Mi Historia

Este es mi primer año de universidad. Por fin se acabo la ñoñeria del instituto, y puedo salir de mi barrio, mi entorno cercano, para disfrutar de mayor libertad. Vamos, que he ampliado mis fronteras.

Soy un chico normal, recién estrenada la mayoría de edad, dieciocho en mi país, y en teoría tengo permiso para comprar tabaco, alcohol, conducir y hasta votar en las elecciones.

La verdad que de todas esas cosas, ninguna es que me quite el sueño. Bueno, la de conducir si, aunque no tengo coche, ni posibilidades reales de conseguir uno propio en el corto plazo, me estoy sacando el carnet, aunque sea para poder robarle de vez en cuando a mi madre o a mi hermano mayor, Marcos, que con veintidós años, conduce un flamante golf, que es la envidia del barrio.

Somos tres hermanos, de los cuales soy el mediano. El pequeño, Sergio, tiene dieciséis, y aunque le saque dos años, prácticamente es de mi altura y complexión, por lo que nos suelen confundir, o incluso pensarse que somos gemelos, ya que también mantenemos un asombroso parecido y una gran complicidad.

Ambos rondamos el metro ochenta, cerca de los 65 kilos, castaños claro, piel clarita, ojos verdes oscuros y un buen tono físico marcado por los años de práctica de baloncesto. Afición que a todos en casa nos han inculcado nuestros padres, grandes amantes de este deporte.

Juntos jugamos en el club del barrio, y compartimos equipo, ya que a el, le han integrado con los de mi edad. Otro motivo, para crear confusión y suspicacias, sobre si somos o no gemelos.

La cosa es que si que hay una diferencia notable entre nosotros, además de la edad. A mi me gustan los chicos, y Sergio tiene novia desde los catorce años.

En mi casa y amistades, nadie sabe este aspecto de mi sexualidad, excepto Sergio, mi único cómplice, como ya os he comentado. Aunque lo tengo completamente asumido, no ha llegado aún el momento de revelarlo al resto, ni la necesidad.

A pesar de esto, no os penséis que soy virgen. Un par de chicos, me han enseñado lo que necesito sobre el sexo, para tener las cosas bien claras, y que se me quiten las ansias, pudiendo estar preparado para cuando aparezca el chico de mi vida, sin prisas.

Os voy a contar como conocí a mi primer amor, por la transcendencia que va a tener en lo que me está pasando en este momento.

Sucedió hace cuatro años, el verano que cumplí los catorce años. Por aquel entonces la familia se trasladaba al levante mediterráneo, más concretamente a Cullera, donde pasábamos todo el mes de Agosto, disfrutando del sol, el calido mar y el lujo de unas instalaciones en la urbanización privada donde mis padres alquilaban el apartamento, súper completas y con todo lo que un chico de esa edad puede desear. Pistas deportivas, una piscina impresionante, la arena de la playa a menos de cincuenta metros, el sitio ideal donde unos padres deseosos de desconectar sueltan a sus retoños, con la confianza de que nada malo les puede suceder.

Pronto hicimos amistades con otros muchachos que se desplazaban de diferentes puntos de la península, e incluso de algún país vecino.

Este es el caso de Jorge. Un madrileño de mi misma edad, aunque un poco mas alto, más delgado y mas rubio que yo.

El muchacho era de esa gente con suerte, cuyos padres no alquilaban un apartamento, sino que eran propietarios de uno, por lo que se pasaba todas las vacaciones disfrutando de lo que nosotros solo teníamos un mes, ya que se iba desde junio con sus abuelos y no volvía a Madrid hasta septiembre.

Cuando le conocí, Jorge presentaba un envidiable bronceado, que destacaba aún más el rubio de sus pestañas, cejas y bien cuidada melena, que constantemente se encargaba de con un sutil e inquietante moviendo de mano, colocar por detrás de sus orejas.

Aquel día que Sergio, mi hermano pequeño, me lo presento un medio día, pues se habían conocido en una competición de natación matutina, a la que me negué a participar, quedándome en la playa con mis padres, se me abrió el cielo.

Allí delante, estaba sin duda el muchacho más guapo que había tenido el gusto de conocer. Con su bañador surfer de pata amarillo y negro, que aún resaltaba más si se podía su bronceado, me dio un apretón de manos y me invito a acompañarlos al agua, donde pasamos a un rato súper divertido con los típicos juegos de playa de balón, aguadillas y olas.

Jorge cayó también en la trampa de mi hermano Sergio, al pensarse que era de nuestra edad, aunque en aquella época si que se notaba algo más los dos años que nos separaban. Poco a poco, según pasaron los días, nuestra afinidad fue creciendo, debido a que compartíamos más cosas en común que con Sergio, y aunque las mañanas seguían siendo compartidas en juegos y deportes con el, por las tardes, empezamos a quedar solos, para ir a dar una vuelta al pueblo, o buscar unas chicas por la playa con las que echar la tarde, casi siempre sin mucho éxito, digamos que en parte, por que no ponía mucho de mi parte, ya que lo que de verdad quería era estar a solas con Jorge, que además de guapo, me resultaba súper divertido y entretenido.

La tarde que todo cambio en mi vida, habíamos quedado para ir de compras al centro, y después acabar en el cine de la playa. Para ello, después de comer, me quede echado a la siesta hasta la hora de la “cita”, que me prepare, con mis bermudas estilo militar, y una camiseta de tirantes roja, que por aquel entonces me encantaba.

Cuando llego Jorge, me quede de piedra. Ese día la única prenda que llevaba encima era un vaquero levis de peto, de esos con tirantes a los hombros y tela con bolsillo en el pecho, que la verdad le quedaba genial. Si habitualmente me quedaba embobado con cada cosa que me decía o hacia, ese día, además no podía dejar de mirar como caminaba, o como se movía para coger una piedra y tirarla al mar, o cuando me sujetaba o empujaba, mientras me hacia alguna de sus habituales bromas.

Me enamore perdidamente, ahora lo se, del cuerpo que se movía dentro de aquella prenda holgada, que no dejaba nada a la imaginación y que tan morbosa me resulto. Ni siquiera los boxers de dibujos del coyote y correcaminos que llevaba debajo, y que asomaban cada vez que en el fragor de algún juego o carrera al bajársele un tirante y hasta que conseguía colocarlo de nuevo sobre su hombro.

Aquella noche, no me pude concentrar en la película. Ni siquiera recuerdo el titulo. Lo único que recuerdo es cada movimiento que Jorge hizo en la silla. Como se movía aquel trozo de tela apoyado en su pecho, masajeando sus pezones a cada roce. El sonido metálico de las hebillas de los tirantes cada vez que se estiraban y frenaban el peso del vaquero, para mantenerlo en su sitio una vez más. La pendiente de la tela de su espalda, cuando absorto en la imagen de la pantalla se apoyaba en la butaca delantera, que recorría directa desde sus hombros hasta el final de su culo, dejando que el aire pasase por medio. Por un momento me vi incapaz de resistirme a no meter la mano entre el vaquero y su piel para acariciar su espalda.

Acabada la película, iniciamos el paseo hasta la urbanización. Recuerdo que me pregunto si me apetecía andar por la orilla del mar, y como siempre le seguí. Nos quitamos las zapatillas, pero antes de mojarnos los pies, Jorge me pidió que le remangase el pantalón. Me agache, y con mucho cuidado fui doblando la pernera de su pantalón, hasta dejar al aire el gemelo de su pierna izquierda. En ese momento alce mi mirada y me encontré a un Jorge sonriente, observándome hacer. Creo que ahí confirmo que era suyo. Sin poder evitarlo y sin dejar de mirarle, le acaricie la pierna desnuda. El adelanto la otra, haciéndome repetir la operación. Una vez concluida la terea, comenzó a andar por la orilla, sin esperar a que me incorporara. Solo era capaz de observar como se alejaba.

Tras darle alcance, Jorge me pregunto en que pensaba. No respondí. Solo escuche. ¿Sabes lo que pienso yo?- me dijo sin volver a esperar respuesta. Creo que tú y yo debemos ser algo más que amigos.

Sin más. Continuó andando, y yo tras el.

Al llegar al complejo, en lugar de dirigirnos hacia los portales, Jorge me llevo a la zona de columpios para niños. Aquello estaba desierto. Era una parte del final de un frondoso jardín, que protegido por altos setos, quedaba a salvo de las miradas indiscretas, incluso de los balcones de los pisos más altos.

Jorge se sentó en uno de los columpios y me pidió que hiciese lo mismo en el de al lado.

Mientras se balanceaba sutilmente, me fue contando como en Madrid conocía un chico al que todos en el barrio le llamaban el boca. Decía que al principio pensaba que era por que durante un tiempo llevaba aparato en los dientes, pero que después descubrió que no era por eso, sino que todos decían, que si le dabas un euro, aquel chico se metía tu poya en la boca. Decía que no se lo creyó, y que un sábado que estaba con unos colegas, en un parque, casualmente paso por allí el boca y que uno de sus amigos, le llamo, y le dijo directamente que le daba un euro si se la chupaba y tres si se lo hacia a los cinco. Lo sorprendente es que el tío en lugar de mosquearse, pidió cuatro euros, y allí mismo, uno a uno se la sacaron y el boca se las trago sin rechistar.

La verdad que la historia me pareció curiosa, pero no entendí a que venia, hasta que Jorge me pregunto si me la habían chupado alguna vez, a lo que claramente le respondí que no, y menos un chico. Pero pajas te harás, verdad, me pregunto sonriendo. Mi rubor y mirada al suelo sirvió como respuesta afirmativa, mientras me imaginaba lo que podía ser hacérselo a ese muchacho allí mismo, o que el me lo hiciese a mi. Un sorprendente beso, en la boca, me devolvió a la realidad.

Según se apartaba suavemente y ya repuesto del susto inicial, me abalance sobre el y agarrando los tirantes de su peto, cayéndome del columpio de rodillas entre sus piernas, devolví la unión a nuestros labios, esta vez profanándolos con mi lengua, como si necesitase buscar algo perdido en su interior.

Jorge no solo no me rehusó el beso, sino que participativo, comenzó acariciándome la nuca, para continuar, sin dejar de comer de mi boca, por mi espalda, llegando hasta la goma de mi ropa interior, de donde se agarro, para tirando hacia arriba, obligar a que me incorporase. Suavemente, sin dejar de masajear mi abdomen, y mirándome a los ojos, me cuenta, que soy a la única persona que jamás a querido, y a la única dispuesto a hacerle lo que sin dejar de hablar estaba haciendo, y que si quería, podíamos ser ambos muy felices. Derretido por sus palabras, me deje desabrochar las bermudas y tras ser liberado mi erecto sexo, recibí extasiado mi primera mamada.

La mezcla de inexperiencia y calentura, provocaron un irremediable orgasmo, que lleno la boca de Jorge del contenido de mis doloridos huevos, quien, sin dejar de masajear con su boca mi miembro, saboreo gustoso y complacido.

Jorge se separo de mi cuerpo, forzando con sus piernas el columpio en que seguía sentado. Por mi parte, descompuesto seguía también allí plantado, con el pene flácido en ese momento, pero al aire y los gayumbos y bermudas en los tobillos.

No pude dejar de mirar el bello rostro de aquel ser, que tanto placer me había dado, sonriente, jocoso, mientras se balanceaba disfrutando de mi penosa imagen.

Al recuperarme, observe el bulto de sus pantalones. Tenia que hacer algo, y cuando fui a dar un paso hacia el, me sorprendió leyendo mi pensamiento y comentando que no me preocupase, que era muy tarde y mejor no preocupar a nuestros padres, que mejor lo dejábamos para el día siguiente, que ya buscaríamos la forma de que le compensase, con creces, según matizo con un tono súper sensual.

Jorge tenía razón, como siempre.

Había pasado un buen rato desde que volviésemos del cine y ya era súper tarde. Como pude recupere la compostura y mis gayumbos y bermudas a su estado original, y nos dirigimos juntos al porta de Jorge, donde tras fijar hora para la próxima mañana, un nuevo beso, me dio a probar el sabor salado ahora de sus labios, de lo que supuse sería mi propio néctar, y que me lleve en la boca, todo el camino hasta el piso donde me esperaba mi familia.

Ni siquiera me plantee cenar. No quería perder aquel sabor que me recordaba tan directamente lo acontecido. Directamente me metí a mi cama, en el cuarto que compartía con mi hermano menor, Sergio. Tras un rato, este entro en la habitación, y al ver que aún estaba despierto, me pregunto si me pasaba algo. Además de no querer cenar, le parecía que estaba bastante raro, como ido. La verdad que el chaval siempre me había pillado cada vez que mentía, así que decidí comentarle que algo que comimos a la tarde no me había sentado bien.

La respuesta casi me hizo caerme de la cama, ya que Sergio, me dijo, que le parecía muy extraño, que más que sentarme algo mal, el diría que algo me había sentado demasiado bien, sobre todo por la sonrisa estúpida que tenía en la cara, tras lo que apago la luz.

A la mañana siguiente, todo parecía normal. Sergio estaba desayunando, cuando aparecí en el salón.

Comí algo, me puse mi bañador Quiksilver rojo, y salimos pitando a la piscina. Al llegar, allí estaba Jorge, con su melena, su bronceado cuerpo, su bañador amarillo. Nos recibió con una sonrisa, preguntando que nos apetecía hacer ese día.

Finalmente se eligió piscina y después tenis, así que después de un rato en el agua, nos secamos, y nos fuimos a la zona de juego.

Éramos tres, así que nos buscamos un cuarto chaval para poder hacer unos dobles. Ese día, Jorge convenció a Sergio para que jugase con el desconocido y así el hacerlo conmigo.

El partido fue bien, divertido y disputado, si no fuera por el pequeño detalle de que Jorge cada vez que se hacía un tanto, se me acercaba y me hablaba de lo contento que se fue el día anterior a la cama, de lo bien que lo íbamos a pasar a la tarde, y cosas así, que me mantuvieron tenso todo el resto del juego, provocando en mi fallos garrafales que normalmente no cometía.

Sergio, a cada fallo, lo acompañaba con cosas del estilo de “que pasa hermanito, no te centras”, o “hoy no es tú día”, a lo que Jorge le replicaba por lo bajo con lindezas de “tiene razón, pero luego lo compensaras con creces”.

Tras el partido y el preceptivo baño, nos fuimos a comer.

Jorge me pregunto si les parecería bien a mis padres que fuese a comer con nosotros. Extrañado pero contento, le asegure que no habría problema. No entendía muy bien que pretendía el chico, pero me apetecía comer con el.

Tras la comida, que resulto amena y agradable, nos dispusimos en el sofá a ver los Simpson, como acostumbraba, mientras mis padres terminaban de recoger las cosas y se preparaban para volver a la playa a la sesión vespertina. Cuando se marcharon junto con Sergio, dejándonos solos, estábamos medio adormilados en el sofá. Pasados unos minutos, Jorge salto hasta el balcón, y tras asegurarse que mis padres y hermano habían llegado a la playa, se me lanzo encima, diciéndome, que ahora era todo suyo.

Lo primero que hizo fue volver a besarme, pero esta vez no como el día anterior. Esta vez había muchas más ganas y movimientos de lengua. Parecía querer acabar con mi boca cuanto antes, aunque el beso a su vez, parecía interminable. Tras largo rato comiéndonos la boca literalmente, se separo de mi cara sujetando con sus dientes mi labio inferior, estirándolo, hasta soltarlo de repente, sonriendo, y haciéndome saber, las ganas que tenia de hacer aquello, desde que nos despedimos la noche anterior en el portal.

Nos besamos durante minutos que sumaron al menos una hora. Según se alargaba el momento, los besos pasaban de apasionados a dulces. Nuestros cuerpos semidesnudos, se rozaban uno con otro, intentando fusionarse. Las vergas se rozaban entre ellas duras bajo los bañadores.

Jorge abandono mi boca, para acercar su lengua a mi oído derecho, donde lamio y succiono el lóbulo, degustándolo tranquilamente, consiguiendo que me derritiese de placer.

Con un sutil hilo de voz, y entre succión y succión, me pregunto si había tenido pareja antes. Al responderle negativamente, giro mi cara para mirarme a los ojos. Dejando un fugaz beso en mis labios, volvió a hablar, bajito, para preguntar esta vez sí estaba a gusto, a lo que respondí que estaba encantado, siendo esta vez yo quien probase sus labios.

Nuestros cuerpos se acomodaron uno junto al otro en el incómodo sofá del apartamento de vacaciones. Mi pene, únicamente separado por nuestros trajes de baño, quedo pegado al culo de Jorge. Este, de vez en cuando realizaba un sutil movimiento, como asegurándose que mi pene se mantenía bien tieso, cosa que no era necesaria, ya que sentir su cuerpo pegado al mío, oler su pelo, lamer su cuello, eran suficiente estimulo, para que no hubiese el menor síntoma de debilidad en mi virilidad.

Mi mano acariciaba su pecho e iba bajando hasta toparse con la cinturilla del traje de baño amarillo de Jorge, que tan bien le quedaba, pasando sobre ella, para buscar el miembro duro de mí ahora, novio.

Acariciar su verga sobre el bañador era una sensación magnifica, pero estaba seguro que tenía que ser mucho más placentero hacerlo sin obstáculos por medio. Cuando por fin me decido a soltar los cordones del bañador, Jorge me sorprende preguntándome si me apetece que hagamos el amor. No sé qué contestar ya que no sé a qué se refiere exactamente. Mi pregunta es obvia, ¿no estamos ya haciéndolo? Él se ríe ante mi inocencia y me pregunta si me apetece estrenar su culito.

Me quede petrificado. No me imaginaba como podía yo hacer tal cosa. Jorge, leyendo mi pensamiento una vez más, se incorporó del sofá, y de la mano me llevó hasta el cuarto donde dormíamos mi hermano y yo. Sin decir nada, soltó el cordón de su bañador, dejándolo caer, quedando totalmente desnudo ante mis ojos. A continuación, se acercó, y con mucha delicadeza, desabrochó mi Quicksilver, apartando mi dura verga con delicadeza, evitando así que se enganchase con la prenda, para dejarme también en cueros.

Con un beso me dirigió a la cama, donde me acosté boca arriba. Sin soltar mi miembro, lo acarició delicadamente. Con decisión, se subió sobre mi cintura, colocándose en posición para ser taladrado. El primer intento es nulo. Su agujero no cede a la presión, y mi polla se resiente de dolor al doblarse. Es claro que Jorge en estaba lides esta tan verde como yo mismo, así que reacciono y decido tomar la iniciativa.

Avisándole, me salí de debajo, y busque en el neceser de mi madre algo como la vaselina de labios que siempre llevaba. Regrese al lado de mi novio, que me esperaba en la cama expectante mientras acariciaba su miembro. La estampa es maravillosa, pero no me detuve a observarla mucho, ya que estaba decidido a terminar el trabajo.

Colocando a mi chico boca abajo en la cama, unté mi dedo índice con bastante vaselina, que puse en la entrada de su ano. Con el mismo dedo fui esparciendo la crema sobre la parte exterior del ojal, para posteriormente, comenzar a introducir, primero la yema, después la primera falange, y posteriormente el dedo completo.

La presión que ejercía Jorge sobre mi dedo era a ratos muy grande. Su esfínter luchaba por sacar al intruso, mientras que la respiración de mi chico denotaba entre gozo y esfuerzo por aguantar. Comprendiendo su situación, aún con el dedo en su interior, me acerque a su oreja, para preguntar qué tal iba la cosa, a lo que respondió con in intento de morreo, y la confirmación de que se moría porque siguiera adelante.

Sacando el dedo de su interior, volví a untar el mismo con más crema, y esta vez el intento de perforación lo hice con dos de mis dedos. Al acariciar el exterior con ambos, Jorge gemía ostensiblemente. Al intentar entrar, los gemidos se entrecortaban con pequeños quejidos, pero que desaparecieron una vez ambas falanges se acomodaron en su interior, y procedieron a “ablandar” el orificio con un suave masaje.

¿Crees que ahora entrara? Me preguntó con cara de deseo. Sin responder, recubrí de crema el glande de mi pene, y tumbándome en la cama, le invite a sentarse, como intentó la primera vez.

Según se iba acuclillando sobre mi herramienta, su orificio se abría suavemente ante mi glande. La sensación era increíblemente morbosa. Ver como Jorge reculaba con sumo cuidado mientras parte de mi cuerpo desaparecía en su interior, me resultaba sublime. Cuando poso sus nalgas sobre mi cintura, Jorge me confirmo jubiloso que todo mi pene estaba en su interior. En esa posición se mantuvo unos segundos, acomodándose, mientras notaba como sus entrañas masajeaban mi miembro suavemente, trasladándole un intenso y placentero calor.

Ahora creo que hay que moverse, comento mientras subía ligeramente su cuerpo y volvía a dejarlo caer, y me trasmitía sus buenas sensaciones.

Por mi parte estaba ensimismado observando la acción de mi amante. Como su leve movimiento provocaba tanto placer en mi anatomía. Disfrutando de como ese chico al que apreciaba tanto, podía simplemente con la expresión de su rostro trasladarme tanta complicidad.

Repentinamente Jorge se incorporó, para tumbarse a mi lado, momento que aproveché para saborear su boca. Me comento que eso echaba de menos. Poder besarnos mientras se la metía, por lo que en un alarde de flexibilidad, encogió las piernas sobre su pecho, ofreciéndome de nuevo su ahora dilatado agujero, para que, situándome entre ellas, y tras volver a hundirme en su interior, dejarme caer sobre su pecho y besarlo apasionadamente.

Además, una de mis manos tenía perfecto acceso a su sexo, que comencé a acariciar y que agradecido al masaje se endureció completamente casi al momento. Así las cosas, la eyaculación de ambos no se hizo esperar. Por mi parte en su interior. Jorge lo hizo, de forma abundante, sobre su propio pecho. Las últimas embestidas de mis caderas, coincidieron con las caricias finales sobre el falo de mi novio, de forma que nuestros orgasmos se extendiesen en ambos cuerpos simultáneamente.

Derrotados por las sensaciones y el esfuerzo, nos mantuvimos acurrucados durante varios minutos, que aunque seguramente nadie me crea, fueron para mí, tan sublimes como los vividos en el frenesí de nuestro acto sexual.

Pasado un buen rato, le invite a lavarnos, ante la posibilidad de que alguien pudiese volver al apartamento, cosa que hicimos rápidamente. Posteriormente, tras reponer fuerzas con unos sabrosos bocadillos, entre muestras de cariño mutuo, volvimos a enfundar nuestros desnudos cuerpos en las prendas de baño, y abandonamos el apartamento camino a la piscina, donde, tras darnos un chapuzón, tomamos el sol, sin separarnos en toda la tarde más de lo necesario.

Durante lo que restó de verano, nuestros escarceos fueron continuos, siempre y cuando las circunstancias nos permitieron estar a solas el tiempo suficiente, aunque de lo que mejores recuerdos tengo, es de los momentos cómplices que compartimos, tanto a solas, como en compañía de amigos o familia.

Uno de los últimos días que pudimos estar juntos, hablamos sobre la dificultad de que pudiésemos volver a estar juntos una vez acabadas las vacaciones. Muy probablemente, la distancia enfriaría nuestra relación, y casi era imposible que mis padres repitiesen destino vacacional en años posteriores. La realidad, leída perfectamente por dos adolescentes con la cabeza bien amueblada, invitaba al inevitable y no por ello indeseado final. Con la libertad que tener las cosas tan claras facilita, esos últimos días fueron más especiales.

El día antes de la despedida, Jorge me propuso irnos solos, a la noche al pueblo, a lo que accedí gustoso. He de reconocer que me costó convencer a mis padres, para que me dejasen ir, ya que tenían preparada una cena con todas las familias de amigos, pero finalmente y ante mi insistencia, accedieron. Jorge, además, me propuso que para la ocasión me vistiera con ropa que de verdad me gustase, que utilizase ese día mis prendas favoritas.

Y así lo hice. Me coloque las bermudas de bolsillos que tanto me gustaban, junto a la camiseta rosa que me había comprado mi madre, y con la que lucía genial morenito como estaba al final del verano. Además, me coloque como ropa interior unos calzoncillos de marca, que me habían regalado en navidad, y con los que fardaba mucho los fines de semana. Las sandalias de dedo completaron las estampa que el espejo me devolvía, mientras presumido y encantado me fijaba el pelo un poco en punta con la gomina de mi hermano mayor y un cepillo.

Cuando me dispuse a salir, mi hermano Marcos, delante de mis padres, me comento lo mucho que me había preparado para la ocasión, a lo que mi madre respondió con la típica mención a que hubiese de por medio alguna chica. En estas Marcos no pudo aguantarse sin mencionar que quizás Jorge sepa algo de eso, a lo que respondí abandonando el apartamento, antes de que me obligasen a dar más explicaciones de las necesarias.

Nervioso, esperé a Jorge en el paseo de la playa, como habíamos acordado. Cuando por fin le vi salir del complejo de apartamentos, pude disfrutar de cómo se acercaba, luciendo los pantalones de peto de nuestro primer encuentro, ahora acompañado con una camiseta blanca de manga larga con estampados de Quiksilver, y unas zapatillas de tela también blancas, sin calcetines. Estaba guapísimo, o al menos, a mí me lo parecía.

Según se me acerco, lo primero que hizo, fue acariciar mis manos, susurrar al oído, que o cerraba la boca, o todo el mundo se iba a dar cuenta que éramos más que amigos.

Sinceramente, me costó reaccionar. Aún estoy convencido de que sigo enamorado de aquel chico.

Cuando se separó un poco de mí lado, fui yo quien me acerque a su oído, para agarrándole de la mano, decirle que me daba igual lo que los demás pensasen, dejándole un beso en la mejilla, para posteriormente, invitarle a pasear así agarrados, camino del pueblo.

El paseo fue increíble. Sin prisa por llegar a ninguna parte, fuimos avanzando mientras hablábamos de cosas intrascendentes. En un momento dado, cuando estábamos a la altura de los recreativos, Jorge me propuso sentarnos en el muro del paseo. Entonces me pregunto si finalmente había elegido mis prendas de vestir favoritas, a lo que le conteste afirmativamente, explicándole como aquellas bermudas me encantaban y me las ponía siempre que podía, como aquella camiseta era un regalo de mi madre, y como, los gayumbos que llevaba, que si quería le enseñaba, eran también bastante especiales. El por su parte, me conto como aquel pantalón era muy especial para él, porque no mucha gente los usaba, y eso le hacía sentirse único, pero sobre todo, por el día que pasamos juntos en nuestra primera cita. Como la camiseta que llevaba, se la había comprado tras ahorrar mucho, y como los gayumbos, eran un regalo de alguien importante para él. Así que, me propuso, que si me parecía bien, quería que, en vista de que muy posiblemente esa fuese la última vez que nos viéramos, nos intercambiáramos la ropa como recuerdo.

No voy a negar, que la propuesta me pilló por sorpresa. Tras meditarlo un rato y hablar los pros y los contras, decidimos que era una idea genial, pero le dije, que me gustaría hacerlo en ese momento, sin esperar a la despedida, lo cual acepto encantado, por lo que nos dirigimos al servicio de la sala de juegos, con intención de realizar el cambio.

Al acceder a los baños, Jorge se dirigió directamente a uno de los cubículos con puerta, mientras que a mí no me quedo más remedio que irme al urinario de pared, y allí disimular, ya que en otro de ellos se encontraba un chico orinando, y no era plan de que nos viese entrar a ambos al mismo reservado. Una vez se hubo marchado el inoportuno muchacho, me dirigí al cubículo donde me esperaba Jorge.

Según entre, lo primero que hice fue girarme a cerrar el pestillo de la puerta, momento en que mi novio aprovecho para abrazarse a mí, y besar mi cuello, produciéndome un pequeño escalofrió, para posteriormente susurrar en mi oído, si ya nos habíamos quedado solos, a lo que respondí con un leve movimiento de cabeza, mientras con los ojos cerrados disfrutaba del contacto de sus labios en mi piel.

Poco a poco, me fui dando la vuelta, para poder unir nuestros labios. El beso fue suave, sin prisas, mientras nuestras manos se juntaban entre sí, entrelazando los dedos, para posteriormente, comenzar a separar nuestros cuerpos, no sin pesar por parte de ambos, recordando el motivo que nos había llevado hasta aquel lugar.

Jorge tomo una vez más la iniciativa, ayudándome a deshacerme de la camiseta, y desabrochando el cierre de mis bermudas, que con cuidado dejo sobre la tapa cerrada del urinario. Así como estaba en gayumbos, me observaba. Estos eran unos boxes ceñidos de la marca Volcom, estampados en colores rojos y negros, con diferentes figuras. Me comento que eran muy chulos.

Por mi parte, comencé a soltar los cierres laterales del pantalón de Jorge, para a continuación, también con mucho cuidado, ir descolgando los tirantes de sus hombros, y sin que tocase el suelo, sacar finalmente el pantalón por sus piernas. Tras librarle de su camiseta de manga larga, y dejar todo bien doblado sobre mi ropa, pude disfrutar de su cuerpo, ceñido en otros boxers, estos Quicksilver, bien pegados también, que dejaban adivinar la erección que tenía mi chico, de color granate oscuro, que como le deje saber, me encantaron.

Este momento lo disfrutamos un montón, entre caricias mutuas, besos y sobeteos. Finalmente Jorge me propuso intercambiarnos las prendas que aun portábamos, lo que hicimos, a la vez, a la hora de desprendernos cada uno la que portaba, pasándosela al otro, para a continuación volver a enfundarnos en ellas.

Ahora Jorge portaba mi prenda roja y negra, mientras yo sentía mi sexo enfundado en sus verdes Quicksilver. De nuevo volvieron las caricias y magreos. Por supuesto los besos. En un momento, Jorge se hace con su camiseta, y me ayuda a colocármela. Yo hago lo mismo, con la que hasta ahora era la mía, que le coloco encantado. Aunque Jorge es algo más alto que yo, usamos tallas parecidas. Lo siguiente que tengo a mano, son mis bermudas, que rápidamente entran por sus piernas, para, a continuación abrochárselas a la cintura. Me encanta como le queda, lo que le hago saber, comiéndole los labios. Es el turno del peto. Jorge lo coloca de forma que pueda introducir mis piernas en él, para seguido subir la cintura hasta mis manos. Ahí va atando uno a uno los botones laterales de la cintura. Cuando ya los tiene todos fijados, sujeta la tela del babero, para a continuación pasar uno de los tirantes por mi hombre, y amarrarlo a la hebilla correspondiente. Mientras observo sus movimientos, voy notando como la prenda cuelga de mi hombro, lo que me hace sentir inquieto. Nunca he usado una prenda de ese tipo, y me siento algo raro. Jorge parece leer mi pensamiento, y me comenta que me queda genial, mientras roza mis labios con los suyos. Tras enganchar el segundo tirante, ajusta la longitud de las correas, ya que como he dicho, al ser un poco más alto que yo, quedarían demasiado largas. Una vez la maniobra finalizada, ambos nos observamos mutuamente, encantados con la imagen que recibimos.

Es hora de salir al exterior. Jorge se dispone a abrir el seguro de la puerta, pero antes, me da un último beso, y me comenta que espere dentro a que compruebe que no hay nadie en el baño. A los pocos segundos de haber salido, me llama para que salga yo, cosa que hago de inmediato. Me está esperando junto a los espejos de los lavabos, donde rápidamente me asomo, para ver mi figura en la ropa de Jorge, que el espejo me devuelve, y donde puedo observar el reflejo de ambos sonrientes, encantados con lo que vemos. Un nuevo beso de complicidad, y el ánimo justo para irnos de aquel lugar, a continuar con nuestra noche especial por el pueblo.

Risas, conversaciones cómplices, carantoñas mutuas, en definitiva una de las mejores noches de nuestras vidas. Tras horas por las zonas más concurridas del lugar, la noche nos acerca a la playa, desde donde al fondo podemos ver los apartamentos en los que esperan nuestras familias con las maletas preparadas. Antes de la definitiva despedida, nuestros cuerpos nos llevan instintivamente a una zona apartada, desde la que únicamente se observa el mar, iluminado por la luna llena de verano. Junto al acantilado formado por altas rocas, nos recostamos en la arena en silencio, acurrucados el uno en el otro. Pasados muchos minutos de suaves caricias en el pelo, cara, brazos, Jorge me mira a los ojos y me besa los labios.

Ahora quizás esperéis un último encuentro sexual tórrido, pero, sin ánimo de decepcionar a los lectores de esta historia, no es lo que sucedió.

Las calenturas se habían quemado durante las numerosas tardes de siesta. Las premuras por matar las ansias de nuestros cuerpos, estaban más que saciadas en esos encuentros. Lo que realmente estaba sobre la arena de aquella playa, era la dependencia creada durante esos días del uno por el otro, que se rompería en horas por el inevitable regreso a nuestras ciudades de origen, a más de 400 kilómetros de distancia.

Muy probablemente las redes sociales nos mantengan en contacto un tiempo, pero nunca será lo mismo. El destino cruel de la separación llevara nuestras vidas por caminos muy diferenciados.

La hora ha llegado. De la mano, nos incorporamos y suavemente nos dirigimos paseando por la orilla hacia nuestro destino. En una mano, nuestro calzado, la otra no quiere soltarse de la del amado bajo ninguna circunstancia. Al llegar al complejo, sin darnos cuenta entramos a los columpios donde hace tanto tiempo, o eso nos parece, empezó todo.

Jorge se situó de nuevo en el columpio donde aquella noche me beso por primera vez. De nuevo me encontré de pie frente a él.

Sin nada que decir, me sujetó por la cintura con ambas mano y me obligó a acercarme. Me dejé hacer. Distraídamente juguetea con los botones de su pantalón que ahora llevo yo. Me preguntó si no iba a tener problemas por aparecer vestido con su ropa, a lo que le respondí que no me importaba. Que era el mejor regalo que me habían hecho nunca. Él sonrió. Yo me derretí. De nuevo le acompañe hasta la puerta de su apartamento, y nos despedimos para siempre, o eso creíamos en aquel momento.

Al entrar en el apartamento de mis padres, todo estaba en silencio. El tener que madrugar para viajar a casa, les había llevado a la cama. Sin preámbulos me dirigí a mi habitación. Al entrar, me encontré a Sergio leyendo. De forma distraída, levantó la vista del libro y fugazmente para saludarme, volviendo a la lectura sin realizar ningún comentario.

Reconozco que estaba algo nervioso por ver su reacción ante mi atuendo, pero en principio no se percató, o no le dio importancia, por lo que sin perder tiempo, saque la ropa de dormir del armario, y me fui cambiando, para finalmente acabar en la cama.

¿Qué tal lo habéis pasado? – comentó Sergio tras finalizar el capítulo, cerrar el libro y dirigirme su mirada.

Muy bien – le respondí, con naturalidad, mientras mi mirada se perdía en el techo – ha sido una noche increíble.

Jorge es un tío genial – añadió para afirmar a continuación – imagino que le vas a echar mucho de menos.

Sorprendido, me gire hacia Sergio, que me observa desde su cama.

¿Desde cuándo lo sabes? – le pregunte.

No sé – dijo – hace una semana o así volví al apartamento una tarde y estabais dormidos acurrucados desnudos en esa cama. Después ya, solo ha hecho falta observaros.

¿Se lo has contado a aita y ama? – inquieto susurre

No – respondió apagando la luz para dormir – a nadie. Eso es cosa tuya.

Una actitud muy madura para un chico de su edad. Ni que decir tiene, que desde ese momento nuestra relación de hermanos cambio, para bien.

Una vez de vuelta en casa y comenzado un nuevo curso, como se podía prever el contacto con Jorge poco a poco se va diluyendo. Aunque inicialmente hacemos esfuerzos ambos por mantenerlo, las ocupaciones de cada uno llevan a lo inevitable.

Pasado el tiempo, de vez en cuando, cuando tengo añoranza de él y no logro contactar, abro el armario, saco las prendas que me regalo y me las pongo para salir, ir a clase o lo que toque en ese momento. La verdad que fue una gran idea el intercambio, y pienso si Jorge también llevara en ese momento mi ropa con el mismo sentimiento que lo hago yo mismo.

Pasado un tiempo, Sergio me hizo una petición que me sorprendió bastante, y a la que en principio no accedí. Era fin de semana y el chico había quedado con su novia para ir al cine. Lo que quería era que le prestase el pantalón de Jorge para ponérselo esa tarde, pero como os dije, en principio me negué.

Ante su insistencia, y después de pensarlo durante la pequeña siesta en el sofá de casa antes de salir con los amigos, me dirigí a mi habitación para hablar con Sergio.

¿Porque quieres ponértelos? – le pregunte.

María (su novia) me dice que soy un poco clásico vistiendo, y he pensado en esos pantalones – me respondió – ¿Me los vas a dejar?

Pruébatelos si quieres aquí – le dije entregándole los pantalones – pero no sé si podré soportar vérselos puestos a otra persona que no sea Jorge.

Sergio se enfundo el peto sin problemas. Su cuerpo, como ya he comentado, era muy parecido al mío, por lo que la talla le iba genial.

Una vez colocado en su sitio, se puso a mirarse en el espejo de la habitación. No podía dejar de mirar cómo se movía para verse bien. Verle con aquella prenda puesta, me trajo grandes recuerdos, tan buenos que no me di cuenta, que Sergio mirando cómo estaba embobado observándole se estaba acercando poco a poco a mí.

Sin poder dejar de mirar mientras caminaba en mi dirección hasta ponerse a distancia de mi mano, fui tocando primero su pernera, después su cintura, pasando mi mano por el lateral de la prenda.

Sé que te trae grandes recuerdos – me comento Sergio entre risas, devolviéndome a la realidad – pero recuerda que no soy Jorge y que la carne es débil, y que no soy gay, y sobre todo, que somos hermanos…

Mirándole a la cara, le dije que como le quedaban genial, podía llevarlos esa tarde para ir con María, pero que después los tenía que devolver a mi armario y no volver a ponérselos, lo que acepto encantado.

Me quede bastante triste ya que ese momento me había recordado de nuevo a Jorge. Hacía tiempo que no hablábamos, mucho tiempo. Me conecte al PC para ver si había suerte, pero no le encontré conectado.

Busque en las redes motivación para desahogar mi cuerpo, y después, me metí en la cama hasta el día siguiente, desenado que la mañana comenzase con nuevas fuerzas para seguir con el día a día.

Al despertar, en la silla de mi habitación estaba doblado el pantalón, y encima una nota de mi hermano que decía: “Muchas gracias Iker. Ha sido todo un éxito con María. Te lo recompensare”.

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