Mi boda XV

En la oficina todo había salido mal. Tuve que repetir un conjunto de invoicements que se habían codificado incorrectamente y volver a cuadrarlo todo. Maldije (de nuevo) a los comerciales ineptos y a los eficientes sistemas informáticos que les permitían introducir pedidos con errores y salí tarde, corriendo, para llegar a casa con el tiempo justo.

Julián estaba charlando con una chica bajita y con curvas cuando yo entré en el portal. Rápidamente me la presentó como Rosita, la chica que nos podía ayudar en casa y las dos subimos a nuestro ático. A mis preguntas me contestó que estaba estudiando en la UNED, Administración y Dirección de Empresas, un grado de cuatro cursos, iba por el medio-primero-medio-segundo. Me gustó eso de que estuviera estudiando, se preocupaba por su futuro.

Rosita era bajita, pero sus formas eran correctas, buenas curvas sin llegar a rellenita. Un culito respingón, veintipocos, unos ojos negros preciosos, pero el pelo mal cortado no la favorecía, toda su cara eran óvalos, los ojos, la boca… Sin duda lo peor era su vestido, el típico vestido floreado de mercadillo, seguro que fresco y práctico, pero era como vestir una bolsa. Por suerte, el cinturón permitía delinear algo su figura, pero las zapatillas eran horribles.

Al poco de estar hablándome perdió la timidez y ya conseguí que me tuteara y pasó a tratarme como a una hermana mayor. Supe que tenía tres hermanos y que vivía con sus padres, que en casa eran su madre y ella las que aportaban lo suficiente para subsistir. Sin novio. Sólo me aceptó una limonada mientras le enseñaba el apartamento. Sus ojos no paraban de quedarse admirados en cada cosa, pero cuando entramos en el vestidor no pudo reprimir un gemido de éxtasis y yo tuve que sonreír.

– Sí, este es mi santuario. – Encendí las luces de los focos del techo y quedaron iluminados los zapatos, abrí el armario y quedaron expuestos los vestidos y abrigos, de la cómoda llena de cajones le mostré los anillos, gargantillas, collares, pendientes… También le mostré el armario con los trajes de Javier, camisas y corbatas, sus zapatos y ropa interior. Pasamos al dormitorio, donde yo guardo mi ropa interior (y conjuntos y picardías), el baño… bueno, en fin, todo, incluidas terracitas.

Veía reflejada en su cara la admiración y eso me encantaba, es cuando realmente disfrutas de lo que tienes. Le comenté que yo era muy desordenada, por lo que esperaba que ella fuera todo lo contrario (y me aseguró que así era), nos entendimos a la primera, y me dijo que empezaría viniendo dos tardes por semana y ya veríamos. La ventaja que viniera por la tarde es que podríamos coincidir al final de su jornada.

La despedí sintiéndome muy alegre y satisfecha. El hecho de mostrarle todo lo que había conseguido y de mostrármelo a mí también me había permitido convertir un día gris en un día maravilloso, así que me fui directa al Skype para charlar con Javier. En Boston, como en New York, llevan seis horas menos, así que no sabía si le podría encontrar, pero tenía ganas de verlo, así que probé.

Tuve suerte, estaba en el aparthotel preparando cosas porque poco después tenía una reunión y quería descansar y prepararse porque luego irían de cena. Le pude ver en camiseta frente al ordenador, le había despertado, pero no le supo mal. Estaba sonriente y no paró de preguntarme por todo, así que no le conté del trabajo sino de Rosita. Le pareció muy bien, porque sabía que con el trabajo también yo tenía horarios a veces un poco locos tratando de cuadrar cuentas y pedidos.

Cuando Javier está solo no para de trabajar en todo el día (y alguna noche y todo), así que le pedí que se cuidara y nos empezamos a poner mimosos desde la distancia. Yo todavía llevaba la ropa del trabajo, así que, sin pensarlo, me desabroché la blusa y me quité los zapatos bajo la mesa del escritorio. Al ver que me ponía cómoda él me dijo que continuara y los dos reímos.

– ¿Quieres un show? Mira que luego no te podrás concentrar en la reunión.

– Venga, no seas mala, no hago más que trabajar, deja que te vea. – Tenemos el ordenador grande, la torre, en el cuarto que dedicamos a despacho, así que encendí la luz de sobremesa para tener mejor claridad y me alejé un poco para que me viera bien. – Además, he visto los vídeos de casa y estoy muy muy caliente.

– ¿Qué vídeos?

– ¿Cuáles crees? Creo que conseguiste un buen descuento en las obras ¿verdad? Sin duda tu pago fue increíble, lo disfruté mucho.

– ¿No te enfadas?

– Disfruté tanto mirando que creo que todavía me duele de tantas veces como me la casqué. Pero ahora te quiero sólo para mí.

– ¿Así? – Yo podía ver en un pequeño recuadro mi propia imagen, así que sabía que me estaba viendo bien iluminada y encuadrada.

– ¿No tienes calor cariño?

– Pues… ahora que lo dices… un poco – Y desabroché los tres botones que me quedaban de la blusa y me abaniqué mostrando el sujetador. Dejé que la blusa resbalara por mis brazos hasta el suelo y me moví coqueta, tratando de tapar el sujetador. Él se apartó un poco del ordenador y pude ver que sólo llevaba unos shorts y la camiseta. Puso las manos en los brazos de la silla y su bulto quedó claramente a la vista. – Mmmm… veo que te gusta esta rusita cachonda ¿verdad? ¿Pagará una sesión completa el señor?

– Completa y con todos los extras. – Dijo con voz entrecortada.

– Mmmm… – y empecé a contonearme sensualmente.

Mis manos abandonaron mis pechos y resiguieron mi figura al ritmo de un baile imaginado. Él se acercó al ordenador y puso música, algo de jazz clásico del que a él le gusta y yo acepté el sensual ritmo. Mis manos recorrían mi figura suavemente y se detuvieron en el lateral de la falda para desabrochar el botón y mostrar cómo se abría un poquito. Dejé que la cámara lo enfocara bien (si me movía rápido no se veía) y luego, con dos deditos de uñas rojo brillante, procedí a bajar poco a poco la cremallera en un primer plano. La cremallera sólo llegaba a las caderas. Me aparté un poco bailando y cuando la imagen volvió a enfocarme enterita alcé los brazos y, sacudiendo sensual y lentamente las caderas, la falda fue deslizándose poco a poco por las caderas hasta resbalar de golpe al suelo al superarlas. De una patada, descalza, alejé la falda, quedando sólo con el sujetador y la tanga ante la cámara bailando.

Me acerqué de nuevo a la cámara para verle bien, dándole un primer plano de mis pechos enfundados en ese transparente sujetador y pude ver cómo ya había liberado su pene y, relajado en la silla, se estaba acariciando lentamente arriba y abajo.

– Mmmm… ¿Eso lo he provocado yo? – Y mientras lo decía, mis manos fueron al broche del sujetador y en primer plano ante la cámara quedaron los pechos al descubierto con sus duros pezoncitos y las aureolas bien marcadas por mi excitación.

Me aparté un poco y me puse a pellizcármelos gimiendo quedamente para que él me oyera. Ahora su mano ya respondía con más energía y el querido juguetito de mi marido había alcanzado su máxima expresión. La puntita ya brillaba por sus líquidos, y yo me moría por sacar la lengüecita y saborearle. Lo hice ante la cámara, pero entonces volví a retirarme y pasé a acariciarme mi vientre con una mano mientras la otra seguía en mis pezones. Mi mano se perdió bajo el triángulo de la tanga, podían verse dos deditos explorando mi sexo bajo el triángulo de tela.

– Quítatelo. Quiero verte.

Siguiendo los dictados de mi marido me giré y tomé las dos cintas laterales de la tanga y fui bajándola lentamente. Me agaché para que la cámara tomara un primer plano de mis nalgas y cómo la tanga se tensaba y desprendía de mi húmedo sexo. La dejé tirada y me senté en el sillón del escritorio enfocando la cámara a mi vientre. Entonces alcé las piernas por los brazos del sillón de ruedas y empecé a gemir y decirle guarradas.

– Sí, tócate, quiero sentirla dentro de mí. Quiero que mis dedos sean tu polla. Quiero que me taladres y me perfores… quiero que me la metas hasta dentro de todo…

Mientras, él sólo gemía. Yo trataba de seguirle el ritmo y también me pellizcaba el clítoris mientras con la otra mano me perforaba una y otra vez. Ahora sólo se oían nuestras aceleradas respiraciones y el ruido de succión húmeda de nuestros sexos. Él me avisó cuando se iba a venir y yo aceleré también mi orgasmo. Mis caderas se alzaron y mis dedos presionaron con fuerza mi botón permitiéndome explotar. Me quedé arqueada sobre el sofá unos instantes antes de relajarme y ver cómo él ya la tenía totalmente desinflada y había casi un charco de leche en sus muslos y sobre los shorts. Todavía tenía su mano alrededor de su pollita. Esperamos los dos mientras nuestras respiraciones se recuperaban.

– Eres una cerda, pero me encanta. Mi gloriosa putita. Te quiero.

– Yo también cariño. Voy a darme una ducha.

– Yo también, como vaya así a la reunión me echan a patadas, con lo conservadores que son.

Nos enviamos un par de besos y cerramos el Skype.

Espero vuestros comentarios. Y perdonad mi silencio, han sido unas semanas de mucho trabajo y los fines de semana quería salir un poco y no escribir. ¿Me perdonáis?

Besos perversos a tod@s,

Sandra

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