no nos molestes.

─¿Eh? Si eras tú el que decía que quería hacerlo en el comedor porque no permites que nadie entre en tu cuarto─replicó la madre confusa.

─Bah, él es ya como de la familia─apresó al otro muchacho del brazo con un agarre que parecía suave, pero que causaba un daño infernal.

Lucas ahogó un gemido de dolor para no enfadar más a su alumno, y lamentó haber aceptado. Habiéndose despedidos ambos de la madre, Javi lo arrastró a la planta de arriba subiendo las escaleras. Atravesaron el abismo de oscuridad que caracteriza a la segunda planta. Ninguno de los dos abrió la boca durante el trayecto. El menor sabía que podía haber encendido la luz del pasillo de arriba, pero sólo iba a tomarle un momento entrar en su cuarto, por lo que decidió no hacerlo, aunque su acompañante lo achacó a que no quería que memorizara la posición de su habitación.

Arrojó a su profesor particular al interior de la habitación, encendió la luz y cerró la puerta con pestillo. Con gran celeridad, agarró al chico de ambas manos con una sola de las suyas, y le alzó los brazos como se le hace a las gallinas; mientras lo estampaba contra la pared. Ni siquiera medía sus fuerzas, pues la cama y el escritorio sobre el que descansaba ordenador de sobremesa, únicos objetos que decoraban la habitación aparte de un armario y varios pósters de coches y chicas, se resintieron con fuertes temblores.

A pesar de sentir la iluminación sobre sí, Lucas se sentía atrapado, como si la oscuridad no estuviera presente de forma aparente, sino escondida en esa luminiscencia que le rodeaba. Supuso que se debía a que la ventana tenía la persiana bajada para que no entrara el agua que caía fuera. Pero aun así, se podía oír que la apacible lluvia se había tornado en una tormenta de verano.

El discípulo apretó su mano sobre la del maestro, provocando una presión que acrecentaba el sufrimiento del último. Dio un paso acercándose a él y deslizó suavemente la cabeza hasta colocarla muy cerca de la del contrario, a escasos centímetros desde la izquierda. Siseó un sonoro “Shhh” a la par que su dedo índice rozaba sus labios en claro gesto de silencio.

─Ni se te ocurra hacer ruido. Si lo haces, te mato─sentenció con una expresión en los ojos que parecía reflejar el ardor del mismísimo infierno, la locura absoluta.

La vista del otro muchacho seguía tan gacha como de costumbre, y su expresión permanecía inalterable. Aunque no se lo hubiera pedido, no habría intentado gritar, es más, resistirse era algo que jamás hubiera considerado.

─Mírame.

No hubo respuesta de ningún tipo.

─¡Mírame!─gritó furioso.

De nuevo no hubo reacción, aunque se preguntaba internamente por qué le había exigido con las artes de la extorsión que no hiciera ruido cuando él gritaba tanto.

─¡Que me mires, coño!─le agarró de la barbilla y le obligó a alzar la vista.

Ojos de alumno y profesor se cruzaron por primera vez. Los primeros se mostraban coléricos, repletos de rabia, enardecidos en la venganza; y los segundos se mostraban fríos, inexpresivos, como un espejo o un estanque incapaces de reflejar absolutamente nada; sólo de proteger lo que guardan en su interior.

─Me has delatado─pronunció saboreando cada una de las sílabas de la frase─. Te has chivado a mi vieja como una puta rata. ¿Qué crees que debería hacer contigo ahora?

Los ojos de Lucas se entrecerraron ligeramente, señal que no entendió el otro chico de ninguna manera.

─Al parecer, no vas a intentar defenderte, así que ahora─susurró suavemente─no te quejes.

Lo agarró de los hombros y lo tiró al suelo, donde comenzó a patearle el estómago sin el menor atisbo de piedad en su conciencia. Patada tras patada, el cuerpo del joven universitario se resentía, temblaba, se retraía; sin embargo, no cabía en él el menor movimiento voluntario. Ni siquiera el lógico intento de cubrirse para minimizar el dolor. No había resistencia alguna.

─¡Recuerda! ¡Si gritas, te mato!─exclamó con rabia asestándole golpes más fuertes.

El mártir se entregó a su destino con los brazos abiertos, invitándolo a ser como realmente es, una bestia ansiosa de sangre que sólo desea dolor. Si eso era lo que deseaba, se lo daría. La paliza duró al menos 10 minutos. Tras eso, Javi se calmó y se alejó del otro muchacho enormemente sorprendido por lo lejos que había llegado.

De repente, un mazazo de culpabilidad le golpeó en la cabeza, acompañado del miedo a las represalias y la posibilidad de haberle hecho más daño del necesario. Él sólo quería darle un pequeño escarmiento; quizás un puñetazo o una patada, pero aquello era un ensañamiento totalmente innecesario. No entendió el porqué, pero, al ver esa mirada, al no obtener respuesta de él, su cuerpo sencillamente explotó.

Cuando estaba pensando en ofrecerle la mano para que se levantara, éste lo hizo por sí solo. Se alzó apoyándose en ambos brazos y, algo tambaleante y con la mirada perdida, tosió un poco de sangre. Su pelo estaba totalmente desarrapado y su labio inferior sangraba, además de que su ropa se había ensuciado y su camisa incluso se había roto un poco. Entonces habló:

─¿Has acabado? ¿Ya estás más tranquilo? Si es así, sigamos con la lección.

Su voz, en el aire que expulsaba, no contenía más que eso, aire. No moduló en ese momento la voz para mostrar ningún tipo de emoción. Sus palabras parecían ser sólo el respirar de su boca con cierto ritmo caótico.

Lo único que pasó por la cabeza de Javi en ese momento fue: “¿Qué coño le pasa a este tío?”

─────────────────────────────────────────────────────────

Después de los brutales hechos que acaecieron ese día, Lucas se fue sin ser visto por la madre de Javi, y, al llegar a casa, se encerró en su cuarto para que sus padres no fueran conscientes de sus heridas. Como si de la deshonra del perdedor se tratase, cargó por sí sola con la sombra de sus cicatrices, enmascarando tal trabajo con el espejismo de una caída ante los ojos ciegos de quienes exhalaban falsos suspiros por él. El joven de instituto no pudo dormir la noche después de aquello. Paseaban sobre su cabeza, en procesión, miles de espectros culpabilizadores que robaban la arena de sus sueños para burlarse de él. Creía que se la iba a cargar por haberse metido con su profesor, que le iban a imponer un fuerte castigo por su pecado, que incluso podría acabar, grilletes en mano, en un reformatorio. Y, en realidad, nada de eso pasó.

Lucas apareció al día siguiente en casa de los Discipo sin la menor variación en su mirada. Puede que su cuerpo gritara ante el recuerdo de lo que fue aquella tarde tan desafortunada, mas su alma parecía haberlo olvidado. Si bien es cierto que Lucas volvió, la relación entre ambos, inalterable hasta hacía tan sólo unos días, mutaba por primera vez: caminaba, pero hacia atrás. Javi se sentía culpable del daño causado, por lo que no quería tratar mal al chico; sin embargo, también le daba mal rollo su presencia, ya que no le parecía normal que no hiciera nada ante semejante paliza.

Por su parte, el profesor actuaba con la misma indiferencia de siempre, sólo que escudada en la vacilación de la pérdida de la confianza hacia el chaval. Guardaba las distancias con su alumno. Es curioso, por más que el otro muchacho se hubiera escapado mil veces, y todas y cada una de ellas hubiera acabado como aquella, Lucas habría actuado igual sin pensarlo. Incluso él se preguntaba por qué. Quizás era masoquista. O quizás necesitaba sentir el contacto de alguien, ya fuera por medio de sus labios o de sus puños.

Los meses se fueron esfumando como el humo que produce una fogata, y, finalmente, Javi aprobó el examen de literatura. Las clases dadas tras el incidente no tuvieron ningún provecho, mas sólo se le examinaba de una lectura, y fue “la metamorfosis” la que cayó. No supo muy bien por qué, pero recordó todas y cada una de las palabras del universitario, todos y cada uno de sus gestos, todos y cada uno de sus mínimos cambios de expresión…

El joven creyó que ya no era necesaria la presencia de su maestro, aunque tal decisión estaba condicionada por el deseo de no ver a Lucas como persona, no de recibir más lecciones del profesor. No obstante, la madre lo volvió a contratar para el curso siguiente. Le había cogido cierto cariño al muchacho y sus lecciones habían ayudado a su hijo, así que pensó que sus servicios nunca estarían de más.

Y así, después de dejar que Javi tuviera unas vacaciones durante el resto del mes de Septiembre tras el examen, llegó el último día en el que el profesor particular Lucas Maestre penetró en esa casa. En una fría y lluviosa tarde de otoño, alguien llamó a la puerta de la casa de los Discipo. Los fuertes alaridos del viento, complementados por las estrepitosas y furiosas caídas de los truenos, llenaban los oídos del chico de la disonancia propia del embravecimiento natural. La señora Discipo abrió la puerta y la cerró a gran velocidad una vez su invitado hubo entrado. El arrogante deseo divino de castigar a la Tierra con la cólera de los truenos por su enardecimiento de las pasiones hacía que nadie pudiera escapar a su sonido. Ni en el interior de la casa podía librarse de los golpes eléctricos que masacraban los suelos de este mundo. Quizás era una forma de crear un reflejo del corazón humano, de las desbocadas pasiones que rugen y braman en su interior intentando cobrar forma en sus acciones. Al menos se había librado de la terrible visión de los relámpagos, luces cegadoras que encharcaban su vista con la fogosidad de su fulgor.

La mujer, alarmada, se disculpó porque había olvidado llamarle para decirle que no fuera allí en un día tan feo. Al parecer, Javi ni siquiera estaba en casa. Se había quedado a dormir en casa de un amigo. Dichas palabras desilusionaron enormemente a Lucas, que decidió irse. Le molestaba haber hecho el trayecto para nada, pero no podía ser grosero con la señora Discipo y enfadarse. Ella le detuvo, pues era de locos salir con esa tempestad. Ni siquiera entendió cómo su madre le dejó que fuera. La verdad es que hacía mucho que no vigilaba sus acciones, que se había desentendido de él. No la culpaba. Era hora de volar, de dejar el nido. Era universitario, así que no podía tener siempre a su madre encima.

La mujer le invitó a pasar y a tomar el té con ella, pero éste rechazó la bebida comentando que estaría satisfecho sólo con agua. Ambos se sentaron en la cocina para charlar: ella con una taza de té delante, y él con una botella de agua acompañada de un vaso. Con la marcha del calor, ahora volvía a su costumbre de una sola botella en dos horas.

─Lucas, ¿por qué tú y Javi no sois amigos?─preguntó la mujer en trono claramente melancólico.

La pregunta cogió por sorpresa al chico, causando que su corazón se tensara y su cuerpo se pusiera rígido.

─Creo que sencillamente no conectamos. Somos muy diferentes─abrió la botella distraídamente.

─¿Y no crees que así es mejor? Cuando te relacionas con alguien que es igual que tú, todo parece perfecto, pero en realidad es aburrido. Estáis de acuerdo en todo, no hay choques, no hay chispas, sólo un muro de aburrimiento que, en lugar de acercaros, os separa más.

─No creo que una vida aburrida esté tan mal, señorita Discipo─se echó el agua en el vaso.

─Sé que mi Javi es algo pasota, y que, a pesar de ser muy tranquilo, cuando se enfada es terrible, pero no es un mal chico. Tiene buen corazón. Es sólo que… sus amistades…

Eso de que era terrible cuando se enfadara, a Lucas le pareció que se quedaba corto, pero no quiso discutirlo. Por esas cosas, él no solía tener amigos. O bien eres un lastre para ellos, o bien ellos son un lastre para ti. Al menos eso pensaba. De cualquier forma, era consciente de la alta probabilidad de que esas deliberaciones nacieran del rencor y la inexperiencia.

─Aunque seas tímido, algo inexpresivo y de difícil trato, estoy segura de que te aprecia. ¿Por qué no intentas ser su amigo? Puede que Javi sea sarcástico y mal hablado a veces, pero no te haría daño.

¡Que no le haría daño! ¡Cuán nocivo puede ser el amor cuando emponzoña con su fango el manantial llamado maternidad, haciendo, así, que el reflejo se muestre poco nítido, turbio, borroso! Sólo veía lo hermoso en el vástago que había criado, y él no la culpaba, pues es imposible que el cariño no delimite nuestra visión tal y como lo hace la espesa niebla.

El deseo tan sincero y puro de esa madre le pareció muy hermoso. La veía como una princesa celta que rogaba a un caballero que protegiera su reino de un malvado dragón. En sus ojos, brillantes y suplicantes, nadaban pequeñas bestias atraídas por su pesar, dispuestas a acentuar su canto en forma de petición. Sin embargo, sabía que no podía cumplir su deseo. Antes de responder, se oyó el ruido de la puerta abriéndose, permitiendo así que las tinieblas del exterior penetraran en la casa. Era Javi.

La señora fue corriendo a recibirlo. Según le dijo, se había peleado con su amigo y éste, furioso, le había echado. No se lo contaba todo a su madre, pues la razón de tal acción fue que el chico de instituto había estado saliendo con la misma chica que su amigo. Esto había ocurrido hacía ya mucho, antes de las clases con Lucas, pero ahora había reunido el valor suficiente para confesarlo. La joven los dejó a ambos y se fue de la ciudad porque su padre fue trasladado en el trabajo.

Javi estaba totalmente empapado. Había tenido que irse con lo puesto, ya que no se había llevado paraguas el día anterior y su amigo no estaba dispuesto a prestarlo uno. La madre le regañó y le dijo que fuera rápido a ducharse, que Lucas estaba allí porque se había olvidado de llamarlo. La verdad es que al muchacho lo último que le apetecía en ese momento era otra clase. Pero, tras bufar ligeramente, fue al baño a darse una ducha. Mientras lo hacía, la señora Discipo y su maestro hablaban un poco sobre cómo le iba al chico en la universidad.

En mitad de la conversación y con ya media botella de agua bebida, apareció el muchacho en la puerta de la cocina. Tan sólo llevaba una toalla atada alrededor de la cintura, y otra en la mano. Su pelo, caído ante la insistencia del agua, aún rezumaba pequeñas gotas que caían al suelo. La madre le replicó por andar así por la casa cuando había un invitado, pero él respondió que ambos eran tíos, así que no pasaba nada. Había ido allí a buscarlo, porque prefería que la clase fuera en su habitación. Lucas vaciló argumentó que el salón era mejor para concentrarse.

─Vamos, por favor, no te voy a hacer nada─le rogó con voz suave.

No le quedó otra. Si iba a recibir otra paliza, que así fuera. Durante el camino a su habitación, pudo deleitarse con el pecho desnudo del muchacho. Un momento, ¿deleitarse? Así era, estaba mirando furtivamente las contracciones de los músculos del abdomen de su alumno. ¿Por qué siempre se quedaba embobado mirando su cuerpo? ¿Sería que tenía algún tipo de complejo con su cuerpo y por eso no podía dejar de mirarlos?

Una vez entraron en el cuarto, Javi invitó al muchacho a que se sentara en la cama mientras él se vestía. Así lo hizo. El joven de instituto abrió el armario y sacó una sudadera negra y unos pantalones vaqueros, algo sencillo. Se quitó la toalla dándole la espalda, dejando al descubierto, sin ningún pudor, su trasero. Lucas, ante esta visión, dirigió su vista al suelo sintiendo el baile lujurioso que ejecutaban los nervios en el interior de su cuerpo. Seguramente se sonrojó y todo, porque notó que le ardía la cara como si su sangre se encolerizara por su inacción. Una vez vestido, se sentó de forma inversa, es decir, con el pecho contra el reposaespaldas; en la silla de oficina que tenía para usar el ordenador.

─Lo siento, no me apetece para nada dar clase. ¿Podríamos pasar de eso por hoy?

El tono de su voz le pareció tan dulce a Lucas, que no pudo evitar asentir y dejar, por esa vez, que los caprichos del chico se cumplieran. Javi, por su parte, aunque sentía mal rollo cuando estaba cerca de su profesor, estaba demasiado triste por lo de su amigo como para pensar en ello.

─Oye─preguntó el alumno─, ¿me odias?

Pregunta de difícil respuesta, sin duda.

─¿Por qué iba a odiarte?─respondió Lucas evadiendo la pregunta.

─Por lo que te hice.

No hubo respuesta. ¿Qué respuesta cabía que no pudiera enfurecerle de tal manera, que acabara tomándola de nuevo con el pobre universitario? Prefirió que el silencio, en la eterna sabiduría de los que escuchan en lugar de hablar, respondiera por él.

─¿Por qué seguiste como si nada cuando te pegué?─inquirió pensativo mirando al horizonte. Lo cual era normal, puesto que los ojos del otro chico tampoco estaban puestos sobre los suyos.

Eso era algo a lo que aún no estaba preparado para responder. ¿Por qué era capaz de sentir el más agudo de los dolores sin soltar una lágrima, sin cambiar de expresión, sin exteriorizar en el exterior lo que le carcomía el interior?

─¿Por qué quieres saberlo?─fue lo único que se dignó a soltar, con la mirada fija en el suelo.

─No sé nada de ti─declaró Javi distraído─. Y quiero saber más. Eres mi profe particular desde hace casi más de un año y no te conozco.

─De nada serviría que lo supieras.

─Dime, ¿por qué estás tan…. vacío?─se giró para mirarle a los ojos aunque él no lo hiciera.

Sus manos temblaban ligeramente, y su postura, antes erguida, ahora estaba inclinada hacia abajo, como si la vergüenza pesara en su espalda y le impidiera alzarse correctamente, como si mirar a los hijos de aquel al que había estado enseñando, fuera a quemar sus retinas, como si todo el mundo a su alrededor fuera un león para él. Tenía ganas de llorar, muchas ganas de llorar. Sin embargo, hacía muchísimo que era incapaz de hacerlo.

─Lucas…─susurró Javi.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. ¿Acaso era necesario partir su alma de esa manera, intentar sonsacar del interior de su semblante la causa de sus males, para que se dignara a pronunciar su nombre, para que admitiera que era algo, que era algo digno de interés, que no era un objeto, que era una persona? Apretó los puños y alzó ligeramente la vista, pero no se dirigió al receptor de sus palabras, sino a la pared de enfrente, que iba a recibir su historia sin juzgar sus palabras; sólo iba a hacerlas rebotar para devolvérselas, sin decir nada más, sin quedárselas para sí.

─Yo ya no siento nada, ¿sabes? Dejé la universidad hace mucho. De hecho, la dejé el día antes de venir a tu casa. Estaba esperando a que me saliera un trabajo y lo hicé, me marché. ¿Qué más da? ¿Acaso dejé algún amigo atrás? ¿Acaso algún profesor iba a lamentar que mi mente no se aprovechara de alimentarse de su fruto intelectual? No lo creo. Te preguntarás el porqué, ¿verdad? Me sentí abrumado, incapaz. Divertido, ¿cierto? Era como un niño pequeño que se enfrenta a una marabunta de adultos. Sentí como si las paredes de esa aula, como si el mundo que me rodeaba se me viniera encima. Todo parecía tan irreal, tan onírico. Era como un sueño. ¡Oh, Dios, aún hoy sigo pensando que tal vez fue un sueño! Todo parecía igual, igual que cuando estaba en el instituto, igual que cuando estaba en el colegio, igual que cuando estaba en la guardería. ¡Sólo era uno más, un simple chimpancé que no vale nada! Yo no quería eso. ¡No quería sentirme inferior!─sin poder creérselo, decenas de lágrimas saltaron de sus ojos, incapaces de aguantar más tiempo presas de su tristeza─. ¡¿Qué he hechooooooooooooooooo?! ¡¿Qué va a ser de mí?! ¡¿Por qué soy tan débil?! ¡No fui capaz, no fui capaz, no fui capaz! ¡Al final, el único chimpancé que había allí era yo! ¡Yo era el único que no valía nada! ¡Y todo por la debilidad! ¡La debilidad que hace que el gusano sea devorado por el pájaro, que las moscas sean devoradas por la araña, que el ciervo sea devorado por el león! ¡Mi debilidad! ¡Soy débiiiiiiiiiiiil!

Su discurso cesó en el acto, pues los brazos de Javi envolvieron su cuerpo con una delicadeza impregnada de dulzura. Su calor…. Esa calidez…. Jamás la había sentido antes… Era el calor de alguien que le apoyaba, que no comprendía por lo que había tenido que pasar, pero que, aun así, estaba ahí. Odiaba todo tipo de contacto físico, y, por tanto, los abrazos, pero aquel abrazo no, aquel abrazo lo llenó de ternura y de un sentimiento indescriptible que elevaba las resonancias de su alma, la música de su corazón, el sempiterno tic-tac de su espíritu a mil.

─No estás solo, Lucas─susurró Javi.

Y allí, en los brazos de aquel al que debía enseñar, lloró todo lo que no había llorado en ese año. Cual furiosa cascada tras una terrible tempestad, los retazos acuosos se deslizaban por la corriente creada en su llanto hasta el hombro del otro chico, dejando su sudadera más húmeda que los anteriores ropajes que llevaba.

Sentía que se ahogaba, sentía la garganta reprimida por la opresión de su desesperación, pero no podía dejar de llorar. Con cada sollozo, creía que pararía, pero no era así, tenía demasiado acumulado y tenía que soltarlo todo. Javi, sentado a su lado, lo sostenía entre sus brazos sin decir nada, tan sólo con los ojos cerrados, de modo que no sintió presión alguna por tener que dejar de llorar. Allí se dio cuenta de que, en realidad, Javi era un buen chico. Pero no fue lo único de lo que se dio cuenta.

Cuando se calmó algo y ambos dejaron de abrazarse, Lucas alzó la mirada para encontrarse con los ojos del otro muchacho, esta vez por decisión propia.

─Vaya, por fin eres capaz de mirarme─sonrió su discípulo.

Esa sonrisa… Esa deliciosa contorsión en sus labios, esa grácil variación en su semblante, esa majestuosa mueca en su rostro fue lo más hermoso que el joven profesor había visto en su vida. No había vergel, aun con la hermosa y susurrante corriente de un río de aguas cristalinas, aun con la visión de unos árboles robustos y majestuosos sobre un suelo de césped del más claro color verde, aun con cientos de curiosos animales cuya lindeza sobrepasaba los límites de lo bello; que pudiera sobrepasar tal resplandor. Una fuerza tan inexplicable como poderosa deslizó por su piel el deseo de sentir su roce, de tocarlo, de acariciarlo, de estar junto a él. De repente, sus mejillas se tiñeron del rojo más marcado que existe y admitió con voz temblorosa:

─P-puede que… haya otra razón.

─¿Otra razón para qué?

─Para que no dijera nada cuando me hiciste aquello.

─Ah… ya─asintió contaminando con melancolía su sonrisa al fruncir el ceño.

─Creo que… me gustas.

Como acto reflejo, el chico de instituto alzó la cabeza con los ojos muy abiertos y perdiendo su sonrisa. Lucas, al ver su reacción, se dio cuenta de lo que había dicho. Oh, cielo santo. ¡Se había dejado llevar por el calor del momento! ¿Ése era el castigo que debía pagar por dejarse llevar por sus pasiones? ¿El castigo a la valentía de su aliento al dar sinceridad a sus palabras iba a ser el rechazo? Parecía que tal era el caso. Sin dudarlo, se levantó de la cama de un salto y salió corriendo. El otro estaba en shock, mirando todo lo que hacía el chico hasta que se perdió en la oscuridad del pasillo.

¿Su profesor era… gay? Había visto alguno que otro en alguna peli, e incluso decían que un tío del instituto era marica, pero siempre se metían con él. La verdad es que nunca le había llamado la atención. Ni ese chico ni su mundo. Sin embargo, algo despertó en su interior al escuchar la confesión de su maestro. Al principio, es cierto que el rechazo fue lo primero que le invadió, pero la curiosidad de una pregunta se fue acrecentando en su interior, abriéndose paso entre las tinieblas del miedo y de las dudas. Dicha cuestión era: “¿Por qué no?”. Si algo hay en esta vida son cosas que hacer, y, si te mueres sin haberlas probado, te las has perdido, así que ¿por qué no probarlo? Quizás esa oportunidad no se volvía a presentar en su vida.

Las palabras “oportunidad única”, “prueba” y “curiosidad” danzaban en las paredes de su mente como un eco incesante de ruegos internos. Sin embargo, todo aquello dejó de tener sentido cuando se dio cuenta de algo: Lucas le fascinaba. No se había dado cuenta antes porque se había ocultado en una fortaleza de indiferencia, pero muchas veces se sorprendió a sí mismo reflexionando sobre por qué bebería tanta agua o qué lección le explicaría al día siguiente. Lo había atribuido al aburrimiento, pero el día de la clase de literatura, notó que era algo más. ¿Podía ser amor? Qué tontería, por supuesto que no. ¿Pero… y si sí? No lo sabía, sólo sabía que quería saberlo, de modo que se levantó y salió de la habitación en busca del joven que acababa de declarársele, con actitud decidida.

Al bajar a la planta baja y preguntar a su madre por él, ésta le dijo que no le había visto. Le buscó por toda la casa, pero no estaba. Mierda, había salido con la tormenta. ¡¡¿A quién se le ocurría hacer eso?! Fue a la entrada y vio que su sombrilla seguía allí. Encima había salido sin nada con lo que cubrirse. La cogió y abrió la puerta, y, para su alivio, las nubes azabaches habían vuelto al grisáceo color de la calma. Todavía llovía, pero al menos no había truenos. Con el paraguas abierto, echó a correr sin saber muy bien a dónde.

Al cabo de unos 20 minutos, y con el barrio recorrido, vio que estaba agotado y no lo alcanzaría, de modo que decidió regresar a casa para pedirle a su madre que le diera su dirección e ir a verle. Iba caminando despacio, pues su respiración estaba totalmente agitada por el sobreesfuerzo. Qué curioso es el destino, que espera hasta el último momento, hasta el momento en el que ya le has entregado todo, para darte tu recompensa. Allí, en uno de los bancos de la acera, un joven de cabellos dorados estaba sentado de cuclillas, con la cabeza embutida entre las piernas. Las gotas de agua golpeaban su cabeza sin piedad, exacerbadas con los celos de hacer esa calle su propiedad, y la de nadie más.

Sin embargo, el martilleo cesó. ¿Quizás habían decidido olvidarse de su egoísmo para permitir al joven compartir las calles con ellas? Esperaba encontrar sobre él la claridad del cielo abriéndose ante sus ojos, pero no fue así, lo que encontró fue otra clase de luminiscencia, la sonrisa que le había parecido tan hermosa en su visión de hacía unos minutos.

─¿J-javi?─preguntó incrédulo.

─No sé muy bien lo que siento. No sé si es aprecio, ternura, amistad o amor, pero sí sé dos cosas: que no me gusta verte triste y que quiero estar contigo, así que─amplió su sonrisa suspirando ligeramente─creo que a mí también me gustas tú.

El pecho de Lucas se alzó en una inhalación de sorpresa, para luego volver a cerrar el paso a su garganta con una fuerte congoja. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero en su rostro, por primera vez desde que Javi lo conocía, se dibujó una sonrisa. El alumno se sentó a su lado en el banco, y, alzando la sombrilla con una mano, agarró con la otra la cara del muchacho y lo besó. Tal gesto le pilló un poco por sorpresa, pero respondió lo mejor que supo desde su inexperiencia. La desesperada ansiedad de Lucas por encontrar a alguien al que le importara le llevó a querer acelerar el beso, pero el otro chico lo calmó acariciándole la mejilla con ternura. Al separarse, Javi emitió una risita.

─¿Qué pasa?─preguntó Lucas secándose las lágrimas con la manga, acción inútil, ya que estaba mojada.

─Que estoy muy feliz.

Aquello que dijo hizo que la temperatura de sus mejillas se elevara hasta la que debían sumar mil soles juntos.

─Eh, te has puesto rojo, jajaja─se rió Javi señalándole.

─¡No es verdad!─se tapó la cara con ambas manos.

─Vaya, si tienes un lado tierno─acercó de nuevo su cabeza a la de su profesor─, Lucas. ¿Sabes? Tienes unos labios muy suaves. Me gustan mucho.

─Je─se rió el aludido─. Gracias.

Y así, profesor y alumno, bajo el amparo de una lluvia que cesaba su actividad, se sonrieron el uno al otro y volvieron a besarse. Y entonces, los astros, amparando aquel brote de amor tan puro en un mundo tan gris, decidieron bendecir la escena con un hermoso final: la aparición de un arco-iris en el horizonte.

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