Mi madre se va de marcha

La misma noche a la que, después de que Boris y yo nos folláramos a mi madre en repetidas ocasiones, la “invitó” el joven para que ejerciera de camarera en una fiesta particular, yo ya estaba pensando en asistir también y disfrutar de los abundantes encantos de mi progenitora.

Pensaba presentarme la misma la noche del sábado en el lugar donde el joven decidió que la recogería, en el mismo lugar del parque próximo a nuestra vivienda donde nos recogió la vez anterior y nos trasladó en un deportivo a una inquietante mansión en las afueras de la ciudad donde innumerables pollas se la follaron en incontables ocasiones.

Tenía pensado presentarme en el parque a eso de las diez y media, es decir, una media hora antes de la hora fijada para que se presentara mi madre.

Aunque no había sido invitado, tenía la seguridad que a mí también me admitirían en la fiesta.

Sin embargo, estaba pensando el pretexto que dar a mi madre para ir. La vez anterior la comenté que dormiría en casa de un amigo, y así pude salir de casa antes de la hora sin que ella sospechara que yo también iba a ir a la fiesta para follármela. Sin embargo, dudaba si en esta ocasión era recomendable utilizar la misma estrategia, ya que, desde aquella noche, no había dormido fuera de casa y, lo que era mucho más importante, tenía la certeza de que mi madre sospechaba de mí, sospechaba que fui yo el que abrió la noche anterior la puerta de nuestra vivienda para que el joven entrara a follársela, y que además esa misma noche se corriera salvajemente en su rostro y en sus tetas, y finalmente la violara.

Como la vez anterior, Boris proporcionó a mi madre dos sobres que contenían un fuerte tranquilizante, uno que debería suministrar a mi padre y otro a mí sin que nos diéramos cuenta, y que nos dejaría sumidos en un sueño profundo más o menos una hora después de ingerirlo.

Fue volver aquél mismo día a casa cuando, en un callejón discreto y nada transitado, se cruzó en mi camino el joven, que, deteniéndome, ratificó lo que ya sabía:

Ya sabes que cuento contigo para acompañarnos la noche del sábado.
Solo moví afirmativamente mi cabeza al escucharle, por lo que inmediatamente prosiguió de forma telegráfica por si alguien nos pudiera vigilar.

Te esperaré en el mismo lugar del parque como la otra vez, aparcado con mi deportivo, pero esta vez será a las once y media de la noche, media hora después de que llegue tu madre. Te doy ahora el mismo disfraz que la otra vez para que te lo pongas cuando salgas esa noche de casa. El disfraz incluye también unos zapatos, como la otra vez. Sal de casa sin la máscara y póntela cuando veas a lo lejos el coche, pero no te olvides que tu madre estará dentro y podría verte el rostro si no te lo pones a tiempo.
Y me dio un paquete que debía contener el disfraz.

Espero unos instantes para que absorbiera lo que me iba diciendo y me puso un pequeño sobre en la mano, comentándome:

Te lo tomas una hora antes de la cena para que te proteja del somnífero que os debe suministrar tu madre tanto a ti como a tu padre. Tu padre dormirá sin enterarse de nada pero tú disfrutarás de tu madre.
Como miraba lo que me había dado, me comentó:

No te preocupes. Es un protector de estómago que funciona perfectamente para el somnífero que empleamos. Lo hemos comprobado en varias ocasiones
Tras una ligera pausa, continuó.

Por cierto, bajo el disfraz que te he dado no lleves esa noche nada, ni calzoncillo ni calcetines ni nada. Completamente desnudo. ¿Has entendido? Nada.
Sorprendido, exclamé:

Pero …
Me interrumpió antes de que finalizara la frase.

Nada. Solo el disfraz. No te olvides, nada. Nada es nada. Y no te preocupes que la protagonista es tu madre. Solo tendrán ojos y pollas para ella.
Aturdido, me callé, solo le miraba expectante, por lo que se despidió, con una sonrisa, aconsejándome

No te hagas muchas pajas hasta entonces, que debes estar fuerte.
Y se alejó a buen paso, y yo, dándole la espalda, me fui ligero hacia casa, con el paquete bajo el brazo y el sobre en el bolsillo.

Abrí la puerta de mi vivienda con la llave y me dirigí hacia mi dormitorio, dejando el paquete en la parte superior del armario, escondido debajo de unas ropas mías.

Mi madre estaba en casa, como prácticamente siempre desde el polvo que la echaron en el ascensor. Esta vez estaba sentada en la terraza, leyendo un libro aprovechando la luz del día. Se asomó asustada para ver quién era y, al verme, se relajó, aunque me pareció ver una mirada de inquietud, lógica después de lo sucedido la noche anterior.

Transcurrió la semana sin más novedades, aunque siempre tenía en mi mente las escenas en las que había visto a mi madre siendo follada de forma que mi polla estaba siempre en un estado de semierección, pero no me atrevía a aliviarme, guardando fuerzas para la noche del sábado.

De acuerdo con el plan trazado por Boris, aquella noche del sábado comuniqué a mis padres que cenaría con ellos en casa. Aunque mi padre quería salir a cenar fuera, solamente con mi madre, ella le expresó que la dolía la cabeza y que prefería cenar en casa e irse pronto a la cama.

Ya estaba puesta la mesa cuando mi madre nos anunció que la cena estaba preparada. Encontré a mi padre, sentado a la mesa, disfrutando de una copa de vino. Teníamos sopa de primer plato y enseguida supuse que era ahí donde estaba diluido el somnífero. De todas formas, por si era el vino el que contenía el somnífero, yo también me llené mi copa de vino y fue mi madre la que me dijo que también la echara en su copa, obligándome a llenarla. Eso hice, así que supuse que la sopa contenía todo el somnífero. Lo que confirmó cuando vi que mi madre no tomaba sopa, sino una ligera ensalada como plato único. Yo, aunque tomé sopa, siempre bajo la atenta mirada de mi madre que nos vigilaba tanto a mi padre como a mí, probé poco del segundo plato y nada del postre. Yo también quería que mi sangre no fuera bombeada al estómago para hacer la digestión, sino que estuviera lista para entrar en mis genitales y provocarme potentes erecciones.

Después de comer, mientras mi madre recogía la mesa y lavaba los platos, me senté con mi padre en el sofá para ver el partido que echaban por televisión, aunque mi atención estaba fija en las reacciones de mis padres, atento siempre a la hora y al momento en el que mi padre daba los primeros síntomas de somnolencia.

Nada más acabar en la cocina, mi madre se incorporó delante de la televisión, sentándose en silencio en una butaca. Aunque nunca la había gustado el futbol, hacía cómo si la mirara, en silencio y muy seria, pero no dejaba de mirarnos disimuladamente a mi padre y a mí.

Pasaba ya la hora desde que habíamos cenado y mi padre seguía atento el encuentro, expresando frecuentemente a voces su opinión sobre el juego, insultando frecuentemente al árbitro y a los jugadores. Aunque ni mi madre ni yo demostrábamos ninguna inquietud, en mi interior empezaba a dudar que el somnífero, si mi madre lo hubiera echado a la comida, funcionara. Miraba continuamente la hora y el tiempo pasaba inexorable. Pensaba que quizá mi madre no había echado la droga, o quizá mi padre era ya inmune al haber sido tantas veces drogado, o tal vez él había comido mucho y por eso la droga no funcionaba. Desconocía la reacción que tendría Boris al no vernos en el punto de reunión, si vendría a buscarnos, si se vengaría violentamente de nosotros.

El encuentro estaba acabando y era casi la hora fijada, pero mi padre seguía tan activo y despierto como al principio. Angustiado yo no sabía ya ni cómo sentarme, estaba inquieto, así que, sin poder contener por más tiempo mi ansiedad, me fui al baño y me eché agua fría en el rostro y en el cuello, ya que todo mi cuerpo ardía de impaciencia y mis manos temblaban. Me miré al espejo y tenía el rostro desencajado. Intenté recomponerme lo mejor que pude y, sin poder lograrlo, volví al salón donde ya debía haber acabado el partido.

Así era, en la televisión había ahora un programa de variedades, típico de insulsas noches del sábado. Mi madre seguía sentada en la butaca, mirándome muy seria y sin decir nada, cuando aparecí por la puerta. Pero ¡mi padre estaba ahora tumbado de lado sobre el sofá! Me quedé paralizado mirándole incrédulo, pero ¿dormía?, y pregunté en voz baja:

¿Qué ha pasado?
¿Tú qué crees?
Me respondió muy seria con una voz neutra, sin ningún tipo de emoción.

¿Duerme?
Pregunté confundido.

Eso parece.
Me respondió y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.

Me acerqué a él y, agachándole, le observé incrédulo, poniendo mis manos sobre su brazo y espalda. Respiraba profundamente y tenía los ojos cerrados. Debería estar dormido, pero ¿lo estaba?

Sin dejar de mirarlo y sin atreverme a mirar a mi madre, pregunté:

Parece que duerme, ¿quieres que le llevemos a la cama?
No. Déjale donde está.
No sabía qué hacer, así que, mirando el reloj, me di cuenta que ya pasaba en varios minutos la hora en que mi madre tenía que estar en el punto de reunión y, dudando, expresé mi intención de irme yo también a la cama.

Me voy a la cama, que estoy muy cansado.
No me atreví a voltearme hacia mi madre, y, arrastrando los pies, salí del salón sin mirar atrás ni decir nada más. Tampoco escuché decir nada a mi progenitora.

Me fui a mi dormitorio y, cerrando la puerta, me desvestí rápido y me metí en la cama, cerrando los ojos al momento, como si durmiera, pero mis pensamientos no paraban de dar vueltas y vueltas. Ante la duda y sin saber qué hacer, esperé acontecimientos.

No pasaron muchos minutos cuando escuché el ruido de unos tacones por el pasillo. Se abrió la puerta de mi dormitorio y se encendió la luz. Permanecí sin moverme y con los ojos cerrados, simulando que dormía profundamente. Pasaron unos cinco minutos, que me parecieron eternos, y me sentí vigilado, acorralado más bien. Muy incómodo, aunque permanecía inmóvil, mi corazón latía a mil, era realmente taquicardia, una taquicardia incontrolada, y temía que, si hacía vibrar la cama, me delatara.

De pronto, algo arrojaron sobre mí, al tiempo que escuché una voz muy profunda que, supuse que debería ser de mi madre, y que decía muy seria:

No tardes, que te esperamos. Será nuestro secreto, solo tuyo y mío.
Se apagó la luz y se cerró la puerta de mi dormitorio. Escuché los pasos que se alejaban por el pasillo y la puerta de la vivienda cerrarse de un ligero portazo.

Estaba anonadado. ¿Lo sabía todo? ¿Sabía mi madre todo? ¿Qué había ayudado a que se la follaran y yo mismo me la había follado?

Sin abrir los ojos y sin atrever a moverme, aguanté así varios minutos, sin saber qué hacer, hasta que me decidí y, levantándome de la cama, abrí la puerta. Todo estaba sumido en la oscuridad y en el silencio, como si fuera un mausoleo, una tumba olvidada en un cementerio remoto. Estaba aterrado y sentía la piel como de gallina, con todo el vello de mi cuerpo erizado, como si un potente campo magnético recorriera todo mi cuerpo.

En la oscuridad y con cuidado recorrí la casa y solo encontré a mi padre, tumbado de lado en el sofá, roncando como siempre, como si incluso en la muerte, no pudiera abandonar las costumbres cogidas en vida.

Volví a mi dormitorio y, encendiendo la luz, recorrí con mis ojos mi cama, y allí estaba lo que mi madre me había arrojado. ¡Dos pequeños sobre! ¡Los que Boris la proporcionó para drogarnos a mi padre y a mí, y dejarnos durmiendo!

Los cogí ansioso en mis manos y ¡uno de ellos estaba sin abrir! ¡Sin abrir, con todo su contenido dentro, pero el otro …! ¡el otro estaba abierto y vacío! ¡Había drogado a mi padre pero no lo había hecho conmigo! ¡No tenía dudas, mi madre sabía que yo ayudé a que se la follaran y yo mismo me la tire!

¡Y ahora …! ¿qué quería ella que hiciera? ¿qué hacer? ¿ir o no ir? ¿quizá escapar, pero a donde y de quién?

Hice caso a mi madre y, rápido, saqué del armario el paquete y lo abrí. ¡Allí estaba el disfraz, el mismo que la otra vez! ¡Una túnica muy ligera de color azul marino, una máscara blanca muy ligera e inexpresiva y un par de zapatos oscuros!

Me desvestí al momento, y, totalmente desnudo, me puse la túnica encima y me calcé con los zapatos del disfraz, pero sin ponerme la máscara, como Boris me había ordenado, y salí a la carrera de casa, cerrando la puerta tras de mí, pero sin olvidar las llaves.

No sabía la hora que era, pero seguro que ya había pasado la hora acordada. Temía que se hubieran marchado y me hubieran dejado en tierra, aunque quizá tampoco llegó mi madre a tiempo y estaría allí, en la oscuridad del parque, esperando que yo, disfrazado, apareciera, o tal vez… estuviera muerta. ¡Aterrado, tenía la piel de gallina!

Ya en la oscuridad de la calle no me crucé con nadie o, si lo hice, ni me di cuenta, dada la premura y angustia que tenía.

Corrí hasta la plaza, y … ¡allí estaba! ¡Allí estaba el deportivo, esperándome! ¿Esperándome? Me acordé de que tenía que ponerme la máscara sobre mi rostro y deteniéndome, así hice, me la puse. Era tan ligera y se adaptaba tan bien a mi rostro que parecía que no llevaba nada.

Con el corazón latiéndome fuertemente, me acerqué al coche, tenuemente iluminado por la luz de una farola cercana.

Según me iba aproximando, me di cuenta que el coche se movía, subía y bajaba, subía y bajaba, una y otra vez. Escuché unos gemidos y unos suspiros dentro, así como un ruido acompasado. Extrañado me agaché con miedo y … ¡ un hermoso culo subía y bajaba, una y otra vez! ¡Unas manos la sujetaban por las caderas y un enorme cipote aparecía y desaparecía dentro de su coño! ¡estaban follando, … follando! ¡Mi madre!

Ella, encima del hombre, cabalgaba sin descanso sobre la polla erguida y congestionada que la penetraba una y otra vez, hasta el fondo, hasta los cojones, provocando un rítmico ruido que se escuchaba a distancia, el de los cojones del tipo chocando una y otra vez con el perineo de mi madre.

Los fuertes glúteos de ella se movían en cada movimiento acompasadamente, en cada subida y bajada, cada vez que avanzaban y retrocedían, se contraían y relajaban en cada ocasión, una y otra vez, mete-saca-mete-saca.

Aunque follaban sentados en el asiento del conductor, no podía verles el rostro ya que la luz iluminaba solamente la parte delantera del coche, quedando el resto del vehículo en la oscuridad, por lo quedaban expuestas a mis miradas únicamente la parte inferior del cuerpo de los dos. Supuse que era mi madre y Boris los que follaban, aunque no podía verles el rostro, pero el culo de mi madre bien que lo conocía, lo había visto y disfrutado en múltiples ocasiones, y, sí, era el de ella, sin duda. ¡Era el culo de mi madre!

Apoyado en el coche, me quedé aturdido, contemplando sin moverme y sin hacer ningún ruido, cómo follaban, y, del aturdimiento pasé al placer, al placer de ver cómo se follaban el voluptuoso cuerpo de mi progenitora.

Ella calzaba unos zapatos de tacón fino y llevaba una camisa que tenía recogida a la altura de su cintura, posiblemente anudada por delante, dejando la parte inferior de su cuerpo sin ningún tipo de adornos, solo carne voluptuosa y prieta.

Mi polla crecía y crecía, palpitando, y, cuando ya temía que yo, allí mismo, iba a correrme, las manos del hombre sujetaron a mi madre para que se detuviera. ¡Era él el que se había corrido!

Estuvieron varios segundos sin moverse, hasta que ella le desmontó, y, abriendo la puerta del coche, salió fuera, como si fuera lo más natural del mundo salir desnuda de cintura para abajo después de follar en un lugar público, sin preocuparse por posibles mirones.

Su camisa vaquera estaba desabrochada por delante y su sostén bajado de forma que sus enormes y erguidas tetas estaban fuera, expuestas a las miradas de todos.

Con tacones era más alta que yo, y, aunque me aparté para que saliera, sus voluptuosas tetazas se restregaron lentamente por mi rostro. Eran duras, y, al tocarlas con mis labios y con mi lengua, las note empapadas y calientes, muy calientes.

Llevaba ella puesto un antifaz que dejaba la mayoría de su rostro al descubierto, solo la cubría alrededor de los ojos y el puente de su chata y respingona nariz, lo que me confirmó que era mi madre la que había estado follando dentro del coche.

Mi mirada bajó a su vulva, abierta de par en par después de haber follado, y a sus glúteos prietos y desnudos. No hizo ningún amago por cubrirse, sino más bien se pavoneo como la preciosa mercancía que era.

Me miró un instante, sonriendo ligeramente, para enseguida, apoyándose en el coche, se descalzó tranquilamente y se puso primero un pequeño tanga negro que apenas la cubría su sexo, y luego unas mallas del mismo color que recogió del interior del coche, soltándose finalmente el nudo que había hecho a la parte inferior de su camisa, haciendo que ésta la cubriera sus prietas nalgas. No parecía importarla lo más mínimo que hubiera alguien observándola.

Yo no dejaba de mirar excitado su culo, su vulva, sus piernas, su cuerpazo, cómo se vestía y, casi no me di cuenta, del hombre que salía del coche, subiéndose los pantalones. Era, como bien suponía, Boris. No llevaba ninguna máscara y, luciendo una amplia sonrisa, me dijo:

¡Íbamos ya a marcharnos, cuando ella me ha entretenido! ¡Y ya ves cómo lo ha hecho … como una auténtica puta! ¡Deberías darla las gracias!
Tenía su gracia, debería dar las gracias a mi madre por follar con un extraño delante de mí, por poner los cuernos a mi padre, por comportarse como una puta calentorra.

Nos subimos al deportivo, estando el joven conduciendo, mi madre en el puesto de copiloto y yo detrás. Esta vez no nos acompañaba nadie, ya que la vez anterior iba también detrás mi amigo Flash, también disfrazado de la cabeza a los pies y listo para follarse a mi madre, como así hizo en varias ocasiones.

Esta vez salimos de la ciudad, sin que nadie dijera ni una sola palabra. No fuimos a la mansión de la fiesta anterior, sino que nos dirigimos a un chalet situado en una urbanización de lujo y, previa identificación del coche mediante un circuito cerrado de televisión y un audífono, entramos en el garaje subterráneo.

Estaba prácticamente desierto y los pocos automóviles que había eran de gama alta, oscuros todos. Estaba claro que la sesión podía estar dirigida a un personal muy selecto.

Sin mediar ninguna palabra entre nosotros, subimos en un pequeño ascensor. Mi madre iba muy seria y no dejaba de observarnos, sobre todo a mí. Sin embargo, el joven iba risueño, silbando suave y despreocupadamente.

Al llegar al piso, un hombre trajeado y con cara de pocos amigos nos acompañó, recorriendo un pequeño pasillo, hasta un espacioso dormitorio donde una gran cama redonda la ocupaba en su parte central.

Cerrando la puerta, nos dejó solos a los tres, y Boris lo primero que hizo fue abrir una puerta que conducía al baño, así como los armarios, mientras mi madre y yo mirábamos cautos la habitación. Una mirada de complicidad existía entre los dos, entre madre e hijo. Una vez acabada su verificación, Boris, sonriendo, nos dijo:

Bueno, ya estamos aquí.
Como no decíamos nada, se dirigió a mí, y me ordenó, señalando con su cabeza hacia mi madre:

¿A qué esperas? Desnúdala. Quítala toda la ropa que queremos ver qué esconde.
Dimos un respingo. No nos lo esperábamos, ni ella ni yo, pero el joven me apremió:

¡Venga, venga! Sin prisa, pero sin pausa. ¡Qué queremos verla sin adornos, sin nada que la cubra las tetas, el culo y el coño!
Titubeando me acerqué a ella, y noté su cuerpo rígido, como rechazando mi contacto. Tenía los ojos muy abiertos con las pupilas dilatadas, esperando mi respuesta. Levanté mis manos temblorosas hacia ella. No sabía muy bien qué hacer, por dónde empezar, pero Boris me dio las indicaciones.

¡Quítala primero la camisa! ¡Empieza a desabrocharla los botones desde arriba! Despacio, que queremos disfrutar del panorama.
Sin atreverme a mirarla a la cara, obedecí al joven y, uno a uno, los botones iban siendo desabrochados, descubriendo el color rosado de su deseado cuerpo. Lo primero que vi fue el profundo canalillo que separaba sus turgentes senos, luego poco a poco sus voluptuosos pechos fueron expuestos a mis ojos, cubiertos solo por un ligero sostén de color negro. Lentamente iba viendo su deseado cuerpo mientras mi verga crecía cada vez más, hasta que desabroché toda su camisa y, asiéndola con las dos manos, la abrí, quedándome alucinado observando las tetazas de mi madre. Permanecieron mis ojos fijos durante varios segundos, hasta que el joven, riéndose, me comento:

Tranquilo, tigre, que todavía no has acabado de desnudarla. Cada cosa a su tiempo.
Sacándome de mi concentración y me proporcionó más indicaciones:

¡No la quites todavía la camisa! ¡Bájala las mallas! Despacito.
Mis manos fueron a los bordes laterales de sus mallas y tiré de ellos hacia abajo, poco a poco, sin dejar de mirar la carne que poco a poco iba descubriendo.

Escuché a Boris reírse a carcajadas y, a duras penas, logró articular:

¡Las bragas no! ¡Todavía no! ¡No la bajes todavía las bragas, solo las mallas! ¡No seas ansioso, que hay tiempo!
Me detuve y, efectivamente, también la estaba bajando las bragas, porque ya se veía la parte superior de su corto vello púbico.

Levanté un poco el borde de las mallas para ver donde estaba el de las bragas, y, evitándolo, la bajé las mallas lentamente hasta las rodillas, dejando su tanga negro arriba, tapándola el sexo, dejando al descubierto solo parte del vello púbico.

Incorporándome un poco, me detuve contemplándola la entrepierna, y me di cuenta que estaba babeando de gusto, como si fuera a comerme un precioso manjar, hasta que el joven me indicó que continuara:

¡Venga, continúa, que ya tendrás tiempo para su coño!
Me agaché, poniendo mi boca a la altura de su sexo, y cogí nuevamente los bordes de sus mallas y tiré hacia abajo, hasta que llegaron a sus pies.

Sujetándose en mis hombros, levanto un poco una pierna para que yo, sin quitarla los zapatos de tacón, pudiera despojarla de una de las perneras de las mallas, y luego la otra, quedándome con su prenda en mis manos.

Me levanté con ellas en mis manos, recorriendo en mi subida con mi vista todo el cuerpo de mi madre, deleitándome de sus curvas y recovecos.

Mis ojos pasaron de sus tetas a fijarse por un momento en su rostro, arrebatado de vergüenza y deseo. Aunque intentaba permanecer seria e imperturbable, sus labios temblaban ligeramente y unas gotas de sudor brillaban en su labio superior.

¡Deja caer las mallas al suelo y quítala ahora la camisa!
Obediente, las dejé caer entre los pies de ella y míos, y tomé nuevamente la camisa, abriéndola y contemplando empalmado las tetazas de mi madre. Acercándome a ella, puse mi rostro prácticamente sobre sus pechos para tirar de la camisa hacia abajo para despojársela. Como no era fácil quitársela desde mi posición, frente a ella, al intentarlo, restregué mi rostro una y otra vez por sus tetazas, desplazando su sostén y dejando al descubierto sus dos pezones erectos y parte de sus pechos, hasta que se la quité. No sé si fue porque yo me demoré disfrutando de sus tetas o porque ella hizo lo posible para que no la quitara la camisa, bien por pudor o bien por deseo que la magreará los pechos. Posiblemente fuera por ambos motivos por la cara arrebatada que tenía mi madre y el empalme de caballo que tenía yo.

Dejando caer la camisa al suelo tras ella, el joven me acerqué más a mi anhelado deseo de desnudarla al ordenarme.

¡El sostén, ahora el sostén, quítaselo, que queremos verla bien las tetas!
Dirigiéndose a continuación a mi madre, ordenándola:

¡Levanta los brazos, gatita, que queremos disfrutar sin limitaciones de tus tetas!
Y eso hizo ella, levantar los brazos, apuntando al techo.

Con el calentón que tenía de tanto sobeteo, el deseo me ayudó a superar las limitaciones que Boris me había impuesto, y me levanté la parte inferior de la máscara, plegándola, y dejando al descubierto mi rostro hasta la nariz, de forma que pudiera dificultar que identificaran mi identidad.

Ahora sí que iba a disfrutar de las ubres de mi madre. Hundí mi rostro entre sus dos melonazos, con la excusa de intentar soltar el enganche del sostén que tenía a su espalda, y la ceñí con mis brazos todo el perímetro de su caja torácica. Como no llegaba por el tamaño de sus senos, la abracé con más fuerza, incluso presionando con mi cipote duro y erecto en su entrepierna sobre su tanga, deseando perforarlo y penetrarla por el coño. Gimió, no solo excitada sexualmente sino también de sorpresa y de dolor, hasta que, luchando con el cierre, logré al fin soltarlo y separándome por un instante de mi madre, permití que la prenda cayera al suelo, a nuestros pies, para, al momento, juntarme nuevamente a ella, y, sobre sus totalmente expuestas tetazas, empecé a lamerlas, a chuparlas y a mordisquearlas.

Tanto ardor puse, que la empujé sobre la cama, cayendo ella bocarriba y yo sobre ella.

El colchón era de agua y el violento oleaje que provocamos en nuestra caída casi nos arroja al suelo, pero soportamos el tsunami y nos sumergimos en un mundo desconocido de vicio y placer.

Al caer la escuché chillar espantada y excitada, asustándome incluso a mí de mi propio arrojo, por lo que me incorporé al momento de la cama, deteniéndome un instante para contemplar desde arriba sus enormes tetazas coloradas y su rostro arrebatado.

Tiraron de la túnica que me cubría a modo de disfraz, quitándomela por la cabeza y dejándome solo con los zapatos y la máscara en el rostro. Debía ser Boris, aunque, tan atento estaba magreando a mi madre, que no observé que lo hiciera, pero si le escuché chillarme entusiasmado:

¡Las bragas, las bragas, quítala las bragas!
Bajé ansioso mi mirada y allí estaba la preciosa prenda, pequeña, tapando lo justo, la entrada a su vagina, la última frontera antes del coño de mi madre, entre las piernas abiertas de ella.

Agarré los laterales de las bragas y, colocando mis brazos bajo sus piernas, se las levanté y tiré de las bragas, quitándoselas poco a poco por los pies, y dejándola solo con el antifaz y los zapatos de tacón.

Fueron pocos segundos que me parecieron una eternidad, mientras las bragas se deslizaban lentamente por sus fuertes glúteos y por sus largas y torneadas piernas, exponiendo, cada vez más, su espléndida sonrisa vertical, apenas cubierta por un muy corto y fino vello púbico.

Con las bragas en la mano, me deleité observando su completa desnudez. Mi madre estaba a mis pies, despatarrada, todo tetas y coño, completamente entregada y anhelando ser follada. Y yo con una erección kilométrica, con un pollón enorme, como nunca lo había visto, congestionado, de un rojo intenso, rezumando deseo.

¡Follátela, follátela!
Escuché gritar eufórico a Boris, mientras me empujaba por la espalda hacia ella, y no me hice rogar.

¡Me zambullí en ella, entre sus piernas, se la metí hasta el fondo, la penetré con mi ciclópeo cipote por todo el coño, chorreante y abierto de par en par!

Apoyándome con mis brazos sobre la cama, lo hice lentamente, disfrutando de la penetración, sin perderme ningún detalle de cómo iba poco a poco desapareciendo mi verga dentro de su vagina, y, mientras lo hacía, la escuché susurrarme desesperada:

¡No, no, tú no, no!
Cuando la penetré hasta el fondo se calló, solo emitió un profundo suspiro que me sirvió como pistoletazo de salida para comenzar a cabalgar dentro de ella. Lo hice despacio al principio, restregando arriba y abajo, abajo y arriba, una y otra vez, mi miembro por el interior de su coño, gozando de cada momento y de las excitantes vistas que tenía de las tetazas de mi madre, de cómo se bamboleaban en cada una de mis embestidas, y de la cara de vicio y placer que ella ponía mientras me la follaba.

Sus brazos seguían extendidos, muy obedientes, a lo largo de su cuerpo, sobre la cama, asiendo con fuerza la sábana que la cubría, mientras sus piernas, estiradas hacia el techo, se apoyaba en mi pecho.

Poco a poco fui aumentando el ritmo y la escuché gemir y suspirar de placer, aunque tímidamente al principio, como avergonzada de gozar con el polvo que la estaba echando, luego chillar como una auténtica zorra en celo, como una puta calentorra que disfruta que se la follen, aunque sea su hijo el que se la tire.

El golpeteo de mis cojones chocando una y otra vez con el perineo de mi madre se mezclaban con los gemidos, suspiros y chillidos de ella, así como con el rugir de las olas dentro del colchón, provocándonos una situación de auténtica irrealidad, de estar inmersos en un gozoso sueño incestuoso. Pero el sueño era real, y yo me estaba follando a mi propia madre. ¡Y me gustaba, me gustaba! ¡era como estar en el paraíso, en el paraíso de los polvos y del folleteo!

Pero la situación desgraciadamente no podía durar eternamente y, a pesar de mis intentos de mantenerla, una oleada de placer me vino de dentro, de muy dentro, de lo más profundo de mis entrañas, y estalló dentro del coño de mi madre, rebosándolo de esperma y de placer. ¡Y grité, grité de placer! ¡Y mi madre conmigo, casi al mismo tiempo! ¡También ella había alcanzado el tan deseado y placentero clímax!

Con los ojos cerrados, disfrutando, aguante con mi miembro dentro de ella, durante no sé cuánto tiempo, quizá minutos, hasta que una mano se posó sobre mi hombro y una voz me felicitó:

¡Bravo, crack, te la has follado como todo un campeón!
Abrí los ojos y era Boris el que me felicitaba, para, a continuación, conminarme:

Ahora, deja que la limpie, que la están esperando.
Atolondrado, la desmonté y me hice a un lado para que el joven se acercara a mi madre y pasara sus brazos bajo el cuerpo y las piernas de ella. levantándola de la cama sin aparentemente esfuerzo.

Con mi madre desnuda en sus brazos, me dijo:

¡Quítala los zapatos!
Eso hice, la descalcé, mostrando sus pies desnudos, y los dejé en el suelo, sin perderme detalle de sus muslos y d elo que escondía entre sus piernas.

Le vi llevársela al cuarto de baño y la depositó de pies dentro de la ducha. Estaba ella todavía como ida, como si estuviera todavía gozando del orgasmo que había tenido.

Cogió Boris el teléfono ducha y, apuntando hacia el plato de ducha, dejó que corriera el agua y, cuando la temperatura fue la adecuada, la dirigió hacia mi madre, hacia sus piernas y cuerpo de ella, hacia sus impresionantes tetas y hacia su entrepierna, limpiándola, sin que ella pusiera ninguna resistencia. Luego la hizo girar y fueron sus nalgas el objeto del chorro del agua.

Una vez limpia, cerró el agua y, con una toalla, la cubrió y la levantó nuevamente en brazos, llevándola en volandas a la cama donde la depositó de pies y comenzó, más que a secarla, a sobarla con la toalla, incidiendo especialmente en su culo, en su entrepierna y en sus tetazas, de forma que más que secarla lo que estaba haciendo era nuevamente excitarla sexualmente, masturbarla y, así ella se dejó hacer, sin oponer resistencia, solo disfrutando obedientemente.

No era ella la única que se estaba entonando, mi cipote estaba otra vez en marcha, incansable e insaciable.

Antes de que se corriera, el joven se detuvo y, llevándose la toalla, dejó a mi madre completamente desnuda encima de la cama de agua. ¡Estaba hermosa, infinitamente hermosa y deseable, como una auténtica Afrodita emergiendo de las aguas!

Casi al momento volvió Boris, llevando en su mano un bote, un bote de aceite, que, cogiéndome la mano, me vertió una considerable cantidad en ella, y me dijo:

¡Extiéndesela, extiéndesela por todo el cuerpo! ¡Que no quedé ni un centímetro sin cubrir! ¡Debe brillar como el sol! ¡Venga, hazlo! ¡Empieza por la espalda!
Hizo que mi madre se girara, dándonos la espalda y mis ojos se dirigieron directamente a sus prietas y respingonas nalgas, y allí fue mi mano, mi dos manos, no a su espalda, sino a sus nalgas, que amasé una y otra vez, con deleite, como si fuera un panadero preparando la masa de pan para ser llevada al horno.

Mis manos también fueron entre sus nalgas, arriba y abajo, abajo y arriba, incidiendo en el agujero de su ano, blanco e inmaculado, metiendo incluso mis dedos dentro, dilatándolo, preparándolo para ser penetrado.

Mientras una de mis manos penetraba entre sus cachetes, la otra se dirigió a su entrepierna, acariciando su vulva, sobándola insistentemente, provocando que estuviera cada vez más empapada, pero, cuando ya estaba a punto de correrse otra vez, el joven me apremió, vertiendo más aceite en mis manos:

¡Venga, ahora las piernas!
Mis manos se dirigieron diligentemente a sus fuertes y torneados muslos, amasándolos en todo su contorno, por delante y por detrás, descendiendo también a sus gemelos, a sus finos tobillos, a sus hermosos y cuidados pies, entre sus dedos, con cuidado, con deleite. Las dos piernas, en toda su extensión, fueron recorridas por mis manos y quedaron relucientes y empapadas en aceite.

¡Venga, la espalda! ¡La espalda y los brazos!
Como, desde mi posición no llegaba, tuve que subirme a la cama, no sin antes descalzarme, y, a punto estuve de caerme, pero me rehíce y, una vez alcanzado un cierto equilibrio, recorrí con mis manos llenas de aceite toda su espléndida espalda y sus hermosos brazos y manos, e incluso al bordear la espalda, más de un sobe di a sus enormes pechos desde atrás, sobes largos y repetidos, y, aunque, desde donde estaba no podía verla las tetas, sí que notaba como sus pezones se endurecían y crecían cada vez más.

Manteníamos el equilibrio sobre los vaivenes de la cama, tanto mi madre como yo, haciendo un auténtico esfuerzo, y, en cada movimiento, mi verga erecta vibraba como si fuera una antena en busca del coño al que follar, chocando en varias ocasiones con las duras nalgas de ella.

Boris, frente a mi madre, se reía, sin dejar de mirarla cómo las tetas se bamboleaban en cada movimiento.

¡Cómo mueves las tetas, gatita! ¡Dulces y delicados flanes en medio de una tempestad!
Luego se dirigió a mí, ordenándome:

¡Por delante, ahora por delante! ¡Esas tetas tienen que brillar como el sol!
Fue ella, mi madre, la que se giró hacia mí, poniendo sus erguidas y redondas tetazas al alcance de mis manos.

Se colocó sobre la cama con las piernas abiertas y sus manos se posaron en mis hombros para, en teoría, mantener el equilibrio, pero no había nada inocente en esa acción, ya que el joven ya no solo taladraba el culo en tensión con su mirada, sino que recorría toda la extensión de la vulva de ella.

Tenía ahora yo sus oscilantes melones frente a mí, espléndidos, maravillosos, y aproveché el aceite que tan generosamente me daba Boris, para extenderlo sobre sus pechos, sobándolos una y otra vez, en movimientos a veces circulares, casi siempre lentos, dándoles brillo, y resplandecían orgullosos bajo la luz de la habitación y de nuestros ojos.

Sus pezones, negros y congestionados, amenazaban con salir disparados hacia mis ojos, hacia mi boca, y hacía allí, hacia uno de sus pezones, dirigí mi boca y me lo metí dentro, lo chupé, succioné, como si fuera un recién nacido hambriento, ávido de leche, de la leche de su madre.

La sujeté por las duras nalgas para que no escapara y la atraje hacia mí. La escuché otra vez chillar de sorpresa, ronronear como una gatita en celo, mientras Boris se carcajeaba viéndonos.

Con tanto ímpetu, estuvimos a punto de caernos de la cama, pero Boris la sujetó por las nalgas, y la depositó con cuidado sobre el suelo, haciendo que yo también descendiera del catre.

Ya en el suelo, iba a ansioso a continuar mamando de sus tetas, pero el joven me detuvo poniéndome una mano sobre mi tórax y me indicó, ayudado por un movimiento de su cabeza:

¡Ponla los zapatos!
Y eso hice, obediente. Me agaché y cogiendo del suelo sus zapatos, se los puse, sintiendo cómo ella se apoyaba en mi espalda para no caerse.

Una vez calzada, me dio Boris una pequeña prenda de color blanco. ¡Era un tanga incluso más pequeño que él que llevaba mi madre!

¡Ponla ahora las bragas!
Se sujetó ella a mí mientras se lo ponía por los pies, y se lo subía despacio por las piernas hasta cubrir apenas su vulva.

Antes de levantarme, la moví ligeramente el tanga, descubriendo su sexo, y ahí mismo la di un ligero beso, tapándola a continuación.

Al levantarme, una puerta se abrió a mis espaldas y una voz grave y fuerte de hombro sonó.

¡Vamos!
Y el joven, sin mediar palabra, cogió la mano de mi madre, y, tirando de ella al principio, se dirigieron hacia la puerta abierta como si fueran novios.

Cogí del suelo mi túnica y, con ella en la mano, salí desnudo y apresurado detrás de ellos. No quería perderme el espectáculo por nada del mundo.

Y con esto se dio por terminada mi grata sesión. Veríamos que vendría a continuación.

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