Morbo de una tarde de verano

“Este mes de julio, ha sido el más caluroso de los últimos años.”

Y tanto que lo ha sido. Hay que ver que mesecito hemos pasado. Menos mal que nos hemos bajado Alberto (mi novio) y yo al chalet que mi familia tiene en la costa. Que no es que aquí haga menos calor, no me malinterpretéis, pero al menos podemos refrescar el culo en el agua.

Esta mañana la playa estaba tranquila. Se notaba que es miércoles y que no baja tanta gente como los fines de semana. Yo lo agradezco, no me van las aglomeraciones y prefiero estar tranquila tostando mi cuerpo al sol y bañándome sin tener a alguien pegado. Pero ahora estoy en casa, preparando una rica ensalada para ayudada por Alberto mientras en el salón anunciaba el dato con el que empezaba esta historia.

Como ocurrió en mi anterior relato, se me ha olvidado de nuevo presentarme. Que despiste. Algunos quizás me conozcáis, pero habrá quién no, así que creo que debo hacerlo de nuevo. Me llamo Marta y tengo 23 años. Supongo que ahora debo describirme un poco para que al menos imaginéis como es esta que aquí escribe: soy una chica pequeñita, mido 1.63, con una larga melena lisa y castaña que finaliza con unas mechas al estilo “californianas” rubias. Mis ojos son verdosos, de esos que cuanto más luz del sol reciben, más verdes se muestran. No soy una chica delgadita, pero tampoco estoy gordita. Tengo mis curvas y unas caderas muy generosas. No soy una chica de llevar escote normalmente, pero cuando quiero, luzco una 95C muy orgullosa. No me gusta para nada ir llamando la atención, prefiero ir recatada. Me considero una chica muy simpática, extrovertida, cariñosa y muy trabajadora. No se, soy una chica normal, como pueda ser la vecina del cuarto.

Y en estas, hemos terminado de preparar la ensalada. Para comer utilizamos siempre la parte trasera del patio del chalet, donde tenemos una mesa y corre un airecito que es un verdadero placer. Es un patio tipo L, siendo el palito pequeño la parte que da a la calle… No se si me explico. Por cierto, la ensalada nos ha quedado de miedo.

Mientras comemos, hablamos de nuestros planes para las próximas horas y los próximos días. Nos queda poco de estar aquí y queremos aprovechar el tiempo al máximo. De momento, Alberto me comenta que subirá a la habitación a echarse un rato la siesta hasta que bajemos por la tarde a la playa. Perfecto, en esa hora aprovecharé para tomar el sol en casa.

Terminamos de comer, recogemos la comida y Alberto se sube a dormir un rato. Me preparo el bote de crema solar, una toalla y me saco el vestido playero que llevo. No os asustéis, llevo el bikini debajo. Un bikini normal, con su braguita y su sujetador, de un color azul claro que con el paso de los días brillaba más conforme moreno ganaba mi piel.

Planto mi toalla en el suelo del patio, en la parte delantera que es donde pega el sol. El palito pequeño que os comentaba antes que da a la calle. Me siento sobre la toalla, noto en mi culo como el suelo arde… ¡Que calor! Me doy un poco de crema solar para no quemarme demasiado… Primero mis piernas, luego los brazos, el vientre… Y un poco en las tetas, que nunca se sabe. Menos mal que no ha pasado nadie ahora por la calle para ver el magreo de tetas que me acabo de regalar.

Me tumbo sobre la toalla y comienzo a disfrutar de ese momento de paz que otorga tomar el sol. Apenas pasan coches por la calle, y de vez en cuando cruza alguna persona por delante de la puerta, pero todo es una tranquilidad total.

Tras un ratito, me doy la vuelta. Tumbada de espaldas, desabrocho el nudo del sujetador. Me quedo adormilada, escuchando al fondo, muy al fondo el relajante sonido del oleaje. Todo es paz, tranquilidad y relajación…

¡Ups! Me despierto sobresaltada. Ha debido de pasar mucho tiempo. Miro la hora en el reloj del móvil, que está a mi lado. En realidad solo han pasado 10 minutos, pero me ha parecido una eternidad. Me incorporo, para que no se me abrase la espalda. Dudo si hacer topless o no… Venga, que ya tengo el suje desabrochado y estoy en mi casa, qué más da.

Me termino de quitar el sujetador, dejando mis tetas expuestas al sol. La verdad es que el contraste de piel de la zona morena a la zona de las tetas es notorio. Lo mejor será que me de crema, porque como me queme voy a alucinar. Me echo crema en las manos y la extiendo con dulzura y sensualidad sobre mis tetas. Mientras me doy crema os contaré que jamás he hecho topless. Es mi primera vez. Alberto siempre me ha dicho que no fuese boba y lo hiciese, tanto en casa como en la playa, pero siempre me ha dado mucha vergüenza eso de ir enseñando mis encantos… Así que si os digo la verdad, no se por qué me he animado. Pero os digo otra cosa: la primera sensación al notar la brisa revolotear en mis pezones poniéndolos algo duros y el sol estrellarse en mi blanca piel, ha sido satisfactoria. No si… Al final me animaré a hacerlo también en la playa.

Con la crema dada, me tumbo nuevamente sobre la toalla, hacia arriba. Se nota como el sol aprieta y el calor que hace. Noto que pasa alguien por la puerta. Como le de por mirar hacia el interior del chalet me va a ver aquí tumbada… Pasa de largo, pero no se si habrá mirado, no me he atrevido a mirar.

Con la misma tranquilidad que antes, vuelvo a adormilarme, hasta que un par de minutos después, una voz me despierta. “Ten cuidado no te quemes, guapa”. Abro los ojos y veo a dos chicos al otro lado. Dos chicos quizá algo mayores que yo y que llevan a la perfección el prototipo de chuleta playero juvenil: con sus gafas de sol polarizadas, una camiseta de tirantes, el bañador, bien repeinados, brazos algo marcados y la toalla al hombro… Vamos, bajan a la playa seguro.

Instintivamente, me incorporo y corro a tapar mis tetas con las manos. “Tranquilos que no, no me quemo”. Soy boba, menuda contestación. Se rien y me dicen que no saben para que me tapo, si ya me han visto. “Es que soy muy vergonzosa”. Vuelven a reir. Noto que estoy haciendo el ridículo y es todo fruto de los nervios que me han puesto al hablarme y descubrirme así. Y Alberto arriba, durmiendo. Solo espero que no baje y me pille en esta situación…

“Pues si no te quitas las manos, no te decimos lo que te íbamos a decir.” “Pues vale, no me lo digáis…”. “¿Segura?”. Me están poniendo nerviosa y no van a conseguir que ceda. “Sí, segura”. “Pues tú te lo pierdes…”. Ya está bien de hacer así el bobo. Quito mis brazos dejando de nuevo mis tetas a la vista. “¿Ves? Así mejor”. Rien. “¿Estás sola o hay alguien en casa?” “Esta mi novio arriba, duermiendo”. “Pues acércate mujer, no sea que se despierte y te vea aquí hablando con nosotros”.

Me levanto y me acerco hasta la puerta. Noto mis pezones duro y un cosquilleo por el cuerpo. Sin abrir, pregunto que qué quieren. “Nada, nada, tranquila. De cerca estás mejor todavía”, me dicen mirándome de arriba a abajo. “Muchas gracias”, contesto algo enfadada ya. “¿No nos abres? Seguro que sin la puerta delante estás mejor todavía”. “No, no os voy abrir… Y ahora decidme que queréis”. “Bueno, cómo quieras… te queríamos proponer que te bajases con nosotros un rato a la playa… Pero de buen rollo ¿Eh? Que míranos, nos hace falta algo de compañía femenina y tú eres de las buenas… Y tranquila, que no nos chivaremos a tu novio…”.

Me quedo pasmada. “Estáis de broma, ¿no? Está claro que no” me rio porque prefiero tomármelo con humor. “¿Segura? Que de verdad no decimos nada chica y además te vamos a tener como una reina…”. ¡Pero tendrán morro! “Que no, que no… Además tengo cosas que hacer y me voy a meter ya para dentro”. Mentira, pero tengo que quitármelos de encima. “Así que nada, muchas gracias por la propuesta, pero no… ¡Pasadlo bien!”.

Me giré y me dirigí hacia el interior de casa. No he sentido ni que dijeran adiós, así que se han debido quedar pasmados con lo borde que puedo llegar a ser cuando quiero. Me siento en el sofá del salón, todavía en topless, y en mi cabeza me pongo a analizar todo lo que ha ocurrido. No se si por el calor del sol o el cosquilleo que noté antes cuando me levanté hacia la puerta, comienzo a masajear mis pechos. Pellizco mis pezones mientras imagino en mi cabeza una hipotética situación si les hubiese dejado pasar.

Imagino como entran y se despojan de sus camisetas. Como empiezan a acariciar mi vientre, como me acogen en sus brazos mientras juegan con mis dos tetas. Uf, no aguanto más. Llevo una mano a mi coñito y empiezo a acariciarlo. Acaricio el clitoris, que está algo gordito. Deslizo un par de deditos por los labios vaginales y siento la humedad que hay en mí. Una humedad acompañada de un calor intenso. Deslizo un dedo al interior de mi coño. Uf, está empapado.

Empiezo a masturbarme despacito, imaginando en mi cabeza como me follan. Imagino como me ponen a cuatro patas en el sofá, como mientras uno me folla y me da cachetes en el culo, el otro me da de mamar. No se que me está pasando y me atisban dudas sobre si me arrepiento de no haberles dejado pasar. Estoy demasiado cachonda como para pensar con claridad.

Noto como por mi mano se desliza todo el empapamiento que tengo. Me sobran las braguitas del bikini, las cuales bajo a las rodillas. Ya son dos los dedos que me penetran, simulando la polla de uno de los dos caraduras que antes me hablaron. Imagino como me tumban en la cama, como me abro de piernas para ellos y como se turnan para follarme salvajamente.

Me muerdo los labios mientras un intenso placer se apodera de mí. Gimo, despacito, no paro de masturbarme con una mano mientras con la otra aprieto una de mis tetas. Mis bragas terminan de caer a los tobillos. Saco un pie de ellas y vuelvo a masturbarme con fuerza. Solo veo una solución a esto…

Completamente desnuda, subo las escaleras. Abro la puerta de la habitación y ahí está Alberto, dormido. No sabe la que se le viene encima y el polvo que pienso regalarle.

“Alberto, cariño, despierta. Es tarde y tenemos que bajar a la playa. Pero antes ven, que quiero que hagamos una cosita…”

Leave a Reply

*