Luisa, la amiga de mi madre

Era una tarde lluviosa a mediados de Mayo cuando sonó el timbre con insistencia. Los timbrazos eran continuados y rápidos. Paco, de 18 años recién cumplidos se encontraba sentado frente al ordenador en su habitación.

– ¡Mamá! – gritó sin levantarse -. ¡La puerta!

El timbre siguió sonando y Paco recordó que hacía tres días que su madre se había apuntado a Pilates y era a esa hora.

Con gestos cansados y arrastrando los pies fue hacia la puerta. Abrió y vio a Luisa, la amiga de su madre.

Era una mujer de pelo largo, morena, rellenita con muchas curvas y pechos grandes, sin caer en lo grosero. De la edad de la madre de Paco, 45 años. Lloraba desconsolada y pareció decepcionada cuando fue Paco quien abrió la puerta.

– Hola, Paquito, cariño – dijo entre sollozos -. ¿Está tu madre?

– No – dijo cortado Paco, que nunca había visto así a un adulto en su presencia -. Está en Pilates.

– Ah, bueno… – dijo bajando la cabeza Luisa -. ¿Le puedes decir que me llame cuando vuelva?

Ya se estaba girando para irse por donde había venido, lentamente. Paco estaba congelado. No sabía cómo reaccionar ni cuál era el protocolo en esos casos, siempre habían sido los adultos los que lo habían consolado a él.

– Espera – dijo saliendo al portal -, ¿por qué no me cuentas qué te pasa?

Luisa se giró y una leve sonrisa apareció entre sus lágrimas.

Sin decir nada, pasó a su lado acariciándole el pelo y entró en casa.

Dentro, entre llantos, le contó que su marido acababa de dejarla, que se había ido con su peluquera, amiga suya y de la madre de Paco. Según contaba llevaban casi un año viéndose a escondidas. Paco la consolaba tocándole las manos y dándole golpecitos en los hombros, sin saber muy bien qué hacer. Pasaron así cerca de una hora, hasta que se oyó la puerta. Era Marisa, la madre de Paco.

Era una mujer alta y delgada, de pechos pequeños, pero con un culo bien conservado, pese a la edad. Era castaña y llevaba el pelo corto.

– Luisa, ¿qué te pasa?

Tras un rato charlando con Paco parecía haber mejorado, pero al ver a su amiga volvió a caer en el llanto.

La abrazó y volvió a empezar con la historia. Marisa estaba muy enfadada, no dejaba de decir lo cabrón que era su marido y lo puta que era su peluquera.

Luisa añadió que, como la casa era de su marido, ella, al irse, se había quedado sin sitio para quedarse, así que, seguramente tendría que volver al pueblo con su madre.

– De ninguna manera, tú te quedas con nosotros.

– No, de verdad, no quiero ser un estorbo…

– Que sí, que sí… Paco, ves a tu habitación y cambia las sábanas.

Paco no rechistó. Aunque le parecía mal que le quitaran su habitación, viendo el estado de Luisa, no podía negarse.

Fue a su habitación y empezó a cambiar las sábanas. Su madre y Luisa seguían hablando en el salón.

Cambió las sábanas, limpió un poco y escondió en el armario las cosas que le avergonzaban, sobre todo fotos y juguetes de otra época. No quería parecer muy niño ante su anfitriona.

– Paco, ¡a cenar! – gritó su madre desde el salón.

Luisa no traía nada de casa, así que su madre le prestó algo. Por suerte, Luisa no era muy alta y el ancho de la ropa se contrarrestaba con el alto.

Marisa le dejó un pijama con camisa. A Luisa le venía claramente pequeño. Apenas se abrochó unos pocos botones y tuvo que dejar un buen escote. Paco pasó la cena embobado con sus tetas. Nunca había pensado en Luisa como un objeto sexual, pero esa noche estaba pensando en la paja que se iba a hacer a su salud.

Se ofreció a ir al día siguiente a casa del marido de Luisa a por sus cosas.

Al acabar de cenar, Luisa le dio un abrazo y un beso en la mejilla.

– Muchas gracias, guapetón.

Sonrojado, Paco se acostó en el sofá a la espera de que las dos mujeres se fueran a sus respectivas habitaciones, ansiando su soledad para desfogar su pasión.

Paco no era virgen, pero sólo había follado un par de veces, con una chica de clase. Una chica que, antes que por él, había pasado por otros tantos rabos y con la cual él no contaba volver a tener relaciones.

Por la noche, una luz, fruto de las farolas de la calle se colaba en el salón y no terminaba de dejar dormir a gusto a Paco. Dando vueltas en el sofá escuchó una puerta que se abría. Se hizo el dormido, con los ojos entreabiertos. Aunque hubiera algo de luz en el salón, ésta daba en dirección a la cocina, así que era difícil ver los ojos entreabiertos del joven. La imagen de Luisa, de espaldas pasó adormilada ante él, en dirección a la cocina.

Con ese pijama tan ceñido, su culo se veía hermoso y muy bien puesto. Paco la observaba. Parecía llevar abierta la camisa para ir más a gusto. Entró a la cocina y, sin encender la luz, Paco oyó como buscaba a tientas el armario de los cubiertos. Se levantó en silencio y fue a ayudarla.

Pasó a la cocina y encendió la luz. Luisa se sobresaltó y llevó una mano a su pecho desnudo. Efectivamente la camisa iba abierta. Un pecho, el izquierdo sobresalía y dejaba ver un enorme pezón oscuro.

Rápidamente, la mujer empezó a abrocharse los pocos botones que podía.

– ¡Qué susto, chico!

– Perdona, es que te he escuchado entrar y venía a ayudarte.

– No quería encender la luz por no despertarte. Me ha entrado hambre y venía a por un vaso de leche.

– No te preocupes – dijo Paco sacando un vaso del armario -. Soy de sueño, fácil, si me despierto me vuelvo a dormir pronto. Tú, como en tu casa – y salió de la cocina.

Paco volvió a acostarse, a la espera de volver a ver a la madura, a ser posible, con la camisa desabrochada. Pasaron unos minutos y la luz de la cocina se apagó. Una sombra salió de ella. Al pasar por delante del sofá, la luz iluminó brevemente la forma y Paco pudo comprobar con cierto placer, que la camisa volvía a ir abierta y que esos pechos daban leves respingos a cada paso.

Esa noche, se masturbó por segunda vez pensando en la amiga de su madre.

Pasados unos días, la vida en casa seguía tranquila. Luisa estaba buscando un trabajo (antes ella era ama de casa) para poder independizarse y Marisa y Paco le decían que se lo tomara con calma, que estaban a gusto, sobre todo Paco.

Las cosas de Luisa habían sido llevadas a casa por el hijo de Marisa, no obstante, algunas noches, se repetía la escena de la leche.

Empezaba a hacer calor y a Paco ya le sobraba el pijama, así que empezó a dormir en calzoncillos. Podía ver como la amiga de su madre, echaba unas miradas cuando pasaba por allí de noche, al principio rápidas y furtivas. Más tarde, fijándose en sus pectorales o su abdomen, incluso acercándose alguna vez un poco más.

La última noche de Mayo, Paco pudo ver cómo la sombra pasaba ante él sin pantalones, no llevaba ni bragas. Su culo, para ser grande, no tenía ni pizca de celulitis. Cuando vio que entraba en la cocina y encendía la luz quiso jugar a un juego.

Se incorporó en el sofá y se quitó los calzoncillos. Su polla estaba dura. Hizo ruido al levantarse y tropezó adrede con la mesa. La luz de la cocina se apagó rápidamente.

– ¿Paco? – se oyó un susurro.

– ¿Sí?

– Nada, me has asustado. ¿Vienes a la cocina?

– Sí.

– No enciendas la luz, por favor.

En la oscuridad Paco sonrió.

Fue a la cocina y vislumbró la sombra al fondo. Se había abotonado la camisa, pero sus piernas se veían desnudas. La polla de Paco apuntaba directamente a la mujer. Pasó por delante suyo para coger un vaso.

– Ya va haciendo calor, ¿eh?

– Sí – respondió nerviosa la mujer, desde su rincón.

Paco fue al frigorífico y lo abrió para sacar zumo. La luz del frigorífico lo iluminó entero, dejando claramente al descubierto sus 19 centímetros. Cerró y se acercó a Luisa.

– Yo ya tengo que ir desnudo, porque si no…

– Yo casi también… jeje – se la veía muy nerviosa.

Paco se había movido estratégicamente alrededor suyo para colocarla de espaldas al fregadero. Se bebió el zumo de un sorbo y fue a dejar el vaso en la pila para lavar.

Se inclinó hacia delante para colocar el vaso y pegó su pecho al de Luisa. Su pene también rozó una mata de pelos al inclinarse para dejar el vaso en el fondo. Un leve gemido se escapó de la boca de Luisa.

– Perdona – dijo apartándolo.

Y salió rápidamente de la cocina.

Conforme estaba, de pie en medio de la cocina, Paco se agarró la polla y empezó a masturbarse con ese último recuerdo de la amiga de su madre. No le costó mucho correrse.

Al día siguiente, a mediodía, Luisa aún no había vuelto de una entrevista de trabajo y la madre de Paco habló con él.

– Hijo, ¿has notado últimamente algo en Luisa?

– No, ¿por qué?

– Bueno, tú ya sabrás que los adultos tenemos ciertas necesidades y, según me ha contado Luisa, a pesar de su infidelidad, su marido las cubría bastante bien. Al llevar un mes y poco con nosotros, ella no ha tenido trato con ningún hombre y pienso que ello le pueda llevar a no centrarse en su vida. ¿Me sigues?

– Bueno, en parte…pero, ¿por qué me cuentas esto a mí?

– Mira, hijo, Luisa tiene casi 46 años y llevaba desde los 20 con su marido. No sabe ligar ni acercarse a los hombres. He visto como te mira y me preguntaba si tú podrías…

– ¿Qué dices, mamá? ¿Estás loca? – no había cosa que más deseara Paco que tirarse a la amiga de su madre, pero que se lo propusiera su madre no se lo esperaba.

– Paco, escucha. Esta tarde tengo Pilates de 7 a 8 y media. Después iré a cenar con unas amigas. Si tú cumples esta tarde, te pagaré el carnet de conducir.

– Bueno… Si hay que hacerlo por si bienestar.

– Así me gusta, cariño – Marisa se levantó -. Y ahora, pon la mesa.

Paco pasó casi toda la tarde en su habitación. A las 7, Luisa se encontraba en el salón viendo la tele y Marisa pasó a la habitación de su hijo.

– Cariño, me voy a Pilates – y le susurró al oído, cumple como un machote y yo cumpliré mi parte y lo besó en la mejilla, muy cerca de las comisuras de los labios.

Salió de la habitación y Paco escuchó como se despedía su madre de su amiga y salía. Paco salió de su habitación únicamente con unos pantalones cortos, dispuesto a hacer lo que llevaba tiempo deseando.

– Hola, Luisa – dijo sentándose a su lado en el sofá -. ¿Qué ves?

– Nada, realmente estaba aburrida.

– ¿Quieres ver una peli?

– Bueno, ¿tienes algo interesante?

– Por supuesto.

Paco era todo un cinéfilo y, entre las películas de su colección, tenía unas cuantas que, sin ser porno, tenían escenas bastante subiditas de tono. Puso una y se sentó en el sofá junto a la amiga de su madre, a pesar de tener un sillón vacío.

Empezaron a ver la película y, cuando Paco previó una de las escenas calientes dijo:

– ¿Estás cómoda, Luisa? Si quieres recuéstate un poco.

– Gracias, cariño, eres un sol.

Luisa se tumbó poniendo su cabeza sobre los muslos de Paco. Llevaba una camiseta de tirantes y, como de costumbre, para ir más cómoda por casa, Luisa no llevaba sujetador.

Sus enormes tetas se aplastaron contra su pecho quedando perfectamente redondas y rebosando un poco por el escote. La polla de Paco empezó a ponerse dura.

La escena caliente empezó. Al principio, notó a Luisa un poco incómoda, pero poco a poco fue viendo como sus pezones se marcaban más y más en la camiseta. Paco, con la excusa de estar más cómodo, apoyó una de sus manos en la barriga de la mujer y fue bajándola disimuladamente hacia su pelvis. La película seguía y la mano de Paco ya había bajado más abajo del ombligo. Aunque no pasara una escena semierótica, los pezones de Luisa no volvieron a su estado normal. La mano de Paco bajó un poco más.

En la película, una mujer hacía una felación al amigo de su marido. No se veía explícitamente el contenido, pero era una imagen muy erótica. Una pregunta vino a la mente de Paco.

– Oye, Luisa, y después de saber que tu marido te fue infiel, ¿te arrepientes de haber dejado pasar a un hombre por estar con él? Porque con ese cuerpo seguro que más de uno te habrá tirado los trastos.

– Bueno, – contestó sin dejar de mirar la pantalla – yo siempre fui fiel, pero tengo que admitir que una vez estuve a punto de tener un desliz con un sobrino.

La cosa se animaba.

– ¿Ah, sí?

– Sí, él es muy deportista, hijo de la hermana de mi marido. Siempre me tiraba los trastos cuando mi marido no estaba y una vez me besó – Paco ya tenía la mano sobre la cintura de la mujer y podía sentir un calor húmedo -. Yo lo rechacé, pero acepté que hiciera una cosa muy fea.

– ¿El qué?

Luisa miró a la cara a Paco.

– Le dejé masturbarse con mi imagen desnuda.

Paco jugó su órdago y bajó la mano hasta la entrepierna de la mujer. Sintió la humedad a través del pantaloncito. Ella cerró las piernas.

– Pero eso fue hace mucho – echó la cabeza un poco más para atrás sintiendo en su nuca la polla dura de Paco.

Paco se quedó con una mano metida entre las piernas de Luisa, observándola. Ella también lo miraba, sin decir nada. Pasaron así unos segundos.

Luisa abrió las piernas dejando escapar la mano de Paco y se levantó. Apagó la tele y colocó el sillón frente al sofá.

– Paco, cariño, ¿te gustaría verme desnuda?

Paco asintió.

– Bueno, pero hagamos un trato. Te vas a comportar y vas a respetarme.

– Vale – Paco decía cualquier cosa con tal de ver a la amiga de su madre desnuda.

Ella, aún de pie, se inclinó un poco sobre Paco dejando más a su vista el escote. Sus pechos se bamboleaban bajo la camiseta. Balanceó los hombros y el movimiento se acentuó. Se incorporó y fue subiendo su camiseta lentamente, dejando ver su tripita de cuarentañera. Mantuvo un poco la tensión ahí, con un movimiento sensual de cadera. Sus labios estaban cerrados y apretados.

Subió una de sus manos acariciando sus pechos y después la bajó por su cintura hasta el culo. Paco se tocaba sobre el pantalón.

Luisa se acercó y arrastró sus manos por los muslos del chaval.

– Sácatela si quieres, esto es para tu disfrute – dijo guiñándole un ojo.

Paco no se hizo de rogar y obedeció. La sacó y empezó una lenta masturbación.

– ¡Madre de Dios! Si que estás bien dotado, chico – Paco sonrojó.

Con una sonrisa y sin quitar ojo a la polla del chaval, Luisa bajó los tirantes de su camiseta y la llevó hasta su cintura.

Sus pechos eran grandes y estaban caídos. Sus pezones, enormes, estaban en punta y bailaban al más mínimo movimiento.

Luisa se pellizcó los pezones, mirando al joven onanista frente a ella.

Se terminó de quitar la camiseta y agarró el elástico de los pantalones. Se dio la vuelta y, con la cabeza girada, fue bajándolos poco a poco.

Se inclinó para sacarlos por sus tobillos y Paco, pudo observar un precioso coño aparecer entre sus piernas.

Una vez desnuda, Luisa se sentó en el sillón y pasó sus dedos por su peludo coño.

Primero acarició su clítoris con una mano, y después introdujo dos dedos de su otra mano en su vagina.

– Ah, sí… Necesitaba algo así…

Paco no decía nada. Sólo observaba a la madura. Los movimientos de ambos aumentaban en velocidad. Luisa se pellizcaba eventualmente los pezones o se pasaba la mano por la cabeza. Sacaba la lengua y la pasaba por sus labios, sugerente.

Paco se levantó y fue hacia ella. Sin parar de masturbarse, Luisa dijo:

– Oye, hemos hecho un trato.

– Déjame tocarte, por favor.

– No. Mira, si esto se nos va de las manos… – haciendo oídos sordos, Paco, sin cesar en su movimiento, usó su mano libre para agarrar uno de los pechos de la madura. Ella no dijo nada más y lo miró con cara lujuriosa.

Paco pellizcó el pezón, dejando la polla al lado de la cara de Luisa.

La mujer, sentada en el sofá se encontraba con una polla de 19 centímetros apuntando a su cara, mientras una joven mano le sobaba las tetas.

Los gemidos aumentaron de intensidad y el dedo entraba y salía a mil revoluciones.

Paco metió uno de sus dedos en la boca de la madura y esta se dejó.

El joven deslizó hasta abajo su prepucio y disparó con fuerza sobre la cara de la madura. En el instante en que su semen golpeó la cara de Luisa, esta dio un último gemido y su cuerpo se estremeció. Paco terminó de eyacular sobre su cara y sus pechos, mientras la madura terminaba de correrse.

Tras esto, Paco se sentó, exhausto en el sofá. Los dos, frente a frente se miraron.

Luisa, aún con el lefazo en la cara y los pechos se levantó y besó en la mejilla a Paco.

– Gracias, campeón, lo necesitaba – y salió hacia el baño.

Paco se quedó sentado, pensando que lo había pasado mejor con aquella masturbación que cuando había tenido sexo con la compañera del instituto.

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