Mis inicios en la Universidad (4)

Me desperté el jueves, último día lectivo de la semana ya que teníamos el viernes libre (también llamado “juernes”) y fui a la Universidad con ganas de que llegara el finde. Llegué a clase y no había mucha gente: era pronto, me gustaba llegar con tiempo.

Me senté y esperé a que comenzara la primera clase. Fue llenándose el aula y aparecieron Sheyla y Gloria, que me dirigieron una mirada rápida y fueron al final, tratando de evitarme.

Las clases de ese día sucedieron con normalidad, pero noté una ausencia notable: la de Carmen, que no asistió a ninguna asignatura a lo largo del día. Al acabar la última salimos todos dispuestos a volver a casa, y al ir cruzando la cafetería para irme a casa la vi en una mesa junto al chaval que habló con ella el día anterior durante la comida. Me acerqué a saludarla.

¡Josito! ¿Qué tal, cómo han ido las clases?

No hemos hecho mucho. ¿Por qué no has venido?

Había quedado con Manu. – El chico a su lado saludó.

Nos presentamos. Manuel hacía natación en el mismo polideportivo que Carmen, razón por la que se conocían. Era alto: medía algo más de 180cm; y estaba bastante definido.

Habían hablado de ir a una discoteca esa noche en grupo con Sheyla y Gloria y me invitaron a ir. Acepté, pensando que con unas cuantas copas y el ambiente tendría a Carmen a mi disposición… siempre que no se me adelantaran, y a Manuel se le veía con esa intención. Tendría que buscar la forma de librarme de él.

En casa lo planeé todo: como íbamos a beber antes en casa de Carmen me llevaría una botella de ron blanco que tenía ya empezada, y la terminé de llenar con agua. Así podría forzar a beber al resto y yo quedar más o menos sobrio. Me duché, me rocié con una colonia de marca bastante fuerte y me vestí con camisa, chinos y zapatos.

Fui con tiempo a casa de Carmen, tanto por mi costumbre de ser puntual como por poder intimar con ella antes de que llegara el resto. Llamé al telefonillo:

¿Hola? – Respondió.

Soy Jose.

Qué pronto has llegado, aún me estoy preparando. Bueno, pasa.

Entré y subí a su casa. Había dejado la puerta entreabierta, así que pasé sin llamar.

¡Hola, Carmen! ¿Estás visible?

Un momento, Josito. Estoy maquillándome. Siéntate.

Me acomodé en el sofá y estuve un rato mirando el móvil hasta que al final salió:

Bueno, dime qué te parece. – Me dijo mientras posaba para mí.

Estaba espléndida, con un vestido negro ajustado que marcaba perfectamente las curvas de su cuerpo. Le quedaba muy bien. además realzaba sus pechos y mostraba bien las piernas. El maquillaje le sentaba de maravilla: coloretes en las mejillas, párpados y pestañas pintados de negro realzándole los ojos y pintalabios rosa que daban ganas de ir y besarla. Se había ondulado el pelo y le había dado volumen, le quedaba muy sexy.

¡Vaya, Carmen, estás impresionante!

Gracias, Josito. Tú también estás muy guapo.

A ver, date la vuelta, que te quiero ver bien.

¡Ay, qué pillo! – Se dio la vuelta, y pude comprobar que el vestido le hacía buen culo.

Por detrás también estás genial. ¿Qué pasa, quieres ir provocando al personal?

Bueno, si puedo, ¿por qué no? – Se sentó conmigo – Si soy guapa hay que hacer lo posible por aprovecharlo.

Pues mira, a mí ya me has impresionado. – La cogí de la cintura y me acerqué a ella.

¡Quieto, león! Aquí el ritmo lo marco yo y si quieres algo conmigo tendrás que ser bueno.

¿Así que te me resistes? – Pasé al muslo.

¡Oye! – Me dio una bofetada – ¿Tú quién te has creído soy yo? – Me miró ya enfadada.

No seas tonta, joder. No es para tanto. – Le respondí.

Yo no soy una guarra que se deje tocar así de primeras. Vas a tener que currártelo más. – Dijo con expresión un tanto soberbia.

Bueno, perdona. Pero antes o después acabarás cediendo y lo sabes. – Le guiñé un ojo.

Si tantas ganas tienes de tocarme puedes ir pintándome las uñas de los pies. – Dijo con una sonrisa pícara. – Que eso sé que te gusta, y así te perdono.

Me enseñó cómo hacerlo, y puso sus pies en mi regazo. Yo fui pintándolas mientras ella leía una revista. Acabé y se lo hice saber.

¡Perfecto! Ahora ayúdame a elegir tacones, que sé que no le vas a hacer ascos.

Cualquier cosa que me acercara a ella estaría bien, así que accedí. Elegimos unos de tiras y tacón de aguja que enseñaban pie y realzaban sus piernas.

¡Gracias, Josito! Así quiero que te portes conmigo. Que ya te tenía bien adiestrado y de repente te me pones farruco.

La gente cambia, Carmen. Hoy puede pasar cualquier cosa.

Ya te digo que te voy a tener comiendo de mi mano. A ti y a cualquiera que se me ponga machito.

Carmen había sacado sus defensas y esto se iba a complicar. En ese momento sonó el telefonillo: eran los otros tres, que subieron y nos dieron dos besos (a mí con mala cara). Se sentaron todos: Manu se sentó al lado de Carmen, de forma que ella quedó entre nosotros; y las otras dos en unos sillones aparte. Enseguida se vieron las intenciones de Manu, que empezó a acariciar a Carmen.

¡Oye! – Sonrió – Se mira pero no se toca.

Venga ya, no te has puesto tan guapa para que solo te miren. ¿A qué no? – Seguía coqueteando.

Anda, que los dos sois unos babosos. Pero no paréis de alagarme, que me gusta. Y tú, si tanto quieres toquetearme hazme un masaje.

Se lo estuvo haciendo y hablamos de temas banales. Después estuvimos bebiendo para coger el puntillo, y picándonos para ver quién bebía más y aguantaba mejor el alcohol. A medida que pasaba el rato se fue calentando el ambiente y nos fuimos todos al sofá. Manu y yo estuvimos centrados en Carmen y dejamos a Gloria y Sheyla un poco de lado. Ella se dejaba querer e incluso se nos insinuaba: caricias en las piernas que rozaban la entrepierna, susurros al oído con una voz melosa que derretía… Al final las otras dos, probablemente por estar hartas de ello, se fueron a casa con la excusa de estar cansadas.

Quedamos los otros tres y salimos para ir a la discoteca. Por el camino los dos chicos tratábamos de conseguir la atención de Carmen, que estaba encantada de conseguir tanta influencia sobre nosotros. Estaba acostumbrada a manipular a los hombres y a tenerlos tras ella todo el tiempo. Por supuesto, estaba encantada de ello y disfrutaba dominándonos.

Era todavía pronto y entramos casi inmediatamente. Por orden suya disfrazada de petición la invitamos a un par de copas y nosotros nos tomamos otras. Después decidimos ir a bailar: ambos lo hacíamos muy pegados a Carmen, que se iba alternando entre ambos, y en algunos momentos con los dos a la vez. Se desarrolló una fuerte competencia por conquistarla: ella lo sabía y estaba encantada de ello.

Esto es lo que recuerdo: Manu se me adelantó y se puso delante de ella. Yo reaccioné y me coloqué detrás, pegando mi cuerpo frente al suyo y moviéndome al ritmo que ella marcaba. Ella se dio cuenta y me arrimó el culo, provocándome una erección que notó. Se dio la vuelta, señaló a mi pene con la mirada, me sonrió y guiñó un ojo.

Manu advirtió lo que estaba haciendo y atacó: la sujetó suavemente por la cintura y empezó a menearla. Ella también le cogió los brazos y se dejó llevar. Fue bajando una mano hacia su trasero y, llevándola hacia sí mismo, se lo manoseó, recreándose. A mí me había apartado, pero volví a la carga.

Como él se estaba centrando en la parte inferior de su cuerpo yo fui a la superior. La sujeté por los hombros y desde esa posición fui bajando hasta sus senos, con los que jugué mientras le besaba el cuello. Manuel vio lo que pretendía y le plantó un beso en la boca con lengua, a la vez que le cogía la cabeza con ambas manos. Ella, sonriendo, le susurró algo al oído que no logré entender. Vi cómo le sobaba el paquete, del que empezó a notarse un bulto, aunque no demasiado grande. Pensé que quizá la tendría pequeña y eso me daría puntos a mí.

Después fui más agresivo: la giré 90 grados y la besé mientras le metía mano por dentro del vestido y le tocaba el coño a través de las bragas, que estaban ya algo húmedas. Entre los dos habíamos conseguido ponerla caliente, ahora quedaba por saber quién se llevaba el premio final.

Carmen nos dijo que quería irse ya a casa y nosotros la seguimos. Hubo más de uno que quiso entrarla pero nosotros se lo impedimos con una mirada asesina. Ella parecía encantada de tener dos guardaespaldas preocupándose por ella. Llegamos a la salida y nos propuso ir a su casa porque tenía una sorpresa para nosotros si nos portábamos bien.

Mientras íbamos hacia allá, yo estuve pensando que querría hacer un trío: no es lo que me había imaginado y me daba un poco de palo estar en la cama con otro hombre, pero en ese momento ella tenía mayor capacidad de negociación, y eso era mejor que negarme y dejársela a Manuel sólo para él.

Mientras íbamos andando por la calle nos fue provocando: palmadas en el culo, roces del paquete, besos, pellizquitos… Me estaba poniendo brutísimo, y a Manuel también. Además, no nos dejaba tocarla a ella con la amenaza de no dejarnos subir si lo hacíamos. Decía que ya habíamos tenido de sobra en la discoteca.

Entramos en su casa y nos mandó ir a su cuarto. Había una cama de matrimonio bastante grande, así que tendríamos sitio todos. Una vez dentro, ella tomó la palabra:

Quedaos ahí de pie un momento. – Se sentó en la cama – Quitadme los zapatos y quedaos en ropa interior.

Le quitamos uno cada uno y nos quitamos todo menos los calzoncillos. Yo estaba empalmado, y se me notaba más ahora. Miré a Manuel e hice una comparación rápida entre ambos: se le veía muy nervioso y no tenía apenas bulto pero sus los músculos estaban más desarrollados que los míos.

Ahora me la quito yo, pero no vale tocarse.- Sonreía pícara.

Se dio la vuelta y empezó a quitarse el vestido, que llevaba una cremallera por la espalda. Fue tirando de ella lentamente, enseñándonoslo, y se lo sacó, quedando únicamente en ropa interior: un conjunto de lencería negra. Se dio la vuelta y empezó a tocarse a sí misma mientras la mirábamos. Por dentro me moría de ganas de tomarla ahí, pero me esperé. Volvió a hablar:

Ahora quedaos vosotros desnudos, quiero veros a cuerpo completo. – Me quité los calzoncillos, pero Manuel no lo hizo – Manuel, ya me has oído.

Pero… Dijiste que eso… ya sabes… – Estaba rojo – Quedaría entre nosotros. Me lo prometiste.

Si eso es lo que quieres, entonces vete y me quedo sola con él. Eres libre de hacerlo.

Se acabó quitando los calzoncillos también, y pude ver algo raro en su pene. Era algo de plástico que lo cubría, probablemente no podía tener una erección por eso.

Muy bien, ¿ves? No pasa nada por enseñarlo. Verás, a Josito no se lo he tenido que poner porque no se masturbó cuando yo se lo mandé, pero tú necesitabas una ayuda.

¡Estaba flipando! Pensaba que yo había caído bajo con Carmen, pero tenía a un tío a mi lado al que había sometido más aún que a mí. Y a saber a cuántos hombres más había logrado dominar, y de qué formas.

Y ahora: – Estiró las piernas y las puso en alto – Ya sabéis qué hacer.

Cogí uno de sus pies y lo empecé a besar. Manu hizo lo mismo con el otro. Ahí estábamos los dos, que unas horas antes nos peleábamos por hacernos con Carmen y acabamos de rodillas adorándola como a una diosa. Seguimos así un rato hasta que ella empezó a suspirar.

Vale, ya es suficiente. Ahora, Manu, me vas a comer el coño. Tú, Josito, las tetas.

Y así lo hicimos. Estuvimos lamiéndola ambos a la vez con gran intensidad. A los pocos minutos empezó a gemir y acabó corriéndose. Pero aún no estaba satisfecha.

Manu, ya has cumplido tu castigo. – Sacó una caja de debajo de la cama y la abrió. Dentro había una llave – Aquí tienes, ya puedes abrir el cinturón de castidad. Ahora, los tres vamos a follar.

Manu se entretuvo para abrir un candado que mantenía su artilugio encerrándole el pene. Yo, mientras, le levanté las piernas y la penetré de pie, dando fuertes embestidas. Cuando Manuel se lo consiguió sacar le metió el pene en la boca, que ella chupó hasta dejarlo erecto.

Cuando vio que ya estaba empalmado fue a las tetas y las utilizó para hacer una cubana. Debía de estar cargado porque se corrió rápido y abundantemente en sus pechos y cara. Se bajó y quiso penetrarla por la vagina. Discutimos un momento y al final cambiamos la postura para que él le penetrara el ano: yo me tumbé de espaldas y me la coloqué encima; él donde yo estaba, pero follándole el culo.

Carmen en estaba gritando de placer: aunque su actitud habitualmente era dominante, también se moría de placer teniendo a dos hombres follándosela a la vez y tratándola como a una puta. Al final todo el mundo tiene dos partes en su personalidad, aunque no se manifiesten en la misma proporción.

Me acabé corriendo en su coño, y Manuel lo hizo en el culo prácticamente al unísono. Decidimos cambiar los agujeros y volver a empezar. Con la noche que nos había dado Carmen teníamos ganas de sobra y estaríamos utilizándola hasta que la polla se nos dejara de levantar, cosa de la que aún estábamos lejos. El siguiente en correrme fui yo, así que fui al otro lado de la cama para que me hiciera una mamada.

Él también se salió un momento y la pusimos en posición de perrito. Él le daba por detrás y yo por delante: sincronizábamos nuestros movimientos para moverla de atrás adelante. Él se acabó corriendo y Carmen pidió a gritos que le metiéramos ambas pollas a la vez en la boca. Vino hasta donde yo estaba, la apoyamos en el cabecero y nos hizo sexo oral así.

A duras penas consiguió que ambas le entraran, pero lo conseguimos por fuerza bruta: ella estaba poniendo los ojos en blanco y cara de gozo absoluto. Nos acabamos corriendo ambos en su cara, haciendo un bukkake que ella recibió gustosa.

Ya había amanecido, pero la noche aún no había acabado para nosotros. Seguimos follando con ella turnándonos para descansar y reponer fuerzas. Carmen estaba ya muerta del cansancio, así que se dejaba manejar. Acabamos totalmente rendidos y nos quedamos dormidos junto a ella a ambos lados de la cama.

Nos despertamos tarde, ya pasada incluso la hora de comer. Se levantó Carmen y tomó la palabra:

Bueno, chicos, ha sido una gran noche. Estoy orgullosa de vosotros, si os portáis bien lo repetiremos. – Nos dio un beso a cada uno – Voy a darme una ducha, vosotros limpiad todo esto que lo habéis llenado de lefa. Pero primero preparad algo para comer.

Nos levantamos poco a poco y la obedecimos como autómatas. Después de las horas más intensas de mi vida me encontraba cansado y con el pene flácido y dolorido, pero con una gran sensación de liberación y de dispuesto a obedecer a mi anfitriona.

No fue ni mucho menos como lo planeé, pero esa dominación que ejerció sobre nosotros, avivando los celos entre Manu y yo, y el posterior cambio de roles habían sido en conjunto una gran experiencia. Mientras preparaba unas tostadas, pensaba en lo estupendo que sería poder continuar así durante mucho tiempo.

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