Mi primer anal

Recuerdo que Manuel me contemplaba embobado, hasta que en un arrebato descontrolado me agarró del trasero y me apretó contra él.

Nos besamos tórridamente jugando con nuestras lenguas mientras acariciaba mis pechos, agarraba mis nalgas y pegaba su miembro duro contra mi sexo. Le tiré en la cama, desabroché su pantalón y deslicé mi mano dentro del bóxer para liberar su pene.

Riendo, dejó que mis labios rozasen su miembro que chupé ensalivándolo. Eso le puso como loco y asiéndome de las axilas, me besó el cuello y comió las orejas. Al mismo tiempo, me bajó las bragas, se abrió paso entre los labios hinchados de mi vagina y frotó el clítoris. Luego me penetró hincando una y otra vez su palo tieso en mi agujerito.

Noté como apuntaba la entrada de mi culo y me asustó la idea de que me penetrara por ahí. Jamás creí que fuera capaz de hacerlo pero no me atreví a detenerlo porque tuve miedo de que se sintiese rechazado. Así, le dejé hacer con la promesa de que si me dolía mucho se lo haría saber.

Excitó la zona con la punta de su glande y cuando quise darme cuenta, ya la tenía dentro, follando sin piedad mi agujero estrecho. ¡Qué placer mezclado de dolor fue sentirlo dentro de mi!

Cada vez lo hizo con más rapidez hasta que se corrió. Su semen me rebosaba cuando lamió cada uno de los hilitos de leche y flujos qué salían de mis entrañas. Me hizo vibrar de nuevo.

Con pasión salvaje, esa noche follamos una y otra vez. Me dejó a la mañana siguiente, con el recuerdo de sus restos en las sábanas de la cama desecha.

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