Mi compañera de estudios

Me llamo Carlos y esto que os voy a contar me ocurrió cuando tenía 18 años y estaba estudiando primero de bachiller. Por aquel entonces yo era bastante normalito, bueno y lo sigo siendo, estatura media sin ser demasiado alto, delgadito, pelo corto y oscuro… Vamos, un chico como cualquier otro.

En el instituto tenía una buena amiga a la que conocía desde los cursos de primaria. Su nombre era Beatriz y yo casi siempre la llamaba Bea. Nos llevábamos muy bien y solíamos hablar mucho y contarnos lo que nos preocupaba. Todos los cursos siempre había alguien que empezaba rumores de que éramos novios y que lo llevábamos en secreto. Nosotros nos reíamos y aguantábamos hasta que se aburrían y los rumores trataban de otras personas. Entre nosotros nunca había surgido nada y cuando estábamos juntos no había ninguna chispa o tensión sexual que nos incitara a cambiar nuestra amistad. Por nuestras cabezas no pasaba la idea de que pudiéramos ser algo más que buenos amigos. Eso no quiere decir que nunca me la hubiera imaginado desnuda o mirado el escote de las tetas. Yo creo que todos los tíos y más en esas edades hemos intentado adivinar cómo serán nuestras amigas sin ropa.

Ese año de Bachiller quedamos por primera vez para estudiar juntos. A diferencia de en secundaria teníamos varios días seguidos sin clase y con todos los exámenes encadenados. Como parecía que la cosa ya era más seria decidimos quedar y ayudarnos. Al principio íbamos a ir a la biblioteca del barrio pero Bea me comentó que sus padres no iban a estar ya que trabajaban todo el día y que mejor estudiábamos en su casa ya que estaríamos más cómodos y podíamos hablar en alto sin molestar. Los dos habíamos estado ya varias veces en la casa del otro así que me pareció lo más normal del mundo.

Así estuvimos varios días estudiando y nos fue bastante bien. Yo iba a su casa pronto, repasábamos, íbamos al instituto a la hora del examen y al acabar volvíamos a su casa a estudiar para el siguiente. La última tarde ya sólo nos quedaba estudiar para el examen de matemáticas. Hasta ese año se me habían dado bien, nunca había sido de sobresalientes pero sin estudiar mucho y con lo que entendía en clase me valía para llegar al notable. En cambio ese año se me estaban atascando y con el cansancio acumulado me empezaban a bailar todos los números y no entendía nada.

Cuando ya llevábamos casi tres horas llegué al límite.

– Lo siento Bea, no puedo más –le dije tirando el lápiz sobre la mesa –estoy de las derivadas y la trigonometría hasta los cojones.

– ¡Venga Carl! –muchas veces me llamaba con ese diminutivo por un personaje de los Simpsons. – ¡Ya sólo nos queda esto! ¡Un último esfuerzo!

– Ya lo sé. Pero estoy reventado. Nunca pensé que fuera tan duro el tener todos los exámenes seguidos. Tantos días sin desconectar del estudio, necesito relajarme un poco y liberar tensiones. Soy incapaz de aprenderme una fórmula más sino.

– Te entiendo… Oye, si necesitas relajarte un poco, ¿quieres que te haga una paja?

Os podéis imaginar que casi me caigo de la silla al escuchar aquello y que por supuesto que tenía que haber entendido mal. Me habría tenido que ofrecer algo de beber seguro y no lo que mi mente calenturienta había escuchado.

– ¿Que… qué? –acerté a preguntar entrecortado.

– Una paja, ya sabes para liberar tensiones. Seguro que después te relajas y puedes volver a estudiar mates sin problemas –me dijo con toda naturalidad.

– Pero Bea, somos amigos. Quiero decir, tú y yo nunca nos hemos visto de esa forma, ¿no?

– A ver, a ver, Carl, tranquilo. No te estoy diciendo ni que salgamos juntos ni ser follamigos o novios ni nada de eso. Es una simple paja puntual para que te relajes pero si va a poner las cosas raras entre nosotros olvida que lo he dicho ¿eh?

Por aquel entonces yo era bastante inocente respecto a las relaciones. Pensaba que para estar con una chica primero había que salir juntos y jamás se me había pasado por la cabeza que una amiga pudiera masturbarte simplemente por hacerte un favor. Pero yo no dejaba de ser un chico de 17 años y no le iba a decir que no a una paja pese a que me la ofreciera una chica a la que conocía desde años, que era mi mejor amiga y con la que jamás me había imaginado teniendo sexo.

– No, no, Bea. Es que me ha pillado por sorpresa. Si a ti no te importa claro que me gustaría, jaja. No creo que nadie diga que no a eso.

– Claro, para mi no tiene importancia. Es como si te duele el cuello y te doy un masaje. Simplemente es masajear otra parte de tu cuerpo para conseguir que te sientas mejor. Para eso somos amigos –me dijo como si fuera lo más normal del mundo.- Venga, bájate los pantalones.

Un poco nervioso, me desabroché los vaqueros y me los bajé junto a los calzoncillos sin levantarme de la silla. Mi pene quedó a la vista y ya estaba ligeramente endurecido. Creo que a todos los hombres nos excita ese momento en el que una mujer nos ve por primera vez la polla, ese pensar: «Mira, mira, esto es lo que tengo, te sorprende ¿verdad?» Además durante el último año me había crecido un poco más y ya me alcanzaría los 17 centímetros cuando la tenía completamente erecta.

Bea miró cómo mi miembro desnudo empezaba a agrandarse por la excitación pero pese a ser la primera vez que me la veía no hizo ningún comentario. A mí me entraron ganas de preguntarle si le gustaba mi polla pero no me atreví porque aun no sabía muy bien cómo reaccionar a esa situación. Me había quedado claro que lo que iba a hacer era un favor de amiga y no porque ella quisiera vérmela o tocármela así que por si acaso y para no estropear la oportunidad decidí callarme.

Mi amiga alargó el brazo y posó dos dedos en la parte superior de mi pene y los deslizó hacia la base. Mi polla reaccionó al instante al contacto de su suave piel sobre la mía y de un respingo se endureció lo máximo posible. Bea rodeó mi erguido miembro con la mano y apretó el puño sobre ella para notar su consistencia. Cuando comprobó que estaba completamente erecta y ya no tenía ninguna parte blanda comenzó a deslizar el puño arriba y abajo por todo mi miembro provocando que la sensación de placer llenara mi cuerpo inmediatamente.

Disfruté del momento y me dejé hacer mientras observaba cómo me pajeaba. Sus ojos azules estaban fijos en su mano que se movía rítmicamente arriba y abajo por mi polla cuya punta ya estaba humedecida por la excitación. Miré a mi amiga e intenté fijarme en sus tetas pero no llevaba ropa ajustada y no se marcaba su contorno en la blusa. Estuve observando la expresión de su cara intentando adivinar qué estaría pensando. Estaba viendo por primera vez la polla de su amigo, descubriendo cuánto le medía por tenerla completamente empinada y se la estaba tocando y pajeando. Sin embargo en su cara no había ninguna reacción evidente, ¿podía ser como decía que para ella esto fuera lo mismo que hacer un masaje y no tuviera más significado?

– Avísame si te vas a correr que no quiero manchar todo –me dijo de pronto sacándome de mis pensamientos.

– Sí, sí. Claro Bea, no te preocupes –le contesté entre suspiros de placer.

Tras su advertencia Bea hizo algo que aun me sigue excitando cuando lo recuerdo. Dejó de mirarme la polla y sin dejar de masturbarme ¡volvió a ponerse a repasar los apuntes! No me lo explicaba pero esa indiferencia que me mostraba estaba poniéndome cachondísimo. Mi amiga repasaba en voz alta los teoremas que teníamos que estudiar y los repetía para memorizarlos mientras su mano derecha no soltaba mi pene y lo seguía recorriendo entero derritiéndome de placer.

Yo la escuchaba a lo lejos como en un sueño mientras veía cómo se me marcaban las venas en el tronco de mi polla. La notaba terriblemente caliente y creo que nunca la había tenido tan dura y grande. Me fijé en sus dedos, finos y largos formando el puño que agarraban mi centro de placer. Sus uñas recortadas y cuidadas no estaban pintadas. Intenté imaginar a mi amiga haciéndoles esto a otros chicos, parecía que tenía práctica, ¿lo hacía a menudo? Aunque hablábamos de las personas que nos gustaban y así, nunca habíamos entrado a detalles sexuales.

Noté cómo el placer empezaba a acumulárseme en la base de la polla e iba ascendiendo poco a poco. Aunque quería aguantarlo lo máximo posible me di cuenta que era inevitable que me fuera a correr y la avisé.

– Bea… ¡me corro! ¡Me corro!

Bea disminuyó un poco el ritmo de la paja y levantando la vista de sus apuntes buscó y cogió un pañuelo de papel. Con calma lo extendió sobre la punta de mi pene y lo envolvió mientras continuaba masturbándome la base. Unos pocos segundos después noté una explosión de placer y mi polla empezó a sacudirse mientras lanzaba varios chorros de semen. Entre que llevaba varios días sin tocarme por el estudio y la magnífica paja de Bea solté más leche que nunca. El papel que cubría mi glande se transparentó al recibir mi caliente líquido. Mi amiga sujetaba mi polla en cada espasmo como tranquilizándola y movía la piel arriba y abajo para acompañar la sensación de placer. Cuando notó que mi polla se tranquilizaba retiró el papel que me la cubría y subió la piel de mi prepucio completamente para escurrir el líquido que se me había quedado en la punta.

– Tenías mucho acumulado, ¿eh? –me dijo mientras me enseñaba el contenido del pañuelo que estaba lleno de semen. –Se nota que te hacía falta.

– Ya lo creo Bea. Gracias, ha sido la mejor paja de mi vida.

– Para eso están las amigas –me dijo guiñándome un ojo.

Mi amiga tiró el papel con mi leche a la papelera de debajo del escritorio y cogió dos pañuelos de papel más. Uno me lo dio a mí para que terminara de limpiarme la polla. Mi miembro ya empezaba a relajarse tras el esfuerzo y volvía a su tamaño normal. Cuando terminé de limpiarme volví a subirme los calzoncillos y vaqueros. Aunque me tentaba continuar con ella al aire para que me la siguiera viendo estaba claro que el favor había terminado. Bea se limpió las manos con el otro papel ya que le había resbalado algo de mi semen. Una vez limpios del líquido que había soltado mi polla sin ni siquiera comentar nada volvimos a centrarnos en el estudio. Era evidente que para ella lo que había ocurrido era algo normal y no iba a cambiar nada entre nosotros. Yo pensaba que me iba a costar y que no podía volver a concentrarme pero Bea tenía razón y tras la corrida mi cuerpo estaba relajado y podía volver dedicarme a estudiar.

Gracias a aquello aprobé las mates y con buena nota. Durante el examen a la hora de recordar los teoremas me llegaba la voz de Bea leyéndolos mientras me masturbaba ya que el momento se me había grabado a fuego en la mente. Pero lo mejor fue lo que había aprendido de mi amiga y que aquella no fue la única paja que me ha hecho desde entonces.

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