Me follaron en el vestuario

Hola, me llamo Laura y os voy a contar como llegué a ser adicta al sexo.

Yo nací en una familia muy tradicional, con valores cristianos y prácticas muy rigurosas. Debido a esa situación, el tema sexual y afectivo fue negado, como si no existiera. Jamás nadie hablaba de eso en casa, ni tan siquiera salía la oportunidad de que eso ocurriera.

Siguiendo la línea ideológica de mis padres, fui llevada a un colegio religioso de monjas. Allí, evidentemente todo lo relacionado con lo sexual era castigado y reprimido ya que entendían que la lujuria era un pecado capital. Tampoco hablaba de ello con mis compañeras de clase, simplemente era un tema que estaba más que olvidado.

Pero mi vida dio un vuelco de 180º un mediodía de primavera. Jamás pensaba que ocurriría eso, ni que lo viviría de esa manera. Os cuento:

Con 16 años ya tenía un cuerpo muy maduro, y por lo que decían cumplía con los estándares de belleza femenina. Tenía (¡y aún sigo teniendo!) un culo respingón, con piernas largas y unos pechos bastante desarrollados. En definitiva, que todos los chicos iban detrás de mí. Como mi parte sexual la tenía apartada, tomaba todos los piropos como cosas de adolescentes, como otra forma más de interactuar entre las personas. No le daba más importancia ni valor.

En ese colegio, llevábamos una falda de cuadros y camisa blanca como traje oficial. Ninguna chica se podía librar, ¡era horrible!

La estructura también era muy rígida, había dos módulos, uno de chicos y orto de chicas. Solo se comunicaban por una puerta que siempre permanecía cerrada exceptuando las celebraciones conjuntas como las misas o los festejos comunes.

Un día, a la hora del patio del mediodía estaba fregando los vestuarios. Una tarea que nos otorgaban a todas las chicas y nos tocaba una vez al mes, aproximadamente.

Ese día, mientras fregaba entraron tres chicos de ultimo curso que se habían colado a nuestro modulo. Me quedé parada ante esa infracción, aunque también sentí ciertos nervios porque dos de los chicos que entraron me gustaban mucho. Eran muy guapos los tres, pero dos de ellos me volvían loca.

Aun así, fue una sensación rara, tenía miedo de que nos viera alguien. El castigo podría ser terrorífico. Uno de ellos me dijo:

– ¿Qué haces aquí sola? Estás preciosa… ¿te gustaría pasártelo bien con nosotros?

Me quedé estupefacta, no supe responder. Quería pasarlo bien con ellos pero ¿de qué manera? Por otro lado no quería infringir las normas y recibir los severos castigos de las monjas. Vi como ellos tenían claro a lo que venían. Yo aún no sabía nada.

En ese momento uno de ellos me levantó un poco la falda y dijo:

– Mira que culito tienes… me lo comería todo

Me asusté, retrocedí y me puse la espalda en la pared. Ellos se acercaron y me rodearon. Empezaron a susurrarme en los oídos y me acariciaban suavemente todo el cuerpo. Yo estaba bastante asustada.

Dije:

– Parar por favor…

Pero justo en ese momento un de los tres me acaricio el clítoris por primera vez en mi vida y mi frase fue seguida de un gemido contundente. Supongo que entendieron eso como una señal de beneplácito para hacer lo que quisieran. La mente se me trastoco, empecé a notar escalofríos por todo el cuerpo, como si estuviera muy nerviosa. Estaba excitada por primera vez. En ese momento me dejé llevar. Mientras uno de ellos seguía su masaje clitoriano los otros dos se centraron en ir quitándome ropa de la parte de arriba. Estaba apoyada en la pared gimiendo de placer pero con los puños apretados. En realidad no quería estar allí.

Seguidamente quedé desnuda delante de los tres. No sabía que le pasaba a mi cuerpo, estaba negociando con migo misma para no hacer nada y salir corriendo. Navegaba entre el nerviosismo, el miedo y la excitación. Pero la curiosidad mató al gato dicen. Cuando me di cuenta los tres tenían los pantalones bajados y uno de ellos acerco mi mano a su pene. Jamás había tocado uno. Estaba blando, suave y parecía como algo gelatinoso. Acepté y bajé la guardia. No me disgustó su tacto y empecé a masturbarle un poco. En seguida noté su erección y eso me erotizó mucho.

Con la otra mano ice lo mismo y tubo la misma reacción, noté como crecía el pene en mi mano mientras le masturbaba. El otro chico me besaba sin parar, en la boca, en el cuello, en los pechos…

En ese momento estaba muy excitada, la respiración se aceleraba y los latidos se hacían notar con contundencia. Aun así, dije en voz alta:

– Parar, no quiero! Por favor!

Pero no tenía ninguna validez. Estaba gimiendo de placer con los besos y las caricias en el clítoris. Mi mirada estaba perdida y seguía tocando sus penes. Así que mis negativas fueron en vano. Algo dentro de mí me decía que eso no sería nada bueno…

Cuando los cuatro estábamos muy excitados dos de ellos se agacharon al suelo y empezó algo inesperado. Uno por delante y otro por detrás empezaron a lamerme el coño y el ano ¡qué sensación más rara! Me deshacía de gusto y placer, me estaba derritiendo por dentro, me temblaban las piernas y casi no podía sujetarme. Mis manos se apoyaban en la pared intentando no perder el equilibrio mientras esos dos chicos cubrían a lametazos mis partes bajas.

Seguidamente del sexo oral, cuando tanto mi coño como mi ano estaban bien mojados empezaron a meterme los dedos. Intenté decir que no pero el tercer chico no paraba de darme besos y no podía hablar. Balbuceé:

– ¡Por el culo no por favor!

Pero mi coño y mi ano se abrieron con facilidad. La mente decía una cosa y el cuerpo otra.

Entonces uno de ellos se tumbó en el suelo y me dijo:

– Ven, sube aquí y fóllame

Los otros dos me pusieron encima de él. Su pene acariciaba mi coño húmedo y no tardo en entrar. Mientras intentaba asimilar esa sensación nueva uno de los otros me puso su pene en mi boca. No me dejaba casi respirar. Ese cumulo de sensaciones, gustos y tactos distintos me provocaban un terremoto sensitivo de orgasmos que me hacían perder el control. No sabía dónde estaba, ni con quien ni que hacía.

De repente note un dolor fuerte en el ano, el ultimo chico me había metido su capullo dentro. Como tenía la boca ocupada y el chico del suelo me sujetaba con sus brazos no podía moverme ni gritar. La verdad es que los tres empezaron a embestirme cada uno por su agujero. Me sentí muy sucia, radicalmente guarra.

Me dolía muchísimo pero a la vez disfrutaba. Empezaron a saltarme las lágrimas, no sé bien si eran de dolor o de la rabia que me provocaba sentir placer en aquella situación. Las embestidas fueron acelerándose cada vez más y notaba las tres pollas como entraban y salían de mi cuerpo con fuerza. Me dolía mucho la verdad, pero no podía pararlo. O quizás no quería pararlo.

No sé cuánto duró ese momento porque perdí la noción del tiempo. Sentí el terrible y doloroso gusto del sexo anal y los multiorgasmos producidos por ser penetrada de esa manera mientras también me follaban la boca.

De repente, el que estaba tumbado en el suelo paró, la saco y se corrió en mi coño dejándolo empapado. Me quedó lleno de semen y flujo vaginal. Justo al momento el que me daba por detrás hizo lo mismo, la saco y se corrió con un ruidoso grito de placer. También me dejo mi ano repleto de su jugo seminal.

Imagino que al ver como se corrían sus compañeros al que se la estaba chupando también entro en estado orgásmico y empezó a acelerar su ritmo cardiaco y respiratorio. Pero este hizo algo muy raro. Cogió mis bragas del suelo, se corrió en ellas y se limpió el pene concienzudamente. Me quedaron las bragas repletas de semen. No entendí porque hacia eso.

Acto seguido los tres me obligaron a ponerme las bragas manchadas sin poder limpiar mi culo y mi vagina que aún seguían chorreando esperma. No sé porque me hacían eso pero me dejé. Me las puse, me subí la falda, me puse la camisa y me dijeron:

– Ahora vete a clase, que estarás bien calentita zorra.

Me fui a clase y me senté en mi silla notando mi culo y vagina húmedos, cosa que me producía cierto placer a la vez que me incomodaba muchisimo. Recuerdo que esa sensación provocaba que la excitación no se me fuera del todo, notar el semen en mi culo y vagina hacia que mi mente sugiera en el vestuario. A los 30 minutos de clase me fui a casa, no podía concentrarme. Alegué dolor de cabeza.

En el viaje en tren a casa no paré de tocarme. Me restregaba la mano por encima de las bragas apretándolas contra el coño y el ano. Aun notaba esa frescura liquida del semen que tanto me excitaba. Habían despertado a una fiera sexual sin control.

A partir de ese día no he podido parar. Necesito masturbarme cada día y como mucho cada dos días tengo que tocar un pene. Me encanta el olor y el sabor del semen, y reconozco que alguna vez he vuelto a repetir lo que me hicieron en el vestuario. Incluido la corrida en las bragas. Si no satisfago esas irrupciones fogosas, me entran ataques de sobreexcitación y corro el riesgo de tener relaciones con cualquier persona que vea.

Así, el día en que perdí la virginidad por los tres lados, me convertí en una adicta al sexo.

Si alguien de confianza quiere mantener mi fogosidad, que me escriba!

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