Motivación en el trabajo FIN

Mil pensamientos pasaban por mi cabeza, pero ninguno era suficiente para que entendiera el porque Lara quería irse. Pero casi todos mis pensamientos apuntaban a mí. Por algun motivo relacionado conmigo ella se iba.

– ¿Estás bien? -preguntó Ricardo preocupado.

– Sí. Claro. Solo que todavía me cuesta acostumbrarme a estos cambios. -respondí confundida.

Era cierto, odiaba este tipo de cambios. Cada vez que un monitor se iba significaba que 4 o 5 vendrian de prueba, algunos durarían un fin de semana, otros casi un mes. Y así unos cuantos hasta que se quedara alguno. Aun así me cuesta. Te acostumbras a la cercanía y la compañía de la persona que trabaja contigo, una persona que trabaja todos los días de la semana, incluyendo sabados y domingos. Y todavía es más difícil cuando quieres a la otra persona.

Hace tiempo aprendí que el mundo en el que trabajo es así constantemente, es difícil estar en un lugar fijo durante bastante tiempo. Yo llevo tanto porque me crie practicamente en esta hípica. Que haría yo sin mi motivación… si me la quitan a ella, me quitan las ganas de ir cada día a la hípica, sabiendo que no la volveré a ver por allí… de vez en cuando suelen pasarse ex profesores, pero suele ser una vez al año, incluso menos.

De nuevo mil preguntas aparecieron en mi mente, ¿Cuando se va? ¿Que día? ¿Por qué? ¿Me quiere? ¿Por que me hace esto?

Ninguna podía responderla por mí misma. Entonces volví al lugar en el que estaba en ese momento. Miré a Ricardo que parecía realmente asustado por mi reacción. Debería estar completamente pálida, en ese momento estoy casi segura que estaba del color de la leche, teniendo en cuenta que yo soy de coger color fácil, era como si todo mi bronceado hubiera desaparecido.

– ¿Cuando…? -me aclaré la garganta-. ¿Cuando se va?

– El viernes que viene, el sabado llegará Jose para ocupar su lugar.

Ese ocupar su lugar acabó de rematarme. Ese nudo en la garganta que sientes cuando quieres llorar pero no puedes. Empecé a notar mis pestañas humedecidas. Tenía que aguantar al menos hasta que me fuera de la oficina.

– Vale, bueno me voy que estoy cansada y así también pienso algo para hacerle una despedida. -murmuré lo mas serena que pude.

Me fui directa a la puerta, cuando ya casi había cruzado.

– ¡Judith! -dijo Ricardo con voz dulce-. Lamentablemente ya sabes que esto funciona así. -dijo mientras se acercaba a darme un abrazo.

El no sabía nada de lo mio con Lara, pero era facil de deducir ya que casi todos los monitores que hemos trabajado juntos hemos estado los unos con los otros. Pero que esas palabras salieran de él, hizo que acabara de explotar todo lo que había en mi interior. Pequeños sollozos salían de mí, algunas lágrimas empezaron a caer por mis mejillas. Entonces Ricardo se apartó y me miró.

– Oh no. Princesa, nadie merece estas lágrimas. Jamás. -dijo dándome un beso en la frente-. Nunca olvides, que eres muy grande.

Consiguió sacarme una sonrisa, pequeña pero muy significante para mí. Acto seguido se rio con dulzura y secó una de las lágrimas, luego se lamió el dedo. Me quedé un poco perpleja, pero sabía porque lo hacía.

– ¿Ves? -dijo con cariño-. Con lo dulce que eres, estás consiguiendo ensalarte.

No pude evitar reirme. Me rei como una niña pequeña que esta llorando y no controla ni el llanto ni la risa. No sabía si existia esa palabra de ensalarte. Pensé, endulzarte y ensalarte. Pero no creo que la de ensalarte fuera correcta. Aun así su comentario me fue bien.

Finalmente salí de la oficina, a paso rápido me dirigí hasta uno de los corrales de la hípica. Estaban algo escondidos, allí me senté y observé la naturaleza. Veía como un potro de unos 4 meses corría con otros de su edad, luego como regresaban a la madre para amamantarse. Era una imagen tan tierna que tranquilizaba a cualquiera. Me pasé horas observando ese paisaje, hasta que empezó el atardecer. El cielo naranja, escuchaba sonidos, relinchos, la hierba fresca, los arboles. Sonidos tan bonitos que si te movías daba la impresión de que los rompías. Decidí ir a montar a mi caballo. Últimamente lo montaba poco, lo tenía abandonado. Aun era de día, pero por si acaso encendí las luces de la pista. Era una hora perfecta para montar, no hacía tanto calor, empezaba a notarse la humedad, lo cual estabas a gusto. Estaba practicando ejercicios de alta escuela, cuando empecé a galopar por algun motivo mi caballo tropezó, primero fue de cara al suelo, luego todo su cuerpo volcó. Cuando intenté reaccionar me di cuenta que estaba atrapada. Tenía al caballo tumbado boca arriba y una de mis piernas hasta la cintura estaban debajo de él. El pobre no se movía, no se si por dificultad al estar yo debajo o por miedo a que me hiciera daño. Pero sabía que si el no se movía yo no podría salir de allí debajo. No puedo describir bien si sentí dolor, estaba con un subidon de adrenalina increible, sentía presión en la pierna, pero estaba tan atenta a intentar salir de allí que no me daba tiempo a pararme para examinar el daño causado. Pasados unos segundos que fueron muy eternos, el caballo intentó levantarse, al estar yo debajo no pudo por lo que el movimiento hizo que notara por completo el dolor que me hacía. Empecé a sentir como si se me durmiera la pierna, era algo extraño. Como si me fuera a rebentar. Allí me comencé a asustarme. Estaba sola en la pista de arriba, por lo que nadie me veía. Cada movimiento del caballo se me movía la rodilla, la columna de él la tenía clavada. Reaccioné que en sacar el mobil. <> pensé al ver que lo tenia en el bolsillo de la pierna que tenía debajo. Con mucho esfuerzo conseguí cogerlo, evidentemente vi la pantalla rota. Pero por suerte funcionaba. Llamé a toda velocidad a Ricardo.

Al oir que descolgaba el teléfono.

– ¡Corre ven! -dije con voz entrecortada-. Arriba, en la pista.

– ¿Que pasa? -oí una voz femenina al otro lado del teléfono, sabía que era Lara.

Escuché un fuerte ruido, como si el mobil lo hubiera tirado o caído al suelo. Escuché a Lara chillando a Ricardo que qué pasaba, el no respondía.

– ¡JODER! -dijo Ricardo al verme, pero aun estaba lejos de mí.

Volvío unos pasos atrás y chillo como nunca lo había oído. No se que me pasaba, si por los nervios, por el golpe o la sangre que no circulaba, empecé a marearme. Llevaba demasiado allí debajo. Mi corazón no dejaba de palpitar como un loco.

– ¡LARA! ¡RÁPIDO QUE VENGAN TODOS! -chillo Ricardo.

Vi como se acercaba a mí, cada vez tenía peor la vista pero aun podía ver con claridad.

Intentó mover por un lado al caballo, balanzeandolo para ver si así podía levantarme, pero solo consiguió que un gemido extraño saliera de mis labios. Rápidamente paró, observó que todo el peso del caballo lo tenía justo en la rodilla.

***

Una bofetada me hizo abrir de nuevo los ojos.

– ¡Ni se te ocurra dormirte! -dijo Ricardo muy serio-. RÁPIDO VENIR. -dijo mientras miraba hacia atrás.

Escuché varias voces. Una era del mozo, otra de Oscar, y otras que no conseguía reconocer.

Otra bofetada me dio Ricardo. Al ver que no reaccionaba, me dio una aun más fuerte. No abrí los ojos, pero si me moví en señal de que estaba despierta.

– Una, dos y tres.

Y un fuerte pinchazo sentí en la rodilla, el dolor me había echo moverme hacia delante, una especie de alivio me recorrió entera, y el lugar en el que antes estaba el caballo ahora solo sentía frio, mucho frio. Lo último que escuché fue un << ¡No, no no! >> Sabía que procedía de Lara, quise decirle que estaba bien pero un profundo sueño me invadió.

***

Me desperté sin saber dónde estaba. Veía borroso y aun escuchaba con dificultad. Escuché la máquina como se aceleraba, al mismo tiempo que mi corazón lo hacía, a pesar de ser el sonido de mi corazón, al oirlo en la sala hacía que me pusiera aún más nerviosa y fuera cada vez más rápido, así consecutivamente.

Sentí algo en mis labios, un calor húmedo que los invadía. No podía ver quien era, pero sabía perfectamente que no era Lara, si no Eric. ¿Quien lo había llamado?

Volví a dormirme. Ya no sentía ningún dolor, pero estaba realmente cansada.

Volví a sentir lo mismo, un calor húmedo en mis labios, esta vez era diferente, era unos labios algo mas gruesos pero mucho más suaves. Esa sí que era Lara. Acepté ese beso con alegría, una alegría que no era percetible por nadie, ni si quiera por Lara.

Lentamente se separó de mis labios, y con dulzura se acercó a mí oído.

– Te amo. -susurró.

Sentí como cada poro de mi piel se erizaba, lentamente, empezando desde los pies hasta los brazos. Era un cosquilleo extraño. Me confirmó lo que yo sabía. Que me amaba. Pero eso no significaba que a él no lo amara, ni que a mi me amara más que a él. El era su compañero de vida, de casa, de cama…

Un fuerte espasmo recorrió mi cuerpo. Y sin saber de donde fui capaz de sacar esa energía abrí los ojos con furia, con preocupación.

– ¿Que pasa? -dijo Lara en un tono más fuerte de lo necesario.

– ¿Que pasa? -repitió Ricardo entrando por la puerta debido al volumen de Lara.

– ¿Como está? -dije con dificultad, mi respiración iba muy acelerada.

– Relajate… -dijeron a la vez los dos.

– ¡He dicho que como está! -repetí con cansancio pero fuerte.

– ¿Quién? -dijo Lara confundida.

Ricardo sabía a quien me refería. El amor de mi vida era él. Simplemente mi caballo, no era el primer accidente que teníamos y del primero el se salvó de milagro. No estaba preparada para sufrir un segundo.

– Está bien. -dijo Ricardo.

– ¿Pero? -dije sabiendo que me ocultaba algo.

– Simplemente esta un poco cojo por la caída, nada grabe. -dijo sabiendo que eso me aterrorizaría.

De nuevo las lagrimas se apoderaron de mí. Los caballos son realmente delicados, ya he visto muchos sacrificios por culpa de lesiones tontas. Lo último que necesitaba era que le pasara algo a él.

Intentaron tranquilizarme pero no les hacia caso. Por mucho que no fuera nada, necesitaba llorar. Sacar el susto que llevaba dentro. Estuve a punto de perderlo una vez, por lo que sabía lo que significaba si lo perdía, entonces las cosas las ves de otra manera, a la mínima te pones en lo peor.

Me desperté más relajada, me hicieron pruebas. No tenía nada grabe, simplemente me desmayé. Fue una mezcla de cosas, el cansancio, estrés, y sobretodo el susto. La pierna la tenía bien, tenía un morado bastante grande en la pierna. Eso era debido a que al estar debajo de él, tenía la montura clavada en la pierna, el estribo que es donde apoyamos los pies y es de metal era lo que se me clavaba en la pierna y me producía ese dolor, cosa que yo pensaba que era la columna del caballo. Habían pasado más de 24h, me habían dado el alta. Estaba todo el mundo esperandome en la salida, mis padres, amigos, Eric, Carol, Christian, Oscar, Lorena… etc, hasta incluso estaba Pablo…

– Menudo susto me has dado… -dijo Carol avalanzandose sobre mí.

Así un monton de gente. Finalmente Carol hizo algo que me ayudaría. Y es que fuera a casa, que tanta gente y yo necesitaba descansar. Por lo que se ofreció a llevarme a casa y cuidarme. Inmediatamente vi a Lara ofrecerse a hacerlo ella, pero evidentemente Carol no la dejaría.

Pensé que era mejor así, ya que me tendría que acostumbrar a no verla.

Me fui a casa, mejor dicho nos fuimos Carol y yo. Pasaron dos días, entre ellos venía cada día Eric, se habían echo muy amigos Carol y el. Veía como Carol estaba enamorada de él. A él realmente lo veía muy feliz con ella, pero seguía prestandome más atención a mí.

Era miercoles, por la tarde. Claro estaba no había ido a trabajar. Estaba en el sofá con Carol, mientras Eric preparaba una merienda.

– Oye, lanzate… -dije al ver como no dejaba de mirarlo.

– ¿Estás loca? Si está enamorado de tí… -dijo triste.

– Pues ya se desenamorará, tu espavila y lanzate. -le dije con un guiño de ojo.

Era obvio que lo mio con Eric jamás iría a ningun sitio, incluso él lo sabía. Por lo que lo mejor que podía hacer era que él se enamorara de otra.

Me sonó el teléfono. Me levanté de inmediato al ver quien era.

– ¿Que pasa? -dijo Carol asustada por mi reacción.

– La veterinaria. -dije saliendo de la habitación.

– Buenas tardes. -oí como decía la chica.

– Buenas tardes. -respondí formal.

– Te llamo por lo de Bolero.

– Si claro, ¿esta bien? -me apresuré a preguntar.

– Sí, realmente está bien. Le hemos dado antinflamatorio por si acaso, y unas vitaminas que comerá con el pienso.

– ¿Y ya está? -dije aliviada.

– Sí, si. Tranquila, de verdad está bien. -dijo entendiendo mi estado de ánimo.

– Muchas gracias de verdad. -respondí con amabilidad.

– A tí. -respondió ella y luego colgó.

Era una chica muy guapa… sere imbécil pensé. Aquí pensando en estas cosas. Pero realmente lo era. Era rubia, siempre la había visto con el mono verde de veterinaria, no era muy alta, de 1,70. Con ojos verdes. Pero tenía un encanto natural, tan dulce con los animales que era perfecta para mí. Hay si fuera… ¡CALLA! Me dije a mi misma. Retiré todo pensamiento obsceno de mi mente y me dirige de vuelta al salón. Allí me encontré con la futura parejita, dandose un buen beso. Será posible… me dije a mi misma riendo. Si esque a esta no se le escapara jamás uno. Me reí, me hacía feliz porque sabía que era el chico perfecto para ella. ¿Que podía hacer ahora? No era plan de interrumpirles.

Sonó el timbre. Vaya, hoy parece ser un dia movidito…

Tuve que pasar por el salón, pero ellos ya se habían separado. Al ver al telefonillo vi a Lara en la puerta. La saludé a modo de ahora bajo. Carol se acercó a mí.

– ¿Quién es? -preguntó curiosa ya que quien fuera le había interrumpido el beso.

– Nadie, yo ahora vengo, tardaré un rato, podeis pasarlo bien. Os doy permiso. -dije guiñandole un ojo.

Ella se rio por lo bajo entendiendo mi comentario. Pero se puso seria de nuevo al ver la pantalla del telefonillo.

– ¿Que hace aquí? -dijo enfadada.

– A eso voy, a averiguarlo. -dije con una sonrisa pícara.

– Serás guarra… -dijo amenazante.

– Habló la santa… -respondí riendo.

Le di un beso en la mejilla, cogí las llaves y bajé a la entrada principal.

– Hola. -dije algo tímida al verla.

– ¿Y esta timidez? ¿Desde cuándo? -dijo dulcemente.

Iba vestida de hípica. Como le quedaba la ropa de montar… me desoncentraba rapidísimo.

– Bueno, veo que te has soltado un poco… -dijo al ver como la observaba entera.

Un fuerte color rojo me subió a las mejillas, mezclado con excitación. Volví a ponerme tímida.

– ¿Al menos me saludarás no? -comentó burlona.

Subí la mirada hasta sus ojos, no se porqué me sentía así de tímida. Me puse nerviosa y baje la mirada hasta sus labios. Sin darme cuenta me acerqué a ellos, y la besé. Poco a poco ella me fue cogiendo por la cintura, lentamente me aferraba más a ella, sintiendo sus manos en mis nalgas y nuestros pechos moviendose al ritmo de nuestra respiración acelerada.

DOS DÍAS. Esas dos palabras aparecieron bruscamente en mi cabeza. Queriendome volver loca. En dos días ella se iba.

Sin querer me había apartado de ella. Ella me miraba confusa.

– ¿Subimos? -dijo en tono sensual, acercándose a mi de nuevo.

– Esque está Eric… -antes de continuar pude ver que decir su nombre hizo que Lara se enfriase al instante-. Bueno está con Carol dándolo todo.

– Aaaamigo… ¿Por eso estás así no? Tan excitada… -dijo mientras me daba una palmada en el trasero.

Volví a ponerme roja, esta vez no por vergüenza, si no porque necesitaba sentir a Lara dentro de mí, y como estuvieramos mucho más tiempo así acabaría tirándomela allí en medio de la calle, delante de todos mis vecinos.

– ¿Espera, qué? -dijo de golpe confundida-. ¿Eric y…?

A claro, no sabía lo sucedido estos días, teniendo en cuenta que se suponía que Eric y yo estábamos juntos.

– Ehh… no. Es decir sí. Es que lo mio con Eric no iba a ningún sitio… -dije seria.

– Vaya… lo siento. -dijo sin poder evitar una sonrisa en la cara.

– Uhh… ¡mucho lo sientes tu eh! -dije riendome.

– Lo que quiero sentir es otra cosa… -dijo poniendo su mano encima de mi sexo, por encima de los pantalones cortos.

Un fuerte suspiro se apoderó de mi pecho. Hizo un movimiento brusco con la mano hacia arriba.

– La madre que te parió… -dije disimulando un gemido.

Cuando empezó a desabotonar mis pantalones. Un sonido me indicó que habían encendido el telefonillo.

– Podeis subir si quereis. -dijo Carol, sabiendo lo que estábamos haciendo.

– ¿Seguro? Podeis continuar… -dijo Lara mientras se acavaba de meter dentro de mi ropa interior.

– No da igual, nos sabe mal que esteis fuera. -dijo perdiendo la paciencia.

– No te preocupes, que no os sepa nada mal. -volvió a decir Lara, mientras empezaba a penetrarme con los dedos.

Un gemido salió de mi garganta. Acto seguido Lara y yo nos reimos.

– Sigo aquí… -dijo Carol enfadada.

– Valeeee, ya subimos. -dije igual de enfadada.

Pasamos el resto de la tarde en casa, bebiendo un poco de vino, charlando tranquilamente los cuatro. Eric no sabia nada de Lara y yo, y mejor que no lo supiera ya que se había echo tan amigo de Pablo. Como Carol no nos dejó a solas, nos tuvimos que separar con el calentón.

Al día siguiente fui a la hípica, evidentemente Ricardo no me dejaba trabajar, pero necesitaba ver a Lara ese penúltimo día. Carol sabiendo que iría también fue, y no me dejó sola ni un minuto. Por lo que lo único que pude hacer fue caminar un rato de la mano con mi caballo, sin montarlo solamente para verlo andar bien. Y el resto del día en el bar, mientras todo el mundo me agoviaba preguntándome si estaba bien. No estuve ni un segundo a solas con Lara, siempre estaba Carol a mi lado. Finalmente terminó el día y me fui a casa.

SOLO QUEDABA UN DIA. Tenía como un intermitente en mi cabeza que me decía que cada vez faltaba menos para que se fuera.

Dormí muy poco, por lo que se me veía cansada. Fui a la hípica y allí estaba Carol… la quiero mucho pero siendo tan toca pelotas me mosqueaba un poco. Podría dejarme disfrutar de mi último día con Lara. Sabía que lo hacía por mi bien, pero también sabía que no lo conseguiría.

Llegada la tarde vino Eric. ¡Oh que bien! Pensé de inmediato. A ver si así se distraen.

Fui en busca de Lara, que por suerte tenía las dos últimas horas libres. Me costó encontrarla. Estaba en una cuadra, en la cuadra de mi caballo. Eso si que era extraño. Cuando la saludé pude ver que había estado llorando. Ella no sabía que yo sabía que se iba, por lo que lloraba en silencio… Hice como que no me di cuenta y entré al establo. Mi caballo estaba dentro del establo ya que debido a la caída lo dejaron encerrado por si acaso, ya que en el corral tendría más espacio y se podría lastimar.

La abracé suavemente, primero reconfortándola. Pude notar como aguantaba para no ponerse a llorar. Como respiraba mi olor, como si fuera la última vez. La miré a los ojos, esos ojos que siempre serían mi perdición. Ella me besó antes de que yo lo hiciera. Un sabor salado me invadió la boca, abrí un poco los ojos y vi unas cuantas lágrimas recorrer su rostro hasta nuestros labios. Cuando se fue calmando un poco empezó a acariciarme deseando más, mis caderas, mi cintura, recorriendo mis costillas. Yo cada vez suspiraba mas fuerte. Me hice con el mando y la estampé contra la pared. Ahora era yo quien la acariciaba, y ella era a quien le costaba respirar. Movía mi cintura clavándole mi pierna entre las suyas, sabía que eso la excitaba a más no poder. Le subí la camisa por encima de los pechos, y retiré un poco el sujetador. Acto seguido me lancé como una sedienta a esos pechos, los mordí fuerte como solía hacer siempre, dejándole la marca alrededor del pezón, eso hacía que se volviera sensible, luego con la lengua hacia circulos en el mismo pezón. Jadeaba sin control alguno, agitaba sus caderas como una loca del sexo. Me tenía agarrada por los agujeros del pantalón en los que va el cinturón. Con ellos me estiraba más hacia ella. Sin más la tumbé rápido sobre la paja. Empecé a besarle el cuello, sus jadeos eran mezclados con gemidos, con sonidos guturales, cosas extrañas. Algo me toco la espalda, era suave y a la vez rasposo, eso me hizo dar un respingo y embestir bruscamente con mi cintura al sexo de ella. Un orgasmo fuerte salió de su boca.

– Vuelvelo a hacer…. por favor… -me suplicó Lara.

Era Bolero tocándome la espalda, era el quien sin querer me había echo embestirla de tal manera. Volví a sentir su morro en mi espalda, eso me provocaba un cosquilleo que me desconcentraba y me hacia embestir con la cintura. Otro orgasmo aun más fuerte salió de Lara.

Con fuerza clavó sus manos en mi trasero y empezó a hacer que me moviera como si la estuviera embistiendo. Así lo hice, empecé a hacer caso a lo que me pedía, la empecé a embestir con fuertes estocadas, cada vez la oía gritar más fuerte. Yo empezaba a estar igual que ella, esas embestidas me hacian sentir placer a mi también. Miré a Bolero, me quedé parada un momento. Mirarlo me hizo pensar en que si lo que quería Lara era que la cabalgase como lo hago con él, se lo haría. Regresé a su cara, ella tenía los ojos cerrados, se removía quejándose de porqué había parado. Retomé la faena, empecé a montarla como me han enseñado a montar a un potro salvaje, con fuerza, lujuria, con dominación. Sus manos me hacían daño, tenía tan clavados sus dedos que me dolía. Pero no paraba, al revés. Seguía cada vez más fuerte. Ni yo era consciente de como me podía mover tanto. Orgasmos salían de mí sin darme cuenta, se mezclaban con los suyos que pedían a gritos una aliberación. Realentí el nivel de embestidas, pero las hice más fuertes, indicando que llegaba el final.

Sentí ese principio del clímax, en el que estas en extasis, deseanso más, sin poder parar. Ella empezó a tener orgasmos más duraderos, indicándome que ella ya llegaba.

– Por lo que más quieras… no pares… -me dijo como pudo, debido a la falta de oxígeno.

Cuando poco a poco su orgasmo fue aminorando el mio fue aumentando, hice mis últimos bruscos movimientos, debido a su sensibilidad ella sufria espasmos por mis embestidas.

– Por favor… para… -me suplicaba.

Ella no podía más, ni yo tampoco, pero tenía que terminar conmigo antes de acabar por completo.

Un fuerte orgasmo indicó que mi último fluido había salido de mi interior.

Poco a poco nos recuperamos, mi caballo estaba en una esquina del establo, sin entender mucho que hacíamos, pero debió ser por el olor que el pobre estaba más excitado cualquiera de nosotras dos. Pensé, luego te toca a tí. Ya le sacaría alguna yegua para que se desfogara un rato. Nos pusimos en pie, Lara me besó y con un movimiento rápido se metió en mis pantalones y frotó mi zona íntima, me hizo dar un respingo. Luego sacó la mano, llena de jugos. Los lamió como si se comiera un helado. Si no estuviera tan cansada me la tiraba de nuevo.

Luego me abrazó. Estuvimos mucho rato así.

Hasta que una vibración en su bolsillo nos hizo regresar al mundo.

– Te amo. -me dijo mirándome a los ojos.

Y lo entendí. Siempre estará enamorada de mí, pero en este momento lo nuestro no puede ser. Unas lágrimas empezaron a salir de mis ojos. Un color grisacio imbadió los suyos, y empezó a llorar también. Era un llanto de felicidad, por estar a su lado y haberme regalado tan bonitos momentos y a la vez era triste, como cualquier otra despedida.

Le di un beso, un beso de despedida en el que no hay ni lengua, pero es más significativo que cualquiera.

– Te amo. -le respondí.

Abrió la puerta del establo y salió sin darse la vuelta.

Muchas lágrimas imbadieron mi rostro, tardé mínimo una hora en calmarme. Me abracé a Bolero, ese cuello fuerte que sujetaba todo mi peso. Su suave piel y el calor que emitia. Era como abrazar a un oso gigante. Te reconfortaba a más no poder. Cuando por fin salí de la cuadra. Me crucé con Carol que ya sabía que se había ido. Me dio un abrazo y un beso fuerte en la mejilla.

Fueron pasando los días, mi compañero Jose era muy majo, ya lo conocía. Era un salido, siempre me tiraba la caña y babeaba mirandome el pecho o el trasero. Pero era un cachondo mental y eso hacía que me desconectara un poco.

No volví a tener contacto con Lara. Ambas sabíamos que era mejor para poder pasar página.

Al contrario del que esparaba Jose se quedó más tiempo del que predecí, pasaron unos pocos meses y el aun seguía.

De golpe un día vi en facebook, un estado extraño. Era de Lara y era triste. De amor perdido.

Conseguí olvidarlo, ya que Carol me ayudaba mucho. Christian volvió de entre los muertos, ya que no se porqué había desaparecido. Volvía a tirarme la caña y tomarme el pelo, entre todos me ayudaron a pasar los días sin pensar tanto en ella. Claro esta cuando llegaba a casa tenía mis bajones, pero cada día que pasaba era un día más en el cual me acostumbraba a su lejanía.

Pasó otro mes, llegó un viernes. Era la hora de comer, fui directa al restaurante. Al entrar pude percibir un olor familiar, un olor que hacía tiempo añoraba. Era Lara, era su perfume corporal, su olor personal… ¿Pero que hacía allí si ella no estaba?

Miré a todas las direcciones y no estaba. Me costó ignorarlo pero lo hice y me puse a hablar con Lorena.

– Adivina qué… -me dijo contenta.

– Mmmm… a ver, ¿qué?

– ¡Hoy a venido Lara de visita! -comentó contenta-. Ahora esta en la oficina con Ricardo, luego bajará a comer.

Me quedé pálida, pero a la vez mi corazón latia con fuerza. Alegre y triste a la vez.

– La pobre no lo ha pasado muy bien… -murmuró-. Me ha dicho que hará un mes que rompió con su prometido. Se dieron cuenta que lo suyo no iba a ningun lado. Que está enamorada de otra persona.

En parte se me iluminó la cara, pero era tarde, se había dado cuenta tarde de que me quería más a mí. Estaba confundida, nerviosa por el reencuentro.

– Se ha cortado el pelo, está guapísima. -comentó Oscar acercándose a nosotras.

Saber que había cambiado, que había regresado por mí y todo me tenía extraña. Lo que sabía seguro era que no caería rendida a sus pies. Había pasado mucho tiempo, yo no sabía si quería estar con ella, porque una cosa es que quiera estar con ella y otra es que deba estar con ella. Y si una vez no funcionó quien me dice que no volverá a suceder…

Cuanto más rato pasaba más me comía la cabeza. Y tomé una decisión.

Leave a Reply

*