Mi luna de miel con eva -3

Noté ojos clavados en el movimiento de sus tetas cuando caminaba, y también al sentarse. Mi esposa estaba nerviosa, pero los pezones se le habían empitonado y tenía la cara sonrojada, y una mirada turbia.

– En qué estás pensando? – le pregunté.

Apartó los ojos de los corneadores para mirar directamente a los míos, pero el camarero interrumpió su respuesta. Me sorprendió pidiendo una botella de champagne.

– Estamos celebrando algo?

– Sí, que te quiero.., te parece poco?

– Y lo de esos tíos?

– Eso fue un calentón.., perdóname.., no se volverá a repetir.

Pero mientras hablábamos, los dos tipos se acercaron a nuestra mesa, sin apartar los ojos de los pezones de mi mujer, que casi asomaban por el escote de la camiseta. Eva les vio venir y se acercó más a mí, como buscando protección, aunque al hacerlo dejó sitio a su lado en el sofá.

– Hola parejita –soltó Ramiro, sin mirarme siquiera, la mirada puesta en su objetivo.

– Hola-le contesté de mala gana –Carlos permanecía en un segundo plano, como a la expectativa.

Se sentó sin pedir permiso. Cuando fui a decirle que queríamos estar solos se acercó el camarero, traía el champagne, pero con cuatro copas. Me quedé atónito y bajé los ojos cuando me miró con descaro.

Pasó la mano por la cintura de mi mujer, mientras le daba dos besos, el segundo se prolongó en demasía, en la comisura de los labios. Cuando se apartó, Eva estaba rígida, y le miraba con los ojos muy abiertos, entre sorprendida y asustada, pero no apartó la mano, que se coló en su espalda, de tal forma que yo no podía verla.

– Puedo? –preguntó Carlos mientras se sentaba enfrente, le miré para asentir y luego bajé los ojos, avergonzado, no sabía cómo reaccionar.

Ramiro se acercó más a mi esposa, en esa posición tenía libre acceso a toda su espalda. Note el temblor de mi mujer.

– Ramiro, por favor… -dijo en un susurro apenas audible, al que él respondió con una sonrisa prepotente. Carlos también se sonreía, y empezó a masajearse el paquete en un gesto absolutamente obsceno.

Eva me miró entonces, noté en sus ojos una súplica, no sé si pidiéndome permiso o perdón. Tenía los labios húmedos, entreabiertos. Vi cómo se mordía el inferior, en un gesto increíblemente sexy, como evitando un gemido.

Ramiro alzó entonces su brazo izquierda –la otra seguía oculta a mis miradas- levantando su copa.

– Por la parejita de enamorados.

– Y por la mejor bailarina de la disco –le imitó Carlos.

Eva se incorporó ligeramente para brindar, con una sonrisa nerviosa. Atisbé suficiente para ver que la mano de Ramiro estaba escondida dentro de la blusa. En esa postura Carlos tenía una visión perfecta de sus tetas, y sonrió mientras las miraba fijamente.

Eva puso su manita en el brazo de Ramiro, como para detenerle, pero sin fuerzas, él me miraba con suficiencia mientras yo miraba como esa manaza subía por el costado, acercándose al nacimiento de sus senos.

Aparté los ojos, bebí mi copa de un trago y me serví otra. Para mi vergüenza, estaba completamente empalmado.

Dueño de la situación, Ramiro tapó con su voz un ligero gemidito de mi esposa:

– Os está gustando la estancia en nuestro hotel?

– Sí –consiguió balbucear Eva con una voz aniñada- es muy…

No pudo continuar, se le escapó otro gemido, ahora claramente audible, la miré entonces y vi que Ramiro había tomado ya posesión de una de sus tetas por dentro de la blus, y se la manoseaba con descaro. Mi esposa se incorporó entonces bruscamente, como para parar el abuso.

– Voy al baño

– ¿Te acompaño? –le dije, incorporándome yo también, pero Ramiro me retuvo.

– No te molestes, ya lo hago yo, para que no se pierda.

Al menos tuvo la deferencia de no manosearla mientras caminaban. Les vi perderse en el pasillo, con un nudo en el estómago que se incrementó cuando empezó a hablarme Carlos.

– No se preocupe, vendrán pronto. Ramiro es muy atento con las mujeres que nos visitan. Le gusta atender personalmente a las recién casadas, y quedan siempre muy satisfechas.

– No tengo nada de qué preocuparme –le contesté en tono desabrido- mi mujer me contó lo que pasó estar tarde y me ha prometido que no volverá a repetirse, que me será siempre fiel.

– Claro, claro – se sonrió- ¿otra copita?

Miré el reloj a los diez minutos, luego a los quince. Estaba a punto de ir a buscarla cuando la vi venir, acalorada, Ramiro la seguía, con su sonrisa de chulo. Fue hacia la barra e hizo un gesto a su amigo para que le acompañara. Carlos se levantó apresurado, y se fue no sin antes lanzar una mirada de deseo a los peones de Eva, que parecían querer salirse de la blusita.

– Has tardado mucho, ¿qué ha pasado?

– No te enfades, por favor.. –me miró con ojos suplicantes, la respiración aún agitada, la voz temblorosa.

– Te ha follado?

– No, no le dejé, pero…

Al escuchar su respuesta noté como me regresaba la erección, que había perdido mientras la esperaba.

– ¿Pero qué? ¿Vas a contármelo?

– Sólo si me prometes no enfadarte…

Asentí. Me miró a los ojos, y en los suyos aún no había desaparecido la aprensión. Noté que tenía los labios mal pintados, como si lo hubiese hecho apresuradamente.

– Viste que me siguió al baño, aunque fui allí para escaparme de él. Me estaba metiendo mano aquí y necesitaba evitarlo de alguna manera. No te diste cuenta?

– No – le mentí por vergüenza- no vi nada.

– Al entrar le pedí que me esperara fuera y fui a lavarme la cara –comenzó- pero cuando me enjuagaba el jabón noté que me sujetaban de las caderas. Estaba detrás de mí, muy pegado, obligándome a sentir su paquete.

Bajó la mirada cuando la abracé, sentí como temblaba, estaba al borde de las lágrimas.

– Tranquila, mi amor, no pasa nada.

– La tiene muy grande, ¿sabes? -Se animó a continuar- me la pasó entre las piernas desde atrás, y la notaba por delante mientras me mordisqueaba la nuca. Intenté apartarme, pero me tenía empotrada, y ese roce, sin saber cómo me había sacado las tetas y las sobaba..

Eva me hablaba al oído, no sé si consciente de que cómo me excitaba, y más al ver cómo se le erizaban los pezones al rozarse con mi cuerpo.

– Le pedí que me dejara, se lo rogué, pero el se reía. Sentí como se frotaba contra mi coñito, desde atrás, abriéndome y apartándose. La puntita nada más, me decía, jugando conmigo. La metía y la sacaba, y el cuerpo no me respondía, Yo no quería, pero empecé a moverme al ritmo que me marcaba…, estaba muy mojada.

Mi esposa tenía la mirada perdida mientras relataba, y la callé un segundo con mi boca. Me respondió abriendo la suya, con desesperación, dejando que mi lengua jugara con la suya en un morreo brutal, que se prolongó varios minutos. Entonces se apartó jadeando. Necesitaba contarlo todo.

– Me dijo que era su zorrita y cuando le contesté que te amaba a ti me metió dos dedos en la boca. Los mamé, mi amor. Se los chupé mientras los metía y sacaba como si fuese una polla en mi boca. Entonces paró. Me lamió la oreja mientras susurraba que no tenía prisa, que iba a suplicarle que me diera su rabo.

– ¡Ese tipo es un cerdo!- exclamé.

– Sí pero yo eché el culito hacia atrás cuando se iba, y me faltó muy poco para pedirle que me la diera. Mi amor –gimoteó- te amo, pero no puedo evitar que me haga sentir como una puta.

Entonces me levanté, y la ayudé a incorporarse. Recorrimos la disco a paso lento, Eva con la cabeza en mi hombro, sin atreverse a mirar al chulo, que nos saludó desde la barra cuando salíamos.

– Mi vida –le dije al entrar en la habitación- estoy muy orgulloso de ti. Me lo has contado todo y además has resistido a ese cerdo. Ese cabrón tiene mucha experiencia, sabe cómo someter a una mujer, y tú no te has dejado corromper.

La desnudé y me metí en la cama con ella, abrazándola, y noté como se relajaba poco a poco hasta que se quedó dormida en mis brazos. Yo me quedé desvelado, con la imagen en la cabeza de los dedos de ese macarra follándose la boca de mi niña.

Permanecí quieto, con la respiración pausada, incluso cuando noté que Eva empezaba a moverse de forma reveladora, pero entreabrí los ojos para comprobar que se estaba masturbando, y estaba seguro de quien era el que provocaba su calentura, incluso antes de escucharla claramente:

– Ramiro, follame…mmm

Me dormí cuando casi estaba amaneciendo, y por eso fue Eva quien se levantó al escuchar los golpes en la mesa y el ya familiar sonsonete de “servicio de habitaciones. Se puso apresuradamente mi camisa para abrir la puerta con solo dos botones desabrochados. No tuve fuerzas para levantarme de la cama,

– Hola Evita, saludó la voz inconfundible de Ramiro en un susurro.

Supe que eran dos cuando contestó mi mujer, en el mismo tono bajo.

– Hola, no hagáis ruido, por favor, Javi está dormido.

Hubo unos instantes de silencio, pero debieron tomar el comentario como una carta blanca para actuar, porque lo siguiente que escuché fueron unas súplicas entrecortadas de mi amada.

– No, no, por favor…

– Calla putita, verás como te gusta el desayuno que te hemos preparado. Te lo vas a comer todo –le contestó.

El silencio posterior se me hizo interminable. Solo escuchaba la respiración agitada y unos sonidos acallados como de una boca llena. Me incorporé sin hacer ruido, y mi asomé en el resquicio de la puerta del dormitorio, que estaba casi cerrada.

Nunca podré olvidar la escena. Eva forcejeaba débilmente, moviendo sus manitas, pero Ramiro se habóa colocado a su espalda –al parecer le gustaba someter en esa posición a sus juguetes- y la sujetaba la cabeza con una mano mientras le pasaba la lengua por los labios. La otra mano estaba semioculta, pero se percibía el movimiento circular por el bajo de la camisa, y supe que la estaba sobando.

Pensé en intervenir, pero entonces Carlos le abrió la blusa para succionarle los pezones y mi mujer entreabrió los labios, dejando paso a la lengua invasora. Desde mi escondrijo vi como en una pesadilla sus manitas quietas, el gesto de gemido mudo, la lengua del cerdo tomando posesión de su boca y los labios de Carlos succionando el pezón.

– No sigas…por favor..mmmmm –jadeo-pero Ramiro le puso un dedo en la boca, como exigiéndole silencio

– Calla, putita, ¿o prefieres que tu maridito vea como te comemos? –

Su otra mano se movía ya de forma candenciosa, y supe que ya la estaba dedeando.

Carlos le mordisqueaba el pezón, estirándolo con los dientes, mientras amasaba el otro pecho con un mano. Mi niña había puesto las manos en sus hombros, como intentando separarle, pero observé que lo hacía sin fuerzas.

– ¿Quieres verga, zorra? Le espetó Ramiro, mientras miraba hacia la puerta donde yo estaba escondido con una sonrisa en la boca, como adivinando que yo estaba mirando

– No, por favor…no me metas eso

Entonces vi como asomaba el capullo por delante, brillante, humedecido. Lo colocó en la entrada.

– Estás mojada, putita -siguió- creo que voy a clavártela en tu cama.

MI LUNA DE MIEL CON EVA- 3

Eva abrió mucho la boca, como en una “o” muda, boqueando, buscando aire, y no se resistió cuando Carlos bajó una de sus manitas a su polla, haciendo que la moviera a lo largo de su palo. Ramiro le abrió la blusa, sin dejar de mirar a la puerta, como ofreciéndome el espectáculo y vi cómo le introducía el cabezón unos centímetros. Se movió unos instantes, y luego la sacó lentamente, para volverla a meter, un centímetro más.

La hizo avanzar un paso hacia donde yo estaba, a solo dos metros, pajeándome mientras soportaba como la sometían.

– Donde la quieres, zorrita? –preguntó el chulo, regodeándose.

– No…me…metas…tu…pollaaammmmmmmmmmmmmm

Contrariando sus palabras, Eva movía ya su pelvis, buscando el contacto, y Carlos ya no tenía que sujetar su manita, que estaba engolfada, pajeándole. Empezó a inclinarse, lentamente, dejándose llevar, Carlos soltó una de sus tetas para colocar su manaza en la cabeza de mi mujercita y hacerla descender un palmo más.

En esa postura estaba ya totalmente expuesta a Ramiro, que de un empellón le metió la mitad de la verga, obligándola a dar otro paso hacia delante.

– No…no…. ahhhhhhhhhh…no… mmmmmmm… intentó resistirse aún pero fue un último resquicio de voluntad, que se quebró cuando la clavó entera, obligándola a dar otro paso hacia delante.

Carlos se apoyó en la puerta para pasarle el rabo por la cara, dándole golpecitos en los labios a los que mi mujer respondió ladeando la cabeza. Me retiré a la cama, haciéndome el dormido aún, aunque estaba convencido de que Ramiro se había dado cuenta de que les miraba sin rechistar.

Eva se apoyó en lo que tenía delante, los muslos de Carlos, y empezó a convulsionarse en movimientos eléctricos cuando Ramiro empezó a bobearla.

– Esta zorrita se está corriendo –se rio Ramiro, dirigiéndose a su compañero, pero luego continuó, preguntándole claramente a mi mujer

– ¿Quieres que te la saque? – le preguntó mientras hacía un movimiento de retirada

– No…ahhmmmm…. –susurró Eva con el capullo aún dentro de su vagina

– ¿Qué quieres, putita? –volvió a preguntarle entrando de nuevo con todo, llenando cada centímetro de la vagina de mi esposa.

– Fó…lla…me…ahhhhhhhhhhhhhh

Carlos se apartó, pajeándose, mientras el chulo la bombeaba, a un ritmo cada vez más rápido. Eva me miraba, pero ya era incapaz de resistirse, ni siquiera cuando la empujó aún más, hasta conseguir que su cara quedara a centímetros de la mía.

Noté su aliento en la cara y supe que ya no podía disimular más. Abrí los ojos,

– Perdona… aahhmmmmm, perdóname…ahhmmmmm no puedo… ahmmmm… evitarlo….mmmmmmmmmmmm.

– Te gusta lo que ves? –inquirió el corneador, mientras la empalaba contra mí.

Me quedé mudo, aunque acaricié los labios e Eva con la mano para sentir su aliento cálido. La otra mano la tenía escondida, dentro de las sábanas, e una paja frenética. Ramiro aceleró las embestidas y Carlos ladeó la cabeza a mi niña, que gritaba con los ojos en blanco, en un orgasmo incontenible.

– Me llena…ahhh…siiiiii..assiiiii….ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

Entonces Carlos le levantó la cara y le clavó su pollón en la boca, a escasos centímetros de mis ojos. Eva abrió mucho los ojos,, tuvo arcadas, intentaba escapar, se ahogaba, pero el cerdo aguantó así unos segundos. La sacó, para dejarla respirar, y me impactó el gesto de Eva, siguiendo el movimiento, como buscando engullir ese rabo, con la saliva cayéndole por la comisura de los labios.

El ritmo de Ramiro era ahora más pausado, pero las embestidas eran profundas a las que mi mujer, con la boca llena, respondía con sonidos guturales.

– Ya está bien por favor, no me la follen más –y respondieron a mi ruego con carcajadas.

Pero mi ruego pareció animarles. Tuve que ver como el pollón de Carlos entraba y salía de su boca, húmedo, reluciente por sus babas, y tragué saliva cuando vi su capullo gordo saliendo y entrando de la boquita

– Come, zorrita –le dijo- una putita tan complaciente no debe pasar hambre.

Estaba asombrado por su aguante. Llevaban más de una hora sometiendo a mi niña, que había tenido cinco o seis orgasmos. Yo me había corrido dos veces pajeándome y ellos la seguían dando, con todo. Cambiando el ritmo, jugando con su deseo.

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