Mi primera vez contigo

El taxi llegó 30 minutos antes de la hora que me habían confirmado, no hubo problemas, pues hacia una hora que yo estaba lista; tome mi pequeña maleta, y mi bolso, hice una pequeña plegaria antes de abrir la puerta y salir de casa: “DIOS mío, ojalá todo salga bien, bendíceme y no me desampares”, diciendo esto último eche cerrojo a la puerta y caminé rumbo al auto que ya me esperaba.

El taxista me dio su nombre y me pidió el número de reserva que me dieron por teléfono, pregunto la forma de pago y después de los requisitos, amablemente subió la maleta a la cajuela para emprender el viaje; en la calle no había nadie, y como sería diferente, siendo las 2:00 de la mañana, del 11 de febrero, a esa hora todos duermen, todos menos yo, y es que desde un día antes, no había podido pegar el ojo.

Estaba expectante, ansiosa, excitada, nerviosa, temerosa y a la vez feliz, por fin te vería, después de tantos años de solo verte en vídeo llamadas, estarías frente a mí, podría abrazarte, olerte, mirarme en tus ojos y hasta… Dormir contigo. Qué pánico y a la vez que gusto.

La carretera estaba vacía, tenía que estar dos horas antes de que mi vuelo saliera, así que iba con excelente tiempo, tomando en cuenta que vivía a una hora del aeropuerto.

Sentía un hueco en el estómago, conforme avanzaban los kilómetros me acercaba al amor de mi vida, al más deseado, al más anhelado encuentro. Me sudaban las manos, a poco más de 24 horas de tenerte frente a mí, claro está, si no había contratiempos, me sentía una colegiala.

Llegando al aeropuerto, pague el viaje en taxi y me hicieron el ofrecimiento de venderme de una vez el viaje de regreso, para lo cual fui consciente de que tendría que regresar, que me separaría de tu lado, y eso me puso triste. Acepte la oferta tomando en cuenta la situación económica y pedí que fuera con fecha abierta para evitar problemas.

A las 6:00 a.m. en punto “Aeroméxico” fue el encargado de llevarme hasta la ciudad de México. Fue un viaje corto, de 1:35 horas con una espera de 6 horas. De ahí, partimos a Lima, en el mismo avión a las 13:35; aterrizando a las 19:30 horas de mi país, no había querido ajustar el horario en mi reloj, seguía una eterna estadía de 17 horas, de las cuales, pase 2 en una fila interminable en migración; y es que presentó un inconveniente con el equipaje de otro pasajero; eso me puso nerviosa y de mal humor. Me quedaban muchas horas para tomar el siguiente avión que me llevaría a El Alto, en La Paz.

Tantas horas de tiempo muerto, tiempo en el que no podía hacer nada más que buscar una red wi-fi para poder hablar contigo. Me respondiste al primer timbrazo.

-¿Cómo vas bebe?

-Bien amor, ya casi llego, estoy en Lima.

-Pronto estaremos juntos, al fin.

-Si, no sabes cuantas ganas tengo de abrazarte.

-Las mismas que yo tengo bebe. Estoy nervioso.

-Yo también. Tengo miedo…

-¿Miedo? ¿De qué? ¿Por qué?

-De no gustarte cuando me veas.

-No necesite verte para quererte.

Y esas palabras tocaron mi corazón de tal forma que no pude evitar llorar, quería estar a tu lado, si o si.

Después de comer algo ligero, o más bien picar, porque no me lo terminé, fui al baño a refrescarme, y a tratar de tranquilizarme.

Saque mi libro y me puse a leer, “Un mundo feliz” de “Aldous Huxley” fue mi acompañante, un libro corto, diferente y entretenido. Lo termine en el tiempo que tuve de espera. Y 2 horas antes de que el vuelo saliera, todo indicaba que no habría demoras; volví al baño, me quite los jeans y los converse; la pantaleta y el top deportivo y los reemplace por una tanga color rojo y un sostén del mismo tono, hechos de encaje, un vestido que había preparado para la ocasión, también rojo ceñido al cuerpo, y sobre todo a las caderas acompañándolo de tacones, iba de rojo totalmente.

Registre mi pasaje, entregue mi maleta y fui a la sala de espera con apenas 10 minutos de margen, ya iban a comenzar a abordar, hice fila y todos se me quedaban viendo.

Ya lo sé, iba demasiado arreglada y con cero maquillaje, pero me maquillaría en el avión.

Busqué mi asiento, y saque de mi bolsa una goma de mascar, para que no se me taparan los oídos otra vez, como en el trasbordo anterior y decidí hacerme un smokey eye en color café, los labios rojo mate; la chica de rojo iría a tu encuentro amorcito, y como mi piel es blanca, resaltaba totalmente.

2 horas después ya estaba aterrizando, me sentía mareada, casi hiperventilaba de la emoción, estaba a escasos minutos de verte, 24 horas de aquí para allá y sabía que al bajar del avión, me esperabas tu, mi gran amor.

Lentamente se fue vaciando el avión, yo permanecí sentada hasta que todos bajaron, fui la última en descender, el capitán le dio las gracias a todos los pasajeros y comencé a bajar escalón por escalón hasta llegar al suelo y caminar por el área señalada, a cada paso que daba, podía sentir mi corazón retumbar en los oídos, tome mi pequeña maleta, pasé nuevamente por migración y mi ansiedad se incrementaba, ¿estaría esperándome? ¿Qué tan alto será? ¿Le gustare? ¿Qué pasará?

Me sellaron el pasaporte, y me indicaron por donde salir, eran la 1:15 de la tarde del 12 de febrero y yo estaba sumamente ansiosa, a unos pasos estaba mi amor… Me quede parada unos segundos, respire profundamente, me encomendé a DIOS y avance.

Al salir por una pequeña puerta, te vi, tenías unos jeans azules, una camisa blanca y un saco negro, usabas unos zapatos muy cómodos y al parecer mandabas un mensaje de texto, espero que a mí.

Estabas tan concentrado que no te diste cuenta que me detuve frente a ti, fue hasta que te hable, cuando levantaste el rostro.

-Hola mi amor. –Dije en voz bajita mientras me temblaban las piernas, parecía gelatina, y mientras levantabas la mirada, yo me acerque a ti lo más que pude para restregarte mis senos.

-Hola bebe. –Dijiste con una gran sonrisa en los labios y moviendo el brazo, para rozarme más.

Me miraste de arriba a abajo, con descaro te detuviste en mi escote y cuando tus ojos se volvieron a cruzar con los míos, sonreíste como un niño.

-Por fin mi bebe. –Y me diste un cálido y fuerte abrazo.

Nuestros torsos estaban tan cerca, que pude sentir el palpitar de tu corazón, tus brazos rodeando mi cuerpo, tu halito en mi cuello me hizo estremecer y me puse a llorar de la emoción, las palabras no salían, no sabía que decir o cómo comportarme, soñé tanto ese momento y quería que fuera tan perfecto, que no pudo ser mejor, me quitaste las lagrimitas y me besaste en los labios.

Fue un beso hermoso, el más esperado de mi vida, estabas temblando igual que yo, y tu lengua no se decidía a entrar en mi boca, pero mi osadía le mostro el camino.

Te abrace tan fuerte que sentí tu erección, que delicia, al menos te provocaba algo.

Me sonreíste y me tomaste de la mano, llevaste mi equipaje en la otra mano y salimos en perfecto silencio. Yo sin dejar de mirarte, te seguí, y te habría seguido a donde fuera.

– ¿Cómo estuvo tu viaje? –Preguntaste.

–Valió la pena cada segundo.

Pediste un taxi, y le preguntaste la tarifa al chofer, o algo le dijiste no supe bien, estaba concentrada mirándote hablar, y cuando el chofer bajo a subir el equipaje y me dirigió una mirada lascivia, marcaste tu territorio al tomarme del talle y darme tremendo beso de tornillo dejándome alucinando y sin aliento.

Dentro del auto, me recosté en tu hombro, el cansancio estaba cobrándome factura, me abrazaste rodeándome con tu brazo izquierdo, me acariciabas el rostro, los brazos, de vez en cuando me tocabas las piernas, subías mi falda y me rozabas los senos con tu mano, y en un momento, mientras el chofer no miraba, me jalaste el escote para asomarte dentro, me sentí muy a gusto, me estabas calentando lentamente para cuando llegáramos al hotel.

Habías hecho las reservas, y yo aparecía como tu señora, que detalle tan lindo, subimos a la habitación, me dejaste entrar primero y al cerrar la puerta, avance nerviosa hasta llegar a la cama, no escuchaba ningún ruido, cuando voltee, estabas recargado en la puerta, mirándome el trasero.

Te relamiste los labios y vi esa miradita que tanto me enloquece, esa que siempre me diriges en “skype” cuando quieres que me quite la ropa y en menos de un segundo mis entrañas se contrajeron y comencé a humedecerme. Apreté tanto las piernas que te hice reír, así que caminaste hasta pararte junto a mí, y mientras me besabas con pasión, me metiste la mano bajo la falda del vestido, tocaste mi tanga y sonreíste sin dejar de besarme, te quite el saco arrojándolo al suelo, me bajaste la cremallera del vestido y también lo dejaste caer. Me viste en ropa interior, te hiciste hacia atrás para mirarme mejor y con el dedo índice indicaste que diera una vuelta, hecho así, te paraste detrás de mí y me diste un arrimón, tu pene estaba entre mis nalgas, me empezaste a masajear los pechos y la hermosa tanga que cubría mis partes íntimas se deshizo en tus manos, la rompiste, me diste vuelta y me tumbaste en la cama con delicadeza abriéndome las piernas, mientras te recostabas sobre mí, besabas mi cuello.

-¿Tienes hambre? –Preguntaste, mientras bajabas y enterrabas la cara entre mis senos, respirando mi aroma.

-Tengo hambre de ti. –Conteste mientras te desabotonaba la camisa y te rodeaba la cintura con mis piernas.

-Entonces, primero lo primero. –Dicho así, te erguiste, te quitaste el cinturón, y abriste el pantalón.

-No sabes cuánto te he deseado mi amor. –Dijiste mientras me besabas apasionadamente.

-Yo también cariño. –Y te baje los bóxers de un tirón, haciendo saltar tu hermoso y erecto pene.

Me enderece a meterlo en mi boca; era tanto el deseo que me atragante, no me cabía, pero trate de hacer lo mejor posible. Me acariciaste el cabello y comenzaste a empujar para que me entrara hasta la garganta; me sacaste los senos del sostén y los masajeabas, me quitabas el cabello de la cara y me empujabas tu miembro cada vez más adentro.

Estaba muy nerviosa y muy excitada, tu pene me resultaba una delicia, el aroma, el sabor, la textura, el tamaño, lo duro que se puso en fracción de segundos, como tus testículos crecieron y como gemiste del puro gusto, me invitaron a hacerte la mejor mamada de la que fui capaz.

Trate a toda costa de cubrir mis dientes con los labios, menos mal el labial era indeleble o habríamos terminado hechos batidillo. Intenté pasar la lengua por todo el tronco, que no quedara ni un milímetro sin lamer, sin humedecer, sin degustar.

Estaba sumamente concentrada en chupar tu virilidad, tú, me acariciabas la cabeza, me apartabas el cabello del rostro, pasabas la mano por mi espalda hasta la parte alta de mis nalgas, luego me apretabas los senos, los hiciste a tu antojo, y en un momento el sostén desapareció.

-Mírame bebe. –Ordenaste.

Y levanté la vista sin dejar de chupar, e introduciéndome lo más humanamente posible ese enorme trozo de carne, que tantas veces te vi manipular en nuestras conversaciones más calientes por “skype”, quería demostrar lo buena chica que puedo ser, ya tenía los movimientos estudiados, estaba demasiado entrenada visualmente y quería dar lo mejor de mí.

–Relaja la garganta. –Dijiste.

Sonreíste maliciosamente y me la clavaste hasta la campanilla de un solo empujón, tomándome por la nuca con firmeza para no poder escapar. Estaba muy excitada, sabía que te gustaba porque tus nalgas comenzaron a contraerse, mis manos las sentían, pues me apoye en ellas para poder acercarte a mí.

Tu respiración fue cada vez más intensa, gemías y te estremecías, me levantabas el rostro y me mirabas a los ojos con fascinación, en un segundo comencé a masajear tus huevitos, primero uno, y luego el otro y como ya me había atragantado demasiado, decidí cambiar de posición, chupando ahora tus bolas. Las succione tan rico que empezaste a adularme, a felicitarme por el buen trabajo que estaba haciéndote y eso me animaba a seguir con más ganas, te masturbaba, y mis manos firmes acariciaban tu deliciosa verga.

-Aún no bebe, espera. –Me dijiste.

Y cambiamos de posición. Me besaste con tanta pasión que el aire me faltaba. Luego bajaste por mi pecho y te detuviste en mis senos, mientras tu diestra se dirigió a mi centro del placer, y comenzaste a masturbarme como sabes que me gusta.

-Qué rica estas.

Dijiste mientras te metiste una de mis tetas a la boca, como si fueras una aspiradora, succionaste deliciosamente, tu mano en mi sexo, estaba haciendo maravillas, tocaste, primero delicadamente, luego con maestría. Con la boca fuiste descendiendo, te detuviste en mi vientre, tu lengua entró en mi ombligo haciéndome cosquillas, bajaste por mi pubis y te adueñaste de mi femineidad con tu afilada lengua.

-Oh… -Alcance a decir mientras se me escapaba un gemido.

Tu boca lamia maravillosamente, y tomando en cuenta que nunca me habían besado “Ahí” el contacto de mis labios vaginales con tu boca y tu aliento fue la cosa más maravillosa que había experimentado en la vida.

Apoyaste una mano en mi vientre y con la otra masajeabas una de mis tetas, tu lengua se deslizó por cada centímetro, y se introdujo en mi rajita, hasta llegar al hoyito donde hiciste cuanto quisiste haciendo que me retorciera de gusto y cerrara mis piernas al rededor de tu rostro.

-Que sensitiva estas bebe; me encantas, ahora ponte en cuatro, hazlo por mí.

Y encantada cambié de posición.

Estando en cuatro, me diste muchos besos en ambas nalgas, las sobaste, las apretaste, las separaste, y luego diste un fuerte azote en la nalga izquierda, fue tan duro, que seguro tu mano dejaría marca. Gemí de placer, no me lo esperaba, pero lo había deseado por años.

Me besaste la espalda, desde la nuca, hasta el centro de las nalgas, pasaste tu lengua por todo lo largo, mientras con las manos, acariciabas la parte interna de mis muslos. Tu verga rozaba toda mi raja desde las nalgas hasta la vagina, no sabía en qué momento me ibas a penetrar, pero quería que fuera pronto, pues estaba demasiado caliente, y muy cansada además.

Te detuviste en mi culo, separando los cachetes de mis nalgas, escupiste en él y aunque yo moría de la vergüenza, ninguna otra sensación se comparaba con el placer tan sublime de tu lengua acariciando mi ano, fue el beso más rico de mi vida, tan intenso, que a punto estuvo de provocarme un orgasmo.

– ¡Oh!… –Dije nuevamente

Y como por arte de magia, introdujiste un dedo en ese hoyito, te subiste sobre mí, quedando tu boca en mi oído y me dijiste:

–Ahora bebita, ya no serás virgen de ningún lado. Ahora eres mía.

Y reemplazando ese dedo, por la punta de tu pene, lo fuiste introduciendo muy lentamente, mientras me agarrabas por la cintura. Tu brazo derecho, me rodeo por todo el vientre, mientras que con la mano izquierda, masajeabas mi clítoris, fue una sensación deliciosa, que me hizo perder el equilibrio y me tumbo entre las almohadas, pero como me tenías abrazada, seguía con el culo levantado.

Mi cabeza estaba de lado, y mis manos, no podían moverse, me sentía, débil, y totalmente llena por dentro, emitía grititos, muy despacito, y a cada grito, me introducías más tu pene, que delicia, me deshacía del placer. Cuando por fin estuvo dentro, permaneciste ahí, sin moverte, solo tu mano izquierda provocándome un intenso orgasmo, era lo que se movía, y cuando cerré las piernas, al sentir tal placer, te fuiste haciendo hacia atrás, para de una estocada, comenzar a bombearme, una, dos, tres veces, perdí la cuenta, la sensación fue deliciosa, y yo, no cesaba de gritar y de chorrear.

Al cabo de no sé cuánto tiempo, me sacaste la verga por completo, me diste la vuelta abriéndome las piernas y poniéndolas alrededor de tus hombros, me jalaste, acercándome a ti, y cual si fuera una muñeca de trapo, con total debilidad en mis extremidades, te deje manipularme.

Entrelazaste tus manos, con las mías, y me penetraste en la vagina, tus testículos chocaban con mis nalgas, generando un ruido cadencioso, mis pechos se bamboleaban sin cesar, creí que estaba temblando pero era la cama la que se estaba moviendo con tus embestidas, fue la sesión de sexo más deliciosa que había tenido en toda mi existencia, todo lo que un día acordamos que sucedería estaba pasando, no podía dejar de mirar tu rostro, estabas colorado del esfuerzo, pero sonreías cada vez que te miraba, no dejabas de decirme lo estrechita que estaba, lo rico que sentías, lo mucho que me habías esperado, y en un momento en que me volví a convulsionar en un orgasmo, te dejaste ir, me sentí llena por dentro, fue algo nuevo para mí, jamás había tenido sexo sin protección, pero es que tú eras diferente, siempre fuiste diferente, porque eres mi amor, y contigo haría todo. Era la primera vez que permitía que alguien me penetrara sin condón, también la primera vez que me besaban y me penetraban el ano, la primera vez que sucedía todo, sin que opusiera ninguna resistencia, y es que aunque no era virgen, siempre fui muy anticuada, pero tú, mi amor hermoso, derribaste mis barreras y me hiciste atravesar medio continente para llegar hasta ti y permitir que me follaras como siempre lo soñé, fuiste tú quien me hizo desear todas esas cosas que estaba dispuesta a experimentar, y siempre has sido tú, quien ha conseguido quitarme la vergüenza y volverme una exhibicionista solo para ti, porque solo quiero que tú me veas.

Cuando terminaste de vaciarte en mi, soltaste mis manos, yo abrí las piernas y te dejaste caer sobre mí, besándome en los labios tiernamente, estábamos agitados, muy exhaustos, todos esos años de desearnos, estaban culminados en ese momento, en ese viaje y en los días que permanecería ahí, en Bolivia.

Era la primera vez que hacíamos el amor, la primera vez que nos besábamos, que nos veíamos en vivo, la primera vez en todo, y no sería la última, pues estaría 15 días ahí, y tenía muchas ideas morbosas en la mente, que seguro compartiría contigo, y además estaban tus deseos, ¿qué más me harías? No lo sé, pero por el momento, y sintiendo tu deliciosa verga dentro de mí, cerré los ojos exhausta.

Lentamente, fuiste sacando tu pene, yo tan débil como estaba te observe abrirme las piernas y asomarte a ver como lentamente salía de mi interior, tu semen y mis fluidos, tomaste un poquito con el dedo y me lo llevaste a la boca, yo lo chupe y lo trague, estaba salado, y tenía un aroma muy fuerte. Sonreíste y me dijiste:

–Cuando despiertes te diré que más vamos a hacer, te quiero mucho bebesita.

Me envolviste en un abrazo, y mientras apoyaba mi cabeza en tu pecho me quede profundamente dormida.

Gracias por su lectura y sus comentarios. Espero que sea de su agrado. Saludos.

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