Mis inicios en la Universidad (3)

Sheyla y yo entramos en el apartamento y empezamos a determinar las reglas de la lucha:

Sería en el salón, que después de apartar varios muebles tendría unos 20 m2. Sería un combate al estilo lucha libre con victoria por sumisión. No se permitían los mordiscos, golpes con el puño cerrado, codos o rodilla a la cara (para evitar marcas visibles) ni contacto de ningún tipo con las partes sensibles del cuerpo del contrario: ojos y genitales; tampoco tirar del pelo o quitar la ropa. A falta de una vestimenta más adecuada nos quedamos en ropa interior, y empezamos a calentar.

Hice unos estiramientos y analicé a mi rival más detenidamente. Su mayor masa se concentraba en los muslos, así que su mejor opción sería hacerme una tijera con las piernas. Para defenderme lo fundamental era no caer al suelo. En ataque pensé usar la distancia y aprovechar mis extremidades más largas para llegar a ella sin que pudiera alcanzarme; también podría dominarla en el cuerpo a cuerpo usando mi mayor corpulencia.

Cuando estuvimos listos, simulé el sonido de una campana y empezamos. Dimos unas vueltas por el improvisado cuadrilátero y le lancé una bofetada a la mejilla que la cogió por sorpresa. Se quedó un momento pasmada, y yo aproveché para lanzarle una patada al estómago que la tiró a la pared. Tras el rebote le hice un barrido y fue al suelo, pero esta vez pudo reaccionar y se alejó de mí rodando.

Se levantó algo dolorida por los golpes. Si seguía haciendo lo mismo se debilitaría fácilmente, así que me puse a la acción. Di unos puñetazos al aire para burlarme y lancé una patada a la pierna. Ella saltó hacia atrás para esquivarlo pero perdió el equilibrio, lo que yo aproveché para agarrarla y aprisionarla contra el suelo. Pude seguir peleando, pero de momento preferí recrearme en la situación.

Me senté en su espalda y le agarré los brazos, tirando de ellos hacia arriba hasta que gritó un poco por el dolor. Entonces me restregué el paquete contra ella hasta conseguir una erección. Ella lo notó y sacó fuerzas para forcejear un poco y poder levantarse, tras lo cual yo la envolví con las piernas. Obviamente ella no pudo con mi peso y cayó al suelo. Era el momento de regodearme.

Ya no vas tan de chulita ¿eh? – Le dije al oído.
Esto aún no ha terminado. Te vas a enterar. – Dijo con dificultad.
¿Qué pasa, aún no te rindes? Pues a mí ya me han entrado ganas de disfrutarte. – Le solté el brazo izquierdo y le sobé una teta.
¿Qué cojones estás haciendo? No me toques, capullo. – Ella intentaba resistirse, pero la tenía bien cogida. – Dijimos que nada de genitales. ¡Suéltame!
Las tetas no son genitales. Pero si lo prefieres sigo como antes.
Empecé a golpear su cabeza como si fuera un cajón flamenco y me divertí unos momentos así. En un descuido, ella se deslizó hacia atrás y me consiguió tirar. Nos levantamos y proseguimos la pelea. Yo estaba muy cabreado por haber perdido la posición ventajosa, así que ataqué agresivamente.

Mis golpes llenos de rabia eran quizá más fuertes, pero también más torpes y predecibles. Ella fue esquivándolos ágilmente y riéndose de mi falta de acierto. Yo me enfadé aún más y la perseguí por todo el cuadrilátero mientras la llamaba cobarde por huir de mí. Tras un rato así entro Gloria y pegó un grito.

¿Pero qué es esto? ¿Qué hacéis?
Es una pequeña apuesta. Quien gane la pelea tiene al otro como esclavo durante el resto del día. – Dije yo.
Cuando me aburra de él te lo dejo un rato si quieres. – Sheyla seguía confiando en sí misma.
Bueno, si no os importa me quedo a verlo. – Se sentó en el sofá a mirarnos.
En ese momento me di cuenta de que estaba sudando. Había gastado muchas energías con los últimos ataques y había perdido resistencia, cosa de la que me lamenté. Ella siguió dando vueltas, pero yo me quedé en el centro para descansar un poco. Cuando vio que no podía seguir engañándome con esa estrategia se aupó al sofá y desde ahí dio un salto hacia mí que me cogió de improvisto. Desde el aire me dio una patada con ambos pies que me acertó en el pecho.

Ambos caímos al suelo, pero yo me quedé un momento encogido sobre mí mismo por el golpe. Ella aprovechó para pegarme con el empeine en los costados, tras lo cual me separó los brazos y me puso contra el suelo. Aprovechando mi momento de debilidad me envolvió el cuello con las piernas y apretó. Traté de separarlas, pero como dije antes eran muy fuertes y mis intentos fueron en vano.

Cuando quieras golpea el suelo varias veces y terminamos.
Argh… – No podía ni hablar, me estaba ahogando.
Me quedaba sin aire pero no pensaba rendirme. Llegados a este punto, no. Ya me había humillado bastante y no podía darle la razón. Pero me quedaba sin oxígeno, me empezaba a marear, e inconscientemente acerqué la mano al suelo. Sheyla se dio por ganadora y relajó un poco la presión, lo suficiente para dejar un pequeño hueco. Yo lo aproveché, respiré un momento y metí la mano para crearme un pequeño hueco desde dentro.

Ella se dio cuenta de su error y volvió a apretar como antes, pero ahora no podía estrangularme. Me tomé unos segundos para recuperar fuerzas y empecé a hacer fuerza para separarla de mí. Fue una lucha muy intensa: Sheyla apretaba los muslos para volver a ahogarme y yo las abría con ambos brazos. Me era imposible cumplir mi propósito por la diferencia de fuerza en mi contra, y me cansaba a mayor velocidad. Opté por ir levantándome sacando fuerzas de donde podía, y desde lo alto le costó más apretar. Finalmente, conseguí liberarme y me apoyé en la pared: estaba exhausto.

Sheyla volvió a atacar y yo me fui a una esquina para protegerme de sus golpes. Estuvo dándome patadas por todo el tronco, pero la mayoría conseguí esquivarlas con la mano: se veía que no estaba acostumbrada a pelearse. En uno de sus golpes conseguí agarrarle la pierna y pude hacerla caer al suelo. Ella se hizo una bola para escapar, pero lo supe predecir y le agarré para evitarlo.

Intenté ponerla de cara al suelo otra vez pero no conseguía estirarla por lo bien que se mantenía en su posición. Decidí humillarla un poco para provocarla y le agarré y sobé el culo. Veía que no reaccionaba y continué aprovechándome de ella. Ella se empezó a revolver, a lo que yo respondí con un fuerte azote.

“¡Plas!”, sonó. Ella dio un pequeño gemido y paró de moverse. Yo le volví a dar y gimió de nuevo y se relajó un poco. ¡Estaba disfrutando!

Así que a la putita le gusta que le den en el culito. Muy bien, vamos allá. – Le seguí azotando más fuerte.
¡No, para, me haces daaa… uh…! – Empezó a gemir.
Joder, si estás chorreando. – Se le empezaba a notar el flujo vaginal en las bragas.
Yo me calenté, y no era para menos. Tenía ante mí a una tía impresionante ofreciéndome el culo en pompa y pidiéndome en silencio que le diera más fuerte.

¿Quieres más? ¡Ríndete y lo tendrás! – Paré un momento y esperé su respuesta.
No, no me rendiré.
Muy bien, seguimos jugando. A ver cuánto aguantas.
Para entonces ya estaba despatarrada en el suelo, la lucha había quedado aparte. Le metí un dedo por el ano y le masajeé las tetas a través de la ropa interior. Estaba ya al borde del orgasmo.

Ay, que me corro… – Dijo entre suspiros.
De eso nada, hasta que no te rindas nada. – Paré en ese instante y me mantuve sujetándola.
¡Serás cabrón! ¡No me dejes así! – Dijo entrecortada de lo cachonda que estaba.
¡Vamos, reconoce que he ganado y que eres mi zorra! – Me senté sobre ella y le estiré las piernas hacia arriba, de forma que también le torcía la espalda.
¡Me rindo, me rindo! ¡Soy tuya, pero para! – Chilló mientras golpeaba el suelo con la mano.
La solté y me eché a un lado. Me quedé un momento pensando en la situación: había conseguido una esclava sexual sólo para mí. Me levanté, la agarré del pelo y le hice gatear hasta el sofá. Me dispuse a disfrutar de mi premio.

Cómeme la polla. – Dije con voz autoritaria.
Sí, Jose. – Dijo con decepción en la cara.
No me llames así. Ahora soy tu amo.
Sí, Amo. – Rectificó, sumisa.
Me bajó los calzoncillos y me agarró la polla, que ya estaba casi erecta. Empezó a agitarla mientras se frotaba rápidamente el clítoris.

¡Quieta! Estás aquí para darme placer a mí, saca de ahí esa mano.
Por favor, amo, déjame masturbarme, estoy cachondísima.
Si haces bien tu trabajo te dejaré correrte. Así que ponte las pilas.
Me cogió el pene por la base y me dio un gran lametazo por todo el tronco. Dio unos cuantos más recorriendo todo mi miembro mientras me acariciaba los testículos, lo que me dio más placer. Cuando me lo humedeció totalmente pasó al glande: lo recorrió suavemente con la punta de la lengua y me estremecí.

Ya has hecho muchas mamadas antes, ¿verdad?
Así es, Amo. – Respondió sumisamente.
Cómo sabía chuparla la muy puta. Volvió a la parte baja, la apretó y subió repetidas veces a la vez que me chupaba el escroto. Empecé a gemir. Ahora se metió mi polla en la boca y sorbió como si se tomara un polo mientras yo movía su cabeza de atrás a adelante. Tras un rato así se la metió entera y se quedó unos segundos así, pensé que se ahogaba. Le dio una arcada y la escupió.

Se me quedó mirando con cara de viciosa y volvió masturbarme a un ritmo frenético, con una chupada cada pocos segundos. Llegué al clímax y tras un largo momento me corrí, soltando grandes cantidades de semen en su cara. Ella lo recibió con los ojos cerrados y cuando acabé me limpió lo que había quedado en la polla.

Mientras recuperaba la respiración me fijé en Gloria, que estaba a mi izquierda acariciándose excitada por encima del pantalón con los ojos entrecerrados y mordiéndose el labio inferior.

Veo que te gusta lo que le hago a tu amiga. Si quieres compartirla podemos llegar a un trato. – Le dije con una sonrisa pícara.
Bueno, podría ser. – Dudó con algo de corte.
Puedo obligarla a hacer lo que quieras… si me das algo a cambio, claro. – La miré con picardía.
Pues… – Estaba roja como un tomate – Me gustaría follármela.
Yo me quedé alucinado, pero mi cara no era nada comparada con la de Sheyla. La tímida Gloria se había estado guardando un gran secreto.

¿Estás diciendo que eres lesbiana? – Pregunté.
En realidad bisexual. Me gustan hombres y mujeres.
No puedes hacerme esto, Gloria. – A Sheyla no le hacía ninguna gracia – No te lo perdonaré.
Mira, me has estado poniendo desde que nos conocimos, y ha sido una tortura verte paseándote en ropa interior por la casa todo el rato, no tengo muchas oportunidad de tirarme a una mujer y no puedo permitirme desaprovecharla. Tengo que hacerlo.
Cuando esto acabe… – Sheyla la miraba con odio – lo lamentarás, te lo aseguro.
Bueno, si tan incómoda te sientes, sólo te chuparé el coño y las tetas. – Gloria no quería tener problemas, y buscaba la negociación.
Eh, un momento. – Yo fingí protestar, se me acababa de ocurrir una idea – Sheyla es mi esclava y no está para que le coma el coño alguien libre. Si quieres hacerlo tendrás que estar bajo mis órdenes igual que ella.
Entonces… – Pensó un momento – Si no hay otra opción, lo acepto.
¿Qué aceptas?
Estar a tus órdenes.
¿Y qué eres? – Me estaba regodeando.
Soy tu puta. – Contestó sumisamente.
Muy bien, desnúdate y ve a trabajarla, que está chorreando. – Le ordené, autoritario.
Voy, amo.
Fue desprendiéndose de la ropa, se puso en el suelo a cuatro patas y le quitó el sujetador. Besó uno de sus senos de firma suave y pausada para después empezar a darle lengüetazos. Tras un recorrido inicial le empezó a lamer el pezón y a sobar la otra teta. Sacó la boca y fue al otro pecho a sustituir a la mano: le dio unos mordisquitos que provocaron un breve gemido en Sheyla, y respondió a este metiéndole dos dedos en la vagina. Gloria siguió disfrutando un rato más del pecho se su compañera y pasó a abajo.

Comenzó besando la parte interior de los muslos de Sheyla, recreándose un poco antes de dar el salto final: separó los labios vaginales y hundió la cara en su coño. Sacó la lengua y le trabajó el clítoris, mientras ella también empezó a frotarse. Estuvo así un rato, subiendo y bajando el ritmo para hacerla sufrir un poco. Al final logró conducirla al clímax y explotó en un gran orgasmo.

Después de la escena yo ya estaba de nuevo listo para la acción: cogí a Gloria por detrás y la monté. No tenía experiencia, pero ella estaba ya bien lubricada y pude penetrarla de forma cómoda. Fui embistiéndola lentamente, disfrutando el momento. Notaba cómo iba entrando y saliendo de ella, haciéndola mía. La cogía por las caderas, acompañando sus movimientos de atrás adelante y mis manos se fueron desviando a sus pechos, que estuve amasando unos minutos.

Cuando vi que me acercaba al punto de no retorno la embestí con mayor violencia y velocidad. Cuando empecé a eyacular la cogí del pelo para pegarla a mí y poder depositar en ella todo mi esperma.

Tras eyacular le saqué la polla y le hice chupármela hasta dejarla limpia. Tardó un poco más que su amiga, probablemente por falta de experiencia, así que estuvo un rato. Por eso, cuando terminó volvía a estar empalmado. Aproveché esta circunstancia y cogí a Sheyla por detrás para follármela a ella también. Repetí el mismo proceso que con Gloria, pero me advirtió:

Jose… yo no tomo píldora ni nada… me puedes dejar embarazada.
¿Ah, sí? Pues ya que antes te gustaron mis azotes, ahora te voy a dar por culo. – Miré a Gloria – ¡Tú, prepáraselo!
Gateó rápidamente y comenzó a hacerle un beso negro. Tras quedarle el ojete lubricado, me escupió en la polla y restregó su saliva para cubrir todo el miembro. Cuando acabó me lo comunicó y me dispuse a sodomizar a Sheyla.

La entrada del culo era más estrecha y me costó más penetrarlo pese a la lubricación improvisada. Lentamente fui metiéndosela, y ella dio unos gemidos mezcla de dolor y placer. La seguí embistiendo hasta que me volví a correr.

Me senté exhausto en el sofá a descansar un momento, estaba agotado de mi sesión y mis esclavas también. Como estaba sudando les mandé prepararme un baño y obedecieron al momento. Me acompañaron al cuarto y me quedé de pie sobre la bañera. Les hice lavarme bien el pene primero, para evitar posibles infecciones por el sexo anal: Sheyla cogió una esponja, añadió gel y me lo embadurnó bien. Luego me lavó con la ducha hasta dejarlo reluciente.

Tiraron la esponja y utilizaron otras para enjabonarme cada rincón de mi cuerpo: pecho, tripa, espalda, hombros, cabeza, brazos y piernas. Cerré los ojos y me aclararon la piel unos minutos. Usaron sus toallas para secarme y me vistieron de nuevo. Miré un reloj y vi que se acercaba la hora del último tren que podía coger para llegar a casa. Me despedí de ellas:

Ha sido un placer, quizá hayáis sufrido un poco vosotras, pero reconoceréis que os ha gustado. – Dije con sensación de poderío.
Es verdad… – Respondió Gloria.
Sí, lo reconozco. Pero como se lo cuentes a alguien, te capo. – Dijo Sheyla levantando el puño.
Sonreí y salí de allí. Me fui saboreando la experiencia: había logrado someter a las dos chicas y recomponer de esta forma mi orgullo perdido. Pero ahora quedaba el reto más difícil, el que me propuse desde el primer día: conseguir a Carmen. Ese día había conseguido aumentar mi confianza y autoestima, y pensé que el de mañana sería el día en el que todo podría cambiar para bien o para mal.

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