Me llevó de un bar a la carcel

Cada vez que penetraba a Silvia era para mi como una vuelta a mi juventud. Sentir mi polla entrar poco a poco en ese estrecho culo mientras la mantenía de rodillas y con sus brazos atados con mi cinturón a la espalda encima de la cama, era un retorno a tiempos mejores en los que ambos éramos jóvenes y despreocupados.

Conocía a Silvia por casualidad, una noche de borrachera contando yo con 30 años. Mi grupo de amigos coincidió con su grupo de amigas, por alguna razón ambos grupos se mezclaron y según las copas iban cayendo también los integrantes de la juerga iban desapareciendo. Unos por que el alcohol les impedía seguir y otros por que se iban enrollando entre ellos y saliendo sin despedirse. Silvia y yo nos quedamos solos. Hablamos de cuatro chorradas y simplemente le propuse ir a mi casa a follar. Ella me miró con cara pensativa, por un momento pensé que me mandaría a paseo, pero de repente me besó torpemente y cogiéndome de la mano salimos del bar.

Su casa quedaba a pocos minutos andando por lo que no hubo discusión. Me quedé parado al ver el estado de aquella vivienda. Estaba patas arriba. La tía estaba viviendo en medio de una reforma de su piso.

– Quiero aguantar hasta irme de vacaciones. A mi vuelta me han prometido que la obra estará acabada. Por ahora puedo aguantar sin ventanas pues es verano y al final llego cuando los obreros se han ido y salgo antes de que lleguen.

A esas horas y en mi estado me daba exactamente igual lo que pasaba con su piso o las condiciones en las que vivía. Nos desnudamos apresuradamente uno al otro y sin mucho preámbulo la subí sobre mi y la penetré de un solo golpe. Silvia gritó de dolor, tenia el coño realmente estrecho, estaba claro que llevaba tiempo sin follar.

Poco a poco fui chupando sus pequeños pechos y haciéndola subir y bajar sobre mi polla enhiesta. Silvia era muy torpe follando, pero la cosa había surgido así y yo tenía muchas ganas de disfrutar de aquel cuerpo desnudo, seguramente por que nada más espectacular se me había puesto a tiro, pero estando donde estaba sabía que quería un buen polvo.

Me la follé durante horas, por alguna extraña razón no acababa de correrme aunque estaba más que dispuesta a dejarme disfrutar de su cuerpo.

Caímos rendidos cuando me corrí sobre su barriga agitando mi polla salvajemente victima de un muy placentero orgasmo.

Dormí con un bendito mientras ella me tocaba la cabeza y el pelo. Al despertarme la cama estaba vacía. Con una pequeña resaca me levanté y dando una vuelta a la pequeña casa pude ver a través de un ventanal como Silvia se duchaba en bikini con una manguera en la terraza.

Me quedé mirando embobado hasta que acabó y entró en el salón de su casa.

– bonito sistema de ducha – dije

– bueno, llevo así una semana. Desde que cortaron el agua.

– ¿Y el baño?

– En casa de la vecina, si necesitas ir dímelo que no están y tengo llaves,

Su pequeños pezones se marcaban bajo el bikini lo que hizo que mi polla volviese a retormar vida. Soy de poco follar por las mañanas, pero Silvia aunque guapa de cara no era, estaba arrebatadora chorreando agua. Le acerqué, le besé y metí una mano en su braga hasta llegar a su peludo chumino. Ella suspiró. Nos fuimos besando hasta llegar a su cama, le arranqué literalmente el bikini, la abrí las piernas y metí mi boca entre sus piernas. Ella empezó por resistirse, pero poco a poco fue cediendo dejando que le lamiese su raja como a mi me gusta. A conciencia. Jadeó de lo lindo, pero no llego a correrse. Ante la imposibilidad de hacerla llegar de esa manera, levanté mi cuerpo y sencillamente la penetré. Seguía sin ser un hacha en la cama, pero en esa ocasión interactuó más conmigo gimiendo y tocando mi cuerpo hasta que me corrí.

Me vestí oliendo a hembra. Nos intercambiamos los teléfonos y salí de esa casa.

El viernes siguiente me quedé colgado y a falta de plan el mande un sms a Silvia proponiéndole una copa (y un polvo, evidentemente), me contestó desde el tren rumbo a Cadiz donde se iba 15 días con su hermana. Me la tuve que machacar a falta de algo mejor.

Silvia me escribía de vez en cuando desde la playa. Cada dos o tres días nos pasábamos un rato chateando vía sms.

Su último sms, un día antes de volver a Madrid me dejó con una duda. Me indicaba que los obreros tardarían una semana más e iba a acabar en un hotel. Yo le propuse venirse a mi casa y después de un par de sms para convencerla quedamos que la recogería en Atocha a primera hora de la tarde del día siguiente. La verdad es que no me importaba tenerla ahí, me sobraba una habitación, mis horarios eran mortales por lo que poco coincidiríamos.

Silvia era más fea de lo que recordaba, peor tipo, menos teta, más modosita en el vestir, nada llamativa, vamos…. Por un momento me arrepentí de mi generosidad, pero ese arrepentimiento se evaporó por lo simpática que fue rumbo a casa.

Le indiqué a Silvia cual era su habitación y dejé que se duchase.

Esa noche hice una cena, nos sentamos a ver la tele y nos fuimos cada uno a su cama.

No vi a Silvia por la mañana, tampoco me la encontré al volver por la tarde de mi trabajo. Llegó sobre las nueve, se puso algo cómodo mientras yo hacia la cena. Nos bebimos una botella de vino y nos fuimos al salón a ver un par de capítulos de la serie con la que estaba en aquel momento. Cada uno nos sentamos en un lado del sofá. Silvia cogió uno de mis pies desnudo y empezó a masajear, ella iba cambiado de postura y en uno de esos movimientos su pantalón corto dejó un hueco desde que se le veía su peludo coño. Poco a poco fui acercando mi pie hasta introducirlo por la apertura y empezando a rozar su clítoris con mi dedo gordo. Ella sin dejar de masajear mi pie echó la cabeza para atrás y empezó a suspirar. Mi pie resbalaba entre su chorreante coño, ella gemía y yo solo deseaba poseerla.

La cogí de un brazo y tire de ella hacia mi. Nos besamos, nos desnudamos y la volvía penetrar ella encima de mi. El polvo fue rápido y salvaje, la deseaba y no entendía aun como la había dejado sin follar aquella noche anterior.

Silvia se quedó una semana entera. Follamos como leones. Silvia iba de menos a más. Me confesó que solo había follado con cuatro tíos a sus 30 años, de hecho nunca se había corrido ni comido una polla. Me confeso que no tenía por costumbre masturbarse pero que aquel viaje a Cadiz lo había hecho casi a diario pensando en mi. Ni que decir tiene que esa noche recibió la primera descarga de lefa en su boca de su vida.

Me jodió un poco que dejase la casa, pero tanto ella como yo sabíamos que la cosa no iba a más. Ni yo quería una novia ni ella aspiraba a tanto.

Yo seguía con mi vida, esto es follándome a mis amigas, a mis nuevas amigas y a tías que me odiaban pero que les encantaba follar y a mi follarlas. Silvia entró en el club de amigas, ósea de folla amigas.

El mundo de las follaamigas es un mundo bastante peculiar, en realidad todas las tías son follaamigas porque quieren algo más contigo, algo que en algún momento lo plantean y como la respuesta es un no, suelen desaparecer. Silvia en cambio aguantaba como una fiera. En más de una conversación en medio de un polvo me proponía una relación formal, pero ante la respuesta de – sabes que no funcionaria – se concentraba en mi polla y disfrutaba de ella.

Me costó mucho que Silvia se corriese, me lo propuse y lo logré. Jamás en mi vida había tardado tanto en lograr que una tía se corriese. Usé vibradores, consoladores, alcohol, mi lengua, mis dedos, mi polla hasta que logré mi fin. Desde ese día Silvia llegó a amar el correrse y aquello dejó de ser un éxito para ser el pan nuestro de cada día.

De vez en cuando yo me echaba alguna novia, realmente en aquellas épocas me follaba muy pocas veces a Silvia. Aunque me molaba mucho hacerlo procuraba ser fieles a esas novias que tanto ellas como yo sabíamos que nuestro noviazgo era algo pasajero.

Silvia y yo jodiamos cada vez con más fuerza. Había pasado de ser una semi-virgen jodidamente patosa en la cama, y se había convertido en una fiera en ella. Disfrutaba de su cuerpo y me hacía disfrutar del mío. Primeros las cuerdas, después las esposas, más tarde los juguetes y a continuación las pinzas en los pezones. Silvia nunca decía que no a nada. Al principio alucinaba, al final era ella la que pedía una u otra cosa. A veces era incluso difícil pasar de Silvia a otra pues evidentemente no aceptaban ni la cantidad de juguetes ni de fuerza en el sexo como lo hacía mi folla amiga principal.

Me quedé de piedra cuando me enteré que al contrario mía, Silvia no tenía otros folla amigos. Ella sencillamente esperaba por mi hasta que yo la llamaba o ella me mandaba ya un whatsapp preguntándome que tal iba y esperando una propuesta para quedar. Desde luego que yo le daba lo suyo en aquellos encuentros, pero no jodia que nos disfrutase lo que la vida le ofrecía.

Le di muchas vueltas al asunto y cierta noche mientras le daba duro y ella llenaba la habitación con sus gritos le propuse que se follase a otros.

– No lo necesito – dijo simplemente.

– Si lo necesitas

– No

– Hacemos una cosa.

– Dime

– Follate a 10 y hablamos de lo que propones. No quiero una novia mojigata que no ha vivido.

Silvia no dijo nada, simplemente se corrió.

La vida seguía y yo seguía llamando a Silvia cada semana, en general entre semana. Hacía más o menos tres meses desde mi propuesta cuando teniendo a Silvia atada a la cama y con un vibrador en su coño, empecé a llenar su bello pubico de espuma de afeitar.

– no – me dijo.

– ¿cómo que no?

– No. ¿Qué voy a decir?

– ¿Qué vas a decir de que?

– Cuando me lo vean.

– ¿quién?

– ¿y a ti quien te importa? ¿te pregunto yo a quien te follas?

– ¿Te estas follando a alguien?

– Ugggggg

– ¿Te estas follando a alguien?

– Ugggggg

– ¿Te estas follando a alguien?

– Claro que si, joder, claro que si.

– Desde cuando

– Dos semanas

– ¿Y el coño?

– No quiero que flipe.

Sin decir nada, sencillamente empecé a pasar la cuchilla. Silvia se retorcía de excitación hasta que la penetré y la hice llegar al orgasmos penetrándola con mi polla como una roca.

Silvia se iba follando uno a uno a distintos tíos. No era una maquina de llevarse tíos a la cama. En un año llevaba seis, incluso en una ocasión rechazo romper una cita de sexo con un pavo cuando se lo pedí, estaba un poco deprimido por el trabajo y necesitaba verla, pero ella sencillamente prefirió no anular su cita. Recuerdo pasar por debajo de su casa mientras hacia running y ver la luz de su habitación con una tenue luz. Me jodió pensar en que ella estaría siendo empalada en ese momento mientras yo lo daba todo por las calles de Madrid.

Me jodía pensar que otro la jodía, pero en realidad no me podía quejar por que había sido idea mía y además yo no dejaba de follarme a unas y otras.

Los mejores polvos eran cuando después de mucho insistir en medio de nuestros rabos Silvia me contaba los suyos con otros tíos, me ponía a cien cuando se corría con un – nadie me folla como tu.

Silvia iba ya por ocho, la habían follado en todas las posturas y maneras, todo menos chupar pollas, que según me decía solo me la había chupado a mi.

No le llamé en un par de meses pues me había echado una novia que no solo estaba muy buena sino que era una fiera en la cama pero muy pegajosa.

Pasaron seis meses en los que por mi parte se había acabado el furor inicial de una relación cuando empecé a pensar en llamarle.

Como siempre me contestó de buen humor confesándome sus ganas de verme. Quedamos en un restaurante y no en su casa o la mía, lo cual ya era raro. Durante la cena me confeso que había alguien en su vida, me costó sonsacarselo, pero finalmente acabó contándomelo todo. Se estaba follando al presidente de su empresa, un hombre casado pero muy imaginativo en la cama.

Durante casi un año intenté volvermela a llevar a la cama, seguíamos viéndonos pero no había manera, siempre me decía que había follado el día anterior y que pensaba follar con su jefe el día siguiente. En ocasiones incluso cuando cenabamaos y al dejarle en casa le proponía darnos un revolcón me confesaba que su amante la esperaba en la cama y que aunque nunca lo había propuesto no le veía haciendo un trio.

Las noticias fueron muy rápidas, su jefe había dejado a su mujer y el viejo se mudaba con ella. No habían pasado ni seis meses cuando me confesó que se habían casado la semana anterior por lo civil y que en se cambiaba de barrio.

Me jodió de lo lindo, mucho más que lo que me imaginaba. Por mi parte Aurora, mi novia me propuso matrimonio y presa de los celos acepte.

Lo que en principio iba a ser un distanciamiento por ambos lados poco a poco y pasado un par de años se convirtió en horas y horas de conversaciones por whatsapp. Me imagino que los dos echábamos de menos nuestros encuentros carnales y los suplíamos con largas chacharas de texto.

Las comidas no tardaron en llegar

– Rober, se me ha ido el inquilino.

– ¿qué inquilino?

– El de mi piso de soltera.

– Que putada.

– Acompañame a ver como me lo ha dejado, aun no lo he visto – rápidamente dije que si pues me apetecía ver aquel piso donde todo empezó.

Fue entrar en la casa y acabar en la cama. Los dos nos deseábamos y estando en igualdad de condiciones por primera vez desde que nos conocimos follamos con bestias. El di por todos lados hasta que ambos nos corrimos a la vez.

Desde ese momento aprovechábamos los viajes de nuestras respetivas parejas para quedar en su casa y follar como condenados. Evidentemente eso no era todas las semanas. Más bien era algo que se producía una vez al mes o dos. Procurabamos ser muy discretos, pues yo no quería hacer daño a Aurora ni ella dejar ni su marido ni posición.

Cada vez que quedábamos el sexo era lo mejor que yo pueda recordar con nadie, Silvia era una maquina de amar y yo procuraba satisfacerla. En general no follaba con mi santísima durante la semana anterior a nuestros coitos, me gastaba una fortuna en juguetes, bichos en general solíamos tirar una vez acabados para evitar pruebas de nuestros pecados.

Por su forma de follar era más que obvio que no solo su marido le sabía poner mirando a Toledo sino que ella tenía una vida paralela, y no precisamente para ir al cine.

Silvia por su parte daba lo mejor de si, si siempre había sido muy echada para delante, nuestros encuentros de ese momento no podían ser mejores. Lo daba todo, se compraba modelitos para la ocasión e incluso me regaló su culo que aun en ese momento solo había recibido dedos pero nunca pollas.

Ese día Silvia, gritó, suspiró, se lamentó, se retorció pero en ningún momento quiso parar. Sencillamente hizo de tripas corazón hasta que estalló en un tremendo orgasmo.

Silvia se volvió en una maquina del sexo sorprendiéndome en ocasiones autopenetrando su ano con un vibrador mientras yo con mi polla le reventaba el coño.

Algo me extrañaba y mucho de la relación de Silvia con su marido, Blas, evidentemente ella no le quería o al menos se había cansado sexualmente de él. Era obvio que en la cama y debido a su edad era un don nadie y que de ninguna manera podía llevar a mi amante a los niveles de placer que ella requería. Evidentemente Silvia no estaba contenta, pero sin embargo no le dejaba. El nivel de vida era cada vez mayor. Era raro, pero su nivel de vida no cuadraba con los ingresos de su marido, que aunque eran altos no como para las cosas que hacían ni la vida que se daban, ni el suyo. Cochazos, casaza, viajazos, relojazos, joyazas, en fin. Aquello no cuadraba, aunque siempre lo excuse con un – vivirán muy al día.

Aurora viajaba a Sevilla por una reunión de directores regionales de su empresa. Iba a pasar dos días allí. Los planetas se alineaban y Blas se iba a Paris. Llevábamos preparando el polvo durante los últimos 15 días y esperaba que fuese de aúpa.

Yo había comprado unas esposas que unían las muñecas con los tobillos y solo mencionárselo nos hacia mojarnos a los dos. Silvia a su vez había comprado un plug anal más grande que nunca.

Llegué a su casa después del trabajo, Silvia ya estaba allí esperándome en la puerta con una bata bastante recatada y unas zapatillas de andar por casa. Como siempre metimos el coche en su garaje donde dormía un Ferrari, un Lamborghini y un horterísimo Rolls Royce. “Joder con el mercado de chips” pensaba cada vez que los veía.

Silvia me hizo subir hasta su habitación y sin importarle la alfombra que tenía bajo sus pies, cogió una botella de Champan y empezó a vertirsela por su cuerpo. Su pequeños pechos poco a poco se fueron marcando en el picardías de raso que había descubierto debajo de la bata que se acababa de quitar y tirar al suelo. Poco a poco y mientras sus pezones eran más que evidentes bajo la tela, su negro pelo del coño empezó a marcarse en su entrepierna. Yo no me pude resistir, le puse la mano en su mojado coño y dándole la vuelta contra la pared empecé a mordisquearle su oreja mientras una de mis manos frotaba sus pechos por encima de la picardías y su coño levantándolo.

Poco a poco Silvia fue acelerando su respiración y como si fuese un baile ensayado le lleve a la cama, la puse a cuatro patas, abrí sus piernas y poco a poco empecé a lamerle el coño y culo hasta que los tuvo totalmente mojados y dilatados. Sin cambiarla de posición, cogí sus muñecas y las espose a su espalda, la larga cadena con las esposas para los tobillos caían por su espalda. Cogí mi polla con la mano derecha y sin necesidad de humedecer su ano poco a poco empecé a metérsela. Silvia reaccionaba a la penetración con gritos que de no ser aquello un chalet hubiese alguien llamado a la policía.

Silvia se corrió por el culo, le di la vuelta y aplique el cierre de las esposas a sus tobillos quedando esta de rodillas ante mi totalmente entregada.

– las pinzas.

No dijo más, yo no lo necesitaba. Saqué de la bolsa del sexshop las pinzas recién compradas y se los cerré con fuerza en sus pequeños pezones que cada vez estaban más duro. Silvia echó la cabeza la atrás. Bordeé la cama, le abrí las nalgas y a pesar de la incomoda postura le metí en su abierto culo en super plug recién adquirido. A Silvia le cambio la cara. Agarré a mi amante por el pelo y bruscamente como a ambos nos gustaba, de un golpe de cadera le metí mi polla en su boca. A Silvia le salían lagrimas de sus ojos mientras yo me afanaba en meterla salvajemente. No quería correrme por lo que saqué la polla de boca y empujándola hacia detrás le metí la polla en su peludo coño. Los ojos de Silvia se pusieron en blanco y abrió la boca, ni siquiera pudo gemir mientras yo me la follaba al borde de la cama.

– Me están matando las muñecas y los tobillos, pero sigue cabrón.

Jodiamos entre gritos. Llevaba mucho tiempo sin follarme a mi amante y los dos deseábamos aquello.

Algo debía de pasar en la calle por que la habitación se llenaba de luces azules y rojas, algo debía de pasar con bomberos o policía fuera de casa. Nosotros seguíamos a los nuestro dándole cada vez más duro buscando el clímax.

Me corrí como un poseso regando el cuerpo de Silvia de lefa. Estábamos aun jadeando cuando la puerta sonó.

– ¿Quién coño puede ser pregunte?

– El servicio tiene el día libre, Blas esta en Paris.

– Espera que te suelto, a lo mejor es importante, mira la que hay montada ahí abajo.

– No deja, ponte una toalla y baja tu, no será importante.

Cogí una toalla del baño, Silvia seguía esposada, arrodillada sobre los pies de la cama jadeando y con la lefa resbalándole.

Baje las escaleras, salí al jardín y al abrir la puerta me encontré con seis policías.

– ¿Silvia Bermúdez?

– Disculpen, ¿que desean?

– ¿La señora Bermúdez por favor?

– Esta arriba pero ahora no puede atenderlos.

– Tenemos una orden de detención contra ella – me pasaron un papel y apartándome entraron en el jardín, y de ahí a la casa. Yo corría detrás de ellos que directamente se dirigían hacia la casa.

Tanto Silvia como los policías se quedaron mudos. Silvia por verlos, los policías por encontrase a una respetable señora casada, bien entrado en los cuarentas fuertemente esposada y con los pizas de metal unidos por una cadena que le colgaban de los pezones.

Un policía le dio la vuelta tumbándola contra la cama ante los quejidos de Silvia, yo traté de mediar pero otro agente me paró. Me pidió las llevas, le despojo de los ataduras del sexshop y le aplico las suyas. Se puso unos guantes de látex para quitarle el plug del culo.

Silvia permaneció desnuda, esposada y tumbada durante más de media hora mientras la policía me hacía sentar en una butaca y empezaban a revolver la habitación. Silvia subía la cabeza de vez en cuando y miraba lo que pasaba, pero no se atrevió a decir nada.

Fui desalojado de la habitación y posteriormente de la casa, me costo convencer a los policías que ya invadían la casa que aquel coche era mío.

Los programas de radio de la mañana abrían con la noticia de la detención de Blas Fernández presidente de Phenix Chips Corporation y su mujer Silvia Bermúdez por la venta a China de tecnología prohibida y sacada ilegalmente de su empresa. Con las detenciones de los dos delincuentes se cerraba una investigación de dos años. Blas Fernández había sido detenido entregando una partida de chips a agentes chinos en Paris y su mujer en su casa de Puerta de Hierro. Días después se filtraron los detalles de la detención de Silvia y la manera en que se produjo, y como no podía ser de otra manera mi nombre salió a la luz publica.

Aurora esa noche ni apareció en casa ni me cogió el teléfono y al día siguiente recibí una llamada de su abogado. Literalmente me quedé en la calle después de un corto y su provechoso divorcio para ella.

Los meses pasaron y el juicio de la pareja llegó. Durante los días que pasaron desde su detención mil y un detalles se habían conocido. Desde el dinero que habían cobrado durante cinco años por su espionaje industrial hasta la labor de cada uno en la empresa para obtener planos, modelos y estudios de uso.

Durante ese tiempo intenté visitar a Silvia en la cárcel pero me fue imposible ya que no era familiar directo.

El juicio duró dos meses. Blas falleció de un ataque al corazón mientras esperaba sentencia.

Logré acceder a la sala el día de la lectura de la condena. Los analistas pensaban que Silvia recibiría una condena leve ya que Blas había intentado recaer sobre él el peso de los delitos. Silvia entró en la sala realmente guapa y altiva, hasta el último momento quería aparentar ser la gran señora que su posición económica le había permitido hasta ese momento. Se había vestido para la ocasión con ropa de marca, incluso con un gran escote que dejaba ver parte de su pequeño pecho y media teta según en que postura.

– 20 años de prisión – leyó el juez después de hacer un resumen de los delitos y del juicio. Silvia se quedó boquiabierta e incluso indignada cuando un alguacil la agarró y la esposó con sus manos a la espalda. Silvia hizo ademan de protestar pero su abogado la paró. El publico comentaba entre murmullos. Cruce mi mirada con el de mi ex amante cuando esta fue conducida por dos policías nacionales fuera de la sala rumbo a la cárcel donde pararía de presa preventiva a presa condenada, lo cual produciría muchos cambios.

Empecé una relación epistolar con Silvia, en sus cartas me contaba su vida en la cárcel, sus amigas y sus ganas de visita. Por mi parte se hacia imposible ya que las mismas estaban destinadas a abogados o familiares de primer o segundo grado, cosa que yo era.

Un amigo juez planteándole el caso, me sugirió que solo tenía tres caminos. O bien estudiar derecho, algo que no era posible por falta de tiempo o bien adoptarla o casarme con ella. La decisión no era fácil, a Silvia le faltaban 19 años de condena y desde luego ni la iba a esperar ni respetar ausencias, pero finalmente decidí casarme con ella. No tenía planes de volver a casarme con nadie y a ella le vendría bien las visitas.

Llegue a la cárcel temprano. Vestía un traje que realmente no me ponía ni para trabajar. Pasé los controles de seguridad y fui conducido a una sala donde esperé diez minutos hasta que una puerta se abrió.

Silvia entró en la sala. Iba muy mona con un vestido color crema y un elegante peinado. Iba esposada con unas esposas similares a las que tenía puesta cuando fue detenida. Su muñecas iban esposadas por delante y de estas caían una cadena que se unían a unas esposas que le amarraban los pies y le rebajan andar con dificultar.

Le soltaron sus ataduras y nos abrazamos.

La ceremonia duró pocos minutos. Seguidamente y ante mi sorpresa nos condujeron a una habitación anexa donde debíamos pasar nuestra noche de bodas, mañana de bodas en realidad pues teníamos 2 horas para nosotros y no eran más que las 10 de la mañana. Silvia estaba realmente necesitada de cariño y aunque me la follé duro como a ella le gustaba, pasamos la mayor parte del tiempo abrazados y sin hablar.

Desde el día de mi boda, sigo una rutina cada dos miércoles Salgo pronto de trabajar, conduzco hasta Soto del Real, paso los controles de seguridad y después de una pequeña espera me hacen pasar a una habitación donde generalmente Silvia me espera ya desnuda y a cuatro patas sobre un pequeño jergón. Realmente a ambos nos gustaría tener nuestros juguetes recién estrenados para darle juego pero nos tenemos que conformar con mi cinturón con el que le ato fuertemente las manos a la espalda mientras la penetro analmente sin piedad. Cada vez que la penetró ese culo, ese cuerpo me hacen recordar años mejores

El resto de los días del mes los dedico a mi vida y mis amigas quien en general desconocen la relación con mi esposa, que raro suena esa palabra.

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