Mi primera novia

No se por qué le llamé a ella, ni tampoco qué le empujó a decirme que si.

Tenía yo 16 años, y estaba recién salido de un colegio de frailes. Menudo pajillero estaba hecho yo!

En el instituto había chicas, chicas de verdad, y yo tenía que conseguir que alguna me hiciera caso. No se si os ha tocado vivir esa sensación de lo desconocido mezclado con lo idealizado. Bastaba con pensar que iba a estar con alguna chica para empalmarme durante todo el día.

Aquel sábado por la tarde, como muchos otros, estaba solo viendo la tele en casa de mis padres. No sé de dónde saqué el número de teléfono y marqué.

– Está Josune?

– Si ahora se pone!

…. (pasaron unos segundos pero se me hizo heterno)

– quién es?

– Hola, Josune, soy Xabi, del instituto… y me preguntaba si te apetecía ir al cine esta tarde … claro, si estás ocupada … podríamos …

No me dejó acabar la frase …

– Vale, dónde quedamos?

Josune era una chica entre rubia y pelirroja, flaca flaquísima, aunque de cinturilla de avispa, caderas marcadas, y un trasero… Eso si sus tetas, aunque pequeñitas… tenían una forma maravillosa y unos pezones, que como más adelante descubriré apuntaban al cielo marcándose en la ropa llevara el tejido que fuera. Era realmente preciosa.

Llegué al lugar elegido envuelto en un mar de dudas y nervios. El saludo de rigor, dos besos, y como amigos entramos al cine. No recuerdo qué película vimos; me tiré toda la sesión mirando de reojo aquellas piernas cubiertas con el tejano y esas tetas que creía entrever a través del pequeño escote que formaba una blusa de cachemir con tan solo dos botones desabrochados.

Mediada la sesión me empezó a acariciar la rodilla, ufff, qué sensaciones. Tenía hacía rato mi polla que iba a reventar mus pantalones, aunque por más que le intentaba indicar con las diferentes posturas de mi cuerpo, no subía, se quedaba haciendo círculos y más círculos, pero siempre en mi rodilla. Me atreví entonces a pasar mi brazo por su hombro. Error! Esta postura alejaba aquella endiablada mano de la parte hinchada de mi pantalón. Aunque a veces parecía que iba subir, nunca lo llegó a hacer, y mi polla susurraba a gritos revindicando sus necesidades.

Y asi acabó la peli. Al levantarnos de las butacas, no sé si queriendo, o sin querer, rozó por fin mi hinchada polla, y me falto bien poco para correrme ahí mismo. Me acomodé aquel volcán a punto de estallar que tenía entre las piernas, y cual corderito, salí de allá con el premio de llevarla de la cintura y con aquel incipiente dolor de huevos.

Era una noche de noviembre por lo que la temperatura rondaba los cero geados. Poco a poco, con la disculpa del frio que hacía, fui introduciendo mi mano derecha en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero y así por fin pude notar la firmeza de aquel culo que me estaba volviendo loco por momentos, mientras sin ninguna prisa paseabamos por las calles camino a su casa. Como Josune no se inmutó, pude palpar con mis caricias por primera vez aquel maravilloso tesoro. A través de aquel bolsillo, fui apartando aquellas bragas que molestaban en mi aventura de conquistar aquellas nuevas tierras.

La conversación era muy amena y mi mano iba conquistando terreno. Josune me propuso sentarnos un rato en un banco nada apartado de un parque por el que pasábamos, y, como si fuera verano accedí a ello de muy buena gana.

Mierda! tuve que apartar mi mano de aquel manjar. No me importó demasiado ya que se lanzó a mis lavios. Yo lo había besado así nunca así que me dejé llevar y cuando llevabamos más de 10 minutos reconociendo nuestras bocas, parecía que lo había hecho siempre.

Entre tanto, mis manos fueron descubriendo su cara, cuello, espalda, y de ahí, por las axilas pude rozar la base de sus tetas. Mi polla no se había ablandado en toda la tarde y sin que aún me tocara, había humedecido ya mi boxer y aquella humedad empezaba incluso a traspasar mi vaquero.

Me temblaba todo el cuerpo, y no era frio. El mundo entero había desaparecido y solo existía ELLA, Josune.

En un momento dado, se apartó de mi. Pensé que se había acabado mi sueño. Pero no. Aqui empezó lo mejor. Mientras mi cuerpo seguia temblando como si me hubiera dado un ataque de párquinson, Josune levantó su camisa dejandome contemplar su torso desnudo.

– Acariciamelas, si vas a ser mi novio, tienes que empezar a acostumbrarte a ellas.

Menos mal que eran pequeñas. No savía por donde empezar. Ahí se paró el tiempo, ya no pasaban coches por detrás del seto de al lado. Estábamos tan solo los dos y aquel maravilloso cuerpo. Me olvidé incluso de mi dolor de huevos y dejé de oir las súplicas de mi polla.

Qué tetas! Mis manos temblorosas empezaron a acariciar suavemente aquellas peritas que, al contacto con mis dedos se ponian duras como piedras, no solo los pezones sino la teta entera. Coordine mis caricias al ritmo de su entrecortada respiración.

Uf! Cómo se estaba poniendo la tia!

Cuanto más la acariciaba más burra se ponía!

– Ah!!, ah!!

Se le escapaban grititos que no podía reprimir.

– Sigue, sigue, sigue asi! – decía.

Me susurraba mordisqueándome una oreja … y claro, yo seguí y seguí. El ritmo era frenético. Cuanto más pellizcaba sus pezones más fuerte me abrazaba.

– Sigue! más fuer…..

Su cuerpo se tensó y empezó a gritar un gran orgasmo que le duró más de dos minutos. Aquello era interminable. En plena calle Josune gritaba y gritaba su orgasmo. Con la tensión del momento, y para no caerse al suelo se agarró a mi polla fuertemente. Era lo poco que me faltaba. Casi sin darme cuenta me empecé a correr; un chorro, dos, tres, hasta ocho o nueve chorros de esperma inundaron toda mi ropa, traspasando hasta su mano.

Estuvimos más de veinte minutos recuperándonos del placer vivido, abrazados y sin decir nada.

Josune soltó mi polla para mirar el reloj, se recompuso la ropa, se lebantó del banco, y se alejó gritando:

– Qué tarde! Qué bronca me va a caer! – y siguió – a qué hora quedamos mañana?

Y se fué corriendo sin esperar mi respuesta.

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