Mi nuevo amigo I

Estaba en mi tercer año de bachillerato, 18 años. El primer día de clases, me di cuenta de que no conocía a muchos esta vez. Eran personas que había visto con anterioridad, pero que no había tratado mucho. Había un muchacho sentado enfrente, no quedaban muchas opciones, el salón estaba lleno. Me dirigí hacia él y me senté en la silla contigua a la suya. No dijo nada, sólo se giró hacia mí y sonrió amablemente. Sonreí y luego me quité mis auriculares.

El profesor entró al aula y comenzó a hablar sobre lo importante que era estar seguros de la decisión que habíamos tomado, y que cada vez era más difícil cambiar de opinión, por los asuntos de la edad y esas cosas, se refería a la universidad. Daniel, que era así como se llamaba el muchacho que estaba sentado conmigo, hizo unas bromas en silencio que apenas y pude escuchar. Esbocé una sonrisa y miré fijamente al profesor.

-Usted – se dirigió a mí. – ¿Cuáles son sus planes de vida?

-No lo sé – respondí -, trabajar y trabajar, cobrar pensión y luego morir, supongo.

-Tentador – dijo en tono burlesco -. ¿Qué hay de usted? – le preguntó a Santiago. El profesor no estaba disimulando nada, el tono que usaba con nosotros parecía exactamente un coqueteo lleno de cinismo.

Daniel era guapo, tez clara, cabello oscuro, labios gruesos, nariz respingada y un cuerpo muy bien trabajado. Sonrió y respondió que pensaba igual que yo. Solté una risita y el profesor se molestó.

Cuando terminaron las clases, salí del instituto y me dirigí al estacionamiento. Mi hermana mayor pasaba por mí algunas veces, por ser el primer día dudaba mucho que estuviese ahí, seguramente estaría con sus amigas. Acerté, supuse que tendría que caminar de regreso a casa, nada que no hubiera hecho antes.

El segundo día, Daniel y yo volvimos a sentarnos juntos, sólo que esta vez ya entablamos una conversación. Vivía solo con su padre, tenía la misma edad que yo, y practicaba natación por las tardes. Era muy divertido, hacía bromas referente a todo. Había una chica que no dejaba de insinuársele, no me causaba más que gracia, Daniel no demostraba interés alguno.

Al mes de conocernos, me invitó a su carrera, acepté, me la pasaba muy bien con él.

En la última clase, Biología, estaba ansioso por ir con mi nuevo amigo. Miré fijamente el reloj constantemente, una muchacha, Carolina, con la que también había empezado una amistad, me dijo que me notaba desesperado. Intenté tranquilizarme, y sonreí. Carolina conocía a Daniel desde hacía años atrás, y me aseguró que era un buen tipo.

-Sebastián – ese era yo -. Me saludas a Daniel – guiñó un ojo y se marchó.

Revisé mi celular, tenía un mensaje de mi hermana que estaba esperándome en el estacionamiento. Me molesté, era la primera vez en dos semanas que iba por mí al instituto. Llamé a Daniel y me dijo que no había problema, que él iba camino a su casa. Me envió la dirección por un mensaje de texto y le expliqué a mi hermana cómo llegar a casa de Daniel.

Se detuvo frente a la casa de Daniel y bajé del auto sin despedirme. Mi hermana arrancó y yo me encaminé a la entrada de la casa. Toqué la puerta y esperé. Escuché los pasos de Daniel bajando por la escalera.

-Está abierto – gritó.

Abrí la puerta y lo miré en el comedor, estaba metiendo algo en su mochila. Sonrió, y me ofreció un vaso de agua, acepté y lo sirvió.

-Vamos a mi habitación, debo cambiarme y luego nos vamos. ¿Vale? – me encaminé detrás de él.

Me recosté en la cama, y tomé un libro que tenía Daniel en el buró. Me dispuse a leerlo mientras Daniel se vestía. Era un buen libro, aunque los términos literarios eran demasiado antiguos. Realmente me había adentrado en el libro, cuando miré a Daniel frente a mí, estaba dándome la espalda. Se sacó la camisa del uniforme, y el pantalón. Traía unos bóxers blancos que marcaban muy bien su hermoso culo. Se quitó los calcetines y luego se sacó su ropa interior también. No había ni un vello en todo su hermoso cuerpo. Tomó su traje de baño que tenía frente a él, se lo puso, y luego se vistió con un short deportivo y una playera blanca. Se giró hacia mí, y yo fingí que seguía leyendo.

-Odio cambiarme en los vestidores de la academia. Todos se te quedan mirando de una manera incómoda. Espero que no te importe – dijo dejando su ropa sucia en un cesto que estaba junto a la puerta de su baño.

-No – dije sonriendo.

Bajamos a la sala, miró la hora en su reloj, y se dio cuenta de que era muy temprano para ir a la competencia.

-Oye, no te comenté, después de la competencia, papá siempre me lleva a cenar, sobre todo si quedo en uno de los tres primeros lugares. ¿Quieres venir?

-¿No va a ser muy imprudente de mi parte?

-No, incluso puedes quedarte a dormir. Tenemos otra habitación para cuando nos visitan mis abuelos.

-Supongo que tendría que llamar a mi madre antes, y pasar por ropa limpia.

-Somos casi de la misma talla. Puedes buscar algo en mi armario.

No sabía si Daniel estaba coqueteándome, o si simplemente estaba siendo muy amable conmigo, pero de igual manera, ambas me resultaban muy tiernas. Acepté y luego llamé a mi madre. Puso objeción, porque no conocía a Daniel, pero le aseguré que era un buen muchacho y que iría a casa a primera hora. Creí que nunca aceptaría pero al final lo hizo. Daniel estaba frente a mí mientras hablaba con mi madre, y no paraba de burlarse.

-¿Tienes novia? – preguntó entre risas.

-No.

-Qué lástima.

-¿Por qué? – ahora era yo el que se reía.

-Porque eres muy guapo, y divertido. Supongo que cualquier muchacha estaría feliz de estar contigo – ahora estaba seguro de que Daniel estaba coqueteándome.

-¿Tú tienes? – pregunté nervioso.

-Sí – quizás no estaba coqueteándome. Traté de no hacer ninguna expresión, pero realmente me había sorprendido. – Bueno, en realidad es esposa.

-¡¿Qué?! – pregunté muy sorprendido.

-Sí, Sebastián, cuando eres una persona atlética, tienes que casarte con el deporte que practiques. Paso más tiempo en el agua que en la tierra – le di un puñetazo en el hombro y soltó una carcajada.

Dijo que era hora de irnos, se puso sus tenis y tomó las llaves del auto. Llegamos a la academia muy rápido, nunca había entrado ahí, era enorme. Me dijo dónde podía sentarme para poder mirarlo bien, y que él supiera a donde mirar cuando ganara el primer lugar. Sonreí y me dirigí al lugar que me dijo. Se marchó y me dejó su mochila. Las personas comenzaron a llegar, no sabía que esos eventos se llenaran tanto de gente. Un señor se me quedó mirando fijamente y me sentí muy incómodo. Se encaminó hacia donde yo estaba y comencé a ponerme nervioso.

-¿Te molesta si me siento aquí? – no respondí… me resultaba muy familiar, su rostro, incluso su voz. – Siempre me siento aquí, para poder ver a mi hijo. Tienes la misma mochila que él, por cierto.

-Debe ser el papá de Daniel, ¿no es así? – pregunté relacionando el parecido.

-¿Eres amigo de mi hijo? – preguntó sonriendo.

-Sí, estamos juntos en el instituto.

-Hacía mucho que mi hijo no invitaba a un amigo a una competencia, debes de caerle muy bien. Me llamo Santiago ¿Cuál es tu nombre?

-Sebastián – respondí.

Salieron todos los competidores y se pusieron en sus posiciones, o al menos eso deduje, no sabía mucho de estas cosas. Daniel giró su vista hacia nosotros y sonrió. Sonreí y su padre le hizo una seña con la mano. Sonó una campana, y todos se lanzaron al agua. Fueron como 4 vueltas. Sacaron unos competidores, y entraron otros, y así unas 3 veces. Daniel volvió al final, y su papá me explicó que ésta era la buena. Daniel no volteó a vernos esta vez, parecía muy nervioso. Sonó la campana y Daniel se lanzó al agua. Su papá se levantó del asiento y varias personas lo imitaron. Yo veía perfectamente desde donde estaba.

Daniel quedó en segundo lugar. Su papá y yo nos encaminamos hacia él, traía una toalla sobre sus hombros y estaba temblando de frío. Su papá lo abrazó, y luego yo lo abracé, sólo que un poco más rápido. Lo acompañé a los vestidores, y esperé a que se vistiera. Ésta vez salió con un pantalón deportivo, y una camiseta negra. Miró a su papá y le enseñó una medalla, su papá lo felicitó y luego le preguntó que si a dónde quería ir a cenar. Daniel me miró como si esperara a que yo respondiera esa pregunta. Negué con la cabeza, y dijo que comida italiana estaba bien, pero que la pidiera para llevar.

Llegamos a casa de Daniel, nosotros dos nos quedamos en la sala mirando televisión, mientras su padre servía la comida. Realmente no estábamos viendo nada, porque Daniel no dejaba de cambiar el canal. Su padre nos llevó dos platos a la mesita que tenía frente al sofá, y una jarra de limonada. Le dimos las gracias y luego su papá se marchó a su habitación.

-Tu papá es el mejor – dije en tono sincero.

-Lo sé. También es nadador, por eso le emociona tanto que me guste la natación.

-Eres muy bueno en ello, por cierto – le sonreí, y él se sonrojó.

Estábamos mirando Friends, así que no hablábamos mucho. Daniel estaba recostado en el sofá junto a mí. Empezó a cerrar los ojos y se quedó dormido. Tenía el control remoto en su mano, se lo quité y apagué el televisor. Levanté los platos de la mesita y los llevé al fregadero. El papá de Daniel bajó a la sala en ropa interior y me quedé sorprendido. Tenía el mismo cuerpo que su hijo, pero con una capa de vellos que su hijo no tenía.

-¿Se quedó dormido? – preguntó ignorando mi sorpresa.

-Sí. Debe estar cansado el pobre.

-Siempre queda muy agotado después de las competencias. Voy a llevarlo a su habitación. – Daniel era tan grande como yo y su papá, no me imaginaba a su papá cargándolo en brazos. La escena parecía más erótica de lo que debería. Daniel despertó cuando su papá se acercó a él, y le preguntó por mí. – Está ahí – señaló hacia mí. – Ya deberían de ir a dormir.

Daniel tomó su teléfono celular del suelo, y luego caminó junto a mí hacia su habitación. Su papá se encaminó a su habitación, y nosotros nos metimos en la de Daniel.

Se recostó en la cama y me dijo que me recostara junto a él. De no haber estado con él todo el día, habría asegurado que estaba borracho, pero no. Me recosté a su lado, y puso su cabeza en mi hombro. Tomó mi mano con la suya, y la apretó. Me soltó y se levantó de la cama, y se desvistió. Llevaba unos calzoncillos cortitos. Se volvió a subir a la cama y yo intenté ocultar mi erección. Apagó la lámpara que estaba junto a su cama y comenzó a desabotonarme la camisa de la escuela. Me la quité, y luego me quité el pantalón.

-Daniel… yo… no sé si deberíamos…

-Sebastián, no quiero que hagamos nada, sólo quiero sentir tu cuerpo junto al mío. ¿Puedo?

-La pasé muy bien hoy – dije poniendo mi pierna sobre la suya, mientras pasaba mi brazo sobre su cintura.

-Eso quería. Lamento no haberte hablado antes.

-Todo llega a su tiempo.- Le di un beso en la frente y luego cerró los ojos.

Escuché que su papá estaba abriendo la puerta. Daniel y yo teníamos una sábana tapándonos hasta las rodillas, así que la escena era obvia. Sentí una presión en el estómago e intenté mover a Daniel, pero éste se aferró. Santiago abrió la puerta, y nos miró abrazados en la cama de su hijo. Sonrió y me guiñó un ojo.

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