Mi primera experiencia en el Hospital I

Hace solo unos meses que he acabo la carrera de Enfermería. Después de gran esfuerzo he terminado y, además, he conseguido trabajo en una planta de un hospital pequeño comarcal.

No podía ni imaginar hace un año que estaría trabajando casi todo el verano y, sobre todo, que conocería a una persona en el trabajo que cambiaría totalmente mi forma de entender y vivir la vida.

Desde que comencé la carrera, si algo me ha caracterizado, además de los buenos resultados académicos, son las buenas experiencias que he tenido en todos los servicios donde he realizado prácticas.

Esto ha sido así especialmente por el trato privilegiado que he recibido por parte de las enfermeras, médicos y supervisoras de los centros.

Quizás, debo reconocer, que ha influido enormemente el hecho de que pese a tener 23 años todo el personal de las plantas pensaba que tenía al menos 28. Y es que mi constitución es la de una persona “fuerte”: 1,85 centímetros, 79 kilos, espalda ancha, ojos claros y un semblante de chico serio, responsable y del que se presupone que nunca ha roto un plato.

Además de esto, evidentemente, he sido puntual, aplicado y he trabajado incluso más que muchos enfermeros tutores, ¡Ahora compañeros!

Físicamente destacan mis ojos azules claros, casi grisáceos según la luz, grandes manos y pies y un porte masculino y recto. Así, desde que comencé las prácticas, y ahora como profesional, cuando me pongo el blanco uniforme de trabajo interiorizo la responsabilidad del puesto, la necesidad de proporcionar la mejor atención a los enfermos y mostrar el semblante profesional que requiere la situación.

Y hasta hace unos días este era mi principal pensamiento a lo largo del turno y, pese a que lo sigue siendo, debo confesar algo: Nacho, un médico especialista, ha ocupado un espacio central en el mismo.

La primera vez que vi a Nacho fue por uno de los largos pasillos de la unidad. Yo avanzaba en un sentido, llevando unas muestras sanguíneas, y él venía hacia los despachos, que están justo al otro lado.

Mientras caminaba no le presté atención, ya que estaba programando en mi cabeza el resto de actividades que me quedaban pendientes por realizar, hasta que estábamos cerca y me quedé observándolo con detenimiento.

Nacho tenía aspecto de tener unos 35 años, era algo más alto que yo y pese a que su rostro detonaba cansancio desprendía un encanto especial.

Lo cierto es que pensé, de manera sorprendida, para mis adentros que me encontraba en frente de un tío que me resultaba encantador. No tanto por sus atributos físicos, aunque además de ser más alto yo (algo que encanta) mostraba un más que correcto estado físico propio de alguien que se cuida, sino por el aura que me transmitió.

Sin embargo, una chispa se encendió en mi interior cuando al situarse delante de mí me miro con sus ojos, que tienen una cariñosa forma achinada o rasgada, sonrío unos segundos y me saludó con un simple “hola” que de la manera en la que lo había pronunciado me pareció única.

Le contesté, sonriente, y seguí caminando experimentando una extrañísima sensación en mi interior que podría solo definirla como pura adicción. Quería retroceder atrás en el tiempo y continuar iluminado por su sonrisa, que combinaba un gesto entre picante y atento, mientras sus ojos me dedicaban un tiempo anormalmente largo para un mero saludo entre compañeros.

¡Diablos! ¿Qué me acababa de suceder? ¿En serio me había quedado colgado por ese tipo en tan solo un instante? ¿Se me quedó una cara de circustancias al verlo y por eso me miró de manera divertida?

Sea como sea, no resistí la tentación de alimentar mis ojos y giré la cabeza, de manera disimulada, y pude ver, además de una manera de andar elegante y muy característica, un culo sobresaliente (diría que optando claramente a la Matrícula de Honor).

Cuando ya estaba a punto de seguir mirando al frente y decidir ir más rápido a los laboratorios, Nacho giró la cabeza y conectamos ambas miradas por unas milésimas de segundos.

El choque de miradas, aunque corto en el tiempo, no pudo ser más intenso. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y sentí sensaciones cercanas al placer. ¿Cómo podía ser esto posible? Todavía hoy este pensamiento provoca un especial hormigueo por mi miembro.

Y es que, solo su mirada me provocó un estado claramente pseudorgásmico. El pensamiento lo arrastré toda la mañana y, aunque estuve deseándolo, no volví a cruzarme con él durante todo el turno.

El reencuentro se hizo esperar dos días. Justo después de que Nacho volviese de su descanso.

Ambos entrabamos al turno de mañana. Yo, después de cambiarme y preparar medicación urgente me dispuse a visitar a un paciente que me habían comentado que había pasado mala noche.

Al llegar a su habitación el enfermo no había mejorado de su dolor y el Nolotil intravenoso no había surtido efecto alguno. No me gustó el aspecto que tenía y decidí consultarlo con su médica o médico.

Así, me dispuse a buscar al médico que lo atendiese esa mañana para poder aumentar el tratamiento o valorar otras alternativas.

Al entrar al despacho de los médicos encontré a Elena sentada al ordenador, una veterana médica que lleva más de 15 años en el servicio y desde el primer día me ayudó en mi adaptación a la Unidad.

Le pregunté si ella llevaba al enfermo y después de mirarlo en la lista de trabajo me dijo que era Nacho. Me pregunto si lo conocía, porque según me explicó llevaba tan solo unos días en la Unidad desde su vuelta de vacaciones.

Le respondí que no y se levantó para presentármelo, ya que estaba en otro despacho.

Abrió la puerta de la habitación y ahí estaba Nacho. Por un momento no había pensado que fuese él. Al verme, sorprendido, levantó la cabeza y sonrió de manera educada y atenta.

Al verlo yo quedé sorprendido y, aunque por un momento quise decir a Inma que ya lo conocía, callé.

Inma: Nacho te presento a Víctor, es enfermero y quiere hablar del paciente de la cama 7.

Nacho: Un placer Víctor. ¿Qué tal? Dime… ¿Qué sucede? (mientras Inma salía de la habitación y Nacho pasaba de la sonrisa picarona a una mirada curiosa y responsable).

Le explique la situación y me dijo que si le acompañaba a visitar al paciente. Se puso de pie y salimos hacia el pasillo de las habitaciones.

Al estar andando junto a él me fijé en lo resguardado y seguro que me sentía a su lado debido a su gran altura. Además, me fijé en que tenía una bonitas manos, fuertes y grandes y pude apreciar el aroma de su perfume, con tonalidades cítricas y afrutadas, que le dotaban de un mayor encanto si cabe.

Al llegar a la habitación me sorprendió la masculinidad que reflejaba su manera de hablar, lo profesional que era y como en todo momento me dotó de protagonismo, agradeciéndome que detectase con celeridad y le avisase de este tipo de situaciones.

Del mismo modo, sus labios, carnosos, se movían de manera firme, quedando entreabiertos cuando escuchaban al enfermo o a mí.

También era muy especial la manera que tenía de entrecerrar los ojos, demostrando que si algo era Nacho, sin duda, era atento y servicial (además de extremadamente atractivo).

Al despedirnos, además de explicarme qué tenía que preparar de mediación al paciente, me dio de nuevo las gracias, me sonrió y me dijo que cualquier cosa que necesitase no dudase en acudir a su despacho: “Luego te veo”.

Después de esos minutos a su lado tenía claro que Nacho era un hombre peculiar, con un encanto que no me quería perder. Ya no solo era su mirada, se instauró en mí la fijación por probar sus labios, oler a solo un centímetro su perfume y fundirme con él en un abrazo eterno.

No sabía si era gay o bisexual. Tampoco si tendría pareja o si aquello que yo estaba entiendo como pistas (miradas, guiños y muestras de atención) formaban parte simplemente de su modus operandis habitual con el resto de personal.

Pero sí que sabía que quería conocerle y deseaba sentir su masculinidad. A lo largo de toda la mañana su pensamiento se tornó una obsesión en mi cabeza y a las 12 de la mañana decidí ir al lavabo y masturbarme pensando exclusivamente en él.

Cerré con el cerrojo la puerta, y una vez aseguré la intimidad que necesitaba, me quité la parte de arriba del uniforme y me bajé el pantalón hasta los tobillos.

Baje el bóxer negro que llevaba y comencé a acariciar mi polla ya morcillona. Me apoyé con un brazo en la pared, pegué mi cabeza al brazo, apagué la luz y cerré los ojos.

Mi mano comenzó a bombear mi polla, cada vez más dura, y en mi mente traía el recuerdo de Nacho. Imaginé tenerlo a solo 2 centímetros de mí, mirándole fijamente a sus grandes marrones ojos rasgados.

Ensoñé con su mirada y en cómo sería besarlo, mordiéndole suavemente los labios mientras me fundía en el recuerdo cercano de su agradable perfume.

Mi fantasía parecía crear, incluso, la ilusión de que Nacho estaba tocando con sus manos mi cuerpo, acariciaba mi pecho y recorría mi firme abdomen con sus dedos. Yo era su juguete y quería que me explorase con curiosidad todo mi cuerpo.

Mi polla, de 19 centímetros y gordo calibre, estaba alcanzando su máximo tamaño y mi excitación era cada vez mayor.

Masajeé también mis huevos, y apreté mis pequeños pezones antes de comenzar a bombear frenéticamente mi miembro con la intención de descargar toda la atracción y sexualidad retenida durante la mañana entera.

El glande, cada vez más gordo y lubricado por los líquidos preseminales, apuntaba al cielo, palpitando, a punto de mandar una tormenta de leche y placer al exterior de mi cuerpo.

Justo antes del orgasmo contuve la respiración para evitar gemir, visualicé los labios y los ojos de Nacho, y lance siete u ocho enormes descargas de lefa que llenaron toda la pared de mis jugos mientras yo, mentalmente, me fundía con su viva imagen en una realidad llena de placer y sensualidad.

Quedé exhausto, lleno de placer. Me llevé un par de gotas de semen que quedaban por brotar de mi pene, con un dedo, a mi boca y estuve así un par de minutos. Relajado, disfrutando de las sensaciones y el salado sabor en mi garganta que fantaseaba era suyo.

Limpié la pared con papel, me vestí y salí del baño.

Justo al salir del baño encontré a Nacho con un vaso de café.

Nacho: ¿Cómo va Víctor? (Mientras me guiñaba sutilmente un ojo).

Víctor: Ehm… no va mal Nacho, el paciente de la 7 ya está mejor y ahora en breves iré a almorzar algo.

Lo cierto es que para mí era rarísimo estar hablando ahora como si nada, en mi interior aún tenía interiorizado que habíamos casi estado liados, acababa de tener un potente orgasmo con él, pero sin él…

Nacho: He mirado que mañana trabajas de noche. ¿Llevarás a los mismos pacientes?

Víctor: Sí, eso es. Del 1 al 8. (¿Por qué había mirado mis turnos?)

Nacho: Pues pasaremos tiempo juntos, yo también los llevo. Y te invitaré a un café. Te lo debo por la ayuda de esta mañana. (Sus palabras sonaban especialmente atractivas, teniendo en cuenta la manera con la que me miraba, mostrando cercanía, y su sonrisa, que me hacían perderme por dobles intenciones que de cumplirse serían irrepetibles).

Le dije que me parecía genial, mientras hacía el gesto de darme la mano y se la devolvía.

A lo largo de la mañana lo volví a ver un par de veces y, aunque no charlamos, su sonrisa parecía alimentar mis fantasías. Era probable que mañana solo tomásemos un café (o igual ni lo recordaba), pero el hecho de saber que pasaría la noche entera a escasos metros de él me generaba una mezcla de nerviosismo y motivación.

Sí que había una cosa clara: Ir a trabajar se había vuelto, prácticamente, en una obsesión para alimentar mi ansía de Nacho. Ya no solo quería conocerlo en profundidad, estaba decidido a probar el sabor de sus labios.

[Adelanto] En el próximo capítulo:

Cuando me quise dar cuenta estaba masturbando a Nacho de forma frenética. Encerrados en la habitación. Apoyados sobre la puerta. Su polla, dura como una roca, palpitaba y soltaba exquisitos hilos de precum. Me susurró que le apretara los grandes pero firmes testículos y, mientras cumplía sus órdenes, su mirada pícara se había tornado en éxtasis que parecía pedirme que no parase nunca de masajearle la polla. Estábamos conectados en un mundo que pensaba era solo para nosotros dos.

O al menos eso fue lo que yo creía…

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