Los gatos no ladran

Vamos a olvidar sin lágrimas

Lo sueños que disfrazan la verdad

Camino de la buena suerte

Vamos a lanzar

Las muñecas tristes al desván

Y en esta maleta por cerrar

Guardaremos nuestra suerte

Claro, más claro que el agua

Igual que los gatos no ladran.

(India Martínez)

21/08/12 08:30

(Ramón sigue recordando ante el espejo todos los pormenores de su relación con Mariano)

Los últimos días en la playa fueron de lo más deprimente. Mis constantes esfuerzos por intentar sonreír y parecer animado no tenían otro fin que no aguar, más aún, las vacaciones de Alba y Carmen, que al fin y al cabo no tenían ninguna culpa de mi situación anímica. Aunque a Elena parecía habérsele pasado su ataque de mala leche, yo estaba bastante alicaído, pues me había enfrentado a los recovecos de mi persona y no me sentía orgulloso de lo que había encontrado.

Si, en su momento, ya fue bastante duro de asimilar comprobar que no me desagradaba estar con un hombre. Cada paso que daba en mi recién descubierta bisexualidad me dejaba claro que estaba lejos de ser el hombre que creía ser, que cuanto más avanzaba en la dirección que me llevaban mis instintos, más empantanado estaba todo y menos le encontraba una solución a la catástrofe en la que se había transformado mi existencia. Una existencia en la que lo único que parecía que tenía sentido, eran mis hijas, mi madre y los sentimientos que Mariano despertaba en mí.

¿Por qué me fue tan difícil asimilar que estaba perdidamente enamorado de él? No me bastó con sacar los pies del tiesto en la orgía con mis compañeros en la casa de Rodri, o con follar con Sergio, el chico del gimnasio. Yo tenía que ir un paso más allá y dejar que mi polla, quien parecía tener el poder de doblegar a mi sensatez a su antojo, me llevara como un caballo desbocado a una sauna de Torremolinos. Un lugar que no era ni mucho menos la jauja del sexo que yo esperaba y donde únicamente me chuparon la polla a través de un agujero en la pared de una cabina.

Si me sentía un ser despreciable por engañar a mi mujer o por ponerle los cuernos a Mariano. No era eso lo que me tenía tan apesadumbrado. En la cabina de aquel tugurio, mientras me realizaban la mamada más impersonal de toda mi vida, una parte sórdida y oscura de mí salió a relucir de un modo brutal, volviéndome a mostrar de nuevo a un extraño al otro lado del espejo. Alguien que tenía mucho que contarme y al que yo, de ningún modo, deseaba escuchar.

Siempre me había considerado un tío con gustos normalitos en la cama, nada de posturas imposibles, ni de maratones lujuriosas. Como en casa solo encontraba el aburrido misionero, cuando, muy de tarde en tarde, echaba una cana al aire, el sexo oral o la postura del perrito era a lo más que llegaba con la mujeres con las que me acostaba.

Adentrarme en el mundo de las relaciones homosexuales fue como un cataclismo en mis convicciones. Conocer que había una modalidad sexual tan variada, tan excitante y sucia a la vez, me tuvo durante un buen tiempo como a un niño como un juguete nuevo, tanto más exploraba esa transversal forma de sentir, más se degeneraba el respetable hombre que los demás pensaban que era.

La última revelación había revolucionado por completo mi libido y me alejó aún más del ser humano que suponía ser: Descubrí que disfrutaba como un enano con los actos de dominación, concretamente con someter a alguien sexualmente. No sabía hasta qué punto, pero solo elucubrar una relación en la que hubiera cadenas, látigos y toda esa parafernalia, me excitaba tremendamente y no podía evitar ponerme tremendamente burro. Una cachondez que se enfrentaba a mi mala consciencia y siempre terminaba triunfadora, dominando mi pensamiento por completo.

Y lo que más incomprensible me resultaba de todo aquello, es que a pesar de mi bajo estado de ánimos, estaba deseando volver a ver a Mariano. Primero porque quería saber por qué actuó tan frío conmigo por teléfono y desterrar con ello al fantasma de los celos que me venían atormentando desde aquel día. Segundo, estaba loco por volverlo a besar, apretarlo entre mis brazos, sentir su cuerpo y volver a hacerle el amor. Luego estaba lo del juguetito que le había comprado en el “sex-shop”, me inquietaba saber cómo reaccionaría, si se entregaría sin reservas a mis oscuras intenciones o, por el contrario, se sentiría ofendido por mis extremas predilecciones. La inquietud que me embargaba por no saber cómo respondería mi amigo me tenía todo el día con la puñetera sensación de tener mil mariposas volando en la tripa.

Una llamada de mi hermana Marta consiguió que mis planes por estar con él se acelerarán. Me contó que a Isidoro, su marido, no le dejaban coger las vacaciones hasta el viernes diecisiete, como no podría venirse hasta el sábado a Fuengirola, me sugirió de permanecer en el piso familiar un par de días más.

—Marta, el problema está en que yo me incorporo el jueves.

—Pues que se queden Elena y las niñas, hasta que nosotros vayamos. Son dos o tres días de playa que pueden disfrutar más.

La proposición de Marta me pareció bastante interesante, nada más colgué el teléfono, llamé a la comisaria y pedí que me pasaran con el oficial encargado de gestionar los turnos.

—¿Qué pasa Ramón? ¡Ya se te está acabando lo bueno, cabroncete!

—Pues para eso te llamaba, Joaquín. Para ver si me puedes cambiar el servicio del sábado por el del viernes.

—Ya sabía yo que tú no me llamabas para saber cómo me iba a mí currando en Sevilla. ¡Eres más interesao que la gente de la iglesia! ¿Me has dicho de trabajar el jueves y el viernes seguido?

—Correcto. Por cierto, ¿cómo llevas el mes de Agosto?

—Cómo lo voy a llevar miarma, ¡con muchísima calor!… Quien tiene el servicio del viernes es Fede, ¿por qué no lo llamas tú? Tengo un lio de tres pares de cojones y sé que se me puede pasar…

—¡No te preocupes! Ya lo llamo yo.

— Pues si te pones de acuerdo con él, me dices algo para cambiar el cuadrante.

—¡Ya lo sé, quillo, que soy perro viejo! Muchas gracias, ¡no sabes el favor que me haces!

—¡De nada, campeón! Por cierto, lo del cambio de día no será por problemas, ¿no?

—No, es para que mi mujer y mis hijas se puedan quedar hasta el domingo en la playa.

—Sí es lo que yo te diga, ¡estamos hechos unos calzonazos!

Tras charlar un poco con Joaquín y gastarle un par de bromas. Busqué en el móvil el número de Fede. Un tío con él que había patrullado en algunas ocasiones y que, tal como supuse, me cambió el día de trabajo sin problemas. Tras comunicarlo en comisaria, telefoneé a Marta para contarle que estaba todo arreglado:

—Lo que he pensado, si no te importa, Marta. Es que en vez de irse el sábado para Sevilla, tiren el domingo. Yo no tengo que trabajar hasta el lunes y me quedo a cuidar de mamá el finde.

—¡Que me va a importar! Si hasta te lo iba a sugerir y todo… ¡Que con todo este jaleo de mamá, me veía que no iba a pasar ni un día con Alba y Carmen en la playa!

Solventado todos los problemas “burocráticos”, llamé a Elena y a las niñas para comunicarle las buenas nuevas.

Dado que la pipa de la paz no se había fumado todavía entre mi mujer y yo, no me atreví a comentarle mis planes cara a cara. Así que me agaché y dirigí el discurso sobre las novedades a mis dos pequeños retoños.

—¿Os gustaría quedaros un par de días más en la playa?

—¡Síii! —Gritó Alba abrazándose a mi cuello impetuosamente.

Carmen, al contrario que su hermana, no pronunció palabra alguna y volteó la cabeza buscando a Elena. Si mi pobre niña esperaba encontrar alguna respuesta en la mirada de su madre, solo halló un frio e impasible rostro.

A pesar de lo suspicaz que es para su corta edad, mi hija mayor era incapaz de comprender porque su progenitora no decía nada ante una noticia tan importante. Al no contar con la complicidad de su madre, dirigió por completo su atención a mí.

Alargué mi brazo y la cogí por la cintura. Al tener su rostro frente al mío, agachó la cabeza avergonzada, como si fuera incapaz de mantenerme la mirada. La cogí por la barbilla e hice que sus ojos se enfrentaran a los míos. Encogió su naricita e hizo un mohín extraño de disconformidad. ¿Lo que daría en momentos como aquel por saber lo que pasa por su cerebrito?

—¿No te apetece quedarte en la playa unos días más?

A pesar de que mis palabras iban acompañadas de la mejor de las sonrisas, no propiciaron que el semblante de mi pequeña cambiara. Interrogué con la mirada a Alba y ella me respondió con una explicación que me dejó completamente descolocado.

—Yo creo que lo que le pasa es que piensas que te vas a marchar de casa. Es lo que hacen siempre los papás cuando se pelean y se terminan divorciándose. Nosotras no queremos pasar quince días con uno y quince días con el otro, queremos que siempre estemos los cuatro juntos.

Mis ojos buscaron los de Elena, al tiempo que abracé tiernamente a Carmen.

—¿Por qué crees que mamá y yo nos vamos a divorciar? —Mi pregunta estaba cargada de falsa ignorancia, tenía muy claro que mi hijita en su inocente sabiduría sabía perfectamente que, por mucho que mi mujer y yo intentáramos disimularlo, las cosas entre sus padres no iban nada bien.

—Porque desde que Alba le contó lo de la semillita en el tete mamá y tú no se hablan… —Las últimas palabras se ahogaron en su garganta como si fuera incapaz de pronunciarlas sin romper a llorar.

Dediqué una mirada suplicatoria a mi esposa buscando conseguir su complicidad, un mero gesto por parte de ella y supe que, como siempre, en la batalla de criar a nuestras hijas era mi aliada. Haciendo de tripas corazón, cogí la barbilla de Carmen e intente ganarme su confianza.

—Aquí nadie se va a divorciar, cariño.

—Pero es que no se hablan…

—¿Tú siempre te hablas con Alba?

—A veces no, ¡pero siempre es por su culpa! —Intervino mi hija pequeña, quien al parecer llevaba ya demasiado tiempo callada.

—¡Calla, loro, y escucha lo que tiene que decir tu padre! —Intervino mi mujer echándole afectuosamente las manos por los hombros a nuestra pequeña tabardillo.

Carmen, tras quedarse pensativamente unos segundos en silencio, prosiguió hablando como si mi pregunta hubiera respondido a sus inquietudes.

—Pero nosotros nunca nos llevamos tanto tiempo sin hablarnos…

—Una niña de mi clase, sus papás empezaron por no hablarse mucho tiempo y al final se divorciaron —Apostilló Alba, como si se encontrara en posesión de la verdad absoluta.

Como veía que no las iba a convencer, me puse de píe y me dirigí hacia Elena. Ella al comprender lo que quería hacerle ver a nuestras hijas, me sonrió haciéndome entender que por la felicidad de ellas, estaba dispuesta a dejar nuestras diferencias al lado.

Me puse a su lado, pase la mano por detrás de la cintura y le di un beso en la mejilla con la única intención de que nuestras pequeñas vieran que no pasaba nada grave entre nosotros. Ambos hicimos tan perfectamente el paripé, que los ojos de Carmen y Alba brillaron con una alegría, tan desmesurada que terminó por reflejarse automáticamente en su expresión.

No solo las dos pequeñas de la casa se alegraron al saber que no tenían que volver a casa hasta el domingo por la tarde, mi mujer también dio muestras de estar bastante contenta al permanecer unos días más en Fuengirola.

La tarde del martes, con la excusa de que no me cogiera la caravana del día quince, preparé la mayoría de los bártulos (le dejé a ellas lo estrictamente necesario para unos días) y partí hacia Sevilla.

Curiosamente mis sentimientos de despecho hacia Mariano habían pasado a un segundo plano y mis emociones prioritarias eran las ganas locas de volver a estar junto a él. Era obvio que deseaba desesperadamente hacerle el amor de nuevo, pero no era lo único que hacía a mi corazón palpitar. Estaba ansioso por sentirlo entre mis brazos, por volver a besar sus labios y, sin embargo, la probabilidad de que mi amante se hubiera echado un novio durante su estancia en Sanlúcar, me aterraba de un modo atroz. Presentía que nuestro reencuentro podía llegar a ser la calma, la tormenta o ambas cosas a la vez.

Lo primero que hice nada más llegué a Sevilla fue ir a ver a mi madre, comprobar que su estado de salud había mejorado a pasos agigantados me animó un montón. Durante la cena, ella me notó extraño e intentó indagar en los motivos de aquello, mas como estábamos acompañado por la familia de mi hermana, la buena señora optó por cortarse un poco y dejar el interrogatorio de tercer grado para otra ocasión. Sobre las diez, me despedí hasta el día siguiente con la excusa de que estaba reventado y de que además de deshacer el equipaje, quería comprobar si iba todo bien en mi casa.

Tras poner un par de lavadoras, recoger todos los cachivaches de las niñas y demás. Me pegué una ducha. Mientras dejaba que el agua caliente empapara mi piel, un pensamiento malsano se me vino a la cabeza. “¿Por qué no me quedo en casa de Mariano a dormir esta noche?” La idea me sedujo de un modo brutal y, tanto más vueltas le daba al tema, más lógica y real la veía.

Mientras preparaba la indumentaria para acompañarlo a ver la Virgen de los Reyes a Sevilla, no pude evitar pensar: “¡Estos capillitas están todos locos! ¿Quién ha visto ponerse un puto traje en Sevilla en pleno mes de Agosto?”, no obstante, sabía que acompañarlo a ver la procesión con el atuendo adecuado, él lo sabría ver como una muestra de amor y no me importaba lo más mínimo pasar calor si con ello conseguía hacerlo feliz en la medida de lo posible.

Junto con la ropa interior y el neceser, guardé el regalo que le compré en el “sex-shop”. Por unos segundos, estuve tentado de no llevarlo, pero la lujuria y la curiosidad tenían más peso que el miedo a una mala reacción por parte de mi amante. “Lo peor que me puede pasar es que me lo tire a la cara”, pensé.

A pesar de mi aparente seguridad y de mi querer aparentar tenerlo todo bajo control, estaba tan nervioso como un adolescente en su primera cita. Con la intención de que nada pudiera fallar me puse la camisa preferida de Mariano: una azul lisa, que según él me sienta de puta madre.

Aparqué el coche cerca de su casa. Era más que obvio que no podía reprimir más mis ansias por reencontrarme con él, pues me notaba muy nervioso. Los celos se habían apoderado de mí y aunque quien esperaba darle una sorpresa con mi visita a él era yo, muy en el fondo temía encontrarme con algo inesperado. Con lo que la maldita “sorpresa” me la podía terminar llevando yo.

Fue ver la cara que me puso cuando abrió la puerta y supe que algo no iba bien, su rostro no reflejaba alegría alguna, únicamente una completa estupefacción. Su actitud fría y distante, me hizo pensar que no había sido buena idea ir a visitarlo sin avisar, pues tuve la sensación de que no le había sentado nada bien. Por un momento creí que podía estar acompañado y que había interrumpido algo. Lo miré de arriba abajo y, por la ropa que llevaba puesta, llegué a la conclusión de que no era así (Unas chanclas con calcetines son el anti morbo con mayúsculas y se la agacha al más pintado). No obstante, como seguía sin decir esta boca es mía, opté por romper el hielo.

—¿Qué te pasa, artista? ¿No me dices nada? Ni que hubieras visto un fantasma.

Ni las mejores de mis sonrisas lo hizo reaccionar, seguía mirándome con su mejor cara de pasmado, como si mi presencia le incomodara. Tenía claro que no se encontraba acompañado, pues ya hubiera reaccionado sacándome fuera de su vivienda con cualquier excusa endeble. Pese a que la perplejidad seguía presente en su expresión, en su mirada absorta se dejaba ver un débil atisbo de felicidad.

Me aferré a aquella pequeña señal afectiva e intenté actuar con la mayor naturalidad. No tenía ni la más remota idea de lo que pasaba por su cabeza, ni por que actuaba así. Más como la naturaleza no me dotó con habilidades telepáticas, escogí lo que mejor se me da hacer en estos casos: actuar como si tal cosa, como si no sucediera nada. Olvidé lo violenta que estaba resultando ser aquella situación, impregné mis palabras de la mayor amabilidad de la que fui capaz y me lancé de cabeza al ruedo, ¡qué fuera lo que Dios quisiera!

—¿Qué? ¿Me vas a dejar toda la noche en la puerta? ¿O me vas a dejar pasar?

—Sí, sí pasa… —Las tres palabras salieron de su boca a trompicones, como si fuera incapaz de pronunciarlas.

Lo inexpresivo y distante de su talante me hizo sentirme como andando sobre arenas movedizas. Mis peores temores vinieron a visitarme y la idea de que se había buscado a otro se convirtió en mi único pensamiento lógico. Expectante ante lo que pudiera pasar, no pude disimular mi desconcierto.

Nada más cerró la puerta, me fui para él para darle un señor beso, pero me hizo la “cobra” de la manera más diplomática. Cada vez tenía más claro que algo se había roto entre nosotros dos. Fruncí el ceño y sobrepasado por los acontecimientos le dije:

—No parece que te alegres de verme.

La tensión entre los dos se podía cortar con un cuchillo. Mariano prolongó su silencio, como si lo que tuviera que contarme le supusiera un enorme esfuerzo. Presentí que me diría algo parecido al manido: “No soy tú, soy yo”. Tuve el terrible presagio de que todas mis ilusiones junto a él estaban a punto de despeñarse.

—¿Qué haces en Sevilla? ¿Por qué has venido? ¿Y cómo sabías que estaba en casa? —La rapidez con la que las tres preguntas fueron pronunciadas, evidenciaron que sus nervios estaban tan a flor de piel como los míos.

—¡Para! ¡Para! ¡De una en una! —Mi tono fue de lo más jocoso, ocultando por completo mis dudas y preocupaciones sobre nuestra situación — ¡Que preguntas más que un abogao!

Mi breve pantomima despertó una mueca risueña en mi amigo. Pensé que fuera lo que fuera que le ocurriera, no era demasiado grave. Aunque parecía preocupado, no había llegado la sangre al río.

—Perdona hombre, es que me has cogido de sorpresa…

—Pasa que mi cuñado Isidoro no coge las vacaciones hasta el diecisiete, con lo que no se pueden ir a Fuengirola hasta el sábado. Como yo tengo que trabajar el jueves y el viernes, pero el finde lo tengo libre, he decidido que Elena y las niñas aprovechen unos días más en la playa. ¿Cuál era la segunda pregunta? —Como mi momento payaso parecía haber roto el hielo y destensado la cuerda entre nosotros, seguí en mi papel de bufón del reino.

Aunque su ceño seguía levemente fruncido y parecía no tener muchas ganas de responderme, no pudo reprimir una leve sonrisa al contestarme:

—Que por qué habías venido y cómo sabias que estaba en casa.

—La respuesta a la segunda pregunta es la mar de fácil: tenía unas ganas locas de verte, y en cuanto a la tercera, tú mismo me dijiste que ibas a venir a ver a la Virgen de los Reyes, el día que estuvimos hablando por teléfono. ¿Contento el señor marqués?

—¡Qué predecible soy!

Oírlo mascullar entre dientes, como si yo no estuviera presente fue la gota que colmó el vaso y no pude evitar salirme un poco de mis casillas.

—¡¿Eh?! ¿A ti qué coño te pasa?

—¡Que tenemos que hablar!

La forma en que me habló, me dejo cristalino que nuestra conversación no se podía posponer y así se lo manifesté:

—Pues aquí me tienes, ¡soy todo oídos!

—¡Pasa y hablamos!

—¡Uy, uy! Si me dices que me siente, a mí esto me suena a bronca —Por mucho que bromeara, las tripas se me encogían temiéndome lo peor: el fin de nuestra relación. Clandestina e irregular, pero una relación al fin y al cabo. Máxime, con la importancia que últimamente habían adquirido nuestros furtivos encuentros para mí.

Nos sentamos en los butacones del salón, uno en frente del otro. La preocupación no se marchaba de su expresión y se quedó pensativo como si recapitulara concienzudamente lo que me tenía que decir, como si deseara soltarme todo lo que tenía dentro y sin dejarse nada en el tintero.

—¡Vamos a dejar de acostarnos juntos! Y siempre que quedemos, para lo que sea, lo haremos con más gente. Nunca solos. ¡Quien quita la piedra, quita el tropezón!

Aquella parrafada fue para mí como una muerte anunciada: sabía que iba a suceder de un momento a otro, pero no había terminado de asimilarla por completo. ¿Desde cuándo no sufría las espinas del amor? Un enorme vacío llenó mi pecho y sentí como algo se rompía en mi interior. Durante unos segundos me vi como el idiota más grande del mundo, un idiota que estaba pagando el precio por su dependencia de Mariano, por dejar en sus manos mi felicidad.

—¿Por qué? —Pregunté tras guardar unos segundos de tenso silencio — ¿Acaso te has echado novio en la playa?

—¿Por qué vas a preguntar? ¡Manda cojones! Porque estás casado y tú eres mi mejor amigo. ¡Y los tíos casados no van por ahí enamorándose de sus mejores amigos!

Descubrir que no hay nadie más y que, al igual que yo, estaba preocupado por el laberinto en el que no estábamos metiendo, dio como resultado que comenzara a reírme descontroladamente. Aunque en un principio mi risa fue suave, no pude reprimir mis nervios y comencé a soltar carcajadas que estaban lejos de ser las adecuadas. Con las emociones a flor de piel, fui incapaz de medir la intensidad de mis risotadas y estas llenaron el silencio de la habitación de forma más que desafortunada.

En breves segundo la expresión de Mariano pasó del “¿Qué coño le pasa a este?” a “¡No me toques los cojones!”, pero ni por esas podía detener mi puto ataque de risa. Los jodidos nervios me estaban gastando una mala pasada.

—¿De qué coño te ríes? ¡No me hace ni puta gracia!

—Tu, ¡ja, ja, ja!… estás agobiado… ¡ja, ja, ja!… porque crees que yo me he enamorado de ti… ¡ja, ja, ja!…

Mis risotadas hicieron que los ojos de mi amigo se encendieran de furia y, en un tono bastante airado, me dijo:

—¡Déjate de cuentos, que no me estoy inventando nada! Tú me dijiste…

—…que te quería como a nadie en este mundo —Tal como si hubieran apretado un resorte en mi barriga, y con la misma facilidad que habían surgido, mis carcajadas desaparecieron.

— Sí, eso fue exactamente lo que dijiste —Su ceño permanecía serio y sus palabras estaban cargadas de cierta irascibilidad.

—Y es cierto. Pero de ahí a enamorarse va un mundo —Intenté coger el toro por los cuernos e impregné de toda la sinceridad que pude a mis palabras, aunque sabía, a ciencia cierta, que mi discurso iba a ser más falso que Judas —.Me temo amigo mío que has confundido los términos y tú solito te has montado la película.

—Pues como no te expliques mejor, no veo diferencia alguna, ¡y no me vayas a dar clase de semántica! —Mariano está tan enfadado que hablaba con las manos y hasta me señaló con un dedo.

—Como bien sabes. Yo no había estado con ningún tío antes. Era algo que ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Si la primera vez, después de la reunión de alumnos, deje que me chuparas la polla, fue porque iba muy caliente. Lo peor fue que me gustó y mucho. Era distinto a estar con una tía, sin embargo no te sé decir si era peor o mejor. Era una variedad sexual que para mí era novedosa por completo, un extenso campo donde experimentar sensaciones nuevas.

—Sí, ya me he dado cuenta que el “tema” te pone bastante.

— Pero no es solo el sexo lo que me llama la atención de hacerlo contigo. He de reconocer que la cosa tiene su puntito, pues tú me dejas mostrarme tal como soy. Eres una de las personas con la que más confianza tengo…

—Sí, pero tienes que reconocer que al principio te costó —No sé qué tecla he podido tocar en su interior, el caso es que su gesto de cabreo da paso a una leve sonrisa de complicidad.

—La verdad es que sí. ¿Recuerdas la primera vez que te follé? —Ni yo mismo sé porque hice uso de una palabra tan basta, ¿quizás porque quería ocultar mis verdaderos sentimientos? Sabía que si le decía lo que realmente sentía, Mariano se volvería a aterrorizar e, irremediablemente, dejaríamos de vernos.

—¡Claro que me acuerdo, pedazo de cabrito!

Durante unos segundos se quedó pensativo, con esa cara de idiota que se nos pone cuando nos acordamos de algo placentero, supuse que estaba pensando en la primera vez que me tuvo dentro de él. Aunque yo por entonces no sabía los sentimientos que despertaría en mí, lo sucedido aquella tarde de febrero en su casa ha quedado dibujado en mi memoria, tal como si estuviera grabado en piedra.

— Como bien sabes, follar es una las cosas que más me gustan del mundo —Seguí trivializándolo todo, con la única intención de que mi amigo no se me espantara y es que prefería ocultarle parte de la verdad a perderlo —, es algo para lo que siempre estoy más que dispuesto. A mí (y no es ir de sobrao), las mujeres nunca me han faltado…

—Sí, siempre fuiste un poquito “picaflor”.

—Sí, pero desde que comencé a salir con Elena, me puse la mar de formalito. Desde que me casé, no he sacado los pies del tiesto. ¡Bueeeno!… Alguna vez que otra me he ido con Ervivo de juerga y he echado una canita al aire…

—Algunas veces, yo diría bastantes veces, ¿no?—Me interrumpió mi amigo, dándome a entender que me conocía bastante bien y que no se las daba con queso.

—Si tú supieras lo cortito de “pienso” que me tiene mi mujer, ¡Ya te diría yo a ti! Como siga así, me va a pasar como a mi padre, que solo se clavaba el pobre cuando cobraba.

— Pues no te rindo las ganancias, pues tu padre al menos cobraba por semanas—La amplia sonrisa y el buen humor que se manifestó en su semblante, me recordó que el buen carácter de la persona a la que amaba había vuelto a estar presente.

—Sí, es verdad. ¡Pero no me enree!, que al final no lo voy a terminar de contar…—Lo miré durante unos intensos segundos y tuve que contener unas enormes ganas de besarlo—. Bueno, como te decía, en casa el sexo lo tengo a cuentagotas y de un tiempo a esta parte, ¡más todavía! Que mi mujer es tan fría que en vez de un coño parece que tiene un frigorífico. Lo de irte a un puticlub te puede servir de desahogo un día, pero no es lo mismo…

—…arte que hartar…

—¿Me quieres dejar de interrumpir, pedazo de cabrón? ¡Cómo se nota que se te ha pasado ya el “mosqueo”!

Mariano se me quedó mirando, como si me saboreara con la mirada. De nuevo, tuve que reprimir lo que me pedía el cuerpo y proseguí explicándole lo que realmente sentía hacía él, pero nadie sabía mejor que yo que mis palabras eran una verdad a medias.

—Cuando, tras la fiesta de antiguos alumnos y por casualidades de la vida, descubrí lo tuyo, no me pareció mal dejar que me la chuparas. Aunque he de admitir que estaba tan sorprendido, que no disfruté como debía. Con todo el tiempo que hace que te conozco y ni las más mínima sospecha de que te fueran estos rollos… ¡Y no me interrumpas! Pero después del escampado me quedé con ganas de más. A mí nunca se me había pasado por la cabeza tener rollo con otro tío. De hecho no me gustan los tíos…

— ¿Y yo que soy un perro? —Me interrumpió mi amigo haciendo un gesto de disconformidad.

—No, ¡no me mal intérpretes, hombre! —Por un momento no supe que decir que sonara coherente y no descubrir mis escarceos a sus espaldas —Es que yo no te veo como hombre… No, sé cómo explicarlo, yo te veo… no sé…Es tanto el placer que me das, tanta la confianza que nos tenemos, que las cosas me parecen de lo más natural. No he sentido nunca antes nada parecido por nadie. Es más, contigo puedo dar rienda por completo a mis fantasías sexuales, sin temor a equivocarme… Quillo, que sí sé de esto antes, ¡antes empiezo! ¡Ja, ja, ja!

— Bueno, todo eso que me cuentas está muy bonito y tal —Mariano arqueó las cejas y su gesto volvió a tornarse más formal, como si el tono distendido de mi charla no le hiciera ni chispa de gracia—Pero ahora que tienes pensado hacer, porque supongo habrás pensado algo, ¿no?

—Sí, seguir como hasta ahora, viéndonos cada vez que nos sea posible. Tengo muy claro que estar contigo es lo mejor que me puede pasar y no quiero otra cosa. Sé que estoy engañando a mi mujer contigo, que es una putada para ella. Pero tampoco la cosa va de dulce entre nosotros, si no lo dejamos es por los niñas…

Pronuncié cada una de aquellas palabras desde el corazón, había aprendido por las malas que nada era comparable a estar con Mariano y no estaba dispuesto a renunciar a él.

— Entonces, según entiendo, seguir como hasta ahora significa que tú sigues con tu vida, yo sigo con la mía y cuando podamos coincidir…

—… hacemos el amor y lo que haga falta. Porque nosotros no follamos. ¡Hacemos el amor! ¿Te queda claro?—Lo reprimí ligeramente.

—Cristalino como el agua. Me gusta bastante lo que me has dicho. No está nada mal…—Encogió levemente la barbilla mostrando su satisfacción— ¿Sabes?, me quitas un peso de encima.

—¿Por?

—Porque creí que se te había nublao la sesera.

Lo cierto es que llevaba más razón que la mar. Estaba (y sigo estándolo) perdidamente enamorado de él y mi vida se estaba convirtiendo en todo un desastre emocional por no saber controlar la situación. En vez de enfrentarme al problema que suponía saber que quería a una persona de mi mismo sexo, había optado por hacer cosas que, hasta que no lo tuve ante mí, no supe a ciencia cierta que eran completas estupideces. Una serie de estupideces con las que tendría que convivir en mi consciencia y que no habían hecho de mí una persona mejor, sino todo lo contrario.

Pero, como soy de hacer las cosas poco a poco, que hubiera dejado de “engañarme” a mí, no quería decir que hubiera dejado de hacerlo con los demás. Puse mi mejor cara y bromeé ante su aseveración.

—¡Parece mentira que digas eso, conociéndome como me conoces!

—Por eso mismo, porque te conozco —Hace una leve pausa y haciendo uso de su mejor cara de granuja me dijo —Por cierto. ¿Tú que has dicho que haríamos cuando coincidiéramos?

Me levanté del sofá, lo cogí de la mano para que él hiciera otro tanto. Una vez lo tuve frente a mí, lo abracé fuertemente, dejé que la pasión que bullía dentro de mí saliera a relucir y lo besé con todas mis ganas.

Fue sentir su cuerpo pegado al mío y la lujuria comenzó a gobernar mis actos, mi polla se puso tremendamente dura, al tiempo que escenas pecaminosas desfilaron por mi pensamiento. Imaginar prácticas sexuales con el nuevo juguetito, consiguió ponerme como una moto. Sin explicación alguna, aparté mis labios y dejé de abrazarlo.

—¡Espera, un momento! Tengo que ir por una cosa al coche.

—¿Que se te ha olvidado ahora?

—¡Ahora, lo veras…! —Dije dejándolo con la palabra en la boca y acelerando mis pasos hacia la calle.

La verdad es que no le había consultado siquiera si me podía quedar aquella noche a dormir. Intuí que no me diría que no, además quería ver la cara que me ponía cuando me viera entrar con el traje y la bolsa.

Volví a entrar en su casa, mis gestos mostraban una afectada naturalidad. Al verme cargado, él no podía esconder su perplejidad.

—¿Qué traes ahí?

—El traje para mañana y los avíos para afeitarme y demás. ¿No querrás que vaya a ver a la Virgen con esta facha? — Le respondí señalando la ropa que llevaba puesta con un ademán que dejaba claro que no era la adecuada para ello.

Si me había presentado en su casa sin previo aviso, había sido para sorprenderlo. No obstante, su primera reacción había estado lejos de ser la deseada, tanto que incluso me planteé marcharme sin más, pues llegué a considerar que había sido una idea nefasta. Más fue ver la cara que se le quedó en aquel preciso instante y llegué a la conclusión de que todos mis planes para reencontrarme con él habían merecido la pena y que habían tenido su razón de ser.

—Me quedo a dormir esta noche aquí contigo — Aunque lo único que pretendía era dejar claro que no iba a admitir un no por respuesta, mi tono de voz sonó tan seguro, que rosó lo arrogante— y mañana, salimos de aquí directamente para ver a la Virgen.

—¡Tú… tú… tú estás loco…! —Balbuceó incapaz de dar crédito a lo que estaba escuchando, pero con un brillo de alegría en su mirada que era incapaz de disimular.

—Sí… —Solté los bultos en el suelo y me aproximé a él, le mostré mi mejor cara de granuja y proseguí —Por ti. Me tienes loco y lo sabes, así que no juegues a hacerte el tonto que ya no cuela.

Sin más preámbulos uní mi boca a la suya, en esta ocasión no había nada que coartara mis actos y me entregué por completo a la pasión que nacía entre los dos. Sin dejar de besarnos y acariciarnos como si el mundo se fuera a acabar después, nos desprendimos de todas y cada una de las prendas que impedían que estuviéramos piel con piel.

Fue volver a tocar su culo, apretarlo fuertemente, amasarlo entre mis manos y me sentí la persona más afortunada del mundo. Ignoraba si había estado con otros en sus días de vacaciones o no, pero tampoco me importaba. Lo que únicamente tenía valor para mí, era el aquí y ahora, aquel momento presente.

Se liberó de la sutil prisión de mis brazos y dirigió sus atenciones a mi pecho. Primero me chupó un pezón, después el otro. Más tarde pasó la lengua por todo el ancho de mi pecho, como si quisiera unir cada lado de mi tórax con un sendero de caliente saliva. Intentó proseguir descendiendo a lo largo de mi abdomen, pero lo detuve:

—No, mi vida. Mejor vayámonos a tu cuarto.

Es cruzar el umbral de su habitación y nos abalanzamos mutuamente el uno sobre el otro. Lo empujé sobre la cama y dejé que mi cuerpo hablara con el suyo. Nuestras extremidades, nuestros labios, nuestros tórax, nuestras pelvis… parecían quererse fundirse en una sola cosa. Sus manos se aferraron a mis glúteos fuertemente. Sentí como el contacto con esa parte de su piel hizo que su miembro viril cimbreara levemente. Sentir el roce de su pene con el mío fue sumamente satisfactorio, tanto que me hizo bromear.

—Veo que también te gusta mi culo ¿ein? Pues, amigo mío, es terreno prohibido.

— Pero tocarlo si podré, ¿no?—Dijo al tiempo que me regalaba un piquito.

—Y, si quieres, puedes pasar la boquita por él —Respondí perversamente.

Los ojos de Mariano se agrandaron como los de un personaje de dibujos japoneses y se reflejó en ellos una maliciosa lascivia. La posibilidad de poderme besar el ano parecía antojársele como algo sumamente satisfactorio. Buscó mi mirada por si le estaba vacilando, al constatar que no era así, me dijo:

—¿En serio?

—Sí, ¿por qué no…? No me va a doler. Y tú estás deseando.

La verdad es que fue algo nuevo para mí. Yo era de gobernar y dirigir por completo nuestros encuentros sexuales. Y aunque alguna vez que otra, Mariano me había dicho ponte aquí o allí, o de esta manera o tal…yo era siempre quien llevaba la parte activa. Por lo que ponerme en pompas ante él y someterme a sus caprichos, me resultó de lo más insólito.

Hoy en perspectiva, tengo que reconocer que aquello, en un principio, no me apetecía demasiado, si lo hice fue porque no me parecía justo (máxime con lo que le traía preparado para más tarde) negarle algo que desde hacía tiempo sabía que le apetecía bastante. No obstante, fue sentir sus primeros mordisquitos sobre mis nalgas y no pude evitar gemir ante aquella sensación mezcla de placer y dolor que me sobrevino.

Lo siguiente que sentí fue como sus dedos rosaban mi agujero, no dije nada pero aquello no me hizo la más mínima gracia. Sin embargo, no me vi en la obligación de tener que pedirle que parara, pues rápidamente fueron sustituidas por el calor de su lengua. El efusivo contacto de su paladar sobre aquella zona erógena de mi cuerpo propició que no pudiera reprimir un “¡Joder, qué rico!”, tan expresivo, que pareció que me salía del alma.

—Es una zona muy sensible —Concluyó mi amigo, deteniendo brevemente el beso negro que me estaba regalando.

—¡No pares!, ¡ufff!, ¡cabrón! ¡Qué peaso de lengüita tienes! —Le grité completamente fuera de mí, dejando claro que me había rendido por completo a la lujuria reinante.

Tras empapar copiosamente mi ano con sus babas, comenzó a hacer círculos sobre el con sus dedos. Sentir su boca sobre mi agujero me producía placer, pero sentir la dureza de su falange sobre la peluda grieta al final de mi espalda, me produjo un poco de escalofrío, por lo que encogí el culo y le corté el paso. Explícitamente no dije nada, pero dejé claro que, bajo ningún concepto, quería que se invadiera aquella parte de mi anatomía. No sé por qué, pero tenía la sensación de que se ponía en duda mi virilidad. ¡Qué tontería!

De disfrutar como un enano con lo que me estaba haciendo, pasé a sentirme incómodo. Era más que evidente que aunque me gustará practicar guarrerías con un tío, mi rol en una relación homosexual quedaba reducido meramente al de activo. Habían sido muchos años de heterosexual pleno, para ahora en mi recién iniciada bisexualidad, ponerle el culo a alguien. Aunque ese alguien fuera la persona que más quiero en este mundo. La persona para la que no tengo un “no”.

Fue notar como su boca devoraba mi peludo agujero y me rendí a la posibilidad de ser penetrado por Mariano. Fue imaginar su polla adentrándose en mis entrañas y el desasosiego vino a visitarme. La dureza de mi polla menguó y me sentí mal por ser incapaz de entregarme de ese modo. Igual que los gatos no ladran, yo era incapaz de ser pasivo, incluso con Mariano (O al menos eso es lo que pensaba en aquel momento).

Aparté aquella situación no deseada de mi mente y me centré en lo que estaba sucediendo en realidad. Tenía a mi amigo, mi amante postrado a mis espaldas, pegándome una soberana comida de culo. Una fantasía, por lo que pude deducir, que él llevaba mucho tiempo planeando en su cabeza. Si yo, un poco más tarde, iba dar riendas sueltas a las mías, no me parecía de recibo negarle las suyas.

Mientras sus labios se soldaban con la parte central de mis glúteos y sus manos acariciaban mis muslos. Mi mente construyó una realidad alternativa, una realidad en la que mi amante, vistiendo un ajustado pantalón de cuero negro, estaba encadenado a unos maderos clavados en el suelo, formando una especie de equis. No sé porque, la estancia que lo rodeaba se me antojaba oscura, iluminada por unos pequeños halos de luz que hacían que el aspecto de mi amigo pareciera aún más sórdido y pecaminoso.

Frente a él, vistiendo un uniforme de policía que se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel, me encontraba yo. En mis manos sujetaba una fusta cuya furia descargaba al aire impunemente a escasos metros de él. En los ojos de Mariano no hay señal de dolor, ni de terror, solo se deja ver una completa sumisión.

Es elucubrar la posibilidad de que esa ensoñación se haga realidad y mi polla comenzó a vibrar como si tuviera vida propia. Mecido por el placer desmedido que me estaba regalando mi amigo con cada lengüetada que daba en mi ojete. Cogí mi polla y comencé a acariciarla de la cabeza al tronco.

Estuve tentado de abandonar mi postura y demostrarle quien era el hombre, quien dominaba la situación. Sin embargo, me hallaba tan a gusto con su lengua haciendo círculos sobre mi ano, que permanecí inmóvil, tal como si él fuera el dueño y señor de mis actos. Volví a dejar volar mi imaginación y, en esta ocasión, me lo imaginé desnudo atado sobre un columpio colgado de unas cadenas que pendían del techo, en mis manos tenía el instrumento fálico que le compré en Torremolinos, al ver su tamaño y su forma, el pene de mi amigo vibró dando amplias muestras de excitación.

Hundido en mis sórdidos pensamientos, me rendí a la lascivia. A la pasión con la que los labios de mi amigo mimaban las zonas erógenas de mi ano, sume la frenética masturbación a la que estaba sometiendo a mi cipote. Dividido entre el mundo real y el onírico sentí como el clímax se hacía protagonista de mis actos. Poco a poco los espasmos vinieron a visitarme y, entre un gran número de ellos, derramé mi esencia vital sobre las sabanas.

Continuará en: “De amor se puede vivir”

Acabas de leer:

Historias de un follador enamoradizo

Episodio XLVI: Los gatos no ladran.

(Relato que es continuación de “La ética de la dominación”)

Llegado este punto me gustaría agradecer que hayas leído mi relato y, si no es mucho pedir, dejes un comentario sobre lo que te ha parecido. Es la única manera que tenemos los autores de saber si lo que escribimos te llega o no. Son solo unas líneas. Gracias de antemano.

Si por casualidad es la primera vez que entras a leer un relato mío, hace poco publiqué una guía de lectura con enlaces a los distintos episodios de las seís series que tengo en curso. Está muy currada y creo que te puede servir de ayuda, si quieres seguir leyendo cosas mías.

Un apunte para los amantes de la cronología, este relato tiene lugar al mismo tiempo que lo narrado en “Las amistades peligrosas” y “TE comería EL corazón”. He intentado que, a pesar de repetirse los diálogos entre Ramón y Mariano, no sonara a repetitivo. No sé si lo habré conseguido del todo.

Me gustaría agradecer a todo aquel que leyó, valoró y comentó “Instinto básico” y de modo especial: a Ozzo2000: En un principio la historia de Iván, que te advierto que está quedando casi tan larga como la de Ramón, en principio iba a ser publicada cuando terminara la del policia, pero circunstancias tales como que los últimos episodios están costando mucho terminarlos y que muchos lectores (entre los que te incluyo a ti) teníais ganas de leer más historias del mecánico han hecho que se alternen las dos; a varianza: Pues como he explicado más arriba, Iván tardará un poquito en volver porque tengo que ir alternándolo con las otras historias que tengo en curso. Sé que puede parecer una putada por el “continuará” que he dejado, pero quiero centrarme en cerrar la historia de Ramón. Seguramente, una vez esto ocurra, el sitio de Ramón sea ocupado por Iván y “Follar en tiempos revueltos” (que es como se llama su saga) se pueda leer con más asiduidad; a mmj: El maestrito, de momento, no volverá a encontrarse con Iván, pero no te preocupes por que el “martillo” del mecánico seguirá clavando muchas, pero que muchas puntillas. Me alegro que te esté gustando el curso que están tomando los acontecimientos. En cuanto para no perderte nada de lo que publico (lo mismo señalo lo obvio), lo único que tienes que hacer es pinchar en mi perfil de autor y te saldrán los últimos relatos que he publicado. La semana pasada publique un “Microrelato” que ha gustado bastante; a Pepitoyfrancisquito: Tenéis permiso para hacerme la pelota todo lo que os dé la gana, lo que no tenéis permiso es para hacerme “spoilers” de la trama. Está claro que los seis mil euros el “pobre” Iván los va a tener que pagar en carne (yo creo que era tan evidente como que el mayordomo era el asesino), pero no de la manera que vosotros esperáis. Lo que si os puedo decir que, de momento, el culito de Iván no será visitado por cipote alguno, pero insisto: De momento. Aprovecho también para responderos a vuestro comentario en “Su gran noche”. Comprendo que no era algo agradable de leer, pero era algo que escribí para desahogo particular y que me pareció bien compartirlo con los lectores de la página, a modo de tributo y a tragapollas manchego: Mariano no es solo un privilegiado por saber toda la historia del internado, es que encima después echa un pedazo de polvo como Dios manda. Decirte que el tema de JJ sentirse viejo y un poco acabado tiene que ver mucho con todo lo que va a suceder en “Sexo en Galicia”, por eso que haya recurrido a él en varias ocasiones. Como ya he dicho alguna vez que otra, Mariano ha ido un poco engañado a el viaje por JJ. En futuros episodios lo iré aclarando.

Volveré en unos quince días con un relato de la serie “Juego de Pollas” titulado “Fuera de carta” donde Pepe irá descubriendo un poco más del sexo que encierra las paredes del internado. No me falten (pienso pasar lista).

Hasta entonces disfrutad sin descanso de esa cosa llamada vida.

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