Mamá Ana

Ana, una hermosa mujer de treinta y nueve años tiene una vida ordenada y sin sobresaltos junto a su marido Fernando, su única pareja desde los catorce con el que se casó a los diecinueve al quedar embarazada de su hijo Luis. Evidentemente ha tenido y tiene fantasías pero jamás se le ha pasado por la mente hacerlas realidad; se moriría de vergüenza si alguien lo sospechara siquiera.

Estaba terminando de recoger con intención de acabar antes de almorzar un libro que le apasiona; ese día tomaría cualquier cosa, su marido raramente come en casa y Luisito lo haría en la Uni ya que tiene clases por la tarde; sonó el timbre y se arregló un poco la bata antes de abrir.

— Hola Frank. ¡Pasa! ¿Cómo estás? ¡Luisito no estará hasta la noche!

— Ya lo sé, vengo a verte a ti.

— Gracias, ya veo que al fin te decides a tutearme; desde que apareciste por aquí la primera vez te dije que lo hicieras, eso del usted me hace mayor. Pero dime. ¿Qué puedo hacer por ti?

Le mostro unos papeles y con voz firme exigió.

—Sácate la ropa. ¡Ahora!

Ana estaba desconcertada y divertida al mismo tiempo; ese chico, un año mayor que Luisito llegó a su casa casi dos años atrás y siempre fue muy correcto, y ahora le hablaba de ese modo; el chico alargó las manos y abrió la bata quedando ensimismado ante los pechos desnudos.

— ¿Qué haces? No me voy a desnudar.

— Si lo harás, eso y mucho más o le diré a tu hijo que es un bastardo; he visto fotos desde su nacimiento pero tu marido no es su padre; cuando te operaron de la vesícula el año pasado me ofrecí a dar sangre y así supe que la vuestro es Rh negativo; Luis no pudo donar porque le faltaba un mes para la edad reglamentaria; la semana pasada le pedí una muestra para las prácticas de laboratorio y su Rh dio positivo, algo casi imposible cuando ambos padres lo son negativo.

Apoyó las manos en los pechos de la mujer que mostró una enigmática sonrisa y reculó lentamente hasta el sofá; soltó el cinturón de la bata retirándola y el chico se abalanzó sobre ella y comenzó a besar su cuello.

La mujer notaba la erección del joven contra su cuerpo y un instinto animal la impulsó a desnudarlo; quería satisfacerlo y no sentía miedo asco ni ira, solo ese instinto animal que guiaba sus manos.

Por lo general era su esposo el que dirigía todo cuanto hacían y juntos aprendieron la mayoría de cosas aunque le constaba que en algunas ocasiones había estado con otras, generalmente putas, cuando salía con los amigos.

En ese instante lo decidió; sería la puta más ardiente que nadie pudiera imaginar; sin escudarse en los tabús que se había impuesto y que le impedían disfrutar de esas cosas que algunos considerarían vicio y que su esposo insistía en mostrarle como normales en una pareja.

Acariciaba la verga del joven que se sorprendió con la facilidad con que ella sucumbió a su presión pero no era momento de pensar, solo disfrutar de ese cuerpo que aún cubierto siempre le pareció deseable y que ahora tenía desnudo y a su entera disposición; las experiencias del chico se reducían a unos pocos y urgentes polvos en el asiento de su coche pues a pesar de su desvergüenza no era nada imaginativo y le costaba conectar con las mujeres de su extorno.

Ana estaba descontrolada y ni ella misma acertaba a entender que estaba pasando; prácticamente le arrancó la camisa y comenzó a besar su cuerpo; los diminutos y sensibles pezones reaccionaron de inmediato y a pesar de que hacía tiempo que no pajeaba a su esposo comenzó una lenta aunque concienzuda manola; el cipote del chico creció exageradamente y recordó las mucha veces que su marido llevó su cabeza hasta el suyo sin conseguir que le diera más que unos torpes lametones en lugar de hacerle una de esas “mamadas” que a menudo practican en las películas porno que ven juntos para que ella se suelte y acceda.

Conocía perfectamente la teoría y en varias ocasiones había practicado, con una zanahoria primero, un calabacín y después varias veces con una “morcilla de Burgos” hasta lograr engullirla pasando a la faringe controlando perfectamente la aparición de las náuseas; también tomó la costumbre sin que Fernando se percatara de catar el sabor del semen, primero con un dedo y después en más abundancia rebañando las corridas antes de lavarse; quería darle una sorpresa a su marido para celebrar el próximo mes su veinte aniversario de casados y asegurarse de hacerlo como una profesional.

Ana se dejó resbalar por el cuerpo del chico hasta quedar sentada en el sofá con su pene frente a los labios con los que retiró el prepucio y comenzó a lamer el capullo; con una mano sujetaba sus huevos, con la otra abarcaba con cierta dificultad esa verga que al compararla con la de su marido parecía pequeña aun sin serlo.

Frank no estaba acostumbrado a tales atenciones, temió correrse y quedar en ridículo ante esa mujer que era mucho más puta de lo que había imaginado y al notar que se venía trató de apartarla sin conseguirlo; una primera descarga se estrelló en el paladar de Ana que la saboreó ante la incrédula mirada de su fortuito amante que no daba crédito a lo que estaba sucediendo; las dos siguientes fueron al rostro y resbalaron hasta los pechos de la mujer que con la mano libre se afanó en esparcir por ambos pechos con cara de verdadera satisfacción; Ana imaginaba la cara de su marido cuando lo sorprendiera al verla comportarse de ese modo.

Volvió a envolver el ciruelo del chico con sus labios y las demás descargas, cada vez con menos fuerza las fue degustando y tragando como un verdadero manjar; de hecho su semen era mucho más fluido y suave que el de su esposo.

Cuando terminaron las descargas y disminuyó la erección, ella comenzó a lamer con insistencia ese flácido tarugo que pronto reaccionó retomando su gloriosa presencia y la firmeza que tenía minutos antes; entonces Ana cambió de posición acodándose en el sofá y poniendo a su disposición ambos agujeros; al comprobar que no se decidía, agarró el pene del chico y lo guió a su vagina; culeó violentamente quedando ensartada notando la pelvis del chico contra sus cachetes; Frank la sujetó por las caderas y comenzó un metisaca que la llevó a un inesperado orgasmo y es que su excitación era colosal. En esta ocasión, Frank tardó mucho más en llegar al clímax y en el camino Ana alcanzó varios intensos y escandalosos orgasmos que disfrutó sin cortarse; quedaron ambos inmóviles unos minutos hasta que Ana hizo una pregunta.

— ¿Esto es lo que esperabas o quieres algo más? No sé si eres de los que disfrutan con el sexo anal; algunos jóvenes piensan que estas prácticas son el principio del camino para convertirse en gay pero te puedo asegurar que es totalmente incierto.

En realidad, Fernando había insistido una y otra vez en el tema sin conseguir que ella cediera y conociendo su gran interés y pensando en la celebración que se acercaba y el tipo de obsequio que pensaba hacerle, había comprado un racimo de bolas chinas para dilatar el ano progresivamente y sorprenderlo al ofrecérselo como fin de fiesta.

Ahora se presentaba la oportunidad de comprobar con un pene más pequeño si sería capaz de soportar las molestias si es que se presentaban y si lo lograba sin grandes dificultades, tendría la seguridad de complacer sobradamente a su esposo; del chico ya se ocuparía debidamente en su momento.

El chico respondió a su pregunta con otra.

— ¿Te molestaría que así fuera? Pienso que has aceptado muy bien mis imposiciones pero no quiero abusar.

Ana soltó una sonora carcajada y cuando pudo respondió.

— ¿No quieres abusar? Me has obligado a desnudarme, a que te hiciera sexo oral, que folláramos y ahora ¿te preocupa que el sexo anal sea un abuso? ¡Todo ha sido un abuso! ¿Quieres compensarme de algún modo? Te aseguro que también será satisfactorio para ti.

— Hazme sexo oral; haz que me vuelva loca y así prácticas para cuando consigas una cita “normal” con una mujer que acepte estar contigo sin presión de ningún tipo. Te aseguro que llegado el momento me lo agradecerás.

Frank tomó conciencia de lo que estaba sucediendo y pensó que tenía razón en lo que decía; colocó a la mujer tendida en el sofá y adoptó una posición cómoda junto a ella y comenzó a besar sus pezones mientras acariciaba el interior de sus muslos; sus labios fueron progresando hacia el vientre tratando de emular lo que había hecho ella poco antes, logrando que Ana se excitara mucho más de lo que había estado en meses y es que Fernando siempre descuidó esa parcela y de ahí su sugerencia.

Poco después se colocó entre sus piernas y para sorpresa de la mujer comenzó a lamer sus labios mayores con maestría; al parecer no era la primera vez que lo hacía y al combinar los lametones con caricias de sus hábiles dedos en el perineo hicieron que una inesperada eyaculación salpicara el rostro del joven que no se apartó ni un milímetro de su posición; trasladó su pericia al clítoris que tras recibir su ración de buen hacer proporcionó a Ana un orgasmo que al tener un par de dedos jugando en su culito le pareció interminable; tan solo una idea primaria estaba presente en su mente. ¡Qué ese momento no terminara!

Acabó al fin, y mientras se extinguían los últimos espasmos Ana trató de razonar y llegó a una conclusión.

Ese chico le había dado mucho más de lo que el mismo imaginaba; con su marido había descubierto el sexo y compartían un hijo, veinticinco años de historia en común y veinte de matrimonio, pero lo que había experimentado en esa última hora había sido sublime y pensó que no tenía por qué perderlo; era el momento de contraatacar y lo hizo.

— Ha llegado el momento de hablar y quiero que veas algo. ¡Sígueme!

Desnudos como estaban lo precedió hasta un pequeño despacho y de un archivador sacó una revista que le entregó para que la mirase “Revista chilena de pediatría. v.70 n.3 Santiago mayo 1999” después de ver la portada le indicó que la abriera por una página que estaba marcada y recitó de memoria en voz alta el titular de la página mientras Frank lo leía. “Trasplante de médula ósea, en pacientes pediátricos” y entonces, con lágrimas en los ojos Ana contó una historia que dejó mudo al joven.

— Estábamos desesperados y cuando leímos esa noticia decidimos llevar a nuestro hijo donde fuera para que lo operasen si de ese modo conseguían librarlo de esa maldita enfermedad que es la leucemia; por eso su Rh es diferente al nuestro; tiene el de su donante de medula y pensé que Fernando se lo había explicado todo a Luisito aunque al perecer olvidó ese detalle, pues de otro modo te lo habría dicho al proporcionarte la muestra; eso es algo que tenemos muy presente y como sabes es un chico muy sano que ni se resfría desde hace años.

Frank se la quedó mirando en silencio mientras trataba de asimilar esa información y al rato preguntó.

— Entonces. ¿Porque has cedido a mis exigencias?

— Me apetecía saber que podía aportarme un chico como tú y ahora ya sé que a pesar de la diferencia de edad lo hemos pasado muy bien juntos. ¿Nos veremos otro día? Me has hecho disfrutar y pienso que también lo has pasado genial.

Frank dejó que la mujer lo besara en los labios por primera vez y un escalofrió recorrió su columna; antes de marchar, el chico le aseguró que acudiría cada vez que ella lo llamara.

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