Mi primera novia: descubriendo el sexo oral

Al día siguiente, ya sábado, me desperté bastante feliz. Por fin había dejado claro con Jennifer en que iba a consistir lo nuestro y que al fin podíamos decir que eramos pareja. Y además, por primera vez, una mujer me había tocado la polla, agarrado, manoseado y masturbado; y yo no me había quedado corto explorándole todo el cuerpo hasta llegar a su inocente y juvenil coñito.

Para un adolescente sus inicios sexuales son muy importantes, y se graban a fuego en la memoria. Y son mucho más agradables de recordar si encima fueron gratificantes. Con las hormonas a plena ebullición, aquello parecía más un sueño que una realidad ¡pero estaba pasando!

Llamé a Jennifer por teléfono y mantuvimos una conversación la mar de corriente. Como si no hubiese pasado nada el día anterior. Quizas por vergüenza omitimos lo ocurrido. Acordamos volver a quedar por la tarde un rato antes de quedar con nuestras respectivas amistades. Siendo sábado, lo normal era quedar con ellos y salir de fiesta. Cada uno por su lado.

Tras colgar el intercomunicador, mi mente se empezó a calentar. Me empecé a masturbar recordando una vez más las escenas vividas la noche anterior. Como me la sujetaba, como me la acariciaba… la cantidad de semen que expulsé, sus jadeos cuando tuvo su orgasmo tras el dedazo que le hice a ella… Joder, quería más.

De pronto se me paso por la cabeza follar. Imaginar que me la follaba. Que nos acostábamos juntos. Que perdíamos la virginidad de una vez por todas ¿y si se lo propongo? ¿Pero cómo? ¿No será demasiado pronto? ¿Tal vez demasiado violento?

En el cajón de la mesita de noche tenía un preservativo de estos que regalaban en el instituto. Tenía la predisposición y la herramienta ¿querría ella? Era todo echarle cara y tener valor… ¿se enfadaría por proponerle algo así? Llevaba muchísimos años masturbándome. Todos los días caía una paja. Veía demasiado porno. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer ¿Por qué tenía que esperar tanto? Decididamente… lo iba a intentar.

Esa misma tarde mis padres no iban a estar en casa, así que tendría el hogar a mi entera disposición. Ya le podían dar por el culo al incomodo banco del parqué. Jennifer hoy conocería mi habitación, donde guardo mis secretos. Pero sería una sorpresa para ella.

A las 16:00 de la tarde me encontraba esperando a Jenny en la estación de autobuses. Al poco rato el susodicho transporte llegó. A través de sus ventanas podía ver a Jenniffer tan tranquila. Como si la vida no fuese con ella. Pensando en sus cosas. Estaba muy guapa.

Bajó del autobús y me la encontré una vez más con la coleta alta, maquillada con sombreado en los ojos. Labios carnosos pintados de carmesí. Eso me ponía cardiaco. Vestía un top rojo, y unos pantalones vaqueros. Entre ellos se podía ver perfectamente el piercing que tenía en el ombligo. Las sandalias con tacones le hacían levantar el culo un poco más. Me sonrió, se acercó y me beso. Mi polla se puso dura como el acero.

– ¿Qué tal estas hoy Romeo?

– De maravilla Jenny ¿Dormiste bien?

– Si, la verdad es que muy a gusto. Caí rendida.

– Yo no he dejado de acordarme de ti.- contesté ruboroso.

– Jajajaja, ¿y eso?

– Por lo de ayer. Ya sabes.

– Te confieso que yo también me he acordado mucho.

Nos volvimos a besar como dos enamorados que hacía tiempo que no se veían. La gente de alrededor pasaba a nuestro lado mientras el autobús iniciaba de vuelta su viaje. Estábamos solos en el Universo.

– ¿Qué, vamos al parque o damos una vuelta?- me dijo Jenny ajena a todo mi plan.

– No, veras.- me acerqué a su oído y la dije…- Hoy no hay nadie en mi casa.

Jennifer me miró un poco con cara de no saber qué hacer. Pero al rato le cambió la cara y aceptó mi propuesta.

– Vale… vamos.- me contesto más animada.

– Eso, y vemos una peli o algo tranquilos.

Los dos sabíamos que aquello era falso. Sabíamos de sobra que estar solos en casa iba a conllevar meternos mano como animales nada más llegar a mi habitación. Era lo que realmente se esperaba venir después de lo de ayer.

Andamos durante varias calles sin apenas ninguna conversación. Yo le hablaba de que este era mi barrio, que de aquí eran todos mis amigos, que viviamos todos cerca, que aquello del fondo era mi antiguo colegio, etc… Banalidades para ocupar el espacio que quedaba entre la estación y mi casa y no caer en la tensión del momento.

Llegamos a mi portal, metí la llave nervioso y abrí. Subimos las escaleras hasta el tercer piso. Vuelvo a meter la llave, esta vez de mi casa, y por fin nos metemos dentro. Pasamos el pasillo y entramos en la primera habitación: mi habitación. Aquí ella y yo éramos libres. Por fin podíamos hacer lo que nos diera la gana, y dicho y hecho, nada más cerrar la puerta, me volteé y le agarré de la cintura, pegamos nuestros cuerpos y comenzamos a devorarnos. Nuestras lenguas eran fuego. Besos y más besos. Nuestras salivas eran uno. Nos lamiamos. Le apoyé contra la pared y comencé a comerle el cuello. Jennifer suspiraba y se dejaba llevar. Aprovechaba para meterme la lengua por la oreja y acariciarme la cabeza con sus manos.

Mis manos a su vez iban bajando hasta su culo, el cual agarraba y amasaba desesperado. Mi cuerpo se dejaba caer contra el suyo. Mi polla estaba muy dura y quería que lo notase. Mis manos volvieron a sujetar su cintura y a colarse por debajo de su top. Por fin consiguieron coronar sus pechos.

No tardé mucho en quitarle esa prenda y dejarle en sujetador. La visión era fantástica. Un sujetador negro que ocultaban sus bonitas tetas. Acerté a desabrochárselo. Arrancárselo. Sus tetas ya liberadas dieron un pequeño meneo que me ponía, si cabe, más cachondo cuando sus pezones marrón oscuro se bamboleaban de un lado a otro. Allí fui a comérmelas. A pellizcárselas. A morderlas. Eran deliciosas. Tetas de jovencita de dieciocho añitos. Una delicia recorrerlas con mi lengua, meterlas en mi boca y notar lo duras y tersas que se ponían. Me encantaba embadurnárselas de saliva. Volver a sus pezones y mamárselos.

Mi mano derecha no perdió el tiempo en acariciar su coñito por debajo del pantalón vaquero que vestía… y el tanga. Ella a su vez buscaba mi polla a través de mi chándal. Quería notar su dureza. El hierro.

Me aparté de ella y me senté en una silla. Le agarre de las manos he hice que se sentará encima mío, tal y como hacíamos en el parque. Aquello era pura pasión. Me acertó a colocar los pechos en mi boca mientras me acariciaba la cabeza. A su vez comenzaba un meneo donde, como siempre, rozaba su coñito con mi rabo. Apretaba fuerte mientras sacaba una teta de mi boca seguido de un hilillo de saliva. Sus buenas tetas que tanto placer me daban al acariciárselas y chuparlas. Mordía sus pezones y tiraba de ellos. Me intentaba meter un pecho en la boca mientras ella suspiraba. Jenny aceleraba el ritmo del roce con mi polla y en un ímpetu que no podía detener le agarré del culo y le grité:

– ¡Quiero follarte!

Mientras inmediatamente hundía mi boca entre sus tetas. Ella solo atendió a cogerme la cabeza y abrazarme. Me aparté y la vi mirar hacia la ventana pensativa. Me negaba con la cabeza. Aquello no podía ser… al menos no hoy. Metí una mano en mi bolsillo y saqué un preservativo que inmediatamente enseñé. Ella lo miró y volvió a negar con la cabeza pero esta vez como conteniéndose. Me volvió a abrazar.

– Es demasiado pronto.- me acertó a decir.

Tal vez sí. Apenas nos conocíamos de una sola semana. Los dos éramos vírgenes y estábamos descubriendo cosas juntos. Igual me estaba precipitando y la calentura no me dejaba razonar correctamente. El día anterior me había hecho una paja y hoy ya quería follarla. No, así no tenía que ser. Me quedé con cara de defraudado. Me sentía avergonzado. Jennifer solo supo besarme y volver a acariciarme la cara a modo de palmadita en la espalda: bien chaval. Buen intento.

Me beso, y mi cara volvió a hundirse en sus pechos. Intercambiaba con besos, morreos y lengüetazos a su cuello. Jennifer volvía a calentarse rápidamente y la polla me iba a estallar. Yo ya no podía más. Me la quité de encima y la senté en la misma silla donde yo acababa de estar. El bulto de mi pantalón era bastante evidente.

– Me la tengo que sacar que me está doliendo. – y dicho y hecho me desabroché el pantalón para poder liberar mi polla, que estaba dura como una puta piedra y gorda. Muy gorda.

Para Jenny ya no era una sorpresa. La noche anterior ya la había tocado, acariciado y pajeado. Pero ahora de día y en una habitación intima los dos solos, tal vez daba más gusto y morbo con todo detalle verla. La miraba con cara de incredulidad. Con su mano derecha alcanzo a cogérmela y otra vez comenzó a masturbarme como había hecho la noche anterior en el parque. Pero esta vez ella sentada y yo de pie. Mi calentón no tenía ya límites, y tal vez viéndome protegido en mi propia casa, me atreví a acercar mi polla a su cara. Era un todo o nada.

Jennifer, sin soltarme la polla volvió la cara otra vez pensativa mirando hacia la ventana. De repente torció el cuello, se la quedó mirando un rato mientras su mano la acariciaba y acertó a metérsela en la boca con los ojos cerrados. Yo no me lo podía creer. Por fin estaba ocurriendo. Despacio, sus labios me rozaban el capullo, con timidez y poco a poco. Se la metía y la volvía a sacar. La volvía a mirar y se la metía otra vez en la boca. Era mi primera mamada… y su primera mamada tambien.

Me bajé el pantalón entero, me senté en la cama e hice que se arrodillase en el suelo. Quería una mamada con todas las de la ley, como las que veía en esos videos porno de la televisión. Ella enseguida supo lo que quería y no titubeó. Arrodillada tal como estaba, volvió a agarrarme el rabo y se la metió otra vez en la boca. Aquello era una mamada muy morbosa, pero también torpe: la polla no le entraba bien en la boca y sus dientes me rozaban el capullo, que era lo máximo que conseguía meterse.

– Ufff, abre un poco más la boca, Jenny. Me estas rozando con los dientes y duele.-supliqué

– Perdona, pero es que tengo la boca pequeñita y esto es lo máximo que puedo abrir.- me contesto.

Hice de tripas corazón y deje que continuase. Jennifer subía y bajaba la cabeza torpemente. Yo ayudaba cogiéndole de la coleta y acompañándola en el vaivén, cosa que me ponía un poco más cachondo si cabe. Si intentaba presionar la boca contra mi rabo, ella se ahogaba y me daba un manotazo… aparte de hincarme los dientes en el rabo. Aquello no era como yo me esperaba debido al dolor, pero si plenamente gratificante al poder ver como una mujer me hacía delicias orales. Estaba en la gloria. Jenny, mi novia de dieciocho añitos comiéndome la polla, con su coleta alta y su cara de inocente.

– Joder, así, joder… siiii, cómemela.- mientras tan solo se oía el ruido característico de una mamada a través de unos carnosos labios.

Jennifer no decía nada. Tan solo se dedicaba a devorarme como podía el capullo de mi pene. Le agarré del pelo e hice que se separase de mi rabo. Ya había sido suficiente por hoy, debido a que aquello me estaba destrozando el capullo con tanto roce de diente. Ya aprendería más adelante, pensé, y ahora le toca a ella recibir placer del bueno. Tal como la tenía agarrada la hice tumbar en la cama mientras sus tetas se movían divertidas con el violento vaivén de levantarse y girar. De primeras Jennifer no sabía muy bien que es lo que pretendía, y solo lo empezó a sospechar cuando me dirigí a recorrer con mi lengua su tripa. Mis manos desabrocharon su pantalón hacia abajo y tire fuerte hasta dejar al descubierto su tanguita. Acerqué mi nariz a su coño y comencé a recorrer mi lengua por encima de su tela. Jenny, sin embargo, estaba como en estado de shock y no oponía ninguna resistencia.

De igual manera, conseguí quitarle este tanga y dejar, por fin, su joven coño al descubierto. Un coño donde destacaba el manojo de pelos púbicos que rodeaban sus labios vaginales rosados tirando a rojo intenso. Encima, coronaba un botón de carne roja bien visible a simple vista. Como no tenía muy claro cómo se comía un coño, lo que hice por puro desconocimiento fue directamente hundir mi boca en el agujero de su vagina, sacando la lengua y recorriéndolo de arriba abajo. Más que una comida de coño, aquello parecía una limpieza. Su sabor era amargo e hice amago de apartarme, pero ¡que coño! tenía que ser un hombre y darle placer. Jennifer suspiraba y se dejaba llevar. Tenía una mano en la cara como de estar muerta de vergüenza mientras que con la otra me sujetaba y acariciaba la cabeza.

Mi rabo seguía duro como una piedra y en un acto de valentía acerté a colocarme sobre su cuerpo desnudo mientras mi polla buscaba su gruta:

– No, no, no Romeo, no.- mientras su mano impedía el acceso.

Forcé la situación hasta el punto de intentar quitarle la mano que había puesto en medio a modo de protegerse del intruso, mientras mi rabo empezaba a rozarse de arriba a abajo con su coño. Daba espasmos con las piernas. Era como si lo desease pero sabiendo que aquello no podía ser su primera vez. Yo seguia rozandole con la polla y su mano impedía que la penetrase una vez mas. Era una locura. Quería follármela en ese mismo instante, pero Jennifer no estaba por la labor y realmente lo estaba pasando mal. Ahora tenía las dos manos en la cara tapándosela mientras seguía susurrando un “no, no” apenas audible como dándose por vencida sabiendo de sobra lo que iba a ocurrir.

Pero no. Aquello no podía ser así. No. Nuestra primera vez no podía ser tan mierdas. Tan cutre. Con tan mal rollo. Desistí de mi actuación y me tumbé encima de ella mientras le quitaba las manos de la cabeza.

– Lo siento. Soy un egoísta.- mientras besaba sus labios.

Jennifer tenía la cara empapada en sudor, al igual que su cuerpo. Parecía que se tranquilizaba sabiendo que habia sido un caballero y que no la iba a forzar a nada. Mi polla seguía igualmente dura, así que me puse encima de su pecho y comencé a pasar mi polla por sus tetas. Jennifer agarró mi rabo y comenzó a masturbarme, igual que había hecho la noche anterior, mientras mi mano se apoyaba en su coño y conseguía hacerle un dedo. Al poco tiempo empecé a gruñir cuando noté endurecerse mis pelotas, aviso de que aquello iba a explotar y de repente un chorretón de lefa salió disparado hacía sus labios, seguido de otro que fue a parar a sus tetas. El resto de leche acabó embadurnando su pecho. Cuando terminé de correrme, comencé a extender mi propia leche por su pecho a modo de marca. Jennifer simplemente me dejaba hacer.

Una vez más tranquilos, nos levantamos de la cama y nos fuimos al baño a limpiarnos. Mientras nos quitábamos los restos de semen yo solo sabía decirle un “perdóname” tras ese intento de penetrarle sin un consentimiento de verdad. Ella solo sabía besarme y decirme que no pasaba nada.

Una vez vestidos, bajamos a la calle y le acompañe hasta la estación. Esa noche ella había quedado con sus amigas y yo con los míos, y acordamos vernos. Mientras se subía al autobús yo seguía un poco rayado por mi actitud. Por lo que podía haber hecho y como podía haber acabado eso si no hubiese conseguido contenerme. No estaba bien.

Jennifer se volvió y me beso y me dijo:

– Alegra esa cara. – mientras me guiñaba un ojo.

Me quedé mirando su culo y las puertas del autobús se cerraron. Esta noche nos volveríamos a ver.

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