Más contenta (III)

Pasé el día siguiente ansiosa, esperando recibir la respuesta. Creo que hasta mis hijos me notaron nerviosa, constantemente mirando al móvil, cosa que no acostumbro hacer. Cuando por fin llegó su contestación fue totalmente frustrante: estaba fuera de la ciudad por su “otro” trabajo. Tendría que esperar hasta el sábado para sentir lo que Sandra sintió. Pero me prometió un guapo mulato para compensar. Su foto y su generoso miembro negro me hicieron salivar.

Mientras, mi hija, en secreto, movía los hilos con Carlos por Telegram, a espaldas de su novio. “Lo haremos este viernes”, dijo en un mensaje el martes. “Hoy en la ducha me he tocado pensando en ello”, dijo el miércoles. “Prepara la cámara”, dijo el jueves. Él le correspondía con obscenidades, a cuál mayor, que me encantaba leer, mejor que cualquier novela de porno para madres. Me marcó uno de los últimos: “me voy a reservar para correrme cuatro veces”…

“Ven con él a buscarme a casa, no sospecha nada de nuestro plan”, dijo el viernes por la mañana. Lo leí al mediodía, antes de preparar la comida, mientras ellos todavía estaban en clase. Imaginé a mi hija montándoselo con aquellos dos chavales y no supe ni qué pensar. Aunque, por otro lado, me imaginé entre mi Carlos y otro puto cuando volviesen y…

Tras saciar mi entrepierna, seguí preparando la comida.

Por la tarde estuve charlando con mi hija en el sofá, mientras ella chateaba con el portátil. Creo que con Carlos, aunque no conseguí verlo, lo mantenía sutilmente oculto de mi vista. Después lo dejó en la mesa, cerrado, para prepararse. Me costó contenerme, me costó no abrirlo para leer los últimos mensajes, mientras la veía en su cuarto, con la puerta abierta, seleccionando la ropa interior. Creo que también la vi metiendo los preservativos en el bolso. Después, maquillándose como nunca la había visto -demasiado para mi gusto-. Y probándose trapos y enseñándomelos, mientras yo la imaginaba gimiendo entre sus dos hombres. Acabó eligiendo un vestido corto -demasiado para mi gusto- y escotado -demasiado para mi gusto también-. Pero, sabiendo lo que la iban a hacer, ¿qué igual daba qué llevase puesto?

A los pocos minutos sonaba el timbre de la puerta.

Me vienen a buscar. – dijo mi hija desde el baño. – Ábreles, mamá, que no estoy lista aún.

No me lo podía creer. Mi hija lo iba a hacer, y yo estaba más nerviosa que ella.

Fui casi temblando hacia la puerta. Al abrir me quedé muda. Juan y Carlos, en carne y hueso, venían a por mi hija, para llevársela y follársela entre los dos.

“Está en el baño”, conseguí mascullar cuando pasaron. No conseguí articular más palabra, y volví al salón.

Desde el sofá noté a Juan nervioso, supongo que imaginando compartir a su novia con el maromo que tenía al lado, que días antes había hecho lo mismo con la suya. Él irradiaba seguridad. Y un abultado paquete del que no podía quitar ojo.

Al rato mi hija se despidió. “No te aburras demasiado, mamá”, dijo.

Según desaparecieron de mi vista tras verles doblar el pasillo saliendo del salón, al escuchar la puerta, cogí el ordenador.

Temblé al ver la última conversación, justo antes de prepararse.

Estoy nerviosa.

Normal.

¿Has vuelto a estar con Sandra?

Sí, no hace más que preguntar quién fue el tercero.

¿Se lo has dicho?

No.

¿Se lo vas a decir?

No.

Seguro que quiere repetir.

Sí. No lo admite, pero se lo noto.

Joder, he visto el vídeo mil veces, me pone muy cachonda.

Y yo.

El de hoy habrá que guardarlo bien.

No te preocupes.

¿Ella no está hoy, verdad?

No, está en el pueblo.

Tengo una venda en mi cuarto.

No te preocupes, Juan tiene.

Joder, qué fuerte…

La conversación acababa allí. Pensé en bajar a cualquier bar y conseguir alguien para saciarme, pero antes dejé el portátil y fui a su habitación, rebuscando en los cajones hasta encontrar la venda. Negra, opaca, con un cierto brillo. Suave. Me la puse, y al instante noté humedad resbalando por mis muslos. Cerré los ojos. Mis manos recorrieron mi cuerpo. Me imaginé recibiendo a mi Carlos al día siguiente junto al mulato, y cómo comienzan a sobarme. Separé las piernas imaginándoles detrás de mí, y me llevé dos dedos a los labios pensando en sus pollas…

Está feo espiar conversaciones.

Un brazo me rodeó a la altura de los hombros y una mano me tapó la boca. La venda me impedía ver, pero reconocí la voz de Carlos.

Su hija ya nos ha contado que se lo pasa muy bien leyendo nuestro chat.

Estaba paralizada.

Y que escribe a un chulo para hacer lo que ve en nuestros vídeos – dijo.

Antes había oído la puerta, pero no les vi salir… ¿Sabría mi hija que Carlos se quedó dentro?

Señora, yo puedo hacerle lo mismo que le hace ese chulo… – un beso en la oreja me provocó un escalofrío – pero gratis.

Sin quitarme su enorme mano de la boca, con la otra desabrochó la blusa, dejándola caer al suelo.

Está muy buena, señora. Su hija tiene a quien parecerse. – dijo sobándome las tetas. Después, bajó por mi vientre hasta la goma de las bragas, por debajo de la falda.

¿Se ha masturbado pensando en su hija con nosotros, verdad?

Estaba paralizada. Él insistió, subiendo el tono.

¿VERDAD?

Asentí.

Después, su mano se coló bajo la tela, hasta mi pubis. Rió.

Su hija tiene más pelo en el coño. Me gustan como el suyo, bien rasuraditos.

Comenzó a besarme el cuello con deseo, como el adolescente que casi era. Le doblaba holgadamente la edad, pero mi culo comenzó a frotarse contra su paquete como si no hubiera probado ninguno antes. Su mano derecha comenzó a masturbarme.

Está muy cachonda, perra,quiere que me la folle antes de que me junte a su hija y su novio, ¿verdad?

Me soltó la boca y gemí. Giré la cabeza para besarle, y nuestras lenguas se entrelazaron mientras sus manos volvían a mis tetas.

Locura. Sus dedos trazaban rápidos círculos en mi. El amante de mi hija estaba a punto de provocarme un enorme orgasmo. Yo seguía gimiendo mientras sus dedos se movían en mi clítoris. Sabía lo que hacía. Su mano derecha dejó paso en mi coño a su mano izquierda. Y justo cuando estaba a punto de acabar, su corazón derecho, empapado de mis flujos, se coló en mi culo hasta los nudillos.

Córrase, puta.

Lo hice. Entre gritos, entre sus manos, mientras su lengua recorría mi cuello, me corrí.

A mi espalda, mantuvo su abrazo lo que tardó mi orgasmo en disiparse.

Ni se le ocurra abrir los ojos – Escuchar de nuevo aquella frase, esta vez dirigida a mi, me volvió loca.

Tras ello, me quitó el sujetador.

Tiene unas buenas tetas para tener estos años.

Después la falda.

Después las bragas, empapadas, que utilizó hábilmente para atarme las manos a la espalda.

Me abofeteó.

Me arrodilló.

Me abofeteó de nuevo.

Se separó de mí, para contemplar mi cuerpo, supongo, porque yo seguía cegada por la venda.

La voy a destrozar. Después. Ahora me toca.

Su polla me golpeó en los labios. Abrí la boca y su glande se introdujo en ella. No me tocó, me dejó comenzar a mi ritmo, moviendo la cabeza y balanceándome torpemente, arrodillada y atada. Giraba el cuello para que mi lengua recorriese todo su tronco, desde la base hasta la punta. Es difícil calibrar una polla sin verla, pero, sin ser pequeña, ciertamente la de “mi” Carlos me pareció mayor. La engullí. En cuanto me hube acostumbrado a su tamaño, mi nariz rozó su pubis. Mi garganta acomodó la punta, mientras la empapaba con mi saliva.

Repetí la operación tres o cuatro veces, y salió de mi.

No la chupa mal, como su hija.

Después me puso los huevos en la boca. Se los comí mientras se masturbaba. Me habría gustado hacerlo yo misma, mientras mi saliva caía por mi barbilla, mirándole a los ojos como una cerda.

Volvió a separarse. Bofetada.

Muy bien, puta. Ahora empieza lo bueno.

Estaba deseando notarlo en mi interior. Me desató las bragas y me hizo ponerme en pie. Me besó metiendo la lengua en mi boca. “Cómo os gusta probar el sabor de vuestra propia polla”, pensé. Después me guió sobre la cama y me puso a cuatro patas.

Me azotó en el culo una y otra vez, una y otra vez, hasta hacerme gritar, hasta dejarme en carne viva.

¿Le gusta que le peguen, eh?

Después, su boca en mis pezones me hizo estremecer. Me noté húmeda.

Ahora va a volver a comer de verdad – dijo, volviendo a poner su glande en mi boca. Succioné.

Algo no encajaba. Me abofeteó.

Entera, puta.

No. ¿El qué, qué era?

Su glande se abría paso en mi boca, que apenas abarcaba su miembro.

Vamos, más – dijo agarrándome la cabeza.

No. No podía. Antes no me costó tanto.

¿Qué pasa, no le cabe una polla de verdad?

Una gran y dura verga, nueva para mí, intentaba encajar en mis labios, obligada por las manos de Carlos. En el otro extremo de mi cuerpo, la que antes alojé en mi boca ahora se situaba a la entrada de mi coño.

Otras manos me sujetaron la cintura.

Me quedé paralizada.

La vamos a follar como follamos a Sandra – dijo Juan, a mi espalda, inclinándose sobre mí, haciéndome notar su aliento en el cuello.

Su polla me penetró con facilidad.

Quizá la folle el culo como hago con su hija. – dijo Carlos mientras me obligaba a comerle cada vez un poco más.

Hijo de puta – le dijo Juan, comenzando a embestirme con rabia.

Bien que te follaste a Sandra, no me llores – le espetó. Se la agarré para poderle chupar sin atragantarme mientras me penetraba. Era espectacular. Ciertamente rivalizaba con la de mi Carlos. Dudo que ningún culo pudiese alojar semejante falo. – Cómo gimió la cerda.

Yo también habría gemido como una puta si su verga me hubiese dejado. Empalada por dos chavales de la edad de mi hija, que se follaban a sus novias por deporte, desnuda y cachonda a su merced. Cazada espiando sus chats con los que me masturbaba, ahora se hacían realidad mis últimas y más vergonzosas fantasías. Locura.

Carlos se sacudió y bufó.

Trague – me ordenó Carlos al comenzar a correrse en mi boca. Obediente, todo su semen fue aceptado por mi garganta mientras me apartaba el pelo, sin dejar escapar ni una gota a pesar de las embestidas.

Al acabar puso su cara a la altura de la mía. Me dio una bofetada con cada gemido, con cada penetración. Me volvió a besar, llevándose parte de su corrida de mi lengua. Juan no paraba de follarme. Nuestras caras se golpeaban por su culpa. Qué morbo…

Se levantó, y me golpeó en la cara con su verga, todavía empapada y sucia con su semen. Y dura, muy dura. La seguí con la boca como un perrillo hambriento, pero ese no era su plan.

Ahora me toca a mi.

Con la naturalidad de quien se cree que siempre podrá hacer eso, Carlos se tumbó debajo de de mí, haciendo salir a Juan y colocándose en mi entrada para follarme, apenas un minuto después de su anterior corrida.

¿Quiere una buena polla? – me susurró.

Yo misma me eché atrás para penetrarme.

A su hija me la follo tres y cuatro veces seguidas, sin sacarla. – me dijo al oído.

Házmelo a mi – dije, follándome con él. – Quiero que me partas con eso que tienes, como a Sandra.

Como a su hija…

Sí…

Comenzó a embestirme. Notaba su polla clavándose al fondo de mi coño con sus grandes manos agarrándome el culo.

La polla de Juan volvió a mi boca, pero la ocuparía poco tiempo más.

Noté algo frío y suave detrás. Lubricante. Unos estrechos y hábiles dedos untaron buena parte en mi ano, introduciéndose lo justo. Juan rió al notarme gemir por las caricias. Se arrodilló detrás de mí y colocó su polla sobre la entrada.

Vamos a hacer que vea lo que la queda…

Me quitó la venda. Parcialmente cegada por la luz, abrí los ojos como platos y grité cuando me desvirgó el culo.

Las dos pollas se apretaban dentro de mí. La grande, inmensa, llenándome el coño. La pequeña en mis entrañas. Moría de placer.

Al acostumbrarme a la luz me di cuenta que frente a nosotros alguien manejaba una cámara.

Sí… sí… – grité frente al objetivo.

Mi hija, grabando, sonrió.

Folladme, así, así….

Al principio se turnaban para penetrarme, y Juan comenzó suavemente, pero pronto se sincronizaron para clavármelas a la vez con todas sus fuerzas. Las notaba en mi interior, partiéndome. Mi ano ardía, pero no podía parar de gritar.

Más, más – grité al estallar en un nuevo orgasmo. Ellos no paraban, y seguían abusando de mis agujeros con su viril juventud, con sus pollas firmes.

Juan no aguantó mucho más. Saliéndose de mi rápidamente, se corrió sobre mi culo mientras mi hija lo grababa. Carlos seguía destrozándome el coño y provocándome un continuo orgasmo. Me siguió azotando hasta que me giró para salirse de mi, dejándome boca arriba sobre la cama.

Abra la boca.

Parte fue a parar a mis ojos, parte al pelo, parte a mi lengua… Parecía que no paraba de correrse… por segunda vez.

Cerré los ojos, recuperando la respiración, mientras mi corazón volvía a la normalidad

Mi hija se arrodilló junto a mi y me dio un beso en la mejilla, llevándose parte del semen.

¿Te ha gustado? – preguntó.

Mi coño y mi ano me ardían. Notaba mi culo empapado por la corrida de su novio contra las sábanas, y mi cara chorreaba el semen de su amante.

Qué suerte tienes..

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