Mi preciosa madurita extraterrestre

Vivo de mis acuarelas y de mis dibujos. Me permite casi la felicidad, me pagan por algo que me gusta y que haría gratis. Entre las cosas que hago, dibujos para editoriales de libros de arte y revistas. Hace unos meses fuí a entregar unos dibujos que me habían encargado. Me recibió una mujer de unos cincuenta años. Me pasó a su despacho y estuvo hojeando mi carpeta. Lo hacía despacio. De vez en cuando, levantaba los ojos y me miraba. No decía nada, parecía concentrada.

Mientras lo hacía, yo la observaba. Todo era perfecto en ella, su ropa, sus modales. Todo lo hacía despacio, suave, controlado, sin dudar. Era guapa, elegante y sensual, pero nada destacaba. Era atractiva, pero todo era armonía, no sobresalían sus tetas, ni su culo, lo atractivo era el conjunto. Llevaba un blusa de seda beige que apenas dejaba transparentar su sujetador.. Una falda estrecha por debajo de la rodilla y zapatos de tacón de aguja. Me había fijado en sus medias negras con costura porque me encantan. A mí se me dispara pronto la imaginación al observar. Imaginaba un liguero bajo la falda y hacia esfuerzos para que no notara mis pensamientos en mi mirada. Estaba maquillada, casi no se notaba, solo un toque de color rosa muy suave en los labios. Tenía el pelo recogido en una cola de caballo que le daba un ligero toque juvenil. Yo la miraba fascinada, yo quería ser así a su edad.

Acabó, levantó su mirada y me miró a los ojos. Sonrió por primera vez:

– Me gustan. Eres buena. Nos vale. Lo vamos a publicar.

– Gracias – le devolví la sonrisa, contenta y halagada. Si hubiera sido un hombre o una mujer fea me hubiera gustado. En ella me parecía un piropo.

– De nada. Los dibujos son técnicamente buenos, pero añades sensibilidad, pones pasión en ellos. Me gusta la gente que pone pasión en lo que hace, creo que tú disfrutas con tus dibujos y vuelcas tu sensibilidad en ellos.

– Al menos lo intento… Y… sí, pongo pasión en ellos. Y en todo lo que hago. Soy apasionada. Jajaja. – reí encantada, me gustaban las cosas que me decía

Hizo una pausa. Me miró a los ojos unos segundos. Como si fuera la cosa más natural del mundo y sin cambiar su tono de voz ni su sonrisa, añadió:

– Me gusta. Me gusta tu trabajo y me gustas tú. Espera unos minutos. Pediré un modelo de contrato para que lo firmemos. Luego te invito a cenar y después vamos a mi casa y hacemos el amor.

No era una pregunta, era una información. O había adivinado lo que a mí se me había pasado por la cabeza, o había interpretado mi mirada o esas cosas en ella era lo natural, lo “lógico”, se saltaba todos los preámbulos y te decía el final de su “razonamiento”.

No dije nada. Aquello surgía solo, me sorprendí aceptando, aunque era una aceptación por mi silencio, por mi sonrisa, como si también para mí todo aquello fuera lo natural, lo que hacia todos los días.

Fuimos a cenar. A Sacha, cerca del Bernabeu, tiene una terraza con plantas y es muy agradable por la noche. Hablamos de arte, de la vida, del amor, del deseo. Me sentía cortejada cuando me decía cosas halagadoras o ponía su mano sobre la mía encima de la mesa. A veces me apartaba delicadamente un mechón de pelo de mi cara y me pasaba el dorso de su mano por ella, suave, casi sin rozarme, pero la cara me ardía y el corazón se aceleraba. Una de las veces cogí su mano y la retuve para besar sus dedos. Ella se acercó y me besó suave en los labios. Había más gente en las mesas cercanas, pero a ella eso le traía sin cuidado. A mí tampoco me importaba mucho, las hipnotizadas no se dan cuenta de nada. No estaba nerviosa, me sentía como mareada. Y no era por el alcohol, era por su mirada.

Cuando acabó la cena, me miró sonriendo, volvió a pasarme el dorso de su mano por la cara, ahora hablaba muy bajito, le brillaban los ojos, yo la miraba como hipnotizada:

– Eres muy linda, princesa. ¿He sido demasiado directa antes?. Me gustaría llevarte a mi casa, hacer el amor contigo. Pero, casi no te he preguntado, realmente no me has contestado si tu quieres…- sonreía, casi con coquetería, estaba preciosa, su voz era una caricia, su mirada un beso, su mano era seda…

– ¿No dicen sí mis ojos?…- la miraba derritiéndome, aquello era una delicia. A mí lo que me apetecía era ponerme sobre la mesa y que me comiera entera, de postre, pero me quedé quieta, aunque mi trabajo me costó. Aquello era una mezcla de cortejo, sensualidad, deseo contenido, miradas de promesas…

– Regálame un “si quiero” con tu boca…

– Si quiero. Si no me lo pidieras, te lo suplicaría…

Me llevó a su casa. Nos besamos en el coche, en cada semáforo, en el ascensor, en cada metro de su casa hasta llegar al sofá del salón. Allí me dejó un momento. Volvió abriendo una botella de cava. Sirvió dos copas. Me encantaban los besos con los labios húmedos y fríos, era un contraste con mi cara ardiendo.

Nos besamos y acariciamos mucho tiempo, aunque a mí me parecieron segundos. Todavía estábamos vestidas. Yo solo tenía un vestido corto de tirantes y las bragas, no suelo usar sujetador. Se separó un poco y me miró a los ojos, me hablaba en un susurro::

– Quiero verte desnuda…

– Y yo a ti…

– Ven…

Me llevó de la mano al dormitorio. Nos quedamos frente a frente, mirándonos. Yo dejé deslizarse mi vestido hasta el suelo, ella se desabotonó la blusa. Se desabrochó el sujetador y lo deslizó por sus brazos, lo dejó caer al suelo. Se desabrochó la falda y la dejó caer. Casi solté una exclamación al verla. Llevaba un liguero negro y unas braguitas negras muy pequeñas de encaje, casi un tanga. Me quedé unos minutos mirándola, adorándola. Ella sonreía, halagada, sabia que me encantaba así. Sus brazos cruzados sobre su pecho casi tapaban sus senos, no era un gesto de pudor, era pura sensualidad y coquetería. Parecía una diosa surgida de un sueño, mejor que si la hubiera dibujado imaginándomela. Me quité las bragas despacio y ella hizo lo mismo. Cuando hizo un gesto para desabrocharse las medias del liguero me acerqué y la detuve:

– No. Quédate así. Me gustas así, eres un sueño, estás preciosa…

– Como tú quieras. No soy un sueño, Ven, tócame…- me dijo, acercándose.

Nos fuimos a la cama, cogidas de la mano, besándonos. Hicimos el amor Durante horas.. Pilar lo hace todo despacio, pero sin descanso, es como un pequeño rio, no parece impetuoso, pero el agua no descansa, no para. Te hace y te lleva a que le hagas. Te acaricia, te besa, te lame, te bebe. Y te lleva, te dirige, sin que lo notes, a ella. A que la beses, a que la acaricies, a que la lamas, a que la bebas. No jadea, no gime, solo notas su temblor y sabes que goza porque es el único momento que te deja de mirar y cierra los ojos, solo respira un poco agitada y se muerde los labios. Yo ya había estado con alguna mujer, pero aquello era otro mundo. Aquello era como estar en otro planeta.

He vuelto a ese mundo más veces y volveré muchas más.

Cuando te agotas y te quedas en el sofá o en la cama junto a ella, fumando un cigarrillo a medias, te sientes en paz con el mundo, con tu cuerpo. Para sentir algo como eso, muchos se gastan mucho dinero. En spas, en masajes tailandeses, en yoga o en conventos tibetanos. En Pilar, está todo y es gratis, te lo regala.

Entre asalto y asalto, los boxeadores se van a un rincón del ring, para reponerse. Yo, entre asalto y asalto de mi vida, me voy a mi rincón. Su rincón.

De vez en cuando voy a ella, lo necesito. Es bonito visitar otro mundo.

Escribo este relato realmente para mí y para que quién lo lea sepa que la amo y la deseo, porque Pilar no lee relatos. Te los escribe directamente en el cuerpo. Ella es un lápiz suave como un pincel, tu solo te limitas a ser el papel donde escribe.

Cuando acaba de escribir y estás en sus brazos, te acerca y te besa. Te mira y te dice “Te amo, bebita”. Se te ponen los pelitos de punta y sientes que te derrites. Un dia me convertiré en un charquito de amor. Yo creo que se oye música y cohetes de colores, pero es posible que sea mi imaginación.

Ella no puede ser de este planeta, aunque me dice que sí cuando le pregunto, pero yo sé que me engaña. Solo le he pedido que cuando se canse de este y coja su nave, me lleve con ella, sea donde sea.

Pilar, yo sé que no leerás esto. Pero necesito decirte que te amo. Quiero que se sepa. Aunque tú ya lo sabes, te lo he susurrado al oído muchas veces y te lo he escrito a besos en tu cuerpo. Te lo marcaria para siempre con mis dientes.

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